V. I. LENINMATERIALISMO[Parte II]
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Preparado © por la Internet a David J. Romagnolo, djr@marx2mao.org (Julio de 1999) | |
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LA TEORIA DEL CONOCIMIENTO DEL EMPIRIOCRITICISMO Y
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¿Qué es la materia? ¿Qué es la experiencia |
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LOS FILOSOFOS IDEALISTAS, COMO COMPAÑEROS DE ARMAS
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La crítica del kantismo desde la izquierda y desde la |
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COMPLEMENTO AL § I DEL
CAPITULO IV |
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La primera de estas preguntas los idealistas y los
agnósticos, entre ellos los machistas, se la hacen constantemente a los
materialistas; la segunda es la que los materialistas dirigen a los machistas.
Intentemos examinar de qué se trata.
Avenarius dice en cuanto a la cuestión acerca de la materia:
"En el seno de la 'experiencia completa' purificada, nada hay
de 'físico', nada hay de 'materia' en el concepto metafísico absoluto de la
palabra, pues la 'materia' en este concepto no es más que una abstracción:
sería un conjunto de los contra-términos, abstracción hecha de todo término
central. Así como en la coordinación de principio, es decir, en la
'experiencia completa', el contra-término es inconcebible (undenkbar) sin el
término central, así también la 'materia'
pág. 178
en el concepto metafísico absoluto es un contrasentido completo (Unding)"
(Bemerkungen [Observaciones ], pág. 2 en la revista indicada, §
119).
Lo que resulta de esta jerigonza, es que Avenarius llama
absoluto y metafísica a lo físico o a la materia, ya que según su teoría de la
coordinación de principio (o también en términos nuevos: de la "experiencia
completa") el contra-término es inseparable del término central, el medio
inseparable del YO, el no-YO inseparable del YO (como
decía I. G. Fichte). Que esta teoría es idealismo subjetivo disfrazado, lo
hemos dicho ya en el lugar oportuno, y el carácter de los ataques de Avenarius
contra la "materia" está absolutamente claro: el idealista niega el ser de lo
físico independientemente de la psique y rechaza por tal razón el concepto
elaborado por la filosofía para un tal ser. Que la materia es "lo físico" (es
decir, lo más conocido y directamente dado al hombre, y de cuya existencia no
duda nadie, a excepción de los recluidos en los manicomios), esto Avenarius no
lo niega; él sólo exige que se adopte "su " teoría sobre la conexión
indisoluble del medio y el YO.
Mach expresa esta misma idea con más sencillez, sin
artificios filosóficos: "Lo que llamamos materia no es más que una determinada
conexión regular de los elementos ("de las sensaciones")" (Análisis
de las sensaciones, pág. 265). Mach cree operar con tal afirmación una
"revolución radical" en la concepción corriente del mundo. En realidad, esto
es idealismo subjetivo viejo, archiviejo, cuya desnudez es tapada por la
palabreja "elemento".
Finalmente, el machista inglés Pearson, que combate con furia
al materialismo, dice: "Desde el punto de vista científico no puede haber
ninguna objeción contra el hecho de clasificar juntos ciertos grupos más o
menos constantes de
pág. 179
impresiones de los sentidos, y llamarlos materia; nos acercamos, pues,
mucho a la definición de J. St. Mill: 'La materia es una posibilidad constante
de sensaciones'; pero semejante definición de la materia en nada se parece a
la que afirma que la materia es una cosa que se mueve" (The Grammar of
Science [La gramática de la ciencia ], 1900, 2a edición, pág. 249). Aquí no existe la hoja de parra de los
"elementos", y el idealista tiende directamente la mano al agnóstico.
El lector ve que todos estos razonamientos de los fundadores
del empiriocriticismo gravitan entera y exclusivamente en torno al antiguo
problema gnoseológico de la relación entre el pensar y el ser, entre la
sensación y lo físico. Ha sido precisa la inconmensurable ingenuidad de los
machistas rusos para ver aquí algo que esté relacionado, aunque sea
remotamente, con las "novísimas ciencias naturales" o el "novísimo
positivismo". Todos los filósofos citados sustituyen, unos francamente, otros
cautelosamente, la línea filo sófica fundamental del materialismo (del ser al
pensar, de la materia a la sensación) por la línea inversa, por la línea del
idealismo. Su negación de la materia no es más que la solución, conocida desde
muy antiguo, de los problemas de la teoría del conocimiento en el sentido de
la negación del origen exterior, objetivo, de nuestras sensaciones, de la
negación de la realidad objetiva que corresponde a nuestras sensaciones. Y por
el contrario, el reconocimiento de la línea filosófica que niegan los
idealistas y los agnósticos, se expresa por estas definiciones: es materia lo
que, actuando sobre nuestros órganos sensoriales, produce la sensación; la
materia es la realidad objetiva, que las sensaciones nos transmiten, etc.
Fingiendo no discutir más que con Béltov, y eludiendo
pusilánime a Engels, Bogdánov se indigna por tales defini-
pág. 180
ciones, que son, dice él, "simples repeticiones" (Empiriomonismo,
III, pág. XVI) de la "fórmula" de Engels, se olvida añadir nuestro
"marxista") segun la cual para una dirección filosófica la materia es lo
ptimario y el espíritu lo secundario, y para la otra dirección, todo lo
contrario. ¡Todos los machistas rusos repiten extasiados la "refutación" de
Bogdánov! Y sin embargo, la más ligera reflexión podría probar a estas gentes
que no es posible, que en el fondo no es posible dar otra definición de los
dos últimos conceptos de la gnoseología, más que indicando cuál de ellos es
considerado como primario. ¿Qué es dar una "definición"? Es, ante todo,
trasladar un concepto dado a otro más amplio. Por ejemplo, cuando yo defino:
el asno es un animal, llevo el concepto "asno" a otro concepto más amplio. Se
pregunta ahora si existen conceptos más amplios con los que pudiera operar la
teoría del conocimiento, que los conceptos de: ser y pensar, materia y
sensación, lo físico y lo psíquico. No. Estos son los últimos conceptos, los
más amplios, más allá de los cuales en realidad (si no se tiene en cuenta
modificaciones siempre posibles de la terminología ) no ha ido
hasta ahora la gnoseología. Solamente el charlatanismo o la indigencia
intelectual extremada puede exigir una "definición" tal de estas dos "series"
de conceptos últimos que no consista en una "simple repetición": uno u otro es
considerado como lo primario. Tomad los tres razonamientos mencionados sobre
la materia. ¿A qué se reducen? A que estos filósofos van de lo psíquico o del
YO a lo físico o al medio, como del término central al contra-término, o de la
sensación a la materia, o de la percepción de los sentidos a la materia.
¿Podrían en realidad Avenarius, Mach y Pearson dar cualquier otra "definición"
de los conceptos fundamentales, que no fuese indicando la dirección de
su línea filosófica? ¿Po-
pág. 181
drían ellos definir de otro modo, definir de cualquier otro modo especial
qué es el YO, qué es la sensación, qué es la percepción de los
sentidos? Basta plantear claramente la cuestión para comprender en qué enorme
absurdo caen los machistas cuando exigen de los materialistas una definición
de la materia que no se reduzca a repetir que la materia, la naturaleza, el
ser, lo físico es lo primario; el espíritu, la conciencia, la sensación, lo
psíquico es lo secundario.
El genio de Marx y de Engels se manifestó, precisamente,
entre otras cosas en que despreciaban el juego seudo-científico de las
palabrejas nuevas, de los términos alambicados, de los "ismos" sutiles,
diciendo sencilla y claramente: En filosofía hay la línea materialista y la
línea idealista, y entre ellas se hallan situados los diferentes matices del
agnosticismo. Los tenaces esfuerzos por hallar un "nuevo" punto de vista en
filosofía, revelan la misma indigencia espiritual que los esfuerzos por crear
una "nueva" teoría del valor, una "nueva" teoría de la renta, etc.
Carstanjen, discípulo de Avenarius, relata que éste dijo un
día, en el curso de una conversación particular: "No conozco ni lo físico, ni
lo psíquico, sino una tercera cosa". A la observación de un escritor que decía
que el concepto de esta tercera cosa no había sido dado por Avenarius,
Petzoldt contestaba: "Nosotros sabemos por qué no ha podido formular este
concepto. Para esta tercera cosa no hay contraconcepto [Gegenbegriff --
concepto correlativo] . . . La pregunta: ¿Qué es la tercera cosa?, está
planteada con falta de lógica" (Einführung in die Philosophie der reinen
Erfahrung [Introducción a la filosofía de la experiencia pura ],
II, 329). Que este último concepto no se puede definir, lo comprende Petzoldt.
Pero no comprende que la referencia a la "tercera cosa" es un simple
subterfugio, pues cada uno de
pág. 182
nosotros sabe qué es lo físico y qué es lo psíquico, pero ninguno de
nosotros sabe en el momento presente qué es la "tercera cosa". Avenarius no
usa de tal subterfugio más que para borrar las huellas, declarando de
hecho el YO (término central) como lo primario y la naturaleza (el
medio) como lo secundario (contra-término).
Naturalmente, la contradicción entre la materia y la
conciencia no tiene significado absoluto más que dentro de los límites de un
dominio muy restringido: en este caso, exclusivamente dentro de los límites de
la cuestión gnoseológica fundamental acerca de qué es lo que hay que reconocer
como lo primario y qué es lo que hay que reconocer como lo secundario. Más
allá de estos límites la relatividad de tal contraposición no suscita duda
alguna.
Veamos ahora qué uso hace de la palabra experiencia la
filosofía empiriocriticista. En el primer parágrafo de la Crítica de la
experiencia pura se expone la siguiente "hipótesis": "Toda parte de
nuestro medio se halla en una relación tal con los individuos humanos, que
cuando dicha parte nos es dada, éstos afirman su experiencia: aprendo tal y
tal cosa mediante la experiencia; tal y tal cosa es experiencia, o viene de la
experiencia, o depende de la experiencia" (pág. 1 de la traducción rusa). Así,
pues, la experiencia se define siempre por medio de los mismos conceptos: el
YO y el medio; en cuanto a la "doctrina" de su conexión "indisoluble",
se la archiva de momento. Sigamos. "El concepto sintético de la experiencia
pura": "precisamente de la experiencia, como aserto para el que, en su
integridad, sirven de premisa exclusivamente las partes del medio" (1-2). Si
se admite que el medio existe independientemente de los "asertos" y de los
"juicios" del hombre, ¡la interpretación materialista de la experiencia llega
a ser posible! "El concepto ana-
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lítico de la experiencia pura": "precisamente como aserto al que no se ha
mezclado nada que no sea a su vez experiencia, y que, por consiguiente, no
representa otra cosa que la experiencia" (2). La experiencia es la
experiencia. ¡Y aun hay gentes que toman este galimatias con pretensiones
seudocientíficas por una auténtica profundidad de ideas!
Es necesario todavía agregar que, en el tomo II de la
Crítica de la experiencia pura, Avenarius considera la "experiencia"
como un "caso especial" de lo psíquico ; que divide la experiencia en
sachhafte Werte (valores reales) y gedan kenhafte Werte (valores mentales);
que la "experiencia en el sentido lato" incluye estos últimos; que la
"experiencia completa" se identifica con la coordinación de principio
(Bemerkungen). En una palabra: "pide lo que quieras". La "experiencia" abarca
tanto la línea materialista como la línea idealista en filosofía, consagrando
la confusión entre una y otra. Si nuestros machistas aceptan con toda
confianza la "experiencia pura" como oro de ley, en cambio, los representantes
de diversas direcciones señalan por igual en la literatura filosófica el abuso
que Avenarius hace de este concepto. "Avenarius no define de una manera
precisa la experiencia pura -- escribe A. Riehl --, y su aserto: 'la
experiencia pura es una experiencia a la que no se ha mezclado nada que no sea
a su vez experiencia', manifiestamente da vueltas en un círculo vicioso"
(Systematische Philosophie, Leipzig, 1907, pág. 102). La experiencia
pura para Avenarius -- escribe Wundt -- significa, tan pronto una fantasia
cualquiera, como unos asertos con "caracteres de materialidad" (Phil.
Studien, tomo XIII, págs. 92-93). Avenarius dilata el concepto de
la experiencia (pág. 382). "De la exacta definición de los términos:
experiencia y experiencia pura -- escribe Cauwelaert -- depende el sentido de
toda esta
pág. 184
filosofía. Avenarius no da esa definición exacta" (Rev.
Néoscolestique, 1907, febrero, pág. 61). "La vaguedad del término
'experiencia' presta buenos servicios a Avenarius", permitiéndole introducir
subrepticiamente el idealismo que finge combatir -- dice Norman Smith
(Mind, vol. XV, pág. 29).
"Yo declaro solemnemente: el sentido interno, el alma de mi
filosofía es que el hombre no tiene nada en general fuera de la experiencia;
el hombre no llega a todo lo que llega más que por la experiencia" . . . ¿No
es verdad que este filósofo es un fiero defensor de la experiencia pura? El
autor de estas líneas es el idealista subjetivo J. G. Fichte (Sonn. Ber.
etc., pág. 12). Por la historia de la filosofía es sabido que la
interpretación del concepto experiencia ha dividido a los materialistas y a
los idealistas clásicos. La filosofía profesoral de todos los matices disfraza
hoy día su reaccionarismo con declamaciones variadas sobre la "experiencia". A
la experiencia apelan todos los inmanentistas. En el prólogo de la 2a edición de su Conocimiento y error Mach alaba el libro
del profesor W. Jerusalem, en el que leemos: "La admisión del ser primero
divino no contradice a ninguna experiencia" (Der krit. Id. etc., pág.
222).
No merecen otra cosa que compasión quienes han dado crédito a
Avenarius y Cía. cuando éstos afirman que con ayuda de la palabreja
"experiencia" es posible superar la "anticuada" distinción entre el
materialismo y el idealismo. Cuando Valentínov y Iushkévich acusan a Bogdánov,
ligeramente desviado del machismo puro, de abusar del término experiencia,
estos señores no hacen más que poner de manifiesto su ignorancia. Bogdánov es
"inocente" en este punto: no ha hecho más que copiar servilmente la
confusión de Mach y de Avenarius. Cuando dice: "La conciencia y la experiencia
psíquica directa son conceptos idénticos" (Em-
pág. 185
piriomonismo, II, 53), y que la materia "no es la experiencia", sino
"lo desconocido de donde nace todo lo conocido" (Empiriomonismo, III,
XIII), Bogdánov interpreta la experiencia de forma idealista. Y, naturalmente,
no es el primero[*] ni será el
último en crear sistemitas idealistas a base de la palabreja experiencia.
Cuando replica a los filósofos reaccionarios, diciendo que las tentativas de
salir más allá de los límites de la experiencia no llevan en realidad "más que
a abstracciones vacuas y a imágenes contradictorias cuyos ele mentos todos
están, sin embargo, sacados de la experiencia" (I, 48), opone a las vacuas
abstracciones de la conciencia humana lo que existe fuera del hombre e
independientemente de su conciencia, es decir, interpreta la experiencia de
forma materialista.
Asimismo Mach, partiendo del punto de vista del idealismo
(los cuerpos son complejos de sensaciones o "elementos"), se desvía a menudo
hacia la interpretación materialista de la palabra experiencia. "No hay que
extraer la filosofía de dentro de nosotros mismos (nicht aus uns
herausphilosophiren) -- dice en su Mecánica (3a
edición alemana, 1897, pág. 14) --, sino de la experiencia". La experiencia
está aquí opuesta a la filosofía extraida de nosotros mismos, es decir, está
tratada como algo objetivo, algo dado al hombre desde fuera de él; está
tratada de forma materialista. Otro ejemplo más: "Lo que observamos en la
naturaleza se imprime en nuestras representaciones, aun cuando no lo
comprendamos ni lo analicemos, y estas representaciones imitan
pág. 186
(nachahmen) luego los procesos de la naturaleza en sus rasgoy más generales
y más estables (stärksten). Poseemos con dicha experiencia un tesoro (Schatz),
que siempre tenemos a nuestra disposición . . ." (loc. cit., pág. 27). Aquí la
naturaleza está considerada como lo primario, y la sensación y la experiencia
como lo derivado. Si Mach se hubiese atenido consecuentemente a este punto de
vista en las cuestiones fundamentales de la gnoseología, habría librado a la
humanidad de numerosos y absurdos "complejos" idealistas. Un tercer ejemplo:
"La estrecha conexión del pensamiento con la experiencia crea las ciencias
naturales modernas. La experiencia engendra el pensamiento. Este último se
desarrolla más y de nuevo se confronta con la experiencia", etc.
(Erkenntnis und Irrtum [Conocimiento y error ], pág 200). Aquí
la "filosofía" especial de Mach ha sido tirada por la borda, y el autor pasa a
adoptar espontáneamente el punto de vista habitual de los naturalistas, que
ven la experiencia de forma materialista.
En resumen: el término "experiencia", sobre el cual
construyen sus sistemas los adeptos de Mach, ha servido desde hace mucho
tiempo para encubrir los sistemas idealistas y sirve ahora a Avenarius y Cía.
para su ecléctico tránsito de la posición idealista al materialismo, e
inversamente. Las variadas "definiciones" de este concepto no hacen más que
expresar las dos líneas fundamentales de la filosofía, tan claramente
reveladas por Engels.
En las páginas X-XI del prólogo a L. Feuerbach (ed. de
1905) Plejánov dice:
pág. 187
"Un autor alemán hace observar que la experiencia es
para el empiriocriticismo tan sólo objeto de investigación y no, en manera
alguna, medio de conocimiento. Si es así, la contraposición entre el
empiriocriticismo y el materialismo pierde su sentido, y las disertaciones
acerca de que el empiriocriticismo está llamado a reemplazar al materialismo,
son completamente vacuas e inútiles".
Esto no es más que confusión de una punta a otra.
Fr. Carstanjen, uno de los partidarios más "ortodoxos" de
Avenarius, dice en su artículo sobre el empiriocriticismo (en contestación a
Wundt) que "para la Crítica de la experiencia pura la experiencia no es
medio de conocimiento, sino tan sólo objeto de investigación"*. ¡Resulta,
según Plejánov, que la contraposición entre los puntos de vista de Fr.
Carstanjen y el materialismo está desprovista de sentido!
Fr. Carstanjen parafrasea casi literalmente a Avenarius, que
en sus Observaciones contrapone resueltamente su concepto de la
experiencia como de lo que nos es dado, de lo que descubrimos (das
Vorgefundene), al concepto según el cual la experiencia es un "medio de
conocimiento" "en el sentido de las teorías dominantes del conocimiento, en el
fondo enteramente metafísicas" (loc. cit., pág. 401). Petzoldt dice lo mismo,
siguiendo a Avenarius, en su Introducción a la filosofía de la experiencia
pura (t. I, pág. 170). ¡Resulta, según Plejánov, que la contraposición
entre los puntos de vista de Carstanjen, de Avenarius y de Petzoldt y el
materialismo está desprovista de sentido! O Plejánov no "ha leído hasta el
fin" a Carstanjen y Cía. o ha adquirido de quinta mano ese extracto de "un
escritor alemán"
pág. 188
¿Qué significa esa afirmación de los empiriocriticistas más
notables, incomprendida por Plejánov? Carstanjen quiere decir que Avenarius,
en su Crítica de la experiencia pura, toma como objeto de
investigación la experiencia, es decir, "toda especie de afirmaciones
humanas". Avenarius no investiga aquí -- dice Carstanjen (pág. 50 del art.
cit.) -- si esas afirmaciones son reales o si son, por ejemplo, visiones
; no hace más que agrupar, sistematizar y clasificar formalmente toda
clase de afirmaciones humanas, tanto idealistas como materialistas
(pág. 53), sin abordar el fondo de la cuestión. Carstanjen tiene completa
razón al calificar este punto de vista como "escepticismo por excelencia"
(pág. 213). Carstanjen, por lo demás, defiende en dicho artículo a su querido
maestro de la acusación vergonzosa (desde el punto de vista de un profesor
alemán) de materialismo que le lanza Wundt. ¡Materialistas nosotros, vamos! --
viene a replicar Carstanjen --: si nosotros hablamos de "experiencia", no es,
ni mucho menos, en el sentido habitual y corriente, que lleva o podría llevar
al materialismo, sino en el sentido de que investigamos todo lo que los
hombres "afirman" ser experiencia. Carstanjen y Avenarius consideran como
materialista la concepción según la cual la experiencia es un medio de
conocimiento (concepción acaso la mas corriente, pero, sin embargo, falsa,
como hemos visto en el ejemplo de Fichte). Avenarius se separa de la
"metafísica" "dominante", que se obstina en considerar el cerebro como órgano
del pensamiento, sin tener en cuenta las teorías de la introyección y de la
coordinación. Por lo que es descubierto por nosotros o lo que nos es dado (das
Vorgefundene) Avenarius entiende precisamente la conexión indisoluble entre el
YO y el medio, lo que lleva a una interpretación confusa e idealista de
la "experiencia".
pág. 189
Así, pues, bajo la palabra experiencia pueden,
indudablemente, cobijarse tanto la línea materialista como la línea idealista
de la filosofía, igual que la de Hume y la de Kant, pero ni la definición de
la experiencia como objeto de investigación[*], ni su definición como medio de conocimiento,
resuelven nada en este sentido. Especialmente las observaciones de Carstanjen
hechas contra Wundt no tienen en absoluto nada que ver con la cuestión de la
contraposición entre el empiriocriticismo y el materialismo.
Como caso curioso, señalaremos que Bogdánov y Valentínov,
respondiendo sobre este punto a Plejánov, pusieron de manifiesto una
información que en nada era mejor. Bogdánov dice: "Eso no está bastante claro"
(III, pág. XI), "pertenece a los empiriocriticistas ver lo que haya en esta
fórmula y aceptar o no la condición". ¡Posición ventajosa: yo no soy machista
y no estoy obligado a ver en qué sentido habla de la experiencia un Avenarius
o un Carstanjen! Bogdánov quiere servirse de la doctrina de Mach (y de la
confusión que crea por medio de la "experiencia"), pero no quiere asumir la
responsabilidad de ella.
El empiriocriticista "puro" Valentínov ha citado la nota de
Plejánov y ha bailado un cancán ante el público, mofántose de Plejánov por no
haber nombrado al autor y por no haber explicado de qué se trataba (págs.
108-109 del libro cit.). Pero este filósofo empiriocriticista no ha contestado
ni una palabra sobre el fondo de la cuestión, después de reconocer que
"leyó por tres veces, si no más" la nota de Ple-
pág. 190
jánov (sin haber entendido nada de ella, evidentemente). ¡Buenos son los
machistas!
La cuestión de la causalidad es de singular importancia para
la determinación de la línea filosófica de este o el otro novísimo "ismo",
razón por la cual debemos detenernos en esta cuestión más detalladamente.
Empezaremos con la exposición de la teoría materialista del
conocimiento en cuanto a este punto. En su réplica ya citada a R. Haym, expuso
L. Feuerbach con particular claridad su criterio sobre esta materia.
"La naturaleza y la razón humana -- dice Haym -- se divorcian
en él [en Feuerbach] por completo: un abismo in franqueable se abre entre una
y otra. Haym funda este reproche en el § 48 de mi Esencia de la
religión, donde se dice que 'la naturaleza no puede ser concebida más que
por ella misma; que su necesidad no es una necesidad humana o lógica,
metafísica o matemática; que sólo la naturaleza es un ser al cual no se puede
aplicar ninguna medida humana, aun cuando comparemos entre sí sus fenómenos y
apliquemos en general a ella, con objeto de hacerla inteligible para nosotros,
expresiones y conceptos humanos tales como: el orden, la finalidad, la ley, ya
que estamos obligados a aplicar a ella tales expresiones dada la naturaleza de
nuestro lenguaje'. ¿Qué significa esto? ¿Quiero yo decir con esto que en la
naturaleza no hay ningún orden, de suerte que, por ejemplo, el verano puede
suceder al otoño, el invierno a la primavera, el otoño al invierno? ¿Que no
hay finalidad, de suerte, que, por ejemplo, no existe ninguna coordinación
pág. 191
entre los pulmones y el aire, entre la luz y el ojo, entre el sonido y el
oído? ¿Que no hay ley, de suerte que, por ejemplo, la tierra sigue tan pronto
una órbita elíptica como una órbita circular, tardando ya un año, ya un cuarto
de hora, en hacer su revolución alrededor del sol? ¡Qué absurdo! ¿Qué es lo
que yo quería decir en este pasaje? Yo no pretendía más que trazar la
diferencia entre lo que pertenece a la naturaleza y lo que pertenece al
hombre; en este pasaje no se dice que a las palabras y a las representaciones
sobre el orden, la finalidad y la ley no corresponda nada real en la
naturaleza, en él se niega únicamente la identidad del pensar y del ser, se
niega que el orden, etc., existan en la naturaleza precisamente lo mismo que
en la cabeza o en la mente del hombre. El orden, la finalidad, la ley no son
más que palabras con ayuda de las cuales traduce el hombre en su
lengua, para comprenderlas, las obras de la naturaleza; estas palabras no se
hallan desprovistas de sentido, no se hallan desprovistas de contenido
objetivo (nicht sinn -- d. h. gegenstandlose Worte); pero, sin embargo, es
preciso distinguir el original de la traducción. El orden, la finalidad, la
ley expresan en el sentido humano algo arbitrario.
"El teísmo deduce directamente del carácter fortuito
del orden, de la finalidad y de las leyes de la naturaleza su origen
arbitrario, la existencia de un ser diferente a la naturaleza, y que infunde
el orden, la finalidad y la ley a la naturaleza caótica (dissolute) por sí
misma (an sich) y extraña a toda determinación. La razón de los teístas . . .
es una razón que se halla en contradicción con la naturaleza y está
absolutamente privada de la comprensión de la esencia de la naturaleza. La
razón de los teístas divide a la naturaleza en dos seres: uno material y otro
formal o espiritual" (Werke [Obras ], tomo VII, 1903, págs.
518-520).
pág. 192
De modo que Feuerbach reconoce en la naturaleza las leyes
objetivas, la causalidad objetiva, que sólo con aproximada exactitud es
reflejada por las representaciones humanas sobre el orden, la ley, etc. El
reconocimiento de las leyes objetivas en la naturaleza está para Feuerbach
indisolublemente ligado al reconocimiento de la realidad objetiva del mundo
exterior, de los objetos, de los cuerpos, de las cosas, reflejados por nuestra
conciencia. Las concepciones de Feuerbach son consecuentemente materialistas.
Y todas las demás concepciones o, más exactamente, toda otra línea filosófica
en la cuestión acerca de la causalidad, la negación de las leyes objetivas, de
la causalidad y de la necesidad en la naturaleza, Feuerbach cree con razón que
corresponden a la dirección del fideísmo. Pues está claro, en efecto, que la
línea subjetivista en la cuestión de la causalidad, el atribuir el origen del
orden y de la necesidad en la naturaleza, no al mundo exterior objetivo, sino
a la conciencia, a la razón, a la lógica, etc., no sólo desliga la razón
humana de la naturaleza, no sólo contrapone la primera a la segunda, sino que
hace de la naturaleza una parte de la razón, en lugar de considerar la
razón como una partícula de la naturaleza. La línea subjetivista en la
cuestión de la causalidad es el idealismo filosófico (del que sólo son
variedades las teorías de la causalidad de Hume y de Kant), es decir, un
fideísmo más o menos atenuado, diluido. El reconocimiento de las leyes
objetivas de la naturaleza y del reflejo aproximadamente exacto de tales leyes
en el cerebro del hombre, es materialismo.
Por lo que se refiere a Engels, no tuvo ocasión, si no me
equivoco, de contraponer de manera especial su punto de vista materialista de
la causalidad a las otras direcciones. No tuvo necesidad de hacerlo, desde el
momento que se había
pág. 193
desolidarizado de modo plenamente definido de todos los agnósticos en una
cuestión más capital, en la cuestión de la realidad objetiva del mundo
exterior. Pero debe estar claro para el que haya leído con alguna atención las
obras filosóficas de Engels que éste no admitía ni sombra de duda a propósito
de la existencia de las leyes objetivas, de la causalidad y de la necesidad de
la naturaleza. Ciñámonos a algunos ejemplos. En el primer parágrafo del
Anti-Dühring, Engels dice: "Para conocer estos detalles [o las
particularidades del cuadro de conjunto de los fenómenos universales], tenemos
que desgajarlos de su entronque histórico o natural (natürlich) e
investigarlos por separado, cada uno de por sí, en su carácter, causas y
efectos especiales" (págs. 5-6). Es evidente que este entronque natural, este
entronque de los fenómenos de la naturaleza existe objetivamente. Engels
subraya en particular el concepto dialéctico de la causa y del efecto: "La
causa y el efecto son representaciones que sólo rigen como tales en su
aplicación al caso aislado, pero que, examinando el caso aislado en su
concatenación general con la imagen total del universo, convergen y se diluyen
en la idea de una trama universal de acciones y reacciones, en que las causas
y los efectos cambian constantemente de sitio y en que lo que ahora y aquí es
efecto, adquiere luego y allí carácter de causa, y viceversa" (pág. 8). Por
consiguiente, el concepto humano de la causa y el efecto siempre simplifica
algo la conexión objetiva de los fenómenos de la naturaleza, reflejándola tan
sólo aproximadamente, aislando artificialmente tales o cuales aspectos del
proceso universal único. Cuando hallamos que las leyes del pensamiento
corresponden a las leyes de la naturaleza, esto se hace plenamente
comprensible para nosotros -- dice Engels --, si tomamos en consideración que
el pensamiento y la conciencia son "pro-
pág. 194
ductos del cerebro humano y el mismo hombre no es más que un producto
natural". Se comprende que los "productos del cerebro humano, que en última
instancia no son tampoco más que productos naturales, no se contradicen, sino
que corresponden al resto de la concatenación de la naturaleza
(Naturzusammenhang)" (pág. 22). No hay la menor duda de que existe una
conexión natural, objetiva, entre los fenómenos del universo. Engels habla
constantemente de las "leyes de la naturaleza", de la "necesidad natural"
(Naturnotwendigkeiten) y no juzga indispensable aclarar de una manera especial
las tesis generalmente conocidas del materialismo.
En Ludwig Feuerbach leemos igualmente que "las leyes
generales del movimiento, tanto del mundo exterior como del pensamiento humano
son esencialmente idénticas en cuanto a la cosa, pero distintas en cuanto a la
expresión, en el sentido de que el cerebro humano puede aplicarlas
conscientemente mientras que en la naturaleza, y hasta hoy también, en gran
parte, en la historia humana, estas leyes se abren paso de un modo
inconsciente, bajo la forma de una necesidad exterior, en medio de una serie
infinita de aparentes casualidades" (pág. 38). Y Engels acusa a la antigua
filosofía de la naturaleza de haber suplantado las
"concatenaciones reales [de los fenómenos de la naturaleza], que aún no se
habían descubierto, por otras ideales, imaginarias" (pág. 42)[41]. El reconocimiento de las leyes objetivas, el
reconocimiento de la causalidad y de la necesidad en la naturaleza, está
expresado muy claramente por Engels, que al mismo tiempo subraya el carácter
relativo de nuestros reflejos, es decir, de los reflejos humanos,
aproximativos, de esas leyes en tales o cuales conceptos.
pág. 195
Refiriendonos a J. Dietzgen, debemos indicar ante todo una de
las innumerables tergiversaciones de la cuestión por nuestrw; machistas. Uno
de los autores de los Ensayos "sobre" La filosofía del marxismo,
el señor Helfond, nos dice: "Los puntos fundamentales de la concepción del
mundo de Dietzgen pueden ser resumidos como sigue: . . . 9) la dependencia
causal que atribuimos a las cosas no está, en realidad, contenida en las cosas
mismas" (248). Esto es un completo absurdo. El señor Helfond, cuyas
ideas propias representan una verdadera ensalada de materialismo y
agnosticismo, ha falseado sin escrúpulos a J. Dietzgen. Naturalmente,
en J. Dietzgen se pueden encontrar no pocas confusiones, imprecisiones y
errores que son del agrado de los machistas y que obligan a todo materialista
a ver en J. Dietzgen un filósofo no del todo consecuente. Pero únicamente los
Helfond, únicamente los machistas rusos son capaces de atribuir al
materialista J. Dietzgen la negación directa del concepto materialista de la
causalidad.
"El conocimiento científico objetivo -- dice J. Dietzgen en
su obra La esencia del trabajo cerebral (ed. alemana de 1903) -- busca
las causas no en la fe, no en la especulación, sino en la experiencia, en la
inducción, no a priori, sino a posteriori. Las ciencias naturales no buscan
las causas fuera de los fenómenos, detrás de los fenómenos, sino en ellos o
por medio de ellos" (págs. 94-95). "Las causas son productos de la facultad de
pensar. Pero no son sus productos puros; son engendrados por esta facultad en
unión con el material suministrado por los sentidos. El material suministrado
por los sentidos da a la causa así engendrada su existencia objetiva. Lo mismo
que exigimos de la verdad que sea la de un fenómeno objetivo, así exigimos de
la causa que sea real, que sea la causa de un efecto objetivamente dado"
(págs.
pág. 196
98-99). "La causa de una cosa está en su concatenación" (pág 100).
De aquí se desprende que el señor Helfond ha vertido una
afirmación directamente contraria a la realidad. La concepción del
mundo del materialismo, expuesta por J. Dietzgen, reconoce que la "dependencia
causal" está "en las cosas mismas". Para confeccionar su ensalada
machista, el señor Helfond ha tenido que confundir la línea materialista y la
línea idealista en la cuestión de la causalidad. Pasemos a esta segunda línea.
Avenarius nos da en su primera obra: La filosofía,
como concepción del mundo según el principio del esfuerzo minimo, una
exposición clara de los puntos de partida de su filosofía en cuanto a esta
cuestión. Leemos en el § 81: "No percibiendo [no conociendo por la
experiencia: erfahren] la fuerza como algo que origina el movimiento, no
percibimos tampoco la necesidad de movimiento alguno . . . Todo lo que
percibimos (erfahren) es que lo uno sigue a lo otro". Estamos en presencia del
punto de vista de Hume en su forma más pura: la sensación, la experiencia nada
nos hablan de necesidad alguna. El filósofo que afirma (fundándose en el
principio de la "economía del pensamiento") que sólo existe la sensación, no
podía llegar a ninguna otra conclusión. "Por cuanto la idea de la
causalidad -- leemos más abajo -- exige la fuerza y la necesidad o la
imposición como partes integrantes del efecto, dicha idea se desvanece con
estas últimas" (§ 82). "La necesidad expresa un grado determinado de la
probabilidad con que se espera la llegada del efecto" (§ 83, tesis).
Esto es subjetivismo bien definido en la cuestión de la
causalidad. Un mínimo de consecuencia no nos permitiría
pág. 197
alcanzar otra conclusión que el reconocimiento de la realidad objetiva como
origen de nuestras sensaciones.
Tomemos a Mach. En el capítulo especial sobre "la causalidad
y la explicación" Wärmelehre, 2a edición, 1900,
págs. 432-439)[*] leemos: "La
crítica de Hume [del concepto de causalidad] sigue en todo su vigor", Kant y
Hume resuelven diferentemente el problema de la causalidad (¡los demás
filósofos no existen para Mach!); "nos adherimos" a la solución de Hume.
"Excepto la necesidad lógica [subrayado por Mach] no existe ninguna
otra, por ejemplo, la física". Tal es justamente la concepción que de manera
tan resuelta combatía Feuerbach. Ni siquiera se le ocurre a Mach negar su
afinidad con Hume. Tan sólo los machistas rusos han podido llegar hasta
afirmar la "compatibilidad" del agnosticismo de Hume con el materialismo de
Marx y de Engels. Leemos en la Mecánica de Mach: "En la naturaleza no
hay ni causa ni efecto" (pág. 474, 3B edición, 1897). "Yo he expuesto muchas
veces que todas las formas de la ley de la causalidad proceden de las
tendencias (Trieben) subjetivas; ninguna necesidad obliga a la naturaleza a
corresponder a éstas" (495).
Es preciso advertir ahora que nuestros machistas rusos
sustituyen con chocante ingenuidad la cuestión del carácter materialista o
idealista de todos los razonamientos sobre la ley de la causalidad con la
cuestión de esta o la otra formulación de dicha ley. Los profesores
empiriocriticistas alemanes les han hecho creer que decir: "correlación
funcional", a hacer un descubrimiento propio del "novísimo positivismo" y
desembarazarse del "fetichismo" de expresiones por el estilo de "necesidad",
"ley", etc. Naturalmente, eso son puras
pág. 198
simplezas, y Wundt tenía completa razón al burlarse de ese cambio de
palabras (págs. 383 y 388 del artículo citado en Phil. Studien ),
que en nada cambian el fondo de la cuestión. El mismo Mach habla de "todas las
formas" de la ley de la causalidad y hace en Conocimiento y error
(2a edición, pág. 278) la reserva muy comprensible de que
el concepto de función puede expresar de manera más exacta la "dependencia de
los elementos" únicamente cuando se ha logrado la posibilidad de expresar los
resultados de las investigaciones en magnitudes mensurables, lo que
hasta en ciencias como la química no se ha logrado más que parcialmente. Hay
que creer que desde el punto de vista de nuestros machistas, poseídos de tanta
confianza en los descubrimientos profesorales, Feuerbach (sin hablar ya de
Engels) ¡no sabía que los conceptos de orden, de ley, etc., pueden bajo
ciertas condiciones ser expresados matemáticamente por determinadas
correlaciones funcionales.
La cuestión gnoseológica verdaderamente importante, la que
divide las direcciones filosóficas, no consiste en saber cuál es el grado de
precisión que han alcanzado nuestras descripciones de las conexiones causales,
ni si tales descripciones pueden ser expresadas en una fórmula matemática
precísa, sino en saber si el origen de nuestro conocimiento de esas conexiones
está en las leyes objetivas de la naturaleza o en las propiedades de nuestra
mente, en la capacidad inherente a ella de conocer ciertas verdades
apriorísticas, etc. Eso es lo que separa irrevocablemente a los materialistas
Feuerbach, Marx y Engels de los agnósticos (humistas) Avenarius y Mach.
En ciertos lugares de sus obras Mach -- a quien sería un
pecado acusar de consecuencia -- a menudo "olvida" su conformidad con Hume y
su teoría subjetivista de la causalidad,
pág. 199
razonando "buenamente" como un naturalista, es decir, desde un punto de
vista espontáneamente materialista. Por ejemplo, en la Mecánica leemos:
"La naturaleza nos enseña a hallar la uniformidad en sus fenómenos" (pág. 182
de la traducción francesa). Si encontramos uniformidad en los fenómenos
de la naturaleza, ¿hay que deducir de ello que tal uniformidad tenga una
existencia objetiva, fuera de nuestra mente? No. Sobre esta misma cuestión de
la uniformidad de la naturaleza, Mach afirma cosas como ésta: "La fuerza que
nos incita a completar en el pensamiento hechos que no hemos observado más que
a medias, es la fuerza de la asociación. Esta se refuerza grandemente por la
repetición. Entonces nos parece una fuerza extraña independiente de nuestra
voluntad y de los hechos aislados, fuerza que dirige los pensamientos y
[cursiva de Mach] los hechos, manteniendo en conformidad los unos con los
otros, como una ley de unos y otros. Que nos creamos capaces de
formular predicciones con ayuda de esa ley, sólo [!] prueba la suficiente
uniformidad de nuestro medio, pero en modo alguno prueba la necesidad
del éxito de las predicciones" (Wärmelehre, pág. 383).
¡Resulta que se puede y se debe buscar no se sabe qué otra
necesidad fuera de la uniformidad del medio, es decir, de la
naturaleza! ¿Dónde buscarla? Ese es el secreto de la filosofía idealista, que
teme reconocer la capacidad cognoscitiva del hombre como un simple reflejo de
la naturaleza. ¡En su última obra, Conocimiento y error, Mach llega
hasta a definir la ley de la naturaleza como una "limitación de la
expectativa"! (2a edición, págs 450 y siguientes). A
pesar de todo, saca su parte el solipsismo.
Veamos cuál es la posición de otros autores pertenecientes a
esta misma dirección filosófica. El inglés Karl Pearson se expresa con la
precisión que le es propia: "Las leyes de
pág. 200
la ciencia son más bien productos de la inteligencia humana que factores
del mundo exterior" (The Grammar of Science, 2a
ed., pág. 36). "Tanto los poetas como los materialistas que ven en la
naturaleza la soberana del hombre, olvidan con demasiada frecuencia que el
orden y la complejidad de los fenómenos que admiran, son, por lo menos, lo
mismo el producto de las facultades cognoscitivas del hombre, que sus propios
recuerdos y pensamientos" (185). "El carácter tan amplio de la ley de la
naturaleza es producto de la ingeniosidad del espíritu humano" (ib.). "El
hombre es el creador de la ley de la naturaleza , reza el § 4 del tercer
capítulo. "La afirmación de que el hombre dicta las leyes a la naturaleza
tiene mucho más sentido que la afirmación contraria, según la cual la
naturaleza dicta las leyes al hombre", aun cuando -- el honorabilísimo
profesor lo reconoce con amargura -- este últitno punto de vista
[materialista] "desgraciadarnente está demasiado extendido en nuestros días"
(pág. 87). En el capítulo IV, dedicado a la cuestión de la causalidad, el § 11
formula así la tesis de Pearson: "La necesidad per terece al mundo
de los conceptos y no al mundo de las percepciones ". Hay que señalar que
para Pearson las percepciones o las impresiones de los sentidos "son
precisamente" la realidad existente fuera de nosotros. "No hay ninguna
necesidad interior en la uniformidad con que se repiten ciertas series de
percepciones, en esa rutina de las percepciones; pero la rutina de las
percepciones es la condición indispensable para la existencia de los seres
pensantes. Luego la necesidad está en la naturaleza del ser pensante, y no en
las percepciones mismas: es un producto de la capacidad cognoscitiva" (pág.
139).
Nuestro machista, con el cual el "mismo" Mach expresa su
plena solidaridad repetidas veces, llega así con toda feli-
pág. 201
cidad al puro idealismo kantiano: ¡el hombre dicta las leyes a la
naturaleza y no la naturaleza al hombre! No se trata de repetir con Kant la
doctrina del apriorismo -- esto determina, no la línea idealista en filosofía,
sino una formulación particular de dicha línea --, sino de que la razón, el
pensa miento, la conciencia son aquí lo primario, y la naturaleza lo
secundario. No es la razón una partícula de la naturaleza, uno de sus
productos supremos, el reflejo de sus procesos, sino que la naturaleza es una
parte integrante de la razón, que de este modo se dilata, convirtiéndose de la
ordinaria y simple razón humana, a todos familiar, en la razón "ilimitada" --
como decía J. Dietzgen --, misteriosa, divina. La fórmula kantiana-machista:
"el hombre dicta las leyes a la naturaleza", es la fórmula del fideísmo.
Cuando nuestros machistas se asombran al leer en Engels que la admisión de la
naturaleza y no del espíritu como lo primario es el fundamental rasgo
distintivo del materialismo, sólo demuestran con ello hasta qué punto son
incapaces de distinguir las corrientes filosóficas verdaderamente importantes
del juego profesoral de la erudición y de los terminillos sabios.
J. Petzoldt, que en sus dos volúmenes analiza y desarrolla a
Avenarius, puede proporcionarnos una bonita muestra de la escolástica
reaccionaria de la doctrina de Mach. "Todavía en nuestros días -- exclama --,
150 años después de Hume, la sustancialidad y la causalidad paralizan el ánimo
del pensador" (Introducción a la filosofía de la experiencia pura, t.
I, pág 31). ¡Sin duda, los más "animosos" son los solipsistas, que han
descubierto la sensacion sin materia orgánica, el pensamiento sin cerebro, la
naturaleza sin leyes objetivas! "La última formulación, aún no mencionada por
nosotros, de la causalidad, la necesidad o la necesidad de la
naturaleza, tiene algo de vago y de místico": la idea del "fetichismo",
pág. 202
del "antropomorfismo", etc. (32 y 34). ¡Cuán pobres místicos son Feuerbach,
Marx y Engels! Hablaban sin cesar de la necesidad de la naturaleza, y hasta
tildaban de reaccionarios teóricos a los partidarios de la línea de Hume . . .
Petzoldt está por encima de todo antropomorfismo. Ha descubierto la gran
"ley de la determinación en sentido único ", que elimina toda falta de
claridad, todo rastro de "fetichismo", etc., etc., etc. Por ejemplo: El
paralelogramo de fuerzas (pág. 35). No se le puede "demostrar", hay que
admitirlo como un "hecho de la experiencia". No se puede admitir que un cuerpo
que recibe los mismos impulsos, se mueva de formas variadas. "No podemos
admitir tanta indeterminación y arbitrariedad en la naturaleza; debemos exigir
de ella determinación y leyes" (35) Bien. Bien. Exigimos leyes de la
naturaleza. La burguesía exige de sus profesores reaccionarismo. "Nuestro
pensamiento exige de la naturaleza determinación, y la naturaleza siempre se
somete a tal exigencia; inclusive veremos que, en cierto sentido, está
obligado a someterse a ella" (36) ¿Por qué un cuerpo que recibe un impulso
sobre la línea AB se mueve hacia C y no hacia D o hacia
F, etc.?
"¿Por qué la naturaleza no acepta otra dirección entre las
innumerables direcciones posibles?" (pág. 37). Porque entonces habría
"determinación múltiple", mientras que el gran descubrimiento
empiriocriticista de Joseph Petzoldt exige la determinación en sentido
único.
pág. 203
¡Y los "empiriocriticistas" llenan páginas a docenas con tan
inenarrables galimatías!
". . . Hemos notado repetidas veces que nuestra tesis no
extrae su fuerza de una suma de experiencias aisladas, sino que exigimos su
reconocimiento (seine Geltung) por la naturaleza. Y en efecto, dicha tesis es
para nosotros, antes de llegar a ser ley, un principio que aplicamos a la
realidad, o sea un postulado. Tiene valor, por decirlo así, a priori,
independientemente de toda experiencia aislada. A primera vista, no es propio
de la filosofía de la experiencia pura predicar verdades a priori, volviendo
así a la más estéril metafísica. Pero nuestro apriorismo no es más que un
apriorismo lógico, y no psicológico ni metafísico" (40). ¡Evidentemente, no
hay más que calibrar el a priori de lógico para que esa idea pierda todo lo
que tiene de reaccionaria y se eleve a la cumbre del "novísimo positivismo"!
No puede haber -- nos enseña además Petzoldt -- determinación
en sentido único de los fenómenos psíquicos: el papel de la fantasía, la
importancia de los grandes inventores, etc., son causa de excepciones,
mientras que la ley de la naturaleza o la ley del espíritu no consiente
"excepción alguna" (65). Estamos en presencia del más puro de los metafísicos,
que no tiene la menor idea de la relatividad de la distinción entre lo
fortuito y lo necesario.
¿Se me arguirá quizá -- continúa Petzoldt -- con la
motivación de los acontecimientos de la historia o del desarrollo del carácter
en las obras poéticas? "Si examinamos atentamente el asunto, no encontraremos
esa determinación en sentido único. No hay ni un acontecimiento histórico, ni
un drama en el que no podamos representarnos a los actores obrando
diferentemente en las condiciones psíquicas dadas" (73). "No solamente está
ausente en lo psíquico la determina-
pág. 204
ción en sentido único, sino que tenemos el derecho de exigir que
esté ausente de la realidad [cursiva de Petzoldt]. De ese modo nuestra
doctrina se eleva . . . a la categoría de postulado . . ., es decir, de
condición indispensable de toda experiencia anterior, de un a priori lógico
" [cursiva de Petzoldt] (pág. 76).
Petzoldt continúa operando con dicho "a priori lógico" en los
dos volúmenes de su Introducción y en su opúsculo El cuadro del
mundo desde el punto de vista positivista [*], publicado en 1906. Estamos en presencia del
segundo ejemplo de un destacado empiriocriticista, caído sin darse cuenta en
el kantismo y que predica, bajo un aspecto apenas modificado, las más
reaccionarias doctrinas. Y eso no es un hecho fortuito, puesto que la doctrina
de la causalidad de Mach y de Avenarius es en su misma base una mentira
idealista, cualesquiera que sean las frases sonoras sobre el "positivismo" con
que se la disfrace. La diferencia entre la teoría de la causalidad de Hume y
la de Kant es una diferencia de se gundo orden entre los agnósticos, que están
de acuerdo en lo esencial: en la negación de las leyes objetivas de la
naturaleza, condenándose así, inevitablemente, a llegar a estas o a las otras
conclusiones idealistas. Un empiriocriticista un poco más "escrupuloso" que J.
Petzoldt y que se sonroja de su afinidad con los inmanentistas, Rudolf Willy,
rechaza, por ejemplo, toda la teoría de la "determinación en sentido único" de
Petzoldt, como teoría que no da otra cosa que un "formalismo lógico". ¿Pero
mejora Willy su posición al renegar
pág. 205
de Petzoldt? De ningún modo. Porque no hace más que renegar del
agnosticismo de Kant a favor del agnosticismo de Hume: "Sabemos desde hace ya
mucho tiempo -- escribe --, desde los tiempos de Hume, que la 'necesidad' es
una carac t«ística (Merkmal) puramente lógica, no 'transcendental' o, como
diría mejor y como lo he dicho ya otras veces, puramente verbal (sprachlich)"
(R Willy: Gegen die Schulweisheit [Contra la sabiduría escolar
], Munich, 1905, pág. 91; cf. págs. 173-175).
El agnóstico califica de "transcendental" nuestra concepción
materialista de la necesidad, puesto que, desde el punto de vista de esa misma
"sabiduría escolar" de Hume y de Kant, que Willy no rechaza, sino que depura
un poco, todo reconocimiento de la realidad objetiva que nos es dada en la
experiencia es un "transcensus" ilegítimo.
Entre los autores franceses pertenecientes a la dirección
filosófica que analizamos, también se desorienta incesantemente yendo a parar
al senderillo del agnosticismo Henri Poincaré, gran físico y débil filósofo,
cuyos errores, naturalmente, representan para P. Iushkévich la última palabra
del novísimo positivismo, "novísimo" hasta el punto que incluso ha sido
necesario designarle por un nuevo "ismo": el empiriosimbolismo. Para Poincaré
(de cuyas concepciones en conjunto hablaremos en el capítulo dedicado a la
nueva física), las leyes de la naturaleza son símbolos, convenciones creadas
por el hombre para su "comodidad ". "La armonía interior del mundo es
la única realidad objetiva verdadera"; para Poincaré lo objetivo es lo que
tiene una significación universal, lo que está admitido por la mayoría o por
la totalidad de los hombres* -- es decir, Poincaré, como todos los
pág. 206
prosélitos de Mach, suprime de forma puramente subjetivista la verdad
objetiva --, y en cuanto a si la "armonía" existe fuera de nosotros, responde
de manera categórica: "indudablemente, no". Es bien evidente que los términos
nuevos no cambien en nada la vieja, muy vieja línea filosófica del
agnosticismo, pues la esencia de la "original" teoría de Poincaré se reduce a
la negación (aunque está lejos de ser consecuente en ello) de la realidad
objetiva y de las leyes objetivas de la naturaleza. Es completamente natural,
por tanto, que los kantianos alemanes, a diferencia de los machistas rusos,
que toman las nuevas formulaciones de los antiguos errores por descubrimientos
novísimos, hayan acogido con entusiasmo tal teoría, como una adhesión a sus
concepciones sobre la cuestión filosófica esencial, como una adhesión al
agnosticismo. "El matemático francés Henri Poincaré -- escribe el kantiano
Philiph Frank -- defiende el punto de vista de que muchos de los principios
más generales de las ciencias naturales teóricas (ley de la inercia, de la
conservación de la energía, etc.), de los que frecuentemente es difícil decir
si provienen del empirismo o del apriorismo, no tiene en realidad ni uno ni
otro de estos orígenes, sino que son postulados convencionales, dependientes
del humano arbitrio". "Así que -- concluye extasiado el kantiano -- la
novísima filosofía de la naturaleza renueva de un modo inopinado el concepto
fundamental del idealismo crítico, a saber: que la experiencia no hace más que
llenar los marcos que el hombre trae ya consigo al mundo". . .*
Hemos citado este ejemplo para demostrar de manera bien
patente al lector el grado de ingenuidad de nuestros Iushké-
pág. 207
vich y Cía., que toman una "teoría del simbolismo" cualquiera por una
novedad de buena ley, mientras que los filósofos un poco competentes
dicen clara y sencillamente: ¡el autor ha pasado a sostener el punto de vista
del idealismo crítico! Pues la esencia de dicho punto de vista no está
obligatoriamente en la repetición de las fórmulas de Kant, sino en la admisión
de la idea fundamental, común a Hume y a Kant: la negación de las leyes
objetivas de la naturaleza y la deducción de estas o las otras "condiciones de
la experiencia", de estos o los otros principios, postulados, premisas
partiendo del sujeto, de la conciencia humana y no de la naturaleza.
Tenía razón Engels cuando decía que lo importante no es saber a cuál de las
numerosas escuelas del materialismo o del idealismo se adhiere este o el otro
filósofo, sino saber si se toma como lo primario la naturaleza, el mundo
exterior, la materia en movimiento, o el espíritu, la razón, la conciencia,
etc.
He aquí otra característica del machismo en cuanto a esta
cuestión, en contraste con las demás líneas filosóficas, dada por E. Lucka,
kantiano competente. En la cuestión de la causalidad, "Mach se identifica
completamente con Hume"*. "P. Volkmann deduce la necesidad del pensamiento de
la necesidad de los procesos de la naturaleza -- punto de vista que, en
oposición a Mach y de acuerdo con Kant, reconoce el hecho de la necesidad --,
pero, en oposición a Kant, ve el origen de la necesidad no en el pensamiento,
sino en los procesos de la naturaleza" (424).
P. Volkmann es un físico que escribe mucho sobre las
cuestiones gnoseológicas y se inclina, como la inmensa mayoría
pág. 208
de los naturalistas, al materialismo, si bien a un materialismo
inconsecuente, tímido, balbuceante. Admitir la necesidad de la naturaleza y
deducir de ella la necesidad del pensamiento, es profesar el materialismo.
Deducir del pensamiento la necesidad, la causalidad, las leyes naturales,
etc., es profesar el idealismo. La única inexactitud que hay en el texto
citado, es atribuir a Mach la negación completa de toda necesidad. Hemos visto
ya que esto no es así ni en lo que se refiere a Mach, ni en lo que concierne a
toda la dirección empiriocriticista, que al separarse resueltamente del
materialismo, resbala fatalmente hacia el idealismo.
Nos queda decir algunas palabras expresamente sobre los
machistas rusos. Pretenden ser marxistas, todos ellos "han leído" la
categórica delimitación que traza Engels entre el materialismo y la dirección
de Hume; no han podido menos que oir de labios del propio Mach y de toda
persona un poco informada de su filosofía que Mach y Avenarius siguen la línea
de Hume; ¡pero todos ellos se esfuerzan en no decir ni una palabra
sobre la doctrina de Hume y el materialismo en lo tocante a la causalidad! La
más completa confusión reina entre ellos. Veamos algunos ejemplos. El señor P.
Iushkévich predica el "nuevo" empiriosimbolismo. Tanto las "sensaciones de lo
azul, de lo duro, etc., esos pretendidos datos de la experiencia pura", como
"las creaciones de la razón llamada pura, tales como las quimeras o el juego
de ajedrez", son "empiriosímbolos" (Ensayos, pág. 179). "El
conocimiento es empiriosimbólico y va, al desarrollarse, hacia los
empiriosímbolos de un grado cada vez más elevado de simbolización". "Estos
empiriosímbolos son . . . las llamadas leyes de la naturaleza" (ib.). "La
llamada realidad autentica, el ser de por sí, es el sistema infinito [¡el
señor Iushkévich es terriblemente sabio!], el sistema límite de símbolos a
pág. 209
que aspira nuestro conocimiento" (188). "El torrente de lo dado", "que es
la base de nuestro conocimiento", "es irracional", "ilógico" (187, 194). La
energía "tiene tan poco de cosa, de sustancia, como el tiempo, el espacio, la
masa y las demás nociones fundamentales de las ciencias naturales: la energía
es una constancia, un empiriosímbolo, como los otros empiriosímbolos, que
satisfacen -- hasta un cierto momento -- la necesidad fundamental humana de
introducir la razón, el Logos, en el torrente irracional de lo dado" (209).
Ante nosotros, con ropas de Arlequín hechas de retazos de una
"novísima" terminología abigarrada, chillona, tenemos a un idealista
subjetivo, para quien el mundo exterior, la naturaleza, sus leyes, todo ello
no son más que símbolos de nuestro conocimiento. El torrente de lo dado está
desprovisto de razón, de orden, de leyes: nuestro conocimiento introduce en él
la razón. Los cuerpos celestes, incluyendo la tierra, son símbolos del
conocimiento humano. ¡Si las ciencias naturales nos enseñan que la tierra
existió mucho antes que el hombre y la materia orgánica pudiesen aparecer en
ella, nosotros todo lo hemos cambiado! Somos nosotros los que ponemos
el orden en el movimiento de los planetas, y ese orden es producto de nuestro
conocimiento. Pero dándose cuenta de que tal filosofía dilata la razón humana
hasta hacerla causadora y creadora de la naturaleza, el señor Iushkévich pone
al lado de la razón el "Logos ", es decir, la razón abstracta, no la
razón, sino la Razón, no la función del cerebro humano, sino algo anterior a
todo cerebro, algo divino. La última palabra del "novísimo positivismo" es la
vieja fórmula del fideísmo, que ya desenmascaró Feuerbach.
Tomemos a A. Bogdánov. En 1899, cuando era todavía
materialista a medias y apenas comenzaba a vacilar bajo la influencia de
Wilhelm Ostwald, tan gran químico como con-
pág. 210
fuso filósofo, escribía: "La universal conexión causal de los fenómenos es
el último, el mejor de los frutos del conocimiento humano; es una ley
universal, la más sublime de las leyes que la razón humana dicta a la
naturaleza, según la expresión de un filósofo" (Elementos fundamentales
etc., pág- 41).
¡Alá sabe de dónde sacaba Bogdánov entonces su referencia!
Pero el caso es que la "expresión de un filósofo", crédulamente repetida por
este "marxista", es una expresión de Kant. ¡Desagradable incidente!
Tanto más desagradable cuanto que ni siquiera es posible explicarlo por la
"simple" influencia de Ostwald.
En 1904, cuando ya había abandonado tanto el materialismo de
las ciencias naturales como a Ostwald, escribía Bogdánov: ". . . El moderno
positivismo considera la ley de la causalidad solamente como un medio de
enlazar en el conocimiento los fenómenos en serie ininterrumpida, sólo como
una forma de coordinación de la experiencia" (Psicología social, pág.
207) Bogdánov o ignoraba o callaba que tal positivismo contemporáneo no es
otra cosa que el agnosticismo que niega la necesidad objetiva de la
naturaleza, necesidad existente antes y fuera de todo "conocimiento" y de todo
hombre. Tomaba de los profesores alemanes, como artículo de fe, lo que éstos
llamaban el "moderno positivismo". Por fin, en 1905, llegado ya al estadio
"empiriomonista" después de haber pasado por todos los estadios precedentes,
incluso el estadio "empiriocriticista", escribía Bogdánov: "Las leyes no
pertenecen en ningún modo a la esfera de la experiencia, . . . no están dadas
en ella, sino que son creadas por el pensamiento como un medio de organizar la
experiencia, de coordinarla armoniosamente en una unidad bien proporcionada"
(Empiriomonismo, I, 40). "Las leyes son abstracciones
pág. 211
del conocimiento; y las leyes físicas tienen tan pocas propiedades físicas
como las leyes psicológicas pocas propiedades psíquicas" (ibid.).
Así que la ley según la cual el invierno sigue al otoño y la
primavera al invierno no nos es dada por la experiencia, sino que es creada
por el pensamiento, como un medio de organizar, de armonizar, de coordinar . .
. ¿qué cosa con cuál otra, camarada Bogdánov?
"El empiriomonismo es posible únicamente porque el
conocimiento armoniza activamente la experiencia, eliminando en ella las
innumerables contradicciones, creando para ella formas organizadoras
universales, sustituyendo el caótico mundo primitivo de los elementos por el
mundo derivado, ordenado, de las relaciones" (57). Eso no es verdad. La idea
de que el conocimiento puede "crear" formas universales, sustituir con el
orden el primitivo caos, etc., es una idea de la filosofía idealista. El
universo es el movimiento de la materia conforme a leyes, y nuestro
conocimiento, siendo el producto supremo de la naturaleza, sólo puede
reflejar esas leyes.
En resumen: nuestros machistas, impulsados por la ciega
confianza que les inspiran los "novísimos" profesores reaccionarios, repiten
los errores del agnosticismo de Kant y de Hume sobre el problema de la
causalidad, sin apercibirse ni de la contradicción absoluta de esas doctrinas
con el marxismo, es decir, con el materialismo, ni de cómo resbalan por un
plano inclinado hacia el idealismo.
"El principio del 'mínimo esfuerzo', puesto por Avenarius,
Mach y otros muchos en la base de la teoría del cono-
pág. 212
cimiento, es . . . , sin duda, una tendencia 'marxista' en gnoseología".
Esto declara V. Basárov en los Ensayos, pág. 69.
Marx habla de "economía". Mach habla de "economía". ¿Hay en
efecto, "sin duda", la menor relación entre uno y otro?
La obra de Avenarius La filosofía como concepción del
mundo según el principio del mínimo esfuerzo (1876) aplica, como hemos
visto, ese "principio" de tal forma que llega a declarar en nombre de la
"economía del pensamiento" que sólo existe la sensación. La
causalidad y la "sustancia" (término que gustan de emplear los señores
profesores "para darse importancia", en lugar de un término más preciso y más
claro: materia) se declaran "eliminadas" en nombre de esa misma economía, es
decir, se obtiene la sensación sin materia, el pensamiento sin cerebro. Este
puro galimatias es una tentativa de introducir bajo un nuevo disfraz el
idealismo subjetivo. En la literatura filosófica, como hemos visto,
todos reconocen precisamente dicho carácter a esta obra
básica sobre la famosa "economía del pensamiento". El hecho de que
nuestros discípulos de Mach no hayan sabido discernir el idealismo subjetivo
bajo ese "nuevo" pabellón pertenece al mundo de las curiosidades.
Mach en el Análisis de las sensaciones (pág. 49 de la
traducción rusa) cita entre otros su trabajo de 1872 sobre dicha cuestión. Y
este trabajo es, como hemos visto, una aplicación del punto de vista del
subjetivismo puro, un ensayo para reducir el mundo a las sensaciones.
¡Las dos principales obras que han introducido en la filosofía ese famoso
"principio" son, pues, de tendencia idealistal ¿De qué se trata en este caso?
Se trata de que el principio de la economía del pensamiento, si efectivamente
se le toma "como base de la
pág. 213
teoría del conocimiento", no puede llevar más que al
idealismo subjetivo. Indiscutiblemente "lo más económico" es "pensar" que
existo sólo yo y mis sensaciones, una vez que introducimos en la
gnoseología un concepto tan absurdo.
¿Es "más económico" "pensar" que el átomo es indivisible o
que está compuesto de electrones positivos y negativos? ¿Es "más económico"
pensar que la revolución burguesa rusa se hace por los liberales, o que se
hace contra los liberales? Basta formular la pregunta para ver hasta qué punto
es absurdo y subjetivo aplicar aquí la categoría de la "economía del
pensamiento". El pensamiento del hombre es "económico" cuando refleja con
justeza la verdad objetiva, y de criterio de esta justeza sirve la
práctica, el experimento, la industria. ¡Solamente negando la realidad
objetiva, es decir, negando los fundamentos del marxismo, es como se
puede hablar en serio de economía del pensamiento en la teoría del
conocimiento!
Si examinamos.los trabajos ulteriores de Mach, encontraremos
en ellos una interpretación tal de ese famoso principio que equivale
generalmente a su negación completa. Por ejemplo, en su Teoría del
calor, Mach reitera su idea favorita del "carácter económico" de la
ciencia (pág. 366 de la segunda edición alemana). Pero, añade al punto,
nosotros no cultivamos la economía por la economía (pág. 366; la misma idea
está repetida en la 391): "el objeto de la economía científica es dar un
cuadro lo más completo . . . lo más sereno posible . . . del universo" (366).
Si esto es así, el "principio de la economía" es realmente apartado, no sólo
de los fundamentos de la gnoseología, sino además de la gnoseología en general
Decir que el fin de la ciencia es dar un cuadro exacto del universo (la
serenidad nada tiene que hacer aquí), es repetir la tesis materialista.
Decirlo es reconocer
pág. 214
la realidad objetiva del mundo en relacion a nuestro conocimiento, la
realidad del modelo en relación al cuadro. En este contexto, la
economía del pensamiento es simplemente un término torpe y
pomposo hasta la ridiculez, en lugar del término debido: justeza. ¡Mach crea
aquí confusión, como de costumbre, y sus adeptos admiten y admiran embelesados
tal confusion!
Leemos en Conocimiento y error, en el capítulo
"Ejemplos de los caminos de la investigación":
"La descripción completa y simplicísima de Kirchhoff (1874),
la representación económica de lo efectivo (Mach 1872), la 'coordinación del
pensamiento con el ser y la coordinación de los procesos del pensamiento entre
sí' (Grassmann, 1844), todo ello expresa, con pequeñas variantes, la misma
idea".
¿No es eso un modelo de confusión? ¡La "economía del
pensamiento", de la cual deducía Mach en 1872 la existencia exclusiva
de las sensaciones (punto de vista que él mismo tuvo que reconocer más tarde
como idealista), se equipara al apotegma puramente materialista del
matemático Grassmann, relativo a la necesidad de coordinar el pensamiento con
el ser!, es equiparada a la simplicísima descripción (¡de la
realidad objetiva, cuya existencia no fue jamás puesta en duda por
Kirchhoff!).
Esta aplicación del principio de la "economía del
pensamiento es simplemente un ejemplo de las curiosas vacilaciones filosóficas
de Mach. Pero si dejamos a un lado esos pasajes como rarezas o lapsus, aparece
indudable el carácter idealista del "principio de la economía del
pensamiento". Por ejemplo, el kantiano Hönigswald, polemizando con la
filosofía de Mach, saluda su "principio de la economía" como una
aproximación al "círculo de las ideas del kantismo" (Dr.
pág. 215
Richard Hönigswald: Zur Kritik der Mechschen Philosophie [En
torno a la crítica de la filosofía de Mach ], Berlín, 1903, pág. 27). En
efecto, si no reconocemos la realidad objetiva que nos es dada en las
sensaciones, ¿de dónde podemos sacar el "'principio de la economía' sino
del sujeto"? Las sensaciones no contienen, ciertamente, ninguna
"economía". ¡Luego el pensamiento nos aporta algo que no existe en la
sensación! Luego el "principio de la economía" no está sacado de la
experiencia (= de las sensaciones), sino que es anterior a toda experiencia,
constituye la condición lógica de toda experiencia, como las categorías de
Kant. Hönigswald cita el siguiente pasaje del Análisis de las
sensaciones: "De nuestra propia estabilidad corporal y moral podemos
deducir la estabilidad, la determinación en sentido único y la homogenidad de
los procesos que se van realizando en la naturaleza" (pág. 281 de la
traducción rusa). Efectivamente, el carácter subjetivo-idealista de estas
afirmaciones y la afinidad de Mach con Petzoldt, que llega hasta el
apriorismo, están fuera de toda duda.
El idealista Wundt, teniendo en cuenta el "principio de la
economía del pensamiento", califica muy justamente a Mach de "Kant vuelto del
revés" (Systematische Philosophie [Filosofía sistemática ],
Leipzig, 1907, pág. 128): encontramos en Kant el a priori y la experiencia; en
Mach, la experiencia y el a priori, pues el principio de la economía del
pensamiento es en el fondo, en Mach, un principio apriorístico (130). La
conexión (Verknüpfung) o está en las cosas, como "ley objetiva de la
naturaleza [lo que Mach niega categóricamente], o es un principio subjetivo de
descripción" (130). El principio de la economía de Mach es subjetivo, y kommt
wie aus der Pistole geschossen [surge como un disparo de revólver], aparece a
la luz del día no se sabe de dónde,
pág. 216
como un principio teleológico susceptible de tener diversos significados
(131). Como veis, los especialistas de la terminología filosófica no son tan
ingenuos como nuestros adeptos de Mach, dispuestos a creer como artículo de fe
que un "nuevo" terminajo elimina la contradicción del subjetivismo y del
objetivismo, del idealismo y del materialismo.
Refirámonos, por último, al filósofo inglés James Ward, que
se califica a sí mismo, sin rodeos, de monista espiritualista. Ward no
polemiza con Mach, sino que, por el contrario, como ya veremos, saca partido
de toda la corriente machista en la física, para su lucha contra el
materialismo. Y declara categóricamente que "el criterio de la sencillez" de
Mach "es sobre todo subjetivo y no objetivo" (Naturalism and
Agnosticism [Naturalsmo y agnosticismo ], t. I, 3a edición, pág. 82).
Que el principio de la economía del pensamiento, como
fundamento de la gnoseología, ha podido agradar a los kantianos alemanes y a
los espiritualistas ingleses, no puede parecernos raro después de todo lo que
precede. Pero que algunos que pretenden ser marxistas, enlacen la economía
política del materialista Marx con la economía gnoseológica de Mach, es
simplemente ridículo.
Será oportuno decir aquí unas palabras sobre la "unidad del
mundo". Por centésima y milésima vez, el señor P. Iushkévich ha puesto en
evidencia, respecto a dicha cuestión, la gigantesca confusión creada por
nuestros machistas. En el Anti-Dühring decía Engels, contestando a
Dühring, que deducia la unidad del mundo de la unidad del pensamiento: "La
unidad real del mundo consiste en su materialidad, que no tiene su prueba
precisamente en unas cuantas frases de prestidigitador, sino en el largo y
penoso desarrollo de la filosofía y de las ciencias naturales" (pág. 31). El
señor
pág. 217
Iushkévich cita este pasaje y "objeta": "Aquí ante todo lo que no está
claro es qué significa propiamente la afirmación según la cual 'la unidad del
mundo consiste en su materialidad' " (libro citado, pág. 52).
¿No es esto gracioso? ¡Ese sujeto se pone a disertar en
público sobre la filosofía del marxismo, para declarar que las tesis más
elementales del materialismo no "están claras" para él! Engels ha demostrado
con el ejemplo de Dühring que una filosofía por poco consecuente que sea puede
deducir la unidad del universo, ya del pensamiento -- en cuyo caso será
impotente contra el espiritualismo y el fideísmo (Anti-Dühring, pág.
30) y los argumentos de una tal filosofía se reducirán fatalmente a frases de
prestidigitador --, ya de la realidad objetiva que existe fuera de nosotros,
que lleva desde tiempos inmemoriales en gnoseología el nombre de materia y es
objeto de estudio de las ciencias naturales. Hablar seriamente con un sujeto
para quien tal cosa "no está clara", sería perder el tiempo, puesto que sólo
invoca aquí la "falta de claridad" para eludir arteramente una respuesta
categórica a la tesis materialista completamente clara de Engels, repitiendo
el absurdo puramente dühringuiano sobre el "postulado cardinal de la
homogeneidad de principio y de la conexión del ser" (Iushkévich, libro cit.,
pág. 51), sobre los postulados considerados como "tesis" de las que "no seria
exacto afirmar que hayan sido deducidas de la experiencia, pues sólo es
posible la experiencia científica gracias a que tales tesis son tomadas como
base de la investigación" (lugar citado). Puro galimatías, puesto que si ese
sujeto tuviese un ápice de respeto para la palabra impresa, vería el carácter
idealista en general y kantiano en particular de la idea de que
puede haber tesis que no proceden de la experiencia y sin las cuales la
experiencia es imposible. La "filosofía" de señores como
pág. 218
los Iushkévich no es más que un revoltillo de palabras sacadas de diversos
libracos y engarzadas con errores manifiestos del materialista Dietzgen.
Veamos mejor los razonamientos de un empiriocriticista serio,
Joseph Petzoldt, sobre la cuestión de la unidad del mundo. El parágrafo 29 del
2° tomo de su Introducción se titula: "La tendencia a lo uniforme
(einheitlich) en el terreno del conocimiento. Postulado de la determinación en
sentido único de todo lo que acontece". He aquí algunas muestras de sus
razonamientos: ". . . Sólo en la unidad se logra el objetivo natural
más allá del cual nada se puede pensar, y en el cual puede el pensamiento, por
consiguiente, si tiene en cuenta todos los hechos de la correspondiente
esfera, alcanzar el reposo" (79). ". . . Está fuera de duda que la naturaleza
no siempre, ni mucho menos, satisface la exigencia de la unidad ; pero
es también indudable que, no obstante, hoy día satisface ya en muchos casos la
exigencia del reposo, y todas nuestras investigaciones anteriores nos
llevan a considerar como lo más probable que en el futuro la naturaleza
satisfaga en todos los casos tal exigencia. Por lo cual sería más exacto
definir la actitud espiritual efectiva como una tendencia a estados estables
que definirla como una tendencia a la unidad . . . El principio de los estados
estables es más amplio y más profundo . . . Al proponer admitir al lado de los
reinos vegetal y animal el de los protozoos, Haeckel no aporta más que una
solución defectuosa a la cuestión, ya que crea dos nuevas dificultades en
donde no había más que una: antes teníamos una frontera dudosa entre los
vegetales y los animales; ahora no se puede distinguir claramente los
protozoos, ni de los vegetales ni de los animales . . . Es evidente que tal
estado de cosas no es definitivo (endgültig). Semejante ambigüedad de
concepciones debe
pág. 219
ser eliminada de una manera o de otra, aunque sea, a falta de otros medios,
mediante una reunión de los especialistas y mediante una decisión tomada por
mayoría de votos" (80-81).
¿No es esto suficiente? Claro está que el empiriocriticista
Petzoldt ni en un ápice es mejor que Dühring. Pero hay que ser justos,
íncluso para con el adversario: Petzoldt, a lo menos, da prueba de tener la
suficiente honradez científica para repudiar resuelta e
irrevocablemente, en todas sus obras, el materialismo como dirección
filosófica. Al menos, no se envilece hasta el extremo de disfrazarse con la
capa del materialismo y declarar que "no está clara" la elementalísima
distinción entre las principales direcciones filosóficas.
Al reconocer la existencia de la realidad objetiva, o sea, de
la materia en movimiento, independiente de nuestra conciencia, el materialismo
está obligado a reconocer también la realidad objetiva del tiempo y del
espacio, a diferencia, ante todo, del kantismo, que en esta cuestión se sitúa
en el campo del idealismo, considerando el espacio y el tiempo no como una
realidad objetiva, sino como formas de la contemplación humana. Los autores de
las más diferentes direcciones y los pensadores un poco consecuentes se dan
muy fácilmente cuenta de la divergencia capital existente también sobre esta
cuestión entre las dos líneas filosóficas fundamentales. Empecemos por los
materialistas.
"El espacio y el tiempo -- dice Feuerbach -- no son simples
formas de los fenómenos, sino condiciones esenciales (Wesensbedingungen) . . .
del ser" (Obras, II, 332). Al reconocer como realidad objetiva el mundo
sensible que conocemos a través de las sensaciones, Feuerbach rechaza, na-
pág. 220
turalmente, la concepción fenomenalista (como diría Mach) o agnóstica (como
se expresa Engels) del espacio y del tiempo: así como las cosas o los cuerpos
no son simples fenómenos, no son complejos de sensaciones, sino realidades
objetivas que actúan sobre nuestros sentidos, así también el espacio y el
tiempo no son simples formas de los fenómenos, sino formas objetivas y reales
del ser. En el universo no hay más que materia en movimiento, y la materia en
movimiento no puede moverse de otro modo que en el espacio y en el tiempo. Las
representaciones humanas sobre el espacio y el tiempo son relativas, pero la
suma de esas representaciones relativas da la verdad absoluta, esas
representaciones relativas van, en su desarrollo, hacia la verdad absoluta y a
ella se acercan. La mutabilidad de las representaciones humanas sobre el
espacio y el tiempo no refuta la realidad objetiva de uno y otro, como la
mutabilidad de nuestros conocimientos científicos sobre la estructura y las
formas del movimiento de la materia tampoco refuta la realidad objetiva del
mundo exterior.
Engels, al desenmascarar al inconsecuente y confuso
materialista Dühring, le sorprende precisamente cuando trata éste de la
modificación del concepto del tiempo (cuestión que no suscita duda
alguna en ninguno de los más conocidos filósofos contemporáneos de las más
diferentes direcciones filosóficas), eludiendo dar una respuesta
clara a la cuestión: ¿Son reales o ideales el espacio o el tiempo? Nuestras
representaciones relativas sobre el espacio y el tiempo ¿son
aproximaciones a las formas objetivas y reales del ser? ¿O no son más
que productos del pensamiento humano en proceso de desarrollo, de
organización, de armonización, etc.? En esto, y solamente en esto, consiste el
problema gnoseológico fundamental sobre el que se dividen las direcciones
verdaderamente fundamentales de la filosofía. "A nosotros -- escribe
pág. 221
Engels -- no nos interesa qué conceptos se transforman en la cabeza del
señor Dühring. No se trata del concepto del tiempo, sino del tiempo
real, del que el señor Dühringno se va a desembarazar tan fácilmente"
(es decir, con ayuda de frases sobre la mutabilidad de los conceptos)
(Anti-Dühring, 5a ed. alemana, pág. 41).
Diríase que esto es tan claro que hasta señores como los
Iushkévich debieran comprender la esencia de la cuestión. Engels opone a
Dühringla tesis, generalmente admitida y que para todo materialista de suyo se
comprende, acerca de la efectividad, es decir, de la realidad objetiva
del tiempo, diciendo que de la aceptación o negación abierta de esta tesis
no cabe librarse con argumentos sobre la modificación de los
conceptos de tiempo y de espacio. No se trata de que Engels niegue la
necesidad y el alcance científico de las investigaciones sobre la
transformación, sobre el desarrollo de nuestros conceptos del tiempo y del
espacio, sino de que resolvamos de una manera consecuente el problema
gnoseológico, es decir, el problema del origen y significación de todo
conocimiento humano en general. Cualquier idealista filosófico un poco sensato
-- y Engels, al hablar de los idealistas, tenía presentes a los idealistas
genialmente consecuentes de la filosofía clásica -- admitirá sin trabajo el
desarrollo de nuestros conceptos del tiempo y del espacio, sin dejar de ser
idealista, considerando, por ejemplo, que los conceptos del tiempo y del
espacio, al desarrollarse, se aproximan a la idea absoluta de uno y otro, etc.
No es posible atenerse de un modo consecuente a un punto de vista filosófico
hostil a todo fideísmo y a todo idealismo, si no se admite resuelta y
claramente que nuestros evolutivos conceptos del tiempo y del espacio
reflejan el tiempo y el espacio objetivamente reales, aproximándose en
esto, como en general, a la verdad objetiva.
pág. 222
"Las formas fundamentales de todo ser -- enseña Engels a
Dühring-- son el espacio y el tiempo, y un ser concebido fuera del tiempo es
tan absurdo como lo sería un ser concebido fuera del espacio" (loc. cit.).
¿Por qué hubo de recurrir Engels, en la primera mitad de esa
frase, a la repetición casi literal de un texto de Feuerbach, y en la segunda
mitad al recuerdo de la lucha contra los mayores absurdos del teísmo, con
tanto éxito sostenida por Feuerbach? Porque Dühring, como se ve en el mismo
capítulo de Engels, no supo atar cabos en su filosofía sin recurrir, bien a la
"causa final" del mundo, bien al "primer impulso" (otra expresión para
designar el concepto de Dios, como dice Engels). Probablemente, Dühringquería
ser materialista y ateo, no menos sinceramente que nuestros adeptos de Mach
quieren ser marxistas, pero no supo aplicar de un modo consecuente el
punto de vista filosófico que quitara verdaderamente toda base a los absurdos
idealistas y teístas. Al no admitir la realidad objetiva del tiempo y el
espacio -- o por lo menos no admitiéndola clara y terminantemente (pues
Dühringvaciló y se confundió en este punto) --, Dühringva resbalando, no por
casualidad, sino indefectiblemente, por un plano inclinado hasta las "causas
finales" y los "primeros impulsos", por haberse privado del criterio objetivo
que impide salirse de los límites del tiempo y del espacio. Si el tiempo y el
espacio no son más que conceptos, la humanidad que los ha creado tiene
derecho a salir de sus límites, y los profesores burgueses tienen
derecho a recibir emolumentos de los gobiernos reaccionarios para defender la
legitimidad de tal salida, para defender directa o indirectamente el medieval
"absurdo".
Engels demostró a Dühringque la negación de la realidad
objetiva del tiempo y del espacio es teóricamente una confu-
pág. 223
sión filosófica y, en la práctica, una capitulación o una declaración de
impotencia ante el fideísmo.
Ahora ved la "doctrina" del "novísimo positivismo" sobre esta
materia. Mach dice: "El espacio y el tiempo son sistemas ordenados [o
armonizados, wohlgeordnete] de las series de sensaciones" (Mecánica,
3a ed. alemana, pág. 498). Esto es un absurdo idealista
evidente, consecuencia obligada de la doctrina según la cual los cuerpos son
complejos de sensaciones. Según Mach, resulta que no es el hombre con sus
sensaciones quien existe en el espacio y el tiempo, sino que son el espacio y
el tiempo quienes existen en el hombre, quienes dependen del hombre, quienes
son creados por el hombre. Mach se siente resbalar hacia el idealismo y se
"resiste", multiplicando las reservas y ahogando, como Dühring, la cuestión
con disertaciones interminables (v. sobre todo Conocimiento y error )
sobre la mutabilidad de nuestros conceptos del tiempo y del espacio, sobre su
relatividad, etc. Pero esto no le salva ni le puede salvar, ya que no se puede
verdaderamente superar la posición idealista en este problema más que
reconociendo la realidad objetiva del espacio y el tiempo. Y esto es lo que no
quiere Mach por nada del mundo. Construye una teoría gnoseológica del tiempo y
del espacio sobre el principio del relativismo y se contenta con ello. Esta
construcción no puede llevarle en realidad más que al idealismo subjetivo,
como ya hemos demostrado al hablar de la verdad absoluta y relativa.
Redstiéndose a las conclusiones idealistas que sus premisas
le imponen, Mach se alza contra Kant, sosteniendo que el origen del concepto
del espacio está en la experiencia (Conocimiento y error, 2a ed. alemana, págs. 350, 385). Pero si la realidad objetiva
no nos es dada en la experiencia (como enseña Mach), esa objeción
lanzada a Kant no cambia en nada
pág. 224
la posición del agnosticismo común tanto a Kant como a Mach.
Si el concepto del espacio está sacado de la experiencia sin reflejar
la realidad objetiva existente fuera de nosotros, la teoría de Mach es
idealista. La existencia de la naturaleza en el tiempo, medido en
millones de años, en épocas anteriores a la aparición del hombre y de
la experiencia humana, demuestra lo absurdo de esa teoría idealista.
"En el sentido fisiológico -- escribe Mach --, el tiempo y el
espacio son sensaciones de orientación que, con las sensaciones provenientes
de los órganos de los sentidos, determinan el desencadenamiento (Auslösung) de
reacciones de adaptación biológicamente adecuadas. En el sentido físico, el
tiempo y el espacio son interdependencias de los elementos físicos" (loc cit.,
pág. 434).
¡El relativista Mach se limita a analizar el concepto
del tiempo en diversos aspectos! Y no sale de ahí, como Dühring. Si los
"elementos" son sensaciones, la dependencia de los elementos físicos entre sí
no puede existir fuera del hombre, anteriormente al hombre, anteriormente a la
materia orgánica. Si las sensaciones de tiempo y espacio pueden dar al hombre
una orientación biológicamente adecuada, es exclusivamente a condición de que
estas sensaciones reflejen la realidad objetiva exterior al hombre: el
hombre no podría adaptarse biológicamente al medio, si sus sensaciones no le
diesen una idea de él objetivamente exacta. La doctrirLa sobre el
espacio y el tiempo está indisolublemente unida a la solución de la cuestión
fundamental de la gnoseología: nuestras sensacíones ¿son imágenes de los
cuerpos y de las cosas, o los cuerpos son complejos de nuestras sensaciones?
Mach no hace más que errar entre estas dos soluciones.
En la física moderna -- dice -- se mantiene la idea de Newton
sobre el tiempo y el espacio absolutos (págs 442-444),
pág. 225
sobre el tiempo y el espacio considerados como tales. Dicha idea "nos"
parece absurda -- continúa Mach --, sin sospechar, evidentemente, de la
existencia de los materialistas y de la teoría materialista del conocimiento.
Pero en la práctica esa idea era inocua (unschädlich, pág. 442),
por lo que durante mucho tiempo no ha sido sometida a crítica.
¡Esta ingenua observación sobre la inocuidad de la concepción
materialista descubre a Mach de pies a cabeza! En primer lugar, es falso decir
que "durante mucho tiempo" los idealistas no han criticado esa concepción;
Mach simplemente ignora la lucha entre la teoría idealista y la teoría
materialista del conocimiento sobre esa cuestión; elude exponer concreta y
claramente ambos puntos de vista. En segundo lugar, al reconocer la
"inocuidad" de las concepciones materialistas que combate, no hace Mach en el
fondo más que reconocer la justeza de las mismas. Pues, ¿cómo su falta de
justeza podría permanecer inocua a lo largo de los siglos? ¿Qué se ha hecho
del criterio de la práctica, con el que pretendía Mach coquetear? La
concepción materialista de la realidad objetiva del tiempo y el espacio puede
ser "inocua" sólo porque las ciencias naturales no salen más allá de
los límites del tiempo y del espacio, más allá de los límites del mundo
material, dejando aquella ocupación a los profesores te la filosofía
reaccionaria. Tal "inocuidad" equivale a la justeza.
"Nociva" es la concepción idealista de Mach sobre el espacio
y el tiempo, porque, en primer término, abre de par en par las puertas al
fideísmo, y, en segundo lugar, induce al mismo Mach a conclusiones
reaccionarias. Por ejemplo, Mach escribía en 1872: "No es obligatorio
representar los elementos químicos en un espacio de tres dimensiones"
(Erhaltung der Arbeit [La conservación del trabajo ], pág. 29,
repetido en la
pág. 226
pág. 55). Hacerlo es "imponerse una restricción innecesaria. No hay ninguna
necesidad de concebir las cosas puramente mentales (das bloss Gedachte) en el
espacio, es decir, con las relaciones de lo visible y lo tangible, lo mismo
que no hay ninguna necesidad de concebirlas en un determinado grado de
elevación de sonido" (27). "El hecho de que hasta hoy no se haya conseguido
formular una teoría satisfactoria de la electricidad, depende tal vez de que
se ha querido explicar a toda costa los fenómenos eléctricos por procesos
moleculares en el espacio de tres dimensiones" (30).
El razonamiento, desde el punto de vista de la doctrina
franca y clara defendida por Mach en 1872, es absolutamente incontestable: si
las moléculas, los átomos, en una palabra, los elementos químicos no pueden
ser percibidos por los sentidos, eso quiere decir que "no son más que cosas
puramente mentales" (das bloss Gedachte). Y si esto es así, y si el espacio y
el tiempo no tienen una significación objetiva y real, es evidente que nada
nos obliga a representarnos los átomos ¡en un sentido espacial!
¡Dejemos que la física y la química "se circunscriban" al espacio de tres
dimensiones en que se mueve la materia; a pesar de ello, para explicar la
electricidad, los elementos de ésta pueden ser buscados en un espacio que
no sea el de tres dimensiones!
Se comprende que nuestros discípulos de Mach tengan buen
cuidado de pasar en silencio semejante absurdo de Mach, aunque éste lo repite
en 1906 (Conocimiento y error, 2a ed., pág. 418),
puesto que, si hablasen de él, tendrían que plantear claramente, sin
subterfugios ni tentativas de "conciliar" los contrarios, la cuestión de las
concepciones idealista y materialista del espacio. También se comprende por
qué a la sazón, en los años del 70, cuando Mach era desconocido por completo y
hasta veía a veces rechazados sus artículos por los "físicos
pág. 227
ortodoxos", uno de los jefes de la escuela inmanentista, Anton von Leclair,
se aferraba con todas sus fuerzas precisamente a ese razonamiento de
Mach para explotarlo ¡como una excelente abjuración del materialismo y como un
reconocimiento del idealismo! Pues Leclair en aquel tiempo aún no había
inventado o no había tomado de Schuppe y Schubert-Soldern o de Rehmke el
"nuevo" sobrenombre de "escuela inmanentista" y con franqueza se
calificaba de idealista crítico [*]. Este defensor abierto del fideísmo, que lo
preconiza sin ambages en sus obras filosóficas, proclamó inmediatamente a Mach
por tales discursos gran filósofo, "revolucionario en el mejor sentido de la
palabra" (pág. 252); y tenía completa razón. El razonamiento de Mach es el
paso del campo de las ciencias naturales al campo del fideísmo. Tanto en 1872,
como en 1906, las ciencias naturales buscaban, buscan y encuentran -- por lo
menos hacen tanteos para encontrar -- el átomo de la electricidad, el
electrón, en el espacio de tres dimensiones. Las ciencias naturales no dudan
de que la materia por ellas estudiada existe únicamente en el espacio de tres
dimensiones, y que, por consiguiente, también las partículas de esta materia,
aunque sean tan ínfimas que no podamos verlas, existen "necesariamente" en el
mismo espacio de tres dimensiones. Desde 1872, en el curso de más de tres
decenios de progreso gigantesco, vertiginoso, de la ciencia en la cuestión de
la estructura de la materia, la concepción materialista del espacio y del
tiempo ha continuado siendo "inocua", es decir, conforme en un todo, como
antes, a las ciencias
pág. 228
naturales, mientras que la concepción contraria de Mach y Cía. ha sido una
"nociva" entrega de posiciones al fideísmo.
En su Mecánica, defiende Mach a los matemáticos que
investigan la cuestión de los espacios imaginables de n dimensiones,
los defiende contra la acusación de llegar en sus investigaciones a
conclusiones "monstruosas". Defensa plenamente justa, es indiscutible; pero
ved qué posición gnoseológica ocupa Mach en esta defensa. Las novísimas
matemáticas -- dice Mach -- han planteado la cuestión, muy importante y útil,
del espacio de n dimensiones, como un espacio imaginable, aunque como
"caso real" (ein wirklicher Fall) queda tan sólo el espacio de tres
dimensiones (3a ed., págs. 483-485). Por eso "muchos
teólogos que no saben dónde colocar el infierno", así como los espiritistas,
han querido en vano sacar partido de la cuarta dimensión (loc. cit.).
¡Muy bien! Mach no quiere ir en compañía de teólogos y
espiritistas. Pero ¿cómo se aparta de ellos en su teoría del
conocimiento? ¡Diciendo que sólo el espacio de tres dimensiones es el
espacio real! Pero ¿qué vale este alegato contra los teólogos y
compañía si no reconocéis al espacio y al tiempo una realidad objetiva?
Resulta que empleáis el método de tomar tácitamente de prestado ideas al
materialismo cuando tenéis necesidad de precaveros contra los espiritistas.
Pues los materialistas, reconociendo el mundo real, la materia que percibimos,
como la realidad objativa, tienen derecho a deducir de ello que las
humanas fantasías que salen de los límites del espacio y del tiempo son
irreales, cualesquiera que sean sus fines. ¡Y vosotros, séñores adeptos
de Mach, negáis, en vuestra lucha contra el materialismo, la "existencia" de
la realidad objetiva, la cual volvéis a introducir de contrabando cuando se
trata de luchar contra el idealismo consecuente, franco e intrépido hasta el
fin! Si en el concepto relativo del
pág. 229
tiempo y del espacio no hay nada más que relatividad, si no hay una
realidad objetiva (= que no depende ni del hombre ni de la humanidad),
reflejada por esos conceptos relativos, ¿por qué la humanidad, por qué la
mayor parte de la humanidad no ha de tener derecho a concebir seres existentes
fuera del tiempo y del espacio? Si Mach tiene derecho a buscar los átomos de
la electricidad o los átomos en general fuera del espacio de tres
dimensiones, ¿por qué la mayoría de la humanidad no había de tener derecho a
buscar los átomos o los fundamentos de la moral fuera del espacio de
tres dimensiones?
"Todavía no se ha visto -- escribe Mach en ese mismo lugar --
ningún comadrón que haya asistido a un parto a través de la cuarta dimensión".
Excelente argumento, pero únicamente para aquellos que vean
en el criterio de la práctica la confirmación de la verdad objetiva, de
la realidad objetiva de nuestro mundo sensible. Si nuestras sensaciones
nos dan una imagen objetivamente veraz del mundo exterior, existente
independientemente de nosotros, entonces tal argumento, con la referencia al
comadrón, con la referencia a toda la práctica humana, es válido. Pero
entonces es toda la doctrina de Mach la que no vale nada como dirección
filosófica.
"Espero -- continúa Mach, remitiéndose a su trabajo, de 1872
-- que nadie invocará en defensa de las patrañas de los fantasmas (die Kosten
einer Spukgeschichte bestreiten) lo que yo haya dicho o escrito sobre esta
cuestión".
No cabe esperar que Napoleón no haya muerto el 5 de mayo de
1821. ¡No cabe esperar que la doctrina de Mach no sirva a las "patrañas de los
fantasmas", cuando ha ser vido ya y continúa sirviendo a los inmanentistas!
pág. 230
Y no sólo a los inmanentistas, como después veremos. El
idealismo filosófico no es más que una historia de fantasmas disimulada y
disfrazada. Ved si no los representantes franceses e ingleses del
empiriocriticismo, menos alambicados que los representantes alemanes de igual
corriente filosófica. Poincaré dice que los conceptos de espacio y de tiempo
son relativos y que, por consiguiente (este "por consiguiente" es, desde
luego, para los no materialistas), "no es la naturaleza la que nos los da [o
impone, impose]" (estos conceptos), "sino que somos nosotros los que los damos
a la naturaleza, pues los encontramos cómodos" (loc. cit., pág. 6). ¿Acaso
esto no justifica el entusiasmo de los kantianos alemanes? ¿Acaso esto no
confirma la declaración de Engels de que las doctrinas filosóficas
consecuentes deben considerar como lo primario a la naturaleza o al
pensamiento humano?
Las ideas del machista inglés Karl Pearson están plenamente
definidas: "No podemos afirmar -- dice -- que el espacio y el tiempo tengan
una existencia real; no se encuentran en las cosas, sino en nuestro modo (our
mode) de percibir las cosas" (loc. cit., pág. 184). Esto es idealismo franco y
neto. "Lo mismo que el espacio, el tiempo es una de las maneras [textualmente,
uno de los planos, plans] como esta grandiosa máquina clasificadora, la
capacidad cognoscitiva humana, pone en orden (arranges) su material" (loc.
cit.). La conclusión final de K. Pearson, expuesta como de costumbre en tesis
precisas y claras, dice así: "El espacio y el tiempo no son realidades del
mundo de los fenómenos (phenomenal world), sino modos (formas, modes) de
percibir las cosas. No son infinitos ni divisibles al infinito, estando, en su
esencia misma (essentially), limitados por el contenido de nuestras
percepciones" (pág. 191, conclusiones del capítulo V sobre el espacio y el
tiempo).
pág. 231
Enemigo probo y concienzudo del materialismo, Pearson, con el
que -- lo repetimos -- se ha solidarizado por completo Mach muchísimas veces y
que, por su parte, se declara francamente de acuerdo con Mach, no discurre
para su filosofía un rótulo especial, sino que indica sin rodeos a los
clásicos de los que toma su línea filosófica: ¡Hume y Kant! (pág. 192).
Y si en Rusia ha habido ingenuos que creyeron que la doctrina
de Mach aporta una solución "nueva" al problema del espacio y del tiempo, en
la literatura inglesa los naturalistas, por un lado, y los filósofos
idealistas, por otro, ocuparon posición con respecto al machista K. Pearson en
seguida y de manera plenamente definida. He aquí, por ejemplo, la apreciación
del biólogo Lloyd Morgan: "Las ciencias naturales, en su calidad de tales,
consideran el mundo de los fenómenos como externo a la mente del obsenador,
como independiente de él", mientras que el profesor Pearson adopta una
"posición idealista"*. "Las ciencias naturales, como tales, tienen pleno
fundamento, en mi opinión, para tratar el espacio y el tiempo como categorías
puramente objetivas. El biólogo está en su derecho, según creo, al considerar
la distribución de los organismos en el espacio, y el geólogo, su distribución
en el tiempo, sin detenerse en explicar al lector que no se trata en ello más
que de percepciones de los sentidos, de percepciones de los sentidos
acumuladas, de ciertas for mas de percepciones. Todo eso estará quizá bien;
pero está fuera de lugar en física y en biología" (pág. 304). Lloyd Morgan es
un representante de ese agnosticismo que Engels calificó de "materialismo
vergonzante", y por muy "conciliadoras" que sean las tendencias de esa
filosofía, no le ha sido posible conciliar las concepciones de Pearson con las
pág. 232
ciencias naturales. En Pearson -- dice otro crítico[*] -- se encuentra "primero la mente en el espacio y
luego el espacio en la mente". "Está fuera de duda -- contestaba R. J. Ryle,
defensor de Pearson -- que la doctrina sobre el espacio y el tiempo que va
unida al nombre de Kant, es la más importante adquisición positiva de la
teoría idealista del conocimiento humano desde los tiempos del obispo
Berkeley. Y uno de los más notables rasgos de la Gramática de la
ciencia de Pearson es que en ella encontramos, acaso por primera vez en la
obra de un sabio inglés, el reconocimiento sin reservas de la veracidad
fundamental de la doctrina de Kant, así como una exposición compendiada pero
clara de la misma". . .**
Así, pues, en Inglaterra ni los propios machistas, ni sus
adversarios del campo de los naturalistas, ni sus partidarios del campo de los
filósofos profesionales, tienen la menor duda en cuanto al carácter
idealista de la doctrina de Mach en la cuestión del tiempo y del espacio. Los
únicos que "no lo han notado" son algunos autores rusos que pretenden ser
marxistas.
"Muchas concepciones aisladas de Engels -- escribe, por
ejemplo, V. Basárov en los Ensayos, pág. 67 --, y entre ellas su idea
del tiempo y del espacio 'puros', han envejecido hoy".
¡Ya lo creo! iLas concepciones del materialista Engels han
envejecido y las concepciones del idealista Pearson y del confuso idealista
Mach son novísimas! Lo más curioso de todo es que Basárov ni siquiera duda de
que las ideas
pág. 233
sobre el espacio y el tiempo, a saber: el reconocimiento o la negadón de su
realidad objetiva, pueden ser consideradas como "concepciones aisladas
" en oposición al "punto de partida de la concepción del mundo " de
la que se trata en la frase siguiente del mismo autor. Ahí tenéis un ejemplo
patente de la "bazofia ecléctica" a que hacía alusión Engels al hablar de la
filosofía alemana de los años del 80 del siglo pasado. Pues oponer el "punto
de partida" de la concepción materialista del mundo de Marx y Engels a la
"concepción aislada" de los mismos sobre la realidad objetiva del tiempo y del
espacio, es incurrir en un contrasentido tan flagrante como si se pretendiera
oponer el "punto de partida" de la teoría económica de Marx a su "concepción
aislada" sobre la plusvalía. Separar la doctrina de Engels sobre la realidad
objetiva del tiempo y del espacio de su doctrina de la transformación de las
"cosas en sí" en "cosas para nosotros", de su admisión de la verdad objetiva y
absoluta, a saber: de la realidad objetiva que nos es dada en la sensación --
de su admisión de las leyes objetivas, de la causalidad y de la necesidad en
la naturaleza --, es hacer un revoltijo de una filosofía que es coherente.
Basárov, como todos los machistas, ha equivocado el camino al confundir la
mutabilidad de los conceptos humanos de tiempo y de espacio, su carácter
exclusivamente relativo, con la inmutabilidad del hecho de que el hombre y la
naturaleza sólo existen en el tiempo y el espacio; los seres fuera del tiempo
y del espacio, creados por los curas y admitidos por la imaginación de las
masas ignorantes y oprimidas de la humanidad, son productos de una fantasía
enfermiza, trucos del idealismo filosófico, engendro inútil de un régimen
social inútil. Puede envejecet y envejece cada día la doctrina de la ciencia
sobre la estructura de la materia, sobre la composición química de los
alimentos, sobre el átomo
pág. 234
o el electrón, pero no puede envejecer la verdad de que el hombre no puede
alimentarse con pensamientos y engendrar hijos con el solo amor platónico. Y
la filosofía que niega la realidad objetiva del tiempo y del espacio es tan
absurda, tan corrompida por dentro y tan falsa como la negación de estas
últimas verdades. ¡Los subterfugios de los idealistas y de los agnósticos son,
en suma, tan hipócritas como la prédica del amor platónico por los fariseos!
Para ilustrar esta distinción entre la relatividad de
nuestros conceptos del tiempo y del espacio y la oposición absoluta de
la línea materialista y de la línea idealista en los límites de la
gnoseología, citaré además unas líneas características de un
"empiriocriticista" muy antiguo y muy puro, Schulze- Aenesidemus, precisamente
discípulo de Hume, quien escribía en 1792:
"Si de las representaciones inferimos las 'cosas exteriores a
nosotros', [entonces] el espacio y el tiempo son algo efectivo y real
existente fuera de nosotros, pues el ser de los cuerpos sólo se puede concebir
en un espacio existente (vorhandenen), y el ser de los cambios sólo en un
tiempo existente" (loc. cit., pág. 100).
¡Justamente! Al refutar categóricamente el materialismo y la
menor concesión a éste, Schulze, seguidor de Hume, expone en 1792 la relación
entre el problema del espacio y del tiempo y el problema de la realidad
objetiva exterior a nosotros, precisamente tal como el materialista Engels
expone esta relación en 1894 (el último prólogo de Engels al
Anti-Dühring está fechado en 23 de mayo de 1894). Esto no quiere decir
que nuestras representaciones sobre el espacio y el tiempo no se hayan
modificado en cien años y que no hayamos recogido una enorme cantidad de datos
nuevos sobre el desarrollo de esas representaciones (a esos datos se
refieren
pág. 235
Voroshílov-Chernov y Voroshílov-Valentínov al pretender refutar a Engels);
esto significa que la correlación entre el materialismo y el
agnosticismo, como líneas filosóficas fundamentales, no ha podido cambiar,
cualesquiera que sean las "nuevas" denominaciones de que hacen gala nuestros
machistas.
Bogdánov no aporta nada tampoco, absolutamente nada, a la
antigua filosofía del idealismo y del agnosticismo, a no ser algunas
denominaciones "nuevas". Cuando repite los razonamientos de Hering y de Mach
sobre la diferenciación entre el espacio fisiológico y el geométrico, o entre
el espacio de la percepción de los sentidos y el espacio abstracto
(Empiriomonismo, I, 26), no hace más que repetir en un todo el error de
Dühring. Una cosa es la cuestión de saber cómo precisamente con ayuda de los
diferentes órganos de los sentidos percibe el hombre el espacio y cómo se
forman de esas percepciones los conceptos abstractos del espacio, en el curso
de un largo desarrollo histórico; y otra cosa completamente distinta es saber
si la realidad objetiva, independiente de la humanidad, corresponde a esas
percepciones y a esos conceptos de la humanidad. Esta última cuestión, aun
cuando es la única cuestión filosófica, "no la ha advertido" Bogdánov bajo el
fárrago de investigaciones de detalle concernientes a la primera cuestión; y
por ello no ha podido oponer claramente el materialismo de Engels al embrollo
de Mach.
El tiempo es, como el espacio, "una forma de coordinación
social de la experiencia de hombres diferentes" (loc. cit., pág. 34); su
"objetividad" está en la "significación universal" (loc. cit.).
Eso es falso de cabo a rabo. La religión, que expresa una
coordinación social de la experiencia de la mayor parte de la humanidad, tiene
también una significación universal. Pero a
pág. 236
la doctrina de la religión sobre el pasado de la tierra o sobre la creación
del mundo, por ejemplo, no corresponde ninguna realidad objetiva. A la
doctrina de la ciencia según la cual existía la tierra con anterioridad
a toda sociedad, con anterioridad a la humanidad, con
anterioridad a la materia orgánica, y existió durante un período de tiempo
determinado, en un espacio determinado con relación a los demás
planetas; a esta doctrina (aunque sea tan relativa en cada fase del desarrollo
de la ciencia como es relativa cada fase del desarrollo de la religión),
corresponde una realidad objetiva. Según Bogdánov, resulta que a la
experiencia de los hombres y a su capacidad cognoscitiva se adaptan diferentes
formas del espacio y del tiempo. En realidad tiene lugar precisamente lo
contrario: nuestra "experiencia" y nuestro conocimiento se adaptan cada vez
más al espacio y al tiempo objetivos, reflejándolos cada vez más
exacta y profundamente.
En las páginas 140 y 141 de los Ensayos A. Lunacharski
cita los razonamientos de Engels en el Anti-Dühring sobre esta cuestión
y se adhiere sin reservas a la característica del asunto, "asombrosa por su
claridad y precisión", que traza Engels en la correspondiente "página
maravillosa"* de dicha obra.
De maravilloso aquí verdaderamente hay mucho. Y lo más
"maravilloso" es que ni A. Lunacharski ni un montón de otros machistas, que
pretenden ser marxistas, "han notado" el alcance gnoseológico de los
razonamientos de En-
pág. 237
gels sobre la libertad y la necesidad. Han leído, han copiado, pero no han
comprendido nada.
Engels dice: "Hegel fue el primero que supo exponer de un
modo exacto las relaciones entre la libertad y la necesidad. Para él, la
libertad no es otra cosa que el conocimiento de la necesidad. . . 'La
necesidad sólo es ciega en cuanto no se la comprende '. La libertad no
reside en la soñada independencia ante las leyes naturales, sino en el
conocimiento de estas leyes y en la posibilidad, basada en dicho conocimiento,
de hacerlas actuar de un modo planificado para fines determinados. Y esto rige
no sólo con las leyes de la naturaleza exterior, sino también con las que
presiden la existencia corporal y espiritual del hombre: dos clases de leyes
que podremos separar a lo sumo en nuestra representación, pero no en la
realidad. El libre albedrío no es, por tanto, según eso, otra cosa que la
capacidad de decidir con conocimiento de causa. Así, pues, cuanto más
libre sea el juicio de una persona con respecto a un determinado problema,
tanto más señalado será el carácter de necesidad que determine el
contenido de ese juicio. . . La libertad consiste, pues, en el dominio de
nosotros mismos y de la naturaleza exterior, basado en el conocimiento de la
necesidad natural (Naturnotwendigkeiten)". . . (págs. 112-113 de la quinta ed.
alemana).
Veamos en qué premisas gnoseológicas está fundado todo este
razonamiento.
En primer lugar, Engels reconoce, desde el comienzo mismo de
sus razonamientos, las leyes de la naturaleza, las leyes de la naturaleza
exterior, la necesidad de la naturaleza, es decir, todo lo que Mach,
Avenarius, Petzoldt y Cía. califican de "metafísica". Si Lunacharski hubiese
querido reflexionar seriamente sobre los "maravillosos" razonamientos de
Engels, no habría podido dejar de ver la distinción capital
pág. 238
entre la teoría materialista del conocimiento, por una parte, y por otra el
agnosticismo y el idealismo, que niegan las leyes de la naturaleza, o no ven
en ella más que leyes "lógicas", etc., etc.
En segundo lugar, Engels no se rompe la cabeza para formular
las "definiciones" de la libertad y de la necesidad, esas definiciones
escolásticas que interesan sobremanera a los profesores reaccionarios (del
tipo de Avenarius) y a sus discípulos (del tipo de Bogdánov). Engels toma el
conocimiento y la voluntad del hombre, por un lado, y la necesidad de la
naturaleza, por otro, y en lugar de cualquier definición, dice sencillamente
que la necesidad de la naturaleza es lo primario, y la voluntad y la
conciencia del hombre lo secundario. Estas últimas deben, indefectible y
necesariamente, adaptarse a la primera; Engels considera esto hasta tal punto
evidente, que no gasta palabras inútiles en el esclarecimiento de su punto de
vista. Los machistas rusos son los únicos que podían quejarse de la
definición general del materialismo dada por Engels (la naturaleza es
lo primario; la conciencia, lo secundario: lacordaos de las "perplejidades" de
Bogdánov con este motivo!), y al mismo tiempo ¡hallar "maravillosa" y "de una
precisión asombrosa" una de las aplicaciones particulares que hizo
Engels de esa definición general y fundamental!
En tercer lugar, Engels no duda de la existencia de la "ciega
necesidad". Reconoce la existencia de la necesidad no conocida por el
hombre. Esto se ve con claridad meridiana en el pasaje citado. Pero, desde el
punto de vista de los machistas, ¿cómo puede el hombre conocer la
existencia de lo que no conoce? ¿Cómo puede conocer la existencia de la
necesidad no conocida? ¿No es eso "mística", no es "metafísica", no es el
reconocimiento de los "fetiches" y de los "ídolos", no es la "incognoscible
cosa en sí de Kant"? Si los machistas hubiesen
pág. 239
reflexionado en ello, no habrían podido dejar de percatarse de la
completa identidad de los razonamientos de Engels sobre la
cognoscibilidad de la naturaleza objetiva de las cosas y sobre la
transformación de la "cosa en sí" en "cosa para nosotros", por un lado, y de
sus razonamientos sobre la necesidad ciega, no conocida, por otro. El
desarrollo de la conciencia de cada individuo humano por separado y el
desarrollo de los conocimientos colectivos de toda la humanidad, nos
demuestran a cada paso la transformación de la "cosa en sí" no conocida en
"cosa para nosotros" conocida, la transformación de la necesidad ciega, no
conocida, la "necesidad en sí", en la "necesidad para nosotros" conocida.
Gnoseológicamente, no hay en absoluto ninguna diferencia entre una
transformación y la otra, pues el punto de vista fundamental es el mismo en
ambos casos, a saber: el punto de vista materialista, el reconocimiento de la
realidad objetiva del mundo exterior y de las leyes de la naturaleza exterior;
tanto ese mundo como esas leyes son perfectamente cognoscibles para el hombre,
pero nunca pueden ser conocidas por él hasta el fin. No conocemos la
necesidad natural en los fenómenos meteorológicos, por lo que inevitablemente
somos esclavos del tiempo que hace. Pero aun no conociendo esa
necesidad, sabemos que existe. ¿De dónde procede tal conocimiento?
Tiene el mismo origen que el conocimiento de que las cosas existen fuera de
nuestra conciencia e independientemente de ella, a saber: el desarrollo de
nuestros conocimientos, que demuestra millones de veces a cada hombre que la
ignorancia deja el sitio al saber cuando el objeto obra sobre nuestros órganos
de los sentidos, y al contrario: el conocimiento se convierte en ignorancia
cuando queda descartada la posibilidad de dicha accón.
pág. 240
En cuarto lugar, en el razonamiento citado aplica Engels
manifiestamente a la filosofía el método del "salto vital", es decir, da un
salto de la teoría a la práctica. Ni uno sola de los sabios (y estúpidos)
profesores de filosofía a los que siguen nuestros machistas, se permite jamás
tales saltos, vergónzosos para un representante de la "ciencia pura". Para
ellos, una cosa es la teoría del conocimiento, donde hay que cocinar con la
mayor sutileza las "definiciones" verbales, y otra completamente distinta es
la práctica. En Engels, toda la práctica humana viva hace irrupción en la
teoría misma del conocimiento, proporcionando un criterio objetivo de
la verdad: en tanto que ignoramos una ley natural, esa ley, existiendo y
obrando al margen y fuera de nuestro conocimiento, nos hace esclavos de la
"ciega necesidad". Tan pronto como conocemos esa ley, que acciona (como
repitió Marx millares de veces) independientemente de nuestra voluntad
y de nuestra conciencia, nos hacemos dueños de la naturaleza. El dominio de la
naturaleza, que se manifiesta en la práctica de la humanidad, es el resultado
del reflejo objetivo y veraz, en la cabeza del hombre, de los fenómenos y de
los procesos de la naturaleza y constituye la prueba de que dicho reflejo
(dentro de los límites de lo que nos muestra la práctica) es una verdad
objetiva, absoluta, eterna.
¿A qué resultados llegamos? Cada paso en el razonamiento de
Engels, casi literalmente cada frase, cada tesis, están completa y
exclusivamente fundadas en la gnoseología del materialismo dialéctico, en
premisas que son la refutación contundente de todos los embustes machistas
sobre los cuerpos como complejos de sensaciones, sobre los "elementos", sobre
la "coincidencia de la representación sensible con la realidad existente fuera
de nosotros", etc., etc., etc. ¡Sin cohibirse lo más mínimo por esto, los
machistas abandonan el materia-
pág. 241
lismo, repiten (à la Berman) las resobadas banalidades sobre la dialéctica
y, al propio tiempo, acogen con los brazos abiertos una de las
aplicaciones del materialismo dialéctico! Han tomado su filosofía de la
bazofia ecléctica y continúan sirviéndola tal cual al lector. Toman de Mach un
poco de agnosticismo y un tantico de idealismo, mezclándolo con algo de
materialismo dialéctico de Marx, y balbucean que tal ensalada es el
desarrollo del marxismo. Piensan que si Mach, Avenarius, Petzoldt y
todas sus otras autoridades no tienen el menor concepto de la solución dada al
problema (sobre la libertad y la necesidad) por Hegel y Marx, es por pura
casualidad: es, simple y llanamente, porque no han leido tal página en tal
librillo, y no porque estas "autoridades" hayan sido y sigan siendo unos
ignorantes en lo tocante al progreso real de la filosofía en el sigío
XIX, no porque hayan sido y continúen siendo unos oscurantistas en filosofía.
Ved el razonamiento de uno de esos oscurantistas, de Ernst
Mach, profesor titular de filosofía de la Universidad de Viena:
"La justeza de la posición del determinismo o del in
determinismo no puede ser demostrada. Solamente una ciencia perfecta o una
ciencia probadamente imposible, resolvería este problema. Se trata aquí de las
premisas que introducimos (man heranbringt) en el análisis de las cosas, según
que atribuyamos a los éxitos o a los fracasos anteriores de la investigación
un valor subjetivo (subjektives Gewicht) más o menos considerable. Pero
durante la investigación todo pensador es, necesariarnente, determinista en
teoría" (Conocimiento y error, 2a ed. alemana,
págs. 282-283).
¿No es acaso esto oscurantismo, cuando la teoría pura es
cuidadosamente separada de la práctica; cuando el determinismo es limitado al
terreno de la "investigación", y en el terreno de la moral y de la actividad
social y en todos los
pág. 242
otros terrenos, exceptuando el de la "investigación", se deja el problema a
una apreciación "subjetiva"? En mi gabinete -- dice el sabio pedante -- soy
determinista; pero no dice palabra del deber del filósofo de construir sobre
la base del determinismo una concepción integral del mundo que abarque tanto
la teoría como la práctica Mach dice banalidades porque teóricamente el
problema de la correlación entre la libertad y la necesidad no ofrece a sus
ojos ninguna claridad.
". . . Todo nuevo descubrimiento revela las deficiencias de
nuestro conocimiento y pone de manifiesto un residuo de dependencias
desapercibido hasta entonces" (283). . . ¡Muy bien! Pero ese "residuo" ¿no es
la "cosa en si" que nuestra conocimiento refleja cada vez más profundamente?
Nada de eso: ". . . De forma que también el que defiende en teoría un
determinismo extremo, en la práctica debe seguir siendo indefectiblemente
indeterminista" (283) . . . He aquí un reparto muy amistoso*: ¡La teoria, para
los profesores; la práctica, para los teólogos! O bien: en teoría, el
objetivismo (es decir, un materialismo "vergonzante"); en la práctica, el
"método subjetivo en sociología". Que los ideólogos rusos de la pequeña
burguesía, los populistas, desde Lesévich hasta Chernov, simpaticen con esa
filosofía banal, nada tiene de sorprendente. Pero que gentes que pretenden ser
marxistas se apasionen con semejantes disparates, disimulando púdicamente las
más absurdas conclusiones de Mach, eso ya es del todo lamentable.
Pero en la cuestión acerca de la voluntad, Mach no se limita
a esa confusión y a ese agnosticismo a medias, sino
pág. 243
que va mucho más lejos. . . "Nuestra sensación de hambre -- leemos en la
Mecánica -- no difiere en el fondo de la afinidad entre el ácido
sulfúrico y el zinc, nuestra voluntad no difiere ya tanto como se creería de
la presión ejercida por la piedra sobre la superficie en que reposa". "Nos
encontramos así más cerca de la naturaleza [es decir, desde ese punto de
vista], no teniendo necesidad de descomponer al hombre en un montón
inconcebible de inaprehensibles átomos, o de hacer del mundo un sistema de
combinaciones fantásticas" (pág. 434 de la traducción francesa). Asi, pues, no
hay necesidad de materialismo ("inaprehensibles átomos" o electrones, es
decir, reconocimiento de la realidad objetiva del mundo material), no hay
necesidad de un idealismo que reconozca el mundo como una "modalidad
particular" del espíritu; ¡pero es posible un idealismo que reconozca el mundo
como voluntad! Estamos no solamente por encima del materialismo, sino
también del idealismo de "un" Hegel, ¡pero esto no nos impide andar
coqueteando con el idealismo a lo Schopenhauer! Nuestros machistas, que toman
un aspecto de ofendida inocencia a cada alusión a la afinidad entre Mach y el
idealismo filosófico, han preferido, una vez más, guardar simplemente silencio
sobre este punto delicado. Es dificil, sin embargo, hallar en la literatura
filosófica una exposición de las ideas de Mach en la que no se note su
inclinación por la Willensmetaphysik, es decir, por el idealismo voluntarista.
Esto ha sido puesto de relieve por Baumann*, y su impugnador el machista H.
Kleinpeter no refutó este punto y declaró que Mach, naturalmente, está "más
cerca de Kant y de Ber-
pág. 244
keley que del empirismo metafísico que domina en las ciencias naturales"
(es decir, del materialismo espontáneo; loc. cit., t. 6, pág. 87). E. Becher
lo indica también, señalando que si Mach reconoce en ciertas páginas la
metafísica voluntarista y en otras reniega de ella, lo único que eso prueba es
el carácter arbitrario de su terminología; en realidad, la afinidad de Mach
con la metafísica voluntarista es indudable[*]. También Lucka[**] reconoce la mezcla de esta metafísica (es decir,
del idealismo) con la "fenomenología" (es decir, con el agnosticismo). W.
Wundt*** lo indica a su vez. Y el manual de la historia de la filosofía
moderna de Ueberweg-Heinze**** comprueba asimismo que Mach es un fenomenalista
"nada extraño al idealismo voluntarista".
En una palabra, el eclecticismo de Mach y su propensión al
idealismo son evidentes a los ojos de todo el mundo, excepto tal vez a los de
los machistas rusos.
Hemos examinado hasta ahora el empiriocriticismo considerado
aisladamente. Ahora procede observarlo en su desarrollo histórico, en su
conexión y correlación con las demás direcciones filosóficas. La cuestión de
la actitud de Mach y Avenarius ante Kant se sitúa en primer plano en este
caso.
pág. 246
no me ha sido posible seguirle siendo fiel. Pronto volví de nuevo a las
ideas de Berkeley" y después "llegué a ideas afines a las de Hume. . . Y hasta
hoy día considero a Berkeley y a Hume como pensadores mucho más consecuentes
que Kant" (Análisis de las sensaciones, pág. 292).
Así, pues, Mach reconoce sin ambages que, habiendo empezado
por Kant, pasó a seguir la línea de Berkeley y Hume. Veamos a Avenarius.
En sus Prolegómenos a la "Crítica de la experiencia pura
" (1876) Avenarius hace notar ya en el prólogo que las palabras "Crítica
de la experiencia pura" indican su actitud respecto a la Crítica de la
razón pura de Kant, "y naturalmente una actitud de antagonismo" respecto a
Kant (pág. IV, ed. de 1876). ¿En qué consiste, pues, ese antagonismo de
Avenarius respecto a Kant? En que Kant "depuró la experiencia"
insuficientemente, a juicio de Avenarius. De dicha "depuración de la
experiencia" trata precisamente Avenarius en sus Prolegómenos (§ 56, 72
y muchos otros). ¿De qué "depura" Avenarius la doctrina kantiana sobre la
experiencia? En primer lugar, del apriorismo. "La cuestión -- dice en el § 56
-- de saber si es preciso eliminar del contenido de la experiencia, como
superfluas, las 'nociones apriorísticas de la razón' y crear de esa manera una
experiencia pura por excelencia, es planteada aquí, que yo sepa, por
primera vez". Ya hemos visto que Avenarius "depuró" de esta manera al kantismo
del reconocimiento de la necesidad y de la causalidad.
En segundo lugar, depura al kantismo de la admisión de la
sustancia (§ 95), es decir, de la cosa en sí, que, según Avenarius, "no es
dada en el material de la experiencia real, sino que es introducida en ella
por el pensamiento".
No tardaremos en ver que esa definición dada por Avenarius de
su línea filosófica coincide por completo con la
pág. 247
definición de Mach, no diferenciándose más que por el amaneramiento de las
expresiones. Pero primero es menester advertir que Avenarius dice
directamente lo contrario a la verdad cuando afirma haber sido él quien
por primera vez plantea, en 1876, la cuestión de la "depuración de la
experiencia", o sea la depuración de la doctrina kantiana del apriorismo y de
la admisión de la cosa en sí. En realidad, el desarrollo de la filosofía
clásica alemana suscitó inmediatamente después de Kant una crítica del
kantismo, precisamente orientada en el sentido en que la llevó
Avenarius. Esa orientación está representada en la filosofía clásica alemana
por Schulze-Aenesidemus, partidario del agnosticismo de Hume, y por J. G.
Fichte, partidario del berkeleyismo, es decir, del idealismo subjetivo. En
1792 Schulze-Aenesidemus criticaba a Kant precisamente por haber admitido el
apriorismo (loc. cit., págs. 56, 141 y muchas otras) y las cosas en sí.
Nosotros, escépticos o partidarios de Hume -- decía Schulze -- rechazamos la
cosa en sí por salir ella "de los límites de toda experiencia" (pág. 57).
Impugnamos el conocimiento objetivo (25); negamos que el espacio y el
tiempo existan realmente fuera de nosotros (100); rechazamos que existan en la
experiencia necesidad (112), causalidad, fuerza, etc., (113). No se les puede
atribuir "realidad fuera de nuestras representaciones" (114). Kant demuestra
la aprioridad "dogmáticamente", al afirmar que ya que no podemos pensar de
otra manera, existe una ley apriorística del pensamiento. "En filosofía --
responde Schulze a Kant -- hace ya tiempo que era utilizado ese argumento para
demostrar la naturaleza objetiva de lo que está fuera de nuestras
representaciones" (141) Razonando así, se puede atribuir la causalidad a las
cosas en sí (12). "La experiencia jamás nos dice (wir erfahren niemals) que la
acción ejercida sobre nosotros por las cosas
pág. 248
objetivas crea representaciones", y Kant no ha probado de ningún modo que
"ese algo situado fuera de nuestra razón deba ser reconocido como la cosa en
sí, diferente de nuestra sensación (Gemut). La sensación puede ser concebida
como la base única de todo nuestro conocimiento" (265). La crítica
kantiana de la razón pura "funda sus razonamientos sobre la premisa de que
todo conocimiento empieza por la acción de las cosas objetivas sobre nuestros
órganos de los sentidos (Gemut), y después pone en duda ella misma la verdad y
la realidad de esa premisa" (266). Kant no ha refutado en nada al idealista
Berkeley (268-272).
Por lo expuesto se ve que Schulze, adepto de Hume, rechaza la
doctrina kantiana sobre la cosa en sí como una concesión inconsecuente al
materialismo, es decir, al aserto "dogmático" de que la realidad objetiva nos
es dada en la sensación o, en otros términos, de que nuestras representaciones
son engendradas por la acción de las cosas objetivas (independientes de
nuestra conciencia) sobre nuestros órganos de los sentidos. El agnóstico
Schulze reprocha al agnóstico Kant que la admisión de la cosa en sí está en
contradicción con el agnosticismo y lleva al materialismo. El idealista
subjetivo Fichte critica asimismo a Kant -- más resueltamente todavía --,
diciendo que la admisión por Kant de la cosa en sí, independiente de nuestro
YO, es "realismo " (Obras, I, pág. 483) y que Kant
distingue "con insuficiente claridad" la diferencia entre el "realismo" y el
"idealismo". Fichte considera que al admitir la cosa en sí como "base de la
realidad objetiva" (480), Kant y los kantianos cometen una inconsecuencia
flagrante, incurriendo así en contradicción con el idealismo crítico. "Según
vosotros -- exclamaba Fichte dirigiéndose a los comentadores realistas de Kant
-- la ballena sostiene a la tierra y la tierra sostiene a la ballena. ¡Vuestra
pág. 249
cosa en sí, que no es más que un pensamiento, obra sobre nuestro
YO!" (483).
Así, pues, Avenarius se equivoca profundamente al imaginar
que él es quien "por primera vez" emprende la "depuración de la experiencia"
kantiana del apriorismo y de la cosa en sí y que crea así una "nueva"
dirección en filosofía. En realidad continuó la vieja línea de Hume y
de Berkeley, de Schulze-Aenesidemus y de J. G. Fichte. Avenarius se imaginaba
"depurar la experiencia" en general. En realidad, no hacía más que depurar
el agnosticismo de kantismo. No luchaba contra el agnosticismo de Kant (el
agnosticismo es la negación de la realidad objetiva que nos es dada en la
sensación), sino a favor de un agnosticismo más puro, a favor de la
eliminación de lo que Kant admitía en contradicción con el agnosticismo: que
existe la cosa en sí, que a pesar de ser incognoscible, es inteligible,
perteneciente al más allá, y que existe la necesidad y la causalidad, aunque
apriorística, dada en el pensamiento y no en la realidad objetiva. Luchó
contra Kant no desde la izquierda, como lucharon contra Kant los
materialistas, sino desde la derecha, como lucharon contra Kant los
escépticos y los idealistas. Se imaginaba ir hacia adelante, pero en realidad
iba hacia atrás, hacia aquel programa de crítica de Kant que Kuno Fischer,
hablando de Schulze-Aenesidemus, definió con ingenio del siguiente modo: "La
crítica de la razón pura menos la razón pura [es decir, sin el apriorismo] es
escepticismo. La crítica de la razón pura menos la cosa en sí es idealismo
berkeleyiano" (Historia de la filosofía moderna, ed. alemana, 1869, t.
V, pág 115).
Llegamos aquí a uno de los más curiosos episodios de toda
nuestra "machiada", de toda la campaña de los machistas rusos contra Engels y
Marx. El novísimo descubrimiento de Bogdánov y Basárov, de Iushkévich y
Valentínov, descubri-
pág. 250
miento que proclaman en todos los tonos, es el de que Plejánov hace "un
intento malhadado de conciliar a Engels y Kant por medio de una cosa en sí
apenas cognoscible, obra del compromiso" (Ensayos, pág. 67 y muchas
otras). Ese descubrimiento de nuestros machistas pone de manifiesto ante
nosotros un abismo verdaderamente insondable de la más escandalosa confusión,
de la más monstruosa incomprensión tanto de Kant como de todo el curso del
desarrollo de la filosofía clásica alemana.
El rasgo fundamental de la filosofía de Kant es que concilia
el materialismo con el idealismo, sella un compromiso entre éste y aquél,
compagina en un sistema único direcciones filosóficas heterogéneas, opuestas.
Cuando Kant admite que a nuestras representaciones corresponde algo existente
fuera de nosotros, una cierta cosa en sí, entonces Kant es materialista.
Cuando declara a esta cosa en sí incognoscible, transcendente, ultraterrenal,
Kant habla como idealista. Reconociendo como único origen de nuestros
conocimientos la experiencia, las sensaciones, Kant orienta su filosofía por
la línea del sensualismo, y, a través del sensualismo, bajo ciertas
condiciones por la línea del materialismo. Reconociendo la aprioricidad del
espacio, del tiempo, de la causalidad, etc., Kant orienta su filosofía hacia
el idealismo. Esta indecisión de Kant le ha valido ser combatido sin piedad
tanto por los materialistas consecuentes, como por los idealistas consecuentes
(así como también por los agnósticos "puros", los humistas). Los materialistas
han reprochado a Kant su idealismo, han refutado los rasgos idealistas de su
sistema, han demostrado la cognoscibilidad, la terrenalidad de la cosa en sí,
la falta de una diferencia de principio entre dicha cosa en sí y el fenómeno,
la necesidad de deducir la causalidad, etc., no de las leyes aprioristicas del
pensamiento, sino de la realidad objetiva. Los
pág. 251
agnósticos y los idealistas le han reprochado a Kant la admisión de la cosa
en sí, como una concesión al materialismo, al "realismo" o al "realismo
ingenuo"; los agnósticos han rechazado no solamente la cosa en sí, sino
también el apriorismo, y los idealistas han exigido deducir consecuentemente
del pensamiento puro no sólo las formas aprioristicas de la contemplación,
sino todo el universo en general (dilatando el pensamiento del hombre hasta el
YO abstracto o hasta "la idea absoluta" o aun hasta la voluntad
universal, etc., etc.). Y he aquí que nuestros machistas, "no dándose cuenta"
de que han tomado por maestros a los que criticaron a Kant desde el punto de
vista del escepticismo y del idealismo, se han puesto a rasgar sus vestiduras
y a cubrirse la frente de ceniza cuando han visto aparecer gentes monstruosas
que critican a Kant desde un punto de vista diametralmente opuesto, que
repudian en el sistema de Kant los más insignificantes elementos de
agnosticismo (de escepticismo) y de idealismo y que demuestran que la cosa en
sí es objetivamente real, perfectamente cognoscible, terrenal, que en
principio no difiere en nada del fenómeno, se transforma en fenómeno a cada
paso del desarrollo de la conciencia individual del hombre y de la conciencia
colectiva de la humanidad. ¡Auxilio! -- han gritado --, ¡eso es una mezcla
ilicita de materialismo y kantismo!
Cuando leo las aseveraciones de nuestros machistas de que
ellos critican a Kant de forma mucho más consecuente y resuelta que ciertos
materialistas anticuados, me parece siempre que Purishkévich se ha introducido
entre nosotros y exclama: ¡He criticado a los kadetes con mucha más
consecuencia y resolución que vosotros, señores marxistas! Sin duda, señor
Purishkévich, los políticos consecuentes pueden criticar a los kadetes y los
criticarán siempre desde puntos
pág. 252
de vista diametralmente opuestos; pero sería preciso, sin embargo, no
olvidar que vosotros habéis criticado a los kadetes porque son
demasiado demócratas, mientras que nosotros los hemos criticado porque
no son bastante demócratas. Los machistas critican a Kant porque
es demasiado materialista, y nosotros le criticamos porque no es bastante
materialista. Los machistas critican a Kant desde la derecha y nosotros desde
la izquierda.
Schulze, discípulo de Hume, y el idealista subjetivo Fichte
proporcionan, en la historia de la filosofía clásica aíemana, unas muestras de
la crítica del primer género. Como ya hemos visto, se esfuerzan por eliminar
los elementos "realistas" del kantismo. Y así como el propio Kant fue
criticado por Schulze y Fichte, los neokantianos alemanes de la segunda mitad
del siglo XIX lo han sido por los empiriocriticistas de la escuela de Hume y
por los idealistas subjetivos de la escuela inmanentista Se ha visto
reaparecer la misma línea de Hume y Berkeley con su vocabulario ligeramente
renovado. Mach y Avenarius han reprochado a Kant, no que considere la cosa en
sí de manera insuficientemente real, insuficientemente materialista, sino que
admita su existencia; no que renuncie a deducir la causalidad y la
necesidad natural de la realidad objetiva, sino que admita una causalidad y
una necesidad cualquiera (salvo, quizá, la causalidad y la necesidad puramente
"lógica") Los inmanentistas han marchado al unísono con los
empiriocriticistas, criticando también a Kant desde el punto de vista de las
doctrinas de Hume y Berkeley. Por ejemplo, Leclair en 1879, en la misma obra
en que hacía el elogio de Mach como filósofo notable, reprochaba a Kant por su
"inconsecuencia y sus complacencias (Connivenz) con el realismo", que se
manifestaban en el concepto de la "cosa en sí ", ese resto (Resi-
pág. 253
duum) nominal del realismo vulgar" (Der Real. der mod. Nat. etc.
[El realismo de las ciencias naturales modernas, etc.], pág. 9).
"Para ser más sangriento", Leclair llamaba al materialismo realismo vulgar. "A
nuestro juicio -- escribía Leclair --, deben ser eliminadas todas las partes
integrantes de la teoría kantiana que tiendan al 'realismus vulgaris', como
una inconsecuencia y un producto híbrido (zwitterhaft) desde el punto de vista
del idealismo" (41) "Las inconsecuencias y las contradicciones" en la doctrina
de Kant provienen "de la amalgama (Verquickung) del criticismo idealista y de
los vestigios no superados de la dogmática realista" (170), Leclair llama
dogmática realista al materialismo.
Otro inmanentista, Johannes Rehmke, ha reprochado a Kant el
que con la cosa en sí se separa, a la manera realista, de
Berkeley (Johannes Rehmke: Die Welt als Wahrnehmung und Begriff [El
mundo como percepción y concepto ], Berlín, 1880, pág. 9). "La actividad
filosófica de Kant tuvo, en el fondo, un carácter polémico: por medio de la
cosa en sí, dirigió su filosofía contra el racionalismo alemán [es decir,
contra el antiguo fideísmo del siglo XVIII], y por medio de la contemplación
pura contra el empirismo inglés" (25), "Yo compararía la cosa en sí de Kant a
una trampa movible colocada sobre un foso: la cosa tiene un aspecto inocente,
creemos estar seguros, pero así que hemos puesto el pie en ella, rodamos
súbitamente a la sima del mundo en sí " (27). ¡He ahí el porqué de la
animadversión que Kant inspira a los compañeros de armas de Mach y Avenarius,
a los inmanentistas: Kant se acerca en determinados aspectos a la "sima" del
materialismo!
Veamos ahora unos cuantos ejemplos de la crítica dirigida
contra Kant desde la izquierda. Feuerbach recrimina a Kant
pág. 254
no por su "realismo", sino por su idealismo, calificando su sistema
de "idealismo" fundado sobre el empirismo" (Obras, II, 296).
El razonamiento siguiente de Feuerbach sobre Kant tiene
particular importancia. "Kant dice: 'Si consideramos los objetos de nuestros
sentidos como simples fenómenos -- es decir, como se deben considerar --,
reconocemos por ello mismo que la cosa en sí constituye la base de los
fenómenos, aunque nosotros no sepamos lo que es en sí misma y no conozcamos de
ella más que sus fenómenos, es decir, el procedimiento por el cual este algo
desconocido influye (affiziert) sobre nuestros sentidos. Por consiguiente,
nuestra razón, por lo mismo que admite el ser de los fenómenos, reconoce
también el ser de las cosas en sí, y podemos decir, por lo mismo, que no
solamente está permitido, sino que hasta es necesario representarse sustancias
que constituyen la base de los fenómenos, es decir, que no son más que
sustancias mentales' . . ." Eligiendo aquel pasaje de Kant donde la cosa en sí
está considerada simplemente como una cosa mental, como una sustancia mental y
no como una realidad, Feuerbach concentra ahí toda su crítica. ". . . Por
consiguiente -- dice él --, los objetos de los sentidos, los objetos de la
experiencia son para la razón sólo fenómenos y no verdades" . . . "¡Las
sustancias mentales, como veis, no son para la razón objetos reales! La
filosofía kantiana es la contradicción entre el sujeto y el objeto, entre la
sustancia y la existencia, entre el pensar y el ser. La sustancia es atribuida
aquí a la mente, la existencia a los sentidos. La existencia sin sustancia [es
decir, la existencia de los fenómenos sin realidad objetiva] es un simple
fenómeno, cosas sensibles; sustancia sin existencia, son sustancias mentales,
nóumenos ; se las puede y se las debe pensar, pero les falta
pág. 255
la existencia -- a lo menos para nosotros --, les falta la objetividad; son
cosas en sí, cosas verdaderas, pero no son cosas reales . . . ¡Qué
contradicción: separar la verdad de la realidad, la realidad de la verdad!"
(Obras, II, págs. 302-303). Feuerbach reprocha a Kant no que admita las
cosas en sí, sino que no admita su efectividad, es decir, su realidad
objetiva, que las considere como simple pensamiento, como "sustancias
mentales" y no como "sustancias dotadas de existencia", es decir, reales,
existentes de un modo efectivo. Feuerbach reprocha a Kant por apartarse del
materialismo.
"La filosofía de Kant es una contradicción -- escribia
Feuerbach el 26 de marzo de 1858 a Bolin --, lleva con fatal necesidad al
idealismo de Fichte o al sensualismo"; la primera conclusión "pertenece al
pasado"; la segunda, "al presente y al futuro" (Grun, loc. cit., II, 49). Ya
hemos visto que Feuerbach defiende el sensualismo objetivo, o sea el
materialismo. El nuevo viraje que va desde Kant al agnosticismo y al
idealismo, a Hume y Berkeley, es, sin disputa, reaccionario, aun desde
el punto de vista de Feuerbach. Y su ferviente continuador Albrecht Rau,
heredero de los méritos de Feuerbach, al mismo tiempo que de sus defectos,
defectos que Marx y Engels superaron, ha criticado a Kant enteramente en el
espíritu de su maestro: "La filosofía de Kant es una anfibología [ambigüedad];
es al mismo tiempo materialismo e idealismo, y en esa doble naturaleza se
encierra la clave de su esencia. En calidad de materialista o de empirico,
Kant no puede dejar de reconocer existencia (Wesenheit) a los objetos
exteriores a nosotros. Pero en calidad de idealista no ha podido desechar el
prejuicio de que el alma es algo absolutamente diferente a las cosas
sensibles. Existen, pues, cosas reales y el espíritu humano que las concibe.
¿De qué forma se aproxima ese espíritu a unas
pág. 256
cosas absolutamente diferentes de él? Kant tiene la siguiente salida: el
espíritu posee ciertos conocimientos a priori gracias a los cuales las cosas
deben aparecérsele tales como se le aparecen. Por consiguiente, es obra
nuestra concebir las cosas tal como las concebimos. Porque el espíritu que
está en nosotros no es otra cosa que el espíritu de Dios, y lo mismo que Dios
ha creado el mundo de la nada, el espíritu del hombre crea de las cosas algo
que no son estas cosas mismas. Así asegura Kant a las cosas reales su
existencia, en calidad de 'cosas en sí'. El alma es indispensable a Kant, pues
la inmortalidad es para él un postulado moral. La 'cosa en sí', señores --
dice Rau dirigiéndose a los neokantianos en general y al confusionista A.
Lange, falsificador de la Historia del materialismo, en particular --,
es lo que separa el idealismo de Kant del idealismo de Berkeley: es el puente
entre el idealismo y el materialismo. Tal es mi crítica de la filosofía de
Kant; que refute esta crítica quien pueda . . . Para el materialista la
distinción entre los conocimientos a priori y la 'cosa en sí' es del todo
superflua: el materialista no interrumpe en ningún lado la continuidad de la
naturaleza, no considera a la materia y al espíritu como cosas radicalmente
distintas entre sí, sino solamente como los dos aspectos de una sola y misma
cosa, y, por consiguiente, no tiene ninguna necesidad de recurrir a ningún
truco especial para aproximar el espíritu a las cosas"*.
Además, como hemos visto, Engels reprocha a Kant por ser
agnóstico y no por desviarse del agnosticismo consecuente.
pág. 257
Lafargue, discípulo de Engels, polemizaba así en 1900 contra los kantianos
(en cuyo número se contaba entonces Charles Rappoport):
". . . A principios del siglo XIX, nuestra burguesia, después
de acabar su obra de demolición revolucionaria, comienza a renegar de su
filosofía volteriana; volvía a estar de moda el catolicismo, que Chateaubriand
pintarrajeaba (peinturlurait) de colores románticos, y Sebastián Mercier
importaba el idealismo de Kant para dar el golpe de gracia al materialismo de
los enciclopedistas, a cuyos propagandistas había guillotinado Robespierre.
"Al final del siglo XIX, que en la historia llevará el nombre
de siglo de la burguesía, los intelectuales pretenden derribar, por medio de
la filosofía kantiana, el materialismo de Marx y Engels. Este movimiento
reaccionario ha empezado en Alemania, dicho sea sin ofender a nuestros
socialistas-integralistas, que querrían adjudicar todo el honor a Malon,
fundador de esta escuela*. En realidad, Malon procedia de la escuela de
Höchberg, Bernstein y otros discípulos de Dühringque habían empezado a
reformar en Zurich el marxismo. [Lafargue hace alusión al conocido movimiento
ideológico que se produjo en el seno del socialismo alemán en la segunda mitad
de la década del 70 del siglo pasado.] Hay que esperar también ver a Jaurès,
Fournière y a nuestros intelectuales servirnos a Kant, así que se hayan
familiarizado con su terminología. . . Rappoport se equivoca
pág. 258
cuando afirma que, para Marx, hay 'identidad entre la idea y la realidad'.
Ante todo, no nos servimos nunca de esa fraseología metafísica. Una idea es
tan real como el objeto del que es el reflejo cerebral. . . A fin de recrear
(récréer) un poco a los camaradas, que deben ponerse al corriente de la
filosofía burguesa, voy a exponerles en qué consiste ese famoso problema que
tanto ha preocupado a los cerebros espiritualistas.
"Un obrero que come longaniza y que percibe cinco francos
diarios sabe muy bien que es robado por el patrono y que se alimenta con carne
de cerdo; que el patrono es un ladrón y la longaniza agradable al gusto y
nutritiva para el cuerpo. Pero el sofista burgués, lo mismo da que se llame
Pearson, Hume o Kant, dice: ¡Nada de eso! La opinión del obrero sobre estas
cosas es su opinión personal, es decir, subjetiva; podría, naturalmente, con
la misma razón, creer que el patrono es su bienhechor y que la longaniza es de
cuero picado, puesto que no puede conocer las cosas en sí. . .
"El problema está mal planteado y en eso estriba toda la
dificultad. . . El hombre, para conocer un objeto, debe primero comprobar si
no le engañan sus sentidos. . . Los químicos han ido aún más lejos, han
penetrado en los cuerpos, los han analizado, los han descompuesto en sus
elementos y luego han hecho un trabajo inverso, es decir, una síntesis,
componiendo los cuerpos con sus elementos: desde el momento que el hombre
puede con tales elementos producir cosas para su uso, puede, como dice Engels,
afirmar que conoce las cosas en sí. El Dios de los cristianos, si
existiese y si hubiese creado el universo, no podría hacer más"*.
pág. 259
Nos hemos permitido reproducir esta larga cita con objeto de
demostrar cómo comprendía Lafargue a Engels y cómo criticaba a Kant desde la
izquierda, no por los rasgos del kantismo por los que éste se distingue de la
doctrina de Hume, sino por los rasgos que son comunes a Kant y a Hume; no por
la admisión de la cosa en sí, sino por la concepción insuficientemente
materialista de ésta.
Finalmente, K. Kautsky, en su Etica, critica a Kant
también desde un punto de vista diametralmente opuesto al de Hume y Berkeley.
"El hecho de que yo vea lo verde, lo rojo, lo blanco, se explica por las
particularidades de mi facultad visual -- escribe contra la gnoseología de
Kant --. Pero el hecho de que lo verde sea distinto que lo rojo, atestigua
algo que está fuera de mí, la diferencia real entre las cosas. . . Las
relaciones y diferencias de las mismas cosas, que me son indicadas por las
diversas representaciones en el espacio y en el tiempo. . . , son relaciones y
diferencias reales del mundo exterior; no están condicionadas por el carácter
de mi facultad de conocer. . . Si esto fuese así [si la doctrina de Kant sobre
la idealidad del tiempo y del espacio fuera cierta] no podríamos saber nada
del mundo exterior a nosotros, ni siquiera podríamos saber si existe" (págs.
33-34 de la trad. rusa).
Así, pues, toda la escuela de Feuerbach, de Marx y te Engels
se ha apartado de Kant a la izquierda, hacia la negación completa de todo
idealismo y de todo agnosticismo. Y nuestros machistas han seguido la
dirección reaccionaria en filosofía, han seguido a Mach y a Avenarius,
que criticaron a Kant desde el punto de vista de Hume y de Berkeley.
Ciertamente que cualquier ciudadano y en particular cualquier intelectual
tiene el sagrado derecho de seguir a un ideólogo reaccionario cualquiera. Pero
si unos hombres que
pág. 260
han roto de modo radical con los fundamentos mismos del
marxismo en filosofía, se ponen luego a maniobrar, a crear confusiones, a
andar con rodeos, a asegurar que ellos "también" son marxistas en filosofía,
que ellos "casi" están de acuerdo con Marx y no han hecho más que
"completarlo" un poquito, tal espectáculo llega a ser totalmente desagradable.
"Por cierto -- escribe el señor P. Iushkévich -- que es
ridículo ver cómo el señor Chernov quiere hacer del positivista agnóstico,
comtiano y spenceriano, Mijailovski, el precursor de Mach y Avenarius" (loc.
cit., pág. 73).
Lo que hay de ridículo en esto es, ante todo, la asombrosa
ignorancia del señor Iushkévich. Como todos los Voroshílov, disimula esa
ignorancia bajo un cúmulo de palabras sapientes y de nombres. La frase citada
se halla en el parágrafo consagrado a las relaciones entre la doctrina de Mach
y el marxismo. Y el señor Iushkévich, al abordar ese tema, ignora que para
Engels (como para cualquier materialista) tanto los partidarios de la línea de
Hume como los partidarios de la línea de Kant son igualmente agnósticos. Por
lo tanto, oponer el agnosticismo en general a la doctrina de Mach, cuando el
mismo Mach se reconoce partidario de Hume, es sencillamente dar prueba de
crasa ignorancia en materia de filosofía. Las palabras "positivismo agnóstico"
son igualmente absurdas, ya que los partidarios de Hume se llaman precisamente
positivistas. El señor Iushkévich, que ha elegido a Petzoldt por maestro,
debiera saber que Pet-
pág. 261
zoldt refiere directamente el empiriocriticismo al positivismo. Por último,
es asimismo absurdo traer a colación los nombres de August Comte y de Herbert
Spencer, dado que el marxismo repudia no lo que distingue a un positivista de
otro, sino lo que tienen de común, lo que hace de un filósofo un positivista,
diferenciándole de un materialista.
Nuestro Voroshílov ha tenido necesidad de todo ese ama sijo
de términos para "atolondrar" al lector, para aturdirlo con un fárrago de
palabras, distraer su atención del fondo del asunto y fijarla en
bagatelas Y el fondo del asunto consiste en el desacuerdo radical entre el
materialismo y la amplia corriente del positivismo, dentro de la cual
se encuentran A. Comte, H. Spencer, Mijailovski, una serie de neokantianos y
Mach y Avenarius. Y ese fondo del asunto es el que exponía Engels con la mayor
claridad en su Ludwig Feuerbach, cuando clasificaba a todos los
kantianos y adeptos de Hume de aquella época (es decir, de los años del 80 del
siglo pasado) entre los ruines eclécticos, cicateros (Flohknacker, literalmente: matador de pulgas), etc.[48] Nuestros Voroshílov no han querido pensar a quién
pueden y a quién deben aplicarse esas características. Y como no saben pensar,
haremos una comparación edificante. Al hablar en 1888 y en 1892[49] de los kantianos y de los adeptos de
Hume en general, no citaba Engels ningún nombre. La única referencia
bibliográfica de Engels es la que hace a la obra de Starke sobre Feuerbach que
Engels analizó. "Starke -- dice Engels -- se impone grandes esfuerzos para
defender a Feuerbach contra los ataques y los dogmas de los catedráticos que
hoy se arrellanan en Alemania con el nombre de filósofos. Indudablemente, para
quienes se interesen por esos engendros de la filosofía clásica alemana, la
defensa era importante; al propio Starke pudo parecerle necesaria. Pero
pág. 262
nosotros haremos gracia de ella al lector" (Ludwíg Feuerbach, pág
25)[50].
Engels quería "ahorrar al lector", o sea evitar a los social
demócratas el placer de conocer a los degenerados charla tanes que se
califican de filósofos. Pero ¿quiénes son los representantes de dichos
"engendros"?
Abramos el libro de Starke (C. N. Starke: Ludwig
Feuerbach, Stuttgart, 1885) y leamos las incesantes referencias a los
partidarios de Hume y de Kant. Starke separa a Feuerbach de estas dos
líneas, citando a A. Riehl, Windelband y A. Lange (págs. 3,
18-19, 127 y siguientes del libro de Starke).
Abramos el libro de Avenarius La concepción humana del
mundo, editado en 189I, y leamos en la página 120 de la primera edición
alemana: "El resultado final de nuestro análisis se halla en concordancia --
aunque no absoluta (durchgehend), congruentemente con los diferentes puntos de
vista -- con el resultado a que han llegado otros investigadores, como, por
ejemplo, E. Laas, E. Mach, A. Riehl, W. Wundt.
Véase también a Schopenhauer ".
¿De quién se ha burlado nuestro Voroshílov-Iushkévich?
Avenarius no duda en modo alguno de su afinidad de principio
-- no en una cuestión particular, sino en la cuestión del "resultado final"
del empiriocriticismo -- con los kantianos Riehl y Laas y con el
idealista Wundt. Menciona a Mach entre dos kantianos. ¿No es ésa, en
efecto, una sola y misma compañía, siendo así que Riehl y Laas arreglan a Kant
al gusto de Hume, y Mach y Avenarius arreglan a Hume al gusto de Berkeley?
¿Qué tiene de extraño que Engels haya querido "ahorrar" a los
obreros alemanes el conocer de cerca a toda esa camarilla de catedráticos
"matapulgas"?
pág. 263
Engels sabía compadecerse de los obreros alemanes; los
Voroshílov no tienen compasión del lector ruso.
Es de notar que la unión, ecléctica en el fondo, de Kant con
Hume o de Hume con Berkeley es posible, por decirlo así, en proporciones
diferentes, acentuando bien a uno bien a otro elemento de la mezcla. Antes
hemos visto, por ejemplo, que el único que abiertamente se declara y declara a
Mach solipsista (es decir, consecuente partidario de Berkeley) es el machista
H. Kleinpeter. Numerosos discípulos y partidarios de Mach y Avenarius, tales
como Petzoldt, Willy, Pearson, el empiriocriticista ruso Lesévich, el francés
Henri Delacroix* y otros subrayan, por el contrario, la afinidad que con la
doctrina de Hume tienen las concepciones de Mach y Avenarius. Citemos el
ejemplo de un sabio verdaderamente eminente, que asimismo unió en filosofía a
Hume con Berkeley, pero acentuando los elementos materialistas de dicha
mezcla. Se trata del célebre naturalista inglés Th. Huxley, quien lanzó el
término "agnóstico" y en el que pensaba Engels, sin duda, en primer lugar y
más que en otro alguno cuando hablaba del agnosticismo inglés.
Engels calificó en 1892 de "materialistas vergonzantes" a ese tipo de
agnósticos.[51] En su libro titulado
Naturalismo y agnosticismo, en el que se ataca principalmente al "líder
científico del agnosticismo", (vol. II, pág. 229) Huxley, el espiritualista
inglés James Ward confirma en estos términos la apreciación de Engels: "La
tendencia de Huxley a reconocer la primacía del aspecto físico ["de la serie
de elementos", según Mach], es con frecuencia tan pronunciada que casi
pág. 264
no es posible hablar en este caso de paralelismo. A pesar de que Huxley
rechaza con extraordinaria vehemencia el epíteto de materialista, como una
afrenta a su agnosticismo sin tacha, no conozco a otro autor que lo merezca
más que él" (vol. II, págs. 30-31). Y James Ward cita en apoyo de su opinión
estas declaraciones de Huxley: "Cualquiera que conozca la historia de la
ciencia convendrá en que su progreso significó en todo tiempo y significa hoy
más que nunca la extensión del dominio de lo que llamamos materia y
causalidad, y la correspondiente desaparición gradual de lo que llamamos
espíritu y espontaneidad, de todos los dominios del pensamiento humano". O
bien: "Poco importa que expresemos los fenómenos de la materia en los términos
del espíritu o los fenómenos del espíritu en los términos de la materia: una y
otra formulación contienen cierta verdad relativa ["complejos relativamente
estables de elementos" según Mach]. Pero desde el punto de vista del progreso
de la ciencia, es preferible en todos los sentidos la terminoíogía
materialista, pues relaciona el pensamiento con los demás fenómenos del
universo. . . , mientras que la terminología contraria o espiritualista carece
en extremo de contenido (utterly barren) y no conduce a nada, más que a la
oscuridad y a la confusión. . . Por lo tanto, pocas dudas pueden caber de que
cuanto más avance la ciencia, con tanta mayor extensión y tanto más
consecuentemente serán representados por fórmulas o símbolos materialistas
todos los fenómenos de la naturaleza" (I, 17-19).
Así razonaba Huxley, "materialista vergonzante", que no
quería admitir en modo alguno el materialismo, por ser una "metafísica" que
trascendía ilegítimamente el límite de los "grupos de sensaciones". Y el mismo
Huxley escribía: "Si me viese obligado a elegir entre el materialismo absoluto
y el idealismo absoluto, forzoso me sería optar por este úl timo" . . "La
única cosa que conocemos con certeza, es la existencia del mundo espiritual"
(J. Ward, II, 216, lugar citado).
La filosofía de Huxley también es, como la filosofía de Mach,
una mezcla de Hume y de Berkeley. Pero los ataques a la manera de Berkeley son
casuales en Huxley, y su agnosticismo es el púdico velo con que encubre su
materialismo. El "matiz" de la mezcla es diferente en Mach, y el
espiritualista Ward, que con tan fiera saña combate a Huxley, muestra respecto
a Mach y a Avenarius un enternecedor afecto.
Al hablar del empiriocriticismo no hemos podido huir muchas
veces de hacer referencias a los filósofos de la escuela llamada inmanentista,
cuyos principales representantes son Schuppe, Leclair, Rehmke y
Schubert-Soldern. Es necesario examinar ahora la relación entre el
empiriocriticismo y los inmanentistas y la esencia de la filosofía propugnada
por estos últimos.
Mach escribía en 1902: ". . . En la actualidad veo que toda
una serie de filósofos: positivistas, empiriocriticistas, partidarios de la
filosofía inmanentista, así como algunos naturalistas, muy pocos, han empezado
a trazar, sin saber nada unos de otros, nuevos caminos que, a pesar de todas
las diferencias individuales, casi convergen en un punto" (Análisis de las
sensaciones, pág. 9). En primer término, es preciso ante todo advertir
aquí la confesión insólitamente
pág. 266
franca de Mach de que muy pocos naturalistas profesen la pretendida
"nueva" filosofía de Hume y Berkeley, que en realidad es muy vieja. En segundo
término, es de extraordinaria importancia la opinión de Mach según la cual esa
filosofía "nueva" constituye una extensa corriente en la que los
inmanentistas figuran a la par con los empiriocriticistas y los positivistas.
"Así, pues, se vislumbra -- repite Mach en el prólogo a la traducción rusa del
Análisis de las sensaciones (1906) -- un movimiento común" . . . (pág.
4). "Estoy -- dice Mach en otro pasaje -- muy cerca de los seguidores de la
filosofía inmanentista . . . No he encontrado nada en ese libro [Ensayo de
la teoría del conocimiento y de la lógica, por Schuppe] que no pueda yo
suscribir de buen grado, aportando a ello -- a lo sumo -- modificaciones
insignificantes" (46). A juicio de Mach, Schubert-Soldern también sigue
"caminos muy cercanos" al suyo (pág. 4), y a Wilhelm Schuppe hasta le
dedica su última obra filosófica, Conocimiento y error, que es,
por decirlo así, su obra de resumen.
Avenarius, el otro fundador del empiriocriticismo, escribía
en 1894 que le "congratula" y "anima" la simpatía de Schuppe por el
empiriocriticismo y que la "diferencia" (Differenz) entre Schuppe y él "no es
quizá más que temporal" (vielleicht nur einstweilen noch bestehend)*.
Finalmente, J. Petzoldt, cuya doctrina es para V. Lesévich la última palabra
del empiriocriticismo, proclama sin rodeos como los líderes de la "nueva"
dirección precisamente a la trinidad: Schuppe, Mach y Avenarius
(Einführ. i. d. Ph. d. r. E., t. II, 1904, pág. 295, y D.
Weltproblem, 1906, págs. V y 146). Al mismo tiempo
pág. 267
Petzoldt se alza resueltamente contra R. Willy (Einf., II, 321), que
es tal vez el único machista notable que se sonroja de su afinidad con Schuppe
y que intenta desolidarizarse en principio de este último, lo que le ha valido
una reprimenda de su querido maestro Avenarius. Avenarius escribió las
palabras antes citadas sobre Schuppe, en su nota al artículo de Willy contra
Schuppe, agregando que la crítica de Willy "resultó, quizás, más intensa de lo
que era necesario" (Viertljschr. f. w. Ph., año 18, 1894, pág. 29; aquí
aparece también el artículo de Willy contra Schuppe).
Conocida ya la apreciación formulada sobre los inmanentistas
por los empiriocriticistas, veamos ahora la apreciación de los
empiriocriticistas dada por los inmanentistas. Ya hemos indicado la de
Leclair, que data de 1879. Schubert-Soldern advierte con claridad en 1882 su
"acuerdo" "en parte con Fichte, el mayor" (se trata del célebre representante
del idealismo subjetivo, Johann Gottlieb Fichte, cuyo hijo fue tan mal
filósofo como el de Joseph Dietzgen), así como "con Schuppe, Leclair,
Avenarius y, en parte, con Rehmke", y cita con especial complacencia a
Mach (Erh. d. Arb.) en contra de la "metafísica de las ciencias
naturales"*, como llaman en Alemania todos los agregados y profesores
reaccinnarios al materialismo de las ciencias naturales. En 1893, después de
la aparición de la Concepción humana del mundo de R. Avenarius, W.
Schuppe saludó esta obra en una Carta abierta a R. Avenarius, como
"confirmación del realismo ingenuo", supuestamente defendido por el mismo
Schuppe. "Mi concepción del pensamiento -- escribía Schuppe -- concuerda per-
pág. 268
fectamente con vuestra [de Avenarius] 'experiencia pura'"[*]. Más tarde, en 1896, Schubert-Soldern, haciendo
el balance de la "dirección metodológica en la filosofía" en que él "se
apoya", remonta su genealogía a Berkeley y Hume, pasando por F. A. Lange ("el
comienzo de nuestra dirección en Alemania data, propiamente, desde Lange") y
luego por Laas, Schuppe y Cía., Avenarius y Mach, Riehl
entre los neokantistas, Charles Renouvier entre los franceses, etc.[**] Por último, en la
Introducción programa, publicada en el primer número del órgano
especial filosófico de los inmanentistas, junto a una declaración de guerra al
materialismo y de testimonios de simpatía dirigidos a Charles Renouvier,
leemos: "Hasta entre los mismos naturalistas se oyen voces aisladas que se
alzan contra la creciente presunción de sus colegas y contra el espíritu
afilosófico que se ha apoderado de las ciencias naturales. Tal es, por
ejemplo, el físico Mach . . . Fuerzas frescas entran por doquier en
movimiento, trabajando en destruir la fe ciega en la infalibilidad de las
ciencias naturales; y otra vez comienzan a buscar nuevos caminos hacia las
profundidades del misterio, a buscar una entrada mejor al santuario de la
verdad"***.
Dos palabras sobre Ch. Renouvier. Es la cabeza visible de la
escuela de los llamados neocriticistas, influyente y extendida en Francia. Su
filosofía teórica es una combinación del fenomenalismo de Hume y del
apriorismo de Kant. La cosa en sí es categóricamente rechazada. La concatena-
pág. 269
ción de los fenómenos, el orden, la ley es declarada apriorística, la ley
se escribe con may.iscula y es convertida en base de la religión. El clero
católico está encantado con tal filosofía. El machista Willy califica a
Renouvier con indignación de "segundo apóstol Pablo", de "oscurantista de alta
escuela", de "casuístico predicador del libre albedrío" (Geg. d. Schw.,
pág. 129). Y esos correligionarios de los inmanentistas acogen con
ardor la filosofía de Mach. Cuando apareció la traducción francesa de su
Mecánica, el órgano de los "neocriticistas" franceses, L'Année
Philosophique [Anales Filosóficos ], editado por Pillon,
colaborador y discípulo de Renouvier, decía: "Huelga hacer notar hasta qué
grado se identifica con el idealismo neocriticista la ciencia positiva del
señor Mach, con su crítica de la sustancia, de la cosa, de la cosa en sí"
(tomo 15, 1904, pág. 179).
En cuanto a los machistas rusos, se averguenzan todos de su
parentesco con los inmanentistas; naturalmente, no se podía esperar otra cosa
de personas que no han seguido de modo deliberado el camino de Struve, de
Menshikov y Cía. Sólo Basárov llama "realistas" "a ciertos representantes de
la escuela inmanentista"*. Bogdánov declara en forma concisa (y de hecho
falsamente ) que la "escuela inmanentista no es más que una forma
intermedia entre el kantismo y el empiriocriticismo" (Empiriomonismo,
III, XXII). P. Chernov escribe: "En general los inmanentistas no se acercan al
positivismo más que por un aspecto de su teoría, pues en los demás van mucho
más allá de la doctrina positivista"
pág. 270
(Estudios filosóficos y sociológicos, 37). Valentínov afirma que "la
escuela inmanentista ha dado a estas concepciones [las de Mach] una forma
inconveniente y se ha metido en el callejón sin salida del solipsismo" (loc.
cit., pág. 149). Como veis, aquí hay para todos los gustos: constitución,
esturión en salsa picante, realismo y solipsismo. Nuestros machistas temen
decir directa y claramente la verdad sobre los inmanentistas.
La cuestión es que los inmanentistas son los más acérrimos
reaccionarios, apóstoles declarados del fideísmo, consecuentes en su
oscurantismo. No se encuentra ni uno solo de entre ellos que no haya
orientado abiertamente sus más acabados trabajos teóricos sobre
gnoseología a la defensa de la religión, a la justificación de tal o cual
reminiscencia de la Edad Media. En 1879 defiende Leclair su filosofía como
satisfactoria para "todas las exigencias de un espíritu religioso" (Der
Realismus etc., pág. 73). En 1880, J. Rehmke dedica su Teoría del
conocimiento al pastor protestante Biedermann y termina su librejo
exponiendo la concepción, no de un dios suprasensible, sino de un dios como
"concepto real" (¿tal vez, por eso, clasifica Basárov a "ciertos"
inmanentistas entre los "realistas"?), y "la objetivización de este concepto
real se deja a la vida práctica y por ella se resuelve"; en cuanto a la
Dogmática cristiana de Biedermann, se la declara modelo de "teología
científica" (J. Rehmke: Die Welt als Wahrnehmung und Begriff, Berlín,
1880, pág 312). Schuppe afirma en la Revista de Filosofía Inmanentista
que si los inmanentistas niegan lo transcendente, en este concepto no entran
en modo alguno Dios y la vida futura (Zeitschrift für imman. Phil., t.
II, pág. 52). En su Etica insiste sobre "la conexión de la ley moral .
. . con la concepción metafísica del mundo" y condena la "insensata frase"
sobre la separa-
pág. 271
ción de la Iglesia y el Estado (Dr. Wilhelm Schuppe: Grundzüge der Ethik
und Rechtsphilosophie [Fundamentos de la ética y de la filosofía del
Derecho ], Breslau, 1881, págs. 181, 325). Schubert-Soldern afirma en sus
Fundamentos de la teoría del conocimiento la preexistencia de nuestro
YO con anterioridad al ser de nuestro cuerpo y la postexistencia
(supervivencia) del YO después de la muerte del cuerpo, es decir, la
inmortalidad del alma (loc. cit., pág. 82), etc En su Cuestión social ,
defiende contra Bebel, al lado de las "reformas sociales", el sufragio
electoral corporativo; agrega que "los socialdemócratas ignoran el hecho de
que sin el don divino de la desdicha, no habría dicha" (pág. 330), y deplora
la "preponderancia" del materialismo (pág. 242): "el que en nuestros tiempos
cree en la vida del más allá, o incluso en su posibilidad, pasa por un
imbécil" (ib.).
Y estos Menshikov alemanes, oscurantistas de la calaña de
Renouvier, viven en continuo concubinato con los empiriocriticistas. Su
parentesco teórico es innegable. No hay más kantismo en los inmanentistas que
en Petzoldt o Pearson. Hemos visto anteriormente que se reconocen a sí mismos
como discípulos de Hume y de Berkeley, y esta apreciación de los inmanentistas
está generalmente admitida en la literatura filosófica. Citemos, para
demostrar de manera patente las premisas gnoseológicas que sirven de punto de
partida a esos compañeros de armas de Mach y Avenarius, algunas tesis teóricas
fundamentales sacadas de las obras de los inmanentistas.
Leclair no había aún inventado en 1879 el término
"inmanentista", que, hablando con propiedad, quiere decir "experimental",
"dado en la experiencia" y que es un rótulo para ocultar la podredumbre tan
embustero como lo son los rótulos de los partidos burgueses de Europa. En su
primer
pág. 272
trabajo Leclair se declara abierta y claramente "idealista crítico "
(Der Realismus etc., págs. 11, 21, 206 y muchas otras). Como hemos
visto ya, combate en dicho trabajo a Kant en razón a las concesiones de este
último al materialismo, y precisa su camino que va, apartándose de Kant, en
dirección de Fichte y Berkeley. Leclair sostiene una lucha tan implacable como
Schuppe, Schubert-Soldern y Rehmke contra el materialismo en general, y
contra la propensión al materialismo de la mayoría de los naturalistas
en particular.
"Volvamos atrás -- dice Leclair --, al punto de vista del
idealismo crítico, no atribuyamos a la naturaleza en su conjunto y a los
procesos naturales una existencia transcendente [es decir, una existencia
exterior a la conciencia humana]; entonces el conjunto de los cuerpos y su
propio cuerpo, en la medida en que lo ve y lo percibe por el tacto, con todos
sus cambios, será para el sujeto un fenómeno directamente dado de
coexistencias ligadas en el espacio y de sucesiones en el tiempo, y toda la
explicación de la naturaleza se reducirá a la constatación de las leyes de
estas coexistencias y sucesiones" (21).
Volvamos a Kant -- decían los neokantianos reaccionarios --.
Volvamos a Fichte y a Berkeley: he ahí lo que dicen en esencia los
reaccionarios inmanentistas. Para Leclair todo lo existente es "complejos
de sensaciones " (pág. 38); además, ciertas clases de propiedades
(Eigenschaften) que obran sobre nuestros sentidos, son designadas, por
ejemplo, con la letra M, y otras clases que obran sobre otros objetos
de la naturaleza, con la letra N (pág. 150 y otras). Y junto a esto,
Leclair habla de la naturaleza como de un "fenómeno de la conciencia"
(Bewusstseinsphänomen), no de un hombre aislado, sino del "género humano"
(págs. 55-56). Si tenemos en cuenta que Leclair publicó ese libro en la misma
Praga
pág. 273
donde Mach era profesor de física, y que Leclair cita con entusiasmo sólo
el Erhaltung der Arbeit [El principio de la conservación del trabajo
] de Mach, aparecido en 1872, surge involuntariamente la cuestión de si no
habrá que reconocer en Leclair, partidario del fideísmo e idealista declarado,
al verdadero padre de la filosofía "original" de Mach.
En cuanto a Schuppe, que llegó, según las palabras de
Leclair[*], a "los mismos
resultados", pretende en realidad, como ya hemos visto, defender el "realismo
ingenuo" y se queja amargamente en su Carta abierta a R. Avenarius a
propósito de la "tergiversación, que ha llegado a ser corriente, de mí [de
Wilhelm Schuppe] teoría del conocimiento, que es reducida al idealismo
subjetivo". En qué consiste el burdo escamoteo que el inmanentista Schuppe
llama defensa del realismo, lo vemos con bastante claridad por esa frase
dirigida contra Wundt, quien no vacila en poner a los inmanentistas entre los
discípulos de Fichte, entre los idealistas subjetivos (Phil. Studien,
loc. cit., págs. 386, 397, 407).
"La tesis: 'el ser es la conciencia' -- replicaba
Schuppe a Wundt -- significa para mí que la conciencia es inconcebible sin el
mundo exterior y que, por consiguiente, este último pertenece a la primera, es
decir, lo que he afirmado y explicado con frecuencia: que entre ambos existe
una conexión absoluta (Zusammengehörigkeit) por la que constituyen el todo
único inicial del ser"**.
¡Hace falta una gran ingenuidad para no ver en tal "realismo"
el más puro idealismo subjetivo! ¡Ya lo veis: el
pág. 274
mundo exterior "pertenece a la conciencia" y se halla en absoluta
conexión con ella! Verdaderamente se ha calumniado a este pobre profesor al
clasificarlo "corrientemente" entre los idealistas subjetivos. Semejante
filosofía coincide en un todo con la "coordinación de principio" de Avenarius:
ni las reservas, ni las protestas de Chernov y Valentínov separarán una de
otra a esas dos filosofías, que serán enviadas a un mismo tiempo al museo de
las producciones reaccionarias del profesorado alemán. A título de curiosidad,
que demuestra una vez más la falta de reflexión del señor Valentínov,
añadiremos que éste califica a Schuppe de solipsista (de suyo se comprende que
Schuppe jura y perjura con tanta energía como Mach, Petzoldt y Cía., no ser
solipsista, y, como ellos, ha escrito sobre este tema artículos especiales),
¡pero se muestra encantado del artículo de Basárov en los Ensayos! Yo
bien quisiera traducir al alemán el apotegma de Basárov: "La representación
sensible es precisamente la realidad existente fuera de nosotros", y
enviárselo a un inmanentista que sea un poco inteligente. Este abrazaría con
fuerza a Basárov, como abrazaron a Mach y Avenarius los Schuppe, los Leclair y
los Schubert-Soldern. Pues el apotegma de Basárov es el alfa y omega de
las doctrinas de la escuela inmanentista.
Y he aquí, por último, a Schubert-Soldern. "El materialismo
de las ciencias naturales", "la metafísica" del reconocimiento de la realidad
objetiva del mundo exterior: tal es el principal enemigo de este filósofo
(Fundamentos de la teoría del conocímiento, 1884, pág. 31 y todo el
capítulo II: "Metafísica de las ciencias naturales"). "Las ciencias naturales
hacen abstracción de todas las relaciones de conciencia" (pág. 52), y ése es
su mayor mal (¡en eso precisamente consiste el materialismo!). Porque el
hombre no puede salir
pág. 275
de las "sensaciones y, por consiguiente, de los estados de conciencia"
(págs. 33-34). Sin duda -- confiesa Schubert-Soldern en 1896 -- mi punto de
vista es el solipsismo gnoseológico (Cuestión social, pág. X),
pero no el solipsismo "metafísico" ni el "práctico". "Lo que no es dado de un
modo directo es: sensaciones, complejos de sensaciones que cambian
constantemente" (Über Transc. etc., pág. 73).
"Marx tomó el proceso material de la producción -- dice
Schubert-Soldern -- por la causa de los procesos y de los motivos interiores,
exactamente de la misma manera (y tan falsamente) como las ciencias naturales
toman el mundo exterior común [a la humanidad] por la causa de los mundos
individuales interiores" (Cuestión social, pág. XVIII). Este compañero
de armas de Mach no abriga la menor duda en cuanto a la relación del
materialismo histórico de Marx con el materialismo de las ciencias naturales y
el materialismo filosófico en general.
"Muchas personas, quizá la mayoría, serán del parecer de que
desde el punto de vista solipsista gnoseológico no es posible metafísica
alguna, es decir, que la metafísica es siempre transcendente. Después de una
reflexión madura, yo no puedo suscribir esa opinión. He aquí mis argumentos. .
. La base inmediata de todo lo que es dado es la conexión espiritual
(solipsista) en que el YO individual (el mundo individual de las
representaciones) con su cuerpo es el punto central. Ni el resto del universo
es concebible sin este YO, ni este YO sin el resto del universo;
la destrucción del YO individual destruiría también el universo, lo que
es imposible; y con la destrucción del resto del universo no quedaría lugar
tampoco para el YO individual, puesto que éste no puede ser separado
del universo más que lógicamente, y no en el tiempo y el espacio. Así que mi
YO individual debe
pág. 276
inevitablemcnte continuar existiendo después de mi muerte, pues sólo con él
es como el universo entero no se destruye . . ." (loc. cit., pág. XXIII).
¡La "coordinación de principio", los "complejos de sensa
ciones" y demás trivialidades machistas sirven fielmente a quien corresponde!
". . . ¿Qué es el mundo del más allá (das Jenseits), desde el
punto de vista solipsista? No es más que una experiencia posible para mi en el
futuro" (ibíd.) . . . "Cierto que el espiritismo, por ejemplo, no ha
demostrado su Jenseits, pero contra el espiritismo no se puede en ningún caso
oponer el materialismo de las ciencias naturales, que no es, como hemos visto,
más que un aspecto del proceso universal interno [de la "coordinación de
principio" = ] de la conexión espiritual universal" (pág. XXIV).
Todo esto se dice en esa misma introducción filosófica a la
Cuestión social (1896), donde Schubert-Soldern interviene
constantemente haciendo causa común con Mach y Avenarius. La doctrina
de Mach es exclusivamente un pretexto de charlatanismo intelectual,
exclusivamente para un puñado de machistas rusos; ¡pero en su país de origen
se proclama abiertamente su papel lacayuno con relación al fideismo!
Echemos ahora una ojeada sobre el desarrollo del machismo
después de Mach y Avenarius. Hemos visto que su filosofía es una ensalada, un
cúmulo de tesis gnoseológicas contradictorias e incoherentes. Debemos examinar
ahora cómo y hacia dónde, es decir, en qué sentido se desarrolla esa
filosofía, lo que nos ayudará a resolver ciertas cuestiones
pág. 277
"discutibles" mediante referencias a hechos históricos indiscutibles. En
efecto, dado el eclecticismo y la incoherencia de las premisas filosóficas que
sirven de punto de partida a dicha dirección filosófica, son completamente
inevitables interpretaciones diferentes de la misma y discusiones estériles
sobre detalles y sobre bagatelas. Pero el empiriocriticismo, como toda
corriente ideológica, es una cosa viviente, en vías de crecimiento y
desarrollo, y el hecho de su crecimiento en esta o la otra dirección ayudará,
mejor que largos razonamientos, a dilucidar la cuestión fundamental
acerca de la verdadera esencia de esta filosofía. Se juzga a un hombre, no por
lo que él diga o piense de sí mismo, sino por sus actos. Los filósofos deben
ser juzgados, no por las etiquetas que ostenten ("positivismo", filosofía de
la "experiencia pura", "monismo", o "empiriomonismo", "filosofía de las
ciencias naturales", etc.), sino por la manera como resuelven en la práctica
las cuestiones teóricas fundamentales, por las personas con quienes van mano
en mano, por lo que enseñan y por lo que han logrado inculcar a sus discípulos
y seguidores.
Esta última cuestión es la que nos ocupa ahora. Mach y
Avenarius ya dijeron todo lo esencial hace más de veinte años. Durante ese
lapso de tiempo, no ha sido posible que no se haya dejado ver cómo han sido
comprendidos esos "jefes" por los que han querido comprenderles y a los
que ellos mismos consideran (por lo menos Mach, que ha sobrevivido a su
colega) como continuadores de su obra. Para mayor exactitud, no indicaremos
más que aquellos que se llaman a sí mismos discípulos de Mach y Avenarius (o
seguidores suyos) y a los cuales Mach adscribe a este campo. Tendremos así una
idea clara del empiriocriticismo como corriente filosófica y no como
una colección de rarezas literarias.
pág. 278
En el prólogo de Mach a la traducción rusa del Análisis de
las sensaciones se recomienda a Hans Cornelius como "joven investigador"
que va "si no por los mismos caminos, a lo menos por unos caminos muy
próximos" (pág. 4). En el texto del Análisis de las sensaciones Mach
vuelve a "citar con agrado", entre otras, las obras de H. Cornelius y de otros
autores "que han penetrado en la esencia de las ideas de Avenarius y las han
desarrollado más" (48). Tomemos el libro de H. Cornelius Introducción a la
filosofía (ed. alemana, 1903): vemos que su autor también manifiesta su
aspiración a seguir las huellas de Mach y Avenarius (pág. VIII, 32). Nos
encontramos, por consiguiente, en presencia de un discípulo reconocido como
tal por su maestro. Este discípulo comienza asimismo por las
sensaciones-elementos (17, 24); declara categóricamente que se limita a la
experiencia (pág. VI); califica sus concepciones de "empirismo
consecuente o gnoseológico" (335); condena con toda resolución la
"unilateralidad" del idealismo y el "dogmatismo", tanto de los idealistas como
de los materialistas (pág. 129); rechaza con extraordinaria energía la posible
"incomprensión" (123), que consistiría en afirmar que de su filosofía se
deduce la admisión de un universo existente en la cabeza del hombre; coquetea
con el realismo ingenuo, no menos hábilmente que Avenarius, Schuppe o Basárov
(pág. 125: "la percepción visual, y toda otra percepción, tiene su asiento
allí donde la hallamos y nada más que allí, es decir, donde está localizada
por la conciencia ingenua, no contaminada por una falsa filosofía"), y llega
este discípulo, reconocido por el maestro, a la inmortalidad y a Dios.
El materialismo -- truena este gendarme con cátedra, quiero decir, este
discípulo de los "novísimos positivistas" -- hace del hombre un autómata.
"Inútil decir que, al mismo tiempo que la fe en la libertad
pág. 279
de nuestras decisiones, socava toda apreciación del valor moral de nuestros
actos, así como nuestra responsabilidad. Igualmente, no deja sitio a la idea
de la supervivencia después de la muerte" (pág. 116). El libro termina así: La
educación [evidentemente, de la juventud embrutecida por este sabio varón] es
necesaria, no sólo para la actividad, sino "ante todo" "para el respeto
(Ehrfurcht), no hacia los valores transitorios de una tradición fortuita, sino
hacia los valores imperecederos del deber y de la belleza, hacia el principio
divino (dem Göttlichen) en nosotros y fuera de nosotros" (357).
Comparad con esto el aserto de A. Bogdánov de que para las
ideas de Dios, de libre albedrío, de inmortalidad del alma no hay en
absoluto (la cursiva es de Bogdánov), "ni puede haber sitio" en la
filosofía de Mach, en razón a su negación de toda "cosa en sí" (Análisis de
las sensaciones, pág. XII). Pero Mach en ese mismo libro (pág. 293)
declara que "no hay filosofía de Mach" y recomienda no solamente a los
inmanentistas, sino también a Cornelius, ¡que ha pene trado en la esencia de
las ideas de Avenarius! En primer lugar, por consiguiente, Bogdánov ignora
en absoluto la "filosofía de Mach", como corriente que no sólo se cobija
bajo el ala del fideísmo, sino que llega a profesar el fideísmo. En segundo
lugar, Bogdánov ignora en absoluto la historia de la filosofía, pues
asociar la negación de esas ideas a la negación de toda cosa en sí, es mofarse
de dicha historia. ¿No pensará Bogdánov negar que todos los partidarios
consecuentes de Hume, al negar toda cosa en sí, dejen precisamente
un sitio para tales ideas? ¿No ha oído hablar Bogdánov de los
idealistas subjetivos, que niegan toda cosa en sí y de este modo dejan sitio a
esas ideas? "No puede haber sitio" para tales ideas exclusivamente en
la filosofía que en-
pág. 280
seña que sólo existe el ser sensible, que el universo es la materia en
movimiento, que el universo exterior que todos y cada uno conocemos, lo
físico, es la única realidad objetiva; esto es, en la filosofía del
materialismo. Por esto, precisamente por esto, hacen la guerra al materialismo
tanto los inmanentistas, recomendados por Mach, como el discípulo de Mach,
Cornelius, y toda la filosofía profesoral contemporánea.
Tan pronto se les señaló con el dedo su indecoro, se pusieron
nuestros machistas a renegar de Cornelius. Tales apostasías no valen gran
cosa. Friedrich Adler, que al parecer "no ha sido advertido", recomienda al
tal Cornelius en una revista socialista (Der Kampf, 1908, 5, pág. 235:
"una obra que se lee fácilmente y merece las mejores recomendaciones"). ¡A
través de la doctrina de Mach son presentados furtivamente como maestros de
los obreros unos filósofos claramente reaccionarios y unos predicadores del
fideísmo!
Petzoldt no ha tenido necesidad de ser advertido para
apercibirse de la falsedad de Cornelius; pero su manera de combatirla es una
alhaja. Escuchad: "Afirmar que el mundo es representación" [como afirman los
idealistas, contra los cuales, ¡bromas aparte!, combatimos], "no tiene sentido
más que cuando se quiere decir que el mundo es una representación del que
habla o incluso de todos los que hablan [de los que hacen el aserto]; es
decir, que su existencia depende exclusivamente del pensamiento de esa o de
esas personas: el universo no existe más que en tanto en cuanto dicha persona
lo piensa, y cuando ella no lo piensa, el mundo no existe. Nosotros, por el
contrario, hacemos depender el mundo no del pensamiento de un individuo o
grupo de individuos, o, mejor aún y más claramente: no del acto del
pen-
pág. 281
samiento, no de un pensamiento actual [real] cualquiera, sino del
pensamiento en general, y además en el sentido exclusivamente lógico. El
idealista mezcla lo uno y lo otro, lo que da por resultado un semisolipsismo
agnóstico tal como lo vemos en Cornelius" (Einf., II, 317).
¡Stolypin desmintió la existencia de los gabinetes
negros![53] Petzoldt pulverizó a los
idealistas, pero lo admirable es cómo esa refutación aplastante del idealismo
se asemeja a un consejo dado a los idealistas sobre la forma de ocultar más
hábilmente su idealismo. Sostener que el universo depende del pensamiento de
los hombres, es idealismo penerso. Sos tener que el universo depende del
pensamiento en general es novísimo positivismo, realismo crítico; en una
palabra, ¡charlatanismo burgués de cabo a rabo! Si Cornelius es un
semisolipsista agnóstico, Petzoldt es un semiagnóstico solipsista. ¡No hacéis,
señores, más que matar pulgas!
Sigamos adelante. En la segunda edición de su Conocimiento
y error, Mach dice: El profesor doctor Hans Kleinpeter (Die
Erkenntnistheorie der Naturforschung der Gegenwart [Teoría del
conocimiento de las ciencias naturales modernas ], Leipzig, 1905) hace
"una exposición sistemática [de las concepciones de Mach], que yo puedo
suscribir en todo lo esencial". Veamos al tal Hans número 2. Este profesor es
un propagandista jurado de la doctrina de Mach: autor de multitud de artículos
sobre las concepciones de Mach, repartidos por las revistas filosóficas
especiales alemanas e inglesas, autor de traducciones de obras recomendadas y
prologadas por Mach; es, en una palabra, la mano derecha del "maestro". He
aquí sus ideas: ". . . Toda mi experiencia [exterior e interior], todo mi
pensamiento y todas mis aspiraciones me son dadas como un proceso psíquico,
como una parte de mi conciencia" (pág. 18 del libro citado).
pág. 282
"Aquello que llamamos físico está construido de elementos psíquicos" (144).
"La convicción subjetiva, y no la verdad (Gewissheit)
objetiva, es el único fin asequible de toda ciencia " (9;
subrayado por Kleinpeter, que hace en este pasaje la siguiente advertencia:
"Eso es poco más o menos lo que decía ya Kant en la Crítica de la razón
práctica "). "La suposición de la existencia de otras conciencias que la
nuestra es una suposición que no puede ser nunca confirmada por la
experiencia" (42). "Yo no sé . . . si en general existen fuera de mí otros
YO " (43). § 5: "De la actividad [= espontaneidad] en la conciencia".
En el animal autómata la sucesión de las representaciones se efectúa de forma
puramente mecánica. Igual ocurre en nosotros cuando soñamos. "De esto difiere
esencialmente la naturaleza de nuestra conciencia en estado normal. Esta posee
una propiedad que les falta en absoluto [a los autómatas], y que sería cuando
menos difícil explicar recurriendo a lo mecánico o a lo automático: la llamada
autoactividad de nuestro YO. Cualquier hombre puede oponerse a sí
propio a los estados de su conciencia, manejarlos, hacerlos resaltar o
relegarlos a un segundo plano analizarlos, comparar sus distintas partes, etc.
Todo lo cual es un hecho de la experiencia (directa). Nuestro YO es
esencialmente distinto de la suma de todos los estados de conciencia, y no
puede ser equiparado a esta suma. El azúcar está compuesto de carbono,
hidrógeno y oxígeno; si atribuyéramos al azúcar un alma de azúcar, debería
tener, por analogía, la propiedad de modificar a voluntad la disposición de
las partículas de hidrógeno, de oxígeno y de carbono" (29-30). En el § 4, del
capítulo siguiente: "El acto del conocimiento es un acto de la voluntad
(Willenshandlung)". "Es preciso considerar como un hecho firmemente
establecido la división de todas mis experiencias psíquicas en dos
pág. 283
grandes grupos fundamentales: actos obíigados y actos voluntarios. Todas
las impresiones provenientes del mundo exterior pertenecen al primero de esos
grupos" (47). "Que puedan darse muchas teorías de una sola y misma clase de
hechos . . . es un hecho tan familiar para los físicos como incompatible con
las premisas de cualquier teoría absoluta del conocimiento. Y ese hecho está
ligado al carácter volitivo de nuestro pensamiento; y en él se expresa la
independencia de nuestra voluntad en relación a las circunstancias exteriores"
(50).
¡Juzgad ahora la temeridad de los asertos de Bogdánov, según
el cual en la filosofía de Mach "no hay en absoluto sitio para el libre
albedrío", cuando el mismo Mach recomienda a un sujeto como Kleinpeter! Hemos
visto ya que este último no oculta su propio idealismo ni el de Mach.
Kleinpeter escribía en 1898-1899: "Hertz manifiesta también [como Mach] la
misma opinión subjetivista sobre la naturaleza de nuestros conceptos". . . ".
. . Si Mach y Hertz" [examinaremos más tarde con qué derecho complica aquí
Kleinpeter al célebre físico], "desde el punto de vista del idealismo, tienen
el mérito de poner de relieve el origen subjetivo, no de algunos, sino de
todos nuestros conceptos, y la conexión existente entre ellos, desde el punto
de vista del empirismo, tienen el mérito no menor de haber reconocido que sólo
la experiencia, como instancia independiente del pensamiento, resuelve el
problema de la exactitud de los conceptos" (Archiv für systematische
Philosophie, tomo V, 1898-1899, págs. 169-170). En 1900: Kant y Berkeley,
a pesar de todo lo que separa a Mach de ellos, "están en todo caso más cerca
de él que el empirismo metafísico que domina en las ciencias naturales [o sea:
¡que el materialismo! ¡El señor profesor rehuye llamar al diablo por su
nombrel] y
pág. 284
que es el principal objeto de los ataques de Mach" (ib., t. VI, pág. 87).
En 1903: "El punto de partida de Berkeley y de Mach es irrefutable". . . "Mach
corona la obra de Kant" (Kantstudien, t. VIII, 1903, págs. 314, 274).
También cita Mach, en el prólogo a la traducción rusa del
Análisis de las sensaciones, a T. Ziehen, "que sigue, si no el mismo
camino, a lo menos uno muy cercano". Abramos el libro del profesor T. Ziehen,
Teoría psicofisiológica del conocimiento (Theodor Ziehen:
Psychophysiologische Erkenntnistheorie, Jena, 1898) y veremos que el
autor, ya en el prólogo, se refiere a Mach, Avenarius, Schuppe, etc. Por
consiguiente, otro discípulo reconocido por el maestro. La "novísima" teoría
de Ziehen consiste en afirmar que sólo el "vulgo" es capaz de creer que:
"Nuestras sensaciones son originadas por cosas reales" (pág. 3) y que "no
puede haber sobre el frontispicio de la teoría del conocimiento más
inscripción que las palabras de Berkeley: 'Los objetos exteriores no existen
de por sí, sino en nuestra mente' " (pág. 5). "Nos son dadas las sensaciones y
las representaciones. Unas y otras son lo psíquico. Lo no psíquico es una
palabra carente de sentido" (pág. 100). Las leyes de la naturaleza son
relaciones, no entre los cuerpos materiales, sino "entre las sensaciones
reducidas" (pág. 104: len este "nuevo" concepto de "sensaciones reducidas"
consiste toda la originalidad del berkeleyismo de Ziehen!).
Ya en 1904, Petzoldt renegaba de Ziehen como idealista en el
tomo II de su Introducción (págs. 298-30I). En 1906 su lista de los
1idealistas o psicomonistas lleva ya los nombres de Cornelius Kleinpeter,
Ziehen Verworn (Das Weltproblem etc., pág. 137, nota). Todos esos
señores profesores llegan, como veis, a la "incomprensión" al interpretar las
"concepciones de Mach y Avenarius" (lugar citado).
pág. 285
¡Pobres Mach y Avenarius! No sólo les han calumniado sus
enemigos al acusarlos de idealismo y "hasta" (como se expresa Bogdánov) de
solipsismo, no: también los amigos, los discípulos, los partidarios, los
profesores especialistas les han comprendido al revés, en un sentido
idealista. Si el empiriocriticismo se desarrolla en el sentido del idealismo,
ello no prueba en modo alguno la falsedad fundamental de sus confusos
postulados fundamentales de tipo berkeleyiano. ¡Dios nos libre de tal
deducción! No hay más que una "incomprensión" sin importancia, en el sentido
que da a la palabra Nosdrev-Petzoldt[*].
Pero lo más cómico de esto es quizá que el mismo celoso
guardián de la pureza y de la inocencia, Petzoldt, "ha completado" primero a
Mach y a Avenarius con el "a priori lógico", y después los ha asociado al
portador del fideísmo, Wilhelm Schuppe.
Si Petzoldt hubiese conocido a los partidarios ingleses de
Mach, habría tenido que alargar considerablemente su lista de machistas que
cayeron (por "incomprensión") en el idealismo. Ya hemos citado como un
idealista integral a Karl Pearson, muy alabado por Mach. Citemos además las
apreciaciones de dos "calumniadores", que expresan lo mismo sobre Pearson: "La
doctrina del profesor K. Pearson es un simple eco de las doctrinas
verdaderamente grandes de Berkeley" (Howard V. Knox en la revista Mind
[El Pensamiento ], vol. VI, 1897, pág. 205). "El señor Pearson es, a no
dudar, un idealista en el más estricto sentido de la palabra" (Georges Rodier
en Revue philosophique, 1888, II, vol. 26, pág. 200). El idealista
inglés William Clifford, a quien Mach
pág. 286
considera "muy próximo" a su filosofía (Análisis de las sensaciones,
pág. 8), debe ser considerado como maestro de Mach, más bien que como
discípulo, pues los trabajos filosóficos de Clifford aparecieron en los años
del 70 del siglo pasado. La "incomprensión", en este caso, procede
directamente de Mach, que "no percibió" en 1901 el idealismo en la doctrina de
Clifford, según la cual el universo es una "sustancia espiritual"
(mind-stuff), un "objeto social", una "experiencia organizada en alto grado",
etc.[*] Advertiremos, a fin de
caracterizar el charlatanismo de los machistas alemanes, que Kleinpeter en
1905 ¡elevó a este idealista al rango de uno de los fundadores de la
"gnoseología de las ciencias naturales modernas"!
En la página 284 del Análisis de las sensaciones Mach
menciona al filósofo americano P. Carus, que "se ha aproximado" (al budismo y
a la doctrina de Mach). Carus, que se califica a sí mismo como
"admirador y amigo personal" de Mach, dirige en Chicago la revista The
Monist [54] consagrada a la
filosofía, y una revistilla de propaganda religiosa, The Open Court
(La Tribuna Libre ). "La ciencia es una revelación divina" -- dice la
redacción de esta revistilla popular --. "Nos atenemos a la opinión de que la
ciencia puede reformar la Iglesia de modo que conserve todo lo que la religión
tiene de cierto, de sano y de bueno". Mach, asiduo colaborador de The
Monist, publicó en dicha revista por capítulos sueltos sus nuevas obras.
Carus corrige "un tanto" a Mach en el espíritu de Kant, afirmando que Mach es
un "idealista, o mejor diría aún, un subjetivista", pero que él,
pág. 287
Carus, también está convencido, a despecho de discrepancias parciales, de
que "Mach y yo pensamos del mismo modo"[*]. Nuestro monismo -- declara Carus -- "no es
materialista, ni espiritualista, ni agnóstico; significa simple y
exclusivamente guardar consecuencia. . . , toma la experiencia por base, y
emplea como método las formas sistematizadas de las relaciones de la
experiencia" (¡evidentemente, un plagio del Empiriomonismo de A.
Bogdánov!). La divisa de Carus es: "No agnosticismo, sino ciencia positiva; no
misticismo, sino pensamiento claro; no supernaturalismo, no materialismo, sino
concepción monista del universo; no dogma, sino religión; no creencia como
doctrina, sino fe como estado de espíritu" (not cred, but faith). En
cumplimiento de esta divisa Carus preconiza una "nueva teología", una
"teología científica" o teonomía, que niega la letra de la Biblia, pero
insiste en que "toda verdad es divina y Dios se revela en las ciencias
naturales lo mismo que en la historia"**. Es preciso hacer notar que, en su
libro precitado sobre la gnoseología de las ciencias naturales modernas,
Kleinpeter recomienda a Carus al lado de Ostwald, de Avenarius y de los
inmanentistas (págs. 151-152). Cuando Haeckel hubo publicado sus tesis para la
unión de los monistas, Carus se pronunció categóricamente en contra: en primer
lugar, Haeckel rechaza infundadamente el apriorismo, que es "perfectamente
compatible con la filosofía científica"; en segundo lugar, Carus se alza
contra la doctrina de Haeckel del determinismo, doctrina que "excluye la
posibilidad del libre albedrío"; en tercer lugar,
pág. 288
Haeckel "comete el error de acentuar el punto de vista unilateral del
naturalista contra el conservadurismo tradicional de las iglesias. Aparece,
por lo mismo, como enemigo de las iglesias existentes, en lugar de esforzarse
con alegría por lograr su desarrollo superior en una interpretación nueva y
más justa de los dogmas" (ib., vol. XVI, 1906, pág. 122). Carus mismo
reconoce: "Numerosos librepensadores me consideran como un reaccionario y me
censuran por no hacer coro a sus ataques contra toda religión, considerada
como un prejuicio" (355).
Es completamente evidente que estamos en presencia de un
líder de la cofradía de sinverguenzas literarios americanos que trabajan por
embriagar al pueblo con el opio religioso. Mach y Kleinpeter han entrado
también en esta cofradía, por lo visto en virtud de una "incomprensión" sin
importancia.
"Personalmente, -- dice Bogdánov, hablando de sí mismo -- no
conozco en la literatura, hasta la fecha, más que un solo empiriomonista, que
es un tal A. Bogdánov; pero, en cambio, le conozco muy bien y puedo garantizar
que sus opiniones satisfacen por completo a la fórmula sacramental de la
prioridad de la naturaleza sobre el espíritu. Precisamente, él considera todo
lo existente como una cadena ininterrumpida de desarrollo, cuyos eslabones
inferiores se pierden en el caos de los elementos, mientras que los eslabones
superiores, que conocemos, representan la experiencia humana [cursiva
de Bogdánov], la experiencia psíquica y, más alta aún, la experiencia física;
y esta experiencia, así como el conocimiento que surge de ella, corresponden a
lo que ordinariamente se llama espíritu" (Emp., III, XII).
pág. 289
¡Aquí ridiculiza Bogdánov como fórmula "sacramental" la
conocida tesis de Engels callando diplomáticamente, no obstante, el nombre de
éste! Yo no estoy en desacuerdo con Engels, nada de eso. . .
Pero examinad con mayor atención el resumen dado por Bogdánov
mismo de su famoso "empiriomonismo" y de su "substitución". El mundo físico es
denominado experiencia humana, y se declara que la experiencia física
está colocada "más alta " en la cadena del desarrollo que la
experiencia psíquica. ¡Pero si esto es un contrasentido manifiesto! Con
trasentido precisamente inherente a toda filosofía idealista. Es sencillamente
ridículo que Bogdánov presente también como materialismo un "sistema" de esta
guisa: la naturaleza -- dice -- es también para mí lo primario, y el espíritu,
lo secundario. Así aplicada la definición de Engels, resulta que Hegel es a su
vez materialista, puesto que también en él la experiencia psíquica (bajo el
nombre de idea absoluta) viene en primer lugar, y luego el mundo físico, la
naturaleza, situada "más alta", y por fin el conocimiento humano, que a través
de la naturaleza concibe la idea absoluta. Ni un solo idealista negará en este
sentido la prioridad de la naturaleza, porque en realidad eso no es prioridad,
en realidad la naturaleza no está considerada en este caso como lo
directamente dado, como el punto de partida de la gnoseología. En
realidad, nos lleva aún hasta la naturaleza una larga transición a través
de abstracciones de "lo psíquico". Da lo mismo que esas abstracciones sean
llamadas idea absoluta, YO universal, voluntad universal, etc., etc.
Así se distinguen las variedades del idealismo, y tales variedades
existen en número infinito. La esencia del idealismo consiste en tomar lo
psíquico como punto de partida; la naturaleza está deducida de él, y ya
después la conciencia humana ordinaria es dedu-
pág. 290
cida de la naturaleza. "Lo psíquico", tomado como punto de partida, es
siempre, por tanto, una abstracción muerta, disimuladora de una
teología diluida. Todos saben, por ejemplo, lo que es la idea humana,
pero la idea sin el hombre o anterior al hombre, la idea en abstracto, la idea
absoluta es una invención teológica del idealista Hegel. Todos saben lo que es
la sensación humana, pero la sensación sin el hombre, anterior al hombre, es
un absurdo, una abstracción muerta, un subterfugio idealista. Y justamente a
un tal subterfugio idealista es al que recurre Bogdánov cuando establece la
escala siguiente:
1) El caos de los "elementos" (ya sabemos que esa
palabreja elemento no encierra ninguna noción humana más que la de
sensaciones ).
2) La experiencia psíquica de los hombres.
3) La experiencia física de los hombres.
4) El "conocimiento que surge de ella".
No hay sensaciones (humanas) sin el hombre. Luego el primer
peldaño es una abstracción idealista muerta. En realidad tenemos en este caso
ante nosotros no las sensaciones humanas conocidas y familiares para
todos, sino unas sensaciones imaginadas, sensaciones de nadie,
sensaciones en general, sensaciones divinizadas, lo mismo que la
corriente idea humana se diviniza en Hegel tan pronto como es separada del
hombre y del cerebro humano.
De modo que ese primer peldaño no cuenta para nada.
El segundo no cuenta tampoco, puesto que ningún hom bre, ni
las ciencias naturales conocen lo psíquico anterior a lo físico (y el
segundo peldaño precede en Bogdánov al tercero). El mundo físico
existía antes de que hubiese po dido aparecer lo psíquico como el producto
supremo de las formas supremas de la materia orgánica. El segundo pelda-
pág. 291
ño de Bogdánov es, igualmente, una abstracción muerta, es un pensamiento
sin cerebro, es la razón del hombre separada del hombre.
Sólo después de haber eliminado esos dos primeros peldaños, y
sólo entonces, es cuando nos es posible tener del mundo un cuadro que
corresponda verdaderamente a las ciencias naturales y al materialismo. A
saber: 1) el mundo físico existe independientemente de la conciencia
del hombre y existió mucho antes que el hombre, antes que toda
"experiencia humana"; 2) lo psíquico, la conciencia, etc., es el producto
supremo de la materia (es decir, de lo físico), es una función de ese
fragmento especialmente complejo de la materia que se llama cerebro humano.
"El dominio de la substitución -- escribe Bogdánov --
coincide con el dominio de los fenómenos físicos; en los fenómenos psíquicos
no hay nada que substituir, porque son complejos inmediatos" (XXXIX).
Esto no es otra cosa que idealismo, pues lo psíquico, es
decir, la conciencia, la representación, la sensación, etc. está considerado
como lo inmediato, mientras que lo físico se deduce de él, es
substituido por lo psíquico. El mundo es el no-YO, creado por nuestro
YO, decía Fichte. El mundo es la idea absoluta, decía Hegel. El mundo
es voluntad, decía Shopenhauer. El mundo es noción y representación, dice el
inmanentista Rehmke. El ser es conciencia, dice el inmanentista Schuppe. Lo
físico es la substitución de lo psíquico, dice Bogdánov. Hace falta estar
ciego para no ver la misma esencia idealista bajo todos esos diferentes
adornos verbales.
"Nos preguntamos -- escribe Bogdánov en el primer fascículo
del Empiriomonismo, págs. 128-129 -- ¿qué es un 'ser viviente'; el
'hombre', por ejemplo?" Y responde: "El 'hombre' es ante todo un complejo
determinado de 'experien-
pág. 292
cias inmediatas'". Anotad: ¡"Ante todo"! -- "Después, en el
desarrollo ulterior de la experiencia, el 'hombre' resulta para él mismo, y
para los demás, un cuerpo físico entre los demás cuerpos físicos".
Esto es un "complejo" de absurdos del principio al fin, bueno
tan sólo para deducir de él la inmortalidad del alma, o la idea de Dios, etc.
!El hombre es ante todo un complejo de experiencias inmediatas, y después,
en el desarrollo ulterior, un cuerpo físico! Luego existen
"experiencias inmediatas" sin cuerpo físico, anteriores al
cuerpo físico. Deploremos que tan magnífica filosofía no haya penetrado
todavía en nuestros seminarios: sus méritos serían apreciados en ellos.
". . . Hemos reconocido que la propia naturaleza física es un
derivado [cursiva de Bogdánov] de los complejos de carácter inmediato
(a los cuales pertenecen también las coordinaciones "psíquicas"), que dicha
naturaleza física es el reflejo de esos complejos en otros complejos análogos,
pero del tipo más complicado (en la experiencia socialmente organizada de los
seres vívientes)" (146).
La filosofía que enseña que la propia naturaleza física es un
derivado, es una filosofía puramente clerical. Su carácter en nada está
modificado por el celo de Bogdánov en repudiar cualquier religión.
Dühringtambién era ateo; proponía incluso prohibir la religión en su régimen
"socialitario". Y sin embargo, Engels tenía toda la razón cuando demostraba
que el "sistema" de Dühringno ata cabos sin religión. Lo mismo ocurre con
Bogdánov, con la esencial diferencia de que el párrafo citado no es una
inconsecuencia fortuita, sino la esencia de su "empiriomonismo" y de toda su
"substitución". Si la naturaleza es un derivado, de suyo se comprende que no
puede derivar más que de algo que sea más grande,
pág. 293
más rico, más vasto, más potente que la naturaleza, de algo que existe,
pues para "producir" la naturaleza, hay que existir independientemente de la
naturaleza. Luego existe algo fuera de la naturaleza y que, además,
produce a la naturaleza. En ruso, ese algo se llama Dios. Los filósofos
idealistas siempre se han esforzado por modificar este último término, por
hacerlo más abstracto, más nebuloso y al mismo tiempo (para mayor
verosimilitud) por acercarlo a lo "psíquico", como "complejo inmediato", como
lo directamente dado que no necesita de prueba alguna. Idea absoluta, espíritu
universal, voluntad global, "substitución universal " de lo psíquico,
que es colocado como base de lo físico: todo ello es una y la misma idea, sólo
que bajo diferentes formulaciones. Todo hombre conoce -- y las ciencias
naturales estudian -- la idea, el espíritu, la voluntad, lo psíquico, como
función del cerebro humano que trabaja normalmente; desligar esta función de
la materia organizada de una manera determinada, convertir esta función en una
abstracción universal, general, "substituir" esta abstracción colocándola como
base de toda la naturaleza física, son quimeras del idealismo filosófico, es
mofarse de las ciencias naturales.
El materialismo dice que la "experiencia socialmente
organizada de los seres vivientes" es un derivado de la naturaleza física, el
resultado de un largo desarrollo de ésta, de un desarrollo comenzado cuando la
naturaleza física se hallaba en un estado tal en que no había ni podía haber
ni sociedad, ni organización, ni experiencia, ni seres vivientes. El idealismo
dice que la naturaleza física es un derivado de esa experiencia de los seres
vivientes, y, al decirlo, el idealismo equipara la naturaleza a Dios (si no es
que la somete a él). Porque Dios es, sin duda alguna, un derivado de la
experiencia socialmente organizada de los seres vivientes.
pág. 294
Por más que se dé vueltas a la filosofía de Bogdánov, no contiene otra cosa
que confusión reaccionaria.
Le parece a Bogdánov que hablar de la organización social de
la experiencia es hacer acto de "socialismo gnoseológico" (libro III, pág.
XXXIV). Esto son sandeces. De razonar así acerca del socialismo, los jesuítas
serían ardientes partidarios del "socialismo gnoseológico", ya que el punto de
partida de su gnoseología es la divinidad como "experiencia socialmente
organizada". El catolicismo es, sin duda, una experiencia socialmente
organizada; pero no refleja la verdad objetiva (que Bogdánov niega y que la
ciencia refleja), sino la explotación de la ignorancia popular por
determinadas clases sociales.
Pero ¡para qué hablar de los jesuítas! El "socialismo
gnoseológico" de Bogdánov lo encontraremos completo en los inmanentistas, tan
queridos por Mach. Leclair considera la naturaleza como la conciencia del
"género humano" (Der Realismus etc., pág. 55), y en manera alguna de un
individuo aislado. De tal socialismo gnoseológico a lo Fichte, os servirán los
filósofos burgueses tanto como queráis. Schuppe también subraya das
generische, das gattungsmässige Moment des Bewusstseins, es decir, el elemento
general, genérico, de la conciencia (págs. 379-380 en V. f. w. Ph.,
tomo XVII). Pensar que el idealismo filosófico desaparecerá por el hecho de
que la conciencia del individuo sea reemplazada por la conciencia de la
humanidad, o la experiencia de un solo hombre por la experiencia socialmente
organizada, es como pensar que el capitalismo desaparecerá por el hecho de que
un capitalista sea reemplazado por una compañía anónima.
Nuestros machistas rusos, Iushkévich y Valentínov, han
repetido lo que había dicho el materialista Rajmétov (no
pág. 295
sin injuriar a éste groseramente): que Bogdánov es un idealista. Pero no
han sabido reflexionar sobre el origen de tal idealismo. Según ellos, Bogdánov
es un fenómeno individual, fortuito, un caso singular. Lo cual es inexacto. A
Bogdánov personalmente le puede parecer que ha descubierto un sistema
"original", pero basta compararlo con los precipitados discípulos de Mach para
ver la falsedad de tal opinión. La diferencia entre Bogdánov y Cornelius es
mucho menos marcada que la diferencia entre Cornelius y Carus. La diferencia
entre Bogdánov y Carus es menor (en cuanto al sistema filosófico, y no en
cuanto a la premeditación de las conclusiones reaccionarias, naturalmente) que
la que existe entre Carus y Ziehen, etc. Bogdánov no es más que una de las
manifestaciones de esa "experiencia socialmente organizada" que atestigua la
integración del machismo en el idealismo Bogdánov (se trata, desde luego,
exclusivamente de Bogdánov como filósofo) no habría podido ver la luz si en la
doctrina de su maestro Mach no hubiera "elementos" . . . de berkeleyismo. Y yo
no puedo concebir "castigo más espantoso" para Bogdánov que una traducción al
alemán de su Empiriomonismo sometida a la crítica de Leclair y
Schubert-Soldern, de Cornelius y de Kleinpeter, de Carus y Pillon (este último
es colaborador y discípulo francés de Renouvier). Estos acérrimos compañeros
de armas y en parte discípulos directos de Mach, con sus arrebatos de cariño
por la "substitución" serían más elocuentes que con sus razonamientos.
Por lo demás, no sería justo considerar la filosofía de
Bogdánov como un sistema acabado e inmutable. En nueve años, desde 1899 a
1908, las fluctuaciones filosóficas de Bogdánov han pasado por cuatro fases.
Primero fue materialista "naturalista" (es decir, semi-inconsciente y
espontáneamente fiel al espíritu de las ciencias naturales). Sus
pág. 296
Elementos fundamentales de la concepción histórica de la naturaleza
llevan evidentes huellas de esta fase. La segun da fase fue la de la
"energética" de Ostwald, que estuvo en moda a fines de los años del 90 del
siglo pasado, esto es, un agnosticismo confuso, que a veces cae en el
idealismo. De Ostwald (la cubierta del Curso de filosofía de la
naturaleza de Ostwald lleva estas palabras: "Dedicado a E. Mach") Bogdánov
pasó a Mach, es decir, adoptó las premisas fundamentales del idealismo
subjetivo, inconsecuente y desorientador, como toda la filosofía de Mach.
Cuarta fase: tentativas de deshacerse de varias contradicciones de la doctrina
de Mach y de crear una especie de idealismo objetivo. La "teoría de la
substitución universal" demuestra que Bogdánov ha descrito, a partir de su
punto de arranque, un arco de casi 180 grados. Esta fase de la filosofía de
Bogdánov ¿está más alejada del materialismo dialéctico que las precedentes o
se encuentra más próxima? Si Bogdánov se obstina en su última fase, no hay que
dudar que se ha alejado del materialismo. Si persiste en avanzar por la curva
que ha seguido durante nueve años, se va acercando: no tiene más que
dar un paso serio para volver al materialismo; precisemos: no tiene más que
descartar universalmente su substitución universal. Pues esta substitución
universal reúne en una coleta china todos los pecados del idealismo a medias,
todas las debilidades del idealismo subjetivo consecuente, como (si licet
parva componere magnis!: si está permitido comparar lo pequeño a lo grande) la
"idea absoluta" de Hegel reunió todas las contradicciones del idealismo de
Kant, todas las debilidades de la escuela de Fichte. Feuerbach no tenía más
que dar un paso serio para volver al materialismo: descartar
universalmente, eliminar absolutamente la idea absoluta, esta "substitución
hegeliana de lo psíquico", que es colocado como base de la
pág. 297
naturaleza física. Feuerbach se cortó la coleta china del idealismo
filosófico, es decir, tomó por base la naturaleza sin "substitución" alguna.
El que viva verá si ha de continuar creciendo aún mucho
tiempo la coleta china del idealismo machista.
No estará de más advertir, para completar lo que acabamos de
decir de los idealistas, como compañeros de armas y continuadores del
empiriocriticismo, el carácter de la crítica machista de ciertas tesis
filosóficas tratadas en nuestra literatura. Por ejemplo, nuestros machistas
que pretenden ser marxistas, han embestido con singular entusiasmo contra los
"jeroglíficos" de Plejánov, es decir, contra la teoría según la cual las
sensaciones y las representaciones del hombre no son copias de las cosas y de
los procesos reales de la naturaleza, no son sus imágenes, sino signos
convencionales, símbolos, jeroglíficos, etc. Basárov se burla de este
materialismo jeroglífico, y es preciso señalar que tendría razón si
impugnara el materialismo jeroglífico en favor de un materialismo no
jeroglífico. Pero Basárov usa en esto, una vez más, un procedimiento de
prestidigitador, introduciendo de contrabando, bajo la capa de la crítica del
"jeroglifismo", su abjuración del materialismo. Engels no habla ni de
símbolos, ni de jeroglíficos, sino de copias, de fotografías, de imágenes, de
reflejos especulares de las cosas, etc. En lugar de demostrar el error de
Plejánov al apartarse de la formulación del materialismo dada por Engels,
oculta Basárov a los lectores, por medio del error de Plejánov, la verdad for
mulada por Engels.
pág. 298
A fin de explicar tanto el error de Plejánov como la
confusión de Basárov, tomaremos a un destacado representante de la "teoría de
los símbolos" (la sustitución de la palabra símbolo por la palabra jeroglífico
no cambia nada la cosa), Helmholtz, y veamos cómo criticaban a Helmholtz los
materialistas, así como los idealistas unidos a los machistas.
Helmholtz, cuya autoridad es altísima en las ciencias
naturales, fue en filosofía tan inconsecuente como la inmensa mayoría de los
naturalistas, Fue propenso al kantismo, pero no mantuvo de una manera
consecuente este punto de vista en su gnoseología. Véase, por ejemplo, un
razonamiento que encontramos en su Optica fisiológica sobre el tema de
la correspondencia entre los conceptos y los objetos: ". . . Yo he designado a
las sensaciones como símbolos de los fenómenos del mundo exterior, y
les he negado toda analogía con las cosas que representan" (pág. 579 de la
traducción francesa, pág 442 del original alemán). Esto es agnosticismo, pero
más adelante, en la misma página, leemos: "Nuestras nociones y
representaciones son acciones que los objetos que vemos, o que nos
representamos, ejercen sobre nuestro sistema nervioso y sobre nuestra
conciencia". Esto es materialismo. Pero Helmholtz no tiene una idea clara de
las relaciones entre la verdad absoluta y la verdad relativa, como se ve por
sus ulteriores razonamientos. Por ejemplo, Helmholtz dice un poco más abajo:
"Yo creo, pues, que no tiene ningún sentido hablar de la veracidad de nuestras
representaciones de otra forma que no sea en el sentido de una verdad
práctica. Las representaciones que nos formamos de las cosas no
pueden ser más que símbolos, signos naturales dados a los objetos, signos
de los que aprendemos a servirnos para regular nuestros movimientos y nuestras
acciones! Cuando
pág. 299
hemos aprendido a descifrar correctamente dichos símbolos, estamos en
condiciones de dirigir con su ayuda nuestras acciones de forma que produzcan
el resultado apetecido". . . Eso no es cierto: Helmholtz resbala aquí hacia el
subjetivismo, hacia la negación de la realidad objetiva y de la verdad
objetiva. Y llega a un flagrante error cuando termina el párrafo con estas
palabras: "La idea y el objeto representado por ella son dos cosas que
pertenecen, evidentemente, a dos mundos diferentes por completo". . . Tan sólo
los kantianos separan así la idea y la realidad, la conciencia y la
naturaleza. Leemos, sin embargo, un poco más adelante: "Por lo que concierne
ante todo a las propiedades de los objetos exteriores, basta un poco de
reflexión para ver que todas las propiedades que podemos atribuirles, designan
exclusivamente la acción que los objetos exteriores ejercen, ya sobre
nuestros sentidos, ya sobre otros objetos de la naturaleza" (pág. 581 de la
trad. franc.; pág. 445 del orginal alemán; traduzco de la versión francesa).
Helmholtz vuelve en este caso una vez más al punto de vista materialista.
Helmholtz era un kantiano inconsecuente, que tan pronto reconocía las leyes
apriorísticas del pensamiento, como se inclinaba a la "realidad transcendente"
deí tiempo y del espacio (es decir, al punto de vista materialista sobre
ellos), tan pronto deducía las sensaciones del hombre de los objetos
exteriores que obran sobre nuestros órganos de los sentidos, como declaraba
que las sensaciones no son más que símbolos, es decir, unas designaciones
arbitrarias divorciadas del mundo "diferente por completo" de las cosas que
designan (Víctor Heyfelder, Über den Begriff der Erfahrung bei
Helmholtz [La noción de la experiencia según Helmholtz ], Berlín,
1897).
He aquí cómo expresa Helmholtz sus concepciones en el
discurso sobre los "hechos en la percepción", pronunciado en
pág. 300
1878 ("notable acontecimiento en el campo de los realistas", como dijo
Leclair refiriéndose a este discurso): "Nuestras sensaciones son precisamente
acciones provocadas en nuestros órganos por causas exteriores, y la forma en
que se pone de manifiesto dicha acción depende, naturalmente, de manera muy
esencial del carácter del aparato sobre el que se ejerce la acción. Por cuanto
la calidad de nuestra sensación nos informa de las propiedades de la acción
exterior que ha hecho nacer dicha sensación, ésta puede ser considerada como
signo (Zeichen) de la acción exterior, pero no como imagen. Pues
de la imagen se exige cierta semejanza con el objeto representado. En cambio,
del signo no se exige ninguna semejanza con el objeto del cual es signo"
(Vorträge und Reden [Informes y discursos ], 1884, pág. 226 del
segundo tomo). Si las sensaciones no son imágenes de las cosas, sino sólo
signos o símbolos que no tienen "ninguna semejanza" con ellas, se quebranta la
premisa materialista de la que parte Helmholtz, se pone de cierta forma en
duda la existencia de los objetos exteriores, puesto que los signos o símbolos
son plenamente posibles respecto a unos objetos ficticios, y todos conocemos
ejemplos de signos o símbolos de esta clase. Helmholtz intenta,
siguiendo a Kant, trazar en principio una especie de línea divisoria entre el
"fenómeno" y la "cosa en sí". Contra el materialismo directo, claro y franco,
Helmholtz alimenta una prevención insuperable. Pero él mismo dice un poco más
adelante: "No veo cómo se podría refutar un sistema del idealismo subjetivo
más extremo, que quisiera considerar la vida como un sueno. Se le puede
declarar de todo punto inverosímil e insatisfactorio -- y en este sentido yo
suscribiría las más fuertes expresiones de la negación --, pero es posible
aplicarlo de una manera consecuente. . . La hipótesis realista se fía, al
contrario, del juicio [o del testimonio, Aussage]
pág. 301
de la autoobservación ordinaria, según la cual los cambios en las
percepciones consecutivas a tal o cual acción no tienen ninguna relación
psíquica con el impulso anterior de la voluntad. Esta hipótesis considera como
existente independientemente de nuestras representaciones todo lo que está
confirmado por las percepciones cotidianas, el mundo material exterior a
nosotros" (242-243). "Sin duda, la hipótesis realista es la más sencilla que
podemos hacer, comprobada y confirmada en unos campos de aplicación
extremadamente vastos, bien precisa en todas sus partes, y, por lo tanto,
eminentemente práctica y fecunda, como base para la acción" (243). El
agnosticismo de Helmholtz se parece asimismo al "materialismo vergonzante",
con la diferencia de que en él tenemos, en lugar de las salidas polémicas de
Huxley, inspiradas en Berkeley, salidas polémicas kantianas.
Por eso Albrecht Rau, discípulo de Feuerbach, critica
decididamente la teoría de los símbolos de Helmholtz, como una inconsecuente
desviación del "realismo". La concepción esencial de Helmholtz -- dice Rau --
es el postulado realista de que "conocemos con ayuda de nuestros sentidos las
propiedades objetivas de las cosas"*. La teoría de los símbolos está en
desacuerdo con este punto de vista (enteramente materialista, como hemos
visto), porque introduce cierta des confianza respecto a la sensibilidad,
desconfianza respecto a los testimonios de nuestros órganos de los sentidos.
Está fuera de duda que la imagen nunca puede igualar enteramente al modelo;
pero una cosa es la imagen y otra el símbolo, el signo convencional. La
imagen supone necesaria e inevitablemente la realidad objetiva de lo que "se
refleja". El "signo conven-
pág. 302
cional", el símbolo, el jeroglífico son nociones que introducen un elemento
completamente innecesario de agnosticismo. Y por eso A. Rau tiene completa
razón al decir que Helmholtz paga con su teoría de los símbolos un tributo al
kantismo. "Si Helmholtz -- dice Rau -- permaneciese fiel a su concepción
realista, si se atuviese de un modo consecuente al principio de que las
propiedades de los cuerpos expresan al mismo tiempo las relaciones de los
cuerpos entre sí y sus relaciones con nosotros, no tendría necesidad,
ciertamente, de toda esa teoría de los símbolos; podría decir entonces,
expresándose con concisión y claridad: 'las sensaciones causadas en nosotros
por las cosas, son imágenes de la esencia de dichas cosas' " (loc. cit., pág
320).
Así critica a Helmholtz un materialista. Este materialista
rechaza, en nombre del materialismo consecuente de Feuerbach, el materialismo
jeroglífico o simbólico, o semi-materialismo de Helmholtz.
El idealista Leclair (que representa la "escuela
inmanentista" grata al espíritu y al corazón de Mach) también acusa a
Helmholtz de inconsecuencia, de vacilación entre el materialismo y el
espiritualismo (Der Realismus etc., pág. 154). Pero la teoría de los
símbolos no es para Leclair insuficientemente materialista, sino demasiado
materialista. "Helmholtz supone -- escribe Leclair -- que las percepciones de
nuestra conciencia dan bastantes puntos de apoyo para conocer la sucesión en
el tiempo y la identidad o la no identidad de las causas transcendentes. No le
hace falta más a Helmholtz para suponer en lo trascendente [pág. 33; es decir,
en el terreno de lo objetivamente real] un orden regido por leyes". Y Leclair
truena contra ese "prejuicio dogmático de Helmholtz". "El Dios de Berkeley --
exclama --, en calidad de causa hipotética del orden, regido por leyes,
de las ideas
pág. 303
en nuestra conciencia, es a lo menos tan capaz de satisfacer nuestra
necesidad de una explicación causal como el mundo de las cosas exteriores"
(34). "La aplicación consecuente de la teoría de los símbolos. . . es
imposible sin un abundante aditamento de realismo vulgar" (pág. 35), o sea de
materialismo.
Así amonestaba a Helmholtz por su materialismo, en 1879, un
"idealista crítico". Veinte años después, Kleinpeter, discípulo de Mach,
alabado por su maestro, refutaba como sigue al "anticuado" Helmholtz con la
"novísima" filosofía de Mach, en su artículo: "De los principios de la física
según la concepción de Ernst Mach y Heinrich Hertz"[*]. Prescindamos por el momento de Hertz (que, en
esencia, era tan inconsecuente como Helmholtz) y veamos la comparación entre
Mach y Helmholtz establecida por Kleinpeter. Después de haber citado diversos
pasajes de ambos autores y subrayado con singular fuerza las conocidas
aseveraciones de Mach, según las cuales los cuerpos son símbolos mentales para
el complejo de sensaciones, etc., Kleinpeter dice:
"Si seguimos el curso de las ideas de Helmholtz encontraremos
los postulados fundamentales siguientes:
1) Existen los objetos del mundo exterior.
2) Es inconcebible la modificación de esos objetos sin
el efecto de una causa (considerada como real).
3) 'La causa es, en la primitiva acepción de esta
palabra, lo que permanece invariable por quedar o existir tras los fenómenos
en sucesión, a saber: la sustancia y la ley de su acción, la fuerza' (cita de
Kleinpeter sacada de Helmholtz).
pág. 304
4) Es posible deducir con rigurosidad lógica y bajo una
determinación en sentido único todos los fenómenos de sus causas.
5) La consecución de este fin equivale a la posesión de la
verdad objetiva, cuya conquista (Erlangung) queda así reconocida como
concebible" (163).
Kleinpeter, irritado por estos postulados, por su carácter
contradictorio y los insolubles problemas que crean, advierte que Helmholtz no
se atiene en rigor a tales concepciones, usando a veces "unos giros que
recuerdan algo el sentido puramente lógico atribuido por Mach a palabras" como
materia, fuerza, causa, etc.
"No es difícil encontrar la razón de que no nos satisfaga
Helmholtz, si recordamos las palabras tan bellas y claras de Mach. Todo el
razonamiento de Helmholtz adolece de una falsa comprensión de las palabras:
masa, fuerza, etc. No son, en efecto, más que nociones, productos de nuestra
fantasía, y en modo alguno realidades existentes fuera del pensamiento. No
estamos absolutamente en condiciones de conocer realidades. De una manera
general no estamos en condiciones de deducir de las observaciones de nuestros
sentidos, vista su imperfección, una conclusión de un significado único. Nunca
podemos afirmar que, por ejemplo, observando una escala (durch Ablesen einer
Skala), obtendremos un solo número determinado; son posibles siempre, en
ciertos límites, una cantidad infinita de números que concuerdan igualmente
bien con los hechos de la observación. En cuanto a conocer algo real, situado
fuera de nosotros, no lo podemos, de ninguna manera. Aun suponiendo que eso
fuera posible y que conociéramos las realidades, entonces no tendríamos el
derecho de aplicarles las leyes de la lógica, pues son leyes nuestras y
aplicables únicamente a nuestros conceptos, a
pág. 305
nuestros [cursiva de Kleinpeter] productos del pensamiento. No hay
concatenación lógica entre los hechos, no hay más que una simple sucesión; los
juicios apodícticos son en este caso inconcebibles. Luego es falso afirmar que
un hecho sea la causa de otro; y juntamente con esta afirmación cae por su
base toda la deducción de Helmholtz, constituida sobre este concepto. Por
último, es imposible llegar a la verdad objetiva, es decir, existente
independientemente de todo sujeto, es imposible no solamente en virtud de las
propiedades de nuestros sentidos, sino también porque nosotros, siendo hombres
(wir als Menschen), en general no podemos nunca hacernos idea alguna de lo que
existe de un modo totalmente independiente de nosotros" (164).
Como ve el lector, nuestro discípulo de Mach, al repetir las
palabrejas favoritas de su maestro y las de Bogdánov, que no se reconoce como
adepto de Mach, rechaza sin reservas toda la filosofía de Helmholtz, la
rechaza desde un punto de vista idealista. La teoría de los símbolos ni
siquiera es particularmente destacada por el idealista, que no ve en ella más
que una desviación poco importante, acaso fortuita, del materialismo. Pero
Kleinpeter tiene a Helmholtz por un representante de las "concepciones físicas
tradicionales" que "todavía hoy comparten la mayoría de los físicos" (160).
En resumen vemos que Plejánov ha cometido un error manifiesto
en su exposición del materialismo; en cuanto a Basárov, todo lo ha embrollado
al juntar en un mismo montón el materialismo y el idealismo, contraponiendo a
la "teoría de los símbolos" o al "materialismo jeroglífico" el absurdo
idealista de que la "representación sensible es precisamente la realidad
existente fuera de nosotros". A partir del kantiano Helmholtz, como a partir
del mismo Kant, los
pág. 306
materialistas van hacia la izquierda y los machistas hacia la derecha.
Señalemos otro pequeño rasgo más que caracteriza la increíble
deformación del materialismo por los machistas. Valentínov pretende batir a
los marxistas comparándolos con Büchner, quien, al decir de aquél, tiene mucho
de común con Plejánov, a pesar de que Engels se separase categóricamente de
Büchner. Bogdánov, abordando la misma cuestión por otro lado, aparenta
defender el "materialismo de los naturalistas", del que, dice, "se habla de
ordinario con cierto desprecio" (Empiriomonismo, libro III, pág. X).
Tanto Valentínov como Bogdánov caen en una confusión imperdonable. Marx y
Engels siempre "hablaron con desprecio" de los malos socialistas, pero de ello
se deduce que la fiel expresión de su espíritu es la doctrina del verdadero
socialismo, del socialismo científico, y no las migraciones del socialismo a
las concepciones burguesas. Marx y Engels condenaron siempre el mal
materialismo (y, principalmente, el antidialéctico), pero lo condenaron desde
el punto de vista de un materialismo más elevado, más desarrollado, del
materialismo dialéctico, y no desde el punto de vista del humismo o del
berkeleyismo. De los malos materialistas hablaban Marx, Engels y Dietzgen
tomándolos en consideración y deseando corregir sus errores; en cambio, de los
humistas y berkeleyianos, de Mach y Avenarius, ni siquiera habrían hablado,
limitándose a una sola observación, más desdeñosa todavía, acerca de
toda su tendencia. Por esto, las muecas sin número y los remilgos que
nuestros machistas
pág. 307
hacen a Holbach y Cía., Büchner y Cía., etc., están entera y exclusivamente
destinados a despistar al público, a disimular el abandono de las bases mismas
del materialismo en general por toda la doctrina de Mach, y ponen de
manifiesto el temor a romper abierta y francamente con Engels.
Sería difícil, sin embargo, expresarse con mayor claridad que
Engels al final del capítulo II de su Ludwig Feuerbach, sobre el
materialismo francés del siglo XVIII, sobre Büchner, | Vogt y Moleschott.
Es imposible no comprender a Engels a menos de querer deformar
su pensamiento. Marx y yo somos materialistas, dice Engels en este capítulo,
aclarando la diferencia fundamentel entre todas las escuelas del
materialismo y todo el campo de los idealistas, de todos los kantianos
y todos los discípulos de Hume en general. Y Engels reprocha a Feuerbach
cierta pusilanimidad, cierta ligereza, que se manifestó en el hecho de
abandonar en algunos puntos el materialismo en general, debido a los errores
de esta o la otra escuela materialista. Feuerbach "a lo que no tenía derecho
(durfte nicht) -- dice Engels -- era a confundir la teoría de los
predicadores ambulantes [Büchner y Cía.] con el materialismo en general" (pág.
21)[56]. Sólo las cabezas obstruidas
por la lectura y la aceptación ciega de las doctrinas de los profesores
reaccionarios alemanes, pudieron dejar de comprender el carácter de
esos reproches dirigidos por Engels a Feuerbach.
Engels dice con la mayor claridad del mundo que Büchner y
Cía. "no salieron del marco de la ciencia de sus maestros", es decir, de los
materialistas del siglo XVIII; que no adelantaron un paso. Por eso y
solamente por eso reprocha Engels a Büchner y Cía., no por su
materialismo, como piensan los ignorantes, sino por no haber hecho
progresar el materialismo, "por no haber siquiera pensado en
desarrollar la teoría " del materialismo. Solamente por eso
reprocha Engels a Büchner
pág. 308
y Cía. Y a renglón seguido Engels enumera, punto por punto, las tres
"limitaciones" (Beschranktheit) fundamentales de los materialistas franceses
del siglo XVIII, limitaciones de las que Marx y Engels se libraron, pero de
las que no supieron desembarazarse Büchner y Cía. Primera limitación: la
concepción de los antiguos materialistas era "mecanicista" en el
sentido de que "aplicaban exclusivamente el rasero de la mecánica a los
procesos de naturaleza química y orgánica" (pág. 19). Veremos en el capítulo
siguiente cómo la incomprensión de esas palabras de Engels condujo a ciertos
individuos a desviarse a través de la nueva física hacia el idealismo. Engels
no rechaza el materialismo mecanicista por los motivos que le imputan
los físicos de la "novísima" dirección idealista (alias machista). Segunda
limitación: el carácter metafísico de las concepciones de los antiguos
materialistas en el sentido del "carácter antidialéctico de su filosofía
". Esta limitación la comparten por entero con Büchner y Cía. Nuestros
machistas, quienes, como hemos visto, no han comprendido absolutamente nada de
la aplicación hecha por Engels de la dialéctica a la gnoseología (ejemplo: la
verdad absoluta y la verdad relativa). Tercera limitación: mantenimiento del
idealismo "en lo alto", en el terreno de la ciencia social, incomprensión del
materialismo histórico.
Después de haber enumerado y explicado esas tres
"limitaciones" con total claridad (págs. 19-21), Engels añade al punto:
Büchner y Cía. no salieron "de este marco " (über diese Schranken).
¡Exclusivamente por estas tres cosas,
exclusivamente en esos límites, rechaza Engels tanto el materialismo
del siglo XVIII como la doctrina de Büchner y Cía.! Sobre todas las demás
cuestiones, más elementales, del materialismo (deformadas por los machistas),
no hay ni puede haber ninguna diferen-
pág. 309
cia entre Marx y Engels, de un lado, y todos aquellos antiguos
materialistas, de otro. Los machistas rusos son los únicos que introducen
confusionismo en esta cuestión completamente clara, pues para sus maestros y
correligionarios de Europa occidental es del todo evidente la divergencia
radical entre la línea de Mach y Cía. y la línea de los materialistas en
general. ¡Nuestros machistas necesitaban embrollar la cuestión para dar a su
ruptura con el marxismo y a su paso al campo de la filosofía burguesa la
apariencia de "enmiendas sin importancia" aportadas al marxismo!
Veamos a Dühring. Es difícil imaginar expresiones más
despectivas que las empleadas por Engels en su crítica de Dühring. Pero ved
cómo criticaba Leclair al mismo Dühringsimultáneamente con Engels,
mientras alababa la "filosofía revolucionaria" de Mach. Para Leclair,
Dühringrepresenta en el materialismo la "extrema izquierda ", "que
declara sin disimulo alguno que la sensación, como, en general, toda
manifestación de la conciencia y de la razón, es una secreción, una función,
una flor superior, un efecto de conjunto, etc. del organismo animal" (Der
Realismus etc., 1879, págs. 23-24).
¿Es por eso por lo que Engels criticó a Dühring? No. En esto
Engels está completamente de acuerdo con Dühring, como con cualquier
otro materialista. El criticó a Dühring, desde un punto de vista
diametralmente opuesto, por el carácter inconsecuente de su materialismo, por
sus extravagancias idealistas, que dejan la puerta abierta al fideísmo.
"La naturaleza trabaja en el interior del ser provisto de
representaciones mentales, y también desde fuera de él para producir según
leyes concepciones coherentes y suministrar el conocimiento necesario de la
marcha de las cosas". Al citar estas palabras de Dühring, ataca Leclair con
furor el mate-
pág. 310
rialismo de un tal punto de vista, la "metafísica extremadamente burda" de
tal materialismo, su "carácter ilusorio", etc., etc. (págs. 160 y 161-163).
¿Es por eso por lo que Engels criticó a Dühring? No. Engels
ridiculizaba toda ampulosidad, pero en el reconocimiento de las leyes
objetivas de la naturaleza reflejadas por la conciencia, el acuerdo de
Engels con Dühring, como con cualquier otro materialista, era
completo.
"El pensamiento es el aspecto superior de toda la realidad
restante". . . "Un postulado fundamental de la filosofía es la independencia y
la distinción del mundo material real con respecto al grupo de los fenómenos
de conciencia que nacen en este mundo y que lo conciben". Citando esas
palabras de Dühringal mismo tiempo que diversos ataques del mismo autor contra
Kant y otros, Leclair acusa a Dühringde caer en la "metafísica" (págs.
218-222), de admitir un "dogma metafísico", etc.
¿Es por eso por lo que Engels criticó a Dühring? No. En
cuanto a que existe el universo independientemente de la conciencia, y en
cuanto a que al desviarse de esta verdad los kantianos, los humeístas, los
berkeleyianos, etc. cometen un craso error, Engels estaba de completo acuerdo
con Dühring, como con cualquier otro materialista. Si Engels hubiese visto
de qué lado venía Leclair, del brazo de Mach, a criticar a Dühring,
¡hubiera dirigido a esos dos reaccionarios en filosofía epítetos cien veces
más despectivos que los que lanzó a Dühring! Para Leclair, Dühringencarnaba el
realismo y el materialismo malignos (v. Beiträge zu einer monistischen
Erkenntnistheorie [Contribución a una teoría monista del conocimiento
], 1882, pág. 45). W. Schuppe, maestro y compañero de armas de Mach,
acusaba en 1878 a Dühringde "realismo delirante" (Traumrea-
pág. 311
lismus)[*] vengándose así por la
expresión de "idealismo delirante" lanzada por Dühringcontra todos los
idealistas. Para Engels, precisamente por el contrario: Dühringno
fue un materialista bastante firme, claro y consecuente.
Tanto Marx y Engels como J. Dietzgen intervinieron en la lid
filosófica en una época en que el materialismo prevalecía entre los
intelectuales avanzados en general y en los círculos obreros en particular.
Marx y Engels pusieron, pues, muy naturalmente, toda su atención no en la
repetición de lo viejo, sino en el desarrollo teórico serio del
materialismo, en su aplicación a la historia, es decir, en la terminación
hasta la cúspide del edificio de la filosofía materialista. Es muy natural
que, en el terreno de la gnoseología, se limitaran a corregir los
errores de Feuerbach, a ridiculizar las banalidades del materialista Dühring,
a criticar los errores de Büchner (véase J. Dietzgen), a poner de relieve lo
que sobre todo les faltaba a esos escritores tan conocidos y populares
en los círculos obreros, a saber: la dialéctica. En cuanto a las verdades
elementales del materialismo, proclamadas a voz en grito por los predicadores
ambulantes en decenas de publicaciones, Marx, Engels y J. Dietzgen no se
inquietaron por ellas, poniendo toda su atención en que estas verdades
elementales no fuesen vulgarizadas y simplificadas con exceso, no llevasen al
estancamiento del pensamiento ("materialismo por abajo, idealismo por
arriba"), al olvido del preciado fruto de los sistemas idealistas, la
dialéctica hegeliana, perla que gallos como los Büchner, los Dühringy Cía.
(incluyendo a Leclair, Mach, Avenarius, etc.) no supieron extraer del
estercolero del idealismo absoluto.
Al representarse un poco concretamente esas condiciones
históricas en que aparecen las obras filosóficas de Engels
pág. 312
y de J. Dietzgen, se comprende muy bien por qué se preocupaban dichos
autores más de precaverse contra la vulgarización de las verdades
elementales del materialismo, que de defender esas mismas verdades.
Marx y Engels se preocuparon también más de precaverse contra la vulgarización
de las reivindicaciones fundamentales de la democracia política que de
defender esas mismas reivindicaciones.
Los discípulos de los reaccionarios en filosofía han sido los
únicos que han podido "dejar de advertir" esta circunstancia y presentar las
cosas a los lectores como si Marx y Engels no hubiesen comprendido lo que es
ser materialista.
El precitado ejemplo de Helfond encierra ya una respuesta a
esta pregunta y no nos ocuparemos de los innumerables casos en que nuestros
machistas trataron a J. Dietzgen a la manera de Helfond. Será más útil citar
algunas consideraciones del propio J. Dietzgen, a fin de demostrar sus puntos
flacos.
"El pensamiento es función del cerebro", dice Dietzgen
(Das Wesen der menschlichen Kopfarbeit, 1903, pág. 52. Hay traducción
rusa: La esencia del trabajo cerebral ). "El pensamiento es producto
del cerebro". . . "Mi mesa de escribir, como contenido de mi pensamiento,
coincide con este pensamiento, no difiere en nada de él. Pero fuera de mi
cabeza, dicha mesa escritorio es objeto de mi pensamiento, completamente
diferente de éste" (53). Estas proposiciones materialistas, de absoluta
claridad, están, no obstante, completadas por Dietzgen con esta otra: "Pero la
representación no sensible es también sensible, material, es decir, real. . .
El espíritu no
pág. 313
se distingue más de la mesa, de la luz, del sonido, que esas cosas se
distinguen unas de otras" (54). El error es aquí evidente. Que el pensamiento
y la materia son "reales", es decir, que existen, es verdad. Pero calificar el
pensamiento de material, es dar un paso en falso hacia la confusión entre el
materialismo y el idealismo. En el fondo, más bien se trata de una expresión
inexacta de Dietzgen, que en otro lugar se expresa correctamente: "El espíritu
y la materia tienen a lo menos esto de común: que existen" (80). "El
pensamiento es un trabajo corporal -- dice Dietzgen --. Para pensar, necesito
de una materia en la cual pueda pensar. Esta materia nos es dada en los
fenómenos de la naturaleza y de la vida. . . La materia es el límite del
espíritu, el espíritu no puede salir de los límites de la materia. El espíritu
es producto de la materia, pero la materia es más que el producto del
espíritu. . . (64). ¡Los machistas se abstienen de analizar semejantes
argumentaciones materialistas del materialista J. Dietzgen! Prefieren
aferrarse a lo que hay en él de inexacto y de confuso. Dietzgen, por ejemplo,
dice que los naturalistas no pueden ser "idealistas más que fuera de su
especialidad" (108). Si esto es así y por qué es así, los machistas lo callan.
¡Pero en la página precedente reconoce Dietzgen "el aspecto positivo del
idealismo contemporáneo (106) y la "insuficiencia del principio materialista",
lo cual debe agradar a los machistas! El pensamiento de Dietzgen mal expresado
es que también la diferencia entre la materia y el espíritu es
relativa, no excesiva (107). Lo cual es justo, pero de ello se
deduce, no la insuficiencia del materialismo, sino la insuficiencia del
materialismo metafísico, antidialéctico.
"La verdad profana, científica no se funda en una persona.
Sus bases están fuera [es decir, fuera de la persona], en sus propios
materiales; es una verdad objetiva. . . Nos llamamos
pág. 314
materialistas. . . Los filósofos materialistas se caracterizan por situar
en el origen, a la cabeza, el mundo corporal; en cuanto a la idea o al
espíritu, la consideran como una consecuencia, mientras que sus adversarios, a
ejemplo de la religión, deducen las cosas del verbo. . . deducen el mundo
material de la idea" (Kleinere philosophischen Schriften [Pequeños
trabajos filosóficos ], 1903, págs. 59, 62). Los machistas pasan en
silencio este reconocimiento de la verdad objetiva y esta repetición de la
definición del materialismo formulada por Engels. Pero he aquí que
Dietzgen dice: "Podríamos también con la misma razón llamarnos idealistas,
pues nuestro sistema descansa sobre el resultado de conjunto de la filosofía,
sobre el análisis científico de la idea, sobre la clara comprensión de la
naturaleza del espíritu" (63). Y no es difícil aferrarse a esta frase
manifiestamente errónea presentándola como una abjuración del materialismo. En
realidad es más errónea en Dietzgen la formulación que la idea fundamental,
que se reduce a la indicación de que el antiguo materialismo no sabía analizar
la idea científicamente (con ayuda del materialismo histórico).
Citemos el razonamiento de J. Dietzgen sobre el antiguo
materialismo: "Lo mismo que nuestra comprensión de la economía política,
nuestro materialismo es una conquista científica, histórica. Así como nos
diferenciamos categóricamente de los socialistas del pasado, nos distinguimos
también de los materialistas de antaño. Sólo tenemos de común con los últimos
que reconocemos la materia como la premisa o primera causa de la idea" (140).
¡Ese "sólo" es bien característico! Abarca todos los fundamentos
gnoseológicos del materialismo a diferencia del agnosticismo, del
machismo, del idealismo. Pero la atención de Dietzgen va dirigida a disociarse
del materialismo vulgar.
pág. 315
En cambio, más adelante, encontramos un párrafo completamente
erróneo: "El concepto de materia debe ser ampliado. Es preciso referir a él
todos los fenómenos de la realidad, y, por consiguiente, nuestra capacidad de
conocer, de explicar" (141). Esto es una confusión, capaz únicamente de
mezclar el materialismo con el idealismo so pretexto de "ampliar" al primero.
Aferrarse a dicha "ampliación" es olvidar la base de la filosofía de
Dietzgen, el reconocimiento de la materia como lo primario, como el "límite
del espíritu". De hecho, se corrige Dietzgen a sí mismo unas líneas más
adelante: "El todo ríge a la parte, la materia al espíritu" (142). . . "En
este sentido podemos considerar el mundo material. . . como la primera causa,
como el creador del cielo y de la tierra" (142), Es una confusión pretender
que en la noción de la materia hay que incluir también el pensamiento, como lo
repite Dietzgen en sus Excursiones (libro citado, pág. 214), puesto que
con tal inclusión pierde sentido la antítesis gnoseológica entre la materia y
el espíritu, entre el materialismo y el idealismo, antítesis en la que el
mismo Dietzgen insiste. Que esta antítesis no debe ser "excesiva", exagerada,
metafísica, es cosa que no of rece duda alguna (y el gran mérito del
materialista dialéctico Dietzgen es haberlo subrayado). Los límites de
la necesidad absoluta y de la verdad absoluta de esa antítesis relativa son
precisamente los límites que determinan la dirección de las
investigaciones gnoseológicas. Operar fuera de esos límites con la antítesis
entre la materia y el espíritu, entre lo físico y lo psíquico, como con una
antítesis absoluta, sería un error inmenso.
A diferencia de Engels, Dietzgen expresa sus ideas de manera
vaga, difusa y nebulosa. Pero dejando a un lado los defectos de exposición y
los errores de detalle, defiende con eficiencia la "teoría materialista del
conocimiento " (pág. 222 y
pág. 316
pág. 271), el "materielismo dialéctico " (pág. 224). "La teoría
materialista del conocimiento -- dice Dietzgen -- se reduce al reconocimiento
del hecho de que el órgano humano del conocimiento no emite ninguna luz
metafísica, sino que es un fragmento de la naturaleza, que refleja otros
fragmentos de la naturaleza" (222-223). "La capacidad cognoscitiva no es un
manantial sobrenatural de la verdad, sino un instumento semejante a un espejo,
que refleja las cosas del mundo o la naturaleza" (243). Nuestros profundos
machistas eluden el análisis de cada proposición de la teoría materialista
del conocimiento de J. Dietzgen, para aferrarse a sus desviaciones
de dicha teoría, a su falta de claridad y a sus confusiones. J. Dietzgen ha
podido agradar a los filósofos reaccionarios, porque cae de vez en cuando en
la confusión. Donde hay confusión, allí están los machistas: esto es algo que
de suyo se comprende.
Marx escribía a Kugelmann, el 5 de diciembre de 1868: "Ha ce
ya tiempo que Dietzgen me ha enviado un fragmento de su manuscrito sobre la
Facultad de pensar, que, pese a cierta confusión de conceptos y a
repeticiones demasiado frecuentes, encierra gran número de excelentes ideas,
tanto más dignas de admiración cuanto que son producto del
pensamiento personal de un obrero" (pág. 53 de la trad. rusa)[57]. El señor Valentínov cita esta opinión sin que
se le ocurra siquiera preguntarse cuál es la confusión
apercibida por Marx en Dietzgen: ¿Está en lo que acerca a Dietzgen a Mach o en
lo que separa a Dietzgen de Mach? El señor Valentínov no se ha hecho esta
pregunta, pues ha leído a Dietzgen y las cartas de Marx de la misma manera que
el Petrushka de Gógol. No es, sin embar go, difícil encontrar la respuesta.
Marx llamó infinitas veces a su concepción del mundo materialismo dialéctico,
y el Anti-Dühring de Engels, que Marx leyó en manuscrito de cabo
a
pág. 317
rabo, expone precisamente esta concepción del mundo. Luego hasta
señores como los Valentínov pudieron haber comprendido que la confusión
de Dietzgen no podía consistir más que en sus desviaciones de la
aplicación consecuente de la dialéctica, del materialismo consecuente,
y en particular, del Anti-Dühring.
¿El señor Valentínov y sus cofrades no adivinan ahora que
Marx no pudo encontrar confuso en Dietzgen más que lo que acerca a
éste a Mach, el cual ha partido de Kant para llegar, no al materialismo,
sino a Berkeley y a Hume? ¿O tal vez el materialista Marx calificaba de
confusión precisamente la teoría materialista del conocimiento de Dietzgen y
aprobaba sus desviaciones del materialismo? ¿Aprobaba lo que está en
desacuerdo con el Anti-Dühring, en cuya redacción colaboró?
A quién quieren engañar nuestros machistas, deseosos de que
se les considere como marxistas, cuando proclaman a los cuatro vientos que
"su " Mach ha aprobado a Dietzgen? ¡No han entendido nuestros héroes
que Mach pudo aprobar a Dietzgen sólo por aquello por lo que Marx lo llamó
confusionista!
Dietzgen no merece, en conjunto, una censura tan categórica.
En sus nueve décimas partes es un materialista, que no aspiró jamás ni a la
originalidad ni a una filosofía especial, diferente del materialismo. De Marx,
Dietzgen habló a menudo y nunca de otra manera que como del jefe de la
tendencia (Kleinere phil. Schr., pág. 4, opinión expuesta en 1873;
en la página 95 -- año 1876 -- se subraya que Marx y Engels "poseían la
necesaria escuela filosófica", es decir, tenían una bue na preparación
filosófica; en la página 181 -- año 1886 -- habla de Marx y de Engels como de
los "reconocidos fundadores" de la tendencia). Joseph Dietzgen era marxista y
le prestan un flaco servicio Eugen Dietzgen y -- ¡ay! -- el camarada P.
pág. 318
Dauge al inventar el "monismo naturalista", el "dietzgenismo", etc. El
"dietzgenismo", a diferencia del materialismo dialéctico, no es más que una
confusión, es un paso hacia la filosofía reaccionaria, ¡es la
tentativa de crear una línea no con lo que hay de grande en Joseph Dietzgen
(en este obrero filósofo, que descubrió a su manera el materialismo
dialéctico, ¡hay mucho de grande!), sino con lo que hay en él de débil!
Me limitaré a demostrar, con ayuda de dos ejemplos, cómo
ruedan hacia la filosofía reaccionaria el camarada P. Dauge y Eugen Dietzgen.
P. Dauge escribe en la segunda edición de la obra
Akquisit, pág. 273: "Hasta la crítica burguesa señala las afinidades de
la filosofía de Dietzgen con el empiriocriticismo y la escuela inmanentista",
y más abajo: "particularmente de Leclair" (en la cita de la "crítica
burguesa").
Que P. Dauge aprecia y respeta a J. Dietzgen, es indudable.
Pero no es menos indudable que deshonra a J. Dietzgen citando sin
protesta la apreciación de un plumífero burgués, que aproxima al más
resuelto enemigo del fideísmo y de los profesores, "lacayos diplomados" de la
burguesía, con Leclair, portador directo del fideísmo y reaccionario de tomo y
lomo. Es posible que Dauge haya repetido el juicio ajeno acerca de los
inmanentistas y de Leclair sin conocer él mismo los escritos de dichos
reaccionarios. Que le sirva entonces esto de advertencia: el camino que va
de Marx a las rarezas de Dietzgen, y después a Mach y a los
inmanentistas, termina en un lodazal. No sólo la aproximación a Leclair, sino
la aproximación a Mach destaca al Dietzgen-confusionista a diferencia del
Dietzgen-materialista.
Defenderé a J. Dietzgen en contra de P. Dauge. J. Dietzgen no
ha merecido, lo aseguro, la vergüenza de verse declarado afín a Leclair. Puedo
referirme a un testigo que goza de la
pág. 319
máxima autoridad en esta materia: precisamente a Schubert-Soldern, filósofo
fideísta e inmanentista tan reaccionario como Leclair. En 1896 escribía: "Los
socialdemócratas proclaman de buena gana su afinidad con Hegel, con títulos
más o menos (de ordinario menos) legítimos, pero materializan la filosofía de
Hegel: ejemplo, J. Dietzgen. Lo absoluto es para Dietzgen el universo, y este
último la cosa en sí, el sujeto absoluto, cuyos fenómenos son sus predicados.
Dietzgen, naturalmente, no se apercibe de que hace así de una abstracción pura
la base del proceso concreto, como no se apercibió de ello Hegel . . . Hegel,
Darwin, Haeckel y el materialismo de las ciencias naturales, se confunden a
menudo caóticamente en Dietzgen" (Cuestiones sociales, pág. XXXIII).
Schubert-Soldern se orienta mejor entre los matices filosóficos que Mach, que
alaba a cualquiera, hasta al kantiano Jerusalem.
Eugen Dietzgen ha tenido la ingenuidad de quejarse al público
alemán de que materialistas estrechos "ofendiesen" en Rusia a Joseph Dietzgen,
y tradujo al alemán los artículos de Plejánov y de Dauge sobre J.
Dietzgen (v. J. Dietzgen: Erkenntnis und Wahrheit [Conocimiento y
verdad ], Stuttgart, 1908. Apéndice). Las lamentaciones del pobre "monista
naturalista" se vuelven contra él: Franz Mehring, que tiene alguna idea de la
filosofía y del marxismo, ha escrito con este motivo que, en el fondo,
tiene razón Plejánov contra Dauge (Neue Zeit [Tiempo Nuevo
], 1908, núm. 38, 19 de junio, folletón, pág. 432). Mehring no duda que J.
Dietzgen se mete en un atascadero al desviarse de Marx y Engels (pág.
431). Eugen Dietzgen ha contestado a Mehring con una extensa y lacrimosa nota,
en la que llega a decir que J. Dietzgen puede ser útil "para conciliar" a los
"enemistados hermanos: a los ortodoxos con los revisionistas" (N. Z.,
1908, núm. 44, 31 de julio, pág. 652).
pág. 320
Otra advertencia, camarada Dauge: El camino que va de Marx al
"dietzgenismo" y al "machismo", conduce a un lodazal, y no ciertamente
para individuos aislados, no para Juan, Isidoro o Pablo, sino para toda la
tendencia en cuestión.
No gritéis, señores machistas, que yo apelo a las
"autoridades": Vuestros clamores contra las autoridades no hacen más que
disimular el hecho de que sustituís las autoridades socialistas (Marx, Engels,
Lafargue, Mehring, Kautsky) por las autoridades burguesas (Mach,
Petzoldt, Avenarius y los inmanentistas). ¡Sería mejor que no suscitarais la
cuestión de las "autoridades" y del "autoritarismo"!
Hemos demostrado con todo detalle, en el primer parágrafo del
capítulo IV, que los materialistas han criticado a Kant y continúan
criticándole desde un punto de vista diametralmente opuesto al de la crítica
hecha por Mach y Avenarius. No creemos superfluo añadir ahora, aunque sea
brevemente, la actitud adoptada en gnoseología por el gran hegeliano y
materialista ruso, N. G. Chernishevski.
Poco después de la crítica de Kant por el discípulo alemán de
Feuerbach, Albrecht Rau, el gran escritor ruso N. G. Chernishevski, discípulo
también de Feuerbach, intentó por primera vez precisar su actitud ante
Feuerbach y ante Kant. Ya en los años del so del siglo pasado N. G.
Chernishevski intervenía en la literatura rusa como partidario de Feuerbach,
pero nuestra censura no le permitió ni aun mencionar el nombre de
pág. 466
Feuerbach. En 1888, en el prólogo de una tercera edición, entonces en
preparación, de La posición estética del arte ante la realidad, N. G.
Chernishevski intentó citar de un modo explícito a Feuerbach, ¡pero tampoco en
1888 la censura rusa toleró la menor referencia a Feuerbach! Dicho prólogo no
vio la luz hasta el año 1906: V. t. X, parte 2a de las
Obras Completas de N. G. Chernishevski, págs. 190-197. En este
"Prólogo" N. G. Chernishevski dedica media página a la crítica de Kant y de
los naturalistas que en sus conclusiones filosóficas se inspiran en Kant.
He aquí el magnífico razonamiento de N. G. Chernishevski
hecho en 1888:
"Aquellos naturalistas que se creen constructores de teorías
universales, siguen siendo en realidad discípulos y, por lo general,
discípulos poco aventajados de los antiguos pensadores que crearon los
sistemas metafísicos y por lo común discípulos de pensadores cuyos sistemas
fueron ya parcialmente destruidos por Schelling y definitivamente derribados
por Hegel. Basta recordar que la mayor parte de los naturalistas que intentan
edificar amplias teorías de las leyes de la actividad del pensamiento humano,
repiten la teoría metafísica de Kant sobre la subjetividad de nuestro
conocimiento" . . . (aviso a los machistas rusos que todo lo han confundido:
Chernishevski es inferior a Engels en tanto en cuanto confunde en su
terminología la antítesis entre el materialismo y el idealismo con la
antítesis existente entre el pensamiento metafísico y el pensamiento
dialéctico; pero Chernishevski está a la misma altura de Engels cuando
reprocha a Kant no por su realismo, sino por su agnosticismo y su
subjetivismo, no por admitir la "cosa en sí", sino por no saber deducir
nuestro conocimiento de dicha fuente objetiva) . . . "dicen, repitiendo las
palabras de Kant, que las formas de nuestra percepción sen-
pág. 467
sorial no se parecen a las formas de la existencia real de los objetos" . .
. (aviso a los machistas rusos que todo lo han confundido: la crítica de Kant
por Chernishevski es diametralmente opuesta a la crítica de Kant por Avenarius
y Mach y por los inmanentistas, pues para Chernishevski, como para cualquier
materialista, las formas de nuestra percepción sensorial se parecen a las
formas de la existencia real, es decir, objetivamente real de los objetos). .
. "que por lo mismo los objetos realmente existentes y sus propiedades reales,
las relaciones reales que entre ellos existen son incognoscibles para
nosotros" . . . (aviso a los machistas rusos que todo lo han confundido: para
Chernishevski, como para cualquier materialista, los objetos o, para emplear
el amanerado lenguaje de Kant, las "cosas en sí" existen realmente y
son absolutamente cognoscibles para nosotros, cognoscibles tanto por lo
que se refiere a su existencia, como por lo que se refiere a sus propiedades y
a sus relaciones reales). . . "y si fueran cognoscibles, no podrían ser objeto
de nuestro pensamiento, que encierra todo el material del conocimiento en unas
formas completamente diferentes de las formas de la existencia real, que
también las leyes mismas del pensamiento no tienen más que un valor subjetivo"
. . . (aviso a los machistas embrollones: para Chernishevski, como para todo
materialista, las leyes del pensamiento no tienen un valor únicamente
subjetivo, es decir, las leyes del pensamiento reflejan las formas de la
existencia real de los objetos; lejos de diferir, son perfectamente semejantes
a dichas formas) . . . "que en la realidad no hay nada de lo que nos parece
ser la relación de causa a efecto, puesto que no hay ni antecedente, ni
consecuente, ni todo ni partes, etcétera, etcétera". . . (aviso a los
machistas embrollones: para Chernishevski, como para todo materialista, la
realidad encierra lo que nos parece ser la relación de causa a efecto;
pág. 468
hay una causalidad objetiva o una necesidad natural). . . "Cuando los
naturalistas dejen de hablar de estos y otros se mejantes absurdos
metafísicos, llegarán a ser capaces de elaborar, como elaborarán sin duda,
sobre la base de las ciencias naturales, un sistema de nociones más precisas y
más completas que las que expuso Feuerbach". . . (aviso a los machistas
embrollones: Chernishevski califica de absurdos metafísicos todas las
desviaciones del lado del materialismo tanto hacia el idealismo como hacia el
agnosticismo). . . "Y entre tanto, la mejor exposición de los conceptos
científicos de las llamadas cuestiones fundamentales planteadas por la
curiosidad humana, es la que ha hecho Feuerbach" (págs. 195-196).
Chernishevski llama cuestiones fundamentales planteadas por la curiosidad
humana a las cuestiones que en el lenguaje actual se llaman cuestiones
fundamentales de la teoría del conocimiento o de la gnoseología. Chernishevski
es el único escritor ruso verdaderamente grande que ha sabido seguir desde la
década del 50 hasta 1888 a la altura del materialismo filosófico íntegro y
desechar los míseros absurdos de los neokantianos, de los positivistas, de los
machistas y demás embrollones. Pero Chernishevski no supo o, más exactamente,
no pudo, en razón al atraso de la vida rusa, elevarse hasta el materialismo
dialéctico de Marx y de Engels.
MATERIALISMO DIALECTICO Y LA
DEL
EMPIRIOCRITICISMO. III
1. ¿Qué es la materia? ¿Qué es la experiencia?
* Ejecicios de este género hace ya tiempo que son
cultivados en Inglaterra por el camarada Belfort Bac, refiriéndose al cual el
crítico francés de su libro The roots of reality (Las raíces de la
realidad ) dijo no sin malicia: "La experiencia no es más que una palabra
que reemplaza a la palabra conciencia"; ¡sea usted, pues, francamente
idealista! (Revue de Philosophie [40], 1907, núm. 10, pág. 399).
al concepto de
"experiencia"
* Vierteljahrsschrift für wissenschaftliche
Philosophie (Cuadernos Trimestrales de Filosofía Científica ). año
22, 1898, pág 45.
* ¿Tal vez Plejánov creyó que Carstanjen había
dicho: "objeto de conocimiento, independiente del conocimiento", y no "objeto
de investigación"? Entonces esto sería, verdaderamente, materialismo. Pero ni
Carstanjen, ni en general cualquier otro que esté al corriente del
empiriocriticismo ha dicho ni ha podido decir una tal cosa.
en la naturaleza
* El título completo de este libro: E. Mach,
Die Prinzipien der Wärmelehre (Principios de la teoría del calor
), 2a edición, 1900.
* J. Petzoldt, Das Weltproblem von
positivistischem Standpunkte aus, Leipzig, 1906, pág. 130: "Igualmente
pude haber un a priori lógico desde el punto de vista del empirismo: la
causalidad es un a priori lógico para la constancia experimental
[erfahrungsmässig, dada en la experiencia] de nuestro medio".
* Henri Poincaré, La Valeur de la
Science (El valor de la ciencia ), París, 1905, págs. 7, 9.
* Annalen der Naturphilosophie (Anales
de la Filosofía de la Naturaleza [42]), t. VI, 1907, págs. 443, 447.
* E. Lucka, Das Erkenntnisproblem und
Machs "Analyse der Empfindungen " en Kantstudien (El problema
del conocimiento y el "Análisis de las sensaciones" de Mach en Estudios
Kantianos ), t. VIII, pág. 409.
y la
cuestión de la "unidad del mundo"
* Anton von Leclair, Der Realismus der
modernen Naturwissenschaft im Lichte der von Berkeley und Kant angebahnten
Erkenntniskritik [El realismo de las ciencias naturales modernas a la
luz de la crítica berkeleyiana-kantiana del conocimiento ], Praga, 1879.
* Natural Science [43] (Ciencias Naturales ), vol. I, 1892, pág.
300.
* J. M. Bentley sobre Pearson en The
Philosophical Review [44]
(Revista Filosófica ) vol. VI, 5, 1897, septiembre, pág. 523.
** R. J. Ryle sobre Pearson en Natural Science
(Ciencias Naturales ), agosto de 1892, pág. 454.
* Lunacharski escribe: " . . . una págins
maravillosa de economía religiosa. Lo diré a riesgo de hacer sonreir al lector
irreligioso". Cualesquiera que sean sus buenas intenciones, camarada
Lunacharski, sus co gueteos con la religión no hacen sonreir, sino que
repugnan[45].
* Mach en la Mecánica escribe: "Las
opiniones religiosas de los hombres son asunto estrictamente privado de
cada uno, mientras no se intente imponerlas a otros hombres ni aplicarlas a
cuestiones que se refieran a otras ramas" (pag. 434 de la traducción
francesa).
* Archiv für systematische Philosophie
(Archivo de Filosofía Sistemática ) 1898, II, t. 4, pág. 63, artículo
sobre las concepciones filosóficas de Mach.
* Erich Becher, The Philosophical Views
of E. Mach en Philosophical Review (Los conceptos filosóficos de
Mach en la Revista Filosófica ), vol. XIV, 5, 1905. págs. 536, 546,
547, 548.
** E. Lucka, Das Erkenntnisproblem und
Machs "Analyse der Empfindungen " en Kantstudien, t. VIII, 1903,
pág. 400.
*** Systematische Philosophie (Filosofía
sistemática ), Leipzig, 1907, pág. 131.
**** Grundriss
der Geschichte der Philosophie (Ensayos de historia de la filosofía
), t. IV, 9a ed., Berlín, 1903, pág. 250.
pág. 245
COMO COMPAÑEROS DE ARMAS Y
SUCESORES
DEL EMPIRIOCRITICISMO
y desde la
derecha
* Albrecht Rau, Ludwig Feuerbach's
Philosophie, die Naturfotschung und die philosophiscbe Kritik der
Gegenwatt (La filosofía de Feuerbach, las ciencias naturales
modernas y la crítica filosófica ), Leipzig, 1882, págs. 87-89.
* Escuela reformista y oportunista que operó en
medio del movimiento obrero francés, belga e italiano a fines del siglo XIX, y
cuyo principal representante fue el francés Malon. Sostiene que el socialismo
debe apoyarse no solamente en la clase obrera, sino tambien en los que
"infligen sufrimientos"; defiende la armonía de clases y se opone a la lucha
entre ellas. (N. del T.)
* Paul Lafargue, Le matérialisme de Marx
et l'idéalisme de Kant en Le Socialiste [47] del 25 de febrero de 1900.
Iushkévich
del "empiriocriticista" Chernov
* Bibliothèque du congrès international de
philosophie, vol. IV. Henri Delacroix, David Hume et la
philosophie critique. El autor clasifica entre los partidarios de Hume a
Avenarius y a los inmanentistas en Alemania a Ch. Renovier y su escuela (de
los "neocriticistas") en Francia.
de Mach y
Avenarius
* Vierteljahrsschrift für wissenschaftliche
Philosophie, 1894, año 18, fascículo I, pág. 29.
* Dr. Richard von Schubert-Soldern, Über
Transcendenz des Objekts und Subjekts (Sobre la transcendencia del
objeto y del sujeto ), 1882, pág. 37 y § 5. Del mismo autor: Grundlagen
einer Erkenntnistheorie (Fundamentos de una teoría del conocimiento
), 1884, pág. 3.
* Vierteljabrsschr. f. w. Ph., año 7, 1893,
pág. 384.
** Dr. Richard von Schubert-Soldern: Das
menschliche Glück und die soziale Frage (La felicidad hunana y la
cuestión social ), 1896, págs. V y VI.
*** Zeitschrift
für immanente Philosophie [52]
(Revista de Filosofía Inmanentista, t. I, Berlín, 1896, págs. 6-9).
* "Los realistas en la filosofía contemporánea --
algunos representaníes de la escuela inmanentista salidos del kantismo, la
escuela de Mach y Avenarius y muchas otras corrientes afines a estas últimas
-- estiman que no hay absolutamente ningún fundamento para rechazar el punto
de partida del realismo ingenuo" (Ensayos, pág. 26).
* Beiträge zu einer monistischen
Erkenntnistheorie [Ensayos de una teoría monista del conocimiento
], Breslau, 1882, pág. 10.
** Wilhelm Schuppe,
Die immenente Philosophie und Wilhelm Wundt en Zeitschrift für immanente
Philosophie [La filosofía inmanentista y Wilhelm Wundt en la
Revista de Filosofía Inmanentista ], t. II, pág. 195.
* Nosdrev -- personaje de la obra de N. V. Gógol
Las almas muatas. (N. del T.)
* William Kingdon Clifford, Lectures and
Essays (Conferencias y ensayos ], 3a edición,
Londres, 1901, t. II, págs. 55, 65, 69, pág. 58: "Yo estoy con Berkeley contra
Spencer"; pág. 52: "El objeto es una serie de cambios en mi conciencia, y no
algo exterior a ella".
* The Monist (El Monista ), vol.
XVI, 1906, julio; P. Carus, Pr. Mach's Philosophy (La
filosofía del profesor Mach ), págs. 320, 345, 333. Es la respuesta a un
artículo de Kleinpeter publicado en la misma revista.
**
The Monist, t. XIII, pág. 24 y sigtes. Artículo de Carus: "La teología
como ciencia".
y la
crítica de Helmholtz
* Albrecht Rau, Empfinden und Denken
(Sensación y pensamiento ), Giessen, 1896, pág. 304.
* Archiv für Philosophies [55], II, Systematische Philosophie (Archivo
de Filosofía , II, Filosofía Sistemática ), tomo V, 1899, págs.
163-164 particularmente.
* Dr. Wilhelm Schuppe,
Erkenntnistheoretische Logik (Lógica de la teoría del conocimiento
), Bonn, 1878, pág. 56.
los filósofos reaccionarios?
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
- - -
pág. 465
DESDE QUE LADO ABORDO N.G. CHERNISHEVSKI
LA CRITICA DEL KANTISMO?
* V. el presente libro, págs. 245-260. (N. de la Red.)
pág. 473
[40] Revue de Philosophie (Revista de Filosofía ), revista
idealista, que se publicó en Paris desde 1900. [pág. 185]
[41] Véase F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica
alemana. (Obras Completas de Marx y Engels, t. XXI.)
[pág. 194]
[42] Annalen der Naturphilosophie (Anales de la Filosofía de la
Naturaleza ), revista idealista, de tendencia positivista, publicada por
W. Ostwald en Leipzig desde 1902 hasta el año 1921. [pág. 206]
[43] The Natural Science (Ciencias Naturales ), revista
mensual de tipo crítico que se editó en Londres de 1892 a 1899.
[pág. 231]
[44] The Philosopbical Review (Revista Filosófica ),
publicación filosófica norteamericana, idealista; se publica desde el año
1892. [pág. 232]
[45] En la primera edición del libro decía "no hacen sonreir" en lugar de
"no hacen sonreir sino que repugnan". Después de examinar la corrección Lenin
sugirió a A. I. Elizárova que modificara ese pasaje o lo incluyera en la fe de
erratas de la siguiente manera: en lugar de "no hacen sonreir", corresponde:
"no hacen sonreir, sino que repugnan". Esta corrección de Lenin se incluyó en
la "Fe de erratas más importantes" agregada a la primera edición del libro.
[pág. 236]
[46] La consigna "¡Volvamos a Kant! " fue formulada en la decada del
70 del siglo pasado en Alemania por los representantes de la corriente
burguesa reaccionaria de la filosofía denominada neokantismo que reprodujo los
conceptos idealistas más reaccionarios, de la filosofía de Kant. En el año
1899, en el artículo titulado "Algo más sobre el problema de la teoría de la
realización" (Obras Completas, t. IV.) Lenin se pronunció enérgicamente
contra el neokantismo, tendencia que era sostenida por los "marxistas legales"
y posteriormente lo hizo en el artículo "Marxismo y revisionismo".
[pág. 245]
[47] Le Socialiste (El Socialista ), periódico semanal,
órgano teórico del Partido Obrero francés (desde 1902 fue el órgano del
Partido Socialista de Francia); se publicó desde 1885. A partir de 1905 este
periódico paso a ser el órgano del Partido Socialista de Francia y dejó de
aparecer en 1915. [pág. 258]
[48] Véase F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica
alemana. (Obras Completas de Marx y Engels, t. XXI.)
[pág. 261]
pág. 474
[49] Se alude a los siguientes trabajos de F. Engels: Ludwig Feuerbach y
el fin de la filosofía clásica alemana (1888), Sobre el materialismo
histórico (1892), (véase "Prólogo a la edición inglesa Del socialismo
utópico al socialismo cientítico "). [pág. 261]
[50] Véase F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica
alemana. (Obras Completas de Marx y Engels, t. XXI.)
[pág. 262]
[51] Véase F. Engels, "Prólogo a la edición inglesa Del socialismo
utópico al socialismo científico ". (Obras Completas de Marx y
Engels, t. XXII.) [pág. 263]
[52] Zeitschrift für immanente Philosophie (Revista de Filosofía
Inmanentista ), publicación filosófica alemana, defensora del solipsismo,
forma extrema y más reaccionaria del idealismo subjetivo; se publicó en Berlin
de 1895 a 1900. [pág. 268]
[53] Lenin alude a la falsa declaración del presidente del Consejo de
Ministros P. A. Stolypin, que desmintió la existencia de los "gabinetes
negros" en las instituciones postales, que violaban la correspondencia de las
personas sospechosas al gobierno zarista. [pág. 281]
[54] The Monist (El Monista ), revista filosófica americana
de orientación idealista, consagrada a la propaganda de la concepción
religiosa del universo; se publicó en Chicago de 1890 a 1936.
[pág. 286]
[55] Archiv für Philosophie (Archivo de Filosofía ), revista
filosófica de orientación idealista, órgano de los neokantianos y de los
machistas; se publicó en Berlín de 1895 a 1931 en dos ediciones paralelas: una
dedicada a la historia de la filosofía, y la otra a problemas generales de la
filosofía. [pág. 303]
[56] Véase F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica
alemana. (Obras Completas de Marx y Engels, t. XXI.)
[pág. 307]
[57] Véase la carta de C. Marx a L. Kugelmann del 5 de diciembre de 1868,
Cartas Escogidas de Marx y Engels. [pág. 316]
- - - - - [74] El manuscrito de este texto fue remitido por Lenin a A. I. Elizárova
en la segunda mitad del mes de marzo de 1909, cuando el libro ya habla entrado
en prensa. "Te envío el complemento -- le escribía Lenin a Elizárova el 23 ó
24 de marzo (nuevo calendario) de 1909 -- pero no es necesario que esto
detenga la publicación. No obstante, si llegara a tiempo, inclúyelo al final
del libro, después de la conclusión, en distinto tipo de letra, por ejemplo,
en petit. Considero que es de extrema importancia oponer a
Chernishevski a los machistas." [pág. 465]
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