LA MEDIDA DEL MOVIMIENTO.
EL TRABAJO1
"En
cambio, he encontrado siempre, hasta ahora, que los conceptos fundamentales de
este campo" (es decir, "los conceptos físicos fundamentales del
trabajo y de su inmutabilidad") "parecen
ser muy difícilmente asequibles a quienes no han pasado por la escuela de la
mecánica matemática, por mucho celo que pongan en ello, por grande que sea
su inteligencia e incluso aunque dispongan de un nivel relativamente alto de
conocimientos en materia de ciencias naturales". No hay que perder de
vista tampoco que se trata de conceptos abstractos de un carácter muy
peculiar. Incluso a un espíritu como el de I. Kant se le hizo difícil llegar
a captarlos, como lo demuestra su polémica contra Leibniz a propósito de
estos problemas". Son palabras de Helmholtz (Populäre
wissenschaftliche Vorträge ["Conferencias científicas de divulgación"],
II, prólogo).2
Nos
aventuramos, pues, ahora por un terreno muy peligroso, tanto más cuanto que
no podemos permitirnos nosotros hacer pasar al lector "por la escuela de
la mecánica matemática". Pero tal vez se ponga de manifiesto que, allí
donde se trata de conceptos, el pensamiento dialéctico lleva, por lo menos,
tan lejos como el cálculo matemático.
Galileo
descubrió, de una parte, la ley de la caída de los cuerpos, según la cual
los espacios recorridos por los cuerpos que caen guardan entre sí la misma
relación que los cuadrados de los tiempos que tardan en caer. Y colocó a la
par de ella la tesis, que, como veremos, no se compagina del todo con aquella
ley, según la cual la magnitud de movimiento de un cuerpo (su
impeto o momento) se determina por la velocidad y la masa, de tal modo que
siendo la masa constante, es proporcional a la velocidad. Descartes recogió
esta segunda tesis y proclamó, en términos generales, que la medida del
movimiento de un cuerpo era el producto de su masa por su velocidad.
Huygens
descubrió ya que, en el choque elástico, la suma de los productos de las
masas por los cuadrados de las velocidades antes y después del impulso era la
misma y que una ley análoga rige para otros casos distintos de movimiento de
cuerpos enlazados en un sistema.
Fue
Leibniz el primero en comprender que la medida cartesiana del movimiento se
halla en contradicción con la ley de la
63
64
caída
de los cuerpos. Pero, por otra
parte, no podría negarse que la medida formulada por Descartes resultaba
exacta, en muchos casos. Leibniz dividió, pues, las fuerzas motrices en dos
clases: las muertas y las vivas. Las muertas eran las "presiones" o
los "tirones" de los cuerpos en quietud y su medida el producto de
la masa por la velocidad con que el cuerpo se moviera, al pasar del estado de
quietud al estado de movimiento. En cambio, presentaba como la medida de la
fuerza viva, del movimiento real de un cuerpo, el producto de la masa por el
cuadrado de la velocidad. Y, además, derivaba esta nueva medida del
movimiento directamente de la ley de la caída de los cuerpos. "Se
requiere -concluía Leibniz- la misma fuerza para levantar un pie un cuerpo de
cuatro libras de peso que para levantar un cuerpo de una libra de peso a una
altura de cuatro pies; ahora bien, los caminos son proporcionales al cuadrado
de la velocidad, pues si un cuerpo cae cuatro pies alcanza el doble de
velocidad que si cayera un pie solamente. Y, al caer, los cuerpos adquieren la
fuerza necesaria para subir de nuevo hasta la altura de la que han caído; por
tanto, las fuerzas son proporcionales al cuadrado de la velocidad." (Suter, Geschichte
der mathematischen Wissenschaften ["Historia de las ciencias
matemáticas"], II, pág. 367.)3
Leibniz
demostró, asimismo, que la medida del movimiento, mv,
se halla en contradicción con la ley cartesiana de la constancia
de la cantidad de movimiento, mientras que la fuerza (es decir, la masa de
movimiento), de ser su validez real, aumenta o disminuye constantemente, en la
naturaleza. E incluso llegó a proyectar un aparato (Acta
Eruditorum,4
1690), que, de ser exacta
la medida mv,
representaría un perpetuum
mobile susceptible
de una producción constante de fuerza, cosa evidentemente absurda.
Recientemente, ha vuelto Helmholtz a emplear con frecuencia este tipo de
argumentación.
Los
cartesianos protestaron con todas sus fuerzas y se desencadenó una famosa polémica
que duró largos años y en la que tomó parte también Kant con su primer
escrito ("Ideas sobre la verdadera evaluación de las fuerzas vivas'', 1746),
aunque sin llegar a ver claro en el asunto. Hoy, los matemáticos
hablan con bastante desprecio de esta "estéril" disputa "que
se mantuvo a lo largo de cuarenta años, dividiendo en dos campos enemigos a
los matemáticos de Europa, hasta que, por último, d'Alembert, con su Traité
de dynamique ["Tratado de dinámica"] (1743),
puso fin como en fallo inapelable a la
ociosa
disputa verbal,5
que no otra cosa era" (Suter, obra cit., pág. 366).
Sin embargo,
se hace extraño pensar que se redujera a una disputa totalmente ociosa en
torno a palabras una polémica
planteada
65
nada menos que por un
Leibniz frente a un Descartes y en la que intervino
un hombre como Kant, hasta el punto de dedicarle su obra primeriza, un volumen
bastante grueso, por cierto. Y, en efecto, ¿cómo encontrar congruente el que
el movimiento tenga dos medidas contradictorias entre sí, una la de la
velocidad y otra, la proporcional al cuadrado de la velocidad? Suter toma la
cosa muy a la ligera; dice que ambas partes tenían razón y no la tenían;
"la expresión de 'fuerza viva' se ha conservado, sin embargo, hasta hoy,
si bien
no se
considera ya
como medida de
la fuerza,6
sino que es simplemente un término ya
aceptado para designar el producto de la masa por la mitad del cuadrado de la
velocidad, tan importante en mecánica" [pág. 368]. Por tanto, mv
sigue siendo la medida del movimiento, y la fuerza viva, según esto, no es más
que otro modo de expresar el mv2/2
, fórmula de la que se nos,
dice que tiene gran importancia en mecánica, pero sin que hasta hoy sepamos a
ciencia cierta lo que significa.
Tomemos
en la mano, sin embargo, el salvador Traité de dynamique y
veamos más de cerca el fallo con que d'Alembert zanja la disputa, fallo que
figura en el prólogo de la obra. En
el texto -se nos dice- no se plantea para nada la cuestión, por 'l'inutilité
parfaite dont elle est pour la mécanique'' ["la perfecta inutilidad que
entraña para la mecánica"]. Esto es absolutamente exacto en lo tocante
a la mecánica de puro cálculo, en la
que, como más arriba hemos visto en Suter, los términos verbales no son otra
cosa que expresiones, nombres de fórmulas algebraicas, a la vista de los
cuales lo mejor es no concebir pensamiento alguno. Sin embargo, habiéndose
ocupado del asunto hombres tan eminentes, d'Alembert cree oportuno investigar
brevemente la cosa en el prólogo. Pensando claramente en ello -nos dice- sólo
puede entenderse por la fuerza de los cuerpos en movimiento su propiedad de
vencer obstáculos u ofrecer resistencia a ellos. Por consiguiente, la fuerza
no puede medirse ni por mv
ni
por mv2,
sino sola y únicamente por los obstáculos y por su resistencia.
Ahora
bien, existen tres clases de obstáculos: 1) los obstáculos insuperables, que
destruyen totalmente el movimiento, razón por la cual no pueden ser tomados
aquí en consideración; 2) los obstáculos cuya resistencia basta exactamente
para paralizar el movimiento y que lo paralizan inmediatamente: es el caso del
equilibrio; 3) los que sólo paralizan el movimiento paulatinamente: caso del
movimiento demorado. "Creemos que todo el mundo estará de acuerdo en que
dos cuerpos se equilibran cuando son iguales en ambos lados los productos de
sus masas por sus velocidades virtuales,
es decir, por la
velocidades con que
tienden a moverse.
66
Así,
pues, en estado de equilibrio, puede representar la fuerza el producto de la
masa por la velocidad o, lo que es lo mismo, la cantidad de movimiento. Y todo
el mundo conviene, asimismo, en que, al demorarse el movimiento, el número de
obstáculos superados es proporcional al cuadrado de la velocidad, por donde un
cuerpo que, a cierta velocidad, pone en tensión un muelle, por ejemplo, a doble
velocidad podría poner en tensión, simultánea o sucesivamente, no ya dos,
sino cuatro muelles iguales, a triple velocidad nueve, y así sucesivamente. De
donde los partidarios de las fuerzas vivas" (los leibnizianos)
"concluyen que la fuerza de los cuerpos en movimiento es, en términos
generales, proporcional al producto de la masa por el cuadrado de la velocidad.
¿Y qué inconveniente puede haber, en el fondo, en que sea diferente la medida
de las fuerzas en el caso del equilibrio y en el del movimiento demorado, si en
la fundamentación la palabra fuerza sólo
puede sugerir ideas completamente claras cuando se entiende por tal la acción
consistente en vencer un obstáculo o la resistencia que éste ofrece?" (Prólogo,
págs. XIX y XX de la edición original.)7
Pero
d'Alembert es demasiado filósofo para no confesar que no es posible
sobreponerse a tan poca costa a la contradicción de una doble medida para una
y la misma fuerza. Por eso, después de repetir, en el fondo, lo que ya dijera
Leibniz -pues su "équilibre" [equilibrio] es exactamente lo mismo
que Leibniz llamaba "presiones muertas"-, se pasa de pronto al lado
de los cartesianos y encuentra la siguiente salida: el producto mv
puede valer también como medida de fuerza en el movimiento demorado,
"siempre y cuando que, en este caso, la fuerza no se mida por la cantidad
absoluta de los obstáculos, sino por la suma de las resistencias de éstos.
No puede dudarse, en efecto, que la suma de las resistencias es proporcional a
la cantidad del movimiento (mv),8
ya que, como todo el mundo reconoce, la cantidad del movimiento que el cuerpo
pierde en todo momento es proporcional al producto de la resistencia por el
transcurso infinitamente pequeño de tiempo, y la suma de estos productos
expresa, evidentemente, la resistencia total". Esta última manera de
calcular le parece la más natural, "pues un obstáculo sólo lo es
mientras opone resistencia, y el obstáculo vencido es, en rigor, la suma de
la resistencias. Por lo demás, cuando se mide la fuerza de este modo, hay la
ventaja de disponer de una medida común para el equilibrio y el movimiento
demorado" [pág. XXI].9 Cada cual, sin embargo, puede opinar
de esto como mejor le parezca. Por su parte, d'Alembert, una vez que, como
reconoce el mismo Suter, cree haber resuelto el problema con una pifia matemática,
concluye apuntando una serie de observaciones
muy poco amables acerca de la confusión
reinante
67
entre
sus antecesores y afirma que, a la vista de las observaciones anteriores, sólo
cabe, aquí, una discusión metafísica completamente fútil o incluso una
disputa aún más indigna en torno a palabras.
El
intento conciliatorio de d'Alembert se reduce al siguiente cálculo:
La
masa 1 con velocidad 1 dispara 1 muelle en la unidad de tiempo.
La
masa 1 con velocidad 2 dispara 4 muelles, pero necesita para ello de 2
unidades de tiempo, lo que quiere decir que en la unidad de tiempo dispara 2
muelles.
La
masa 1 con velocidad 3 dispara 9 muelles en tres unidades de tiempo, o sean 3
muelles en la unidad de tiempo.
Por
tanto, dividiendo el efecto por el tiempo necesario para producirlo, volvemos
nuevamente de mv2
a mv.
Es
el mismo argumento que ya antes había sido aducido contra Leibniz,
principalmente por Catelan:10 un cuerpo al que se imprime la
velocidad 2 se eleva en contra de la gravedad cuatro veces más alto que un
cuerpo a la velocidad 1, pero necesita para ello el doble de tiempo, de donde
se deduce que la cantidad de movimiento debe dividirse por el tiempo y es = 2,
y no = 4. Y este es también, por muy extraño que parezca, el punto de vista
de Suter, quien priva a la expresión "fuerza viva" de todo sentido
lógico y sólo le deja un sentido matemático. Nada, sin embargo, más
natural, ya que para Suter se trata de salvar la fórmula
mv en cuanto medida
única de la cantidad de movimiento, razón por la cual se sacrifica lógicamente
la fórmula mv2, para que
resucite, transfigurada, en el cielo matemático.
De
lo que no cabe duda, sin embargo, es de que la argumentación de Catelan
tiende uno de los puentes de unión entre
mv2
y mv,
y a ello se debe su importancia.
Después
de d'Alembert, los mecánicos no aceptaron en modo alguno su fallo inapelable,
puesto que su juicio final se emitía en favor de mv como medida del
movimiento. Siguieron ateniéndose a la expresión que él mismo había dado a
la distancia establecida por Leibniz entre fuerzas muertas y fuerzas vivas:
para el equilibrio, es decir, para la estática, rige la fórmula
mv;
para el movimiento demorado, o sea para la dinámica, la fórmula
mv2.
Pero, aunque en conjunto y a grandes rasgos sea exacta, bajo la forma en que
se presenta esta distinción no encierra más sentido lógico que aquella célebre
distinción del sargento: en actos de servicio, siempre a mí; fuera de
servicio, siempre mí.11 Se la acepta tácitamente, como si así
fuese la cosa y no estuviera en nuestras manos modificarla, pues si esta doble
medida entraña una: contradicción, ¿qué podemos hacer nosotros?
68
Es
lo que vienen a decir, por ejemplo, Thomson y Tait, A treatise on Natural Philosophie ["Tratado
de filosofía natural"], Oxford 1857,12 pág. 162: "La
cantidad
de movimiento o
la magnitud de movimiento
de un cuerpo rígido, que se
mueva sin rotación, es proporcional a su masa y a su velocidad conjuntamente.
Una doble masa o una doble velocidad correspondería a la doble magnitud de
movimiento". Y, enseguida: "La fuerza
viva o energía cinética
de un cuerpo que se halla en
movimiento es proporcional a su masa y, al mismo tiempo, al cuadrado de su
velocidad."13
Bajo
una forma tan tosca se emparejan estas dos medidas contradictorias del
movimiento. No se hace ni el más leve intento de explicar la contradicción, ni
siquiera de paliarla. El pensar queda proscrito del libro de estos dos
escoceses; sólo es lícito calcular. Nada tiene de extraño que uno de ellos,
Tait, figure entre los más devotos cristianos de la cristiana Escocia.
En
las lecciones de mecánica matemática de Kirchoff no aparecen para nada,
bajo
esta forma, las fórmulas mv y
mv2.
Veamos
si Helmholtz nos ayuda. En la "conservación de la fuerza"14 propone expresar
la fuerza viva por la fórmula mv2/2,
punto este sobre el que habremos de
volver más adelante. Luego, enumera brevemente (en las págs. 20 ss.) los casos
en los que hasta ahora ha sido ya utilizado y reconocido el principio de la
conservación de la fuerza viva (y, por tanto, de mv2/2)
. Entre ellos figura el que expone bajo el núm. 2: "La
transmisión de movimiento por cuerpos sólidos y líquidos no compresibles,
siempre y cuando que no medie fricción o choque de materias no elásticas.
Nuestro principio general se formula ordinariamente, para estos casos, como la
regla según la cual un movimiento trasplantado y modificado mediante potencias
mecánicas pierde siempre en intensidad de fuerza en la misma proporción en que
gana en velocidad. Si, por tanto, pensamos en una máquina que engendre por
medio de cualquier proceso una fuerza de trabajo uniforme y que levante el peso m con la velocidad c,
tendremos que otro mecanismo podrá levantar el peso nm,
pero sólo con la velocidad C/n , por donde en ambos casos podrá representarse la
cantidad de la fuerza de tensión producida por la máquina en la unidad de
tiempo por la fórmula mgc,
en la que g
expresa la intensidad de la fuerza
de gravedad.15
Volvemos
a encontrarnos, pues, aquí con la contradicción de que se trata de presentar
una "intensidad de fuerza" que disminuye y aumenta en proporción
simple a la velocidad como prueba de la conservación de una intensidad de
fuerza que disminuye o aumenta
69
con
arreglo al cuadrado de la velocidad.
Es
cierto que se pone de manifiesto que mv
y mv2/2
sirve para determinar dos procesos completamente distintos, pero
esto ya lo sabíamos de largo tiempo atrás, pues mv2
no puede ser = mv, a menos que v
sea = l. Se trata de explicarnos por qué el movimiento tiene dos
medidas, cosa en verdad tan inexplicable en el terreno de la ciencia como en
el del comercio. Tratemos, pues, de abordar la cosa de otro modo.
Vemos
que mv
sirve para medir "un movimiento trasplantado y modificado mediante
potencias mecánicas"; esta medida rige, pues, para la palanca y para
todas las formas derivadas de ella, ruedas, tornillos, etc.; en una palabra,
para todo mecanismo de transmisión. Ahora bien, por medio de una consideración
muy simple y que no tiene nada de nuevo, se llega a la conclusión de que, en
la medida en que rija mv, tiene que regir también aquí mv2. Tomemos un
mecanismo cualquiera en el que las sumas de los brazos de la palanca de ambas
partes se comporten en la proporción de
4:1, en la que, por tanto, un peso de 1 kg. mantenga el equilibrio con
otro de 4 kgs. Aplicando una fuerza pequeñísima a uno de los brazos de la
palanca elevamos, pues, 1 kg. a una altura de 20 metros; la misma fuerza
aplicada al otro brazo de la palanca levanta
4 kgs. a una altura de 5 metros, y además el peso predominante
desciende en el mismo tiempo que el otro necesita para elevarse. Las masas y
las velocidades se comportan en sentido inverso: mv, 1 X 20
= m'
v', 4X5. En cambio, si dejamos que cada uno de los pesos, después de
elevado, descienda libremente a su nivel anterior, tendremos que uno de ellos,
el de 1 kg., adquiere una velocidad de 20 metros, después de recorrer otro
espacio de caída igual (la aceleración de la gravedad se calcula aquí, en números
redondos, = 10 m., en vez de 9,81 m.); el otro, en cambio, el de 4 kgs.,
despliega una velocidad de 10 m., después de caer por un espacio de 5 m.16
mv2
= 1 X 20 X 20 = 400 = m'
v'2 =
4 X 10 X 10 = 400.
En
cambio, los tiempos de caída difieren: el peso de 4 kgs. recorre sus 5 metros
en 1 segundo y el de 1 kg. recorre en 2 segundos sus 20 metros. Y, como es
natural, no se tienen en cuenta, aquí, la fricción ni la resistencia del
aire.
Ahora
bien, una vez que cada uno de los dos cuerpos cae de su altura, su movimiento
cesa. Por tanto, aquí mv
se revela como medida de un movimiento simplemente transferido y, por
consiguiente, mantenido y
mv2 como
medida de
un movimiento
70
mecánico
extinguido.
Prosigamos.
En el choque de cuerpos perfectamente elásticos ocurre lo mismo: la suma de las
mv,
lo mismo que la suma de las mv2,
permanecen idénticas antes y después del choque. Ambas medidas tienen el mismo
valor.
No
ocurre así, en cambio, en el choque de cuerpos no elásticos. En este caso, los
tratados elementales corrientes (pues la mecánica superior no suele ocuparse de
semejantes minucias) enseñan que la suma de las mv es la misma antes y
después del choque. En cambio, se produce una pérdida de fuerza viva, pues si
se resta la suma de las mv2
después del choque de la anterior
a él, queda siempre y bajo
cualesquiera circunstancias un residuo positivo, y es en esta cantidad (o bien
en la mitad de ella, según el punto de vista adoptado) en la que se reduce la
fuerza viva por efecto de la mutua penetración y del cambio de forma de los
cuerpos que chocan entre sí. La segunda afirmación es clara y evidente. Pero
no así la primera, la de que la suma de las mv
permanece idéntica antes y después del choque. La fuerza viva es, aunque Suter
sostenga lo contrario, movimiento, y al perderse una parte de ella, el
movimiento se reduce. Por tanto, una de dos: o mv
no expresa aquí con exactitud la cantidad de movimiento, o la afirmación que más
arriba se hace es falsa. Hay que decir que, en general, todo este teorema a que
nos venimos refiriendo procede de una época en que no se tenía aún la menor
idea de la transformación del movimiento y en la que, por tanto, sólo se
reconocía la desaparición del movimiento mecánico cuando no había otro
remedio. Por eso, la igualdad de la suma de las mv antes y después del choque se prueba aquí tomando como base
el que nunca se acusa un aumento o una pérdida de dicho movimiento. Pero si los
cuerpos pierden fuerza viva en la fricción interna que corresponde a su falta
de elasticidad, tienen que perder también velocidad, y la suma de las mv
tendrá necesariamente que ser, después del choque, menor que antes. No vale,
en efecto, hacer caso omiso del frotamiento interno al calcular las mv,
cuando tan claramente se acusa en el cálculo de las mv2.
Sin
embargo, esto no importa nada. Incluso aunque reconozcamos el teorema y
calculemos la velocidad después del choque partiendo de la hipótesis de que la
suma de las mv permanece idéntica, nos seguiremos encontrando con que la
suma de las mv2 ha disminuido. Por tanto, aquí entran en
conflicto mv
y mv2, por lo que toca a la diferencia del movimiento mecánico
que realmente desaparece. Y el cálculo mismo demuestra que la suma de las
mv2
expresa la cantidad del movimiento exactamente,
mientras
71
que
la suma de las mv
la expresa de un modo inexacto.
Son
éstos, sobre poco más o menos, todos los casos en que la mecánica emplea la fórmula
mv. Veamos, ahora, algunos
casos en los que emplea la fórmula mv2.
Al
dispararse una bala de cañón, agota en su trayectoria una cantidad de
movimiento proporcional a mv2,
lo mismo si se estrella contra un objetivo fijo que si se detiene por efecto de
la resistencia del aire y de la fuerza de la gravedad. Cuando un tren choca
contra otro tren parado, la fuerza del choque y los efectos de la destrucción
correspondiente son proporcionales a su mv2. Y la fórmula
mv2 rige también cuando se trata de calcular
cualquier fuerza mecánica necesaria para vencer una resistencia.
Ahora
bien, ¿qué quiere decir ese giro tan cómodo y tan usual entre los mecánicos
de vencer una resistencia?
Cuando,
al levantar un peso, vencemos la resistencia de la gravedad, desaparece en esta
operación una cantidad de movimiento, una cantidad de fuerza mecánica igual a
la que puede regenerarse mediante la caída directa o indirecta del cuerpo
levantado desde la altura necesaria hasta su nivel anterior. Esta cantidad se
mide por la mitad del producto de su masa por el cuadrado de la velocidad final
adquirida al caer el cuerpo, mv2/2.
¿Qué es, pues, lo que se hace al levantar. el peso? Desaparece, como tal, una
cantidad de movimiento mecánico o
de fuerza. Pero no desaparece y se aniquila,
sino que se convierte en fuerza de tensión mecánica, para emplear el término
de Helmholtz; en energía potencial, como dicen los modernos; en ergal, como la
llama Clausius, y esto puede, en cualquier momento y bajo cualquier modo mecánicamente
admisible, volver a transformarse en la misma cantidad de movimiento mecánico
que fue necesaria para crearlo. La energía potencial no es sino la expresión
negativa de la fuerza viva, y viceversa.
Supongamos
que una bala de cañón de 24 libras de peso se estrelle a una velocidad de 400
metros por segundo contra el blindaje de hierro de un metro de espesor de un
acorazado y que, en estas circunstancias, el impacto no deje sobre él ninguna
huella perceptible. En esta operación desaparecerá, por tanto, un movimiento
mecánico = mv2/2 y,
por tanto, como 24 libras alemanas = 12 kg., = 12 X 400 X 400 X 1/2 = 960.000
kilogramos-metros. ¿Qué se ha hecho de ese movimiento? Una pequeña parte de
él se
ha invertido
en sacudir y
descomponer molecularmente la
72
coraza
del barco. Otra parte en hacer saltar en incontables pedazos la granada. Pero la
mayor parte se ha transformado en calor, poniendo la granada al rojo vivo.
Cuando los prusianos, al operar en 1864 contra la isla de Alsen, dispararon sus
baterías pesadas contra las paredes acorazadas del "Rolf Krake",17
observaron entre las sombras de la noche el resplandor de cada una de las balas
que daba en el blanco, como si de pronto se encendiese, y ya antes había
demostrado Whitworth, con sus experimentos, que los proyectiles lanzados contra
los acorazados no necesitaban de fulminante, pues el mismo metal, al encenderse,
se encargaba de hacer estallar la carga. Calculando el equivalente mecánico de
la unidad térmica en 424 kilogramos-metros, tendremos que a la cantidad de
movimiento mecánico señalada más arriba corresponde una cantidad de calor de
2.264 unidades. El calor específico del hierro es = 0,1140, es decir, que la
misma cantidad de calor que eleva en 1° C la temperatura de un kilo de
agua (lo que se considera como unidad térmica) basta para elevar en 1° C la
temperatura de 1/0,1140 =
8,772 kg. de hierro. Por tanto, las 2.264 unidades térmicas mencionadas
elevan la temperatura de 1 kilo de hierro en
8,772 X 2.264 = 19860°, o 19.860 kilos de hierro en 1° C. Y como esta
cantidad de calor se reparte por igual entre la coraza y la granada, se obtendría
un calentamiento de 19860°/2 X 12 =
828°, que representa ya una incandescencia bastante elevada. Pero, como
la parte delantera, que recibe directamente el impacto, experimenta siempre un
calentamiento incomparablemente mayor que la parte de atrás, tendríamos que la
primera se calentaría en 1104° y la segunda en 552°, lo que basta
y sobra para explicar el efecto de la incandescencia, aunque tuviésemos que
hacer una considerable reducción, correspondiente a la acción mecánica
producida por el impacto.
También
en el frotamiento desaparece una parte del movimiento mecánico, para reaparecer
en forma de calor; y, mediante la medición lo más exacta posible de uno y otro
consiguieron, como es sabido, Joule en Manchester y Colding en Copenhague
determinan experimentalmente por vez primera, de un modo aproximado, el
equivalente mecánico del calor.
Y
lo mismo ocurre cuando, por medio de la fuerza mecánica, de una máquina de
vapor por ejemplo, se produce una corriente eléctrica en una máquina
electromagnética. La cantidad de la llamada fuerza electromotora producida en
determinado tiempo es proporcional y,
si se
expresa en
la misma
medida, igual
a la
73
cantidad
de movimiento mecánico que en el mismo tiempo se consume. Podemos imaginarnos
este movimiento como engendrado, no por la máquina de vapor, sino por un peso
que cae obedeciendo a la presión de la gravedad. La fuerza mecánica que así
se puede producir se mide por la fuerza viva que lo recibiría si cayera
libremente desde la misma altura o por la fuerza necesaria para levantarlo de
nuevo a la altura de antes, o sea en ambos casos mv2/2.
Vemos,
pues, que el movimiento mecánico tiene, ciertamente, una doble medida, pero
también que cada una de estas dos medidas rige para una serie perfectamente
determinada de fenómenos. Si el movimiento mecánico ya existente se
transfiere de tal modo que se mantiene como tal movimiento mecánico, se
transfiere con arreglo a la proporción del producto de la masa por la
velocidad. Pero si, al transferirse, desaparece como movimiento mecánico para
renacer en forma de energía potencial, de calor, de electricidad, etc.; si,
dicho de otro modo, se convierte en otra forma de movimiento, la cantidad de
esta forma de movimiento nuevo será proporcional al producto de la masa
originariamente movida por el cuadrado de la velocidad. En una palabra, mv
es el movimiento mecánico medido por el movimiento mecánico; mv2/2
el movimiento mecánico medido por su capacidad para convertirse en una
determinada cantidad de otra forma de movimiento. Y hemos visto, asimismo, cómo
estas dos medidas, siendo distintas, no pueden, sin embargo, contradecirse la
una a la otra.
De
donde se deduce, por tanto, que la disputa entre Leibniz y los cartesianos no
giraba simplemente en torno a palabras y que el "fallo" emitido por
d'Alembert no venía, en realidad, a resolver nada. D'Alembert bien podía
haberse ahorrado todo lo que dice en contra de sus antecesores, por la
sencilla razón de que no veía más claro que ellos en el problema. Y la
verdad es que no era posible llegar a ver claro en él mientras no se supiera
qué pasaba con el movimiento aparentemente destruido. Mientras los mecánicos
matemáticos, como Suter, se encerrasen porfiadamente entre las cuatro paredes
de la ciencia de su especialidad, tenían que seguir tan a obscuras como
d'Alembert y no podían hacer otra cosa que servir unas cuantas frases vacuas
y contradictorias.
Ahora
bien, ¿cómo expresa la mecánica moderna esta transformación del movimiento
mecánico en otra forma de movimiento cuantitativamente proporcional a él? La
expresa diciendo que ha rendido
trabajo, tal o cual cantidad de trabajo.
74
Pero
el concepto de trabajo en sentido físico no se reduce a esto. Cuando, como en
la máquina de vapor o en la máquina calórica, el calor se trueca en
movimiento mecánico, y por tanto el movimiento molecular en movimiento de
masa; cuando el calor disuelve una combinación química; cuando en la columna
térmica se convierte en electricidad; cuando una corriente eléctrica segrega
los elementos del agua del ácido sulfúrico o, a la inversa, el movimiento
(alias energía) que queda libre en el proceso químico de una célula
excitante reviste forma de electricidad y, a su vez, ésta, al cerrarse el círculo,
se trueca en calor: en todos estos casos, la forma de movimiento que inicia el
proceso y a la que éste convierte en otra distinta rinde un trabajo, y lo
rinde, además, en la cantidad que corresponde a su propia magnitud.
El
trabajo es, pues, el cambio de forma del movimiento, considerado en su aspecto
cuantitativo.
¿Pero,
cómo? Si dejamos colgar tranquilamente en lo alto un peso levantado, ¿es
también una forma de movimiento su energía potencial, mientras permanece
quieto? Sin duda alguna. Hasta el propio Tait ha llegado a convencerse de que
la energía potencial acaba reduciéndose, más tarde o más temprano, a una
forma de movimiento actual (Nature).18
Y Kirchoff, aun prescindiendo de esto, va todavía más allá, cuando dice
(Mathematische Mechanik, pág. 32):19
"La quietud es un caso especial
de movimiento", con lo que demuestra que, además de saber calcular, sabe
también pensar dialécticamente.
El
concepto del trabajo, que se nos presentaba como algo tan difícilmente
asequible fuera de la mecánica matemática, se muestra así ante nosotros, de
pasada, como jugando y casi por sí mismo, cuando nos paramos a pensar en las
dos medidas del movimiento mecánico. En todo caso, ahora sabemos acerca de él
más de lo que pudimos aprender en 1862 por la conferencia de Helmholtz Über die Erhaltung der Kraft ["Sobre la conservación de la
fuerza"], en la que se proponía precisamente "aclarar todo lo posible los conceptos físicos
fundamentales del trabajo y de su inmutabilidad". Todo lo que aquí se
nos dice del trabajo es que se trata de algo que se expresa en libras-pies o
en unidades térmicas y que el número de estas libras-pies o de estas
unidades térmicas no varía con respecto a una determinada cantidad de
trabajo. Y asimismo que, además de las fuerzas mecánicas o calóricas, también
pueden rendir trabajo las fuerzas químicas y eléctricas, si bien éstas
agotan su capacidad de trabajo en la medida en que realmente lo rinden. Y que
de aquí se deduce el que la suma
de las cantidades eficientes de
fuerza que se
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contienen
en la totalidad de la naturaleza permanece, a través de los cambios operados
en ésta, perenne e inmutable. El concepto de trabajo no se desarrolla, ni
siquiera se lo define.* Y es precisamente la inmutabilidad cuantitativa de la
magnitud del trabajo la que le impide a Helmholtz ver que el cambio
cualitativo, el cambio de forma, es la condición fundamental de todo trabajo
físico. Es así como Helmholtz puede aventurar la siguiente afirmación:
"La fricción y el choque no elástico son procesos en los que se
destruye trabajo
mecánico,20 creándose
a cambio de él calor" (Populäre Vortráge, II, pág. 166). Es exactamente al
contrario. Aquí, no se destruye
trabajo mecánico, sino que se
realiza. Es el
movimiento
mecánico lo que
en
apariencia se
destruye. Pero el movimiento mecánico jamás ni en modo alguno
puede rendir
trabajo por una millonésima parte de kilogramo-metro sin quedar aparentemente
destruido en cuanto tal, sin convertirse en una forma de movimiento distinta.
La
capacidad de trabajo encerrada en una determinada cantidad de movimiento mecánico
se llama, como hemos visto, su fuerza viva y se medía, hasta hace poco, por
mv2.
Pero
aquí surge una nueva contradicción. Oigamos a Helmholtz (Erhaltung der
Kraft, pág. 9). Este autor dice que la magnitud
de trabajo puede expresarse mediante un peso, m, elevado a una altura,
a, por donde, expresando la fuerza de gravedad por g,
la magnitud de trabajo será
mga.
Para poder elevarse perpendicularmente a
la altura a, la
velocidad, v, tiene que ser = Ö2ga,
y al caer adquiere la misma
velocidad. Por tanto, mga
= mv2/2,
y Helmholtz propone
"designar ya desde ahora la magnitud
mv2/2
como cantidad de la fuerza viva,
con lo que se identifica con la medida de la magnitud de trabajo. Esta variación...
carece de importancia en cuanto a la aplicación que hasta ahora veníamos
dando al concepto de la fuerza viva y, en cambio, nos deparará importantes
ventajas en lo sucesivo".
Parece
casi increíble. En 1847, Helmholtz tenía ideas tan poco claras acerca de las
relaciones mutuas entre fuerza viva y trabajo,
que ni siquiera se da cuenta
de que convierte la
anterior
* No avanzamos nada si consultamos a Clerk Maxwell. Este dice (en su
obra Theory
of Heat ["Teoría del calor"], 4° ed., Londres, 1875, pág.
87): "Work is done when resistance is overcome" [Se rinde trabajo
cuando se vence una resistencia], y en la pág. 185: "The energy of a
body is its capacity for doing work." [La fuerza de un cuerpo es su
capacidad para rendir trabajo]. Es todo lo que averiguamos acerca de esta
cuestión. [Nota de Engels.]
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medida
proporcional de la fuerza viva en su medida absoluta; no tiene ni la menor idea del descubrimiento
tan importante que ha hecho con su golpe de audacia y se limita a recomendar que
se utilice su mv2/2
en vez de mv2 ¡simplemente
por razones de comodidad! Y fue, en efecto, por comodidad como los mecánicos se
acostumbraron a la fómula mv2/2. Hasta que, más tarde, fue probándose también
esta fórmula matemáticamente; en Naumann (Allgemeine
Chemie ["Química general"], pág. 7),21 encontramos un
desarrollo algebraico y en Clausius (Mechanische
Wärmetheorie ["Teoría mecánica de calor''], 2a ed., I, pág. 1822)
un desarrollo analítico, que luego Kirchoff (obra cit., pág. 27) se
encarga de deducir y llevar a cabo de otro modo.
Una bonita
derivación algebraica de mv2/2
partiendo de mv la encontramos en Maxwell (obra cit., pág. 88). Lo cual no impide
a nuestros dos escoceses Thomson y Tait decir (obra cit., pág. 163) lo que
sigue: "La fuerza viva
o
energía cinética de un cuerpo en movimiento es proporcional a su
masa y al cuadrado de su velocidad conjuntamente. Si retenemos las anteriores
unidades de la masa [y de la velocidad] (a saber, la unidad de la masa que se
mueve con la unidad de la velocidad), resulta
particularmente ventajoso23
definir la fuerza viva como la mitad
del producto de la masa por el cuadrado de la velocidad."24
Como vemos, los dos primeros mecánicos de Escocia hacen que se estanque,
aquí, no sólo el pensamiento, sino también el cálculo. La particular
advantage
[lo "particularmente ventajoso"], el carácter fácilmente
manejable de la fórmula, lo resuelve todo de la más linda de las maneras.
Para
nosotros, que hemos visto que la fuerza viva no es sino la capacidad que una
cantidad mecánica dada de movimiento tiene de rendir trabajo; para nosotros,
es evidente que la expresión mecánica de la medida de esta capacidad de
trabajo y del trabajo realmente rendido por ella tienen necesariamente que ser
iguales entre sí; que, por tanto, si mv2/2
mide el trabajo, la fuerza viva deberá tener también por medida
mv2/2. Pero así
pasa en la ciencia. La mecánica teórica es encuentra con el concepto de la
fuerza viva, y la mecánica práctica de los ingenieros tropieza con el del
trabajo y se lo impone a los teóricos. Y hasta tal punto ha acabado el cálculo
con la costumbre de pensar, que pasa mucho tiempo antes de que se descubra la
conexión entre ambos, y mientras el uno toma como medida
la fórmula
mv2,
el otro
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aplica la fórmula
mv2/2, hasta
que, por último, se acepta para ambos la segunda, pero no por razones de fondo,
sino ¡sencillamente para simplificar el cálculo!*
*
Tanto la palabra trabajo como la idea misma proceden de los ingenieros ingleses.
Pero en inglés el trabajo práctico se expresa con la palabra
work,
mientras que el trabajo en sentido económico se llama
labour. Por eso al trabajo
físico se le designa también con la palabra
work,
lo que descarta toda posible
confusión con el trabajo en su acepción económica. No sucede así en alemán,
razón por la cual encontramos en la moderna literatura seudocientífica
diferentes casos en que el concepto de trabajo en sentido físico aparece
peregrinamente aplicado a condiciones de trabajo puramente económicas, y
viceversa. En alemán tenemos, sin embargo, la palabra
Werk
[obra], que, al igual que la inglesa
work,
se presta magníficamente para designar el trabajo físico. Pero, como a
nuestros naturalistas les cae muy lejos la economía, no es fácil que se
decidan a emplear esa palabra en sustitución del término trabajo, ya
aclimatado, a menos que lo hagan cuando ya sea demasiado tarde. Clausius es el
único que intenta retener la palabra "obra", por lo menos al lado de
la palabra "trabajo". [Nota de Engels.]