LA FRICCION DE LAS MAREAS. KANT Y THOMSON-TAIT
LA
ROTACIÓN DE LA TIERRA Y LA ATRACCIÓN DE LA LUNA1
Thomson
and Tait, Natural Philosophy, I, pág. 191 (§ 276):2
"En
todos los cuerpos cuyas superficies libres se hallan formadas, en parte, por
una masa líquida, como ocurre con la tierra, se dan también resistencias
indirectas3 originadas
por la fricción y que oponen un obstáculo a los movimientos de las mareas.
Mientras tales cuerpos se mueven en relación con otros vecinos estas
resistencias no pueden por menos de restar constantemente energía a sus
movimientos relativos. Así, si nos fijamos primeramente en la acción que la
luna por sí sola ejerce sobre la tierra con sus mares, lagos y ríos, vemos
que esta acción tiende necesariamente a igualar los períodos de la rotación
de la tierra sobre su eje y los de la evolución de ambos cuerpos en torno a
su centro de inercia, puesto que, cuando dichos períodos difieren entre sí,
los efectos del flujo y el reflujo de la superficie de la tierra tienen que
restar
alrededor de ella.4 Deberá, por tanto,
actuar en una línea como MQ y, por consiguiente, diferir del centro de la
tierra en OQ, desviación que en la figura tenemos que representar enormemente
exagerada. Ahora bien, podemos representarnos la fuerza que realmente actúa
sobre la luna en la dirección MQ como formada por dos partes; la longitud de
la primera parte, que actúa en la línea MO, dirigida hacia el
centro de
la tierra, no se
desvía perceptiblemente de la
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magnitud de la fuerza en
su totalidad; la línea MT, o sea el segundo componente, muy pequeño en
comparación con el anterior, es perpendicular a MO. Esta última parte es
casi por completo tangencial a la órbita de la luna y actúa
en
el mismo
sentido en que ésta se mueve. Si una fuerza así comenzara
a actuar de repente, lo primero que haría sería aumentar la velocidad de la
luna; pero, al cabo de cierto tiempo, y como consecuencia de este mismo
movimiento acelerado, la luna se alejaría de la tierra a una distancia tal,
que, como su movimiento se produce en contra de la atracción de la tierra,
perdería tanta velocidad como la que habría ganado mediante la aceleración
tangencial. El efecto de una fuerza tangencial constante e ininterrumpida que,
aun actuando en el sentido del movimiento, es tan pequeña que sólo se
traduce a cada momento en una pequeña desviación con respecto a la forma
circular de la órbita, consiste en ir aumentando gradualmente la distancia
del cuerpo central y hace que de la energía cinética del movimiento vuelva a
perderse la misma cantidad de trabajo que el que ella misma tiene que rendir
en contra de la atracción del cuerpo central. Para comprender fácilmente las
circunstancias del caso, no hay más que considerar este movimiento en torno
al cuerpo central como efectuado en forma de una órbita, en espiral que va
ensanchándose muy lentamente. Suponiendo que la fuerza sea inversamente
proporcional al cuadrado de la distancia, la componente tangencial de la
gravedad en contra del movimiento será doble de grande que la fuerza
tangencial perturbadora que actúa en el mismo sentido del movimiento, lo que
quiere decir que esta última rendirá la mitad del trabajo efectuado en
contra de la primera y que la otra mitad será rendida por la fuerza cinética
sustraída al movimiento. El resultado total producido sobre el movimiento de
la luna por la especial causa perturbadora de que estamos hablando se obtendrá
muy fácilmente si nos atenemos al principio de la suma de las cantidades del
movimiento. Vemos así que el momento de la cantidad de movimiento que se
obtiene en un período cualquiera por los movimientos de los centros de
inercia de la luna y de la tierra en relación con su punto común de inercia
es igual al que se pierde por la rotación de la tierra en torno a su eje. La
suma de los momentos de la cantidad de movimiento de los centros de inercia de
la luna y de la tierra, tal como actualmente se mueven, es aproximadamente
4,45 veces mayor que el momento actual de la cantidad de la rotación de la
tierra. La órbita media de la primera es una órbita elíptica, razón por la
cual la inclinación media de los ejes de ambos momentos, el uno con respecto
al otro, es de 23° 27,5', ángulo que, puesto que aquí dejamos a un lado la
influencia del sol sobre
la órbita
de la
luna, podemos
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aceptar como la inclinación
real que actualmente presentan ambos ejes. La resultante o el momento total de
la cantidad de movimiento será, por tanto, 5,38 veces mayor que el de la
actual rotación de la tierra, y su eje presentará con respecto al de la
tierra una inclinación de 19° 13'. Por tanto, la tendencia final de
las mareas5
será lograr que la tierra y la luna, con este momento
resultante, giren uniformemente en torno a este eje resultante, como si se
tratase de dos partes de un solo cuerpo rígido:
en esta situación, la distancia de la luna con respecto a la tierra aumentaría
(aproximadamente) en la proporción de 1:1,46, o sea en la proporción del
cuadrado del momento actual de la cantidad de movimiento de los centros de
inercia con relación al cuadrado del momento total de la cantidad de
movimiento; el período de la revolución aumentaría en proporción a los
cubos de las mismas cantidades, es decir, en la proporción de 1:1,77. La
distancia aumentaría, por tanto, en 347.100 millas inglesas y el período en
48,36 días. Si, además de la luna y de la tierra, no hubiera otros cuerpos
en el cosmos, estos dos planetas seguirían girando eternamente así en órbitas
circulares en torno a su centro común de gravedad, de tal modo que, durante
una rotación, la tierra giraría una vez en torno a su centro, lo que quiere
decir que tendría siempre la misma cara vuelta hacia la luna y que, por
consiguiente, todas las partes líquidas de su superficie permanecerían
quietas con respecto a las partes sólidas. Pero la existencia de la luna
impediría que semejante estado de cosas se mantuviera durante mucho tiempo.
Se producirían, en efecto, mareas solares, el nivel de las aguas se mantendría
dos veces alto y dos veces bajo durante el período de rotación de la tierra
alrededor del sol (es decir, dos veces durante el día solar o, lo que es lo
mismo, durante un mes). Lo cual no podría producirse sin que la
fricción de las masas líquidas produjera una pérdida de energía.6
No es fácil esbozar todo el
curso de la perturbación que esta causa provocaría en los movimientos de la
tierra y de la luna; pero no cabe duda de que, a la postre, traería como
resultado el que tierra, luna y sol girasen como partes de un solo cuerpo rígido
en torno a su centro común de inercia".
Fue Kant el
primero que formuló, en 1754, la idea de que la rotación de la tierra se ve
demorada por la fricción de las mareas y de que este resultado sólo alcanzaría
su término "si su superficie (la de la tierra) llegase a adquirir una
quietud respectiva en relación con la luna, es decir, si girase en torno a su
eje en el mismo tiempo en que la luna lo hace en torno al suyo, volviendo
siempre hacia ella, por tanto, la misma cara".7 Y opinaba, al
pensar así, que dicha demora se debía exclusivamente a la fricción de las
mareas y, por tanto, a la
existencia
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de masas líquidas sobre
la tierra. "Si la tierra fuese una masa completamente sólida, sin ninguna
clase de líquidos, ni la atracción del sol ni la de la luna haría nada para
cambiar la libre rotación en torno a su eje, ya que atrae con igual fuerza las
partes orientales que las partes occidentales del globo terráqueo sin provocar
con ello tendencia alguna en un sentido ni en otro, razón por la cual seguiría
dando vueltas de un modo absolutamente libre, sin que ninguna influencia externa
la entorpeciera."8 Kant podía darse por satisfecho con este
resultado, ya que no existían, en aquel tiempo, las premisas necesarias para
poder entrar más a fondo en la influencia de la luna sobre la rotación de la
tierra. No en vano hubieron de pasar cerca de cien años para que la teoría
kantiana lograse la aquiescencia general, y aún hubo de transcurrir más tiempo
antes de que se descubriera que el flujo y el reflujo de las mareas sólo era el
lado visible de los efectos de la atracción ejercida por el
sol y la luna, al influir sobre la rotación de la tierra.
Esta concepción
general del problema es precisamente la que desarrollan Thomson y Tait. La
atracción de la luna y el sol no influye de un modo perturbador para la rotación
de la tierra solamente sobre las masas líquidas del planeta tierra o de su
superficie, sino sobre toda la masa de la tierra en general. Mientras el período
de rotación de la tierra no coincida con aquel en que la luna gira alrededor de
la tierra, la atracción de la luna -para no hablar, por el momento, más que de
ésta- dará como resultado el acercar cada vez más entre sí ambos períodos.
Si el período de rotación del cuerpo central (relativo) fuese más largo que
el tiempo que los satélites necesitan para dar la vuelta, el primero iría
acortándose gradualmente; y, siendo más corto que el de la tierra, se irá
alargando. Pero ni en su caso se crea energía cinética de la nada, ni en el
otro se destruye. En el primer caso, el satélite se acercaría más al cuerpo
central y su tiempo de rotación se acortaría, mientras que en el segundo caso
se alejaría más de él, con un tiempo de rotación más largo. En el primer
caso, al acercarse al cuerpo central, el satélite perderá la misma cantidad de
energía potencial que el cuerpo central ganará en energía cinética al
acelerarse la rotación; en el segundo caso, al aumentar su distancia, el satélite
ganará exactamente la misma cantidad de energía potencial que el cuerpo
central perderá en cuanto a la energía cinética de su rotación. La suma
global de la energía dinámica existente en el sistema tierra-luna, tanto la
potencial como la cinética, seguirá siendo la misma; el sistema es
absolutamente conservador.
Como se ve,
esta teoría es en absoluto independiente de la estructura físico-química de
los cuerpos de que se trata. Es el resultado
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de las leyes generales de
movimiento de los cuerpos cósmicos libres, cuya cohesión se establece por la
atracción en proporción directa a las masas y en proporción inversa al
cuadrado de las distancias. Se trata de una concepción que brota a ojos
vistos como una generalización de la teoría kantiana de la fricción de las
mareas y que Thomson y Tait nos presentan, incluso; como la fundamentación de
esta teoría por la vía matemática. Pero, en realidad -y sin que, cosa en
verdad notable, sus autores tengan
ni la menor noción de ello-, en realidad dicha teoría excluye el caso específico
de la fricción de las mareas.
La fricción
es un entorpecimiento del movimiento de las masas y ha venido considerándose
durante: siglos como la destrucción de este movimiento y, por tanto, de la
energía cinética. Ahora, sabemos que la fricción y el choque son las dos
formas en que la energía cinética se transforma en energía molecular, en
calor. Eso quiere decir que toda fricción hace que se pierda una cantidad de
energía cinética, para reaparecer, no como energía potencial en el sentido
de la dinámica, sino como movimiento molecular, bajo la forma determinada del
calor. Por tanto, la energía cinética que se pierde por efecto de la
fricción se pierde realmente, de momento, en cuanto a las reacciones dinámicas
del sistema en cuestión. Y sólo podría actuar de nuevo dinámicamente si de
la forma de calor revirtiera
a la forma de energía cinética.
Ahora bien,
¿qué ocurre realmente en la fricción de las mareas? Es evidente que
también aquí la energía cinética comunicada a las masas líquidas de la
superficie de la tierra por la atracción de la luna se convierte en calor, ya
sea mediante la fricción de unas partículas de agua con otras a consecuencia
de la viscosidad del líquido, ya sea por la fricción sobre la superficie sólida
de la tierra y la pulverización de las rocas contra la que se estrellan las
olas de la marea. Solamente una parte insignificante de este calor, que
contribuye a la evaporación de la superficie líquida, revierte de nuevo a la
forma de energía cinética. Pero también esta cantidad insignificante de la
energía cinética cedida por el sistema total, tierra-luna a una parte de la
superficie de la tierra queda sujeta, de momento, en la superficie de
la tierra, a las condiciones que allí rigen, las cuales imponen a toda la
energía que en ellas actúa la misma suerte final: la de convertirse a la
postre en calor y en irradiación en los espacios cósmicos.
Por tanto, en
la medida en que la fricción de las mareas influye indiscutiblemente sobre la
rotación de la tierra, entorpeciéndola,
en esa misma medida se pierde de un modo absolutamente irreparable, en
beneficio del sistema dinámico tierra-luna, la energía cinética requerida
para ello. No puede, por
consiguiente, reaparecer dentro de
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este sistema bajo la
forma de energía dinámica potencial. Dicho en otros términos: sólo puede
reaparecer íntegramente como energía dinámica potencial y, por tanto,
compensarse mediante el correspondiente aumento de la distancia de la luna, de
la energía cinética empleada mediante la atracción de la luna sobre el
entorpecimiento de la rotación de la tierra, la parte que actúa sobre la masa sólida del planeta tierra. En cambio, la parte que actúa
sobre las masas líquidas de la tierra sólo puede seguir el mismo proceso en
cuanto no imprima a estas masas mismas un movimiento contrario a la rotación de
la tierra, ya que este movimiento se convierte
íntegramente
en calor, perdiéndose totalmente para el sistema mediante la
irradiación.
Y lo que
decimos de la fricción de las mareas en la superficie de la tierra es también
íntegramente aplicable a la fricción de las mareas en la supuesta masa líquida
interior de la tierra, que a veces se admite hipotéticamente.
Lo curioso de
la cosa es que Thomson y Tait no se dan cuenta de que, para fundamentar la teoría
de la fricción de las mareas, establecen una teoría basada en la premisa tácita
de que la tierra es un planeta absolutamente
sólido, teoría que excluye, por tanto, la posibilidad de las
mareas, y por consiguiente, de una fricción producida por ellas.