LOS
NATURALISTAS EN EL MUNDO DE LOS ESPIRITUS 1
Los extremos
se tocan, reza un viejo dicho de la sabiduría popular, impregnado de dialéctica.
Difícilmente nos equivocaremos, pues, si buscamos el grado más alto de la
quimera, la credulidad y la superstición, no precisamente en la tendencia de
las ciencias naturales que, como la filosofía alemana de la naturaleza, trata
de encuadrar a la fuerza el mundo objetivo en los marcos de su pensamiento
subjetivo, sino, por el contrario, en la tendencia opuesta, que, haciendo
hincapié en la simple experiencia, trata al pensamiento con soberano
desprecio y llega realmente más allá que ninguna otra en la ausencia de
pensamiento. Es esta la escuela que reina en Inglaterra. Ya su progenitor, el
tan ensalzado Francis Bacon, preconizaba el manejo de su nuevo método empírico,
inductivo, mediante el cual se lograría, ante todo, según él, prolongar la
vida, rejuvenecerse hasta cierto punto, cambiar la estatura y los rasgos
fisionómicos, convertir unos cuerpos en otros, crear nuevas especies y llegar
a dominar la atmósfera y provocar tormentas; Bacon se lamenta del abandono en
que ha caído esta clase de investigaciones y en su historia natural ofrece
recetas formales para fabricar oro y producir diversos milagros. También
Isaac Newton, en los últimos días de su vida, se ocupó mucho de interpretar
la revelación de San Juan. No tiene, pues, nada de extraño que, en los últimos
años, el empirismo inglés, en la persona de algunos de sus representantes
-que no son, por cierto, los peores- parezca entregarse irremediablemente al
espiritismo y a las creencias en los espíritus, importadas de Norteamérica.
El primer
naturalista a que hemos de referirnos en relación con esto es el zoólogo y
botánico Alfred Russel Wallace, investigador cargado de méritos en su
espccialidad, el mismo que, simultáneamente con Darwin, formuló la teoría
de la modificación de las especies por la vía de la selección natural. En
su librito titulado On Miracles and Modern Spiritualism ["Sobre los
milagros y el moderno espiritualismo"], Londres, Burns,2 1875,
cuenta que sus primeras experiencias en esta rama del estudio de la naturaleza
datan de 1844, año en que asistió a las lecciones del señor Spencer Hall
sobre mesmerismo, que le movieron a realizar experimentos parecidos sobre sus
propios discípulos. "El
asunto me
interesó extraordinariamente
y me
entregué a él
con pasión (ardour)"
[pág. 119]. Además de
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31
provocar
en sus experimentos el sueño magnético y los fenómenos de la rigidez de los
miembros y la insensibilidad local, corroboró la exactitud del mapa frenológico, al provocar, por el contacto
con cualquiera de los órganos de Gall, la actividad correspondiente en el
paciente magnetizado, que éste confirmaba mediante los gestos vivos que se le
prescribían. Y comprobó, asimismo, cómo el paciente, por medio de los
contactos adecuados, compartía todas las reacciones sensoriales del operador;
se le emborrachaba con un vaso de agua, simplemente al asegurarle que lo que
bebía era coñac. Logró, incluso, atontar hasta tal punto, sin dormirlo, a
uno de los muchachos, que éste no supo siquiera decirle su nombre, cosa que,
por lo demás, también consiguen otros maestros de escuela sin necesidad de
recurrir al mesmerismo. Y por ahí adelante.
En
el invierno de 1843-44 tuve yo ocasión de ver en Manchester a este mismo
Spencer Hall. Era un charlatán vulgar que, protegido por algunos curas,
recorría el país, haciendo exhibiciones magnético-frenológicas sobre una
muchacha, con objeto de probar la existencia de Dios, la inmortalidad del alma
y la insostenibilidad del materialismo, que en aquel tiempo predicaban los
owenistas en todas las grandes ciudades de Inglaterra. La señorita que le
servía de médium, sumida en sueno magnético, prorrumpía, cuando el
operador tocaba en su cabeza cualquiera de las zonas frenológicas de Gall, en
gestos y actitudes teatralmente demostrativos, que correspondían a la
actividad del órgano respectivo; por ejemplo, al tocarle el órgano del amor
por los niños (philoprogenitiveness) acariciaba
y besaba a un bebé imaginario, etc. El buen Spencer Hall, en sus
exhibiciones, había enriquecido la geografía frenológica de Gall con una
nueva ínsula Barataria:3 en efecto, en la parte superior del cráneo
había descubierto el órgano de la oración, al. tocar el cual el médium se
hincaba de rodillas, cruzaba las manos y se convertía, ante los ojos atónitos
de la concurrencia, en un ángel en oración extática. Este número era el
final y el punto culminante de la representación. Quedaba probada de este
modo la existencia de Dios.
A
un amigo mío y a mí nos sucedió algo parecido de lo que le había ocurrido
al señor Wallace: aquellos fenómenos nos interesaron y tratamos de ver si éramos
capaces de reproducirlos. Se nos brindó como médium un muchachito muy listo
de unos doce años. No nos fue difícil provocar en él el estado hipnótico,
mirándole fijamente a los ojos o pasándole la mano por la cabeza. Pero, como
nosotros éramos algo menos crédulos que el señor Wallace y nos entregábamos
a la obra con menos ardor que él, obteníamos resultados completamente
distintos de los suyos. Aparte
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de la
rigidez muscular y la insensibilidad, fáciles de conseguir, encontramos un
estado de inhibición total de la voluntad, unido a una peculiar sobreexcitación
de las sensaciones. El paciente, arrancado a su letargo por cualquier estímulo
externo, acreditaba una vivacidad mucho mayor que estando despierto. No se
manifestaba ni el menor atisbo de relaciones misteriosas con el operador;
cualquier otra persona podía hacer entrar al sujeto en actividad tan fácilmente
como nosotros. El poder de excitar los órganos frenológicos de Gall era para
nosotros lo menos importante de todo; fuimos mucho más allá: no sólo logramos
trocarlos y desplazarlos a lo largo de todo el cuerpo, sino que fabricamos, además,
a nuestro antojo, toda otra serie de órganos, órganos de cantar, de silbar, de
tocar la bocina, de bailar, de boxear, de coser, de hacer movimientos de
zapatero, de fumar, etc., situándolos en la parte del cuerpo que queríamos. Y
si Wallace emborrachaba a su paciente con agua nosotros descubrimos en su dedo
gordo un órgano de embriaguez, bastando con que lo tocásemos con la mano para
poner en acción el más lindo simulacro de borrachera. Pero bien entendido que
ningún órgano mostraba señales de vida hasta que se le daba a entender al
paciente lo que de él se esperaba; y, a fuerza de práctica, el muchacho
adquirió tal perfección en estos manejos, que bastaba con la más leve
insinuación. Los órganos creados de este modo permanecían en vigor para
posteriores catalepsias, mientras no fuesen modificados por la misma vía. El
paciente se hallaba dotado de una doble memoria, una que funcionaba estando
despierto y la otra, muy especial, que entraba en acción cuando el sujeto se
hallaba en estado hipnótico. En cuanto a la pasividad volitiva, a la sumisión
absoluta del paciente a la voluntad de un tercero, perdía toda apariencia mágica
mientras no olvidásemos que todo el estado comenzaba con la sumisión de la
voluntad del paciente a la del operador y que no podía provocarse sin ésta. El
más portentoso hipnotizador del mundo queda en ridículo tan pronto como su
paciente se ríe en su cara.
Mientras
que nosotros, con nuestro frívolo escepticismo, descubríamos como base de la
charlatanería magnético-frenológica una serie de fenómenos la mayoría de
los cuales sólo se diferenciaban en cuanto al grado de los que se dan en estado
de vigilia, sin que se necesite recurrir, para explicarlos, a ninguna
interpretación mística, la pasión (ardour) con que operaba el señor Wallace
le llevaba a una serie de. ilusiones engañosas que le permitían confirmar en
todos sus detalles el mapa frenológico de Gall
y encontrar
una relación
misteriosa entre
el operador
y el
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paciente.*
En todo el relato del señor Wallace, cuya sinceridad raya en el candor, se
trasluce que lo que a él le importaba no era tanto, ni mucho menos, descubrir
el fondo real de la charlatanería como reproducir a todo trance los mismos
fenómenos. Y basta con mostrar este mismo estado de ánimo para convertir en
poquísimo tiempo al investigador neófito, por medio de las más simples y fáciles
ilusiones engañosas, en un adepto. El señor Wallace acabó profesando
sinceramente la fe en los misterios magnético-frenológicos, lo que le
llevaba a pisar con un pie en el mundo de los espíritus.
El
otro pie se movió en la misma dirección en 1865. Al volver de sus doce años
de viajes por la zona tórrida, el señor Wallace se dedicó a experimentos de
espiritismo, que le pusieron en relación con diferentes "médiums".
La obrilla suya que hemos citado revela cuán rápidos fueron sus progresos en
este terreno y cómo llegó a dominar por completo el asunto. No sólo trata
de convencernos de que tomemos por moneda de buena ley todos los supuestos
portentos de los Home, los hermanos Davenport y demás "médiums"
que muestran sus artes más o menos por dinero y que en su mayoría han sido
desenmascarados muchas veces como unos tramposos, sino que nos cuenta, además,
toda una serie de historias de espíritus del remoto pasado, que él considera
acreditadas como ciertas. Las pitonisas del oráculo griego y las brujas de la
Edad Media eran, según él, "médiums", y la obra de Yámblico De divinatione ["Sobre la adivinación"]
describe ya con toda precisión, a su juicio, "los más asombrosos fenómenos
del espiritualismo moderno" [página 229].
Pondremos
solamente un ejemplo para que se vea con cuánta credulidad admite el señor
Wallace la confirmación científica de estos portentos. No cabe duda de que
es muy fuerte pedirnos que creamos en la posibilidad de que los supuestos espíritus
se dejen fotografiar y, puestos en este camino, tenemos, indudablemente,
derecho a exigir que tales pretendidas fotografías de espíritus sean
investigadas del modo más fidedigno, antes de ser reconocidas como auténticas.
Pues bien, en la pág. 187 de su obra cuenta el señor Wallace que en marzo de
1872 una señora Guppy, cuyo nombre de familia era Nicholls, una médium muy
conocida, se hizo fotografiar en Notting Hill,4 en casa del señor
Hudson, en unión de su esposo y de su niño,
y en ambas fotografías
aparece detrás de ella una
alta
* Como ya hemos dicho, los pacientes van
adquiriendo mayor perfección con la práctica. Cabe, pues, la posibilidad de
que, al hacerse habitual la sumisión de la voluntad y cobrar mayor intimidad
la relación entre las dos partes, se potencien algunos de los fenómenos y se
manifiesten de modo reflejo incluso estando el paciente despierto. [Nota
de Engels.]
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figura
de mujer delicadamente (finely) envuelta
en gasa blanca, con rasgos un poco orientales y en actitud de bendecir.
"Una de dos cosas son, aquí, absolutamente ciertas.* O se acusa la
presencia de un ser vivo e inteligente, o el señor y la señora Guppy, el fotógrafo
y una cuarta persona han urdido un vil (wicked) fraude,
sin desdecirse de él desde entonces. Pero yo conozco muy bien al señor y a
la señora Guppy y tengo la convicción absoluta de
que son tan incapaces de un fraude de esta naturaleza como en el campo de las
ciencias naturales podría serlo cualquier serio investigador de la
verdad" [página 188].
Por
tanto, una de dos: o fraude o fotografía de un espíritu. De acuerdo. Y, en
caso de fraude, o el espíritu figuraba ya previamente en la placa fotográfica
o tienen que haberse confabulado, para urdirlo, cuatro personas, o bien tres,
si dejamos a un lado, por no estar ya en su sano juicio o por ser víctimas de
un engaño, al viejo señor Guppy, que murió tres años más tarde, en enero
de 1875, a los 84 años de edad (bastaba con haberlo mandado colocarse detrás
del biombo que aparece al fondo). No hace falta perder muchas palabras en
demostrar que cualquier fotógrafo podía, sin dificultad, procurarse un
"modelo" para hacer de espíritu. Y se da, además, el caso de que,
poco después, el fotógrafo Hudson fue públicamente denunciado como
falsificador habitual de fotografías de espíritus, lo que lleva al señor
Wallace a añadir, a manera de reserva: "De lo que no cabe duda es que,
de existir un fraude, inmediatamente habría sido descubierto por los
espiritualistas" [pág. 189]. Como vemos, el fotógrafo no inspira gran
confianza. Queda la señora Guppy, en favor de la cual habla "el
convencimiento absoluto" de su amigo Wallace, pero nada más. -¿Nada más?
En modo alguno. En favor de la absoluta confianza que la señora Guppy inspira
habla su propia afirmación de que un día de junio de 1871, al anochecer, fue
transportada por los aires en estado inconsciente desde su casa en Higbury
Hill Park hasta el núm. 69 de la Lambs Conduit Street -tres millas inglesas
en línea recta- y depositada sobre una mesa, en medio de una reunión de
espiritistas, al llegar a dicha casa, en el número 69. Las puertas de la sala
estaban cerradas y, a pesar de que la señora Guppy era una de las damas más
obesas de Londres, que ya es decir, su
súbita irrupción en la sala no abrió ningún boquete
* "Here, then, one of two things are absolutaly
certain." El mundo de los espíritus está
por encima de las leyes de la gramática. Un bromista citó en una sesión de
espiritismo al espíritu del gramático Lindley Murray. Al preguntársele si
estaba allí, contestó: "I are" (giro norteamericano. en lugar de
"I am").5 Y es que el médium era de los Estados Unidos. [Nota
de Engels.]
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visible
ni en las puertas ni en el techo (todo lo cual aparece relatado en el Echo de Londres, número de 8 de julio de 1871).
Quien, a la vista de tales detalles, no crea en la autenticidad de la fotografía
espiritista de que hemos hablado, es un incrédulo incorregible.
El
segundo notable adepto, entre los naturalistas ingleses, es el señor William
Crookes, el descubridor del elemento químico llamado talio e inventor del
radiómetro (que los alemanos llaman molido de luz).6 El señor
Crookes comenzó a investigar las manifestaciones espiritistas hacia el año
1871, empleando para ello toda una serie de aparatos físicos y mecánicos,
balanzas de resorte, baterías eléctricas, etc. Enseguida veremos si contaba,
además, para estos experimentos con el aparato más importante de todos, que
es una cabeza escéptica y crítica y si supo conservarlo hasta el final en
estado de funcionamiento. Desde luego, podemos asegurar que el señor Crooks
ha dado pruebas de hallarse prisionero de las mismas engañosas ilusiones que
el señor Wallace. "Hace algunos años -cuenta éste- que una joven señorita
llamada Florence Cook viene revelando notables aptitudes como médium; no hace
mucho, estas aptitudes llegaron a su punto culminante, al producir una figura
completa de mujer que asegura tener un origen espiritista y que se presentó
descalza y envuelta en una túnica blanca flotante, mientras la médium yacía
en un cuarto (cabinet) o sala adyacente, con las cortinas echadas, atada y sumida en profundo
sueño".7
Este
espíritu, que se hacía llamar Katey y que se parecía extraordinariamente a
la señorita Cook, fue tomado y retenido una noche, repentinamente, del talle
por el señor Volckman -el actual esposo de la señora Guppy- para comprobar
si no se trataba de otra edición de la señorita Cook. El espíritu se
comportó como una dama recia y vigorosa, se defendió con todas sus fuerzas,
los circunstantes intervinieron en la refriega, alguien apagó el gas y, al
restablecerse la paz tras el tumulto e iluminarse de nuevo la sala, el espíritu
se había esfumado y la señorita Cook aparecía tendida en su rincón, atada
e inconsciente. Parece que el señor Volckman jura y perjura todavía hoy que
tuvo entre sus brazos a la señorita Cook, y a nadie más. Para cerciorarse
científicamente de ello, un famoso especialista en electricidad, el señor
Varley, comunicó por medio de una batería una corriente eléctrica a la médium,
señorita Cook, de modo que ésta no pudiese hacerse pasar por el espíritu
sin que la corriente se interrumpiera. A pesar de lo cual, el espíritu
compareció. Se trataba, pues, efectivamente, de un ser distinto de la señorita
Cook. De confirmar esto con nuevas pruebas se encargó el señor Crookes. Su
primer paso consistió en ganarse la confianza de la dama conductora de espíritus.
Esta confianza -nos cuenta él mismo en el Spiritualist
de
5 de junio de 1874- "fue
creciendo poco
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a
poco hasta el punto de negarse a participar en ninguna sesión a menos que yo
dirigiese los arreglos necesarios. Dijo que necesitaba tenerme
siempre a mí cerca de ella y de su gabinete; yo, por mi
parte, me di cuenta de que, una vez ganada y asegurada esta confianza, no
faltaría a ninguna de las promesas que le hiciera; los fenómenos
fueron ganando, así, en intensidad y se obtenían por libre consentimiento
medios probatorios que por otro conducto habrían sido inasequibles. Ella me
consultaba frecuentemente con respecto a
las personas presentes en las sesiones y acerca de los lugares que se les debía
asignar, pues últimamente se había vuelto muy nerviosa (nervous)
a consecuencia de ciertas alusiones inoportunas en el sentido de que,
junto a otros métodos de investigación más científicos, debía recurrirse
también a la violencia".8
La
señorita espiritista no defraudó en lo más mínimo esta confianza tan
afectuosa como científica depositada en ella. Incluso llegó a presentarse -lo
que ahora ya no puede asombrarnos- en la casa del señor Crookes, se puso a
jugar con sus niños y les contó "anécdotas de sus aventuras en la
India", relató al señor Crookes "algunas de las amargas experiencias
de su pasado",9 hizo que la tomase en sus brazos para
convencerse de su recia materialidad, le pidió que contara sus pulsaciones y
respiraciones al minuto y, por último, se hizo fotografiar al lado del dueño
de la casa. "Después de haber sido vista, tocada, fotografiada y escuchada
en conversación con ella, esta figura -dice el señor Wallace- desapareció en absoluto de un
pequeño cuarto cuya única salida era una sala contigua, llena de
espectadores" [pág. 183], lo que no representaba una gran hazaña, siempre
y cuando que los tales espectadores fuesen lo bastante corteses para demostrar
al señor Crookes, en cuya casa sucedía todo esto, la misma confianza que él
había depositado en el espíritu.
Desgraciadamente,
ni los mismos espiritualistas pueden prestarse a creer sin más, a pies
juntillas, estas "experiencias plenamente demostradas. Ya hemos visto más
arriba cómo el muy espiritualista señor Volckman se permitió asirse de una
prueba muy tangible. Y he aquí, ahora, que un clérigo, miembro del comité
de la Asociación nacional británica de espiritualistas, ha asistido también
a una sesión de la señorita Cook, pudiendo comprobar sin dificultad que el
cuarto por el que entró y desapareció el espíritu se comunicaba con el
mundo exterior por una segunda puerta. Y añade que el modo de
comportarse el señor Crooke, presente también en la sesión, "descargó
el golpe de muerte sobre mi creencia de que pudiera haber algo en estas
manifestaciones" (Mystic London, by
the
37
Rev.
C. Maurice Davies, Londres, Tinsley Brothers).10 Por si esto no
fuera bastante, se puso al descubierto en los Estados Unidos cómo se
"materializaba" a "Katey". Un matrimonio de nombre Holmes
dio en Filadelfia una serie de representaciones, en las que salía a escena
también una "Katey" a la que los creyentes obsequiaban con
numerosos regalos. Hubo, sin embargo, un escéptico que no descansó hasta
cerciorarse de quién era la tal Katey, la cual, por lo demás, se había
puesto en huelga más de una vez por falta de pago. Tras diversas
averiguaciones, la localizó en una boarding house (casa de huéspedes), donde se
alojaba como una señorita tangible, de carne y hueso, en posesión de todas
las ofrendas hechas al espíritu.
Pero
también el continente estaba llamado a vivir su historia científica
espiritista. Una institución científica de San Petersburgo -no sé
exactamente si la Universidad o incluso la Academia de Ciencias delegó en dos
señores, el consejero de Estado Aksákov y el químico Bútlerov, para que
indagasen los fenómenos del espiritismo, sin que, al parecer, sacasen gran
cosa en limpio.11 Y en la actualidad -si hemos de creer en lo que públicamente
anuncian los espiritistas-, también Alemania ha suministrado a estos asuntos
un hombre de ciencia, en la persona del señor profesor Zóllner, de Leipzig.
Sabemos
que el señor Zöllner viene trabajando desde hace años en la "cuarta
dimensión" del espacio, habiendo descubierto que muchas cosas que son
imposibles en un espacio tridimensional se comprenden por sí mismas en el
espacio de cuatro dimensiones. Así, por ejemplo, en este espacio se puede dar
la vuelta como a un guante a una esfera de metal sin hacerle ningún agujero,
practicar un nudo con una cuerda que no tenga cabos o se halle atada en sus
dos extremos, enlazar dos anillos cerrados sin romper ninguno de ellos y qué
sé yo cuántos portentos más por el estilo. Se dice que, habiéndose
conocido nuevos relatos victoriosos acerca del mundo de los espíritus, el señor
profesor Zöllner se puso en contacto con uno o varios médiums, con objeto de
localizar con su ayuda el lugar preciso de la cuarta dimensión. El éxito
obtenido fue, al parecer, sorprendente. El respaldo de la silla en que el
profesor tenía apoyado el brazo, con la mano constantemente puesta sobre la
mesa, apareció, después de la sesión, según se asegura, entrelazado con el
brazo; una cuerda sellada por las dos puntas sobre la mesa presentaba cuatro
nudos, etc. En una palabra, los espíritus realizaron como jugando todos los
milagros de la cuarta dimensión. Relata refero,12 naturalmente; me limito a contar lo que he leído,
sin responder de la veracidad de estos boletines del mundo de los espíritus,
y, si en
ellos se contuvieran falsedades,
debiera el señor
38
Zöllner
agradecerme que le deparara la ocasión de rectificarlas. Claro está que si,
por el contrario, estos boletines reprodujesen verídicamente las experiencias
del profesor Zöllner abrirían, indudablemente, una nueva era tanto en la
ciencia espiritista como en las matemáticas. Los espíritus prueban la
existencia de la cuarta dimensión, lo mismo que ésta aboga por la existencia
de los espíritus. Una vez que se ha sentado esta premisa, se abre ante la
ciencia un campo totalmente nuevo e inmenso. Todas las matemáticas y las
ciencias naturales anteriores pasan a ser simplemente una escuela preparatria
para las matemáticas de la cuarta dimensión y de otras dimensiones
superiores y para la mecánica, la física, la química y la fisiología de
los espíritus que moran en estos espacios multidimensionales. No en vano el
señor Crookes ha establecido científicamente la pérdida de peso que
experimentan las mesas y otros muebles al pasar -pues ya creemos que vale
expresarse así- a la cuarta dimensión, y el señor Wallace da por sentado
que allí el fuego no hace la menor mella en el cuerpo del hombre. ¡Y no
digamos, la fisiología de estos cuerpos espiritistas! Sabemos que respiran,
que tienen pulsaciones y, por consiguiente, pulmones, corazón y aparato
circulatorio, hallándose con seguridad, por lo menos, tan bien provistos como
nosotros en lo que a los restantes órganos físicos se refiere. En efecto,
para poder respirar hacen falta hidrocarburos, quemados en los pulmones y que
sólo pueden provenir de fuera: hacen falta, por tanto, estómago, intestinos
y demás aditamentos, y, demostrada la existencia de esto, lo demás se deriva
sin dificultad. Ahora bien, la existencia de tales órganos implica la
posibilidad de que se enfermen, lo que puede colocar al señor Virchow en el
trance de tener que escribir una patología celular del mundo de los espíritus.
Como la mayoría de los tales espíritus son señoritas maravillosamente
bellas, que en nada, lo que se dice en nada, se distinguen de las damas de
carne y hueso que andan por las calles como no sea por su belleza
supraterrenal, se comprende que no pueda pasar mucho tiempo antes de que
tropiecen con "hombres en quienes enciendan el amor";13 y
puesto que, como el señor Crooke ha comprobado por las pulsaciones, palpita
en ellas "el corazón femenino", tenemos que también ante la
selección natural se abre una cuarta dimensión, en la cual no tiene ya por
qué temer que se la confunda con la maligna social-democracia .14
Pero,
basta. Creemos que a la luz de lo que queda dicho se revela de un modo bien
tangible cuál es el camino más seguro que conduce de las ciencias naturales
al misticismo. No es el de la enmarañada teoría de la filosofía de la
naturaleza, sino el del más trivial empirismo,
que desprecia todo lo que sea teoría y desconfía
39
de
todo lo que sea pensamiento. No es la necesidad apriorística la que pretende
probar la existencia de los espíritus, sino que son las observaciones empíricas
de los señores Wallace, Crookes y Cía. Si damos crédito a las observaciones
realizadas por Crooke mediante el análisis espectroscópico y que le llevaron
al descubrimiento del metal llamado talio o a los abundantes descubrimientos
zoológicos llevados a cabo por Wallace en el archipiélago malayo, se nos exige
que depositemos la misma fe en las experiencias y los descubrimientos
espiritistas de ambos investigadores. Y cuando contestamos a esto que existe una
pequeña diferencia, a saber: la de que los primeros podemos comprobarlos y los
segundos no, los visionarios nos replican que estamos equivocados y que no
tienen inconveniente en ayudarnos a comprobar también, experimentalmente, los
fenómenos espiritistas.
En
realidad, nadie puede despreciar impunemente a la dialéctica. Por mucho desdén
que se sienta por todo lo que sea pensamiento teórico, no es posible, sin
recurrir a él, relacionar entre sí dos hechos naturales o penetrar en la
relación que entre ellos existe. Lo único que cabe preguntarse es si se piensa
acertadamente o no, y no cabe duda de que el desdén por la teoría constituye
el camino más seguro para pensar de un modo naturalista y, por tanto, falso. Y
el pensamiento falso, cuando se le lleva a sus últimas consecuencias, conduce
generalmente; según una ley dialéctica ya de antiguo conocida, a lo contrario
de su punto de partida. Por donde el desprecio empírico por la dialéctica
acarrea el castigo de arrastrar a algunos de los más fríos empíricos a la más
necia de todas las supersticiones, al moderno espiritismo.
Otro
tanto ocurre con las matemáticas. Los matemáticos metafísicos usuales se
jactan con gran orgullo de que los resultados de su ciencia son absolutamente
inconmovibles. Pero entre estos resultados figuran también las magnitudes
imaginarias, dotadas, por tanto, de una cierta realidad. Y cuando uno se
acostumbra a atribuir a /-1 o a la cuarta dimensión una cierta realidad fuera
de nuestra cabeza, ya no importa dar un paso más y aceptar también el mundo
espiritista de los médiums. Ocurre como Ketteler decía de Döllinger:
"Este hombre ha defendido en su vida tantos absurdos, que bien puede
defender uno más, el de la infalibilidad."15
En
realidad, el simple empirismo es incapaz de hacer frente a los espiritistas y
refutarlos. En primer lugar, porque los fenómenos "superiores" no
aparecen sino cuando el "investigador" en cuestión se halla tan
obnubilado, que sólo ve lo que debe o quiere ver, como el propio
Crookes lo describe, con un
candor tan inimitable. Y, en
40
segundo
lugar, porque a los espiritistas les tiene sin cuidado el que cientos de
supuestos hechos resulten ser un fraude y docenas de supuestos médiums sean
desenmascarados como vulgares estafadores. Mientras no se hayan descartado, uno
por uno, todos los supuestos
portentos, siempre les quedará terreno bastante donde pisar, como claramente
nos lo dice Wallace, con motivo de las fotografías de espíritus falsificadas.
La existencia de falsificaciones no hace más que probar la autenticidad de las
verdaderas.
De
este modo, el empirismo se ve obligado a rechazar con reflexiones teóricas la
pegajosa insistencia de los visionarios, ya que los experimentos empíricos no
bastan, y a decir, con Huxley: "Lo único bueno que, a mi juicio, podría
ponerse de manifiesto, al demostrar la verdad del espiritualismo, sería el
suministrar un nuevo argumento en contra del suicidio. ¡Antes vivir como un
barrendero que decir necedades desde el reino de los muertos por boca de un médium
que se alquila a razón de veinte chelines por sesión."16