DIALECTICA1
(Desarrollar
la naturaleza general de la dialéctica, como ciencia de las concatenaciones,
por oposición a la metafísica.)
Las
leyes de la dialéctica se abstraen, por tanto, de la historia de la
naturaleza y de la historia de la sociedad humana. Dichas leyes no son, en
efecto, otra cosa que las leyes más generales de estas dos fases del
desarrollo histórico y del mismo pensamiento. Y se reducen, en lo
fundamental, a tres:
ley
del trueque de la cantidad en cualidad, y viceversa;
ley
de la penetración de los contrarios;
ley
de la negación de la negación.
Las
tres han sido desarrolladas por Hegel, en su manera idealista, como simples
leyes del pensamiento: la
primera, en la primera parte de la Lógica,
en la
teoría del Ser; la segunda ocupa toda la segunda parte, con mucho la más
importante de todas, de su Lógica, la
teoría de la Esencia; la tercera, finalmente, figura como la ley fundamental
que preside la estructura de todo el sistema. El error reside en que estas
leyes son impuestas, como leyes del pensamiento, a la naturaleza y a la
historia, en vez de derivarlas de ellas. De ahí proviene toda la construcción
forzada y que, no pocas veces, pone los pelos de punta: el mundo, quiéralo o
no, tiene que organizarse con arreglo a un sistema discursivo, que sólo es, a
su vez, producto de una determinada fase de desarrollo del pensamiento humano.
Pero, si invertimos los términos, todo resulta sencillo y las leyes dialécticas,
que en la filosofía idealista parecían algo extraordinariamente misterioso,
resultan inmediatamente sencillas y claras como la luz del sol.
Por
lo demás, quien conozca un poco a Hegel sabe que éste aduce también, en
cientos de pasajes, los ejemplos concretos más palpables tomados de la
naturaleza y de la historia para ilustrar las leyes dialécticas.
No
nos proponemos escribir aquí un tratado de dialéctica, sino simplemente
demostrar que las leyes dialécticas son otras tantas leyes reales que rigen
el desarrollo de la naturaleza y cuya vigencia es también aplicable, por
tanto, a la investigación teórica natural. No podemos, por consiguiente,
entrar a estudiar la conexión interna de estas leyes entre sí.
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I.
Ley del trueque de la cantidad en cualidad, y viceversa. Podemos expresar esta
ley, para nuestro propósito, diciendo que, en la naturaleza, y de un modo
claramente establecido para cada caso singular, los cambios cualitativos sólo
pueden producirse mediante la adición o sustracción cuantitativas de materia
o de movimiento (de lo que se llama energía).
Todas
las diferencias cualitativas que se dan en la naturaleza responden, bien a la
diferente composición química, bien a las diferentes cantidades o formas de
movimiento (energía), o bien, como casi siempre ocurre, a ambas cosas a la
vez. Por consiguiente, es imposible cambiar la cualidad de un cuerpo sin añadir
o sustraer materia o movimiento, es decir, sin un cambio cuantitativo del
cuerpo de que se trata. Bajo esta forma, la misteriosa tesis hegeliana, no sólo
resulta perfectamente racional, sino que se revela, además, con bastante
evidencia.
No
creemos que haga falta pararse a señalar que los diferentes estados alotrópicos
y conglomerados de los cuerpos, al descansar sobre una distinta agrupación
molecular, responden también a cantidades mayores o menores de movimiento añadidas
al cuerpo correspondiente.
Pero,
¿y los cambios de forma del movimiento o de la llamada energía? Cuando
transformamos el calor en movimiento mecánico, o a la inversa, cambia la
cualidad, mas ¿la cantidad permanece igual? Exactamente. Ahora bien, los
cambios de forma del movimiento son como los vicios de Heine: cualquiera por
separado puede ser virtuoso; en cambio, para el vicio tienen que juntarse dos.2
Los cambios de forma del movimiento son siempre un fenómeno que se efectúa
entre dos cuerpos por lo menos, uno de los cuales pierde una determinada
cantidad de movimiento de esta cualidad (por ejemplo, calor), mientras que el
otro recibe la cantidad correspondiente de movimiento de aquella otra cualidad
(movimiento mecánico, electricidad, descomposición química). Por tanto,
cantidad y cualidad se corresponden, aquí, mutuamente. Hasta ahora, no se ha
logrado convertir una forma de movimiento en otra dentro de un solo cuerpo
aislado.
Aquí,
por el momento, sólo hablamos de cuerpos inanimados; para los cuerpos vivos
rige la misma ley, pero ésta actúa bajo condiciones muy complejas, y, hasta
hoy, resulta todavía imposible, con frecuencia, establecer la medida
cuantitativa.
Si
nos representamos un cuerpo inanimado cualquiera dividido en partes cada vez más
pequeñas, vemos que no se opera, por el momento, ningún cambio cualitativo.
Pero esto tiene sus límites: si logramos, como en la evaporación, liberar
las distintas moléculas sueltas, podremos, en la mayor parte de los casos,
seguir dividiéndolas, aunque
solamente mediante
un cambio total de la
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cualidad.
La molécula se descompone ahora en los átomos, los cuales presentan
cualidades completamente distintas de aquélla. En moléculas formadas por
distintos elementos químicos, vemos que la molécula compuesta deja el puesto
a los átomos o a la molécula de estos elementos mismos; y en las moléculas
elementales, aparecen los átomos libres, que producen resultados cualitativos
completamente distintos: los átomos libres del oxígeno en estado naciente
consiguen como jugando lo que jamás serían capaces de lograr los átomos del
oxígeno atmosférico vinculados en la molécula.
Pero
ya la misma molécula es algo cualitativamente distinto de la masa corpórea
de que forma parte. Puede llevar a cabo movimientos independientemente de ésta
y mientras ésta permanece en aparente quietud, como ocurre, p.e., en las
vibraciones del calor; puede, por medio del cambio de situación y de la
trabazón con las moléculas vecinas, colocar al cuerpo en un estado alotrópico
o de conglomerado, etc.
Vemos,
pues, que la operación puramente cuantitativa de la división tiene un límite,
a partir del cual se trueca en una diferencia cualitativa: la masa está
formada toda ella por moléculas, pero es algo esencialmente distinto de la
molécula, lo mismo que ésta es, a su vez, algo esencialmente distinto del átomo.
Sobre esta diferencia descansa precisamente la separación entre la mecánica,
como ciencia de las masas celestes y terrestres, de la física, que es la mecánica
de la molécula, y de la química, que es la física de los átomos.
En
la mecánica no se dan cualidades, sino, a lo sumo, estados como los de
equilibrio, movimiento y energía potencial, todos los cuales se basan en la
transferencia mensurable de movimiento y pueden expresarse de por sí de un
modo cuantitativo. Por tanto, en la medida en que se produce aquí un cambio
cualitativo, este cambio se halla condicionado por el cambio cuantitativo
correspondiente.
La
física considera los cuerpos como químicamente inmutables o indiferentes;
estudia solamente los cambios de sus estados moleculares y las alteraciones de
forma del movimiento, que la molécula pone en acción en todos los casos, por
lo menos en uno de los dos lados. Todo cambio es aquí un trueque de cantidad
en cualidad, una sucesión de modificaciones cuantitativas de la cantidad de
movimiento de cualquier forma inherente al cuerpo o comunicado a él. "Así,
por ejemplo, vemos que el grado de temperatura del agua es, al principio,
indiferente por lo que se refiere a su fluidez líquida; pero, al aumentar o
disminuir la temperatura del agua fluida, se llega a un punto en el que este
estado de cohesión cambia y el agua se convierte, de una parte, en
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vapor
y de otra parte en hielo" (Hegel, Enzyklopädie,
Obras completas, tomo VI, pág. 217).3 Del mismo modo, hace
falta una determinada intensidad mínima de corriente para que el alambre de
platino de la lámpara eléctrica se encienda; asimismo, vemos que todo metal
tiene su punto térmico de combustión y de fusión y todo líquido su punto
de congelación y de ebullición, bajo una presión determinada, en la medida
en que los medios de que disponemos nos permitan producir la temperatura
necesaria; y, finalmente, que todo gas llega a un punto crítico, en el que la
presión y el enfriamiento lo licuan. En una palabra, las llamadas constantes
de la física no son, en la mayoría de los casos, otra cosa que indicaciones
de puntos nodulares en que el «cambio»,4 la adición o sustracción
cuantitativa de movimiento, provoca un cambio cualitativo en el estado del
cuerpo de que se trata; en que, por tanto, la cantidad se trueca en cualidad.
Pero
el campo en que alcanza sus triunfos más imponentes la ley natural
descubierta por Hegel es la química. Podríamos decir que la química es la
ciencia de los cambios cualitativos de los cuerpos como consecuencia de los
cambios operados en su composición cuantitativa. Esto lo sabía ya el propio
Hegel (Logik,
Obras
completas, III, pág. 433).5 Basta fijarse en el oxígeno: si se
combinan tres átomos para formar una molécula, en vez de los dos de la
combinación usual, tenemos el ozono, un cuerpo que se distingue claramente
del oxígeno corriente, tanto por el olor como por los efectos. Y no hablemos
ya de las diferentes proporciones en que el oxígeno se combina con el nitrógeno
o el azufre y cada una de las cuales forma un cuerpo cualitativamente distinto
de los otros. El gas hilarante (monóxido de nitrogeno N2O) es muy
distinto del anhídrido ácido-nítrico (pentóxido nítrico N2O5).
El primero es un gas; el segundo, bajo temperatura corriente, un cuerpo sólido
cristalino. Y, sin embargo, toda la diferencia de composición entre ambos
cuerpos se reduce a que el segundo contiene cinco veces más oxígeno que el
primero, y entre uno y otro se hallan, además, otros tres óxidos del nitrógeno
(NO, N2O3, NO2), todos ellos cualitativamente
distintos de aquellos dos y entre sí.
Y
esto resalta todavía de un modo más palmario en las series homólogas de las
combinaciones de carbono, de los hidrógenos carburados más simples. La más
baja de las parafinas normales es el metano, CH4; las cuatro
unidades combinadas del átomo del carbono se saturan aquí con cuatro átomos
de hidrógeno. La segunda, el etano, C2H6, combina entre
sí dos átomos de carbono y satura las seis unidades libres combinadas con
seis átomos de hidrógeno. Y así sucesivamente, pasando por C3H8,
C4H10, etc., con arreglo
a la fórmula algebraica
CnHn2 + 2,
de tal
modo que, al
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aumentar
cada vez un CH2, va produciéndose, una vez tras otra, un cuerpo
cualitativamente distinto de los anteriores. Los tres miembros más bajos de la
serie son gases; el más alto que se conoce, el hexadecano, C16H34,
un cuerpo sólido, cuyo punto de ebullición son los 270 grados C. Y exactamente
lo mismo se comporta la serie de los alcoholes primarios derivados (teóricamente)
de las parafinas, con la fórmula CnH2n+2O, con
respecto a los ácidos grasos, monobásicos (fórmula: CnH2nO2).
Qué diferencia cualitativa puede producir la adición cuantitativa de C3H6
nos lo enseña la experiencia, cuando ingerimos alcohol etílico C2H6O,
bajo cualquiera de sus formas potables, sin mezcla de otros alcoholes y cuando
ingerimos el mismo alcohol etílico, pero añadiéndole alcohol amílico C5H12O,
que forma el elemento principal integrante del infame aguardiente amílico.
Nuestra cabeza se da clara cuenta de ello, sin duda alguna, a la otra mañana,
bien a su pesar, hasta el punto de que bien puede decirse que la borrachera y el
consiguiente malestar del día siguiente vienen a ser como la cantidad
transformada en cualidad, por una parte del alcohol etílico y, por otra, de la
adición de este C3H6.
En
estas series químicas, la ley hegeliana se nos presenta, además, sin
embargo, bajo otra forma. Los miembros inferiores sólo admiten una única
estratificación mutua de los átomos. Pero, una vez que el número de átomos
combinados en una molécula alcanza la magnitud determinada para cada serie,
la agrupación de los átomos en la molécula puede efectuarse de múltiples
modos; pueden presentarse, por tanto, dos o más cuerpos isómeros que, aun
conteniendo el mismo número de átomos de C, H u O en una sola molécula,
sean, no obstante, cualitativamente distintos. Podemos, incluso, calcular
cuantas de estas isomerías pueden darse en cada miembro de la serie. Así,
tenemos que en la serie de la parafina, para la fórmula C4H16
pueden darse dos, y para la fórmula C5H12 tres; en los
miembros superiores de la serie, el número de posibles isomerías va
aumentando muy rápidamente. Es, por tanto, una vez más, el número
cuantitativo de átomos contenidos en la molécula el que sienta la
posibilidad y, una vez comprobada ésta, el que condiciona, además, la
existencia real de estos cuerpos isómeros cualitativamente distintos.
Más
aún. Partiendo de la analogía de los cuerpos que conocemos en cada una de
estas series, podemos sacar conclusiones con respecto a las propiedades físicas
de los miembros de la serie que aún no conocemos y predecir con bastante
seguridad estas cualidades, el punto de ebullición, etc., en cuanto a los
miembros que vienen inmediatamente después de los conocidos.
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Finalmente,
la ley de Hegel no rige solamente para los cuerpos compuestos, sino también
para los mismos elementos químicos. Ahora, sabemos que "las propiedades químicas
de los elementos son una función periódica de los pesos atómicos"
(Roscoe-Schorlemmer, Ausführliches
Lehrbuch der Chemie ["Tratado detallado de química"], tomo II, pág.
823),6 es decir, que su cualidad se halla condicionada por la
cantidad de su peso atómico. Y la prueba de esto se ha llevado a cabo de un
modo brillante. Mendeleiev ha demostrado que en las series de elementos afines,
ordenadas por sus pesos atómicos, aparecen diferentes lagunas, indicio de que
quedan nuevos elementos por descubrir. Uno de estos elementos desconocidos, a
que Mendeleiev dio el nombre de ekaaluminio,7 porque en la serie que
comienza con el aluminio sigue a éste, fue descrito de antemano por él con
arreglo a sus propiedades químicas generales, prediciendo aproximadamente tanto
su peso atómico y específico como su volumen atómico. Unos cuantos años después,
descubría realmente Lecoq de Boisbaudran este elemento, y las predicciones de
Mendeleiev se confirmaban, salvo muy pequeñas variantes. El ekaaluminio se hacía
realidad en el galio (obra cit., pág. 828). Mediante la aplicación -no
consciente- de la ley hegeliana del trueque de la cantidad en cualidad, había
logrado Mendeleiev llevar a cabo una hazaña científica que puede audazmente
parangonarse con la de Leverrier al calcular la órbita de Neptuno, cuando todavía
este planeta era desconocido. En la biología, al igual que en la historia de la
sociedad humana, se comprueba a cada paso la misma ley, pero aquí no queremos
apartarnos de los ejemplos tomados de las ciencias exactas, donde las cantidades
son exactamente mensurables e investigables.
Es
probable que esos mismos señores que hasta el presente han venido denostando el
trueque de la cantidad en cualidad como misticismo e incomprensible
transcendentalismo, digan ahora que es algo evidente por sí mismo, consabido y
trivial, algo que ellos aplican desde hace mucho tiempo y que, por consiguiente,
no les enseña absolutamente nada nuevo. No cabe duda de que constituye siempre
un hecho histórico-universal el proclamar por vez primera bajo la forma de su
vigencia general una ley universal que rige para el desarrollo de la naturaleza,
de la sociedad y del pensamiento. Y si esos señores se han pasado la vida viendo cómo la
cantidal se trocaba en cualidad, pero sin saberlo, tendrán que consolarse con
aquel monsieur Jourdain de Molière,8 que se pasó también la vida
hablando en prosa sin tener ni la más remota idea de ello.9