EL
CALOR 1
Como hemos
visto, el movimiento mecánico, la fuerza viva, puede desaparecer bajo dos
formas. La primera es su transformación en energía mecánica potencial,
mediante el levantamiento de un peso, por ejemplo. Lo característico de esta
forma es que no sólo puede convertirse de nuevo en movimiento mecánico, y
precisamente en movimiento mecánico de la misma fuerza viva que el primitivo,
sino que, además, sólo puede adoptar este cambio de forma. La energía mecánica
potencial no puede engendrar nunca calor o electricidad, a menos que se
convierta antes en verdadero movimiento mecánico. Se trata, para emplear la
expresión de Clausius, de un "proceso reversible".
La segunda
forma en que desaparece el movimiento mecánico se da en el frotamiento y el
choque, fenómenos que sólo se distinguen entre sí en cuanto al grado. El
frotamiento puede considerarse como una serie de pequeños choques sucesivos y
yuxtapuestos, y el choque, como el frotamiento concentrado en un momento y un
lugar. El movimiento mecánico que aquí desaparece, desaparece en cuanto tal. Por el momento, no puede reproducirse por sí
mismo. El proceso no es directamente reversible. Se ha transformado en formas
de movimiento cualitativamente distintas, en calor, en electricidad, en formas
de movimiento molecular.
Por tanto, el
frotamiento y el choque determinan el paso del moví miento de masas, que es
objeto de la mecánica, al movimiento molecular, objeto de la física.
Al definir la
física como la mecánica del movimiento molecular,2 no hemos
perdido de vista que esta expresión no abarca en modo alguno todo el campo de
la física actual. Por el contrario. Las vibraciones del éter que determinan
los fenómenos de la luz y de la irradiación del calor no constituyen,
evidentemente, movimientos moleculares, en el sentido que hoy damos a esta
palabra. Sin embargo, sus efectos terrestres afectan en primer lugar a la molécula:
los fenómenos de la refracción, de la polarización de la luz, etc.,
dependen de la estructura molecular de los cuerpos de que se trata. Y, del
mismo modo, casi todos los investigadores más prestigiosos consideran
actualmente la electricidad como un movimiento de las partículas del éter, y
en cuanto al mismo calor, Clausius dice que "...también el éter
contenido en
el cuerpo puede
participar en
el movimiento de
los
84
85
átomos ponderables"
(aunque más exacto sería decir aquí molécula, y no átomo) (Mechanische Wärmetheorie, I,
pág. 22).3 Pero, en los fenómenos de la electricidad y el calor
se tienen en cuenta primordialmente los movimientos moleculares, y así tiene
que ser necesariamente, mientras no lleguemos a saber más de lo que sabemos
acerca del éter. Cuando estemos en condiciones de poder exponer lo que es la
mecánica del éter, no cabe duda de que esta mecánica abarcará mucho de lo
que hoy nos vemos obligados a incluir en el campo de la física.
Más adelante
hablaremos de los procesos físicos en los que la estructura molecular se
altera o incluso se destruye. Estos procesos marcan el tránsito de la física
a la química.
Con el
movimiento molecular alcanza su plena libertad el cambio de forma del
movimiento. En los confines de la mecánica, el movimiento de masas sólo
puede cobrar unas cuantas formas más, la de la electricidad o la del calor;
al llegar aquí, por el contrario, nos encontramos con una riqueza mucho mayor
de cambios de forma: el calor se trueca en electricidad en la pila termoeléctrica,
se identifica con la luz al llegar a cierto grado de radiación y vuelve a
engendrar, a su vez, movimiento mecánico; la electricidad y el magnetismo,
que forman una pareja de hermanos gemelos a la manera de la del calor y la
luz, no sólo se truecan la una en el otro, y viceversa, sino que se
convierten, asimismo, en luz y en calor, así como también en movimiento mecánico.
Y todo ello con sujeción a relaciones tan precisas de medida, que podemos
expresar una determinada cantidad de cada una de estas formas de movimiento en
cualquiera de las otras formas, en kilográmetros, en unidades de calor o en
voltios,4 así como traducir cada una de estas medidas en otra
cualquiera.
_____
El
descubrimiento práctico de la transformación del movimiento mecánico en
calor es tan antiguo, que casi podríamos considerarlo como punto de partida
de la historia de la humanidad. Cualesquiera que hayan sido los progresos que
-en lo tocante a la invención de herramientas y a la domesticación de los
animales- precedieron al descubrimiento del fuego, los hombres, al aprender a
producirlo por el frotamiento, sojuzgaron y pusieron a su servicio, por vez
primera, a una fuerza inanimada de la naturaleza. Y todavía es hoy el día en
que las supersticiones del pueblo revelan qué impresión tan profunda causó
a la humanidad este
gigantesco progreso,
de alcance
casi
86
incomensurable. Le
invención del cuchillo de piedra, la primera herramienta creada por el hombre,
siguió rodeada de un halo de celebridad hasta mucho tiempo después de la
introducción del bronce y el hierro, como lo demuestra el hecho de que todos
los sacrificios religiosos se practicaban con el cuchillo de pedernal. Con este
cuchillo ordenó Josué, según la leyenda judía, que fueran circuncidados los
hombres que nacieran en el desierto, y los celtas y los germanos empleaban
siempre para sus sacrificios humanos esta clase de cuchillos. Son cosas que han
quedado sepultadas en el olvido desde hace ya mucho tiempo. No ocurre lo mismo
con el fuego producido por frotamiento. A este método de producir el fuego seguían
recurriendo la mayor parte de los pueblos para encender el fuego sagrado, mucho
después de conocerse otros procedimientos para hacer arder las ramas. Y todavía
hoy sigue conservándose en la mayoría de los pueblos europeos la superstición
popular (como ocurre, por ejemplo, entre los alemanes con el fuego mágico
contra las enfermedades del ganado) de que, para que tenga virtudes
sobrenaturales, el fuego debe producirse por frotamiento. De este modo, el lejanísimo
recuerdo henchido de gratitud acerca de la primera gran victoria del hombre
sobre la naturaleza sobrevive todavía -perdido ya a medias en las sombras de lo
inconsciente- en la superstición popular, entre los restos de las
reminiscencias mitológicas paganas de los pueblos más cultos del mundo.
El proceso,
en la obtención del fuego por frotamiento, conserva todavía, sin embargo, un
carácter unilateral. Es la transformación de movimiento mecánico en calor.
Para completar el proceso, hay que invertirlo, hay que transformar el calor en
movimiento mecánico. Solamente así se dará satisfacción a la dialéctica del
proceso, se agotará todo el proceso en un ciclo, por lo menos de momento. Pero
la historia tiene su propio curso, y por muy dialécticamente que éste discurra
en última instancia, se da con frecuencia el caso de que la dialéctica tenga
que esperar bastante tiempo a la historia. La distancia que separó el
descubrimiento del fuego por frotación de la invención por Herón de Alejandría
(hacia el año 120) de una máquina en la que el escape de vapor de agua producía
un movimiento de rotación, se mide indudablemente por milenios. Y de nuevo
hubieron de transcurrir cerca de dos mil años hasta que se construyó la
primera máquina de vapor, el primer dispositivo que permitió convertir el
calor en un movimiento mecánico verdaderamente utilizable.
87
preocuparse de saber a
quién se atribuiría el mérito de ellas, el que -cosa que hoy sabemos por la
correspondencia de Papin (editada por Gerland)5- le facilitó la.
idea esencial: el empleo del cilindro y del pistón. Los ingleses Savery y
Newcomen inventaron poco después otras máquinas parecidas; hasta que, por último,
su compatriota Watt elevó la máquina de vapor, en principio, a su nivel
actual, al introducir el condensador separado. Quedaba cerrado así el ciclo
de los inventos, en este terreno: se había llevado a cabo la transformación
del calor en movimiento mecánico. Lo que vino después no pasaron de ser
perfeccionamientos de detalle.
La práctica
se había encargado, pues, de resolver a su modo el problema de las relaciones
entre el movimiento mecánico y el calor. Había comenzado convirtiendo el
primero en el segundo, para pasar luego de la transformación del segundo en
el primero. Pero ¿qué ocurría con la teoría?
La situación
era bastante lamentable. Aunque precisamente en los siglos XVII y XVIII los
incontables relatos de viajes estuvieran llenos de descripciones de pueblos
salvajes que no conocían más modo de producir el fuego que el frotamiento,
los físicos no se daban por aludidos; y la misma actitud de indiferencia
mostraron durante todo el siglo XVIII y las primeras décadas del XIX con
respecto a la máquina de vapor. En la mayor parte de los casos, se limitaban
sencillamente a tomar nota de los hechos.
Hasta que,
por último, en los años veinte y treinta [del siglo XIX] se ocupó del
problema Sadi Carnot, y hay que reconocer que con bastante sagacidad, puesto
que todavía hoy conservan su valor y son admitidos por Clausius y Clerk
Maxwell sus mejores cálculos, que más tarde se encargó Clapeyron de
presentar en forma de gráficos geométricos. Carnot casi llegó a penetrar en
el fondo del problema. Y si algo le impidió penetrar de lleno en él no fue
precisamente la escasez de hechos materiales, sino simplemente una falsa
teoría preconcebida.
Teoría que, por cierto, no había sido impuesta a los físicos por ninguna
maligna filosofía, sino que ellos mismos se habían encargado de elaborar
sutilmente, partiendo de su propia concepción naturalista, que consideraban
tan por encima de la concepción metafísico-filosofante.
En el siglo
XVII el calor era considerado, al menos en Inglaterra, como una propiedad de
los cuerpos, como "un movimiento
de una clase especial" (a motion of a particular kind, the
nature of which has never been explained in a satisfactory manner [...cuya
naturaleza no ha llegado nunca a explicarse satisfactoriamente]).
Así lo definía Th.
88
Thomson, dos años antes
del descubrimiento de la teoría mecánica del calor (Outline of the Sciences of Heat and
Electricity, 2nd edition, London 1840).6 Pero en el siglo
XVIII fue ganando terreno más y más la concepción según la cual el calor
era, como la luz, la electricidad y el magnetismo, una sustancia especial, que,
al igual que todas estas sustancias peculiares, se distinguía de la materia común
y corriente por el hecho de carecer de peso, de ser imponderable.
También la
electricidad posee, como el calor, aunque de otro modo, cierto don de
ubicuidad. Apenas puede producirse un solo cambio sobre la tierra que no acuse
la presencia de fenómenos eléctricos. Donde se evapora el agua o arde una
llama, donde se produce el contacto entre dos metales distintos o de diverso
grado de temperatura o entre el hierro y una solución de sulfato de cobre,
vemos aparecer, junto a los fenómenos físicos y químicos más notorios y
simultáneamente con ellos, procesos eléctricos. Cuanto más a fondo
estudiamos los más diferentes procesos naturales, más vamos descubriendo en
ellos huellas de electricidad. Y, sin embargo, a pesar de este don de
ubicuidad que presentan los fenómenos eléctricos y del hecho de que va ya
para medio siglo que la electricidad se ve obligada, en medida cada vez mayor,
a servir al hombre en la industria, se trata precisamente de la forma de
movimiento cuya naturaleza se halla más envuelta en el misterio. El
descubrimiento de la corriente galvánica es, aproximadamente, veinticinco años
más reciente que el del oxígeno, aunque presenta para la teoría de la
electricidad una importancia cuando menos igual que el descubrimiento del oxígeno
para la química. ¡Y, sin embargo, qué diferencia sigue existiendo, todavía
hoy, entre uno y otro campo! En química, gracias sobre todo al descubrimiento
de los pesos atómicos por Dalton, reina el orden, vemos una relativa
estabilidad de los resultados adquiridos y un ataque sistemático, más o
menos organizado sobre los terrenos todavía inexplorados, comparable al
asedio en regla de una fortaleza. En la teoría de la electricidad, por el
contrario, nos encontramos con un revoltijo caótico de viejos experimentos
muy inseguros, ni definitivamente confirmados ni definitivamente desechados,
con un tantear a ciegas en la oscuridad, con una serie incoherente de ensayos
y experimentos, obra de numerosos
investigadores
sueltos, que se
* Para los datos de hecho nos remitimos en este capítulo,
principalmente, a la obra de Wiedemann titulada Lehre vom Galvanismus
und Elektromagnetismus ["Teoría
del galvanismo y el electromagnetismo"], 2 vols., en 3 partes, 2° edición,
Braunschweig, 1872-1874.
En el número de Nature
correspondiente al 15 de junio de 1882 se habla de este
"admirable treatise" ["admirable tratado"], "which in
its forthcoming shape, with electrostatics added, will be greatest
experimental treatise on electricity in existente" ["que, bajo su
forma futura, cuando se le añada la electrostática, será el mejor tratado
experimental sobre electricidad que se conozca"]1 [Nota
de Engels.]
89
90
lanzan
al asalto de un terreno desconocido cada cual por su lado, sin orden ni
concierto, como una horda de jinetes nómadas. En efecto, aún no se ha hecho
en el campo de la electricidad un descubrimiento como el de Dalton, que sirva
de sólida base para la investigación en toda la línea de la ciencia. Y a
este estado de incoherencia reinante en el campo de la electricidad y que
impide, por el momento, formular una teoría general, se debe esencialmente
ese estado de empirismo que procura pararse a pensar lo menos posible y que,
por tanto, no sólo piensa de un modo falso, sino que ni siquiera es capaz de
seguir fielmente el hilo de los hechos o de reseñarlos con exactitud,
convirtiéndose con ello en el reverso del verdadero empirismo.
Si,
en términos generales, se debe recomendar, a los señores naturalistas que no
encuentran palabras bastantes para denostar las necias especulaciones apriorísticas
de la filosofía alemana de la naturaleza, que lean no sólo las obras teóricas
de su tiempo, sino también las escritas con posterioridad por los físicos teóricos
de la escuela empírica, esto vale de un modo especial en lo tocante a la teoría
de la electricidad. Tomemos una obra escrita en 1840, An
Outline of
the Science
of
Heat
and Electricity, por
Thomas Thomson.2 El viejo Thomson era ya, en su tiempo, ciertamente
una autoridad; además, tenía ya a su disposición una parte muy importante
de los trabajos de Faraday, el mayor especialista en cuestiones de
electricidad hasta entonces conocido. Pero ello no es obstáculo para que en
su libro encontremos cosas por lo menos tan disparatadas como en la sección
correspondiente de la Filosofía
de la naturaleza, de
Hegel, obra cronológicamente muy anterior. Así, por ejemplo, la descripción
que hace de la chispa eléctrica bien podría haber sido traducida
directamente del correspondiente pasaje de Hegel. Ambos autores enuncian todas
las cosas maravillosas que las gentes se empeñaban en querer descubrir en la
chispa eléctrica cuando aún no se sabía lo que en realidad era ni se conocía
su rica diversidad y que posteriormente habrían de revelarse, en la mayor
parte de los casos, como fenómenos sueltos o como errores. Más aún. En la pág.
446, cuenta Thomson muy en serio las fábulas infantiles de Dessaignes según
las cuales, cuando sube el barómetro y baja el termómetro, el vidrio, la
resina, etc., al sumergirse en el mercurio, se cargan de electricidad
negativa, mientras que, al descender el barómetro y elevarse la temperatura,
reciben, por el contrario, una carga eléctrica positiva; siempre según los
mismos cuentos para niños, el oro y algunos otros metales se cargaban en
verano de electricidad positiva, por calentamiento, y de electricidad negativa
por enfriamiento,
ocurriendo lo contrario en el invierno;
91
cuando
el barómetro subía y soplaba el viento del Norte, dichos metales aparecían
altamente electrificados bajo el signo positivo al elevarse la temperatura y,
cuando ésta descendía, bajo el signo negativo, etc., etc. Creo que basta con
lo dicho para que nos demos cuenta de cómo eran tratados los hechos. Y, en el
plano de la especulación apriorística, he aquí ahora la lucubración sobre
la chispa eléctrica con que nos regala Thomson y que proviene nada menos que
del propio Faraday: "La chispa es una descarga o un debilitamiento del
estado polarizado de inducción de numerosas partículas dieléctricas,
producido por la acción especial de un reducido número de ellas, que ocupan
un espacio muy pequeño y limitado. Faraday supone que las pocas partículas
en las que se localiza la descarga no sólo se dispersan, sino que asumen
temporalmente un estado extraordinariamente activo (highly exalted); es decir,
que todas las fuerzas que las rodean se lanzan sobre ellas unas tras otras, lo
que hace que adquieran un estado de intensidad a tono con esto, tal vez igual
a la intensidad de los átomos que se combinan químicamente; descargan
entonces estas fuerzas como los átomos lo hacen con las suyas, de un modo
hasta ahora ignorado, con lo que termina todo el proceso (and so the end of
the whole). El efecto final es exactamente como si una partícula metálica
pasara a ocupar el lugar de la partícula que se descarga, y no hay que
excluir la posibilidad de que algún día lleguen a revelarse idénticos los
principios por los que en ambos casos se rige la acción".3
"He dado -añade Thomson- esta
explicación de Faraday con sus propias palabras, porque no la entiendo
claramente." Lo mismo les ocurrirá, sin duda, a muchos otros, como
cuando leen en Hegel que, en la chispa eléctrica, "la materialidad
especial del cuerpo en tensión no entra aún en el proceso, sino que sólo es
determinada elementalmente en él, como un estado del alma", y que la
electricidad "es la cólera propia, el arrebato propio del cuerpo",
su "yo colérico", que "se manifiesta en todos los cuerpos
cuando se les irrita" (Naturphilosophie,
§ 324, adición),4 Y,
sin embargo, la idea fundamental es la misma en Hegel y en Faraday. Ambos se
rebelan contra la idea de que la electricidad sea, no un estado de la materia,
sino una materia especial, diferente. Y como, aparentemente, la electricidad
se manifiesta en la chispa eléctrica como algo independiente y libre, aislado
de todo sustrato material extraño y, sin embargo, asequible a los sentidos,
ambos se ven, partiendo del estado en que se halla la ciencia de su tiempo,
obligados a concebir la chispa eléctrica como la forma fugaz en que se revela
una "fuerza" momentáneamente liberada de toda materia. Claro está
que, para nosotros, el enigma ha quedado resuelto a partir del momento en que
sabemos que al descargarse la chispa entre dos electrodos de
metal pasan efectivamente
del uno
al otro algunas
92
"partículas
metálicas", lo que quiere decir que "la materialidad especial del
cuerpo en tensión" sí "entra en el proceso".
Sabido
es que, al igual que el calor y la luz, también la electricidad y el
magnetismo fueron considerados al principio como materias imponderables de un
tipo especial. Pronto se dio, como se sabe, en la idea de que la electricidad
se hallaba formada por dos materias opuestas, por dos "fluidos", uno
positivo y otro negativo, que en estado normal se neutralizaban mutuamente,
hasta que una pretendida "fuerza eléctrica de disociación venía a
separarlos, Según esto, podían cargarse dos cuerpos, uno de electricidad
positiva y otro de electricidad negativa, de tal modo que, uniéndolos por
medio de un tercer cuerpo conductor, se establecería. según las
circunstancias, el equilibrio, ya bruscamente, ya a través de una corriente
continua. El fenómeno de la compensación brusca parecía muy simple y
evidente, pero la corriente presentaba dificultades. Fechner y, en un
desarrollo más detallado, Weber opusieron a la hipótesis más sencilla según
la cual circulaba en la corriente unas veces electricidad puramente positiva y
otras electricidad puramente negativa la idea de que dentro del circuito
cerrado circulaban siempre dos corrientes iguales de electricidad positiva y
negativa, una al lado de la otra y en dirección opuesta, por canales situados
entre las moléculas ponderables de los cuerpos, En la minuciosa formulación
matemática de esta teoría, Weber llega también, en último resultado, a
multiplicar una función aquí indiferente por la magnitud 1/r , que
significa "la
relación...entre
la cantidad de electricidad y un miligramo"5
(Wiedemann,
Lehre vom Calvanismus,
etc., 2a ed., III, pág. 569),
Ahora bien, la relación con respecto a una unidad de peso no puede ser por sí
misma más que una unidad de peso, Por tanto, el empirismo unilateral, llevado
por la pasión del cálculo, se había desacostumbrado hasta tal punto de
pensar, que, como se ve, convertía la imponderable electricidad en algo
ponderable, cuyo peso se incluía en el cálculo matemático.
Las
fórmulas establecidas por Weber sólo eran válidas dentro de ciertos limites
y no hace más que unos cuantos años que Helmholtz principalmente llegaba,
partiendo de estas fórmulas, a resultados que se hallaban en contradicción
con el principio de la conservación de la energía, C. Neumann opuso en 1871
a la hipótesis de la doble corriente de sentido contrario formulada por Weber
otra, según la cual sólo circulaba en la corriente una de las dos
electricidades, la positiva, por ejemplo, al paso que la otra, la negativa,
permanecía firmemente unida a la masa del cuerpo. A propósito
de lo cual dice
Wiedemann: "Podría
combinarse esta
93
hipótesis
con la de Weber si se añadiera a la doble corriente de las masas eléctricas ± 1/2
e
opuestas, que da por supuesta Weber, una corriente
de electricidad neutra
carente de acción externa,6
que arrastrase con ella las cantidades de electricidad ± 1/2
e
en el sentido de la corriente positiva" (III, pág. 577).
Esta
tesis es también muy característica del empirismo unilateral. Para hacer que
la electricidad circule, se la descompone en electricidad positiva y negativa.
Pero todas las tentativas encaminadas a explicar la corriente partiendo de estas
dos materias tropiezan con dificultades. Dificultades que afectan tanto a la hipótesis
según la cual sólo se halla en la corriente, cada vez, una de estas dos
materias como a la que supone que circulan ambas al mismo tiempo y en sentido
contrario, y también a la tercera, según la cual una de las materias circula,
mientras que la otra permanece en reposo, Ateniéndonos a esta tercera hipótesis,
¿cómo explicar la circunstancia inexplicable de que la electricidad negativa,
que se revela, a pesar de todo, tan móvil en la máquina eléctrica y en la
botella de Leiden, aparezca en la corriente firmemente unida a la masa del
cuerpo? De un modo muy sencillo.
Al lado de la corriente positiva + e, que recorre el hilo hacia la
derecha, y de la corriente negativa - e, que lo recorre hacia la
izquierda, hacemos pasar, además, una corriente de electricidad neutra ±
1/2 e,
dirigida hacia la derecha. De este modo,
empezamos por suponer que las dos electricidades sólo pueden circular, en todo
caso, cuando se hallan separadas una de otra y, para explicar los fenómenos que
se producen con motivo de la corriente de las dos electricidades separadas,
suponemos que pueden circular también cuando no media separación, Comenzamos,
pues, sentando una hipótesis para explicar determinado fenómeno y, a la
primera dificultad con que tropezamos, procedemos a formular otra que anula
directamente la primera. ¿Cómo tendrá que estar hecha la filosofía, para que
estos señores tengan alguna razón, siquiera sea mínima, para quejarse de
ella?
Pero,
junto a esta concepción, basada en el carácter material de la electricidad, no
tardó en surgir otra, que la concebía como un simple estado del cuerpo, como
una "fuerza" o como una forma especial de movimiento, que diríamos
hoy, Ya hemos visto más arriba que Hegel, y más tarde Faraday, compartían
este punto de vista, Una vez que el descubrimiento del equivalente mecánico del
calor hubo descartado definitivamente la idea de una "sustancia calórica"
especial y
habiéndose demostrado
que el
calor es
un
94
movimiento
molecular, el paso siguiente fue aplicar igualmente el nuevo método a la
electricidad, tratando de determinar también su equivalente mecánico. Y el
resultado fue plenamente satisfactorio. En especial, los experimentos de Joule,
Favre y Raoult permitieron fijar no sólo el equivalente mecánico y térmico
de lo que se llamaba la "fuerza electromotriz" de la corriente galvánica,
sino también su perfecta equivalencia con la energía liberada por los procesos
químicos en la pila galvánica y la energía consumida por ellos en la cuba
electrolítica. Con ello, pasaba a ser cada vez más insostenible la hipótesis
según la cual la electricidad era un fluido material específico.
Sin
embargo, la analogía entre el calor y la electricidad distaba todavía mucho de
ser perfecta. La corriente galvánica presenta diferencias muy esenciales con
respecto a la conducción térmica. Aún no era posible decir qué era lo que se
movía en los cuerpos cargados de electricidad. Mostrábase insuficiente aquí
la hipótesis de una simple vibración molecular, como en el caso del calor.
Daba la velocidad enorme de la electricidad, que sobrepasaba incluso a la de la
luz,7 resultaba difícil sustraerse a la idea de que era algo
material lo que aquí se movía entre las moléculas del cuerpo. Es entonces
cuando aparecen las teorías más modernas, las teorías de Clerk Maxwell
(1864), Hankel (1865), Reynard (1870) y Edlund (1872), acordes con la hipótesis
que por vez primera expresara en 1846 Faraday a manera de sugestión: la hipótesis
según la cual la electricidad era el movimiento de un medio elástico que
llenaba todo el espacio y que, por consiguiente, penetraba en todos los cuerpos,
medio cuyas partículas discretas se repelían las unas a las otras en razón
inversa al cuadrado de la distancia; en otras palabras, la electricidad vendría
a ser un movimiento de las partículas del éter, del que participaban las moléculas
de los cuerpos. Las, diversas teorías no se muestran de acuerdo en cuanto al
carácter de este movimiento; las de Maxwell, Hankel y Reynard, apoyándose en
las recientes investigaciones sobre los movimientos en forma rotatoria, tratan
también de explicarlo, cada cual a su modo, por medio de torbellinos. Y así,
vemos rehabilitados en los dominios sin cesar nuevos de la ciencia los
torbellinos del viejo Descartes. No tenemos para que entrar en el detalle de
estas teorías. Discrepan mucho las unas de las otras y están todas ellas
llamadas, ciertamente, a pasar todavía por grandes conmociones. En su concepción
fundamental común se advierte, sin embargo, un progreso decisivo: la
electricidad se concibe como un movimiento de las partículas del éter
luminoso, movimiento que repercute sobre las moléculas del cuerpo y que penetra
toda materia ponderable.
Es
95
un
modo de ver que reconcilia entre sí a los dos anteriores. Según él, lo que
en los fenómenos eléctricos se mueve es realmente algo material, distinto de
la materia ponderable. Pero este elemento material no es la electricidad
misma, la cual se revela más bien como una forma de movimiento, aunque no del
movimiento directo, inmediato, de la materia ponderable. Por una parte, la hipótesis
del éter señala el camino que permite superar la tosca hipótesis primitiva
de los dos fluidos eléctricos contrarios; y, de otra parte, abre la
perspectiva de explicar qué es el
sustrato material propiamente dicho del movimiento eléctrico, qué es aquello
cuyo movimiento provoca los fenómenos eléctricos.
La
teoría del éter ha alcanzado, desde luego, un éxito indiscutible. Sabemos
que hay, por lo menos, un punto en el que la electricidad modifica
directamente el movimiento de la luz: hace girar su plano de polarización.
Clerk Maxwell, basándose en la teoría más arriba citada, calculó que la
constante dieléctrica específica de un cuerpo es igual al cuadrado de su índice
de refracción. Ahora bien, Boltzmann, estudiando diferentes cuerpos no
conductores, desde el punto de vista de su constante dieléctrica, encuentra
que en el azufre, la colofonia y la parafina la raíz cuadrada de este
coeficiente es igual a su índice de refracción. La divergencia más alta -el
azufre- no pasa del 4 por 100. Por donde la teoría del éter, especialmente
la de Maxwell, quedaba experimentalmente confirmada.
Pero
tendrá que pasar todavía mucho tiempo y desplegarse mucho esfuerzo antes de lograr, por
medio de nuevas series de experimentos, extraer una sólida pepita de estas
hipótesis contradictorias. Hasta aquí o tal vez incluso hasta que la teoría
del éter sea desahuciada por otra totalmente nueva, el estudio de la
electricidad se encuentra en la desagradable situación de tener que emplear
una terminología reconocidamente falsa. Sigue hablando sin el menor empacho
de la "masa eléctrica que fluye en los cuerpos", de una
"bifurcación de las electricidades en cada molécula, etc. Es éste un
mal que, como se ha dicho, constituye en su mayor parte una consecuencia del
actual estado de transición de la ciencia, pero que, dado el limitado
empirismo que reina precisamente en esta rama de la investigación, contribuye no poco a mantener el
embrollo de ideas anterior.
Por
lo
que
se refiere a la contradicción entre la llamada electricidad estática o de
frotamiento y la electricidad denominada dinámica o galvanismo, podemos
considerarla resuelta a partir del momento en que se ha aprendido a producir
corrientes continuas por medio de la máquina eléctrica y, a la inversa, a
producir la electricidad llamada estática, a cargar botellas de Leiden, etc.,
con ayuda de la corriente galvánica. Dejamos
aquí a un lado la variante
96
de la
electricidad estática, así como el magnetismo, que ahora sabemos que es
también una variante de la electricidad. Es en la teoría de la corriente
galvánica, en todo caso, donde habrá que buscar la explicación de los fenómenos
con ella relacionados, razón por la cual nos atendremos preferentemente a
esta teoría.
De
varios modos puede producirse una corriente continua. El movimiento mecánico
de las masas no comienza produciendo directamente,
por
el frotamiento, más que electricidad estática; sólo a costa de un gran
despilfarro de energía engendra una corriente continua; para convertirse, por
lo menos en su mayor parte, en movimiento eléctrico, tiene que intervenir el
magnetismo, como ocurre en las conocidas máquinas electromagnéticas de
Gramme, Siemens, etc. El calor puede convertirse directamente en corriente eléctrica,
como sucede sobre todo en el punto de contacto de dos diferentes metales. La
energía liberada por la acción química, que en circunstancias normales
adopta la forma de calor, bajo determinadas condiciones se trueca en
movimiento eléctrico. Y, a la inversa, éste se convierte, cuando se dan las
condiciones apropiadas, en cualquier otra forma de movimiento: en movimiento
de masas, ya sea en pequeñas proporciones, directamente en las atracciones y
repulsiones electrostáticas, ya en gran escala, en los motores electromagnéticos,
gracias nuevamente a la mediación del magnetismo; en calor -como ocurre
siempre en el circuito energético cerrado, siempre y cuando que no medien
otras transformaciones-; en energía química, en las cubas electrolíticas y
en los voltámetros intercalados en el circuito
cerrado, en los que la corriente disocia combinaciones que no es posible
atacar por otros medios.
En
todos estos trueques actúa la ley fundamental de la equivalencia cuantitativa
del movimiento en todas sus mutaciones. O, como dice Wiedemann, "con
arreglo a la ley de conservación de la energía, el trabajo mecánico
empleado del modo que sea para producir la corriente tiene que ser equivalente
al trabajo empleado para engendrar todos los efectos de la corriente eléctrica".8
Cuando se trata de trocar en electricidad* el movimiento de masas o el calor,
no se tropieza aquí con ninguna clase de dificultades, pues está demostrado
que lo que se llama la "fuerza electromotriz" es, en el
primer caso,
igual al
trabajo empleado
para producir
este
* Empleo el término "electricidad" en
el sentido de movimiento eléctrico con el mismo derecho con que se emplea
también el término general "calor" para expresar aquella forma de
movimiento que a nuestros sentidos se les revela como calor. Y este empleo de
la palabra no puede suscitar objeciones, con tanta mayor razón cuanto que de
antemano se descarta expresamente aquí toda posible confusión con el estado
de tensión de la electricidad. [Nota de Engels.]
97
movimiento,
y en el segundo caso, "en cada punto de contacto de la pila termoeléctrica,
directamente proporcional a su temperatura absoluta" (Wiedemann, III, pág.
482); o, lo que es lo mismo, una vez más, directamente proporcional a la
cantidad de calor existente en cada punto de contacto, medida en unidades
absolutas. Y se ha demostrado que la misma ley rige también, de hecho, para
la electricidad producida por medio de la energía química. Sin embargo, en
este caso el asunto no resulta tan sencillo, por lo menos desde el punto de
vista de la teoría actualmente en curso. Detengámonos, pues, en él por un
momento.
Una
de las más hermosas series de experimentos que han podido hacerse, con ayuda
de una pila galvánica, acerca de los cambios de forma del movimiento es la de
Favre (1857-1858).9 Se coloca en un calorímetro una pila de Smee
de cinco elementos y en otro un pequeño motor electromagnético, haciendo que
el eje y la polea sobresalgan y queden libres para cualquier combinación mecánica.
Cada vez que se desprende en la pila 1 gr. de hidrógeno o se disuelven en
ella 32.6 gr. de cinc (el antiguo equivalente químico del cinc expresado en
gramos, igual a la mitad del peso atómico hoy admitido, de 65,2), se
registran los resultados siguientes:
A
La pila del calorímetro forma un circuito cerrado, excluyendo el motor: se
desarrollan 18.682 o
18.674 unidades de calor.
B.
La pila y el motor quedan dentro del circuito cerrado, pero el motor se halla
bloqueado: calor en la pila, 16.448 unidades; en el motor, 2.219, lo que da un
total de 18.667.
C.
Como en B, pero moviéndose el motor, aunque sin levantar ningún peso: calor
en la pila, 13.888 unidades; en el motor 4.769; en total, 18.657.
D.
Como en C, pero levantando el motor un peso y realizando con ello un trabajo
mecánico igual a 131,24 kilográmetros: calor en la pila, 15.427; en el
motor, 2.947; en total, 18.374 unidades; pérdida con relación a las 18.682
unidades de A = 308 unidades caloríficas. Pero el trabajo mecánico de 131,24
kilográmetros efectuado, multiplicado por 1.000 (para convertir en kilos los
gramos del resultado químico) y divididos por el equivalente mecánico del
calor, o sea por 423,5 kilográmetros,10 arroja exactamente la pérdida
anterior, como equivalente térmico del trabajo mecánico rendido.
La
equivalencia del movimiento a través de todos sus cambios queda así
demostrada de un modo palmario en lo que al movimiento eléctrico se refiere,
dentro de los límites de las fuentes de
error inevitables. Y
asimismo queda demostrado que la "fuerza
98
electromotriz"
de la pila galvánica no es más que energía química que se trueca en
electricidad y que la misma pila es, sencillamente, un dispositivo, un aparato
que transforma en electricidad la energía química liberada, del mismo modo que
la máquina de vapor convierte en movimiento mecánico el calor que se le
suministra, sin que en ninguno de los dos casos el dispositivo transformador
genere por sí mismo nueva energía.
Pero
al llegar aquí, y habida cuenta del modo tradicional de ver las cosas, surge
una dificultad. Ese modo de ver atribuye a la pila, dadas las relaciones de
contacto que en ella se producen entre líquidos y metales, una "fuerza eléctrica
de disociación", proporcional a la fuerza electromotriz y que, por tanto,
representa una determinada cantidad de energía para una pila dada. Ahora bien,
¿qué relación existe entre esta fuente de energía, según el modo
tradicional de ver inherente a la pila en cuanto tal, incluso sin necesidad de
efecto químico, qué relación existe entre esta fuerza eléctrica de disociación
y la energía liberada por efecto de la acción química? Y, si se trata de una
fuente de energía indepencliente de la acción química, ¿de dónde proviene
la energía por ella suministrada?
Bajo
una forma más o menos oscura, este problema constituye el caballo de batalla
entre dos teorías: la del contacto, establecida por Volta, y la teoría química
de la corriente galvánica, que surgió poco después.
La
teoría del contacto explicaba la corriente por las tensiones eléctricas
producidas en cadena en la pila al establecerse el contacto de los metales con
uno o varios líquidos, o simplemente por el contacto de los líquidos entre sí
y por su nivelación, o bien por la de las electricidades así disociadas y
opuestas, dentro del circuito cerrado. La teoría pura del contacto
consideraba como totalmente secundarios los cambios químicos que pudieran
producirse con este motivo. En cambio, a partir de 1805, Ritter sostuvo que sólo
podía engendrarse una corriente cuando los excitadores ejerciesen ya una acción
química los unos sobre los otros antes de cerrarse el circuito. Wiedemann (I,
pág. 784) resume, en sus rasgos generales, esta vieja teoría química del
modo siguiente diciendo que, según ella, la llamada electricidad de contacto
"sólo puede producirse si simultáneamente se manifiesta una mutua acción
química real de los cuerpos en contacto o, por lo menos, una alteración del
equilibrio químico aunque no se halle directamente enlazada a procesos químicos,
una «tendencia a la acción química» entre ellos".
Como
se ve, ambas partes planteaban de un modo completamente indirecto el problema
de la fuente energética de la corriente, y no podía ser de otro modo, en
aquella época. A Volta y a sus
sucesores les parecía perfectamente normal que
el simple
99
contacto
de cuerpos heterogéneos pudiera engendrar una corriente continua y, por
tanto, realizar un determinado trabajo, sin contrapartida alguna. Y Ritter y
quienes compartían su teoría no comprendían tampoco en lo más mínimo cómo
se explica que la acción química ponga a la pila en condiciones de producir
la corriente y de suministrar el trabajo de ésta. En cuanto a la teoría química,
este punto ha sido dilucidado desde hace ya mucho tiempo por Joule, Favre,
Raoult y otros, pero con la teoría del contacto ocurre cabalmente lo
contrario. En la medida en que esta teoría se mantiene en pie, permanece, en
cuanto a sus rasgos esenciales, en el punto de partida. Así se explica que
subsistan en la actual teoría sobre la electricidad ideas que datan de una época
ya superada, en la cual no había más remedio que contentarse con explicar
cualquier efecto recurriendo a la primera causa que se presentara, producida
en la superficie misma de las cosas, aunque para ello hubiera que hacer nacer
el movimiento de la nada; ideas que contradicen directamente al principio de
la conservación de la energía. Y el hecho de que, más tarde, se eliminen
los aspectos más repelentes de estas ideas, se las castre, se las endulce y
se las embellezca, no resuelve, ni mucho menos, el problema, pues con ello la
confusión, lejos de mejorar, empeora.
Como
hemos visto, incluso la vieja teoría química de la corriente entiende que,
para que ésta se produzca, es absolutamente necesario establecer relaciones
de contacto: esta teoría se limita a afirmar que estos contactos no engendran
jamás una corriente a menos que medie una acción química simultánea, e
incluso es evidente, hoy mismo todavía, que son precisamente los dispositivos
de contacto de la pila los que forman el aparato mediante el cual se
transforma en electricidad una parte de la energía química liberada y que de
estos dispositivos de contacto depende esencialmente el que la energía química
se transforme en movimiento eléctrico y en qué cantidad.
Wiedemann,
como empirista unilateral que es, trata de salvar cuanto pueda salvarse de la
vieja teoría del contacto.
Sigámosle
en sus esfuerzos:
"Aunque
el efecto del contacto de cuerpos químicamente indiferente" -dice
Wiedemann (I, pág. 799)-, "por ejemplo de metales, no sea, como antes se
pensaba, necesario para la teoría de la
pila11 ni
se haya demostrado tampoco por el hecho de que Ohm haya derivado de esto su
ley (ya que habría podido hacerlo sin necesidad de recurrir a esta hipótesis)
y de que Fechner, que ha confirmado
experimentalmente esta ley, defendiera asimismo la teoría del contacto, no se
puede negar, sin embargo, la excitación eléctrica por medio
del contacto
de
los metales,11
no se puede
100
negar,
por lo menos, con arreglo a las experiencias de que actualmente disponemos y
aunque los resultados que es posible obtener desde el punto de vista
cuantitativo adolezcan aún de cierta inevitable incertidumbre, dada la
imposibilidad de mantener absolutamente limpias las superficies de los cuerpos
en contacto".
Como
se ve, la teoría del contacto se ha tornado muy modesta. Se muestra de
acuerdo en que no es absolutamente indispensable para explicar la corriente y
en que, además, no ha sido demostrada teóricamente por Ohm ni
experimentalmente por Fechner. Y llega, incluso, a reconocer que las
pretendidas experiencias fundamentales en que únicamente puede seguir apoyándose
esta teoría sólo están en condiciones de aportar, desde el punto de vista
cuantitativo, resultados poco seguros; en realidad y en fin de cuentas, lo único
que de nosotros exige esta teoría es que reconozcamos el hecho de que, en términos
generales, el contacto -¡aunque sólo sea el contacto de metales!-
puede engendrar un movimiento eléctrico.
Y,
si la teoría del contacto no pasase de ahí, nada habría que objetar. Es
cierto y debe admitirse sin reservas que el contacto de dos metales genera fenómenos
eléctricos que pueden hacer estremecerse un anca de rana preparada, cargar un
electroscopio o provocar otros movimientos. Pero, a la vista de estos fenómenos,
hay que preguntarse, ante todo: ¿de dónde proviene la energía necesaria
para ello?
Para
contestar a esta pregunta, tendremos, según Wiedemann (I, pág. 14), que
"recurrir, sobre
poco más o menos, a las siguientes consideraciones:
Si colocamos muy cerca una de otra las placas metálicas heterogéneas A y B,
veremos que se atraen en virtud de las fuerzas de la adhesión. Y, al tocarse,
pierden la fuerza viva del movimiento que dicha atracción les imprimía. (Si
admitimos que las moléculas metálicas se hallan en estado de constante
vibración, podría también
producirse una modificación de sus vibraciones, acompañada de una pérdida
de fuerza viva, al tocarse, por el contacto de los metales heterogéneos, las
moléculas cuyas vibraciones no concuerden entre sí en cuanto a la fase.) La
fuerza viva que se pierde se convierte, en
gran parte, en calor. Pero una pequeña
parte de éste
se destina a distribuir de otro modo las electricidades no disociadas hasta
entonces. Como más arriba hemos dicho, los cuerpos aproximados el uno al otro
se cargan de cantidades iguales de electricidad positiva y negativa, tal vez en virtud de que la fuerza de
atracción no es igual en las dos electricidades".12
La
modestia de la teoría del contacto se hace cada vez mayor. Se empieza por
reconocer que la enorme fuerza eléctrica de disociación, que más adelante
desarrollará una labor gigantesca, no
101
encierra
en sí misma ninguna clase de energía propia, e incluso que no puede
funcionar mientras no se le suministre energía desde fuera. Y, a renglón
seguido, se le atribuye una fuente de energía verdaderamente minúscula, la
fuerza viva de la adhesión, que sólo actúa a distancias casi
inconmensurables y que hace recorrer a los cuerpos un camino apenas
apreciable. Pero no importa: es innegable que esta fuerza existe, como lo es
también que desaparece con el contacto. Pues bien, incluso esta fuente mínima
suministra demasiada energía para el fin que se persigue; una gran parte de dicha energía se convierte en calor, y solamente
una pequeña parte sirve para
producir la fuerza eléctrica de disociación A pesar de que en la naturaleza
se dan evidentemente bastantes casos en que impulsos pequeñísimos producen
efectos extraordinariamente poderosos, el propio Wiedemann parece darse cuenta
de que su fuente de energía, que mana apenas gota a gota, es de todo punto
insuficiente, y recurre en busca de la posibilidad de una segunda fuente a la
hipótesis de una interferencia de las vibraciones moleculares de los dos
metales sobre las superficies de contacto. Pero, aun haciendo caso omiso de
otras dificultades con que aquí nos encontramos, Grove y Gassiot han
demostrado que, como el propio Wiedemann nos ha dicho una página más arriba,
ni siquiera es necesario el contacto eléctrico para producir la electricidad.
En una palabra, cuanto más de cerca nos fijamos en ella, más vemos que se
seca la fuente de que toma su energía la fuerza eléctrica de disociación.
Y,
sin embargo, hasta ahora apenas conocemos otra fuente de energía que pueda
engendrar la excitación eléctrica, como no sea el contacto de los metales.
Según Naumann (Allgemeine and
physikalische Chemie, Heidelberg, 1877, pág. 675), "las fuerzas
electromotrices de contacto convierten el calor en electricidad"; a su
juicio, "es natural suponer que la capacidad de engendrar movimiento eléctrico
inherente a estas fuerzas responde a la cantidad de calor existente o, dicho
en otros términos, es función de la temperatura", cosa que, según nos
dice Naumann, ha sido experimentalmente demostrado por Le Roux. También aquí
seguimos moviéndonos en un terreno muy vago. La ley de la serie voltaica de
los metales nos impide resolver el problema recurriendo de nuevo a los
procesos químicos que sin cesar se producen en pequeña medida en las
superficies de contacto, constantemente cubiertas de una delgada capa, casi
imposible de disociar para nosotros, de aire y agua impura, que, por tanto, no
nos permite explicar la excitación eléctrica por la existencia entre las
superficies de contacto de un electrólito activo e invisible. Un electrólito
debiera producir, en circuito cerrado, una corriente continua; por el
contrario, la, electricidad del puro contacto metálico desaparece tan
102
pronto
como se cierra el circuito. Y es aquí precisamente donde llegamos al punto
esencial: esta "fuerza eléctrica de disociación", que el propio
Wiedemann limitaba al principio a los metales solamente y que se consideraba
incapaz de actuar sin recibir energía de fuera, para verse reducida enseguida a
una fuente de energía verdaderamente microscópica, ¿permite la posibilidad de
que se forme una corriente continua mediante el contacto de cuerpos químicamente
indiferentes, y, suponiendo que sea así, ¿de qué modo ocurre eso?
En
la serie voltaica, los metales aparecen colocados siguiendo un orden en el que
cada uno de ellos es eléctricamente negativo con respecto al que le precede y
positivo en relación con el que le sigue. Por tanto, si colocamos en este mismo
orden una serie de piezas de metal, por ejemplo de cinc, estaño, hierro, cobre
y platino, podremos obtener tensiones eléctricas en los dos extremos. En
cambio, si disponemos esta serie de metales en circuito cerrado, haciendo que se
hallen en contacto el cinc y el platino, la tensión se verá inmediatamente
compensada, y desaparecerá. "En un circuito cerrado de cuerpos que formen
parte de la serie voltaica, no puede llegar a formarse, por tanto, una corriente
de electricidad continua"." Y Wiedemann razona, además, esta afirmación
a base de las siguientes consideraciones: "En efecto, si se presentase en
el circuito una corriente eléctrica continua, produciría en los mismos
conductores metálicos un calor que sólo podría suprimirse mediante el
enfriamiento de sus puntos de contacto. Esto determinaría, en todo caso, una
distribución desigual del calor; la corriente podría también, sin necesidad
de aportar energía de fuera, accionar sostenidamente un motor electromagnético
y aportar así trabajo, lo cual es imposible, ya que, en caso de una unión fija
de los metales, mediante soldadura, por ejemplo, no pueden producirse, ni
siquiera en los puntos de contacto, cambios que compensen ese trabajo".14
Y,
no contento con demostrar teórica y experimentalmente que la electricidad de
contacto de los metales no puede por sí sola producir ni la más pequeña
cantidad de corriente eléctrica, Wiedemann se verá obligado, como veremos, a
poner en pie una hipótesis especial para descartar su eficacia, incluso en
los casos en que podría, eventualmente, manifestarse en forma de corriente.
Tratemos,
pues, de llegar por otro camino distinto de la electricidad de contacto a la
corriente. Representémonos, con Wiedemann,15 "dos metales,
por ejemplo una varilla de cinc y otra de cobre, soldadas en uno de sus
puntos, pero unidas en su extremo libre por medio de un tercer cuerpo que no
ejerza acción electromotriz con
respecto a
dichos dos
metales y
se limite
a
103
conducir
las electricidades contrarias acumuladas en su superficie, haciendo que se
compensen en ella. En este caso, la fuerza eléctrica de disociación
reconstituirá constantemente la diferencia primitiva de potencial y, así,
veríamos aparecer en el circuito una corriente eléctrica continua que podría
producir un trabajo sin contrapartida alguna, lo que es sencillamente
imposible. Por tanto, no puede existir ningún cuerpo que se limite a ser
elemento conductor de electricidad, sin desempeñar ninguna actividad
electromotriz con respecto a los otros cuerpos". Con esto, no hemos
adelantado gran cosa: de nuevo nos cierra el paso la imposibilidad de crear el
movimiento. Jamás lograremos producir una corriente mediante el contacto de
cuerpos químicamente indiferentes, es decir, con la electricidad de contacto
propiamente dicha. Demos, pues, otra media vuelta y tratemos de marchar por el
tercer camino, que Wiedemann nos indica.
"Si,
finalmente, una placa de cinc y otra de cobre en un líquido en que se
contenga lo que se llama una combinación
binaria, es decir, que pueda desdoblarse
en los elementos químicamente distintos completamente saturados uno de otro,
por ejemplo una solución de ácido clorhídrico (H + Cl), etc., veremos que,
según el § 27, el cinc se carga de electricidad negativa y el cobre de
electricidad positiva. Reuniendo los dos metales, estas electricidades se
nivelan mutuamente a través del punto de contacto, por el que pasa, por
tanto, una corriente eléctrica positiva del
cobre al cinc. Y, como la fuerza eléctrica de disociación que aparece al
producirse el contacto de estos metales transporta
también
en el mismo sentido la electricidad positiva, los
efectos de las fuerzas de disociación eléctrica no
se
anulan mutuamente, como en un circuito metálico cerrado. De este modo, se genera aquí una corriente continua
de electricidad positiva, que pasa en circuito cerrado del cobre al cinc, a
través del líquido. Pronto (§§ 34 y ss.) volveremos al problema de saber
en qué medida contribuyen realmente a la formación de esta corriente las
diversas fuerzas de disociación eléctrica existentes dentro del circuito.
Llamamos elemento galvánico o cadena galvánica a la combinación de
conductores que suministra una «corriente galvánica» de este tipo (I, página
45)."16
He
aquí que, según esto, se ha realizado el milagro. De creer a Wiedemann, se
generará así una corriente continua, gracias simplemente a la fuerza de
contacto, que (él mismo nos lo dice) no puede actuar sin que se le suministre
energía desde fuera. Para explicarnos esto, no disponemos de otro elemento
que del pasaje de la obra de Wiedemann que acabamos de transcribir. ¿No es
esto un auténtico milagro? ¿Qué es lo que aquí se nos explica acerca del
proceso que tratamos de explicarnos?
104
1.
Si sumergimos cinc y cobre en un líquido que contenga una combinación
llamada binaria,
el
cinc, según el § 27, se carga de electricidad negativa y el cobre de
electricidad positiva. Ahora bien, en todo el § 27 no se dice ni una palabra
de tal combinación binaria. Ese párrafo se limita a describir lo que es un
elemento voltaico simple, formado por una placa de cinc y otra de cobre, entre
las que se intercala un disco de tela humedecida con un líquido ácido,
pasando a estudiar a continuación -sin mencionar para nada ninguna clase de
procesos químicos- las cargas de electricidad estática de los dos metales
que, en dichas condiciones, se producen. Así, pues, la combinación llamada binaria se
desliza aquí de contrabando, por la puerta falsa.
2.
Esta combinación binaria desempeña un papel completamente misterioso. El
hecho de que "pueda desdoblarse
en dos elementos químicos que se saturan por completo el uno al otro" (¡¿que
se saturan por completo, después de haberse desdoblado?!) podría en verdad,
a lo sumo, enseñarnos algo si efectivamente
se desdoblara. Pero no se dice ni una palabra de esto, razón por la
cual hay que suponer, por el momento, que no
se
desdobla, como ocurre, por ejemplo, en el caso de la parafina.
3.
Así, pues, una vez que en el líquido el cinc se ha cargado de electricidad
negativa y el cobre de electricidad positiva, los ponemos en contacto (fuera
del líquido). Y, en seguida, "estas electricidades se equilibran
mutuamente a través del punto de contacto, por el que, por tanto, pasa, del cobre al cinc, una
corriente eléctrica positiva".
Digamos,
una vez más, que no nos enteramos de la razón por la cual sólo pasa una
corriente de electricidad "positiva" en uno de los dos sentidos, y
no pasa también una corriente de electricidad "negativa" en el
sentido opuesto. No nos enteramos para nada de lo que pasa con la electricidad
negativa, que, hasta ahora, se consideraba tan necesaria como la positiva: la
acción de la fuerza eléctrica de disociación consistía precisamente en
oponerlas libremente la una a la otra. De pronto, nos encontramos con que esta
fuerza queda eliminada, por no decir que escamoteada, dándose la impresión
de que sólo existe electricidad positiva.
Sin
embargo, poco después, en la pág. 51, se nos dice exactamente lo contrario,
al indicarnos que "dos electricidades se unen17 para formar una
corriente". ¡Lo
que quiere decir que circula tanto la electricidad negativa como la positiva!
¿Quién nos ayudará a salir de esta confusión?
4."Como
la fuerza eléctrica de disociación, que aparece al producirse el contacto de
estos dos metales, transporta
también
la electricidad positiva en el
mismo sentido, tenemos que los efectos de las
fuerzas eléctricas de
disociación no se
anulan
105
mutuamente,
como en un circuito metálico cerrado. Se produce aquí, por tanto, una corriente
continua", etcétera. Realmente, esto es un poco fuerte, pues, como
veremos en algunas páginas más abajo (pág. 52), Wiedemann nos demuestra
que, "al formarse la corriente continua..., la fuerza eléctrica de
disociación en el punto de contacto de los metales... tiene
que mantenerse inactiva",18 que no sólo hay corriente incluso aunque, en vez de transportar la
electricidad positiva en el mismo sentido, actúe en dirección contraria al
sentido de la corriente, sino que, aun en este caso, la corriente no se halla
compensada por una determinada parte de la fuerza eléctrica de disociación
de la pila, lo que quiere decir que ésta permanece una vez más inactiva. ¿Cómo,
entonces, puede Wiedemann, en la pág. 45, hacer que la fuerza eléctrica de
disociación contribuya como factor necesario a la formación de la corriente,
para negar después, en la pág. 52, su acción mientras dura la corriente
recurriendo para ello, además, a una hipótesis especialmente formulada para
este efecto?
5.
"Se genera aquí, de este modo, una corriente continua de electricidad
positiva que, en circuito cerrado, pasa del cobre al cinc, a través de su
punto de contacto con éste, y del cinc al cobre a través del líquido."
Ahora bien, con semejante corriente eléctrica continua "ésta produciría
calor en los mismos conductores" y podría también "accionar un
motor electromagnético, suministrando así trabajo", cosa de todo punto
imposible a menos que se aporte energía. Y, como quiera que Wiedemann no nos
ha dicho, hasta ahora, ni una palabra acerca de si se produce esa aportación
de energía y de dónde procede, tenemos que la corriente continua sigue
siendo, como lo era hasta aquí, algo perfectamente imposible, ni más ni
menos que en los dos casos anteriormente examinados.
Y
nadie tiene más clara conciencia de ello que el propio Wiedemann. Por eso
considera conveniente pasar por alto, lo antes posible, los numerosos puntos débiles
de esta extraña explicación que nos da acerca de cómo se forma la
corriente, para entretener al lector a lo largo de varias páginas con toda
suerte de pequeñas historias elementales sobre los efectos térmicos, químicos,
magnéticos y fisiológicos de esta corriente, cuyo misterio no llega a
revelarse, hasta incidir a veces, excepcionalmente, en un tono de completa
vulgarización. Después de lo cual, prosigue (pág. 49):
"Tenemos
que estudiar, ahora, de qué modo actúan las fuerzas eléctricas de disociación
en un circuito cerrado formado por dos metales y un líquido, por ejemplo
cinc, cobre y ácido clorhídrico.
"Sabemos
que los elementos
integrantes de la combinación
106
binaria
(HCl) contenida en el líquido se separan al pasar la corriente, de tal manera
que uno de ellos (H) se libera en el
cobre y una cantidad equivalente del otro (Cl) en el cinc, mientras que esta
última cantidad se combina con una cantidad equivalente de cinc, para formar
la combinación ZnCl".19
¡Sabemos! Si sabemos
esto, no lo sabemos, ciertamente, gracias a Wiedemann, quien, como hemos
visto, no nos ha dicho ni una palabra acerca de tal proceso. Además, si
sabemos algo de este proceso, es que no se opera del modo como lo describe
Wiedemann.
Cuando,
con ayuda de hidrógeno y de cloro gaseoso, se forma una molécula de HCl, se
libera una cantidad de energía = 22.000 unidades calóricas (Julius Thomsen).
Así, pues, para arrancar nuevamente al cloro de su combinación con el hidrógeno,
se necesita aportar de fuera la misma cantidad de energía para cada molécula.
¿De dónde saca la pila esta energía? La exposición de Wiedemann no nos lo
dice. Tratemos, pues, de arreglárnoslas nosotros mismos.
Al
combinarse el cloro con el cinc para formar cloruro de cinc, se desprende una
cantidad de energía considerablemente mayor de la que se necesita para
separar el cloro del hidrógeno. (Zn, Cl2 desprenden 97.210
unidades de cantidad de calor, 2 (H, C1) 44.000 unidades (J. Thomsen). Y esto
nos permite explicarnos lo que ocurre en la pila. Así, pues, el hidrógeno no
se desprende pura y simplemente en el cobre, como dice Wiedemann, y el cloro
en el cinc, "mientras que", después y casualmente, se combinan el
cinc y el cloro. Por el contrario, la combinación del cinc y el cloro
constituye la condición fundamental más esencial de todo el proceso, y
mientras esta condición no se da, es inútil esperar el desprendimiento de
hidrógeno en el cobre.
El
sobrante de energía liberada al formarse una molécula de ZnCl2
sobre la que se utiliza para desprender dos átomos H de dos moléculas HCl se
convierte, pues, en la pila en movimiento eléctrico y suministra la totalidad
de la "fuerza electromotriz" que aparece en la corriente. No es,
pues, una misteriosa "fuerza eléctrica de disociación", que, sin
ninguna fuerza de energía demostrada hasta aquí, desprenda entre sí al hidrógeno
del cloro, y viceversa, sino que es el conjunto del proceso químico operado
en la pila el que suministra a todas las "fuerzas eléctricas de
disociación" y a las "fuerzas electromotrices" del circuito la
energía necesaria para su existencia.
Registremos,
pues, por el momento, que la segunda
explicación que Wiedemann nos da
de la corriente eléctrica no nos permite avanzar más que la primera, y
sigamos con nuestro texto:"
"Este
proceso pone de
manifiesto que la función del cuerpo
107
binario
entre los dos metales no se limita a una simple atracción predominante de toda
su masa con respecto a tal o cual electricidad, como ocurre con los metales,
sino que se añade a esto una acción especial de sus elementos integrantes.
Como el elemento Cl se desprende allí donde la corriente de la electricidad
positiva penetra en el líquido y el elemento H donde aparece la electricidad
negativa, suponemos
21 que, en la combinación HCl, cada equivalente Cl se halla cargado de
una cantidad dada de electricidad negativa, que determina su atracción por la
electricidad positiva. Este equivalente es el elemento
electronegativo de la combinación. Y, del mismo modo, el equivalente
H tiene que aparecer cargado de electricidad positiva y constituir el elemento
electropositivo de la combinación. Estas cargas podrían 21 producirse
en la combinación H y Cl, exactamente lo mismo que en el contacto del cinc y el
cobre. Y, como la combinación HCl no encierra por sí misma carga eléctrica, debemos
suponer, a tono con ello, que, en esta combinación, los átomos del elemento
positivo y los del elemento negativo contienen cantidades iguales
de
electricidad positiva y negativa.
Si
ahora introducimos en una solución de ácido clorhídrico una placa de cinc y
otra de cobre, podemos suponer,22
que
el cinc ejercerá una atracción más fuerte sobre el elemento eléctricamente
negativo (Cl) que sobre el eléctricamente positivo (H) de esta solución. Por
consiguiente, las moléculas de ácido clorhídrico que se hallen en contacto
con el cinc se dispondrían 22 de
tal modo, que sus elementos eléctricamente negativos se orientasen hacia el
cinc y los eléctricamente positivos hacia el
cobre. Y, como quiera que los elementos así
ordenados actúan por su atracción eléctrica sobre los elementos de las moléculas
siguientes de HCI, tendremos que toda la serie de moléculas que quedan entre
la placa de cinc y la de cobre se ordena tal como aparece en la fig. 10:
-
Zn |
_ + _ +
_ +
_ + _
+ | Cu +
|
Cl H Cl H Cl H Cl H Cl H
|
Si
el segundo metal actuase sobre el hidrógeno positivo tal como el cinc actúa
sobre el cloro negativo, esto favorecería la indicada disposición. Si
actuase en sentido contrario, pero con una acción más débil, permanecería,
por lo menos, inalterable la dirección de ella.
Gracias
a la acción inductora de la electricidad negativa del elemento eléctricamente
negativo Cl, puesto en contacto con el cinc,
108
la
electricidad se distribuiría 23 de
tal modo sobre el cinc que las partes de éste inmediatamente cercanas al C1
del átomo de ácido 24 más próximo se cargarían de electricidad
positiva y las partes más alejadas de electricidad negativa. Y lo mismo en
cuanto al cobre: la electricidad negativa se acumularía en la cercanía
inmediata del elemento eléctricamente positivo (H) del átomo de ácido clorhídrico
24 próximo, mientras que la electricidad positiva se vería
rechazada hacia las partes más lejanas.
Después de esto,25
la
electricidad positiva en el cinc se combinaría con
la electricidad negativa del átomo Cl más cercano, y éste, a su vez, con el
cinc [para formar la combinación ZnCl, sin carga eléctrica].26
El
átomo positivo H, anteriormente combinado con este átomo Cl, se
uniría 27 al átomo
Cl vuelto hacia él del segundo átomo HCl, en tanto que las electricidades
contenidas en estos átomos se combinarían entre sí; y lo mismo ocurriría
con el segundo átomo HCl: se combinaría 27 con
el Cl del tercer átomo, y así sucesivamente, hasta que, por último, se
liberase en el cobre un átomo H, cuya electricidad positiva se uniría a la
electricidad negativa repartida en el cobre, de tal modo que desapareciese en
su estado neutro, sin carga eléctrica". Y este proceso "se repetiría
hasta el momento en que la repulsión de las electricidades acumuladas en las
placas metálicas sobre las de los elementos de ácido clorhídrico vueltas
hacia ellas establezca el equilibrio exacto de la atracción de éstas por los
metales. Pero, al reunir las placas metálicas por medio de un conductor, las
electricidades libres de las placas de metal se unen entre sí, pudiendo así
reproducirse los procesos más arriba mencionados. De este modo,27
se
generaría una corriente eléctrica continua.
No
cabe duda de que esto entraña una pérdida continua de fuerza viva, desde el
momento en que los elementos de la combinación binaria que emigran hacia los
metales se mueven con una cierta velocidad en dirección a éstos, para entrar
luego en estado de quietud, ya sea porque formen una combinación (ZnCl2),
ya porque se eludan libremente (H). (Observación [de Wiedemann]: dado el
hecho de que la adquisición de fuerza viva obtenida como resultado de la
separación de los elementos Cl y H se ve compensada, a su vez, por la fuerza
viva que se pierde al ir a reunirse con los elementos de los átomos más
cercanos, la influencia de este proceso puede considerarse como una magnitud
despreciable.) Esta pérdida de fuerza viva equivale a la cantidad de calor
que se libera con ocasión del proceso químico que visiblemente se produce,
es decir, en su aspecto esencial, al operarse la descomposición de un
equivalente de cinc en la solución ácida. El trabajo desplegado para
repartir las electricidades tiene que ser equivalente a este valor.
Si, por
consiguiente, las
electricidades se
109
reúnen
en una corriente, deberá aparecer, durante la descomposición de un
equivalente de cinc y el desprendimiento de un equivalente H fuera del líquido,
en el circuito cerrado, un trabajo, ya sea bajo forma de calor, ya bajo la
forma de un trabajo suministrado desde fuera y que sea, asimismo, equivalente
a la cantidad de calor desprendida que corresponda a este proceso químico".
"Suponemos;
podríamos; debemos suponer; se distribuiría; se cargarían", etc. Se
trata simplemente de conjeturas y de verbos en condicional, de donde sólo
podemos extraer con seguridad tres presentes de indicativo: en primer lugar,
la combinación del cinc con el cloro se reconoce ahora como condición del
desprendimiento de hidrógeno; en segundo lugar, según averiguamos
completamente al final y de un modo accesorio, por así decirlo, la energía
liberada en el curso de este proceso constituye la fuente, y además fuente única
y exclusiva, de toda energía requerida para que llegue a formarse la
corriente; y, en tercer lugar, esta explicación que se nos da sobre el modo
de formarse la corriente contradice de un modo tan palmario a las
explicaciones anteriores como éstas, a su vez, se contradicen entre sí.
Más
adelante leemos:
"Por
tanto, la corriente continua puede formarse única
y exclusivamente bajo la acción de la fuerza eléctrica de disociación,
procedente de la atracción desigual y de la polarización de los átomos de
la combinación binaria en el líquido excitador de la pila por los electrodos
metálicos; la fuerza eléctrica de disociación debe, por el contrario, permanecer inactiva en el
punto de contacto de los metales, donde no pueden manifestarse ya cambios mecánicos.
La completa proporcionalidad, más arriba mencionada, de la totalidad de la
fuerza eléctrica de disociación (y de la fuerza electromotriz) en el
circuito cerrado con el equivalente calórico de los procesos químicos señalados
demuestra que la fuerza de disociación eléctrica de contacto, cuando actúa,
digamos,
en sentido contrario a la
excitación electromotriz de los metales por el líquido como cuando se
introduce cinc y plomo en una solución de cianuro de potasio) no se ve
compensada por una determinada parte de la fuerza de disociación en el punto
de contacto de los metales con el líquido. Tiene que neutralizarse, pues, de
otro modo. La cosa ocurriría de la manera más sencilla, admitiendo que, al
producirse el contacto del líquido excitador con los metales, la fuerza
electromotriz se engendra de dos modos: primeramente, mediante una atracción
de las masas
del
líquido como un todo sobre una u otra electricidad; y, en segundo lugar,
mediante la atracción desigual de los metales sobre las partes integrantes28 del líquido
cargadas de electricidades de signo contrario... Como consecuencia de
la primera
atracción desigual
(de las
masas) sobre
las
110
electricidades,
los líquidos se comportarían ajustándose plenamente a la ley de la serie
voltaica de los metales en un circuito cerrado... Se operaría aquí una
neutralización total, hasta cero, de las fuerzas eléctricas de disociación
(y de las fuerzas electromotrices); la segunda acción (química)..., en
cambio, suministraría por sí sola la fuerza de disociación eléctrica
necesaria para la formación de la corriente y de la correspondiente fuerza
motriz" (I, pág. 52-53).
De
este modo, se descarta venturosamente de las explicaciones sobre el modo de
formarse la corriente el último residuo de la teoría del contacto y, con él,
al mismo tiempo, el último residuo de la explicación inicial dada por
Wiedemann, en la pág. 45. Se reconoce, al fin, sin la menor reserva, que la
pila galvánica es simplemente un aparato que sirve para transformar la energía
química liberada en movimiento eléctrico, en supuesta fuerza eléctrica de
disociación y en fuerza electromotriz, exactamente lo mismo que la máquina
de vapor es un aparato que sirve para transformar la energía calórica en
movimiento mecánico. En ambos casos, vemos que el aparato suministra las
condiciones para la liberación de la energía y su ulterior transformación,
pero no aporta por sí mismo energía alguna. Sentado esto, nos resta todavía
estudiar un poco más de cerca la explicación que Wiedemann da de la
corriente, en su tercera versión: ¿cómo se presentan aquí las mutaciones
de la energía en el circuito cerrado?
Es
evidente, nos dice Wiedemann, que en la pila "se produce una pérdida
constante de fuerza viva, por el hecho de que los elementos de la combinación
binaria que se mueven hacia los metales marchan hacia ellos con una cierta
velocidad, para caer luego en estado de quietud, ya sea formando una combinación
(ZnCl2), ya desprendiéndose libremente (H). Esta pérdida es
equivalente a la cantidad de calor que se libera en el proceso químico que
visiblemente se produce en la solución ácida, es decir, esencialmente, al
producirse la descomposición de un equivalente de cinc."
En
primer lugar, si el proceso se desarrolla
en toda su pureza, no se
libera en la pila, al descomponerse el cinc, ni la más pequeña cantidad de
calor; la energía liberada se transforma precisamente en electricidad, y sólo
partiendo de ésta y por el hecho de la resistencia que opone todo el circuito
cerrado, se convierte después en calor.
En
segundo lugar, la fuerza viva es la mitad del producto de la masa por el
cuadrado de la velocidad. La
tesis sostenida más arriba
111
rezaría,
por tanto, así: la energía liberada al disolverse un equivalente de cinc en
una solución de ácido muriático = tantas o cuántas calorías es también
equivalente a la mitad del producto de la masa de los iones por el cuadrado de la velocidad con que se
dirigen hacia los metales. Formulada así, no cabe la menor duda de que esta
tesis es falsa: La fuerza viva que se manifiesta en el movimiento de los iones
dista mucho de ser igual a la energía liberada por el proceso químico.* Si lo
fuese, no habría posibilidad de corriente, ya que no quedaría energía para la
corriente en el resto del circuito. De ahí que Wiedemann deslice, además, la
observación de que los iones entran en estado de quietud, "ya sea formando
una combinación, ya desprendiéndose libremente". Y si la pérdida de
fuerza viva tiene que incluir, además, transformaciones de energía operadas
con motivo de aquellos dos procesos, entonces sí quedaremos definitivamente
empantanados, En efecto, toda la energía liberada la debemos a esos dos
procesos tomados en conjunto, razón por la cual en modo alguno puede hablarse
aquí de una pérdida
de fuerza viva, sino, a lo sumo, de una
ganancia.
Es evidente,
por tanto, que Wiedemann no se representó nada preciso al escribir dicha
frase; en realidad, la "pérdida de fuerza viva" no es otra cosa que
el deus ex machina29 que
le permite dar el salto mortal de la vieja teoría del contacto a la explicación
química de la corriente. De hecho, la pérdida de fuerza viva ha cumplido ya
con su misión, y se la deja a un lado; en lo sucesivo, será el proceso químico
operado en la pila el que se considerará indiscutiblemente como la única
fuente de energía en la formación de la corriente, y toda la preocupación
de nuestro autor se dirigirá a encontrar el modo de descartar también de la
corriente, de un modo un poco decoroso, el último
resto de excitación
eléctrica debida
al contacto
de cuerpos
* F. Kohlrausch (en Wiedemanns
Annalen, VI [Leipzig, 1879], pág. 206) ha calculado recientemente que
para desplazar los iones a través del agua de la solución se necesitarían
"fuerzas inmensas", Para hacer que 1 mg recorriese 1 mm haría
falta, según estos cálculos, una fuerza de tracción de la siguiente
intensidad: para H = 32.500 kg, para Cl = 5.200 kg y, por tanto, para HCl =
37.700 kilogramos, Pero, aunque estas cifras sean absolutamente exactas, no
afectan en lo más mínimo a lo que dejamos dicho, Sin embargo, el cálculo
contiene los factores hipotéticos que hasta ahora son inevitables en el campo
de la electricidad, razón por la cual necesita ser contrastado por medio del
experimento. Y éste parece hallarse dentro de lo posible, En primer lugar,
estas "fuerzas inmensas" tienen que reaparecer bajo la forma de una
determinada cantidad de calor en el lugar en que se consumen, es decir, refiriéndonos
al caso anterior, en la pila. En segundo lugar, es necesario que la energía
por ellas consumida sea, en determinada cantidad, menor que la suministrada
por los procesos químicos de la pila. Y, en tercer lugar, esta diferencia
deberá ser absorbida en el resto del circuito cerrado, pudiendo registrarse
también, aquí, de un modo cuantitativo. Las cifras del cálculo anterior sólo
podrán considerarse definitivas una vez comprobadas por medio de este control
experimental. La comprobación en la cuba electrolítica es todavía más
viable. [Nota
de Engels.]
112
químicamente indiferentes,
es decir, la fuerza de disociación que actúa
en el punto de contacto de los dos metales.
Cuando
leemos la explicación que da Wiedemann de la formación de la corriente, tal
como queda resumida, creemos tener ante los ojos un botón de muestra de
aquella apologética que los teólogos creyentes o semicreyentes oponían, va
ya a hacer cuarenta años, a la crítica filológica e histórica de la Biblia
por Strauss, Wilke, Bruno Bauer y otros. Es exactamente el mismo método. Y no
puede, además, ser otro. En ambos casos se trata de salvar la tradición
heredada frente
a la ciencia capaz de pensar. El empirismo exclusivo, que se permite cuando más
pensar bajo la forma del cálculo matemático, cree operar solamente a base de
hechos incontrovertibles. Pero, en realidad, sólo opera con las ideas
tradicionales, con los frutos en gran parte superados del pensamiento de sus
antecesores, tales como la electricidad positiva y negativa, la fuerza eléctrica
de disociación o la teoría del contacto. Estas ideas tradicionales le sirven
de base para cálculos matemáticos hasta el infinito, en el curso de los
cuales, llevado del rigor de las fórmulas matemáticas, pierde de vista
agradablemente el carácter hipotético de las premisas. Es un tipo de
empirismo tan escéptico en cuanto a los resultados del pensamiento contemporáneo
como crédulo en lo que se refiere el pensamiento de sus antecesores. Hasta
los hechos experimentalmente comprobados se vuelven, poco a poco, para él,
inseparables de sus interpretaciones tradicionales; el más sencillo fenómeno
eléctrico resulta falsificado cuando nos lo imaginamos, por ejemplo,
introduciendo en él de contrabando las dos electricidades; este empirismo no
es ya capaz de describir honradamente los hechos, pues en la descripción se
desliza la interpretación tradicional. En una palabra, tenemos ante nosotros,
en el campo de la teoría eléctrica, una tradición tan desarrollada como la
que encontramos en el terreno de la teología. Y, como en ambos campos, los
resultados de la moderna investigación, la comprobación de hechos hasta
ahora desconocidos o controvertidos y las conclusiones teóricas que
necesariamente se desprenden de ellas echan por tierra implacablemente la
vieja tradición, los defensores de ésta caen en el mayor desconcierto. Se
ven obligados a recurrir a toda suerte de subterfugios, a escapatorias
insostenibles y a paliativos para envolver irreductibles contradicciones, con
lo cual caen en un dédalo de contradicciones sin salida. Lo que aquí enreda
a Wiedemann en la, más inextricable contradicción consigo mismo es la fe en
toda la vieja teoría de la electricidad, tan sólo porque trata
desesperadamente de conciliar de un modo racionalista la vieja explicación de
la corriente por medio de la "fuerza de contacto" con la explicación
moderna a base de la liberación de energía química.
113
Tal
vez se nos objete que la crítica que más arriba se hace del modo como
Wiedemann explica la formación de la corriente se reduce a una disputa
puramente verbal, que es posible que Wiedemann se expresara al principio con
un poco de imprecisión y descuido, pero que, al fin y al cabo, ofrece a pesar
de todo una exposición correcta, a tono con el principio de la conservación
de la energía, con lo cual repara todo el daño. He aquí, como respuesta a
esto, otro ejemplo, su descripción de lo que ocurre en la pila cinc, solución
de ácido sulfúrico, cobre.
"Uniendo
las dos placas con un hilo se produce una corriente galvánica... Por medio del proceso electrolítico30 se desprende del agua30
de la solución de ácido sulfúrico un
equivalente de hidrógeno, que va hacia el cobre en forma de burbujas. Y sobre
el cinc se forma un equivalente de oxígeno, que lo oxida para formar óxido
de cinc, el cual se disuelve en el ácido del medio, dando como resultado el
óxido de cinc sulfatado" (I, pág. 593).
Para
disociar del agua el hidrógeno y el oxígeno se necesita para cada molécula
de agua una energía de 68.924 unidades calóricas. Pues bien, ¿de dónde
sale la energía que actúa en la pila? Se genera, se nos dice, "por
medio del proceso electrolítico". ¿Y de dónde la saca éste? A
esto no se da ninguna respuesta.
Ahora
bien, Wiedemann nos dice más adelante, y no una vez solamente, sino dos (I, págs.
472 y 614), que, en términos generales, "según recientes experimentos,
[en la electrólisis] no se descompone el agua misma", sino, en el caso
que nos interesa, el ácido sulfúrico H2SO4, el cual se
divide, de una parte, en H2 y de otra parte en S03 + O,
mientras que, en determinadas circunstancias, H2 y O pueden
desprenderse en forma de gas. Pero esto hace cambiar todo el carácter del
proceso. El H2
de H2S04 es
directamente sustituido por el cinc bivalente y forma sulfato de cinc ZnSO4
Queda, de una parte, H3 y de otra S03 + O. Los dos gases
se eliminan en la proporción en que forman agua, y S03 se combina
con el agua de la solución H2O para volver a formar SO4H2,
es decir, ácido sulfúrico. Ahora bien, al formarse ZnSO4 se
desarrolla una cantidad de energía que no sólo no basta para eliminar y
liberar el hidrógeno del ácido sulfúrico, sino que deja, además, un
remanente considerable, utilizado, en el caso que nos interesa, para producir
la corriente. Por tanto, el cinc no espera a que el proceso electrolítico
ponga a su disposición el oxígeno libre para oxidarse, primero, y luego
disolverse en el ácido. Por el contrario. Entra directamente en el proceso,
el cual sólo
puede llegar a producirse, en términos
generales, mediante esta incorporación del cinc.
Vemos
aquí cómo las ideas químicas
superadas acuden
en
114
apoyo
de la vieja manera de ver del contacto. Según la concepción moderna, una sal
es un ácido en el que el hidrógeno es sustituido por un metal. El fenómeno
que aquí se trata de estudiar confirma esta concepción: la eliminación
directa del hidrógeno del ácido por el cinc explica perfectamente la
transformación de la energía que aquí se opera. La concepción antigua, que
Wiedemann adopta, considera la sal como la combinación de un óxido metálico
con un ácido y habla, en consecuencia, de óxido de cinc sulfatado, en vez de
sulfato de cinc. Pero, para que en nuestra pila se pueda pasar del cinc y del ácido
sulfúrico al óxido de cinc sulfatado, lo primero que hace falta es que el cinc
se oxide. Para oxidar el cinc con la rapidez necesaria, hace falta disponer de
oxígeno libre. Para disponer de oxígeno libre tenemos que admitir -ya que
aparece el hidrógeno sobre el cinc- que el agua se ha descompuesto. Y, para
descomponer el agua, necesitamos contar con una energía lo bastante poderosa.
¿Cómo obtenerla? Sencillamente, "por medio del proceso electrolítico",
el cual, a su vez, sólo puede operarse una vez que comience a formarse el
producto químico que es su resultado final, o sea "el óxido de cinc
sulfatado". Por donde tenemos que es el hijo el que engendra a la madre.
Como
vemos, pues, también, aquí aparece todo el proceso, en Wiedemann,
completamente invertido y puesto de cabeza; sencillamente, porque Wiedemann
mezcla y revuelve pura y simplemente como elecrólisis, sin más, la electrólisis
activa y la pasiva, que representan dos procesos directamente antagónicos.
___
Hasta
aquí, nos hemos limitado a estudiar lo que ocurre en la pila, es decir, el
proceso en el que un remanente de energía es liberado por la acción química
y convertido por el mecanismo de la pila en electricidad. Ahora bien, sabemos
que este proceso puede aparecer también invertido: la electricidad de la
corriente continua desprendida en la pila partiendo de la energía química
puede, a su vez, transformarse nuevamente en energía química en una cuba
electrolítica intercalada en el circuito. Se trata, evidentemente, de dos
procesos contrapuestos entre sí; considerando el primero como químicoeléctrico,
el segundo será electroquímico. Ambos pueden desarrollarse en el mismo
circuito cerrado y sobre los mismos cuerpos. Así, una pila formada por
elementos gaseosos y cuya corriente se produzca al combinarse el hidrógeno y
el oxígeno para formar agua, puede suministrar en una cuba electrolítica en
circuito los gases hidrógeno y oxígeno, en las proporciones necesarias para
formar agua. La manera corriente de ver unifica estos dos procesos opuestos
bajo un solo nombre: electrólisis, sin detenerse siquiera a
115
distinguir
entre electrólisis activa y pasiva, entre un líquido excitador y un electrólito
pasivo. Así es como Wiedemann habla de la electrólisis en general a lo largo
de 143 páginas, añadiendo al final unas cuantas observaciones sobre "la
electrólisis en la pila", observaciones en las que, además, los
procesos que se desarrollan en las pilas reales sólo ocupan una pequeñísima
parte de las 17 páginas que forman este capítulo de la obra. Esta
contraposición entre pila y cuba electrolítica ni siquiera se menciona en la
"teoría de la electrólisis", que se expone a continuación, y
quien buscara en el capítulo siguiente, titulado "Influencia de la
electrólisis sobre la resistencia de los conductores y la fuerza
electromotriz en el circuito cerrado", ni la más leve referencia a las
transformaciones energéticas que se producen en el circuito, sufriría una
amarga decepción.
Fijémonos
ahora en el "proceso electrolítico" irresistible que, sin aportación
visible de energía, puede disociar a H2 de O y que, en los capítulos
del libro que ahora nos ocupan, desempeñan el mismo papel que antes desempeñara
la misteriosa "fuerza eléctrica de disociación". "Junto al
proceso primario, puramente electrolítico31 de disociación de los iones, nos
encontramos con multitud de procesos secundarios,
puramente químicos, en absoluto
independientes de aquél, que se producen mediante la, acción de los iones
desprendidos por la corriente. Esta acción puede ejercerse sobre la materia
de los electrodos y sobre el cuerpo desintegrado, y, en las soluciones, sobre
el medio solvente" (I, pág. 481). Volvamos ahora a la pila a que hace
poco nos referíamos: cinc y cobre en una solución de ácido sulfúrico. Según
las propias palabras de Wiedemann, los iones que aquí se desprenden son H2
y O, procedentes del agua. Por consiguiente, la oxidación del cinc y la
formación de SO4Zn es, para él, un proceso secundario,
independiente del proceso electrolítico, un proceso puramente químico,
aunque el primero sólo pueda operarse gracias a él. Ahora bien, examinemos
un poco en detalle la confusión a que necesariamente conduce esta inversión
de la marcha real de las cosas.
Atengámonos,
para empezar, a los procesos llamados secundarios que se operan en la cuba
electrolítica y de que Wiedemann pone algunos ejemplos* (págs. 481-482).
I.
Electrólisis de SO4Na2 diluido en agua. "Se
desintegra... en 1 equivalente S03 + 0... y 1 equivalente Na...
Pero éste reacciona sobre el agua
de la solución y desprende de ella 1 equivalente H, a
* Digamos de una vez por todas que Wiedemann emplea siempre los
antiguos valores químicos de los equivalentes, y escribe HO, ZnCl, etc. En
mis ecuaciones me atengo siempre a los pesos atómicos modernos, empleando las
fórmulas H2O, ZnCl, etc. [Nota
de
Engels.]
116
la
par que se que
se forma un equivalente de sodio [NaOH], que se diluye en el agua del
medio". La ecuación es ésta:
Na2S04
+ 2H2O = O + SO3 + NaOH + 2H.
En
este ejemplo cabría, en efecto, considerar la desintegración
Na2
S04 = Na2 + SO3 + O
como
un proceso primario, electroquímico, y la transformación posterior
Na2
+ 2 H2O = 2 NaHO + 2H
como
un proceso secundario, puramente químico. Pero este proceso secundario se
produce directamente sobre el electrodo mismo en que aparece el hidrógeno;
por consiguiente, la cantidad muy importante de energía que se desprende con
este motivo (111.810 unidades calóricas para Na,O,H aq., según Julius
Thomsen) se ha convertido, en su mayor parte, al menos, en electricidad, y
solamente una parte se ha transformado directamente en calor, en la cuba. Sin
embargo, lo mismo puede también suceder con la energía química liberada
directamente o con carácter primario en la pila. Pero la cantidad de energía
que queda así disponible y se convierte en electricidad se sustrae de la que
debe suministrar la corriente para la continua desintegración de SO4Na2.
Si la transformación del sodio en óxido hidratado se revelaba en el momento inicial de todo el proceso como un proceso secundario, en la
segunda fase pasa a ser un factor esencial del conjunto del proceso y deja,
con ello, de tener carácter secundario.
Pero
en esta cuba electrolítica se opera, además, un tercer proceso: caso de que
no llegue a formar una combinación con el metal del electrodo positivo, lo
que desprendería nueva energía, SO2 se combina con H2O
para formar SO4H2, o sea ácido sulfúrico. Sin embargo,
esta transformación no se opera necesariamente en el mismo electrodo y, por
consiguiente, la cantidad de energía liberada aquí (21.320 unidades calóricas,
según J. Thomsen) se convierte totalmente o en su mayor parte en calor en la
célula misma y suministra, además, una pequeñísima parte de la
electricidad a la corriente. Por tanto, Wiedemann ni siquiera menciona el único
proceso realmente secundario que se desarrolla en esta célula.
II.
"Si se somete a electrólisis una solución de sulfato de cobre [CuSO4
+ 5H2O] entre un electrodo positivo de cobre y un electrodo
negativo de platino, se desprende -al tiempo que se desintegra una solución
de ácido sulfúrico en el mismo circuito- sobre el electrodo negativo de
platino un equivalente de cobre por un equivalente
de agua
desintegrada; en el
electrodo positivo
117
debiera
parecer un equivalente SO4, pero éste se combina con el cobre
del electrodo para formar un equivalente CuSO4, que se disuelve en el
agua de la solución de la electrólisis" [I, pág. 481].
Traducido
esto al lenguaje moderno de la química, tendríamos que representarnos el
proceso del modo siguiente: sobre el platino, se produce una precipitación de
Cu, y el SO4 liberado, que no puede subsistir aisladamente, se
desintegra en SO3 + O, cuyo O se desgaja libremente; SO3
toma del agua de la solución H2O para formar SO4H2,
el cual se combina de nuevo, desgajándose H2, con
el cobre del electrodo para formar CuSO4.
En realidad, tenemos aquí ante nosotros tres
procesos: 1) disociación de Cu y SO,; 2) SO3 + O + H20 =
SO4H2 + O; 3) H2SO4 + Cu = H2
+ CuSO4. Sería fácil considerar el primero de estos tres procesos
como primario y los otros dos como secundarios. Pero si planteamos el problema
de las mutaciones de energía que aquí se operan, vemos que el primer proceso
queda íntegramente compensado con una parte del tercero: la disociación del
cobre de SO4 se compensa con su incorporación al otro electrodo. Si
hacemos caso omiso de la energía que se necesita para hacer que el cobre pase
de un electrodo al otro y de la pérdida de energía inevitable (que no es
posible determinar de manera exacta) en la pila por el hecho de su transformación
en calor, estaremos precisamente ante el caso en que el proceso supuestamente
primario no sustrae energía alguna a la corriente. La corriente suministra
energía sólo para permitir la disociación, además indirecta, de H2
y O, que se revela como el resultado químico real de todo el proceso; es decir,
para operar un proceso secundario
o incluso terciario.
En
los dos casos ya enunciados, al igual que en otros, la distinción entre
procesos primarios y secundarios tiene una innegable justificación relativa. En
ambos casos, se ve que se desintegra también el agua y que los elementos de ésta
se disocian en los electrodos contrapuestos. Y como, según los experimentos más
recientes, el agua absolutamente pura se acerca lo más posible al ideal de un
cuerpo no conductor y también, por tanto, a uno no electrólito, tiene su
importancia demostrar que, en estos casos y en otros parecidos, no es el agua la
que directamente se desintegra por vía electroquímica, sino que los elementos
del agua se desprenden del ácido, a cuya formación debe, sin embargo,
contribuir aquí el agua de la solución.
III.
"Si sometemos simultáneamente a la electrólisis, en dos tubos en forma de
U..., ácido clorhídrico [HCl + 2H2O]... y empleamos en un tubo un
electrodo positivo de cinc y en el otro un electrodo positivo de cobre,
tendremos que en el primer tubo se disuelve una cantidad de cinc de 32,53 y en
segundo una cantidad de cobre de 2 X 31,7"32.
118
Por
el momento, dejemos a un lado el cobre y atengámonos al cinc. Para Wiedemann,
el proceso primario lo constituye aquí la disociación de HCl y el proceso
secundario la disolución de Zn.
Según
esta concepción, la corriente introduce desde fuera en la cuba electrolítica
la energía necesaria para que se produzca la disociación de H y Cl y, después
de operarse ésta, Cl se une a Zn, lo que libera una cantidad de energía que
se resta de la que es necesaria para disociar H de Cl; basta, pues, con que la
corriente suministre la diferencia. Hasta aquí, todo marcha bien; pero si nos
fijamos un poco más de cerca en las dos cantidades de energía, vemos que la
energía liberada con motivo de la formación de ZnCl2 es
mayor
que la energía consumida para la disociación de 2HCl; es decir, que
la corriente no sólo no necesita suministrar energía, sino que, lejos de
ello, la recibe. Ya no
tenemos ante nosotros un electrólito pasivo, sino un líquido excitador; no
una cuba electrolítica, sino una pila que viene a reforzar con un nuevo
elemento el generador de corriente; el proceso que se nos había dicho que debíamos
considerar secundario se convierte en absolutamente primario, en la fuente de
energía del conjunto del proceso, que hace a éste independiente de la
aportación de corriente del generador.
Vemos
claramente aquí cuál es la fuente de que emana toda la confusión reinante
en la exposición teórica de Wiedemann. Este parte de la electrólisis, sin
entrar a examinar para nada si se trata de una electrólisis activo o pasiva,
si tiene ante sí una pila o una célula electrolítica. Como decía el viejo
comandante al doctor en filosofía enrolado como voluntario, "un cirujano
es un cirujano".33 Y
como la electrólisis se estudia mucho más fácilmente en la cuba electrolítica
que en la pila, Wiedemann parte efectivamente de la cuba electrolítica y
erige los procesos que en ella se efectúan y su clasificación parcialmente
justificada en procesos primarios y secundarios en criterio de los procesos
que cabalmente a la inversa se operan en la pila, sin darse cuenta siquiera de
cómo, insensiblemente, la cuba se convierte en pila. De ahí que pueda
formular este principio: "La afinidad química de los cuerpos disociados
hacia los electrodos no influye en el proceso propiamente electrolítico"
(I, pág. 471), principio que, enunciado bajo esta forma absoluta, es, como
hemos visto, totalmente falso. Y de ahí también, en seguida, su triple teoría
sobre el modo como se forma la corriente: primero, la vieja teoría
tradicional, basada en el puro contacto; segundo, la teoría que tiene como
base la fuerza eléctrica de disociación, concebida ya de un modo más
abstracto y que, por modo inexplicable, se procura o procura al "proceso
electrolítico" la energía necesaria para disociar en la pila los
elementos H y Cl y producir, además,
una corriente; por último,
la teoría
moderna,
119
químicoeléctrica,
según la cual la fuente de toda la energía es la suma algebraica de todas
las acciones químicas que se operan en la pila. Lo mismo que no advierte que
la segunda explicación anula la primera, no tiene ni la más remota idea de
que, a su vez, la tercera echa por tierra la segunda. Lejos de ello, se
empalma a la vieja teoría transmitida por la rutina, de un modo puramente
externo, el principio de la conservación de la energía, a la manera como se
añade un nuevo teorema geométrico a los anteriores. A Wiedemann ni siquiera
se le pasa por las mientes pensar que este principio obliga a revisar todas
las concepciones tradicionales, en este campo de las ciencias naturales y en
los demás. De ahí que se limite a registrarlo, con motivo de la explicación
de la corriente, después de lo cual lo deja tranquilamente a un lado, para
destacarlo de nuevo solamente al final del libro, en el capítulo que trata de
los efectos de la corriente. Ni siquiera en la teoría de la excitación eléctrica
por contacto (I, págs. 781 ss.) desempeña ningún papel el principio de la
conservación, en cuanto a lo esencial, de la energía, y solamente de un modo
ocasional se recurre a él, para esclarecer los puntos accesorios; es y sigue
siendo simplemente un "proceso secundario".
Volvamos
al ejemplo III de más arriba. En este ejemplo, la misma corriente
electrolizaba de ácido clorhídrico en dos tubos en forma de U, pero en uno
de ellos se empleaba cinc y en el otro cobre, como electrodo positivo. Según
la ley electrolítica fundamental de Faraday, la misma corriente galvánica
desintegra en cada cuba cantidades equivalentes de un electrólito y las
cantidades de los cuerpos desprendidos sobre los dos electrodos guardan también
entre sí la razón de equivalente (I, pág. 470). Ahora bien, se ha
comprobado que, en el caso que nos interesa, en el primer tubo se disuelve la
cantidad de cinc 32,53 y en el otro tubo la cantidad de cobre 2 X 31,7.
"Esto, sin embargo -prosigue Wiedemann-, no demuestra la equivalencia de
estos valores. Sólo se los observa con corrientes muy débiles acompañadas
por la formación de cloruro de cinc, de una parte, y de la otra de cloruro de
cobre. Con corrientes más intensas, con la misma cantidad de cinc disuelta,
la cantidad de cobre disuelto descendería a 31,7..., aumentando también las
cantidades de cloro".
Sabemos
que el cinc sólo forma con el cloro una combinación: el cloruro de cinc,
ZnCl2; el cobre, en cambio, forma dos, el cloruro cúprico, CuCl2,
y el cloruro cuproso, Cu2Cl2. El proceso se desarrolla,
por tanto, de tal modo que la corriente débil separa del electrodo dos átomos
de cobre, que permanecen unidos entre sí por una de sus unidades de valencia,
al paso que sus dos unidades de valencia
libres se combinan con
dos átomos de cloro
120
Cu----------Cl
|
Cu----------Cl
En
cambio, al reforzar la corriente, disocia totalmente los átomos de cobre el
uno del otro, y cada uno de ellos se combina por separado con dos átomos de
cloro:
Si la
corriente es de intensidad media, se forman paralelamente las dos
combinaciones. Como se ve, es la intensidad de la corriente, por sí sola, la
que determina la formación de una de las combinaciones, lo que quiere decir
que no se trata de un proceso esencialmente electroquímico,
si
es que este término encierra algún sentido. No obstante lo cual Wiedemann lo
declara expresamente como un proceso secundario, es decir, no electroquímico,
sino puramente químico.
El
experimento anterior procede de Renault (1867) y forma parte de toda una serie
de experimentos parecidos, en los que la misma corriente pasa por un tubo en
forma de U, a través de una solución de sal de cocina (electrodo positivo de
cinc) y, en otra cuba, a través de diferentes electrólitos, teniendo como
electrodo positivo diversos metales. En este caso, las cantidades de los otros
metales disueltos por un equivalente de cinc difieren mucho unas de otras, y
Wiedemann consigna los resultados de toda la serie de experimentos, resultados
que sin embargo son de hecho químicamente evidentes y no pueden ser de otro
modo. Así, por ejemplo, por un equivalente de cinc sólo quedan 2/3 de
equivalente de oro disueltos en el ácido clorhídrico. Lo cual no tiene nada
de sorprendente, salvo en el caso en que, como hace Wiedemann, se mantengan en
pie los viejos pesos de equivalencia y se adopte para el cloruro de cinc la fórmula
ZnCl, en la cual el cloruro y el cinc sólo aparecen en el cloruro con una
unidad de valencia. En realidad, el cloruro contiene por cada átomo de cinc
dos átomos de cloro (ZnCl2) y, tan pronto como conocemos esta fórmula,
vemos inmediatamente que, en la determinación de las anteriores
equivalencias, debe tomarse como unidad el átomo de cloro, y no el átomo de
cinc. Ahora bien, la fórmula del cloruro de oro es AuCl3; en este
caso, es evidente que 3ZnCl2 contienen la misma cantidad de cloruro
que 2AuCl, y, por consiguiente, todos los procesos operados en la pila o en la
cuba, ya sean primarios, secundarios o terciarios, se verán obligados a no
transformar ni más ni menos de 2/3
partes
121
de
peso34 de oro en cloruro
de oro por cada parte de peso34 de cinc transformada en cloruro de cinc. Y esta norma tiene un valor
absoluto, a menos que sea posible producir también por vía galvánica la
combinación AuCl, en cuyo caso sería necesario que por cada equivalente de
cinc se disolvieran dos equivalentes de oro, en cuyo caso se producirían,
evidentemente, según la intensidad de la corriente, las mismas variaciones que
más arriba veíamos con respecto al cobre y al cloro. La importancia de los
experimentos de Renault consiste en que ponen de manifiesto cómo la ley de
Faraday se ve confirmada por hechos que aparentemente la contradicen. Pero no se
ve en qué puedan estos experimentos contribuir a esclarecer los procesos
secundarios en la electrólisis.
El
tercer ejemplo puesto por wiedemann nos hacía volver nuevamente de la cuba
electrolítica a la pila. Y es, en efecto, la pila la que presenta, con mucho,
mayor interés cuando se trata de estudiar los procesos electrolíticos desde el
punto de vista de las transformaciones de energía que las acompañan. Así, no
es raro encontrarse con pilas en las que los procesos químicoeléctricos
parecen hallarse en contradicción directa con la ley de la conservación de la
energía y efectuarse en consonancia con las leyes de la afinidad química.
Según
los cálculos de Poggendorff, la pila cinc, solución concentrada de sal marina
y platino, da una corriente de intensidad 134,6. Por consiguiente, nos
encontramos aquí con una cantidad bastante respetable de energía, la tercera
parte más que en la pila de Daniell. ¿De dónde procede la energía que
aparece aquí bajo forma de electricidad? El proceso "primario" es el
desplazamiento del sodio de la combinación con el cloro por la acción del
cinc. Pero, en la química usual, no es el cinc el que desplaza al sodio, sino a
la inversa, el sodio desplaza al cinc de las combinaciones con el cloro y de
otras combinaciones. El proceso "primario", lejos de poder traspasar a
la corriente la cantidad de energía señalada más arriba, necesita, por el
contrario, él mismo un suministro de energía del exterior, para poder
efectuarse. Por tanto, nos vemos de nuevo empantanados simplemente con este
proceso "primario". Fijémonos, pues, en cómo ocurren realmente las
cosas. Y, entonces, vemos que la transformación que aquí se opera no es
Zn +
2 NaCl = ZnCl2 + Na,
sino
Zn +
2NaCl + 2H2O = ZnCl2 + 2 NaOH -I- H2.
122
En
otras palabras, el sodio no se desprende libremente en el electronegativo,
sino que se oxidratiza, como ocurría más arriba, en el ejemplo I (Págs.
[115-116]).
Para
calcular las transformaciones de energía que aquí se producen nos brindan,
por lo menos, un punto de apoyo los cálculos de Julius Thomsen. Según sus fórmulas,
tenemos la siguiente cantidad de energía liberada en las combinaciones señaladas
a continuación:
(ZnCl2
= 97.210, (ZnCl2, aqua) = 15.630,
o
sea, en total, para la solución de
Cloruro
de cinc
= 112.840 unidades calóricas
2
(Na, O, H, aqua)
= 223.620 "
"
336.460 "
"
De
aquí hay que restar, como consumo de energía en las disociaciones
2
(Na, Cl, aq.)
= 193.020 unidades calóricas
2
(H2 O)
= 136.720
"
"
329.740 "
"
Remanente
de energía liberada =
6.720 "
"
Esta
suma es, evidentemente, pequeña para la intensidad de corriente obtenida por
Poggendorff, pero basta para explicar, de una parte, la separación del sodio
del cloro y, de otra parte, la formación de la corriente, en general.
He
aquí un ejemplo palmario de que la distinción entre procesos primarios y
procesos secundarios es perfectamente relativa y nos conduce ad
absurdum cuando se la presenta como absoluta. El proceso electrolítico
primario, aisladamente considerado, no sólo no puede producir corriente, sino
ni siquiera llegar a operarse. Sólo el proceso secundario, el que se presenta
como proceso puramente químico, permite que llegue a operarse el proceso
primario y suministra, además, todo el remanente de energía necesario para
la formación de la corriente. Lo que quiere decir que este proceso se revela,
en realidad, como el primario y el otro como el secundario. Cuando Hegel
trocaba dialécticamente en lo contrario de ellas las diferencias y los
antagonismos fijos inventados por los metafísicos y los naturalistas que se
dejaban llevar de la metafísica, se le acusaba de tergiversar las palabras
empleadas por éstos. Ahora bien, si vemos que la propia naturaleza procede
con respecto a estas diferencías y estos
antagonismos exactamente lo
mismo que
el
123
viejo
Hegel, ¿no habrá llegado la hora de estudiar la cosa un poco más de cerca?
Con
mayor razón podemos considerar secundarios los procesos que se operan,
ciertamente, como consecuencia del
proceso químicoeléctrico de la pila o del proceso electroquímico de la cuba
electrolítica, pero independientemente y aparte de ellos y que, por tanto, se
efectúan a cierta distancia de los electrodos. Las transformaciones de energía
que se producen con motivo de estos procesos secundarios no entran tampoco,
por consiguiente, en el proceso eléctrico, ya que no sustraen a él
directamente energía ni se la suministran. Procesos de éstos se presentan
con mucha frecuencia en la cuba electrolítica; más arriba (I), hemos visto
un ejemplo de ellos, con la formación de ácido sulfúrico en la electrólisis
del sulfato de sodio. Sin embargo, estos procesos presentan aquí menos interés.
En cambio, tiene mayor importancia práctica su manifestación en la pila. En
efecto, si no añaden ni sustraen directamente energía al proceso químicoeléctrico,
sí modifican la cantidad total de energía disponible existente en la pila,
influyendo, por tanto, indirectamente en ella.
Aquí
hay que clasificar, además de las transformaciones químicas adicionales de
tipo corriente, los fenómenos que se presentan cuando los iones se desprenden
sobre los electrodos bajo un estado distinto de aquel en que de ordinario
aparecen libremente, pasando a este estado solamente después de haberse
alejado de los electrodos. Los iones pueden, al mismo tiempo, asumir otra
densidad u otro estado de cohesión. Pero pueden también sufrir importantes
transformaciones desde el punto de vista de su estructura molecular, y es ésta
la posibilidad más interesante de todas. En todos estos casos, corresponde
una variación análoga de calor a estas transformaciones químicas o físicas
secundarias; en la mayor parte de los casos, se produce liberación de calor,
y en casos aislados consumo de él. Al comienzo, esta variación de calor se
limita, evidentemente, al lugar en que se manifiesta; el líquido de la pila o
de la cuba electrolítica se calienta o se enfría, pero el resto del circuito
permanece inalterado. De ahí que se dé a este calor el nombre de calor
local. Por tanto, la energía química liberada que queda disponible para
convertirse en electricidad aumenta o disminuye con el equivalente de este
calor positivo o negativo producido en la pila. Según los cálculos de Favre,
en una pila de peróxido de hidrógeno y de ácido clorhídrico, los 2/3 del
total de energía liberada se consumieron bajo forma de calor local; en
cambio, la pila de Grove se enfrió considerablemente después de cerrarse el
circuito, aportándole por tanto energía del exterior por absorción
de calor. Vemos,
de este
modo, que
incluso estos
124
procesos
secundarios reaccionan sobre el proceso primario. Cualquiera que sea el modo
como abordemos el problema, la distinción entre procesos primarios y
secundarios sigue siendo puramente relativa y desaparece, por lo regular, en la
acción mutua de unos sobre otros. Y si se pierde de vista esto, para considerar
estas contraposiciones relativas como absolutas, se acaba cayendo sin remisión
en contradicciones como las que veíamos más arriba.
Sabemos
que, al producirse el desprendimiento electrolítico de gases, los electrodos de
metal se cubren de una delgada capa gaseosa; y, en seguida, la intensidad de la
corriente disminuye hasta que los electrodos se hallan saturados de gas, después
de lo cual la corriente debilitada vuelve a ser constante. Favre y Silberman han
demostrado que en esta cuba electrolítica vemos que se produce también calor
local; y éste sólo puede proceder de la circunstancia de que los gases no se
han liberado en los electrodos en el estado en que ordinariamente se
manifiestan, sino que, después de separarse de los electrodos, sólo se los
puede volver a su estado habitual mediante otro proceso unido a un
desprendimiento de calor. Ahora bien, ¿en qué estado se desprenden los gases
en los electrodos? Acerca de esto, no es posible expresarse con mayor prudencia
que lo hace Wiedemann. Este lo llama, simplemente, un "cierto" estado,
un estado "alotrópico" o "activo" y, a veces, por último,
en el caso del oxígeno, un "estado de ozonización". En el caso del
hidrógeno, se expresa todavía de un modo mucho más misterioso. A este propósito,
siente uno traslucir la opinión de que el ozono y el peróxido de hidrógeno
son las formas bajo las cuales se realiza este estado "activo". Sin
embargo, el ozono obsesiona a nuestro autor hasta el punto de llegar a explicar
las propiedades extraordinariamente electronegativas de ciertos peróxidos
diciendo ¡que
"tal vez contengan una parte del oxígeno en estado
ozonizado"!35 (I, pág.
57). Es cierto que en lo que se llama la desintegración del agua se forma tanto
ozono como peróxido de hidrógeno, pero sólo en pequeñas cantidades. No
tenemos ninguna clase de razones para suponer que, en el caso de que se trata,
el calor local se halle condicionado por el hecho de que se produzcan
primeramente y luego se desintegren cantidades más o menos importantes de las
dos combinaciones de más arriba. No conocemos el calor de formación del ozono,
O3, partiendo de los átomos
libres
de oxígeno. La
del peróxido de hidrógeno, partiendo
de H2O (líquido)
+ O, es,
según Berthelot = -21.480;
por tanto, el nacimiento de esta combinación en grandes cantidades determinaría
un fuerte suplemento de energía (aproximadamente, un 30 por 100 de la
energía necesaria para la
disociación de H2
y O), el cual, sin embargo, debería
saltar a
los ojos y
ser susceptible
de
125
demostración.
Finalmente, el ozono y el peróxido de hidrógeno sólo explicarían los fenómenos
relacionados con el oxígeno (no tomando en consideración las inversiones de
corriente, que determinarían la confluencia de gases en los mismos
electrodos), pero no los referentes al hidrógeno. Y, sin embargo, también éste
se desprende en estado "activo", y de tal modo, además, que en la
combinación solución de nitrato de potasio entre electrodos de platino se
combina directamente con el ázoe desprendido del ácido, para formar amoníaco.
En
realidad, todas estas dificultades y todos estos casos problemáticos no
existen. El desprender cuerpos "en estado activo" no es monopolio
del proceso electrolítico. Cualquier descomposición química conduce a ese
resultado. Precipita el cuerpo químico liberado primeramente bajo la forma de
átomos libres, O, H, N, etc., que sólo después de su liberación pueden
unirse para formar moléculas, O2H2N2, etc.,
cediendo con motivo de esta combinación determinada cantidad de energía, que
no es posible, sin embargo, precisar y que aparece bajo la forma de color.
Ahora bien, durante el instante infinitamente breve en que los átomos quedan
libres, son portadores de toda la cantidad de energía que pueden, en general,
asumir; y, hallándose en posesión de este máximum de energía, quedan en
libertad para entrar en cualquier combinación que se les ofrezca. Se hallan,
pues, "en estado activo" con relación a las moléculas O2,H2,N2,
que han cedido ya una parte de esta energía y no pueden entrar en una
combinación con otros cuerpos a menos que de nuevo se les suministre desde
fuera la cantidad de energía que han cedido. No necesitamos, pues, en
absoluto, recurrir antes de nada al ozono y al peróxido de hidrógeno, los
cuales no son, por si mismos, otra cosa que productos de este estado activo.
Incluso sin necesidad de pila, podemos abordar, simplemente por la vía química,
por ejemplo la formación de amoníacos a que acabamos de referirnos con
motivo de la electrólisis del nitrato de potasio: basta con añadir ácido azótico
a una solución de nitrato a un líquido en el cual se haya liberado hidrógeno
por medio de procesos químicos. El estado activo del hidrógeno es el mismo
en ambos casos. Pero lo interesante del proceso electrolítico es que, en él,
el caso se hace tangible, por así decirlo, la exigencia infinitamente pequeña
de átomos libres. El proceso se divide en dos fases: la electrólisis
suministra los átomos libres en los electrodos, pero su combinación para
formar moléculas se efectúa solamente a cierta distancia de los electrodos.
Por infinitamente pequeña que esta distancia sea desde el punto de vista de
las relaciones entre masas, basta, sin embargo, para impedir, en su mayor
parte al menos, la utilización para el proceso eléctrico de la
energía liberada con motivo de la
formación de las
moléculas y
126
para
determinar,de este modo, su transformación en calor, el calor local en la
pila. Se ha comprobado así, sin embargo, que los elementos se han desprendido
en estado de átomos libres y han subsistido durante un momento, en la pila,
bajo ese estado. Este hecho, que la química pura sólo permite sentar por vía
de razonamiento, aparece demostrado aquí de un modo experimental, en la
medida en que ello es posible sin la percepción sensible de los átomos y las
moléculas. Y en ello reside la alta importancia científica del llamado calor
local de la pila.
____
La
transformación de la energía química en electricidad por medio de la pila
galvánica es un proceso acerca del cual apenas sabemos nada ni llegaremos a
saberlo hasta que no conozcamos mejor el modus
operandi [modo de actuar] del mismo movimiento eléctrico.
Se
atribuye a la pila una "fuerza eléctrica de disociación",
determinada para cada pila en particular. Como hemos visto desde el primer
momento, Wiedemann supone que esta fuerza eléctrica de disociación no es una
forma determinada de la energía. Por el contrario, no es, desde el primer
momento, otra cosa que la capacidad, la propiedad que tiene una pila de
convertir en electricidad, en una unidad de tiempo, una determinada cantidad
de energía química liberada. Por sí misma, esta energía química no asume
nunca, en todo el curso del proceso, la forma de la "fuerza eléctrica de
disociación", sino que reviste, por el contrario, inmediata y
directamente, la forma de lo que se llama "fuerza electromotriz", es
decir, del movimiento eléctrico. El hecho de que, en la vida corriente, se
hable de la fuerza de una máquina de vapor, en el sentido de que puede
convertir, en una unidad de tiempo, determinada cantidad de calor en
movimiento de masas, no es razón para introducir también en el campo de la
ciencia esta confusión de conceptos. Del mismo modo podríamos hablar de las
diferentes fuerzas de una pistola, una carabina, un fusil de cañón liso o de
un fusil de tiro largo, ateniéndonos al hecho de que estas armas disparan a
diferentes distancias, partiendo de una carga de pólvora y un peso del
proyectil iguales. Sólo que aquí salta claramente a la vista lo absurdo que
es expresarse de este modo. Todo el mundo sabe que es la inflamación de la
carga de pólvora la que pone la bala en movimiento y que el diferente alcance
de cada arma depende de la cantidad mayor o menor de energía malgastada según
la longitud del cañón, del juego del proyectil36 y de su forma.
Pues bien, lo mismo ocurre con la fuerza del vapor y la fuerza eléctrica de
disociación. Dos máquinas de vapor -en
igualdad de circunstancias,
127
es
decir, suponiendo que sean iguales las cantidades de energía liberada por
ambas, en los mismos intervalos de tiempo- o dos pilas galvánicas que
respondan a idénticas condiciones, sólo se distinguen, en lo que se refiere
al trabajo que ellas suministran, por la suma mayor o menor de energía que en
ellas se malgasta. Y si la técnica de las armas de fuego se las ha arreglado
hasta ahora sin necesidad de recurrir a una fuerza de tiro especial de los
fusiles, no vemos la razón de que la ciencia de la electricidad tenga por qué
admitir una "fuerza eléctrica de disociación" análoga a esta
fuerza de tiro, fuerza que no encierra la menor energía y que es, por tanto,
incapaz de suministrar por sí misma ni la millonésima parte de un
miligramo-milímetro de trabajo.
Y
lo mismo puede decirse de la segunda forma de esta "fuerza eléctrica de
disociación", que es la "fuerza eléctrica de contacto de los
metales", mencionada por Helmholtz. No es otra cosa que la propiedad que
tienen los metales de transformar en electricidad, por su contacto, otras
fuentes de energía existente. Se trata, lo mismo que en el caso anterior, de
una fuerza en que no se contiene ni la menor chispa de energía. Admitamos,
con Wiedemann, que la fuerza energética de la electricidad de contacto reside
en la fuerza viva del movimiento de adherencia: en tal caso, esta energía
existirá primeramente bajo la forma de este movimiento de masas y, al
desaparecer, se convertirá inmediatamente en movimiento eléctrico, sin
asumir ni por un momento la forma de "fuerza eléctrica de
contacto".
Y
ahora se nos dice, por añadidura, que la fuerza electromotriz, es decir, la
energía química que reaparece bajo la forma de movimiento eléctrico, ¡es
-según quienes tal cosa afirman- proporcional a esta "fuerza eléctrica
de disociación", que, no sólo no encierra energía alguna, sino que no
puede, en absoluto, encerrarla, por su concepto mismo! Esta
proporcionalidad entre energía y no energía forma, evidentemente, parte de
las mismas matemáticas en las que figura la relación entre la unidad de
electricidad y el miligramo". Pero, detrás de esa forma absurda que sólo
debe su existencia al hecho de concebir una simple propiedad como una fuerza mística, se esconde una tautología perfectamente
simple: la capacidad de una determinada pila de transformar en electricidad la
energía química liberada se mide... ¿por qué? Por la cantidad de energía
que reaparece en el circuito bajo la forma de electricidad con respecto a la
energía química consumida en la pila. Eso es todo.
Para
llegar a una fuerza eléctrica de disociación, hay que tomar en serio el
recurso forzoso de dos fluidos eléctricos. Para hacerlos pasar de su neutralidad
a su polaridad y, por tanto, para
128
disociarlos
al uno del otro, se necesita cierta cantidad de energía... que es la fuerza
eléctrica de disociación. Una vez separados, las dos electricidades pueden
ceder de nuevo la misma cantidad de energía, al fundirse: es la fuerza
electromotriz. Pero como, actualmente, nadie, ni siquiera Wiedemann, considera
las dos electricidades como cosas dotadas de una existencia efectiva, el
extenderse sobre esta manera de ver las cosas sería escribir para un público
difunto.
El
error fundamental en que incurre la teoría del contacto estriba en la
imposibilidad de sobreponerse a la idea de que la fuerza de contacto o fuerza
eléctrica de disociación es, según ella, una
fuente
de energía, cosa en
verdad difícil, después de haber convertido en
fuerza la simple propiedad que un aparato tiene de servir de
agente a la transformación de energía, pues se pretende precisamente que una
fuerza
sea una determinada forma de energía. Por no lograr desembarazarse
de esta oscura noción de la fuerza -aunque, por lo demás, se le imponga la
idea moderna de la imposibilidad de destruir o de crear la energía- es por lo
que Wiedemann cae en la absurda explicación núm. I
de la corriente y en todas las contradicciones que a continuación
hemos puesto de manifiesto.
Si
la expresión "fuerza eléctrica de disociación" encierra un
contrasentido directo, la otra, la de "fuerza electromotriz",
resulta, por lo menos, superflua. Hemos conocido motores térmicos mucho antes
de que se inventaran los motores eléctricos, lo que no es obstáculo para que
la teoría del calor se las arregle perfectamente bien sin necesidad de
recurrir a una especial fuerza termomotriz. Así como el simple término de
calor engloba todos los fenómenos de movimiento que forman parte de esta
forma de energía, así también el término de electricidad puede abarcar
todos los fenómenos que caen dentro de su campo. Y existen, además, muchas
formas de acción de la electricidad que no son directamente
"motrices": la imantación del hierro, la desintegración química,
la transformación en calor. Finalmente, en todas las ciencias naturales e
incluso en la mecánica, representa siempre un progreso el poder
desembarazarse, donde sea, de la palabra
fuerza.
Hemos
visto que Wiedemann no aceptaba sin cierta repugnancia la explicación química
de los procesos operados en la pila. Esta repugnancia no le abandona jamás;
dondequiera que puede echarle algo en cara a la teoría llamada química,
podemos estar seguros de que lo hace. Así, vemos que dice: "No se ha
demostrado en absoluto que la fuerza electromotriz sea proporcional a la
intensidad de la acción química" (I, pág. 791). Y es evidente que esta
proporcionalidad no se manifiesta en todos y cada uno de los casos; pero en aquellos en que no aparece,
sólo se
129
muestra
con ello que la pila está mal construida y que se produce en ésta un
despilfarro de energía. Por eso el propio Wiedemann tiene toda la razón
cuando, en sus deducciones teóricas, no toma para nada en cuenta las
circunstancias accesorias de este tipo que vienen a alterar la pureza del
progreso, y asegura sin andarse con rodeos que la fuerza electromotriz de un
elemento es igual al equivalente mecánico de la acción química que en una
unidad de tiempo produce en él la unidad de intensidad de corriente.
En
otro pasaje, leemos: "Que, además, en la pila ácido-álcali la combinación
del ácido y el álcali no es la causa de la formación de la corriente se
desprende de los experimentos de los §§ 61 (Becquerel y Fechner), 260 (Du Bois-Reymond) y 261 (Worm-Müller),
según los cuales, en ciertos casos, cuando el ácido y el álcali no se
combinan en cantidades equivalentes, no existe corriente, así como del
experimento citado en el § 62 (Henrici),
según el cual la fuerza electromotriz se produce del mismo modo, ya se
intercale o no una solución de salitre entre la solución de potasio cáustico
y el ácido azótico" (I, pág. 791).37
Nuestro
autor estudia muy seriamente el problema de si la combinación del ácido y el
álcali constituye una de las causas de la formación de la corriente. Así
formulada, la pregunta tiene fácil respuesta. La combinación del ácido y el
álcali origina, primeramente, la formación de una sal, acompañada de
la liberación de energía. El que esta energía revista en su totalidad o en
parte la forma de electricidad depende de las circunstancias en que se produce
su liberación. Por ejemplo, en una pila formada por ácido azótico y una
solución de potasa cáustica entre electrodos de platino, así ocurrirá, por
lo menos parcialmente, siendo, en cambio, indiferente que se intercale ó no
una solución de salitre entre el ácido y el álcali, lo que podrá, a lo sumo,
amortiguar la formación de la sal, pero no impedirla. Pero, si se opera a
base de una pila del tipo Worm-Müller, a la que Wiedemann hace constantemente
referencia, en la que el ácido y la solución del álcali ocupan el centro,
con una solución de su sal en los dos extremos, que tenga, además el mismo
grado de concentración que la solución formada en la pila, es evidente que
no puede generarse corriente alguna, ya que por razón de los elementos
situados en las puntas -puesto que en todas partes se forman cuerpos idénticos-,
no puede surgir ninguna clase de iones. Se
ha impedido, pues, que la energía liberada se transforme en electricidad tan
directamente como si no se hubiese cerrado el circuito; hay que extrañarse,
por tanto, de que no se produzca corriente. Ahora bien, que en general el ácido
y el álcali pueden producir
una corriente
lo revela
la pila
carbón, ácido
130
sulfúrico
(solución al 10 por 100, potasa; solución al 10 por 100, carbón), que
tiene, según Raoult, una intensidad de corriente de 73;* y que, con una disposición apropiada de la pila, pueden suministrar una
intensidad de corriente que corresponde a la gran cantidad de energía
liberada con motivo de su combinación, se desprende del hecho de que las más
poderosas pilas que se conocen se basan casi exclusivamente en la formación
de sales de álcali, como ocurre, por ejemplo, con los cálculos de
Wheatstone: platino, cloruro de platino, amalgama de potasio, corriente de
intensidad 230; peróxido
de plomo, solución de ácido sulfúrico, amalgama de potasio = 326; peróxido
de manganeso, en vez de peróxido de plomo = 280; sin embargo, cuantas veces
se empleaba amalgama de cinc, en vez de la de potasio, la intensidad de la
corriente disminuía casi exactamente en 100. Y lo mismo, en la pila peróxido
de manganeso sólido, solución de permanganato de potasio, solución de
potasa cáustica, potasio, ha obtenido Beetz la intensidad de corriente 302; además,
platino, solución de ácido sulfúrico, potasio = 293,8; Joule:
platino, ácido azótico, solución de potasa cáustica, amalgama de potasio =
302. La
"causa" a que se debe el que se formen estas corrientes
excepcionalmente intensas hay que buscarla, sin duda alguna, en la combinación
de ácido y de álcali o de metal alcalino y en la gran cantidad de energía
que se libera en este caso.
Dos
o tres páginas más adelante volvemos a leer en Wiedemann: "Hay que
tener mucho cuidado, sin embargo, con no considerar directamente el
equivalente-trabajo de la acción química total que aparece en el punto de
contacto de los metales heterogéneos como la medida de la fuerza
electromotriz en el circuito cerrado. Cuando, por ejemplo, en la pila
ácido-álcali (iterum Crispinus!)38
de Becquerel se combinan estos dos cuerpos, cuando en la pila platino,
salitre fundido y carbón, arden, o cuando, en una pila corriente: cobre, cinc
impuro y ácido sulfúrico diluido, el cinc se disuelve rápidamente con
formación de corrientes locales, gran parte del trabajo suministrado (debería
decirse de la energía liberada) en estos procesos químicos... se convierte
en calor y se pierde, por tanto, para la corriente total" (I, pág. 798). Todos estos procesos se entroncan a la pérdida
de energía en la pila; nada tienen que ver con el hecho de que el movimiento
eléctrico nace de la energía química transformada, sino solamente con la
cantidad de energía que se transforma.
Los
especialistas en electricidad han dedicado un tiempo y un esfuerzo infinitos a
componer las pilas más
diversas y
a medir la
* En todas las indicaciones acerca de la
intensidad de corriente se calcula a base de la pila de Daniell = 100. [Nota
de Engels.]
131
"fuerza
electromotriz" de éstas. Los materiales experimentales así acumulados
contienen muchas cosas valiosas, pero son más, sin duda alguna, las cosas
carentes de valor que en ellas se encuentra. ¿Qué valor científico poseen,
por ejemplo, los experimentos científicos en los que se utiliza como electrólito
el "agua", que, como ha demostrado ahora Kohlrausch, es el peor
conductor y, por tanto, el peor electrólito,* y en los que, por consiguiente,
no es el agua la que sirve de mediador al proceso, sino que son sus impurezas
desconocidas? Y, sin embargo, más de la mitad de los experimentos de Fechner
se basan en este empleo del agua, que es, incluso, su experimentum
crucis,39
con
ayuda del cual trató de erigir de un modo inquebrantable la teoría del
contacto sobre las ruinas de la teoría química.
Como
se ve ya aquí, en todos los experimentos en general, exceptuando un reducido
número de ellos, no se toman en consideración, por así decirlo, los
procesos químicos operados en la pila, que constituyen, sin embargo, la
fuente de la fuerza llamada electromotriz. Ahora bien, hay toda una serie de
pilas cuya fórmula química no consiente en absoluto sacar una conclusión
segura acerca de las conversiones químicas que se operan en ellas después de
cerrar el circuito. Por el contrario, como dice Wiedemann (I, pág. 797), es
"innegable que estamos todavía lejos de poder abarcar con una mirada
todos los casos de atracciones químicas que se producen en la pila". Por
consiguiente, desde el punto de vista de su aspecto químico, punto de vista
que va adquiriendo una importancia cada vez mayor, todos los experimentos de
este tipo carecerán de valor mientras no se repitan en condiciones que
permitan controlar aquellos procesos.
Sólo
muy excepcionalmente puede hablarse, en esta clase de experimentos, de tener
en cuenta las transformaciones de energía operadas en la pila. Muchos de
ellos se han llevado a cabo antes de que se reconociera científicamente la
ley de la equivalencia del movimiento, lo que no es obstáculo para que, por
rutina, sigan deslizándose de un manual en otro, sin que nadie los controle
ni puedan darse por terminados. Se ha dicho que la electricidad no conoce la
inercia (lo que encierra, sobre poco más o menos, el mismo sentido que si se
dijera que la velocidad carece de peso específico), pero no podría, en
manera alguna, afirmarse lo mismo en cuanto a la
teoría de la
electricidad.
* Una columna de 1 mm de longitud del agua más
pura obtenida por Kohlrausch afrecería la misma resistencia que un conductor
de cobre del mismo diámetro y de una longitud aproximadamente igual a la de
la órbita de la luna (Naumann, Allgemeine Chemie, pág. 729). [Nota de Engels.]
132
Hasta
aquí, hemos considerado el elemento galvánico como un dispositivo en el
cual, por virtud de las relaciones de contacto que se establecen, la energía
química se libera y convierte en electricidad, de un modo que todavía
desconocemos. Y asimismo hemos presentado la cuba electrolítica como un
aparato en el que se opera el proceso inverso, es decir, en el que el
movimiento eléctrico se transforma en energía química y se consume en
cuanto tal. Con este motivo, hemos tenido que destacar en primer plano el
aspecto químico del proceso, aspecto del que se cuidan tan poco los
especialistas en electricidad; era éste, en efecto, el único medio de que
disponíamos para desembarazarnos de toda la turbamulta de ideas heredadas por
tradición de la vieja teoría del contacto y de la teoría de los dos fluidos
eléctricos. Hecho esto, se trata ahora de estudiar el problema de si el
proceso químico operado en la pila se desarrolla en las mismas condiciones
que fuera de ella o si presentan allí fenómenos especiales que dependan de
la excitación eléctrica.
Las
ideas erróneas son, en toda ciencia, en último resultado, dejando a un lado
los errores de observación, maneras falsas de representarse hechos exactos. Y
éstos permanecen en pie, aun después de demostrar la falsedad del modo de
concebirlos. Aun desechada la vieja teoría del contacto, siguen en pie los
hechos comprobados que esa teoría trataba de explicar. Pues bien,
consideremos estos hechos y, al mismo tiempo, el aspecto propiamente eléctrico
del proceso operado en la pila.
Es
indiscutible que, por el contacto de cuerpos heterogéneos, con cambios químicos
o sin ellos, se produce una excitación eléctrica, susceptible de ser
demostrada mediante un electroscopio o un galvanómetro. Como veíamos al
principio, la fuente de energía de estos fenómenos de movimiento,
extraordinariamente mínimos de por sí, resulta difícil de comprobar en cada
caso; pero esto no importa, pues la existencia de esta fuente exterior se da
generalmente por admitida.
Kohlrausch
publicó en 1850-1853 una serie de experimentos en los que reúne por parejas
los diferentes elementos constitutivos de una pila, para determinar las
tensiones de electricidad estática que en cada caso se manifiestan; según él,
la fuerza electromotriz del elemento debería estar formada por la suma
algebraica de estas tensiones. Tomando como base la tensión Zn/Cu = 100, calcula
en los siguientes términos la intensidad relativa de la pila de Daniell y de
la pila de Grove:
133
Daniell:
Zn/Cu + amalg.
Zn/H2SO4Cu
= 100 + 149 -
21 =
228;
Grove:
Zn/Pt + amalg.
Zn/H2S04 +
Pt/HNO3 =
107 +
149 = 405,
lo
que corresponde, sobre poco más o menos, a la medida directa de la intensidad
de la corriente de estos elementos. Pero estos resultados no son, ni mucho
menos, seguros. En primer lugar, el propio Wiedemann llama la atención, pero
"no aporta, desgraciadamente, datos numéricos en cuanto a los resultados
de los experimentos sueltos".40 Y, en segundo lugar, él mismo
reconoce en varias ocasiones que son, por lo menos, muy poco seguros, a causa
de las numerosas fuentes inevitables de error, todos los experimentos
encaminados a determinar cuantitativamente las excitaciones eléctricas en el
caso del contacto entre metales. Y si, a pesar de ello, Wiedemann opera más
de una vez a base de las cifras de Kohlrausch, mejor será que no le sigamos
por este camino, tanto más cuanto que existe otra posibilidad de determinación
a la que no se le pueden oponer estas objeciones.
Si
sumergimos en el líquido las dos placas excitadoras de una pila y las ponemos
en circuito con las dos puntas de un galvanizador, tenemos, según Wiedemann,
que "la desviación inicial de su aguja imantada, antes que las
transformaciones químicas modifiquen la intensidad de la corriente, nos da la
medida de la suma de las fuerzas electromotrices en el circuito cerrado".41
Lo que vale tanto como decir que pilas de diferente intensidad indicarán
diferentes desviaciones iniciales y que la magnitud de estas desviaciones
iniciales será proporcional a la intensidad de la corriente de las
correspondientes pilas.
Tal
parece que si tuviésemos aquí, ante nuestros ojos, de un modo palpable, la
"fuerza eléctrica de disociación", la "fuerza de
contacto", que provoca un movimiento independiente de toda acción química.
Esto es, en efecto, lo que piensa la teoría del contacto. Y no cabe duda de
que nos encontramos aquí ante un nexo, no estudiado todavía por nosotros en
las páginas anteriores, entre la excitación eléctrica y
la acción química. Para entrar en su examen, tenemos que examinar un
poco más de cerca la llamada ley de la fuerza electromotriz; y al hacerlo
descubrimos que en este caso, como en los demás, las ideas tradicionales
acerca del contacto no sólo no ofrecen una explicación de los fenómenos,
sino que cierran directamente el paso a toda posible explicación.
134
Si
colocamos en un elemento galvánico cualquiera formado por dos metales y un líquido,
por ejemplo cinc, ácido clorhídrico diluido y cobre, un tercer metal, v gr.
una placa de platino, sin enlazarla con el circuito externo por medio de un hilo
conductor, la desviación inicial del galvanómetro será exactamente la misma
que sin la placa de platino. Ello quiere decir que ésta no influye para nada en
la excitación eléctrica. Sin embargo, en el lenguaje de los defensores de la
fuerza electromotriz la cosa no podría expresarse de un modo tan sencillo. He
aquí sus palabras
"La
suma de las fuerzas electromotrices del cinc y el platino y del platino y el
cobre viene a ocupar el puesto de la fuerza electromotriz del cinc y del cobre
en el líquido. Y, como quiera que el camino de las electricidades no se ve
sensiblemente modificado por la introducción de la placa de platino, podemos
llegar, partiendo de la identidad entre las indicaciones del galvanómetro en
uno y otro caso, a la conclusión de que la fuerza electromotriz del cobre y del
cinc en el líquido es igual a la del cinc y el platino más la del platino y el
cobre en el mismo líquido. Lo cual viene a corresponder a la teoría, sentada
por Volta, de la excitación eléctrica entre los metales de por sí. Y su
resultado, válido para todos los líquidos o metales, cualesquiera que ellos
sean, se expresa diciendo que, en su excitación electromotriz por medio de los
líquidos, los metales siguen la ley de la serie voltaica, ley que se enuncia
también bajo el nombre de ley de la
fuerza electromotriz (Wiedeinann, I, pág. 62).
Al
decir que el platino, en esta combinación, no actúa en absoluto como
excitador eléctrico, no se hace más que expresar un hecho puro y simple.
Pero, cuando se afirma que funciona, sin embargo, como un excitador eléctrico,
aunque actuando con igual intensidad en dos direcciones opuestas, con lo que
el efecto se anula, se transforma dicho hecho en una hipótesis, simplemente
para hacer honor a la "fuerza electromotriz". Y en ambos casos
desempeña el platino el papel de testaferro.
En
el momento en que se produce la primera desviación de la aguja del galvanómetro,
aún no se ha cerrado el circuito. Mientras el ácido no se desintegra, no es
conductor; sólo puede ser conductor por medio de los iones. Si el tercer
metal no actúa sobre la primera desviación, se debe sencillamente a que
todavía se halla aislado.
Ahora
bien, ¿cómo se comporta el tercer metal, después
de producirse la corriente continua y mientras dura ésta?
En
la serie voltaica de los metales en la mayor parte de los líquidos, el cinc
ocupa, después de los metales alcalinos, casi el lugar extremo positivo,
el platino el negativo y el cobre figura entre
135
ambos.
Por consiguiente, si, como se hacía más arriba, se coloca el platino entre
el cobre y el cinc, veremos que es negativo con respecto a uno y a otro. Si el
platino actuase en general, tendríamos que la corriente en el líquido debería
ir del cinc y del cobre hacia el platino y, por tanto, abandonar los dos
electrodos para llegar al platino aislado, lo que sería una contradictio
in adjecto.42 La
condición fundamental para la eficacia de varios metales en la pila consiste
precisamente que, al exterior, aparezcan unidos entre sí por un circuito
cerrado. Un metal de más en la pila, aislado, actúa como no conductor; no
puede engendrar iones ni dejarlos pasar, y sin iones no hay conducción en los
electrólitos. Este metal no será, pues, solamente un testaferro, sino que
será, incluso, un obstáculo, que obligará a los iones a esquivarlo, pasando
de largo por delante de él.
Y
lo mismo ocurrirá si unimos el cinc y el platino y colocamos en medio el
cobre aislado: éste, suponiendo que actuase de algún modo, generaría aquí
una corriente que iría del cinc al cobre y otra del cobre al platino;
funcionaría, pues, como una especie de electrodo intermediario y, en su cara
vuelta hacia el cinc, desprendería hidrógeno gaseoso, lo que es
sencillamente imposible.
El
caso se presentará, en cambio, bajo una forma extraordinaria- mente sencilla,
si nos desembarazamos del modo tradicional de expresarse los defensores de la
fuerza electromotriz. La pila galvánica es, como hemos visto, un dispositivo
en el que la energía química se libera y se transforma en electricidad.
Dicha pila está formada, generalmente, por uno o varios líquidos y por dos
metales que actúan como electrodos y que deben aparecer unidos entre sí,
fuera del líquido, por medio de un conductor. Basta con esto para crear el
aparato. Todo lo que, además, podamos sumergir en el líquido excitador,
fuera de todo enlace, ya sea vidrio, metal, resina u otra materia cualquiera,
no puede participar del proceso químico-eléctrico que se opera en la pila,
en la formación de la corriente, mientras no modifique químicamente el líquido;
puede, cuando más, entorpecer el proceso. Por grande que sea la
capacidad de excitación eléctrica de un tercer metal sumergido con respecto
al líquido, a uno de los electrodos de la pila o incluso a los dos, no podrá
ejercer acción alguna, mientras este metal no aparezca unido al circuito en
el exterior del líquido.
Por
consiguiente, no sólo es falsa la deducción
que,
como veíamos, hace Wiedemann de la ley de la fuerza electromotriz, sino que
es erróneo, incluso, el sentido que atribuye a esta ley. No se puede hablar
de una actividad electromotriz del metal aislado, actividad neutralizada, ya
que de antemano se ha privado a esta actividad de la condición única en que
habría podido ser eficiente, y
136
no es
posible tampoco deducir la llamada ley de la fuerza electromotriz de un hecho
que aparece fuera de su campo de acción.
El
viejo Poggendorff publicó en 1845 una serie de experimentos en los que medía
la fuerza electromotriz de las pilas más diversas, es decir, la cantidad de
electricidad suministrada por cada una de ellas en una unidad de tiempo. Entre
ellos, tienen especial valor los 27 primeros, en cada uno de los cuales tres
determinados metales, sumergidos en el mismo líquido excitador, se agrupan
sucesivamente de dos en dos para formar tres diferentes pilas, que Poggendorff
estudia y compara desde el punto de vista de la cantidad de electricidad
suministrada. Como buen defensor de la teoría del contacto, el autor de estos
experimentos colocaba cada vez en la pila un tercer metal aislado, lo que le
daba la satisfacción de convencerse de que este "tercer miembro de la
alianza"43 desempeñaba
en las 81 pilas el papel de simple testaferro. Pero la importancia de dichos
experimentos no reside, ni mucho menos, en esto, sino más bien en que
permiten contrastar la llamada ley de la fuerza electromotriz y aquilatar su
sentido exacto.
Atengámonos
a la serie de las pilas de más arriba, en las que, en un medio de ácido
clorhídrico diluido, se unen entre sí, cada vez de dos en dos, cinc, cobre y
platino. Tomando como base la cantidad de electricidad suministrada por la
pila de Daniell = 100,
Poggendorff llega a los
siguientes resultados:
Cinc-cobre
= 78,8
Cobre-platino
= 74,3
Total
153,1
Cinc-platino
= 153,744
Así,
pues, el cinc directamente asociado al platino suministraba casi exactamente
la misma. cantidad de electricidad que el cinc-cobre + cobre-platino. Y lo mismo ocurría en cualquier otra pila
en que se utilizaran líquidos y metales. Si se forman pilas por medio de
metales sumergidos en el mismo líquido excitador, de tal modo que, según la
serie voltaica válida para este líquido, el segundo, tercero, cuarto metal,
etc., desempeñen uno después del otro el papel de electrodo negativo con
respecto al anterior y de electrodo positivo en relación con el que le sigue,
el total de las cantidades de electricidad suministradas por todas estas pilas
será igual a la que suministre una pila formada asociando directamente los
dos términos extremos de la serie íntegra de los metales. Así, por ejemplo,
en ácido clorhídrico diluido, las cantidades de energía suministradas
en total
por las
pilas cinc-estaño,
estaño-hierro,
137
hierro-cobre,
cobre-plata y plata-platino son iguales a la cantidad obtenida en la pila
cinc-platino; la serie integrada por todos los elementos de la serie anterior
se verá, en igualdad de circunstancias, exactamente neutralizada por una
batería cinc-platino cuya corriente circulase en dirección contraria.
Así
concebida, la llamada ley de la fuerza electromotriz adquiere una significación
real y muy grande. Descubre un nuevo aspecto del nexo existente entre la acción
química y la acción eléctrica. Hasta ahora, el estudio recaía
principalmente sobre la fuente de energía de la corriente galvánica, y esta
fuente, la transformación química, aparecía como el lado activo del
proceso; la electricidad se engendraba partiendo de aquélla y se manifestaba
primeramente como algo pasivo. Ahora, los términos del problema se invierten.
La excitación eléctrica, determinada por la naturaleza de los cuerpos
heterogéneos puestos en contacto en la pila, no puede añadir ni sustraer
energía a la acción química (como
no sea la transformación de la energía liberada en electricidad). Puede
acelerar o amortiguar esta acción, según el dispositivo de la pila. Si la
pila cinc-ácido clorhídrico diluido-cobre sólo suministra, en la misma
unidad de tiempo, la mitad de corriente eléctrica que la pila cinc-ácido
clorhídrico diluido-platino, esto quiere decir, hablando en términos químicos,
que la primera pila no suministra, en la misma unidad de tiempo, más que la
mitad del cloruro de cinc y del hidrógeno que la segunda. Por
tanto, aun permaneciendo invariables las condiciones puramente químicas, la
acción química se ha duplicado. La excitación eléctrica se ha convertido en el
regulador de la acción química; se manifiesta, ahora, como el lado activo,
al paso que la acción química asume un papel pasivo.
Así
se explica, pues, que toda una serie de procesos que antes se consideraban
como puramente químicos se presenten ahora como procesos electroquímicos. El
cinc químicamente puro es atacado en débil proporción por el ácido
diluido, cuando realmente lo es; en cambio, el cinc corriente que se encuentra
en el comercio se desintegra muy rápidamente, formando una sal y
desprendiendo hidrógeno; se contiene en él una mezcla de otros metales y de
carbón, que se reparten desigualmente en diferentes puntos de la superficie.
Entre estos metales y el mismo cinc se forman en el ácido corrientes locales,
al paso que los lugares en que se halla el cinc constituyen los electrodos
positivos, y los lugares en que aparecen los otros metales los electrodos
negativos, sobre los que se desprenden pequeñas burbujas de hidrógeno. Y
asimismo es considerado ahora como un fenómeno electroquímico el que hace
que el hierro sumergido en una solución de sulfato de cobre se cubra
138
de
una capa de este metal, pues se halla determinado por corrientes que nacen
entre los puntos heterogéneos de la superficie del hierro.
De
acuerdo con esto, nos encontramos también con que las series voltaicas de los
metales en líquidos corresponden, a grandes rasgos, a las series según las
cuales los metales se desplazan el uno al otro de sus combinaciones con los
halógenos y los radicales ácidos. En el extremo negativo de las series
voltaicas, vemos que los metales del grupo del oro: oro, platino, paladio y
rodio, difícilmente oxidables, apenas son, normalmente, atacados por los ácidos
o permanecen inalterables bajo éstos, siendo fácilmente desplazados de sus
sales por otros metales. En el extremo positivo, nos encontramos con los
metales alcalinos, que muestran un comportamiento diametralmente
contrario: el mayor despliegue de energía apenas basta para desprenderlos de
sus óxidos, en la naturaleza aparecen casi exclusivamente bajo la forma de
sales y son, de todos los metales, los que presentan, con mucho, la mayor
afinidad con los halógenos y los radicales ácidos. Entre unos y otros, los
demás metales aparecen en sucesiones un tanto variables, pero de tal modo
que, en su conjunto, concuerdan en ellos el comportamiento químico y el
comportamiento eléctrico. Su orden de sucesión individual varía según los
líquidos, y apenas si se halla definitivamente establecido con respecto a uno
solo de éstos. Cabe, incluso, llegar a dudar que haya para un solo líquido
semejante serie voltaica absoluta de los metales. Dos barras del mismo metal
pueden, sumergidas en pilas y cubas electrolíticas apropiadas, servir cada
una de electrodo positivo y electrodo negativo, lo cual quiere decir que un
mismo metal puede ser tanto positivo como negativo en relación consigo mismo.
En las pilas termoeléctricas que convierten el calor en electricidad, fuertes
diferencias de temperatura en los dos puntos de contacto invierten el sentido
de la corriente: un metal anteriormente positivo se trueca en negativo, y
viceversa. Y no existe tampoco un orden absoluto con arreglo al cual los
metales se desplacen el uno al otro de sus combinaciones químicas con un halógeno
o un radical ácido determinados; mediante un suministro de energía en forma
de calor podemos, en muchos casos, modificar e invertir casi a nuestro antojo
el orden vigente bajo una temperatura usual.
Nos
encontramos, pues, aquí con una peculiar acción mutua entre el quimismo y la
electricidad. La acción química operada en la pila que suministra a la
electricidad toda la energía necesaria para la formación de la corriente,
aparece en muchos casos, por su parte, simplemente provocada y en todos los
casos, sin excepción, cuantitativamente regulada por las tensiones eléctricas
que en la pila se producen. Antes, los procesos operados en la pila aparecían
ante nosotros como procesos químico-eléctricos,
pero ahora vemos que
139
son
también, en la misma medida, procesos electroquímicos. Desde el punto de vista
de la formación de la corriente continua, la acción química se revelaba como
el elemento primario; desde el punto de vista de la excitación para provocar la
corriente, se muestra como algo secundario, accesorio. La acción mutua excluye
todo elemento absolutamente primario o absolutamente secundario; esta acción
es, asimismo, un proceso bilateral, que puede ser considerado, por su propia
naturaleza, desde dos puntos de vista distintos; más aún, para comprenderla
plenamente, debe ser estudiada sucesivamente desde los dos puntos de vista,
antes de poder hacer la síntesis del resultado total. Si nos empeñamos en
atenernos exclusivamente a un punto de vista, considerándolo como absoluto por
oposición al otro, o si, respondiendo a las necesidades momentáneas del
razonamiento, saltamos del uno al otro, permaneceremos cautivos de la estrechez
del pensamiento materialista; no captaremos la concatenación y nos
embrollaremos en una contradicción tras otra.
Más
arriba hemos visto que, según Wiedemann, la desviación inicial de la aguja del
galvanómetro que sigue inmediatamente a la inmersión de las placas excitadoras
en el líquido de la pila y que antecede a toda modificación de la intensidad
de la excitación eléctrica mediante transformaciones químicas es "la
medida de la suma de las fuerzas electromotrices en el circuito cerrado".
Hasta
aquí, la llamada fuerza electromotriz representaba, a nuestros ojos, una
forma de la energía, que, en nuestro caso, era engendrada en cantidad
equivalente partiendo de la energía química, para transformarse de nuevo, en
seguida, en cantidades equivalentes de color, movimiento de masas, etc. Pues
bien, ahora nos enteramos de pronto de que "la suma de las fuerzas
electromotrices en el circuito cerrado existe ya antes de que las
transformaciones químicas hayan liberado esta energía; dicho en otros términos,
de que la fuerza electromotriz no es otra cosa que la capacidad que tiene
determinada pila de liberar en una unidad de tiempo una determinada cantidad
de energía química y transformarla en electricidad. Lo mismo que antes la
fuerza eléctrica de disociación, la fuerza electromotriz se revela también,
ahora, como una fuerza que no contiene ni la menor chispa de energía. Por
"fuerza electromotriz" Wiedemann entiende, pues, dos cosas
totalmente distintas: de una parte, la capacidad que tiene una pila de liberar
una determinada cantidad de energía química dada y transformarla en
movimiento eléctrico; de otra parte, la misma cantidad de movimiento eléctrico
producido. El hecho de que ambas sean proporcionales entre sí, de que la una
sirva de medida a la otra, no anula su diversidad.
La acción
química, operada
en la pila, la
140
cantidad
de electricidad producida y el calor que engendra en el circuito cerrado, caso
de que no se produzca trabajo alguno, son algo más que proporcionales, son
incluso equivalentes; pero esto no quita nada a su diversidad. La capacidad de
una máquina de vapor de un diámetro de cilindro y una acción de émbolo
dados, de producir una determinada cantidad de movimiento mecánico, partiendo
del calor que se le suministra, es algo muy diferente de este mismo movimiento
mecánico, por muy proporcional a él que sea. Y si semejante manera de
expresarse podía tolerarse en una época en que aún no se hablaba en las
ciencias naturales de conservación de la energía, es evidente que, una vez
reconocida esta ley fundamental, ya no se puede confundir la energía real y
viva, bajo cualquier forma que se presente; con la capacidad de cualquier
aparato de imprimir a la energía liberada esta forma o la otra, la que sea.
Esta confusión es una secuela de la confusión de fuerza y energía, con motivo
de la fuerza eléctrica de disociación: en estas dos confusiones se resuelven
armónicamente las tres explicaciones totalmente contradictorias que Wiedemann
da de la corriente y de ellas nacen, en definitiva, todos los embrollos y extravíos
en que este autor incurre a propósito de la llamada fuerza
"electromotriz".
Además
de la peculiar acción mutua entre quimismo y electricidad, a que nos hemos
referido, media entre ambos otra característica común, que indica una afinidad
todavía más íntima entre estas dos formas de movimiento. Ninguna de ellas
puede existir más que desapareciendo. El
proceso químico se opera bruscamente con respecto a cada uno de los grupos de
átomos a que afecta. Sólo puede prolongarse gracias a la presencia de nuevos
materiales, que constantemente van incorporándose. Y lo mismo ocurre con el
movimiento eléctrico. Apenas se produce, partiendo de otra forma de movimiento,
cuando se convierte en otra forma de movimiento, la tercera; solamente el
suministro constante de energía disponible puede engendrar la corriente
continua en la que, a cada momento, nuevas cantidades de movimiento cobran la
forma de la electricidad, para perderla de nuevo.
La
profunda comprensión de estos estrechos vínculos existentes entre la acción
química y la acción eléctrica, y viceversa, habrá de dar grandes frutos en
los dos campos de la investigación. Y esta comprensión va generalizándose
cada vez más. Entre los químicos, Lothar Meyer y, después de él, Kekulé han
declarado expresamente que era inminente la restauración de la teoría
electroquímica, bajo una forma rejuvenecida. Incluso entre los especialistas en
electricidad parece que habrá de triunfar, por fin, como lo indican
especialmente los trabajos de F. Kohlrausch, la convicción de que solamente
tomando en consideración de un modo preciso
los procesos
químicos operados
en la
pila y
en la cuba
141
electrolítica
se ayudará a su ciencia a salir del atolladero de las viejas tradiciones.
Y,
en realidad, no se ve de qué modo puedan encontrar una base sólida la teoría
del galvanismo y, con ella y en segundo término, la del magnetismo, y la de la
electricidad estática, como no sea por medio de una revisión general, químicamente
exacta, de todos los experimentos tradicionales y no contrastados, que se venían
haciendo desde un punto de vista superado, a condición de observar y comprobar
cuidadosamente las transformaciones de energía y de dar provisionalmente de
lado a todas las ideas teóricas tradicionales acerca de la electricidad.