EL
PAPEL DEL TRABAJO EN EL PROCESO DE TRANSFORMACION DEL MONO EN HOMBRE 1
El trabajo
es, dicen los economistas, la fuente de toda riqueza. Y le es, en efecto, a la
par con la naturaleza, que se encarga de suministrarle la materia destinada a
ser convertida en riqueza por el trabajo. Pero es infinitamente más que eso.
El trabajo es la primera condición fundamental de toda la vida humana, hasta
tal punto que, en cierto sentido, deberíamos afirmar que el hombre mismo ha
sido creado por obra del trabajo.
Hace varios
cientos de miles de años, en una fase que aún no puede determinarse con
certeza de aquel período de la tierra a que los geólogos dan el nombre de
período terciario, presumiblemente hacia el final de él, vivió en alguna
parte de la zona cálida de nuestro planeta -problablemente, en un gran
continente, ahora sepultado en el fondo del océano Indico- un género de
monos antropoides muy altamente desarrollados. Darwin nos ha trazado una
descripción aproximada de estos antepasados nuestros. Eran seres cubiertos de
pelambre, con barba y orejas puntiagudas, que vivían en hordas, trepados a
los árboles.
Estos monos,
obligados probablemente al principio por su género de vida, que, al trepar,
asignaba a las manos distinta función que a los pies, fueron perdiendo, al
encontrarse sobre el suelo, la costumbre de servirse de las extremidades
superiores para andar y marchando en posición cada vez más erecta. Se había dado, con
ello, el
paso decisivo
para la transformación
del mono en hombre.
Todos los
monos antropoídes que hoy conocemos pueden mantenerse erectos y desplazarse
pisando exclusivamente sobre los dos pies. Pero siempre en caso de extrema
necesidad y del modo más torpe. Su manera natural de andar es la posición
semierecta, utilizando también las manos. La mayoría de ellos apoyan sobre
el suelo los nudillos de la mano, haciendo oscilar el cuerpo con las piernas
encorvadas entre los largos brazos, como el tullido que camina sobre muletas.
En términos generales, todavía hoy podemos observar entre los monos todas
las fases de transición que van desde la locomoción a cuatro patas hasta la
marcha sobre los dos pies. Pero en ninguno de ellos es esta última manera de
andar más que un recurso utilizado en casos de extrema necesidad.
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Para
que la marcha erecta, en nuestros peludos antepasados, se convirtiera
primeramente en regla y, andando el tiempo, en necesidad, hubieron de
asignarse a las manos, entre tanto, funciones cada vez más amplias. También
entre los monos se impone ya una cierta división en cuanto al empleo de la
mano y el pie. Ya hemos dicho que la primera funciona, al trepar, de distinto
modo que el segundo. La mano sirve, preferentemente, para arrancar y agarrar
el alimento, función para lo cual ya los mamíferos inferiores se sirven de
las patas delanteras. Con ayuda de la mano construyen algunos monos nidos en
los árboles e incluso, como el chimpancé, techos entre las ramas para
guarecerse de la lluvia. Con ella empuñan el garrote para defenderse contra
los enemigos o bombardean a éstos con frutos y piedras. Y de ella se sirven,
cuando el hombre los aprisiona, para ejecutar una serie de operaciones
simples, aprendidas de él. Pero precisamente al llegar aquí se ve cuán
grande es la distancia que media entre la mano incipiente del mono más
semejante al hombre y la mano humana, altamente desarrollada gracias al
trabajo ejecutado a lo largo de miles de siglos. El número y la disposición
general de los huesos y los músculos son sobre poco más o menos los mismos
en una y otra; pero la mano del salvaje más rudimentario puede ejecutar
cientos de operaciones que a la mano de un mono le está vedado imitar.
Ninguna mano de simio ha producido jamás ni la más tosca herramienta.
Por
eso tuvieron que ser, por fuerza, muy primitivas las operaciones a que
nuestros antepasados fueron adaptando poco a poco su mano, a lo largo de
muchos milenios, en el tránsito del mono al hombre. Los salvajes de nivel más
bajo, incluso aquellos de quienes puede suponerse que se hallaban expuestos a
recaer en un estado más bien animal, con una simultánea reincidencia en su
contextura física, se hallan a pesar de todo muy por encima de aquellos seres
de transición. Hasta que la mano del hombre logró tallar en forma de
cuchillo el primer guijarro tuvo que pasar una inmensidad de tiempo, junto a
la cual resulta insignificante el tiempo que históricamente nos es conocido.
Pero el paso decisivo se había dado ya: se había liberado
la mano, quedando en condiciones de ir adquiriendo nuevas y nuevas aptitudes, y
la mayor flexibilidad lograda de este modo fue transmitiéndose y aumentando
de generación en generación.
Así,
pues, la mano no es solamente el órgano del trabajo, sino que es también el producto de éste. Solamente
gracias al trabajo, a la adaptación a nuevas y nuevas operaciones, a la
transmisión por herencia del desarrollo así adquirido por los músculos, los
tendones y a la larga también de los huesos y a la aplicación constantemente
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renovada de este afinamiento
hereditariamente adquirido a nuevas operaciones cada vez más complicadas, ha
adquirido la mano del hombre ese alto grado de perfeccionamiento capaz de crear
portentos como los cuadros de Rafael, las estatuas de Thorwaldsen o la música
de Paganini.
Pero
la mano no trabajaba sola. Era simplemente el miembro individual de un gran
organismo armónico, sumamente complicado. Y lo que benefició a la mano redundó
también en beneficio de todo el cuerpo al servicio del cual laboraba la mano; y
redundó en beneficio suyo en dos sentidos.
Primeramente,
en virtud de la ley de la correlación del crecimiento, como Darwin la ha
llamado. Con arreglo a esta ley, determinadas formas de algunas partes de un ser
orgánico se hallan siempre vinculadas a ciertas formas de otras partes, que
aparentemente no guardan relación alguna con aquéllas. Así, por ejemplo,
todos los animales dotados de glóbulos rojos sin núcleo celular y cuyo
occipucio se halla unido con la primera vértebra de la columna vertebral Por
medio de dos articulaciones (cóndilos) poseen también, sin excepción, glándulas
lácteas para amamantar a las crías. Y así también vemos que, en los mamíferos
la pezuña va unida, por lo general, al estómago multilocular para poder seguir
rumiando los alimentos. Los cambios operados en cuanto a determinadas formas
llevan aparejados cambios de forma de otras partes del cuerpo, sin que podamos
explicarnos la conexión entre ellos. Los gatos completamente blancos y de ojos
azules son siempre o casi siempre sordos. El gradual afinamiento de la mano del
hombre y, en consonancia con él, el desarrollo del pie para la marcha erecta
repercutieron también, indudablemente, en virtud de la correlación de que
hemos hablado, sobre otras partes del organismo. Sin embargo, esta influencia ha
sido todavía muy poco estudiada para que aquí podamos hacer otra cosa que
ponerla de manifiesto en términos muy generales.
Mucho
más importante es la repercusión directa y comprobable que el desarrollo de la
mano ha ejercido sobre el resto del organismo. Como ya hemos dicho, nuestros
antepasados simios eran seres sociables; sería de todo punto imposible,
evidentemente, que el hombre, el más sociable de todos los animales,
descendiera de un inmediato antepasado no sociable. Con cada nuevo progreso
logrado, su dominio sobre la naturaleza, iniciado con el desarrollo de la mano,
fue ampliando el horizonte visual del hombre. Este descubrió en los objetos
naturales nuevas y nuevas propiedades, que hasta entonces desconocía. Y, de
otra parte, el desarrollo del trabajo contribuyó necesariamente a acercar más
entre sí a los miembros de la sociedad, multiplicando los casos de ayuda mutua
y de acción en común y esclareciendo ante
cada uno la
conciencia de la
utilidad
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de esta cooperación. En una
palabra, los hombres en proceso de formación acabaron comprendiendo que
tenían algo que decirse los
unos a los otros. Y la necesidad se creó su órgano correspondiente: la
laringe no desarrollada del mono fue transformándose lentamente, pero de un
modo seguro, mediante la modulación, hasta adquirir la capacidad de emitir
sonidos cada vez más modulados, y los órganos de la boca aprendieron poco a
poco a articular una letra tras otra.
Que
esta explicación del nacimiento del lenguaje a base del trabajo y
paralelamente con él es la única acertada lo demuestra la comparación con
los animales. Lo único que éstos, incluso los más desarrollados, tienen que
comunicarse los unos a los otros se lo pueden comunicar también sin necesidad
de lenguaje articulado. Ningún animal, en estado de naturaleza, siente como
un defecto el no poder hablar o entender el lenguaje
del hombre. Pero la cosa cambia cuando se trata de animales domesticados. El
perro y el caballo poseen, gracias al trato con el hombre, un oído tan fino
para el lenguaje articulado, que fácilmente aprenden a captar lo que se les
dice, en la medida en que se lo permite su radio de representaciones. Se
asimilan, además, la capacidad de sensaciones tales como el apego al hombre,
la gratitud, etc., que antes les eran totalmente ajenas, y quien haya tenido
ocasión de vivir mucho tiempo cerca de estos animales difícilmente se
sustraerá a la convicción de que, en muchos, en muchísimos casos sienten ahora
como un defecto la imposibilidad de
hablar, defecto al que, desgraciadamente, no cabe poner remedio por la estructura
de sus órganos bucales, demasiado especializados en una determinada dirección.
Pero, allí donde existe el órgano, desaparece también, dentro de ciertos límites,
esta incapacidad. No cabe duda de que los órganos bucales de los pájaros son
lo más distintos que imaginarse pueda de los humanos y, sin embargo, los pájaros
son, seguramente, los únicos animales que aprenden a hablar, y el que mejor
habla de todos es el papagayo, que se distingue por tener más horrible el
timbre de voz. Y no se nos diga que no entiende lo que habla. Es cierto que
puede pasarse horas enteras repitiendo parleramente todo su caudal de palabras
por puro gusto de charlotear y porque le agrada la compañía del hombre.
Pero, hasta donde llega su círculo de representaciones, no cabe duda de que
aprende también a saber lo que dice. Tomemos a un papagayo y enseñémosle
una sarta de insultos, haciendo que pueda llegar a representarse lo que
significan (entretenimiento favorito de los marineros que vuelven del trópico);
mortifiquémosle, y enseguida veremos que sabe emplear sus dicterios con tanta
propiedad como una verdulera de Berlín. Y lo mismo
cuando se trata de suplicar para que le den golosinas.
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El
trabajo, en primer lugar, y después de él y enseguida a la par con él el
lenguaje son los dos incentivos más importantes bajo cuya influencia se ha
transformado paulatinamente el cerebro del mono en el cerebro del hombre, que,
aun -siendo semejante a él, es mucho mayor y más perfecto. Y, al
desarrollarse el cerebro, se desarrollaron también, paralelamente, sus
instrumentos inmediatos, los órganos de los sentidos. A la manera como el
lenguaje, en su gradual desarrollo, va necesariamente acompañado por el
correspondiente perfeccionamiento del órgano del oído, así también el
desarrollo del cerebro en general lleva aparejado el de todos los sentidos. El
águila ve mucho más lejos que el hombre, pero el ojo humano descubre mucho más
en las cosas que el ojo del águila. El perro tiene un olfato más fino que el
hombre, pero no distingue ni la centésima parte de los olores que acusan para
éste determinadas características de diferentes cosas. Y el sentido del
tacto, que en el mono apenas se da en sus inicios más toscos, sólo se
desarrolla al desarrollarse la misma mano del hombre, por medio del trabajo.
Al
repercutir sobre el trabajo y el lenguaje el desarrollo del cerebro y de los
sentidos puestos a su servicio, la conciencia más y más esclarecida, la
capacidad de abstracción y de deducción, sirven de nuevos y nuevos
incentivos para que ambos sigan desarrollándose, en un proceso que no
termina, ni mucho menos, en el momento en que el hombre se separa
definitivamente del mono, sino que desde entonces difiere en cuanto al grado y
a la dirección según los diferentes pueblos y las diferentes épocas, que a
veces se interrumpe, incluso, con retrocesos locales y temporales, pero que,
visto en su conjunto, ha avanzado en formidables proporciones; poderosamente
impulsado, de una parte, y de otra encauzado en una dirección más definida
por obra de un elemento que viene a sumarse a los anteriores, al aparecer el
hombre ya acabado: la sociedad.
Cientos
de miles de años -que en la historia de la tierra no representan más que un
minuto en la vida del hombre*- hubieron de transcurrir, seguramente, antes de
que la horda de monos trepadores se convirtiera en una sociedad de hombres.
Pero, a la postre, la sociedad de los hombres surgió. ¿Y con qué volvemos a
encontrarnos como la diferencia característica entre la horda de monos y la
sociedad humana? Con el trabajo.
La
horda animal se
*Una autoridad de primer rango en estas cuestiones,
Sir W. Thomson, ha calculado que no han
podido transcurrir mucho más de cien millones de años desde el tiempo en que la tierra se enfrió lo bastante
para que pudieran vivir en ella las plantas y los animales. [Nota de Engels.]
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limitaba a pastar en la zona alimenticia
que le había sido asignada por la situación geográfica o por la resistencia
de otras hordas colindantes; emprendía expediciones y luchas para extender
sus dominios a otras zonas nutricias, pero era incapaz de sacar de su
territorio más de lo que la naturaleza le brindaba, fuera del hecho de que,
sin saberlo, lo abonaba con sus excrementos. Una vez ocupados en su totalidad
los posibles territorios, fuente de alimentación, ya no era posible que la
población simia aumentara; a lo sumo, el número de animales permanecía
estacionario. Pero todos los animales despilfarran extraordinariamente el
alimento y, además, matan en germen los nuevos brotes del alimento futuro. El
lobo no deja viva, como el cazador, la cierva llamada a suministrarle el
cervatillo del año venidero; las cabras de Grecia, que roen la maleza
naciente antes de dejarla crecer, han dejado pelados todos los montes del país.
Este "desfalco" llevado a cabo por los animales desempeña
importante papel, dada la gradual transformación de las especies, al
obligarlas a adaptarse a una alimentación que no es la acostumbrada, lo que
hace que su sangre cambie de composición química y que toda su constitución
física varíe poco a poco, extinguiéndose las especies ya plasmadas. No cabe
duda de que este régimen de desfalco de los medios alimenticios contribuyó
poderosamente a convertir al mono en hombre. En una raza de monos, cuya
inteligencia y capacidad de adaptación aventajaba en mucho a todas las demás,
no pudo por menos de conducir a que fuese extendiéndose cada vez más el número
de las plantas alimenticias y a que se utilizaran cada vez más partes
comestibles de ellas; en una palabra, a que la alimentación se hiciese más
variada, aumentando de ese modo las sustancias asimiladas por el cuerpo y
haciendo progresos las condiciones químicas para la transformación del mono
en hombre.
Pero,
en realidad, todo lo anterior no entra aún en la categoría trabajo. El
trabajo comienza con la elaboración de herramientas. ¿Y cuáles son las
primeras herramientas que se conocen, juzgando a base de los vestigios del
hombre prehistórico que se han encontrado y teniendo en cuenta tanto el régimen
de vida de los pueblos históricos más remotos como el de los salvajes más
rezagados de nuestros propios días? Son las herramientas empleadas en la caza
y en la pesca, las primeras de las cuales representan, además, armas. Pues
bien, la caza y la pesca presuponen ya el paso de la alimentación puramente
vegetal a un régimen alimenticio en el que entra ya la carne, lo que
constituye, a su vez, un paso muy importante hacia la aparición del hombre.
Este tipo de alimentación suministraba ya en forma casi completa las materias
más esenciales que el organismo necesita para su
metabolismo; abreviaba,
con la
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digestión, el lapso de tiempo de
los demás procesos vegetativos del cuerpo correspondientes a la vida vegetal,
con lo que ganaba tiempo y sustancia y experimentaba mayor goce en las
manifestaciones de la vida propiamente animal. A medida que el hombre en
formación iba alejándose de la planta se remontaba también más y más
sobre el animal. Así como la habituación al alimento vegetal combinado con
la carne convierte a los gatos y perros salvajes en servidores del hombre, la
adaptación al régimen alimenticio a base de carne, combinado con la
alimentación vegetal, contribuyó esencialmente a elevar la fuerza física y
la independencia del futuro hombre. Pero en lo que más influyó el régimen
carnívoro fue en el desarrollo del cerebro, que ahora contaba con las
sustancias nutricias necesarias en abundancia, mucho mayor que antes, razón
por la cual pudo desarrollarse, a partir de ahora, mucho más rápidamente y
de un modo más perfecto, de generación en generación. Dicho sea con perdón
de los señores vegetarianos, la aparición del hombre es inseparable de la
alimentación carnívora, y el hecho de que en todos los pueblos de que
tenemos noticia este régimen de alimentación condujese en ciertas épocas a
la antropofagia (todavía en el siglo X, los antepasados de los berlineses,
los veletabos y los viltses, se comían a sus progenitores) es cosa que hoy
debe tenernos sin cuidado.
El
empleo de la carne para la alimentación trajo consigo dos nuevos progresos de
una importancia decisiva: la utilización del fuego y la domesticación de los
animales. La primera acortó todavía más el proceso de la digestión, al
ingerirse los alimentos ya digeridos a medias por decirlo así; la segunda
hizo más rica la alimentación carnívora, al proporcionar, además de la
caza, un nueva fuente de suministro más regular, suministrando además, con
la leche y los productos derivados de ella, un nuevo medio alimenticio de
valor igual al de la carne, por lo menos, en cuanto a su combinación de
sustancias. Uno y otro paso fueron, por tanto, directamente, nuevos medios de
emancipación para el hombre. No podemos entrar a examinar aquí en detalle
sus resultados indirectos, pues nos alejaría demasiado de nuestro tema,
aunque hay que señalar que también ellos contribuyeron en gran medida al
desarrollo del hombre y de la sociedad.
El
hombre se acostumbró a comer de todo y fue adaptándose, asimismo, a todos
los climas. Se extendió por toda la tierra habitable, siendo como era, en
realidad, el único animal que llevaba en sí mismo la plena capacidad para
ello. Los demás animales que se han adaptado a todos los climas, animales domésticos
e insectos, no lo han hecho por sí mismos, sino siguiendo al hombre. Y el
paso
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del uniforme clima cálido de la
patria de origen a las regiones frías, en las que el año se dividía en
invierno y verano, creó a su vez nuevas necesidades, como las del abrigo y la
vivienda para protegerse del frío y la humedad, abrió nuevos campos de trabajo
y trajo con ello nuevas actividades, que hicieron que el hombre fuese alejándose
más y más del animal.
Mediante
la combinación de la mano, los órganos lingüísticos y el cerebro, y no sólo
en el individuo aislado, sino en la sociedad, se hallaron los hombres
capacitados para realizar operaciones cada vez más complicadas, para plantearse
y alcanzar metas cada vez más altas. De generación en generación, el trabajo
mismo fue cambiando, haciéndose más perfecto y más multiforme. A la caza y la
ganadería se unió la agricultura y tras ésta vinieron las artes del hilado y
el tejido, la elaboración de los metales, la alfarería, la navegación. Junto
al comercio y los oficios aparecieron, por último, el arte y la ciencia, y las
tribus se convirtieron en naciones y estados. Se desarrollaron el derecho y la
política y, con ellos, el reflejo fantástico de las cosas humanas en la cabeza
del hombre: la religión. Ante estas creaciones, que empezaron presentándose
como productos de la cabeza y que parecían dominar las sociedades humanas,
fueron pasando a segundo plano los productos más modestos de la mano
trabajadora, tanto más cuanto que la cabeza encargada de planear el trabajo
pudo, ya en una fase muy temprana de desarrollo de la sociedad (por ejemplo, ya
en el seno de la simple familia), hacer que el trabajo planeado fuese ejecutado
por otras manos que las suyas. Todos los méritos del rápido progreso de la
civilización se atribuyeron a la cabeza, al desarrollo y a la actividad del
cerebro; los hombres se acostumbraron a explicar sus actos por sus pensamientos
en vez de explicárselos partiendo de sus necesidades (las cuales, ciertamente,
se reflejan en la cabeza, se revelan a la conciencia), y así fue como surgió,
con el tiempo, aquella concepción idealista del mundo que se ha adueñado de
las mentes, sobre todo desde la caída del mundo antiguo. Y hasta tal punto
sigue dominándolas todavía, hoy, que incluso los investigadores materialistas
de la naturaleza de la escuela de Darwin no aciertan a formarse una idea clara
acerca del origen del hombre porque, ofuscados por aquella influencia ideológica,
no alcanzan a ver el papel que en su nacimiento desempeñó el trabajo.
Los
animales, como ya hemos apuntado, hacen cambiar con su acción la naturaleza
exterior, lo mismo que el hombre, aunque no en igual medida que él, y estos
cambios del medio así provocados repercuten, a su vez, como hemos visto, sobre
sus autores. Nada, en la naturaleza, ocurre de un modo aislado. Cada cosa
repercute en la otra, y a la
inversa, y
lo que muchas
veces impide
a nuestros
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naturalistas ver claro en los
procesos más simples es precisamente el no tomar en consideración este
movimiento y esta interdependencia universales. Ya veíamos cómo las cabras
impidieron que el suelo de Grecia volviera a cubrirse de bosques; en Santa
Elena, las cabras y los cerdos desembarcados por los primeros navegantes que
arribaron a sus costas, lograron acabar casi por completo con la vieja
vegetación de la isla, preparando con ello el terreno sobre el que más tarde
pudieron crecer las plantas llevadas allí por los marinos y los colonos.
Pero, aunque los animales ejerzan una influencia duradera sobre el medio, lo
hacen sin propornérselo y el resultado conseguido es siempre fortuito, para
los propios animales. En cambio, la influencia del hombre sobre la naturaleza,
cuanto más va alejándose del animal, adquiere más y más el carácter de
una acción sujeta a un plan y con la que se persiguen determinados fines,
conocidos de antemano. El animal destruye la vegetación de una faja de tierra
sin saber lo que hace. El hombre deja la tierra pelada para sembrar en ella
hortalizas o plantar árboles o viñas, a sabiendas de que le reportarán
muchas veces lo que ha sembrado. Desplaza de un país a otro las plantas útiles
y los animales domésticos, haciendo cambiar con ello la flora y la fauna de
continentes enteros. Más aún. Mediante la cría o el cultivo artificiales,
plantas y animales cambian de tal modo bajo la mano del hombre que no hay
quien los reconozca. Todavía se están buscando sin encontrarlas las plantas
silvestres de que proceden nuestras especies cereales. Y sigue discutiéndose
de qué animal salvaje descienden nuestros perros, tan diferentes entre sí, o
nuestras no menos numerosas razas de caballos.
De
suyo se comprende, por lo demás, que no se nos pasa por las mientes negar a
los animales la capacidad de actos sujetos a un plan, premeditados. Al
contrario. El modo de obrar planificado se da ya en germen dondequiera que el
protoplasma, o sea la albúmina viva, existe y reacciona, o, lo que es lo
mismo, realiza movimientos por muy simples que ellos sean, como resultado de
determinados estímulos del exterior. Esta reacción se produce sin necesidad
de que exista célula alguna ni, mucho menos, una célula nerviosa. Asimismo
se revela en cierto sentido como sujeta a un plan, aunque carente en absoluto
de conciencia, la manera de comportarse las plantas insectívoras al atrapar a
sus víctimas. En los animales, la capacidad de realizar actos conscientes y
sujetos a un plan se desarrolló en proporción al desarrollo del sistema
nervioso y alcanza ya un alto nivel entre los mamíferos. En las batidas
inglesas para la caza del zorro se puede observar diariamente con qué
exactitud sabe este animal utilizar su gran conocimiento topográfico para
escapar de sus perseguidores y lo bien que conoce y aprovecha
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todas las ventajas del terreno
para hacer que se borre su rastro. Y en los animales domésticos, altamente
desarrollados gracias a su trato con el hombre, podemos observar todos los días
rasgos de astucia que en nada se distinguen de las travesuras de nuestros niños.
Pues así como la historia evolutiva del feto humano en el claustro materno no
es más que la repetición abreviada de la historia evolutiva del organismo de
nuestros antepasados animales a lo largo de millones de años, arrancando
desde el gusano, así también la evolución espiritual del niño humano es
simplemente una repetición, aunque en miniatura, de la evolución intelectual
de aquellos mismos antepasados, por lo menos de los más recientes. Sin
embargo, la acción planificada de todos los animales, en su conjunto, no ha
logrado estampar sobre la tierra el sello de su voluntad. Para ello, tuvo que
venir el hombre.
En
una palabra, el animal utiliza la naturaleza exterior e introduce cambios en
ella pura y simplemente con su presencia, mientras que el hombre, mediante sus
cambios, la hace servir a sus fines, la domina. Es
esta la suprema y esencial diferencia entre el hombre y los demás animales;
diferencia debida también al trabajo.*
No
debemos, sin embargo, lisonjearnos demasiado de nuestras victorias humanas
sobre la naturaleza. Esta se venga de nosotros por cada una de las derrotas
que le inferimos. Es cierto que todas ellas se traducen principalmente en los
resultados previstos y calculados, pero acarrean, además, otros imprevistos,
con los que no contábamos y que, no pocas veces, contrarrestan los primeros.
Quienes desmontaron los bosques de Mesopotamia, Grecia, el Asia Menor y otras
regiones para obtener tierras roturables no soñaban con que, al hacerlo,
echaban las bases para el estado de desolación en que actualmente se hallan
dichos países, ya que, al talar los bosques, acababan con los centros de
condensación y almacenamiento de la humedad. Los italianos de los Alpes que
destrozaron en la vertiente meridional los bosques de pinos tan bien cuidados
en la vertiente septentrional no sospechaban que, con ello, mataban de raíz
la industria lechera en sus valles, y aún menos podían sospechar que, al
proceder así, privaban a sus arroyos de montaña de agua durante la mayor
parte del año, para que en la época de lluvias se precipitasen sobre la
llanura convertidos en turbulentos ríos. Los introductores de la patata en
Europa no podían saber que, con el tubérculo farináceo, propagaban también
la enfermedad de la escrofulosis. Y, de la
misma o
parecida manera,
* Al margen del manuscrito
aparece escrita a lápiz la palabra ennoblecimiento. N. del ed.
152
todo nos recuerda a cada paso que
el hombre no domina, ni mucho menos, la naturaleza a la manera como un
conquistador domina un pueblo extranjero, es decir, como alguien que es ajeno
a la naturaleza, sino que formamos parte de ella con nuestra carne, nuestra
sangre y nuestro cerebro, que nos hallamos en medio de ella y que todo nuestro
dominio sobre la naturaleza y la ventaja que en esto llevamos a las demás
criaturas consiste en la posibilidad de llegar a conocer sus leyes y de saber
aplicarlas acertadamente.
No
cabe duda de que cada día que pasa conocemos mejor las leyes de la naturaleza
y estamos en condiciones de prever las repercusiones próximas y remotas de
nuestras ingerencias en su marcha normal. Sobre todo desde los formidables
progresos conseguidos por las ciencias naturales durante el siglo actual,
vamos aprendiendo a conocer de antemano, en medida cada vez mayor, y por tanto
a dominarlas, hasta las lejanas repercusiones naturales, por lo menos, de
nuestros actos más habituales de producción. Y cuanto más ocurra esto, más
volverán los hombres, no solamente a sentirse, sino a saberse parte
integrante de la naturaleza y más imposible se nos revelará esa absurda y
antinatural representación de un antagonismo entre el espíritu y la materia,
el hombre y la naturaleza, el alma y el cuerpo, como la que se apoderó de
Europa a la caída de la antigüedad clásica, llegando a su apogeo bajo el
cristianismo.
Ahora
bien, si ha hecho falta el trabajo de siglos hasta que hemos aprendido, en
cierto modo, a calcular las consecuencias naturales
remotas
de nuestros actos encaminados a la producción, la cosa era todavía mucho más
difícil en lo que se refiere a las consecuencias sociales
de
estos mismos actos. Hemos hablado de las patatas y de la propagación de la
escrofulosis, como una secuela de ellas. Pero, ¿qué es la escrofulosis,
comparada con las consecuencias que ha acarreado para la situación de vida de
las masas del pueblo de países enteros la reducción de los obreros a una
alimentación a base de ese tubérculo, comparada con la epidemia de hambre
que en 1847 asoló a Irlanda a consecuencia de la enfermedad de las patatas,
sepultando bajo tierra a un millón de irlandeses que apenas comían otra cosa
y arrojando a dos millones al otro lado del mar? Cuando los árabes
aprendieron a destilar el alcohol no pensaban ni en sueños que habían creado
con ello una de las principales armas con que se aniquilaría a los indígenas
de la América entonces aún no descubierta. Y cuando Colón, andando el
tiempo, descubrió América, no sabía que con ello hacía resucitar la
esclavitud, en Europa superada ya de largo tiempo atrás, y sentaba las bases
para la trata de negros. Ni a los
hombres que en los siglos
153
XVI y XVII trabajaban por crear
la máquina de vapor se les podía pasar por las mientes que estaban
preparando el instrumento que más que ningún otro habría de revolucionar el
orden social del mundo entero y que en Europa sobre todo, mediante la
concentración de la riqueza en manos de la minoría y de la miseria del lado
de la inmensa mayoría, empezaría entregando a la burguesía el poder social
y político y provocaría luego entre la burguesía y el proletariado una
lucha de clases que sólo terminará con el derrocamiento de la burguesía y
la abolición de los antagonismos de clase. Pero también en este terreno una
larga y a veces dura experiencia y el acopio y la investigación de material
histórico nos va enseñando, poco a poco, a ver claro acerca de las
consecuencias sociales indirectas y lejanas de nuestra actividad productiva,
lo que nos permite, al mismo tiempo, dominarlas y regularlas.
Ahora
bien, para lograr esta regulación no basta con el mero conocimiento. Hace
falta, además, transformar totalmente el régimen de producción vigente
hasta ahora y, con él, todo nuestro orden social presente.
Todos
los sistemas de producción conocidos hasta ahora no tenían otra mira que el
sacarle un rendimiento directo e inmediato al trabajo. Se hacía caso omiso de
todos los demás efectos, revelados solamente más tarde, mediante la repetición
y acumulación graduales de los mismos fenómenos. La propiedad común
originaria sobre la tierra respondía, de una parte, a un estado de desarrollo
del hombre en el que su horizonte visual se reducía a lo estrictamente
necesario para el día y, de otra parte, presuponía un cierto remanente de
tierras disponibles, que brindaba algún margen de maniobra frente a las
desastrosas consecuencias eventuales de aquella economía primitiva de tipo
selvático. Agotado el remanente de tierras, se derrumbó la propiedad en común.
Todas las formas superiores de producción se tradujeron en la división de la
población en clases y, con ello, en el antagonismo entre clases dominantes y
oprimidas; y esto hizo que el interés de la clase dominante pasara a ser el
resorte propulsor de la producción, en la medida en que ésta no se limitaba
estrictamente a proporcionar el sustento a los oprimidos. Los capitalistas
individuales, en cuyas manos se hallan los resortes de mando sobre la producción
y el cambio, sólo pueden preocuparse de una cosa: de la utilidad más directa
que sus actos les reporten. Más aún, incluso esta utilidad -cuando se trata
de la que rinde el artículo producido o cambiado- queda completamente
relegada a segundo plano, pues el único incentivo es la ganancia que de su
venta pueda obtenerse.
___
154
La
ciencia social de la burguesía, la economía política clásica, sólo se
ocupaba, preferentemente, de las consecuencias sociales directas perseguidas por
los actos humanos encaminados a la producción y al cambio. Lo cual corresponde
por entero al tipo de organización social de que esa ciencia es expresión teórica.
Allí donde la producción y el cambio corren a cargo de capitalistas
individuales que no persiguen más fin que la ganancia inmediata, es natural que
sólo se tomen en consideración los resultados inmediatos y directos. El
fabricante o el comerciante de que se trata se da por satisfecho con vender la
mercancía fabricada o comprada con el margen de ganancia usual, sin que le
preocupe en lo más mínimo lo que mañana pueda suceder con la mercancía o con
su comprador. Y lo mismo sucede con las consecuencias naturales de estos actos.
A los plantadores españoles de Cuba, que pegaron fuego a los bosques de las
laderas de sus comarcas y a quienes las cenizas sirvieron de magnífico abono
para una generación de cafetos altamente rentables, les tenía sin cuidado el
que, andando el tiempo, los aguaceros tropicales arrastrasen el mantillo de la
tierra, ahora falto de toda protección, dejando la roca pelada. Lo mismo frente
a la naturaleza que frente a la sociedad, sólo interesa de un modo
predominante, en el régimen de producción actual, el efecto inmediato y el más
tangible; y, encima, todavía produce extrañeza el que las repercusiones más
lejanas de los actos dirigidos a conseguir ese efecto inmediato sean muy otras
y, en la mayor parte de los casos, completamente opuestas: el que la armonía de
la oferta y la demanda se trueque en su reverso, como lo demuestra el curso de
todo el ciclo industrial cada diez años, de lo que también Alemania ha tenido
una pequeña muestra con el "crac";2 el
que la propiedad privada basada en el trabajo propio se desarrolle
necesariamente hasta convertirse en la carencia de propiedad de los obreros,
mientras toda posesión se concentra más y más en manos de los que no
trabajan; el que [...]3