Digitalización: Nacaveva
Morales.
Esta Edición: Marxists Internet Archive, diciembre
de 2001
En nuestro país, Rabelais es el menos popular, el menos estudiado, el menos comprendido y estimado de los grandes escritores de la literatura mundial.
No obstante, Rabelais est considerado como uno de los autores europeos m s importantes. B‚linsky' lo ha calificado de genio, de "Voltaire" del siglo xvi, y estima su obra como una de las m s valiosas de los siglos pasados. Los especialistas europeos acostumbran a colocarla -por la fuerza de sus ideas, de su arte y por su importancia histórica- inmediatamente despu‚s de Shakespeare, e incluso llegan a ubicarlo a la par del ingl‚s. Los rom nticos franceses, sobre todo Chateaubriand y Hugo, lo tenían por uno de los genios m s eminentes de la humanidad de todos los tiempos y pueblos. Se le ha considerado, y se le considera aún, no s6lo como un escritor de primer orden, sino tambi‚n como un sabio y un profeta. He aquí un juicio significativo de Michelet: "Rabelais ha recogido directamente la sabiduría de la corriente popular de los antiguos dialectos, refranes, proverbios y farsas estudiantiles, de la boca de la gente común y los bufones.
"Y a través de esos delirios, aparece con toda su grandeza el genio del siglo y su fuerza prof&ecute;tica. Donde no logra descubrir, acierta a entrever, anunciar y dirigir. Bajo cada hoja de la floresta de los sue¤os se ven frutos que recoger el porvenir. Este libro es una rama de oro.
Es evidente que los juicios y apreciaciones de este tipo son muy relativos. No pretendemos decidir si es justo colocar a Rabelais a la par de Shakespeare o por encima o debajo de Cervantes, etc. Por lo demás, el lugar histórico que ocupa entre los creadores de la nueva literatura europea está indiscutiblemente al lado de Dante, Boccacio, Shakespeare y Cervantes. Rabelais ha influido poderosamente no sólo en los destinos de la literatura y la lengua literaria francesa, sino tambi‚n en la literatura mundial (probablemente con tanta intensidad como Cervantes). Es también indudable que fue el más democrático de los modernos maestros literarios. Para nosotros, sin embargo, su cualidad principal es la de estar más profundamente ligado que los demás a las fuentes populares (las que cita Michelet son exactas, sin duda, pero distan mucho de ser exhaustivas); el conjunto de estas fuentes determinaron su sistema de imágenes tanto como su concepción artística.
Y es precisamente ese peculiar carácter popular y, podríamos decir, radical de las imágenes de Rabelais lo que explica que su porvenir sea tan excepcionalmente rico, como correctamente se¤ala Michelet. Es tambi‚n este car cter popular el que explica "el aspecto no literarios de Rabelais, quiero decir su resistencia a ajustarse a los c nones y reglas del arte literario vigentes desde el siglo xvi hasta nuestros días, independientemente de las variaciones que sufriera su contenido. Rabelais ha rechazado estos moldes mucho m s categóricamente que Shakespeare o Cervantes, quienes se limitaron a evitar los c nones cl sicos m s o menos estrechos de su ‚poca. Las im genes de Rabelais se distinguen por una especie de "car cter no oficial", indestructible y categórico, de tal modo que no hay dogmatismo, autoridad ni formalidad unilateral que pueda armonizar con las im genes rabelesianas, decididamente hostiles a toda perfección definitiva, a toda estabilidad, a toda formalidad limitada, a toda operación decisión circunscritas al dominio del pensamiento y la concepción del mundo.
De ahí la soledad tan especial de Rabelais en el curso de los siglos siguientes: es imposible llegar a él a través de los caminos trillados que la creación artística y el pensamiento ideológico de la Europa burguesa, siguieron a lo largo de los últimos cuatro siglos. Y si bien es cierto que en ese tiempo encontramos numerosos admiradores entusiastas de Rabelais, es imposible, en cambio, hallar una comprensión total, claramente formulada, de su obra.
Los románticos, que redescubrieron a Rabelais, como a Shakespeare y a Cervantes, no supieron encontrar su centro y no pasaron por eso de una maravillada sorpresa. Muchos son los comentaristas que Rebel is ha rechazado y rechaza aún; a la mayoría por falta de comprensión. las im genes rabelesianas incluso ahora siguen siendo en gran medida enigm ticas.
El único medio de descifrar esos enigmas, es emprender un estudio en profundidad de sus fuentes populares. Si Rabelais se nos presenta como un solitario, sin afinidades con otros grandes escritores de los cuatro últimos siglos, podemos en cambio afirmar que, frente al rico acervo actualizado de la literatura popular, son precisamente esos cuatro siglos de evolución literaria los que se nos presentan aislados y exentos de afinidades mientras las imágenes rabelesianas están perfectamente ubicadas dentro de la evolución milenario de la cultura popular.
Si Rabelais es el m s difícil de los autores cl sicos es porque exige, para ser comprendido, la reformulación radical de todas las concepciones artísticas e ideológicas, la capacidad de rechazar muchas exigencias del gusto literario hondamente arraigadas, la revisión de una multitud de nociones y, sobre todo, una investigaciones profunda de los dominios de la literatura cómica popular que ha sido tan poco y tan superficialmente explorada.
Ciertamente, Rabelais es difícil. Pero, en recompensa, su obra, descifrada convenientemente, permite iluminar la cultura cómica popular de varios milenios, de la que Rabelais fue el eminente portavoz en la literatura. Sin lugar a dudas, su novela puede ser la clave que nos permita penetrar en los espl‚ndidos santuarios de la obra cómica popular que han permanecido incomprendidos e inexplorados. Pero antes de entrar en ellos, es fundamental conocer esta clave.
La presente introducción se propone plantear los problemas de la cultura cómica popular de la Edad Media y el Renacimiento, discernir sus dimensiones y definir previamente sus rasgos originales.
Como he dicho, la risa popular y sus formas, constituyen el campo menos estudiados de la creación popular. La concepción estrecha del car cter popular y del folklore nacida en la ‚poca pre-rom ntica y rematada esencialmente por Herder y los rom nticos, excluye casi por complete la cultura específica de la plaza pública y tambi‚n el humor popular en toda la riqueza de sus manifestaciones. Ni siquiera posteriormente los especialistas del folklore y la historia literaria han considerado el humor del pueblo en la plaza pública como un objeto digno de estudio desde el punto de vista cultural, histórico, folklórico o literario. Entre las numerosas investigaciones científicas consagradas a los ritos, los mitos v las obras populares, líricas y ‚picas, la risa no ocupa sino un lugar modesto. Incluso en esas condiciones, la naturaleza específica de la risa popular aparece totalmente deformada porque se le aplican ideas y nociones que le son ajenas pues pertenecen verdaderamente al dominio de la cultura y la est‚tica burguesa contempor neas. Esto nos permite afirmar, sin exageración, que la profunda originalidad de la antigua cultura cómica popular no nos ha si revelada.
Sin embargo, su amplitud e importancia eran considerables en la Edad Media y en el Renacimiento. El mundo infinito de las formas y manifestaciones de la risa se oponía a la cultura oficial, al tono serio, religioso y feudal de la ‚poca. Dentro de su diversidad, estas formas y manifestaciones -las fiestas públicas carnavalescas, los ritos y cultos cómicos, los bufones y "bobos", gigantes, enanos y monstruos, payasos de diversos estilos y categorías, la literatura paródica, vasta y multiforme, etc.-, poseen una unidad de estilo y constituyen partes y zonas únicas e indivisibles de la cultura cómica popular, principalmente de la cultura carnavalesca.
Las múltiples manifestaciones de esta cultura pueden subdividirse en tres grandes categorías:
1) Formas v rituales del espectáculo (festejos carnavalescos, obras cómicas representadas en las plazas públicas, etc.);
2) Obras cómicas verbales (incluso las parodias) de diversa naturaleza: orales y escritas, en latín o en lengua vulgar;
3) Diversas formas y tipos del vocabulario familiar y grosero (insultos, juramentos, lemas populares, etc.).
Estas tres categorías, que reflejan en su heterogeneidad un mismo aspecto cómico del mundo, est n estrechamente interrelacionadas y se combinan entre sí.
Vamos a definir previamente cada una de las tres formas.
Los festejos del carnaval, con todos las actos y ritos cómicos que contienen, ocupaban un lugar muy importante en la vida del hombre medieval. Adem s de los carnavales propiamente dichos, que iban acompa¤ados de actos y procesiones complicadas que llenaban las plazas y las calles durante días enteros, se celebraban tambi‚n la "fiesta de los bobos" (Testa stultorum) y la "fiesta del asno"; existía tambi‚n una "risa pascual" (risus paschalis) muy singular y libre, consagrada por la tradición. Adem s, casi todas las fiestas religiosas poseían un aspecto cómico popular y público, consagrado tambi‚n por la tradición. Es el caso, por ejemplo, de las "fiestas del templo", que eran seguidas habitualmente por ferias y por un rico cortejo de regocijos populares (durante los cuales se exhibían gigantes, enanos, monstruos, bestias "sabias", etc.). La representación de los misterios acontecía en un ambiente de carnaval. Lo mismo ocurría con las fiestas agrícolas, como la vendimia, que se celebraban asimismo en las ciudades. La risa acompa¤aba tambi‚n las ceremonias y los ritos civiles de la vida cotidiana: así, los bufones y los "tontos" asistían siempre a las funciones del ceremonial serio, parodiando sus actos (proclamación de los nombres de los vencedores de los torneos, ceremonias de entrega del derecho de vasallaje, de los nuevos caballeros armados, etc.). Ninguna fiesta se desarrollaba sin la intervención de los elementos de una organización cómica; así, para el desarrollo de una fiesta, la elección de reinas y reyes de la "risa".
Estas formas rituales y de espect culo organizadas a la manera c6mica y consagradas por la tradición, se habían difundido en todos los países europeos, pero en los países latinos, especialmente en Francia, destacaban por su riqueza y complejidad particulares. Al analizar el sistema rabelesiano de im genes dedicaremos un examen m s completo y detallado a las mismas.
Todos estos ritos y espect culos organizados a la manera cómica, presentaban una diferencia notable, una diferencia de principio, podríamos decir, con las formas del culto y las ceremonias oficiales serias de la Iglesia o del Estado feudal. Ofrecían una visión del inundo, del hombre y de las relaciones humanas totalmente diferente, deliberadamente no-oficial, exterior a la Iglesia y al Estado; parecían haber construido, al lado del mundo oficial, un segundo mundo y una segunda vida a la que los hombres de la Edad Media pertenecían en una proporción mayor o menor y en la que vivían en fechas determinadas. Esto creaba una especie de dualidad del mundo, y creemos que sin tomar esto en consideración no se podría comprender ni la conciencia cultural de la Edad Media ni la civilización renacentista. La ignorancia o la subestimación de la risa popular en la Edad Media deforma tambi‚n el cuadro evolutivo histórico de la cultura europea en los siglos siguientes.
La dualidad en la percepción del mundo y la vida humana ya existían en el
estadio anterior de la civilización primitiva. En el folklore de los pueblos
primitivos se encuentra, paralelamente a los cultos serios (por su organización
y su tono) la existencia de cultos cómicos, que convertían a las divinidades en
objetos de burla y blasfemia " Es el caso de los regocijos carnavalescos de la Antigedad, sobre todo las
saturnales romanas, así como de los carnavales de la Edad Media, que est n
evidentemente muy alejados de la risa ritual que conocía la comunidad primitiva.
Cuáles son los rasgos típicos de las formas rituales y de los
espect culos cómicos de la Edad Media, y, ante todo, cu l es su
naturaleza, es decir su modo de existencia?
No se trata por supuesto de ritos religiosos, como en el g‚nero de la
liturgia cristiana, a la que est n relacionados por antiguos lazos
gen‚ricos. El principio cómico que preside los ritos carnavalescos los exime
completamente de todo dogmatismo religioso o eclesi stico, del misticismo,
de la piedad, y est n por lo dem s desprovistos de car cter
m gico o encantatorio (no piden ni exigen nada). M s aún, ciertas
formas carnavalescas son una verdadera parodia del culto religioso. Todas estas
formas son decididamente exteriores a la Iglesia y a la religión. Pertenecen a
una esfera particular de la vida cotidiana.
Por su car cter concreto y sensible y en razón de un poderoso elemento
de juego, se relacionan preferentemente con las formas artísticas y .animadas de
im genes, es decir con las formas del espect culo teatral. Y es verdad
que las formas del espect culo teatral de la Edad Media se asemejan en lo
esencial a los carnavales populares, de los que forman parte en cierta medida.
Sin embargo, el núcleo de esta cultura, es decir el carnaval, no es tampoco la
forma del espect culo teatral, y, en general, no pertenece al dominio del
arte. Est situado en las fronteras entre el arte y la vida. En realidad es
la vida misma, presentada con los elementos característicos del juego.
De hecho, el carnaval ignora toda distinción entre actores y espectadores.
Tambi‚n ignora la escena, incluso en su forma embrionario. Ya que una escena
destruiría el carnaval (e inversamente, la destrucción del escenario destruiría
el espect culo teatral). Los espectadores no asisten al carnaval, sino que
lo viven, ya que el carnaval est hecho para todo el pueblo. Durante el
carnaval no hay otra vida que la del carnaval. Es imposible escapar, porque el
carnaval no tiene ninguna frontera espacial. En el curso de la fiesta sólo puede
vivirse de acuerdo a sus leyes, es decir de acuerdo a las leyes de la libertad.
El carnaval posee un car cter universal, es un estado peculiar del mundo:
su renacimiento y su renovación en los que cada individuo participa. Esta es la
esencia misma del carnaval, y los que intervienen en el regocijo lo experimenten
vivamente.
La idea del carnaval ha sido observada y se ha manifestado de forma muy
sensible en las saturnales romanas, que eran experimentadas como un retorno
efectivo y completo (aunque provisorio) el país de la edad de oro. Las
tradiciones de las saturnales sobrevivieron en el carnaval de la Edad Media, que
representó, con m s plenitud y pureza que otras fiestas de la misma ‚poca,
la idea de la renovación universal. Los dem s regocijos de tipo
carnavalesca eran limitados y encarnaban la idea del carnaval en una forma menos
plena y menos pura; sin embargo, la idea subsistía y se la concebía como una
huida provisional de los moldes de la vida ordinaria (es decir, oficial).
En este sentido el carnaval no era una forma artística de espect culo
teatral, sino m s bien una forma concreta de la vida misma, que no era
simplemente representada sobre un escenario, sino vivida en la duración del
carnaval. Esto puede expresarse de la siguiente manera: durante el carnaval es
la vida misma la que juega e interpreta (sin escenario, sin tablado, sin
actores, sin espectadores, es decir sin los atributos específicos de todo
espect culo teatral) su propio renacimiento y renovación sobre la base de
mejores principios. Aquí la forma efectiva de la vida es al mismo tiempo su
forma ideal resucitada.
Los bufones y payasos son los personajes característicos de la cultura cómica
de la Edad Media. En cierto modo, los vehículos permanentes y consagrados del
principio carnavalesca en la vida cotidiana (aquella que se desarrollaba fuera
del carnaval). Los bufones y payasos, como por ejemplo el payaso Triboulet, que
actuaba en la corte de Francisco 1 (y que figura tambi‚n en la novela de
Rabelais), no eran actores que desempe¤aban su papel sobre el escenario (a
semejanza de los cómicos que luego interpretarían Arlequín, Hans Wurst, etc.).
Por el contrario, ellos seguían siendo bufones y payasos en todas las
circunstancias de su vida. Como tales, encarnaban una forma especial de la vida,
a la vez real e ideal. Se situaban en la frontera entre la vida y el arte (en
una esfera intermedia), ni personajes exc‚ntricos o estúpidos ni actores
cómicos.
En suma, durante el carnaval es la vida misma la que interpreta, y durante
cierto tiempo el juego se transforma en vida real. Esta es la naturaleza
específica del carnaval, su modo particular de existencia.
El carnaval es la segunda vida del pueblo, basada en el principio de la risa.
Es su vida festiva. La fiesta es el rasgo fundamental de todas las formas de
ritos y espect culos cómicos de la Edad Media. Todas esas formas
presentaban un lazo exterior con las fiestas religiosas. Incluso el carnaval,
que no coincidía con ningún hecho de la vida sacra, con ninguna fiesta santa, se
desarrollaba durante los últimos días que precedían a la gran cuaresma (de allí
los nombres franceses de Mardi gras o Caremeprenant y, en los países
germ nicos, de Fastnacht). La línea gen‚tica que une estas formas a las
festividades agrícolas paganas de la Antigedad, y que incluyen en su ritual el
elemento cómico, es m s esencial aún.
Las festividades (cualquiera que sea su tipo) son una forma primordial
determinante de la civilización humana. No hace falta considerarlas ni
explicarlas como un producto de las condiciones y objetivos pr cticos del
trabajo colectivo, o interpretación m s vulgar aún, de la necesidad
biológica (fisiológica) de descanso periódico. Las festividades siempre han
tenido un contenido esencial, un sentido profundo, han expresado siempre una
concepción del mundo. Los "ejercicios" de reglamentación y perfeccionamiento del
proceso del trabajo colectivo, el "juego del trabajo", el descanso o la tregua
en el trabajo nunca han llegado a ser verdaderas fiestas. Para que lo sea hace
falta un elemento m s, proveniente del mundo del espíritu y de las ideas.
Su sanción debe emanar no del mundo de los medios y condiciones indispensables,
sino del mundo de los objetivos superiores de la existencia humana, es decir, el
mundo de los ideales. Sin esto, no existe clima de fiesta.
Las fiestas tienen siempre una relación profunda con el tiempo. En la base de
las fiestas hay siempre una concepción determinada y concreta del tiempo natural
(cósmico), biológico e histórico. Adem s las fiestas, en todas sus fases
históricas, han estado ligadas a períodos de crisis, de trastorno, en la vida de
la naturaleza, de la sociedad y del hombre. La muerte y la resurrección, las
sucesiones y la renovación constituyeron siempre los aspectos esenciales de la
fiesta. Son estos momentos precisamente (bajo las formas concretas de las
diferentes fiestas) los que crearon el clima típico de la fiesta.
Bajo r‚gimen feudal existente en la Edad Media, este car cter festivo,
es decir la relación de la fiesta con los objetivos superiores de la existencia
humana, la resurrección y la renovación, sólo podía alcanzar su plenitud y su
pureza en el carnaval y en otras fiestas populares y públicas. La fiesta se
convertía en esta circunstancia en la forma que adoptaba la segunda vida del
pueblo, que temporalmente penetraba en el reino utópico d‚ la universalidad, de
la libertad, de la igualdad y de la abundancia.
En cambio, las fiestas oficiales de la Edad Media (tanto las de la Iglesia
como las del Estado feudal) no sacaban al pueblo del orden existente, ni eran
capaces de crear esta segunda vida. Al contrario, contribuían a consagrar,
sancionar y fortificar el r‚gimen vigente. Los lazos con el tiempo se volvían
puramente formales, las sucesiones y crisis quedaban totalmente relegadas al
pasado. En la pr ctica, la fiesta oficial miraba sólo hacía atr s,
hacia el pasado, del que se servía para consagrar el orden social presente. La
fiesta oficial, incluso a pesar suyo a veces, tendía a consagrar la estabilidad,
la inmutabilidad y la perennidad de las reglas que regían el mundo: jerarquías,
valores, normas y tabúes religiosos, políticos y morales corrientes. La fiesta
era el triunfo de la verdad prefabricada, victoriosa, dominante, que asumía la
apariencia de una verdad eterna, inmutable y perentoria. Por eso el tono de la
fiesta oficial traicionaba la verdadera naturaleza de la fiesta humana y la
desfiguraba. Pero como su car cter aut‚ntico era indestructible, tenían que
tolerarla e incluso legalizarla parcialmente en las formas exteriores y
oficiales de la fiesta y concederle un sitio en la plaza pública.
A diferencia de la fiesta oficial, el carnaval era el triunfo de una especie
de liberación transitoria, m s all de la órbita de la concepción
dominante, la abolición provisional de las relaciones jer rquicas,
privilegios, reglas y tabúes. Se oponía a toda perpetuación, a todo
perfeccionamiento y reglamentación, apuntaba a un porvenir aún incompleto.
La abolición de las relaciones jer rquicas poseía una significación muy
especial. En las fiestas oficiales las distinciones jer rquicas se
destacaban a propósito, cada personaje se presentaba con las insignias de sus
títulos, grados y funciones y ocupaba el lugar reservado a su rango. Esta fiesta
tenía por finalidad la consagración de la desigualdad, a diferencia del carnaval
en el que todos eran iguales y donde reinaba una forma especial de contacto
libre y familiar entre individuos normalmente separados en la vida cotidiana por
las barreras infranqueables de su condición, su fortuna, su empleo, su edad y su
situación familiar.
A diferencia de la excepcional jerarquización del r‚gimen feudal, con su
extremo encasillamiento en estados y corporaciones, este contacto libre y
familiar era vivido intensamente y constituía una parte esencial de la visión
carnavalesca del mundo. El individuo parecía dotado de una segunda vida que le
permitía establecer nuevas relaciones, verdaderamente humanas, con sus
semejantes. La alienación desaparecía provisionalmente. El hombre volvía a sí
mismo y se sentía un ser humano entre sus semejantes. El aut‚ntico humanismo que
caracterizaba estas relaciones no era en absoluto fruto de la imaginación o el
pensamiento abstracto, sino que se experimentaba concretamente en ese contacto
vivo, material y sensible. El ideal utópico y el real se basaban
provisionalmente en la visión carnavalesca, única en su tipo.
En consecuencia, esta eliminación provisional, a la vez ideal y efectiva, de
las relaciones jer rquicas entre los individuos, creaba en la plaza pública
un tipo particular de comunicación inconcebible en situaciones normales. Se
elaboraban formas especiales del lenguaje y de los ademanes, francas y sin
constricciones, que abolían toda distancia entre los individuos en comunicación,
liberados de las normas corrientes de la etiqueta y las reglas de conducta. Esto
produjo el nacimiento de un lenguaje carnavalesco típico, del cual encontraremos
numerosas muestras en Rabelais.
A lo largo de siglos de evolución, el carnaval medieval, prefigurado en los
ritos cómicos anteriores, de antigedad milenaria (en los que incluimos las
saturnales) originó una lengua propia de gran riqueza, capaz de expresar las
formas y símbolos del carnaval y de transmitir la cosmovisión carnavalesca
unitaria pero compleja del pueblo. Esta visión, opuesta a todo lo previsto y
perfecto, a toda pretensión de inmutabilidad y eternidad, necesitaba
manifestarse con unas formas de expresión din micas y cambiantes
(proteicas) fluctuantes y activas. De allí que todas las formas y símbolos de la
lengua carnavalesca est‚n impregnadas del lirismo de la sucesión y la
renovación, de la gozosa comprensión de la relatividad de las verdades y las
autoridades dominantes. Se caracteriza principalmente por la lógica original de
las cosas "al rev‚s" y "contradictorias", de las permutaciones constantes de lo
alto y lo bajo (la "rueda") del frente y el rev‚s, y por las diversas formas de
parodias, inversiones, degradaciones, profanaciones, coronamientos y
derrocamientos bufonescos. La segunda vida, el segundo mundo de la cultura
popular se construye en cierto modo como ,parodia de la vida ordinaria, como un
"mundo al rev‚s". Es preciso se¤alar sin embargo que la parodia carnavalesca
est muy alejada de la parodia moderna puramente negativa y formal; en
efecto, al negar, aqu‚lla resucita y renueva a la vez. La negación pura y llana
es casi siempre ajena a la ,cultura popular.
En la presente introducción, nos hemos limitado a tratar muy r pidamente
las formas y los símbolos carnavalescos, dotados de una riqueza y originalidad
sorprendentes. El objetivo fundamental de nuestro estudio es hacer asequible
esta lengua semiolvidada, de la que comenzamos a perder la comprensión de
ciertos matices. Porque ‚sta es, precisamente, la lengua que utilizó Rabelais.
Sin conocerla bien, no podríamos comprender realmente el sistema de
im genes rabelesianas. Recordemos que esta lengua carnavalesca fue empleada
tambi‚n, en manera y proporción diversas, por Erasmo, Shakespeare, Cervantes,
Lope de Vega, Tirso de Molina, Guevara y Quevedo; y tambi‚n por la "literatura
de los bufones alemanes" (Narrenliteratur), Hans Sachs, Fischart, Grimmelshausen
y otros. Sin conocer esta lengua es imposible conocer a fondo y bajo todos sus
aspectos [a literatura del Renacimiento y del barroco, No sólo la literatura,
sino tambi‚n las utopías del Renacimiento y su concepto del mundo estaban
influidas por la visión carnavalesca del mundo y a menudo adoptaban sus formas y
símbolos.
Explicaremos previamente la naturaleza compleja del humor carnavalesco. Es,
ante todo, un humor festivo. No es en consecuencia una reacción individual ante
uno u otro hecho "singular" aislado. La risa carnavalesca es ante todo
patrimonio del pueblo (este car cter popular, como dijimos, es inherente a
la naturaleza misma del carnaval); todos ríen, la risa es "general"; en segundo
lugar, es universal, contiene todas las cosas y la gente (incluso las que
participan en el carnaval), el mundo entero parece cómico y es percibido y
considerado en un aspecto jocoso, en su alegre relativismo; por último esta risa
es ambivalente: alegre y llena de alborozo, pero al mismo tiempo burlona y
sarc stica, niega y afirma, amortaja y resucita a la vez.
Una importante de la risa en la fiesta popular es que escarnece a los mismos
burladores. El pueblo no se excluye a sí mismo del mundo en evolución. Tambi‚n
‚l se siente incompleto; tambi‚n ‚l renace y se renueva con la muerte.
Esta es una de las diferencias esenciales que separan la risa festiva popular
de la risa puramente satírica de la ‚poca moderna. El autor satírico que sólo
emplea el humor negativo, se coloca fuera del objeto aludido y se le opone, lo
cual destruye la integridad del aspecto cómico del mundo; por lo que la risa
popular ambivalente expresa una opinión sobre un mundo en plena evolución en el
que est n incluidos los que ríen.
Debemos estar especialmente el car cter utópico y de cosmovisión de esta
risa festiva, dirigida contra toda concepción de superioridad. Esta risa se
mantiene viva aún, con un cambio sustancial de sentido, la burla ritual de la
divinidad, tal como existía en los antiguos ritos cómicos. Pero los elementos
culturales característicos han desaparecido, y sólo subsisten los rasgos
humanos, universales y utópicos.
Es absolutamente necesario plantear adecuadamente el problema de la risa
popular. Los estudios que se le han consagrado incurren en el error de
modernizaría groseramente, interpret ndola dentro del espíritu de la
literatura cómica moderna, ya sea como un humor satírico negativo (designando
así a Rabelais como autor exclusivamente satírico) o como una risa agradable
destinada únicamente a divertir, ligera y desprovista de profundidad y fuerza.
Generalmente su car cter ambivalente pasa desapercibido por completo.
Pasamos ahora a la segunda forma de cultura cómica popular: las obras
verbales en latín y en lengua vulgar. No se trata de folklore (aunque algunas de
estas obras en lengua vulgar puedan considerarse así). Esta literatura est
imbuida de la cosmovisión carnavalesca, utilizaba ampliamente la lengua de las
formas carnavalescas, se desarrollaba al amparo de las osadías legitimadas por
el carnaval y en la mayoría de los casos estaba fundamentalmente ligada a los
regocijos carnavalescos, cuya parte literaria solía representar.' En esta
literatura, la risa era ambivalente y festiva. A su vez esta literatura era una
literatura festiva y recreativa, típica de la Edad Media.
Ya dijimos que las celebraciones carnavalescas ocupaban un importante lugar
en la vida de las poblaciones medievales, incluso desde el punto de vista de su
duración: en las grandes ciudades llegaban a durar tres meses por a¤o. La
influencia de la cosmovisión carnavalesca sobre la concepción y el pensamiento
de los hombres, era radical: les obligaba a renegar en cierto modo de su
condición oficial (como monje, cl‚rigo o sabio" y a contemplar el mundo desde un
punto de vista cómico y carnavalesca. No sólo los escolares y los cl‚rigos, sino
tambi‚n los eclesi sticos de alta jerarquía y los doctos teólogos se
permitían alegres distracciones durante las cuales se desprendían de su piadosa
gravedad, como en el caso de los "juegos monacales" (Joca monacorum), título de
una de las obras m s apreciadas de la Edad Media. En sus celdas de sabio
escribían tratados m s o menos paródicos Y obras cómicas en latín.
La literatura cómica medieval se desarrolló durante todo un milenio y aún
m s, si consideramos que sus comienzos se remontan a la antigedad
cristiana. Durante este largo período, esta literatura sufrió cambios muy
importantes (menos sensibles en la literatura en lengua latina). Surgieron
g‚neros diversos y variaciones estilísticas. A pesar de todas las diferencias de
‚poca y g‚nero, esta literatura sigue siendo -en diversa proporción- la
expresión de la cosmovisi6n popular y carnavalesca, y sigue empleando en
consecuencia la lengua de sus formas y símbolos.
La literatura latina paródica o semi-paródica est enormemente
difundida. Poseemos una cantidad considerable de manuscritos en los cuales la
ideología oficial de la Iglesia y sus ritos son descritos desde el punto de
vista cómico.
La risa influyó en las m s altas esferas del pensamiento y el culto
religioso.
Una de las obras m s antiguas y c‚lebres de esta literatura, La Cena de
Cipriano (Coena Cypriani), invirtió con espíritu carnavalesca las Sagradas
Escrituras (Biblia y Evangelios). Esta parodia estaba autorizada por la
tradición de la risa pascual (risus paschalis) libre; en ella encontramos ecos
lejanos de las saturnales romanas. Otra obra antigua del mismo tipo, Vergilius
Maro grammaticus, es un sabihondo tratado semiparódico sobre la gram tica
latina, como tambi‚n una parodia de la sabiduría escol stica y de los
m‚todos científicos de principios de la Edad Media. Estas dos obras inauguran la
literatura cómica medieval en latín y ejercen una influencia preponderante sobre
sus tradiciones y se sitúan en la confluencia de la Antigedad y la Edad Media.
Su popularidad ha persistido casi hasta la ‚poca del Renacimiento. Como
consecuencia, surgen dobles paródicos de los elementos del culto y el dogma
religioso. Es la denominada parodia sacra, uno de los fenómenos m s
originales y menos comprendidos de la literatura medieval.
Sabemos que existen numerosas liturgias paródicas (Liturgia de los bebedores,
Liturgia de los jugadores, etc.), parodias de las lecturas evang‚licas, de las
plegarias, incluso de las m s sagradas (como el Padre Nuestro, el Ave
María, etc.), de las letanías, de los himnos religiosos, de los salmos, así como
imitaciones de las sentencias evang‚licas, etc. Se escribieron testamentos
paródicos, resoluciones que parodiaban los concilios, etc. Este nuevo g‚nero
literario casi infinito, estaba consagrado por la tradición y tolerado en cierta
medida por la Iglesia. Había una parte escrita que existía bajo la ‚gida de la
"risa pascual" o "risa navide¤a" y otra (liturgias y plegarias par6dicas) que
estaba en relación directa con la "fiesta de los tontos" y era interpretada en
esa ocasión.
Además, existían otras variedades de la literatura cómica latina, como, por
ejemplo, las disputas y di logos paródicos, las crónicas par6dicas, etc.
Sus autores debían poseer seguramente un cierto grado de instrucción -en algunos
casos muy elevado-. Eran los ecos de la risa de los carnavales públicos que
repercutían en los muros de los monasterios, universidades y colegios.
La literatura cómica latina de la Edad Media llegó a su apoteosis durante el
apogeo del Renacimiento, con el Elogio de la locura de Erasmo (una de las
creaciones m s eminentes del humor carnavalesca en la literatura mundial) y
con las Cartas de hombres oscuros (Epistolae obscurorum virorum).
La literatura cómica en lengua vulgar era igualmente rica y m s variada
aún. Encontramos en esta literatura escritos an logos a la parodia sacra:
plegarias paródicas, homilías (denominados sermones alegres en Francia),
canciones de Navidad, leyendas sagradas, etc. Sin embargo, lo predominante eran
sobre todo las parodias e imitaciones laicas que escarnecen al r‚gimen feudal y
su epopeya heroica.
Es el caso de las epopeyas paródicas de la Edad Media que ponen en escena
animales, bufones, tramposos y tontos; elementos de la epopeya heroica paródica
que aparecen en los cantators, aparición de dobles cómicos de los h‚roes ‚picos
(Rolando cómico), etc. Se escriben novelas de caballería paródicas, tales como
La mula sin brida y Aucassin y Nicolette. Se desarrollan diferentes g‚neros de
retórica cómica- varios "debates" carnavalescos, disputas, di logos,
"elogios" (o "iIustraciones"), etc. La risa carnaval replica en las f bulas
y en las piezas líricas compuestas por vaguants (escolares vagabundos).
Estos g‚neros y obras est n relacionados con el carnaval público y
utilizan, m s ampliamente que los escritos en latín, las fórmulas y los
símbolos del carnaval. Pero es la dramaturgia cómica medieval la que est
m s estrechamente ligada al carnaval. La primera pieza cómica -que
conservamos- de Adam de la Halle, El juego de la enramada, es una excelente
muestra de la visión y de la comprensión de la vida y el mundo puramente
carnavalescos; contiene en germen numerosos elementos del futuro mundo
rabelesiano. Los milagros y moralejas son "carnavalizados" en mayor o menos
grado, La risa se introduce tambi‚n en los misterios; las diabluras-misterios,
por ejemplo, poseen un car cter carnavalesca muy marcado. Las gangarillas
son tambi‚n un g‚nero extremadamente "carnavalizado" de fines de la Edad Media.
Hemos tratado superficialmente en estas p ginas algunas de las obras
m s conocidas de la literatura cómica, que pueden mencionarse sin necesidad
de recurrir a comentarios especiales. Esto bastar para plantear
escuetamente el problema. Pero en lo sucesivo, a medida que analicemos la obra
de Rabelais, nos detendremos con m s detalle en esos g‚neros y obras, y en
otros g‚neros y obras menos conocidos.
Seguiremos ahora con la tercera forma de expresión de la cultura cómica
popular, es decir con ciertos fenómenos y g‚neros del vocabulario familiar y
público de la Edad Media y el Renacimiento. Ya dijimos que durante el carnaval
en las plazas públicas, la abolición provisoria de las diferencias y barreras
jer rquicas entre las personas y la eliminación de ciertas reglas y tabúes
vigentes en la vida cotidiana, creaban un tipo especial de comunicación a la vez
ideal y real entre la gente, imposible de establecer en la vida ordinaria. Era
un contacto familiar y sin restricciones.
Como resultado, la nueva forma de comunicación produjo nuevas formas
lingísticas: g‚neros in‚ditos, cambios de sentido o eliminación de ciertas
formas desusadas, etc. Es muy conocida la existencia de fenómenos similares en
la ‚poca actual. Por ejemplo, cuando dos personas crean vínculos de amistad, la
distancia que las separa se aminora (est n en "pie de igualdad") y las
formas de comunicación verbal cambian completamente: se tutean, emplean
diminutivos, incluso sobrenombres a veces, usan epítetos injuriosos que
adquieren un sentido afectuoso; pueden llegar a burlarse la una de la otra (si
no existieran esas relaciones amistosas sólo un tercero podría ser objeto de
esas burlas), palmotearse en la espalda e incluso en el vientre (gesto
carnavalesca por excelencia), no necesitan pulir el lenguaje ni evitar los
tabúes, por lo cual se dicen palabras y expresiones inconvenientes, etc.
Pero aclaremos que este contacto familiar en la vida ordinaria moderna
est muy lejos del contacto libre y familiar que se establece en la plaza
pública durante el carnaval popular. Falta un elemento esencial: el
car cter universal, el clima de fiesta, la idea utópica, la concepción
profunda del mundo. En general, al otorgar un contenido cotidiano a ciertas
fiestas del carnaval, aunque manteniendo su aspecto exterior, se llega en la
actualidad a perder su sentido interno profundo. Recordemos de paso que ciertos
elementos rituales antiguos de fraternidad sobrevivieron en el carnaval,
adoptando un nuevo sentido y una forma m s profunda. Ciertos ritos antiguos
se incorporaron a la vida pr ctica moderna por intermedio del carnaval,
pero perdieron casi por completo la significación que tenían en ‚ste.
El nuevo tipo de relaciones familiares establecidas durante el carnaval se
refleja en una serie de fenómenos lingísticos. Nos detendremos en algunos.
El lenguaje familiar de la plaza pública se caracteriza por el uso frecuente
de groserías, o sea de expresiones y palabras injuriosas, a veces muy largas y
complicadas. Desde el punto de vista gramatical y sem ntico, las groserías
est n normalmente aisladas en el contexto del lenguaje y consideradas como
fórmulas fijas del mismo g‚nero del proverbio. Por lo tanto, puede afirmarse que
las groserías son una clase verbal especial del lenguaje familiar. Por su origen
no son homog‚neas y cumplieron funciones de car cter especialmente
m gico y encantatorio en la comunicación primitiva.
Lo que nos interesa m s especialmente son las groserías blasfematorias
dirigidas a las divinidades y que constituían un elemento necesario de los
cultos cómicos m s antiguos. Estas blasfemias eran ambivalentes: degradaban
y mortificaban a la vez que regeneraban y renovaban. Y son precisamente estas
blasfemias ambivalentes las que determinaron el car cter verbal típico de
las groserías en la comunicación familiar carnavalesca. En efecto, durante el
carnaval estas groserías cambiaban considerablemente de sentido, para
convertirse en un fin en sí mismo y adquirir así universalidad y profundidad.
Gracias a esta metamorfosis, las palabrotas contribuían a la creación de una
atmósfera de libertad dentro de la vida secundaria carnavalesca.
Desde muchos puntos de vista, los juramentos son similares a las groserías.
Tambi‚n ellos deben considerarse como un g‚nero verbal especial, con las mismas
bases que las groserías (car cter aislado, acabado y autosuficiente). Sí
inicialmente los juramentos no tenían ninguna relación con la risa, al ser
eliminados de las esferas del lenguaje oficial, pues infringían sus reglas
verbales, no les quedó otro recurso que el de implantarse en la esfera libre del
lenguaje familiar. Sumergidos en el ambiente del carnaval, adquirieron un valor
cómico y se volvieron ambivalentes.
Los demás fenómenos verbales, como por ejemplo las obscenidades, corrieron
una suerte similar. El lenguaje familiar se convirtió en cierto modo en
recept culo donde se acumularon las expresiones verbales prohibidas y
eliminadas de la comunicación oficial. A pesar de su heterogeneidad originaria,
estas palabras asimilaron la cosmovisión carnavalesca, modificaron sus antiguas
funciones, adquirieron un tono cómico general, y se convirtieron, por así
decirlo, en las chispas de la llama única del carnaval, llamada a renovar el
mundo.
Nos detendremos a su debido tiempo en los dem s aspectos originales del
lenguaje familiar. Se¤alemos, como conclusión, que este lenguaje ejerció una
gran influencia en el estilo de Rabelais.