V. I. LENINMATERIALISMO[Parte III]
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Preparado © por la Internet a David J. Romagnolo, djr@marx2mao.org (Julio de 1999) | |
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LA NOVISIMA REVOLUCION EN LAS CIENCIAS NATURALES Y
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La crisis de la física contemporánea |
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EL EMPIRIOCRITICISMO Y EL MATERLALISMO HISTORICO |
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Las excursiones de los empiriocriticistas alemanes al |
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Hace un año, la revista Die Neue Zeit publicó un
artículo de Joseph Diner-Dénes, titulado: "El marxismo y la novísima
revolución en las ciencias naturales" (1906-1907, núm. 52). El defecto de ese
artículo es ignorar las deducciones gnoseológicas sacadas de la "nueva"
física, que nos interesan especialmente en los momentos actuales. Pero ese
defecto precisamente confiere a nuestros ojos un particular interés por el
punto de vista y las deducciones del mencionado autor. Joseph Diner-Dénes se
sitúa, como el autor de estas líneas, en el punto de vista del "marxista de
filas", tratado por nuestros machistas con una altaneria tan desdeñosa. "Todo
marxista medio, de filas, se denomina de ordinario materialista dialéctico",
escribe, por ejemplo, el señor Iushkévich (pág. 1 de su libro). Y he aquí que
un marxista de filas, representado en este caso por J. Diner-Dénes, confronta
los más recientes descubrimientos de las ciencias naturales y sobre todo de la
física (rayos X, rayos Becquerel, radio, etc.) directamente con el
Anti-Dühring de Engels. ¿A qué conclusión le lleva tal con-
pág. 322
frontación? "Nuevos conocimientos han sido adquiridos en los más variados
campos de las ciencias naturales -- escribe J. Diner-Dénes --, y todos ellos
convergen en el punto que Engels quiso destacar en primer plano: en la
naturaleza 'no hay contrastes inconciliables, diferencias y demarcaciones
violentamente fijadas', y si encontramos en la naturaleza contrastes y
diferencias, es que la rigidez y el carácter absoluto son introducidos en la
naturaleza exclusivamente por nosotros". Se ha descubierto, por ejemplo, que
la luz y la electricidad no son otra cosa que manifestaciones de una y la
misma fuerza de la naturaleza. Cada día se hace más probable que la afinidad
química se reduzca a procesos eléctricos. Los elementos indestructibles e
indescomponibles de la química, cuyo número continúa aumentando, como para
burlarse de la unidad del mundo, resultan ser destructibles y descomponibles.
Se ha conseguido transformar el elemento radio en elemento helio. "Así como
todas las fuerzas de la naturaleza se reducen a una sola, así también todas
las sustancias de la naturaleza se reducen a una sustancia única "
(cursiva de J. Diner-Dénes). Citando la opinión de uno de los escritores para
quienes el átomo no es más que una condensación del éter, exclama el autor:
"Cuán brillantemente se confirma la aseveración de Engels: El movimiento es la
forma de existencia de la materia". "Todos los fenómenos naturales son
movimiento, y la diferencia entre ellos consiste sólo en que nosotros, los
hombres, percibimos este movimiento en diferentes formas . . . Es exactamente
como lo había dicho Engels. Lo mismo que la historia, la naturaleza está
sometida a la ley dialéctica del movimiento".
Por otra parte, no es posible tocar a la literatura machista
o a la literatura que trata del machismo, sin hallar en ella referencias
pretenciosas a la nueva fisica, que, según se afirma,
pág. 323
ha refutado al materialismo, etc., etc. Que estas referencias tengan algún
fundamento, ya es otra cuestión, pero la conexión de la nueva física, o más
bien de una determinada escuela de la nueva física con la doctrina de Mach y
con otras variedades de la filosofía idealista contemporánea, no deja lugar a
la menor duda. Analizar la doctrina de Mach haciendo caso omiso de esa
conexión -- como lo hace Plejánov --, es burlarse del espíritu del
materialismo dialéctico, es decir, sacrificar el método de Engels a la letra
de Engels. Engels dice claramente que "la forma del materialismo tiene
inevitablemente que modificarse con todo descubrimiento que haga
época incluso en el terreno de las ciencias naturales" (sin hablar ya de la
historia de la humanidad) (L. Feuerbach, pág. 19 de la ed.
alemana)[58]. Por consiguiente, la
revisión de la "forma" del materialismo de Engels, la revisión de sus tesis de
filosofía natural no sólo no tienen nada de "revisionismo" en el sentido
consagrado de la palabra, sino que, por el contrario, es necesariamente
exigida por el marxismo. No es esta revisión lo que nosotros reprochamos a los
machistas, sino su procedimiento puramente revisionista, que consiste
en traicionar la esencia del materialismo, bajo la apariencia de
criticar sus formas, y en adoptar las proposiciones fundamentales de la
filosofía burguesa-reaccionaria sin intentar someter a crítica franca, abierta
y resueltamente, por ejemplo, esta afirmación de Engels que es,
indudablemente, de una importancia extrema en este caso: ". . . el movimiento
es inconcebible sin materia" (Anti-Dühring, pág. 50).
De suyo se comprende que, al examinar la cuestión de las
relaciones de una escuela de los novísimos físicos con el renacimiento del
idealismo filosófico, estamos lejos de la idea de tocar las doctrinas
especiales de la física. Nos interesan exclusivamente las conclusiones
gnoseológicas sacadas de
pág. 324
ciertas tesis determinadas y de descubrimientos generalmente conocidos.
Esas conclusiones gnoseológicas saltan a la vista de tal modo que numerosos
físicos tratan ya de ellas. Es más, entre los físicos hay ya direcciones
diversas, se constituyen determinadas escuelas sobre esta base. Nuestra tarea
se limita, pues, a poner de relieve la naturaleza de las divergencias de esas
direcciones y sus relaciones con las líneas fundamentales de la filosofía.
El conocido físico francés Henri Poincaré dice en su libro
Valor de la ciencia que existen "sintomas de una seria crisis" de la
física, y le consagra todo un capítulo (el VIII; cfr. pág. 171). Esta no se
limita al hecho de que el "radio, ese gran revolucionario" mina el principio
de la conservación de la energía. "Todos los demás principios están asimismo
en peligro" (180). Por ejemplo, el principio de Lavoisier, o principio de la
conservación de la masa, está minado por la teoría electrónica de la materia.
Según esta teoría, los átomos están formados de partículas minúsculas cargadas
de electricidad positiva o negativa, que se llaman electrones y que "flotan en
un medio que llamamos éter". Los experimentos de los físicos permiten calcular
la velocidad del movimiento de los electrones y su masa (o la relación de su
masa a su carga eléctrica). La velocidad del movimiento resulta comparable a
la velocidad de la luz (300.000 kilómetros por segundo), por ejemplo,
alcanzando un tercio de tal velocidad. Es preciso, en semejantes condiciones,
tomar en consideración la doble masa del electrón, congruentemente a la
necesidad de vencer primero la inercia del propio electrón, y luego la del
éter. La primera masa será la masa real o mecánica del electrón, la segunda
pág. 325
"una masa electro-dinámica que representa la inercia del éter". Ahora bien,
la primera masa resulta ser igual a cero. Toda la masa de los electrones, o a
lo menos, de los electrones negativos, resulta, por su origen, única y
exclusivamente electro-dinámica. La masa desaparece. Las bases de la mecánica
están minadas. E igualmente minados el principio de Newton, la igualdad entre
la acción y la reacción, etc.
Estamos, dice Poincaré, ante las "ruinas" de los viejos
principios de la física, ante una "hecatombe general de los principios". Es
verdad -- añade a modo de resena -- que todas esas excepciones de los
principios se refieren a magnitudes infinitamente pequeñas; es posible que no
conozcamos aún otras magnitudes infinitamente pequeñas que se oponen a ese
desquiciamiento de las antiguas leyes, y, además, el radio es muy raro; pero,
en todo caso, estamos en el "período de las dudas ". Hemos visto ya
cuáles son las conclusiones gnoseológicas que el autor saca de este "período
de las dudas": "No es la naturaleza la que nos da [o impone] los conceptos de
espacio y tiempo, sino que nosotros somos los que los damos a la naturaleza";
"todo lo que no es pensamiento, es la purísima nada". Estas son conclusiones
idealistas. La ruptura de los principios más fundamentales demuestra (tal es
el curso de las ideas de Poincaré) que esos principios no son copias,
reproducciones de la naturaleza, no son imágenes de algo exterior en relación
a la conciencia del hombre, sino productos de dicha conciencia. Poincaré no
desarrolla esas conclusiones de un modo consecuente, no se interesa en lo más
minimo por el aspecto filosófico de la cuestión. El escritor francés Abel Rey,
que se ocupa de las cuestiones filosóficas, se detiene largamente sobre este
aspecto en su libro La teoría de la física entre los físicos
contemporáneos (Abel Rey: La théorie de la physique chez les physiciens
contemporains, París, F. Alcan, 1907).
pág. 326
Verdad es que el autor es positivista, o sea, confusionista y partidario a
medias de Mach, pero en este caso es hasta una ventaja, puesto que no se puede
sospechar de él que quiera "calumniar" al ídolo de nuestros machistas. No se
puede uno fiar de Rey cuando se trata de una definición filosófica exacta de
las nociones y, sobre todo, cuando se trata del materialismo, porque Rey, a su
vez, es un profesor y, como tal, tiene respecto a los materialistas un
desprecio sin límites (y se distingue por la más completa ignorancia de la
gnoseología del materialismo). Ni que decir tiene que un tal Marx o un tal
Engels no existen en absoluto para tales "hombres de ciencia". Pero Rey resume
con celo y, en general, a conciencia, la literatura extraordinariamente rica
existente sobre esta cuestión, no sólo la francesa, sino también la inglesa y
la alemana (en particular Ostwald y Mach); de modo que habremos de recurrir a
su trabajo con frecuencia.
La atención de los filósofos en general -- dice el autor --,
así como la de todos los que, por motivos de uno u otro orden, quieren
criticar la ciencia en general, está particularmente atraída en estos momentos
por la física. "Al discutir los límites y el valor de los conocimientos
físicos, se critica en suma la legitimidad de la ciencia positiva, la
posibilidad de conocer el objeto" (págs. I-II). Se apresuran por sacar de la
"crisis de la física contemporánea" unas conclusiones escépticas (pág. 14).
¿Cuál es, pues, la naturaleza de esa crisis? En los dos primeros tercios del
siglo XIX los físicos estaban de acuerdo en todo lo esencial. "Creían en una
explicación puramente mecanista de la naturaleza; admitían que la física es
sólo una mecánica más complicada, a saber: una mecánica molecular. Diferían
sólo en cuanto a la cuestión de los procedimientos empleados para reducir la
física a la mecánica y en los detalles del mecanismo". "El espectáculo que hoy
nos of recen las cien-
pág. 327
cias físico-químicas, parece ser inverso por completo. Discrepancias
extremas han reemplazado a la anterior unanimidad, y no ya discrepancias en
los detalles, sino en las ideas fundamentales y directivas. Aunque parezca
exagerado decir que cada sabio tiene sus particulares tendencias, es preciso,
no obstante, constatar que, como el arte, la ciencia, y sobre todo, la física,
tienen escuelas numerosas cuyas conclusiones a menudo divergen, y a veces son
directamente hostiles entre sí. . .
"De aquí se puede ver la significación y la amplitud
adquiridas por lo que se ha llamado la crisis de la física contemporánea.
"La física tradicional, hasta mediados del siglo XIX,
consideraba que la física no tenía más que prolongarse para obtener una
metafísica de la materia. Esta física daba a sus teorías un valor ontológico.
Y estas teorías eran enteramente mecanistas. El mecanismo tradicional [Rey
emplea esta palabra en el sentido particular de un sistema de concepciones que
reducen la física a la mecánica] representaba, pues, por encima de los
resultados de la experiencia, más allá de los resultados de la experiencia, el
conocimiento real del mundo material. Esto no era una expresión
hipotética de la experiencia: era un dogma" (16). . .
Debemos interrumpir aquí al honorable "positivista".
Evidentemente, nos describe la filosofía materialista de la física tradicional
sin querer llamar al diablo (es decir, al materialismo) por su nombre. A un
discípulo de Hume el materialismo debe parecerle una metafísica, un dogma, una
salida más allá de los límites de la experiencia, etc. Desconociendo el
materialismo, Rey, adepto de Hume, no tiene ni la menor idea de la dialéctica
y de la diferencia entre el materialismo dialéctico y el materialismo
metafísico en el sentido dado a estas palabras por Engels. Por eso, por
ejemplo, Rey carece en
pág. 328
absoluto de claridad para ver la correlación entre la verdad absoluta y la
verdad relativa.
". . . Las observaciones críticas contra el mecanismo
tradicional que fueron formuladas durante toda la segunda mitad del siglo XIX,
minaron esta premisa de la realidad ontológica del mecanismo. Sobre esa
crítica se estableció una concepción filosófica de la física que llegó a ser
casi tradicional en la filosofía de fines del siglo XIX. La ciencia, según
dicha concepción, no es más que una fórmula simbólica, un medio de notación
[de designación, repérage, de creación de signos, de marcas, de símbolos], y
como esos modos de notación son diferentes en las diferentes escuelas, pronto
se llegó a la conclusión de que no se marcaba más que a lo que previamente
había sido creado (façonné) por el hombre para ser marcado [para la
simbolización] La ciencia llegó a ser una obra de arte para los diletantes,
una obra de arte para los utilitarios: puntos de vista que empezaron
naturalmente a interpretarse en todas partes como la negación de la
posibilidad de la ciencia. Una ciencia como medio puramente artificial para
obrar sobre la naturaleza, como simple técnica utilitaria, no tiene derecho, a
menos de desfigurar el sentido de las palabras, a llamarse ciencia. Decir que
la ciencia no puede ser otra cosa que ese medio artificial de influir, es
negar la ciencia en el valor verdadero de la palabra.
"El fracaso del mecanismo tradicional, o más exactamente, la
crítica a que fue sometido, originó la siguiente proposición: la ciencia ha
fracasado también. De la imposibilidad de atenerse pura y sencillamente al
mecanismo tradicional se dedujo la imposibilidad de la ciencia" (16-17).
El autor plantea la siguiente cuestión: "¿La crisis actual de
la física es un incidente temporal y exterior en el desarrollo
pág. 329
de la ciencia, o la ciencia vuelve bruscamente sobre sus pasos y abandona
definitivamente el camino que ha seguido? . . ."
". . . Si las ciencias físico-químicas, que en la historia
han sido esencialmente campeones de la emancipación, se hunden en una crisis,
que no les deja más que el valor de recetas técnicamente útiles, pero les
quita toda significación desde el punto de vista del conocimiento de la
naturaleza, ha de resultar de ello, en la lógica y en la historia de las
ideas, un completo trastorno. La física pierde todo su valor educativo, el
espíritu de ciencia positiva que representaba se convierte en un espíritu
falso y peligroso". La ciencia no puede dar en adelante más que recetas
prácticas, y no conocimientos reales. "El conocimiento de lo real debe ser
buscado por otros medios. . . Es preciso seguir otro camino, es preciso
devolver a la intuición subjetiva, al sentido místico de la realidad, en una
palabra, a lo misterioso, todo lo que se creía haberle arrancado con la
ciencia" (19).
Como positivista, el autor opina que esa concepción es
errónea y juzga pasajera la crisis de la física. Luego veremos cómo purifica
Rey de esas conclusiones a Mach, Poincaré y Cía. Limitémonos por ahora a
constatar el hecho de la "crisis" y su importancia. Por las últimas palabras
citadas de Rey se ve claramente qué elementos reaccionarios han explotado esa
crisis y la han agravado. Rey dice abiertamente en el prólogo de su libro que
el "movimiento fideísta y anti-intelectualista de fines del siglo XIX" tiende
a "apoyarse en el espíritu general de la física contemporánea" (II). Se llama
en Francia fideísta (de la palabra latina "fides", fe) a los que ponen la fe
por encima de la razón. Llámase anti-intelectualismo a la doctrina que niega
los derechos o las pretensiones de la razón. Por consiguiente, en el sentido
filosófico la esencia de la "crisis de la física contemporánea" consiste en
que la antigua física
pág. 330
veía en sus teorías "el conocimiento real del mundo material", es decir, el
reflejo de la realidad objetiva. La nueva corriente en la física no ve en la
teoría más que símbolos, signos, señales para la práctica, es decir, niega la
existencia de la realidad objetiva, independiente de nuestra conciencia y
reflejada por ésta. Si Rey usara una terminología filosófica exacta, debería
decir: la teoría materialista del conocimiento, adoptada espontáneamente por
la antigua física, ha sido sustituida por una teoría idealista y agnóstica, de
lo que se ha aprovechado el fideísmo, a pesar del deseo de los idealistas y de
los agnósticos.
Pero ese cambio, que constituye la crisis, no se lo
representa Rey como si todos los nuevos físicos estuvieran en oposición a
todos los viejos físicos. No, Rey demuestra que los físicos contemporáneos se
dividen, según sus tendencias gnoseológicas, en tres escuelas: energética o
conceptual (conceptuelle, de la palabra concepto, idea pura); mecanista o
neomecanista, a la que siguen ateniéndose la inmensa mayoría de los físicos; y
la escuela crítica, intermedia entre las dos primeras. Mach y Duhem pertenecen
a la primera; Henri Poincaré pertenece a la tercera, y a la segunda los
antiguos físicos Kirchhoff, Helmholtz, Thomson (lord Kelvin), Maxwell y los
físicos modernos Larmor y Lorentz. Por las siguientes palabras de Rey se ve en
qué consiste la esencia de las dos líneas fundamentales (púes la
tercera no es independiente, sino intermedia):
"El mecanismo tradicional construyó el sistema del mundo
material". En la doctrina de la estructura de la materia, partía de los
"elementos cualitativamente homogéneos e idénticos", que debían ser
considerados como "invariables, impenetrables", etc. La física "construyó un
edificio real de mate-
pág. 331
riales reales y con cemento real. El físico disponía de
elementos materiales, de las causes y el modo de su acción, de las
leyes reales de su acción" (33-38). "El cambio de esta concepción de la
física consiste sobre todo en rechazar el valor ontológico de las teorías y en
destacar extremadamente la significación fenomenológica de la física". La
teoría conceptual opera sobre "abstracciones puras" y "busca una teoría
puramente abstracta, que elimine en lo posible la hipótesis de la materia".
"La noción de energía llega a ser la subestructura (substructure) de la nueva
física. Por eso la física conceptual puede la mayoría de las veces ser llamada
física energética ", aunque esa denominación no puede aplicarse, por
ejemplo, a un representante de la física conceptual como Mach (pág. 46).
Esa confusión, en Rey, de la energética y la doctrina de
Mach, no es, naturalmente, del todo justa, como tampoco el aserto de que la
escuela neo-mecanista va llegando también a la concepción fenomenológica de la
física (pág. 48), a pesar de la profundidad de su discrepancia con los
conceptualistas. La "nueva" terminología de Rey oscurece la cuestión en lugar
de aclararla; no nos ha sido posible, sin embargo, pasarla en silencio, con el
fin de dar al lector una idea de la interpretación de la crisis de la física
por un "positivista". En el fondo, la contraposición de la "nueva" escuela a
la vieja concepción coincide completamente, como el lector se habrá podido
convencer, con la crítica de Helmholtz por Kleinpeter citada más arriba. Al
dar a conocer las concepciones de los diferentes físicos, Rey refleja en su
exposición toda la vaguedad e inconsistencia de las concepciones filosóficas
de éstos. La esencia de la crisis de la física contemporánea consiste
en el desquiciamiento de las viejas leyes y de los principios fundamentales,
pág. 332
en el repudio de la realidad objetiva existente fuera de la conciencia, es
decir, en la sustitución del materialismo por el idealismo y el agnosticismo.
"La materia ha desaparecido": con tales palabras se puede expresar la
dificultad fundamental y típica, respecto a muchas cuestiones particulares,
que dio origen a esa crisis. Sobre dicha dificultad nos vamos a detener ahora.
Se puede encontrar esta expresión textual en las
descripciones que dan de los novísimos descubrimientos los físicos
contemporáneos. Por ejemplo, L. Houllevigue, en su libro La evolución de
las ciencias, titula a un capítulo que trata de las nuevas teorías de la
materia: "¿Existe la materia?" "El átomo se desmaterializa -- dice este autor
--, la materia desa parece"*. A fin de ver la facilidad con que los machistas
de ducen de ahí radicales conclusiones filosóficas, tomemos aunque sea a
Valentínov. "La afirmación de que la explicación científica del mundo
no tiene base sólida 'más que en el materialismo', es sólo una
ficción, y por añadidura, una ficción absurda", escribe ese autor (pág. 67).
En calidad de destructor de esta ficción absurda cita al conocido físico
italiano Augusto Righi, quien dice que la teoría electrónica "no es tanto una
teoría de la electricidad, como una teoría de la materia; el nuevo sistema
coloca simplemente a la electricidad en el lugar de la materia" (Augusto
Righi: Die moderne
pág. 333
Theorie der physikalischen Erscheinungen [La teoría moderna de
los fenómenos físicos ], Leipzig, 1905, pág. 131. Hay traducción rusa).
Hecha esta cita (pág. 64), exclama el señor Valentínov:
"¿Por qué se permite Augusto Righi inferir ese ultraje a la
santa materia? ¿Tal vez porque es solipsista, idealista, criticista burgués,
empiriomonista, o algo peor aún?"
Esta observación que le parece al señor Valentínov un dardo
mortal asestado a los materialistas, revela su inocencia virginal en la
cuestión del materialismo filosófico. El señor Valentínov no ha comprendido
absolutamente nada sobre la verdadera relación entre el idealismo
filosófico y la "desaparición de la materia". Y esa "desaparición de la
materia" de que habla siguiendo a los físicos contemporáneos, no tiene ninguna
relación con la distinción gnoseológica entre el materialismo y el idealismo.
Dirijámonos, para dilucidar este punto, a uno de los discípulos de Mach más
consecuentes y más claros: Karl Pearson. Para éste el mundo físico se halla
formado por grupos de percepciones de los sentidos. Este autor nos da de
"nuestro modelo conceptual del mundo fisico" el diagrama siguiente, no sin
hacer la reserva de que las proporciones no han sido tomadas en cuenta en este
diagrama (pág. 282 de The Grammar of Science ):
pág. 334
Simplificando su diagrama, K. Pearson ha eliminado totalmente
el problema de la correlación entre el éter y la electricidad o entre los
electrones positivos y negativos. Pero esto no importa. Lo importante es que
el punto de vista idealista de Pearson considera los "cuerpos" como
percepciones de los sentidos; y luego ya, la composición de esos cuerpos de
partículas, formadas a su vez de moléculas, etc., se refiere a los cambios en
el modelo del mundo físico y en modo alguno a la cuestión de saber si los
cuerpos son símbolos de sensaciones o si las sensaciones son imágenes de los
cuerpos. El materialimo y el idealismo difieren por la solución que aportan al
problema de los orígenes de nuestro conocimiento, al problema de las
relaciones entre el conocimiento (y lo "psíquico" en general) y el mundo
físico ; la cuestión de la estructura de la materia, de los átomos y de
los electrones no tiene que ver más que con ese "mundo físico". Cuando los
físicos dicen: "la materia desaparece", con ello quieren decir que las
ciencias naturales reducían hasta ahora todas sus investigaciones del mundo
físico a estas tres nociones finales: la materia, la electricidad y el éter;
pero ahora quedan sólo las dos últimas, porque la materia se puede
reducir a la electricidad, el átomo se puede representar como una especie de
sistema solar infinitamente pequeño en cuyo seno los electrones negativos se
mueven con una velocidad determinada (y extremadamente grande, como hemos
visto) alrededor de un electrón positivo. Se puede, por consiguiente, reducir
el mundo físico a dos o tres elementos en vez de varias decenas (por cuanto
los electrones positivo y negativo representan "dos materias esencialmente
diferentes", como dice el físico Pellat, citado por Rey, en la obra
mencionada, págs, 294-295) Las ciencias naturales llevan,
pág. 335
pues, a la "unidad de la materia " (loc. cit.)[*]: tal es el contenido efectivo de la frase sobre
la desaparición de la materia, sobre la sustitución de la materia por la
electricidad, etc., que a tantos desorienta. "La materia desaparece": esto
quiere decir que desaparecen los limites dentro de los cuales conocíamos la
materia hasta ahora, y que nuestro conocimiento se profundiza; desaparecen
propiedades de la materia que anteriormente nos parecian absolutas,
inmutables, primarias (impenetrabilidad, inercia, masa, etc.) y que hoy se
revelan como relativas, inherentes solamente a ciertos estados de la materia.
Porque la única "propiedad" de la materia con cuya admisión está ligado
el materialismo filosófico, es la propiedad de ser una realidad
objetiva, de existir fuera de nuestra conciencia.
El error del machismo en general y de la nueva física
machista consiste en ignorar esa base del materialismo filosófico y la
diferencia entre el materialismo metafísico y el materialismo dialéctico. La
admisión de elementos inmutables cualesquiera, de la "inmutable esencia de las
cosas", etc., no es materialismo: es un materialismo metafísico, es
decir, antidialéctico. Por eso J. Dietzgen subrayaba que el "objeto de la
ciencia es infinito", y que es inconmensurable, incognoscible hasta el fondo,
inagotable no sólo lo infinito, sino también "el
pág. 336
átomo más pequeño", pues "la naturaleza en todas sus partes no tiene
principio ni fin"(Kl. ph. Schr. págs. 229-230). Por eso Engels citaba
el ejemplo del descubrimiento de la alizarina en el alquitrán de hulla y
criticaba el materialismo mecanicista. Si se quiere plantear la
cuestión desde el único punto de vista justo, es decir, desde el punto de
vista materialista dialéctico, hay que preguntarse: los electrones, el éter,
etcétera, ¿existen fuera de la conciencia humana, como una realidad
objetiva, o no? A esta pregunta los naturalistas, también sin vacilaciones,
deberán contestar y contestan siempre sí, de la misma manera que
admiten sin vacilaciones la existencia de la naturaleza anteriormente al
hombre y a la materia orgánica. La cuestión queda así resuelta a favor del
materialismo, porque la noción de materia, como hemos dicho ya, no
significa en gnoseología más que : la realidad objetiva, existente
independientemente de la conciencia humana y reflejada por ésta.
Pero el materialismo dialéctico insiste sobre el carácter
aproximado, relativo, de toda tesis científica acerca de la estructura de la
materia y de sus propiedades; insiste sobre la ausencia de líneas absolutas de
demarcación en la naturaleza, sobre la transformación de la materia en
movimiento de un estado en otro, que, desde nuestro punto de vista, nos parece
inconciliable con el primero, etc. Por extravagante que parezca desde el punto
de vista del "buen sentido" la transformación del éter imponderable en materia
ponderable e inversamente, por "extraña" que parezca la ausencia en el
electrón de cualquiera otra masa que la masa electro-magnética, por
extraordinaria que parezca la limitación de las leyes mecánicas del movimiento
a un solo plano de los fenómenos de la naturaleza y su subordinación a las
leyes más profundas de los fenómenos electro-magnéticos, etc., todo ello no es
más que una nueva confirmación del materialismo dialéctico. La nueva
pág. 337
física ha derivado hacia el idealismo, sobre todo, precisamente porque los
físicos ignoraban la dialéctica. Estos últimos han combatido el materialismo
metafísico (en el sentido en que empleaba Engels esta palabra y no en su
sentido positivista, es decir, inspirado en Hume), su "mecanicidad"
unilateral, o sea, con el agua han tirado de la bañera al niño. Al negar la
inmutabilidad de los elementos y las propiedades de la materia hasta entonces
conocidos, han caído en la negación de la materia, esto es, de la realidad
objetiva del mundo físico. Al negar el carácter absoluto de las leyes más
importantes y fundamentales, han caído en la negación de toda ley objetiva en
la naturaleza; han caído en la afirmación de que las leyes de la naturaleza
son puro convencionalismo, "limitación de la expectativa", "necesidad lógica",
etc. Al insistir en el carácter aproximado, relativo, de nuestros
conocimientos, han caído en la negación del objeto independiente del
conocimiento, reflejado por éste con una exactitud aproximada, con una
exactitud relativa. Y así sucesivamente, hasta nunca acabar.
Las reflexiones de Bogdánov sobre la "esencia inmutable de
las cosas", expuestas en 1899, las reflexiones de Valentínov y de Iushkévich
sobre la "sustancia", etc. tampoco son más que frutos de la ignorancia de la
dialéctica. Sólo una cosa es inmutable, desde el punto de vista de Engels: el
reflejo en la conciencia humana (cuando existe conciencia humana) del mundo
exterior, que existe y se desarrolla independientemente de la misma. Ninguna
otra "inmutabilidad", ninguna otra "esencia", ninguna "sustancia absoluta", en
el sentido en que ha expuesto estos conceptos la inútil filosofía profesoral,
existe para Marx y Engels. La "esencia" de las cosas o la "sustancia"
también son relativas; no expresan más que la profundización del
conocimiento que el hombre tiene de los objetos, y si esta profundización no
fue ayer más allá del átomo y hoy no pasa
pág. 338
del electrón o del éter, el materialismo dialéctico insiste empero en el
carácter temporal, relativo, aproximado, de todos esos jalones del
conocimiento de la naturaleza por la ciencia humana en progreso. El electrón
es tan inagotable como el átomo, la naturaleza es infinita, pero
existe infinitamente, y este reconocimiento -- que es el único
categórico, el único incondicional -- de su existencia fuera de la
conciencia y de las sensaciones del hombre es precisamente lo que distingue el
materialismo dialéctico del agnosticismo relativista y del idealismo.
Aduciremos dos ejemplos de cómo la nueva física fluctúa
inconsciente y espontáneamente entre el materialismo dialéctico, que sigue
ignorado de los sabios burgueses, y el "fenomenalismo" con sus inevitables
conclusiones subjetivistas (y más tarde, directamente fideísta).
Ese mismo Augusto Righi, a quien el señor Valentínov no
supo interrogar sobre la cuestión del materialismo, que le interesaba,
dice, en la introducción a su libro: "La naturaleza de los electrones o de los
átomos eléctricos aún sigue siendo un misterio; pero, a pesar de eso, a la
nueva teoría le está tal vez reservado adquirir con el tiempo no poca
significación filosófica, por cuanto llega a postulados completamente nuevos
sobre la estructura de la materia ponderable y tiende a reducir todos los
fenómenos del mundo exterior a un origen común.
"Desde el punto de vista de las tendencias positivistas y
utilitaristas de nuestro tiempo, esa ventaja quizás no tiene ninguna
importancia, y la teoría puede ser considerada en primer término como un medio
de poner cómodamente orden en los hechos y compararlos, servir de guía en las
investigaciones de fenómenos ulteriores. Pero si en el pasado se tuvo acaso
una confianza demasiado grande en las facultades del espíritu hu-
pág. 339
mano y se creyó conocer demasiado fácilmente las causas últimas de todas
las cosas, hoy, en cambio, hay propensión a caer en el error opuesto" (loc.
cit., pág. 3)
¿Por qué Righi se desolidariza de las tendencias positivistas
y utilitaristas? Porque no teniendo, a lo que se ve, ningún punto de vista
filosófico determinado, se acoge por espontáneo impulso a la realidad del
mundo exterior y al reconocimiento de la nueva teoría no sólo como una
"comodidad" (Poincaré), no sólo como un "empiriosímbolo" (Iushkévich), no sólo
como una "armonización de la experiencia" (Bogdánov) y demás términos con que
se designan semejantes subterfugios subjetivistas, sino como un paso hacia
adelante en el conocimiento de la realidad objetiva. Si este físico hubiera
tenido conocimiento del materialismo dialéctico, su juicio sobre el
error opuesto al antiguo materialismo metafísico hubiese sido, tal vez, el
punto de partida de una filosofía justa. Pero todo el ambiente en que viven
estos hombres, los aparta de Marx y de Engels y los lanza a los brazos de la
vulgar filosofía oficial.
También Rey ignora en absoluto la dialéctica. Pero también él
se ve obligado a admitir que hay entre los novísimos físicos continuadores de
las tradiciones del "mecanismo" (es decir, del materialismo). Kirchhoff,
Hertz, Boltzmann, Maxwell, Helmholtz y lord Kelvin, no son los únicos, dice,
en seguir la senda del "mecanismo". "Puros mecanistas y desde cierto punto de
vista más mecanistas que otro cualquiera, representantes extremos
(l'aboutissant) del mecanismo, son aquellos que, siguiendo a Lorentz y Larmor,
formulan una teoría eléctrica de la materia y llegan a negar la constancia de
la masa, haciendo de ella una función del movimiento. Todos ellos son
mecanistas, porque toman por punto de partida los movimientos reales
" (cursiva de Rey, págs. 290-291).
". . . Si las nuevas hipótesis de Lorentz, de Larmor y de
pág. 340
Langevin se confirmasen por la experiencia y adquiriesen una base
suficientemente sólida para la sistematización de la física, sería indudable
que las leyes de la mecánica actual dependen de las leyes del
electromagnetismo; las leyes de la mecánica constituirían un caso particular y
estarían limitadas en marcos rigurosamente determinados. La constancia de la
masa, nuestro principio de la inercia no serian valederos más que para las
velocidades medias de los cuerpos, entendiendo el término 'medias' en relación
a nuestros sentidos y a los fenómenos que constituyen nuestra experiencia
habitual. Sería indispensable una transformación general de la mecánica, y por
consiguiente, una transformación general de la física como sistema.
"¿Significaría esto la renuncia al mecanismo? De ningún modo.
La tradición puramente mecanista continuaría manteniéndose, el mecanismo iría
por las sendas normales de su desarrollo" (295).
"La física electrónica, que debe ser colocada entre las
teorías mecanistas por su espíritu general, tiende a imponer su
sistematización a toda la física. Esta física de los electrones, aunque sus
principios fundamentales no provienen de la mecánica, sino de los datos
experimentales de la teoría de la electricidad, es mecanista por su espíritu,
puesto que: 1) Emplea elementos figurados (figurés), materiales,
para representar las propiedades físicas y sus leyes; se expresa en los
términos de la percepción. 2) Si no considera los fenómenos físicos como casos
particulares de los fenómenos mecánicos, en cambio considera los fenómenos
mecánicos como un caso particular de los fenómenos físicos. Luego las leyes de
la mecánica siguen estando en conexión directa con las leyes de la
física; las nociones de la mecánica son nociones del mismo orden que las
nociones físico-químicas. En el mecanismo tradicional, estas nociones eran un
calco (calqués) de los movimientos rela-
pág. 341
tivamente lentos, que, por ser los únicos conocidos y accesibles a
la observación directa, habían sido tomados. . . como tipos de todos los
movimientos posibles. Las nuevas experiencias han demostrado que es
preciso ampliar nuestra concepción sobre los movimientos posibles. La
mecánica tradicional sigue en pie toda entera, pero no se aplica ya más que a
los movimientos relativamente lentos. . . En velocidades considerables, otras
son las leyes del movimiento. La materia se reduce a partículas eléctricas,
últimos elementos del átomo. . . 3) El movimiento, el desplazamiento en el
espacio, queda como el único elemento figurado (figuré) de la teoría física.
4) Por último -- y desde el punto de vista del espíritu general de la física,
esta consideración se halla por encima de todas las restantes --, la
concepción de la física, de su método, de sus teorías y de la relación entre
éstas y la experiencia, sigue siendo absolutamente idéntica a las
concepciones del mecanismo, a la teoría de la física desde el Renacimiento"
(46-47).
He citado por entero estos extensos extractos de Rey, porque
dado su constante temor a caer en la "metafísica materialista" sería imposible
exponer de otra forma sus afirmaciones. Pero por mucho que abjuren del
materialismo Rey y los físicos que cita, sigue siendo, no obstante, indudable
que la mecánica era un calco de los movimientos lentos reales, mientras que la
nueva física es un calco de los movimientos reales que tienen lugar en
prodigiosas velocidades El materialismo consiste precisamente en admitir que
la teoría es un calco, una copia aproximada de la realidad objetiva. No
podríamos desear mejor confirmación del hecho de que la lucha se desarrolla,
en realidad, entre las tendencias materialistas e idealistas, que la que nos
es dada por Rey, cuando dice que entre los nuevos físicos existe una "reacción
contra la escuela conceptual [la machista] y la escuela energética", y cuando
incluye a los físi-
pág. 342
cos que profesan la teoría electrónica entre los representantes de dicha
reacción (46). Solamente importa no olvidar que, además de los prejuicios
generales de todo el filisteísmo culto contra el materialismo, en los más
reputados teóricos se refleja su completa ignorancia de la dialéctica.
La utilización de la nueva física por el idealismo filosófico
o las deducciones idealistas sacadas de esta física no se deben al
descubrimiento de nuevas variedades de la sustancia y de la fuerza, de la
materia y del movimiento, sino a la tentativa de concebir el movimiento sin
materia. Pero precisamente esa tentativa es la que no analizan a fondo
nuestros machistas. No han querido tener presente la afirmación de Engels: "El
movimiento es inconcebible sin materia". J. Dietzgen ya en 1869, en su
libro La esencia del trabajo cerebral, expresaba la misma idea que
Engels, no sin realizar, por cierto, sus acostumbrados intentos confusionistas
de "conciliar" el materialismo y el idealismo. Prescindamos de esos intentos,
explicables en grado considerable por el hecho de que Dietzgen polemizaba con
el materialismo de Büchner, ajeno a la dialéctica, y veamos las propias
declaraciones de Dietzgen sobre la cuestión que nos interesa: "Los idealistas
quieren -- dice Dietzgen -- lo general sin lo particular, el espíritu sin la
materia, la fuerza sin la sustancia, la ciencia sin la experiencia o sin los
materiales, lo absoluto sin lo relativo" (Das Wesen der menschlichen
Kopfarbeit [La esencia del trabajo cerebral del hombre ], 1903,
pág. 108). Así, pues, la tendencia a separar el movimiento de la materia y la
fuerza de la sustancia, Dietzgen la relaciona con el idealismo, la sitúa al
lado de la tendencia a separar el pensamiento del cerebro. "Liebig -- continúa
pág. 343
Dietzgen --, a quien agradan las digresiones de su ciencia inductiva hacia
la especulación filosófica, dice, en el sentido del idealismo: No se puede ver
la fuerza" (109). "El espiritualista o el idealista cree en la esencia
espiritual, es decir, ilusoria, inexplicable, de la fuerza" (110). "La
antítesis entre la fuerza y la sustancia es tan vieja como la antítesis entre
el idealismo y el materialismo" (111). "Naturalmente, no hay fuerza sin
sustancia, ni sustancia sin fuerza. La sustancia sin fuerza y la fuerza sin
sustancia son unos contrasentidos. Si los naturalistas idealistas creen en el
ser inmaterial de las fuerzas, no son en este punto naturalistas, sino. . .
visionarios" (114).
Vemos aquí que, hace cuarenta años, también se podía
encontrar a unos naturalistas dispuestos a admitir la concepción del
movimiento sin materia, y que Dietzgen los calificaba, "en este punto", de
visionarios. ¿Cuál es, pues, la relación entre el idealismo filosófico y esta
tendencia a separar la materia del movimiento y a excluir la sustancia de la
fuerza? ¿No es, en efecto, "más económico" concebir el movimiento sin materia?
Figurémonos a un idealista consecuente que sustenta, por
ejemplo, el punto de vista de que todo el universo es mi sensación o mi
representación, etc. (si dijéramos: sensación o representación "de nadie", el
idealismo filosófico cambiaría de variedad, pero no cambiaría su esencia).
Este idealista no pensará ni por un instante negar que el universo sea
movimiento, a saber: movimiento de mis pensamientos, de mis representaciones
mentales, de mis sensaciones. El idealista rechazará como absurda la cuestión
de qué es lo que se mueve: se produce un cambio de mis sensaciones, mis
representaciones mentales aparecen y desaparecen, y eso es todo. No hay nada
fuera de mí. "Se mueve" y basta. No cabe representarse pensamiento más
"económico". Ni hay pruebas, silogismos, de-
pág. 344
finiciones que puedan refutar al solipsista, si éste mantiene
consecuentemente su concepción.
La diferencia fundamental entre el materialista y el
prosélito de la filosofía idealista, es que el primero considera a la
sensación, la percepción, la representación y, en general, la conciencia del
hombre, como una imagen de la realidad objetiva. El universo es el movimiento
de esa realidad objetiva, reflejada por nuestra conciencia. Al movimiento de
las representaciones, de las percepciones, etc., corresponde el movimiento de
la materia exterior a mí. La noción de materia no expresa otra cosa que la
realidad objetiva que nos es dada en la sensación. Por lo cual separar el
movimiento de la materia es equivalente a separar el pensamiento de la
realidad objetiva, separar mis sensaciones del mundo exterior, es decir, pasar
al idealismo. El juego de prestidigitación que se hace ordinariamente al negar
la materia, al admitir el movimiento sin materia, consiste en callar las
relaciones entre la materia y el pensamiento. Se presentan las cosas como si
esas relaciones no existiesen, pero en realidad se introducen
subrepticiamente, no se las menciona al principio del razonamiento, pero luego
aparecen más o menos imperceptiblemente.
La materia ha desaparecido, se nos dice, queriendo sacar de
ahí deducciones gnoseológicas. Y el pensamiento, ¿perdura?, preguntamos
nosotros. ¡Si no perdura, si con la desaparición de la materia ha desaparecido
también el pensamiento, si con la desaparición del cerebro y del sistema
nervioso han desaparecido también las representaciones y las sensaciones,
entonces quiere decir que todo ha desaparecido, que ha desaparecido también
vuestro razonamiento, como una de las muestras de un "pensamiento" cualquiera
que sea (o de una insuficiencia de pensamiento)! Mas si perdura, si suponéis
que el pensamiento (la representación, la sensación, etc.) no ha desapare-
pág. 345
cido con la desaparición de la materia, quiere decir que adoptáis a
escondidas el punto de vista del idealismo filosófico. Eso es precisamente lo
que les sucede a aquellos que, por razones de "economía", quieren concebir el
movimiento sin la materia, puesto que sólo por el hecho de continuar su
razonamiento admiten tácitamente la existencia del pensamiento
después de la desaparición de la materia. Y esto quiere decir que se
adopta como base un idealismo filosófico muy sencillo o muy complicado: muy
sencillo cuando se llega abiertamente al solipsismo (yo existo, todo el
mundo es sólo mi sensación); muy complicado si se reemplaza el
pensamiento, la representación, la sensación del hombre viviente por una
abstracción muerta: pensamiento de nadie, idea de nadie, sensación de nadie,
pensamiento en general (idea absoluta, voluntad universal, etc.), la sensación
considerada como "elemento" indeterminado, lo "psíquico", colocado como base
de toda la naturaleza física, etc., etc. Millares de matices son posibles en
este caso entre las variedades del idealismo filosófico y siempre se puede
crear el matiz mil y uno, y al autor de este minúsculo sistema mil y uno (por
ejemplo, el empiriomonismo) la diferencia entre el suyo y los demás puede
parecerle importante. Desde el punto de vista del materialismo, esas
diferencias no tinen ninguna importancia esencial. Lo esencial es el punto de
partida. Lo esencial es que la tentativa de concebir el movimiento sin
materia introduce de contrabando el pensamiento separado de la materia,
y esto es precisamente idealismo filosófico.
Por eso, por ejemplo, el machista inglés Karl Pearson, el
machista más claro, el más consecuente, el más hostil a los subterfugios
verbales, encabeza sin rodeos el capítulo VII de su libro consagrado a la
"materia", con un parágrafo que lleva este título característico: "Todas
las cosas se mueven, pero
pág. 346
solamente en el concepto " ("All things move -- but only in
conception"). "Por lo que se refiere al dominio de las percepciones es ocioso
preguntarse ("it is idle to ask") qué es lo que se mueve y por qué se mueve"
(pág. 243, The Grammar of Science ).
Por eso también empezaron las desventuras filosóficas de
Bogdánov, en realidad, antes que tuviese conocimiento de Mach, empezaron a
partir del día en que creyó al gran químico y mediocre filósofo Ostwald, que
afirmaba concebible el movimiento sin la materia. Es tanto más oportuno
detenerse en este remoto episodio de la evolución filosófica de Bogdánov,
cuanto que no se puede, al hablar de las relaciones del idealismo filosófico
con ciertas corrientes de la nueva física, pasar en silencio la "energética"
de Ostwald.
"Hemos dicho ya -- escribía Bogdánov en 1899 -- que el sig,lo
XIX no ha conseguido acabar definitivamente con la cuestión de la 'esencia
inmutable de las cosas'. Esta esencia desempeña, bajo el nombre de 'materia',
un importante papel hasta en la concepción del mundo de los pensadores más
avan zados del siglo. . ." (Elementos fundamentales de la concepción
histórica de la naturaleza, pág. 38).
Hemos dicho que todo esto es confusión. La admisión de la
realidad objetiva del mundo exterior, la admisión de la existencia, fuera de
nuestra conciencia, de una materia perpetuamente movible y perpetuamente
cambiable, está aquí confundida con la admisión de la esencia inmutable de las
cosas. No podemos permitirnos suponer que Bogdánov no haya incluido en 1899 a
Marx y a Engels entre los "pensadores avanzados". Pero es evidente que no ha
comprendido el materialismo dialéctico.
". . . Aun se distinguen habitualmente dos aspectos en los
procesos de la naturaleza: la materia y su movimiento. No
pág. 347
se puede decir que el concepto de materia se distinga por una gran
claridad. No es fácil dar una respuesta satisfactoria a la pregunta ¿Qué es la
materia? Se la define como 'causa de las sensaciones' o como 'posibilidad
constante de sensaciones'; pero es evidente que en este caso se confunde la
materia con el movimiento. . ."
Es evidente que Bogdánov razona mal. Más aún, que confunde la
admisión materialista del origen objetivo de las sensaciones (la causa de las
sensaciones no está formulada con claridad) con la definición agnóstica, dada
por Mill, de la materia, como posibilidad constante de sensaciones. El
error capital del autor nace aquí de que, tocando de cerca el problema de la
existencia o inexistencia del origen objetivo de las sensaciones, abandona
este problema a la mitad del camino y salta al problema de la existencia o
inexistencia de la materia sin movimiento. El idealista puede considerar el
universo como el movimiento de nuestras sensaciones (aun cuando
"socialmente organizadas" y "armonizadas" en el más alto grado); el
materialista puede considerarlo como el movimiento del origen objetivo, del
modelo objetivo de nuestras sensaciones. El materialista metafísico, o sea
antidialéctico, puede admitir la existencia (aunque no sea más que temporal,
hasta el "primer impulso" etc.) de la materia sin movimiento. El materialista
dialéctico no sólo considera el movimiento como una propiedad inseparable de
la materia, sino que rechaza la concepción simplificada del movimiento, etc.
". . . Acaso fuera lo más exacto dar la definición siguiente:
'materia es lo que se mueve'; pero eso estaría tan falto de contenido como si
dijésemos: la materia es el sujeto de una proposición en la que 'se mueve' es
el predicado. Sin embargo, la cuestión consiste quizás precisamente en que los
hombres se hayan acostumbrado, en la época de la estática, a ver necesa-
pág. 348
riamente como sujeto algo sólido, un 'objeto' cualquiera, y a no tolerar
una noción tan incómoda para el pensamiento estático como la del 'movimiento'
más que en calidad de predicado, como uno de los atributos de la 'materia'".
¡Esto nos trae a la memoria la acusación de que hacía objeto
Akímov a los iskristas porque en su programa no ponían en nominativo la
palabra proletariado! Decir: el universo es la materia en movimiento o: el
universo es movimiento material, es completamente igual.
"¡Pero es imprescindible que la energía tenga un vehículo!"
-- dicen los partidarios de la materia --. "¿Y por qué?" -- pregunta Ostwald
con razón --. "¿Acaso la naturaleza ha de estar forzosamente formada de sujeto
y predicado?" (pág. 39).
Esta respuesta de Ostwald, que en 1899 agradaba tanto a
Bogdánov, es un simple sofisma. ¿Es que nuestros juicios -- se podría
responder a Ostwald -- han de estar forzosamente formados de electrones y de
éter? En realidad, eliminar mentalmente de la "naturaleza" a la materia como
"sujeto", es admitir implícitamente en filosofía el pensamiento
por "sujeto" (es decir, como algo primario, punto de partida, independiente de
la materia). No es el sujeto lo que se elimina, sino el origen objetivo de la
sensación, y la sensación llega a ser "sujeto", es decir, la filosofía
llega a ser la de Berkeley, cualquiera que sea el modo con que después se
disfrace la palabra sensación. Ostwald ha intentado esquivar este inevitable
dilema filosófico (materialismo o idealismo) empleando de manera indeterminada
la palabra "energía", pero su tentativa pone de manifiesto justamente una vez
más la inutilidad de las estratagemas de ese género. Si la energía es
movimiento, no habréis hecho más que trasladar la dificultad del sujeto aí
predicado, no habréis hecho más que modificar los términos de la pregunta
diciendo: ¿Es materia la energía?,
pág. 349
en lugar de: ¿Es la materia la que se mueve? ¿La transformación de la
energía se realiza fuera de mi conciencia, independientemente del hombre y de
la humanidad, o no es esto más que ideas, símbolos, signos convencionales,
etc.? Esta cuestión fue fatal para la filosofía "energética", para ese ensayo
de esfumar, con ayuda de una terminología "nueva", antiguos errores
gnoseológicos.
Algunos ejemplos demostrarán a qué confusión ha llegado el
energético Ostwald. Declara en el prólogo de sus Conferencias sobre
filosofíe de la naturaleza [*]
que considera "como una inmensa conquista si la antigua dificultad acerca de
cómo unir las nociones de materia y espíritu, es simple y naturalmente
eliminada por la reducción de ambas nociones a la de energía". Esto no es una
conquista, es una pérdida, puesto que el problema de realizar las
investigaciones gnoseológicas (¡Ostwald no se da cuenta exacta de que plantea
precisamente una cuestión gnoseológica y no una cuestión química!) en la
dirección materialista o en la idealista, no se resuelve, sino que se embrolla
con el empleo arbitrario del término "energía". Naturalmente, si se reduce la
materia y el espíritu a la noción de energía, entonces la supresión verbal de
la contradicción es indudable, pero lo absurdo de la doctrina sobre los
duendes y aparecidos no desaparecerá por el hecho de que la califiquemos de
"energética". Leemos en la página 394 de las Conferencias de Ostwald:
"La explicación más sencilla de que todos los fenómenos exteriores pueden ser
representados como procesos que se realizan entre las energías, es que
precisamente los procesos de nuestra conciencia son en sí mismos procesos
energéticos y comunican (aufpragen) esta su propie-
pág. 350
dad a todas las experiencias exteriores". Esto es puro idealismo: ¡no es
nuestro pensamiento el que refleja la transformación de la energía en el
universo exterior, sino que el universo exterior refleja la "propiedad" de
nuestra conciencia! El filósofo americano Hibben dice muy acertadamente a
propósito de ese párrafo y de algunos otros trozos análogos de las
conferencias de Ostwald, que este autor "aparece aquí bajo la toga kantiana":
¡la explicabilidad de los fenómenos del mundo exterior se deduce de las
propiedades de nuestra mente![*].
"Es evidente -- dice Hibben -- que si definiésemos la noción inicial de
energía de modo que englobase también los fenómenos psíquicos, no sería eso ya
la simple noción de energía admitida por los círculos científicos o incluso
por los mismos energetistas". La transformación de la energía está considerada
por las ciencias naturales como un proceso objetivo, independiente de la
conciencia del hombre y de la experiencia de la humanidad, es decir, está
considerada de un modo materiaíista. El mismo Ostwald, en gran cantidad de
casos, hasta posiblemente en la mayoría de los casos, entiende por energía el
movimiento material.
Y por ello se ha producido este fenómeno original: el
discípulo de Ostwald, Bogdánov, una vez convertido en discípulo de Mach, no se
ha puesto a acusar a Ostwald de no atenerse consecuentemente a la concepción
materialista de la energía, sino de admitir la concepción materialista de la
energía (y aun de hacer de ella a veces la base). Los materialistas critican a
Ostwald por haber caído en el idealismo, por intentar conciliar el
materialismo con el idealismo. Bogdánov
pág. 351
critica a Ostwald desde el punto de vista idealista : ". . . La
energética de Ostwald, hostil al atomismo, pero muy cercana, en lo demás, al
viejo materialismo, se ganó mis más vivas simpatías -- escribe Bogdánov en
1906 --. Sin embargo, pronto pude ver una contradicción importante de la
filosofía de la naturaleza de Ostwald: mientras acentúa muchas veces el valor
puramente metodológico de la noción de energía, el autor no se atiene
en un gran número de casos a esta concepción. De puro símbolo de las
correlaciones entre los hechos de la experiencia, la energía se transforma muy
frecuentemente, para este autor, en sustancia de la experiencia, en
materia del mundo" . . . (Empiriomonismo, libro III, págs. XVI XVII).
¡La energía, puro símbolo! Bogdánov puede, después de esto,
discutir a placer con el "empiriosimbolista" Iushkévich, con los "machistas
puros", con los empiriocriticistas, etc.; desde el punto de vista de los
materialistas, será una discusión entre un creyente del diablo amarillo y otro
creyente del diablo verde. Porque lo que importa no es lo que distingue a
Bogdánov de los demás machistas, sino lo que hay en ellos de común: la
interpretación idealista de la "experiencia" y de la "energía", la
negación de la realidad objetiva, en la adaptación a la cual consiste la
experiencia humana, y en la reproducción de la cual consiste la única
"metodología" científica y la única "energética" científica.
"El material del mundo le es indiferente [a la energética de
Ostwald] ¡ con ella es plenamente compatible tanto el viejo materialismo como
el panpsiquismo" (XVII) . . . -- ¿es decir, el idealismo filosófico? Partiendo
de la confusa energética, toma Bogdánov no la senda materialista,
sino la idealista . . . "Representar la energía como una sustancia no
es otra cosa que el antiguo materialismo sin los átomos absolutos: mate-
pág. 352
rialismo corregido en el sentido de que admite la continuidad de lo
que existe" (loc. cit.). Si, del "viejo" materialismo, es decir, del
materialismo metafísico de los naturalistas, Bogdánov ha pasado, no al
materialismo dialéctico, que no comprende mejor en 1906 que en 1899,
sino al idealismo y al fideísmo, puesto que ningún representante instruido del
fideísmo contemporáneo, ningún inmanentista, ningún "neocriticista", etc hará
objeción alguna al concepto "metodológico" de la energia, a su interpretación
como "puro símbolo de las correlaciones entre los hechos de la experiencia".
Leed a P. Carus, con cuya fisonomía hemos entrado en suficiente conocimiento
más arriba, y veréis a este machista criticar a Ostwald exactamente igual
que lo haría Bogdánov : "El materialismo y la energética -- escribe Carus
-- pertenecen sin discusión a una y la misma categoría" (The Monist,
vol. XVII, 1907, núm. 4, pág. 536). "El materialismo nos ilustra muy poco
cuando nos dice que todo es materia, que los cuerpos son materia y que el
pensamiento no es más que una función de la materia; pero la energética del
profesor Ostwald no vale mucho más, ya que nos dice que la materia es energía
y que el alma es sólo un factor de la energía" (533).
La energética de Ostwald nos ofrece un buen ejemplo de la
prontitud con que se pone de moda una terminología "nueva" y de la prontitud
con que aparece de manifiesto que no basta modificar un poco las expresiones
para eliminar las cuestiones filosóficas fundamentales y las direcciones
filosóficas fundamentales. Igual se puede expresar (con más o menos
consecuencia, naturalmente) el materialismo y el idealismo en términos de
"energética" que en términos de "experiencia", etc. La física energética es el
origen de nuevas tentativas idealistas de concebir el movimiento sin la
materia, basándose en la descomposición de las partículas de la materia que
hasta hoy se
pág. 353
creían indescomponibles y en el descubrimiento de nuevas formas, hasta hoy
desconocidas, del movimiento de la materia.
A fin de demostrar de una manera concreta la lucha filosófica
que se ha entablado en la literatura contemporánea con motivo de las diversas
conclusiones que se deducen de la nueva física, concedamos la palabra a los
participantes directos en el "combate", empezando por los ingleses. El físico
Arthur W. Rücker defiende una dirección, desde el punto de vista del
naturalista; el filósofo James Ward defiende otra, desde el punto de vista de
la gnoseología.
A. W. Rücker, presidente de la sección de física del congreso
de los naturalistas ingleses que se celebró en Glasgow en 1901, eligió como
tema de su discurso la cuestión acerca del valor de la teoría física y de las
dudas que se han suscitado respecto a la existencia de los átomos y, en
particular, del éter. El orador citó a los físicos Poincaré y Poynting, que
han plan teado dicha cuestión (este último es un correligionario inglés de los
simbolistas o machistas), así como al filósofo Ward; citó también el célebre
libro de Haeckel e intentó hacer una exposición de sus propios puntos de
vista*.
"La cuestión en litigio -- dijo Rücker -- es saber si las
hipótesis que están en la base de las teorías científicas más extendidas deben
ser consideradas como descripciones exactas de la estructura del universo que
nos rodea o sencillamente
pág. 354
como ficciones cómodas". (Empleando los términos de nuestra discusión con
Bogdánov, Iushkévich y Cía.: ¿Son dichas hipótesis copias de la realidad
objetiva, de la materia en movimiento o no son más que "metodología",
"símbolos puros", "formas de organización de la experiencia"?) Rücker conviene
en que prácticamente puede no haber diferencia entre las dos teorías: la
dirección de un río lo mismo puede ser determinada por el hombre que sólo
sigue una línea azul sobre un mapa o un croquis, que por el que sabe que esa
línea representa un río auténtico. Desde el punto de vista de la cómoda
ficción, la teoría "aligera la memoria", "pone orden" en nuestras
observaciones, concuerda a éstas con cierto sistema artificial, "regulariza
nuestros conocimientos", los resume en ecuaciones, etc. Podemos, por ejemplo,
limitarnos a decir que el calor es una forma del movimiento o de la energía,
"sustituyendo de este modo el cuadro vivo de los átomos en movimiento con una
aserción incolora (colourless) sobre la energía calórica, cuya real naturaleza
no intentamos definir". Reconociendo plenamente la posibilidad de llegar por
este camino a grandes éxitos científicos, Rücker "osa afirmar que semejante
sistema táctico no puede ser considerado como la última palabra de la ciencia
en la lucha por la verdad". La cuestión queda en pie: "¿Podemos deducir de los
fenómenos revelados por la materia la estructura de la misma materia?"
"¿Tenemos fundamento para creer que el bosquejo teórico que nos ha dado ya la
ciencia sea hasta cierto punto una copia y no un simple diagrama de la
verdad?"
Al analizar la cuestión de la estructura de la materia,
Rücker toma como ejemplo al aire, dice que el aire está compuesto de gases y
que la ciencia descompone "cualquier gas elemental en una mezcla de átomos y
éter". Y aquí es -- continúa -- donde se nos grita: ¡Alto! No se pueden ver
las moléculas y los átomos; pueden usarse como "simples conceptos" (mere
pág. 355
conceptions), "pero no se les puede considerar como realidades". Rücker
rechaza esa objeción apelando a uno de los muy numerosos casos que se
encuentran en el desarrollo de la ciencia: los anillos de Saturno, examinados
al telescopio, tienen el aspecto de una masa compacta. Los matemáticos han
probado mediante cálculos que esto es imposible, y el análisis espectral ha
confirmado las conclusiones hechas sobre la base de dichos cálculos. Otra
objeción: adscribimos a los átomos y al éter unas propiedades que nuestros
sentidos no nos revelan en la materia ordinaria. Rücker rechaza también esta
objeción, citando ejemplos como la difusión de los gases y de los líquidos,
etc. Una serie de hechos, observaciones y experiencias demuestran que la
materia está formada de partículas o granos aislados. La cuestión de si estas
partículas, estos átomos difieren del "medio primario", del "medio
fundamental" que los rodea (éter), o bien son partes de este medio que se
encuentra en un estado particular, está todavía en suspenso y no concierne
para nada a la misma teoría de la existencia de los átomos. No hay ninguna
razón para negar a priori, a despecho de los testimonios de la experiencia, la
existencia de "sustancias casi materiales", diferentes de la materia ordinaria
(de los átomos y del éter). Son inevitables errores de detalle, pero el
conjunto de los datos científicos no deja lugar a dudas en cuanto a la
existencia de los átomos y de las moléculas.
Rücker indica a continuación los nuevos datos concernientes a
la estructura de los átomos compuestos de corpúsculos (partículas, electrones)
cargados de electricidad negativa, y hace notar la semejanza de los resultados
de diferentes experiencias y cálculos sobre las dimensiones de las moléculas:
la "primera aproximación" da un diámetro de 100 milimicrones (millonésimas de
milímetro). Sin detenernos en las observaciones par-
pág. 356
ticulares de Rücker y en su crítica del neo-vitalismo, citemos solamente
sus conclusiones:
"Los que rebajan el valor de las ideas que presidieron hasta
la fecha el progreso de la teoría científica, admiten demasiado a menudo que
no hay más alternativa que elegir entre estos dos asertos opuestos: o que el
átomo y el éter son simples ficciones de la imaginación científica, o que la
teoría mecánica de los átomos y del éter -- ahora no está acabada, pero si
pudiera estarlo -- nos da una idea completa e idealmente exacta de las
realidades. Mi parecer es que hay un camino medio". Un hombre dentro de una
habitación oscura puede distinguir muy confusamente los objetos, pero si no
tropieza con los muebles ni toma un espejo por una puerta, es que ve allí
algunas cosas bien. Así que no debemos renunciar a la pretensión de penetrar
más allá de la superficie de la naturaleza, ni pretender que ya hemos rasgado
todos los velos del misterio del mundo circundante. "Se puede convenir en que
todavía no nos hemos hecho un cuadro completamente acabado ni de la naturaleza
de los átomos ni de la naturaleza del éter, en cuyo medio existen los átomos;
pero he intentado demostrar que, a pesar del carácter aproximativo
["tentative"; literalmente: tentativo] de algunas de nuestras teorías, a pesar
de las numerosas dificultades de detalle con que tropieza, la teoría de los
átomos. . . es exacta en sus bases fundamentales; que los átomos no son sólo
conceptos auxiliares (helps) para los perplejos matemáticos (puzzled
mathematicians), sino realidades físicas".
Así terminaba su peroración Rücker. El lector ve que el
orador no había abordado la gnoseología, pero en realidad había defendido, en
nombre, indudablemente, de numerosos naturalistas, el punto de vista del
materialismo espontáneo. Su posición se resume en estas palabras: la teoría de
la física es un calco (cada vez más exacto) de la realidad objetiva. El
pág. 357
mundo es la materia en movimiento que vamos conociendo cada vez más
profundamente. Las inexactitudes de la filosofía de Rücker nacen de la
defensa, de ningún modo obligatoria, de la teoría "mecánica" (¿por qué no
electro-magnética?) de los movimientos del éter y de la incomprensión de las
correlaciones entre la verdad relativa y la absoluta. No le falta a
este físico más que conocer el materialismo dialéctico
(abstracción hecha, desde luego, de las consideraciones prácticas tan
importantes que inducen a los profesores ingleses a llamarse "agnósticos").
Veamos ahora cómo criticaba esa filosofía el espiritualista
James Ward: ". . . El naturalismo -- escribía -- no es una ciencia, y la
teoría mecánica de la naturaleza que le sirve de base, tampoco es una ciencia.
. . Pero, aunque el naturalismo y las ciencias naturales, la teoría mecánica
del universo y la mecánica, como ciencia, son, desde el punto de vista lógico,
cosas diferentes, a primera vista son muy semejantes entre sí e históricamente
están estrechamente enlazadas. No existe, por cierto, ningún peligro de
confusión entre las ciencias naturales y la filosofía de dirección idealista o
espiritualista, ya que esta filosofía implica necesariamente la crítica de las
premisas gnoseológicas que la ciencia sienta inconscientemente" . . .* ¡Es
verdad! ¡Las ciencias naturales admiten inconscientemente que su
doctrina refleja la realidad objetiva, y esta filosofía es la única
compatible con las ciencias naturales! ". . . No ocurre lo mismo con el
naturalismo, que en inocencia iguala a la de la ciencia en lo que se refiere a
la teoría del conocimiento. En realidad, el naturalismo, a semejanza del
materialismo, es sencillamente una física tratada como metafísica. . . El
pág. 358
naturalismo es indudablemente menos dogmático que el materialismo, porque
hace reservas agnósticas sobre la naturaleza de la realidad última; pero
insiste resueltamente sobre la prioridad del aspecto material de este
'Incognoscible'. . ."
El materialista trata la física como una metafísica.
¡Conocido argumento! El reconocimiento de la realidad objetiva fuera del
hombre es llamado metafísica: los espiritualistas coinciden con los kantianos
y los adeptos de Hume en estos reproches al materialismo. Y se comprende: ¡No
es posible allanar el camino a las "nociones reales" del estilo de las de
Rehmke sin eliminar la realidad objetiva de las cosas, de los cuerpos o
de los objetos que cada uno conoce!. . .
". . . Cuando surge la cuestión, filosófica en el fondo,
acerca de cómo sistematizar mejor el conjunto de la experiencia [¡plagia usted
a Bogdánov, señor Ward!], el naturalista afirma que debemos empezar por el
aspecto físico. Solamente estos hechos son precisos, determinados y
rigurosamente concatenados; todo pensamiento que ha hecho palpitar el corazón
humano. . . puede llegar, nos dicen, a una redistribución perfectamente exacta
de la materia y el movimiento. . . Que las afirmaciones de tal significación
filosófica y de tal amplitud sean las deducciones legítimas de la ciencia
física [o sea de las ciencias naturales], es cosa que no se deciden a afirmar
directamente los físicos contemporáneos. Pero muchos de ellos consideran que
los que se esfuerzan por hacer patente la oculta metafísica, el realismo
físico en que reposa la teoría mecánica del universo, atacan a la ciencia. .
." Tal es también, según se dice, la opinión de Rücker sobre mi filosofía.
"Pero en realidad mi crítica [de esta "metafísica", aborrecida asimismo de
todos los machistas] reposa enteramente sobre las conclusiones de una escuela
de físicos, si así se le puede llamar, que cada día aumenta el número de sus
adeptos y extiende su
pág. 359
influencia, escuela que rechaza este realismo casi medieval. . . Este
realismo ha permanecido tanto tiempo indiscutido, que el alzarse contra él es
considerado como una manifestación de anarquía científica. Sería, sin embargo,
en verdad extravagante suponer que hombres como Kirchhoff y Poincaré -- para
no citar más que dos grandes nombres entre otros muchos --, quieran "atacar a
la ciencia". . . Para distinguirlos de la vieja escuela, que estamos en el
derecho de llamarla de los realistas físicos, podemos denominar a la nueva
escuela la de los simbolistas físicos. Este término no será del todo feliz
pero a lo menos pone de relieve una diferencia esencial entre las dos
escuelas, diferencia que nos interesa especialmente en este momento. La
cuestión en litigio es muy sencilla. Las dos escuelas parten, desde luego, de
la misma experiencia sensorial (perceptual); ambas emplean sistemas
conceptuales abstractos que difieren unos de otros en los detalles, pero que
en el fondo son idénticos; ambas recurren a los mismos procedimientos de
comprobación de las teorías. Pero una de esas dos escuelas cree que se acerca
más y más a la realidad última y deja tras sí cada vez nuevas apariencias. La
otra cree que sólo sustituye (is substituting) con esquemas descriptivos
generalizados, intelectualmente manejables, la complejidad de los hechos
concretos. . . Ni una ni otra afectan al valor de la física como conocimiento
sistemático acerca de [cursiva de Ward] las cosas; la posibilidad de un
ulterior desarrollo de la física y de su aplicación práctica es igual en ambos
casos. Pero la diferencia filosófica (speculative) entre las dos escuelas es
enorme, y en este sentido se hace muy importante saber cuál de ellas tiene
razón". . .
Este espiritualista franco y consecuente plantea la cuestión
con una exactitud y claridad notables. En efecto, la diferencia entre las dos
escuelas de la física contemporánea es úni-
pág. 360
camente filosófica, únicamente gnoseológica. En efecto, la
diferencia capital consiste únicamente en que una admite la realidad
"última" (hubiera hecho falta decir: objetiva), reflejada por nuestra teoría,
mientras que la otra lo niega, no viendo en la teoría más que una
sistematización de la experiencia, un sistema de empiriosímbolos, etc., etc. A
consecuencia de sus descubrimientos de nuevas variedades de la materia y de
nuevas formas del movimiento de ésta, la nueva física, con motivo del
resquebrajamiento de las viejas nociones físicas, ha planteado los viejos
problemas de la filosofía. Y si los adeptos de las direcciones filosóficas
"intermedias" ("positivistas", discípulos de Hume, prosélitos de Mach) no
saben plantear con claridad la cuestión litigiosa, el franco idealista Ward
descorre todos los velos.
". . . Rücker ha consagrado su discurso de inauguración a la
defensa del realismo físico contra la interpretación simbólica últimamente
abogada por los profesores Poincaré y Poynting, así como por mí" (págs.
305-306; en otros lugares de su libro Ward añade a esos nombres los de Duhem,
Pearson y Mach; véase tomo II, págs. I6I, 63, 57, 75, 83 y otras).
". . . Rücker habla constantemente de 'imágenes mentales', no
sin afirmar siempre que el átomo y el éter son algo más que imágenes mentales.
Tal modo de razonar, en realidad, equivale a decir: No puedo en este caso
concreto formar otra imagen, y por lo tanto la realidad debe parecérsele. . El
profesor Rücker admite la posibilidad abstracta de otra imagen mental . . .
Admite incluso el carácter 'aproximativo' (tentative) de algunas de nuestras
teorías y admite numerosas 'dificultades de detalle'. A fin de cuentas él
defiende sólo una hipótesis de trabajo (a working hypothesis), que, por lo
demás, ha perdido mucho de su prestigio en la segunda mitad del siglo. Pero si
la teoría atómica y las demás teorías de la estructura de la
pág. 361
materia no son más que hipótesis de trabajo estrictamente limitadas a los
fenómenos físicos, nada puede justificar la teoría según la cual el mecanismo
es la base de todo y reduce los hechos de la vida y del espíritu a
epifenómenos, o dicho en otros términos, los hace en un grado más fenomenales
y en un grado menos reales que la materia y el movimiento. Tal es la teoría
mecanista del mundo, y si el profesor Rücker no la defiende, no tenemos por
qué discutir con él" (págs. 314-315).
Desde luego, es del todo absurdo decir que el materialismo
tenga por "menor" la realidad de la conciencia o afirme forzosamente el cuadro
mecánico y no el electro-magnético, ni cualquier otro cuadro infinitamente más
complejo del mundo, como materia en movimiento. Pero de un modo
verdaderamente virtuoso, mucho mejor que nuestros machistas (es decir, los
idealistas confusos), el idealista declarado y franco Ward capta los
puntos flacos del materialismo "espontáneo" de las ciencias naturales, por
ejemplo, su incapacidad para explicar la correlación entre la verdad relativa
y la verdad absoluta. Ward se deshace en piruetas y declara que si la verdad
es relativa, aproximada, no hace más que "tantear" el fondo de la cuestión,
¡no puede, por consiguiente, reflejar la realidad! Este espiritualista plantea
con extraordinaria justeza, en cambio, la cuestión de los átomos, etc., como
"hipótesis de trabajo". El fideísmo moderno, cultivado (Ward lo deduce
directamente de su espiritualismo) ni siquiera piensa exigir otra cosa
que no sea declarar como "hipótesis de trabajo" las nociones de las ciencias
naturales. Nosotros os abandonamos la ciencia, señores naturalistas, y
vosotros entregadnos la gnoseología, la filosofía: tal es en los países
capitalistas "avanzados" la condición de convivencia entre teólogos y
profesores.
Por lo que se refiere a los otros puntos de la gnoseología de
Ward que éste relaciona con la "nueva" física, entre ellos fi-
pág. 361
gura también su lucha encarnizada contra la materia. ¿Qué es la
materia? ¿Qué es la energía?, pregunta Ward, mofándose de la abundancia y del
carácter contradictorio de las hipótesis. ¿Hay un éter o varios? ¡Se trata de
un nuevo "líquido perfecto" al que arbitrariamente se conceden cualidades tan
nuevas como inverosímiles! Y el mismo Ward responde: "Nosotros no encontramos
definido más que el movimiento. El calor es una forma del movimiento, la
elasticidad es otra forma del movimiento, la luz y el magnetismo son otras
formas del movimiento. La misma masa es asimismo, a fin de cuentas, como
suponen, una forma del movimiento, del movimiento de algo que no es ni sólido,
ni líquido, ni gaseoso; que no es, en sí, un cuerpo, ni un agregado de
cuerpos; que no es fenomenal y no debe ser noumenal; un verdadero apeirón
[término de filosofía griega, que significa: infinito, ilimitado], al cual
nosotros podemos imponer nuestras propias características" (I, 40).
El espiritualista sigue siendo fiel a sí mismo al separar el
movimiento de la materia. El movimiento de los cuerpos se transforma en la
naturaleza en el movimiento de lo que no es un cuerpo de masa constante, en el
movimiento de lo que es carga desconocida de una electricidad desconocida en
un éter desconocido; esta dialéctica de las transformaciones materiales
que se efectúan en el laboratorio y en la fábrica, no sirve a los ojos del
idealista (como a los del gran público y a los de los machistas) de
confirmación de la dialéctica materialista, sino de argumento contra el
materialismo: ". . . La teoría mecánica, como explicación obligatoria
(professed) del universo, recibe un golpe mortal por el mismo progreso de la
física mecánica" (143). . . El mundo es materia en movimiento, contestamos
nosotros, y la mecánica refleja las leyes del movimiento de esa materia en
relación a movimientos lentos, mientras
pág. 363
que la teoría electro-magnética las refleja en relación a movimientos
rápidos. . . "El átomo dimensional, sólido, indestructible, ha sido siempre el
punto de apoyo de la concepción materialista del mundo. Desgraciadamente, para
esta concepción, el átomo dimensional no ha satisfecho las exigencias (was not
equal to the demands) presentadas por el creciente conocimiento". . . (144).
La destructibilidad del átomo, su inagotabilidad, la variabilidad de todas las
formas de la materia y de su movimiento, han sido siempre el sostén del
materialismo dialéctico. Todos los límites en la naturaleza son
convencionales, relativos, movibles, expresan la aproximación de nuestra
inteligencia al conocimiento de la materia, pero esto no demuestra en modo
alguno que la naturaleza, la materia, sea en sí un símbolo, un signo
convencional, es decir, un producto de nuestra inteligencia. El electrón es al
átomo lo que sería un punto de este libro al volumen de un edificio que
tuviera 64 metros de largo por 32 de ancho y 16 de alto (Lodge), se mueve con
una velocidad de 270.000 kilómetros por segundo, su masa varía con su
velocidad, hace 500 trillones de revoluciones por segundo; todo ello es mucho
más complicado que la antigua mecánica, pero todo ello es movimiento de la
materia en el espacio y el tiempo. La inteligencia humana ha descubierto
muchas cosas prodigiosas en la naturaleza y todavía hallará más, aumentando
así su dominio de la naturaleza, pero eso no quiere decir que la naturaleza
sea una creación de nuestro espíritu o de un espíritu abstracto, es decir, del
dios de Ward, de la "substitución" de Bogdánov, etc.
". . . Tal ideal [el del "mecanismo"], rigurosamente
(rigorously) aplicado, como teoría del mundo real, nos lleva al nihilismo:
todos los cambios son movimientos, puesto que los movimientos son los únicos
cambios que podemos comprender, y por tanto todo lo que se mueva debe ser
movimiento para
pág. 364
que nosotros lo podamos comprender" (166). . . "Como he tratado de
demostrar, el progreso de la física es justamente el medio más eficaz de
combatir la creencia ignorante que ve en la materia y el movimiento la
sustancia última (inmost), y no los más abstractos símbolos de la suma de
existencia. . . Nunca llegaremos a Dios por el mero mecanismo" (180). . .
¡He aquí algo que ya empieza a parecerse rasgo por rasgo a
los Ensayos "sobre" la filosofía del marxismo! Haría bien, señor
Ward, en dirigirse a Lunacharski, Iushkévich, Basárov y Bogdánov: ellos
predican absolutamente la misma cosa, aunque de un modo "más vergonzante" que
usted.
En 1896, con un júbilo extraordinariamente triunfal, el
conocido idealista kantiano Hermann Cohen escribía en el prólogo a la quinta
edición de la Historia del materialismo, falsificada por Fr. Albert
Lange. "El idealismo teórico -- exclamaba H. Cohen (página XXVI) -- ha
empezado a hacer tambalear el materialismo de los naturalistas, sobre el que
acaso obtenga muy pronto una definitiva victoria". "El idealismo va
impregnando (Durchwirkung) la física nueva". "El atomismo ha debido ceder el
puesto al dinamismo". "El viraje notable consiste en que la investigación de
los problemas químicos de la sustancia haya llevado a un triunfo fundamental
sobre la concepción materialista de la materia. Así como Tales realizó la
primera abstracción formulando el concepto de sustancia, y relacionó con ello
sus razonamientos especulativos sobre el electrón, así también a la teoría de
la electricidad le ha cabido en suerte producir la más profunda revolución en
pág. 365
la concepción de la materia y, transformando la materia en fuerza, traer la
victoria del idealismo" (pág. XXIX).
H. Cohen señala con tanta precisión y claridad como J. Ward
las direcciones filosóficas fundamentales, sin extraviarse (como se
extravían nuestros machistas) en las ínfimas diferencias de un idealismo
energético, simbólico, empiriocriticista, empiriomonista, etc. Cohen toma la
tendencia filosófica fundamental de la escuela de física que
actualmente está ligada a los nombres de Mach, Poincaré y otros,
caracterizando con justeza esta tendencia como idealista. La
"transformación de la materia en fuerza" es en este caso para Cohen la
principal conquista del idealismo, exactamente igual que para los naturalistas
"visionarios" que J. Dietzgen desenmascaraba en 1869. A la electricidad se la
declara colaboradora del idealismo, porque ha destruido la vieja teoría de la
estructura de la materia, ha descompuesto el átomo, ha descubierto nuevas
formas de movimiento material, tan diferentes de las antiguas, tan poco
investigadas aún, tan poco estudiadas, tan extraordinarias, tan "prodigiosas",
que se hace posible introducir subrepticiamente una interpretación de la
naturaleza, considerándola como movimiento inmaterial (espiritual,
mental, psíquico). Lo que ayer era el límite de nuestro conocimiento de las
partículas infinitamente pequeñas de la materia, ha desaparecido; por
consiguiente, concluye el filósofo idealista, ha desaparecido la materia (pero
el pensamiento perdura). Todo físico y todo ingeniero saben que la
electricidad es un movimiento (material), pero ninguno sabe a ciencia cierta
qué es lo que aquí se mueve; por consiguiente, concluye el filósofo
idealista, se puede engañar a las personas faltas de instrucción filosófica
haciéndoles esta proposición de una seductora "economía": Vamos a
concebir el movimiento sin materia. . .
pág. 366
H. Cohen se esfuer~a en reclutar como aiiado al célebre
físico Heinrich Hertz. ¡ Hertz es de los nuestros, dice, es kantiano, en él se
encuentra admitido el a priori! ¡Hertz es de los nuestros, sigue a Mach!,
replica el machista Kleinpeter pues en Hertz se vislumbra "la misma concepción
subjetivista de la esencia de nuestras nociones que vemos en Mach"[*]. Esta curiosa discusión acerca del
campo a que pertenece Hertz nos ofrece un bonito ejemplo de cómo los
filósofos idealistas se aferran al menor error, a la menor falta de claridad
en la expresión de los grandes naturalistas, a fin de justificar su renovada
defensa del fideísmo. En realidad, la introducción filosófica de H. Hertz a su
Mecánica ** revela el punto de vista habitual de un naturalista
intimidado por los clamores profesorales contra la "metafísica" del
materialismo, pero que no llega ni mucho menos a deshacerse de su convicción
espontánea sobre la realidad del mundo exterior. Esto lo reconoce el propio
Kleinpeter, que, por una parte, lanza a la masa de los lectores folletos de
vulgarización completamente embusteros, en donde se trata de la teoría del
conocimiento de las ciencias naturales y en los que Mach figura al lado
de Hertz, y que, por otra parte, en unos artículos filosóficos especiales,
confiesa que "Hertz, al contrario que Mach y Pearson, se atiene todavía al
prejuicio de que toda la física es susceptible de una explicación
mecánica"***, se atiene a la concepción de la cosa en sí y al "habitual punto
de vista de los físicos", "se atiene todavía a la existencia del mundo en
sí"****, etc.
pág. 367
Es interesante citar la opinión de Hertz sobre la energética.
"Si queremos inquirir -- dice -- la razón real de por qué a la física
contemporánea le gusta expresarse con el lenguaje ener gético, la respuesta
será: porque es el modo que mejor le permite evitar el hablar de cosas de las
que sabemos muy poco . . . Naturalmente, todos estamos convencidos de que la
materia ponderable está compuesta de átomos; y en algunos casos tenemos ideas
hasta cierto grado precisas sobre la magnitud de los átomos y sobre sus
movimientos. Pero la forma de los átomos, su cohesión, sus movimientos, en la
mayoría de los casos, nos quedan completamente ocultos. . . De modo que
nuestra concepción sobre los átomos es de por sí un importante e interesante
objeto de ulteriores investigaciones, pero en modo alguno sirve de base sólida
y segura a las teorías matemáticas" (loc. cit., III, 2I). Hertz esperaba de
investigaciones posteriores sobre el éter la explicación de la "esencia de la
antigua materia, de su inercia y de su fuerza de gravitación" (I, 354)
Así que a Hertz ni siquiera se le viene a las mientes la
posibilidad de una concepción no materialista de la energía. La energética ha
servido de motivo a los filósofos para escapar del materialismo al idealismo.
El naturalista ve en la energética un cómodo procedimiento de exposición de
las leyes del movimiento material, en estos tiempos en que los físicos, si
podemos expresarnos así, han dejado el átomo, pero no han llegado al electrón.
Estos tiempos continúan aún ahora en grado considerable: una hipótesis es
reemplazada por otra; no sabemos absolutamente nada del electrón positivo;
hace tres meses solamente (el 22 de junio de 1908) que Jean Becquerel declaró
a la Academia francesa haber conseguido encontrar esa "nueva parte integrante
de la materia" (Comptes rendus des séances de l'Académie des Sciences,
pág. 1311). ¿Cómo no iba
pág. 368
a aprovecharse la filosofía idealista de la ventajosa situación en que la
inteligencia humana aún no hace más que "buscar" la "materia", y, por
consiguiente, esa materia no es más que un "símbolo", etc.?
Otro idealista alemán, de un matiz mucho más reaccionario que
Cohen, Eduard Von-Hartmann ha consagrado un libro entero a la Concepción
del mundo en la física moderna (Die Weltanschauung der modernen
Physik, Lpz., 1902). No nos interesan, naturalmente, las reflexiones
especiales del autor sobre la variedad de idealismo que defiende. Tan sólo nos
importa hacer notar que también este idealista constata los mismos fenómenos
que han sido constatados por Rey, Ward y Cohen. "La física contemporánea ha
crecido en un terreno realista -- dice E. Hartmann --, y sólo la tendencia
neokantiana y agnóstica de nuestra época la ha desviado hacia la
interpretación de sus últimos resultados en un sentido idealista" (218). Según
E. Hartmann, en la base de la novísima física están tres sistemas
gnoseológicos: la hylocinética (del griego hyle = materia y kinesis =
movimiento: es decir, el reconocimiento de que los fenómenos físicos son
movimiento de la materia), la energética y el dinamismo (es decir, admisión de
la fuerza sin sustancia). Se concibe que el idealista Hartmann defienda el
"dinamismo", deduzca de él que las leyes de la naturaleza son el pensamiento
universal, en una palabra "substituya" lo psíquico colocándolo como base de la
naturaleza física. Pero se ve obligado a reconocer que la hylocinética tiene a
su lado al mayor número de los físicos, que este sistema es el que "más a
menudo se usa" (190), y que su grave defecto está en el "materialismo y el
ateísmo que amenazan a la hylocinética pura" (189). El autor considera, y con
toda razón, la energética como un sistema intermedio y la califica de
agnosticismo (136). Naturalmente es "el aliado del dinamismo puro,
pág. 369
puesto que elimina la sustancia" (págs. VI y 192), mas su agnosticismo
desagrada a Hartmann, por ser como una especie de "anglomanía", contraria al
verdadero idealismo del alemán ultrarreaccionario de pura cepa.
Es en extremo edificante ver cómo este idealista
intransigente, lleno de partidismo (los sin partido son en filosofía de una
estupidez tan desesperante como en política), explica a los físicos lo que en
puridad significa seguir esta o la otra línea gnoseológica. "Entre los físicos
que siguen esta moda -- escribe Hartmann a propósito de la interpretación
idealista de los últimos resultados de la física -- son muy pocos los que se
dan plenamente cuenta de todo el alcance y de todas las consecuencias de tal
interpretación. Tampoco han notado que la física junto con sus leyes
especiales conservaba su significación independiente en tanto que los físicos,
a despecho de su idealismo, se adherían a los postulados fundamentales del
realismo, a saber: la existencia de las cosas en sí, sus modificaciones
reales en el tiempo, la causalidad real. . . Sólo con ayuda de esos postulados
del realismo (el valor transcendental de la causalidad, del tiempo y del
espacio de tres dimensiones), es decir, sólo a condición de que la naturaleza,
cuyas leyes exponen los físicos, coincida con el reino de las cosas en sí. . .
es como se puede hablar de las leyes de la naturaleza a diferencia de las
leyes psicológicas. Solamente en el caso de que las leyes de la naturaleza
actúen en un terreno, independiente de nuestro pensamiento, pueden servir de
explicación del hecho de que las conclusiones lógicamente necesarias basadas
en nuestras imágenes mentales, resultan ser las imágenes de los resultados
naturalmente necesarios de lo desconocido, que tales imágenes reflejan o
simbolizan en nuestra conciencia" (218-219).
Hartmann comprende acertadamente que el idealismo de la nueva
física es precisamente una moda, y no un viraje filo-
pág. 370
sófico serio para apartarse del materialismo de las ciencias naturales,
razón por la cual explica acertadamente a los físicos que para convertir la
"moda" en un idealismo filosófico consecuente e integral, es menester
transformar radicalmente la doctrina de la realidad objetiva del tiempo, del
espacio, de la causalidad y de las leyes de la naturaleza. No se puede
considerar sólo a los átomos, a los electrones y al éter como puros símbolos,
pura "hipótesis de trabajo"; también al tiempo, al espacio, a las leyes de la
naturaleza y a todo el universo exterior, hay que declararlos "hipótesis de
trabajo". O el materialismo, o la substitución universal de lo psíquico,
colocándolo como base de toda la naturaleza física; a muchas personas les
gusta confundir esos dos oficios, pero Bogdánov y yo no nos encontramos entre
ellos.
De entre los físicos alemanes Ludwig Boltzmann, muerto en
1906, es quien ha combatido sistemáticamente la corriente machista. Ya hemos
indicado que al "apasionamiento por los nuevos dogmas gnoseológicos" oponía la
demostración sencilla y clara de que la doctrina de Mach se reduce al
solipsismo (v. más arriba, cap. I, § 6). Boltzmann teme, naturalmente,
denominarse materialista y hasta especifica que no está ni mucho menos contra
la existencia de Dios*. Pero su teoría del conocimiento es, en el fondo,
materialista, y expresa la opinión de la mayoría de los naturalistas, como lo
reconoce S. Günther**, historiador de las ciencias naturales del siglo XIX.
"Deducimos la existencia de todas las cosas por las impresiones que producen
sobre nuestros sentidos", dice L. Boltzmann
pág. 371
(loc. cit., pág. 29). La teoria es una "imagen" (o una reproducción) de la
naturaleza, del mundo exterior (77). A los que afirman que la materia no es
más que un complejo de percepciones de los sentidos, les replica Boltzmann que
en este caso los demás hombres no son tampoco más que sensaciones del que
habla (168). Esos "ideólogos" -- como Boltzmann dice a veces en lugar de decir
filósofos idealistas -- nos dan "un cuadro subjetivo del mundo" (176), pero el
autor prefiere "un cuadro más sencillo, un cuadro objetivo del mundo". "El
idealista compara la afirmación de que la materia existe igual que nuestras
sensaciones, con la opinión del niño, para el que la piedra que él golpea
siente dolor. El realista compara la opinión de que no es posible
representarse lo psíquico como derivado de la materia o hasta del juego de los
átomos, con la opinión del ignorante que afirma que la distancia entre la
tierra y el sol no puede ser de veinte millones de millas, porque él no puede
representársela" (186). Boltzmann no renuncia al ideal científico que
representa al espíritu y a la voluntad como unas "acciones complejas de
partículas de materia" (396).
L. Boltzmann ha polemizado reiteradas veces, desde el punto
de vista de un físico, con la energética de Ostwald, demostrando que este
último ni puede refutar ni eliminar las fórmulas de la energía cinética (igual
al producto de la mitad de la masa por el cuadrado de la velocidad), y que
gira en un círculo vicioso, deduciendo primero la energía de la masa (adopta
la fórmula de la energía cinética) y definiendo luego la masa como energía
(págs. 112-139). Recuerdo con este motivo la paráfrasis que hace Bogdánov de
Mach en el tercer libro de su Empiriomonismo. "En la ciencia -- escribe
Bogdánov, refiriéndose a la Mecánica de Mach -- el concepto de materia
se reduce al coeficiente de la masa tal como aparece en las ecuaciones de la
mecánica, coeficiente que después de un análisis
pág. 372
exacto resulta ser la magnitud inversa de la aceleración en Ia interacción
de dos complejos físicos o cuerpos" (pág. 146). Ni que decir tiene que si se
toma un cuerpo cualquiera como unidad, el movimiento (mecánico) de
todos los otros cuerpos puede ser expresado por una sencilla relación de
aceleración. Pero los "cuerpos" (esto es, la materia), no por eso desaparecen,
no dejan de existir independientemente de nuestra conciencia. Reducido todo el
universo al movimiento de los electrones, sería posible eliminar el electrón
de todas las ecuaciones, precisamente porque estaría sobreentendido en todos
los casos, y la correlación entre grupos o agregados de electrones se
reduciría a la correlación de sus aceleraciones mutuas, si las formas del
movimiento fuesen aquí tan simples como en mecánica.
Combatiendo la física "fenomenológica" de Mach y compañía,
afirmaba Boltzmann que "los que piensan eliminar la atomística por medio de
ecuaciones diferenciales, no ven el bosque tras los árboles" (144). "Si no nos
hacemos ilusiones sobre el alcance de las ecuaciones diferenciales, está fuera
de duda que el cuadro del mundo (construido con ayuda de las ecuaciones
diferenciales) seguirá siendo necesariamente atomístico, un cuadro de cómo,
según ciertas reglas, cambiarán en el tiempo enormes cantidades de cosas
situadas en el espacio de tres dimensiones. Tales cosas pueden, naturalmente,
ser idénticas o diferentes, inmutables o cambiantes", etc. (156). "Es bien
evidente que la física fenomenológica no hace más que esconderse bajo la
vestidura de las ecuaciones diferenciales -- dijo Boltzmann en 1899, en su
discurso en el Congreso de los naturalistas en Munich --, pero, en realidad,
también ella parte de seres individuales [Einzelwesen] semejantes a átomos. Y
como es preciso representarse a estos seres como poseedores de propiedades
diferentes, en los diversos grupos de fenómenos, pronto se dejará sentir la
necesidad de una ato-
pág. 373
mística más sencilla y más uniforme" (pág. 223). "La teoría de los
electrones se desarrolla precisamente transformándose en la teoría atomística
de todos los fenómenos de la electricidad" (357). La unidad de la naturaleza
se manifiesta en la "asombrosa analogía" de las ecuaciones diferenciales que
se refieren a los diferentes órdenes de los fenómenos. "Las mismas ecuaciones
pueden servir para resolver las cuestiones de la hidrodinámica y para explicar
la teoría de las potenciales. La teoría de los remolinos en los liquidos y la
teoría del rozamiento de los gases [Gasreibung] tienen una chocante analogía
con la teoría del electro-magnetismo, etc." (7). Los que reconocen la "teoría
de la substitución universal" no eludirán de ningún modo la siguiente
pregunta: ¿A quién se le ha ocurrido, pues, la idea de "substituir" tan
uniformemente la naturaleza física?
Como para contestar a los que tiran por la borda al "físico
de la vieja escuela", relata Boltzmann con todo detalle cómo algunos
especialistas de "química física" adoptan el punto de vista gnoseológico
opuesto al machismo. El autor de "uno de los mejores", según Boltzmann,
trabajos de recopilación publicado en 1903, Vaubel, "es francamente hostil a
la física fenomenológica, tan a menudo alabada" (38I). "Se esfuerza por
formarse una idea tan concreta y tan clara como le sea posible de la
naturaleza de los átomos y de las moléculas, así como de las fuerzas que entre
ellos actúan. Intenta compaginar dicha idea con las más recientes experiencias
efectuadas en este campo" (iones, electrones, radio, efecto Seeman, etc.). "El
autor se atiene rigurosamente al dualismo entre la materia y la energía*,
especialmente al exponer la ley de la conservación de la
pág. 374
materia y la ley de la conservacion de la energía. En lo que concierne a la
materia, el autor se atiene igualmente al dualismo entre la materia ponderable
y el éter, pero este último es a sus ojos material en el estricto sentido de
la palabra" (381). En el tomo segundo de su obra (teoría de la electricidad)
el autor "sustenta desde el principio el punto de vista de que los fenómenos
eléctricos son condicionados por la acción recíproca y por el movimiento de
individuos análogos a átomos, a saber: los electrones" (383).
Por consiguiente, lo que el espiritualista J. Ward reconocía
para Inglaterra se confirma también para Alemania, a saber: que los físicos de
la escuela realista sistematizan con no menos acierto que los físicos de la
escuela simbolista los hechos y descubrimientos de estos últimos años, y que
la diferencia esencial consiste "tan sólo " en el punto de vista
gnoseológico*.
pág. 375
En Francia, la filosofía idealista se ha aferrado con no
menos resolución a las vacilaciones de la fisica machista. Ya hemos visto cómo
acogieron los neocriticistas a la Mecánica de Mach, señalando
inmediatamente el carácter idealista de las bases de la filosofía de Mach. El
machista francés Poincaré (Henri) ha sido todavía más favorecido en este
sentido. La más reaccionaria filosofía idealista, de tendencia claramente
fideísta, se ha aferrado al punto a su teoría. El representante de esta
filosofía, Le Roy, hacía el siguiente razonamiento: las verdades de la ciencia
son signos convencionales, símbolos; habéis renunciado a las absurdas
pretensiones "metafísicas" de conocer la realidad objetiva; sed, pues, lógicos
y convenid con nosotros en que la ciencia no tiene más que un valor prácti-
pág. 376
co en un campo de la actividad humana, y que la religión tiene en otro
campo de la humana actividad un valor no menos real que la ciencia ¡ la
ciencia "simbólica", machista, no tiene derecho a negar la teología. H.
Poincaré, muy molesto con tales conclusiones, las ha atacado especialmente en
el libro El valor de la ciencia. Pero ved qué posición
gnoseológica ha tenido que adoptar para desembarazarse de aliados del tipo de
Le Roy: "El señor Le Roy -- escribe Poincaré -- declara a la inteligencia
irremediablemente impotente como fuente de conocimiento; esto no lo hace sino
para dejar campo más amplio a otras fuentes, al corazón, por ejemplo, al
sentimiento, al instinto, a la fe" (214-215). "No voy hasta el límite": Las
leyes científicas son convencionalismos, símbolos, pero "si las 'recetas'
científicas tienen un valor, como regla de acción, es porque en general, como
sabemos, tienen éxito. Saber esto quiere decir saber ya algo, y siendo así,
¿qué derecho tenéis de decir que no podemos conocer nada?" (219).
H. Poincaré apela al criterio de la práctica. Pero eso no es
más que desplazar la cuestión sin resolverla, pues tal criterio puede ser
interpretado lo mismo en sentido subjetivo que en sentido objetivo. Le Roy
admite también este criterio para la ciencia y la industria; solamente niega
que ese criterio sea una prueba de verdad objetiva, pues tal negación
le basta para reconocer la verdad subjetiva de la religión a la vez que la
verdad subjetiva de la ciencia (inexistente fuera de la humanidad). H.
Poincaré ve que, para hacer frente a Le Roy, no puede limitarse a apelar a la
práctica y pasa a la cuestión de la objetividad de la ciencia. "¿Cuál es el
criterio de la objetividad de la ciencia? Es precisamente el mismo que el
criterio de nuestra fe en los objetos exteriores. Estos son reales por cuan to
las sensaciones que originan en nosotros (qu'ils nous font
pág. 377
éprouver) nos aparecen como unidas entre sí por no sé qué indestructible
vínculo y no por el azar de un día" (269-270).
Es admisible que el autor de un razonamiento así pueda ser un
gran físico. Pero es completamente indiscutible que sólo los
Voroshílov-Iushkévich pueden tomarlo en serio en calidad de filósofo. ¡De modo
que el materialismo ha sido aniquilado por una "teoría" que al primer ataque
del fideísmo busca refugio bajo el ala del materialismo! Puesto que es
puro materialismo considerar que las sensaciones son originadas en nosotros
por los objetos reales y que la "fe" en la objetividad de la ciencia es
idéntica a la "fe" en la existencia objetiva de los objetos exteriores.
". . . Puede decirse, por ejemplo, que el éter no tiene menos
realidad que un cuerpo exterior cualquiera" (pág. 270).
¡Qué alboroto habrían armado los machistas si esto lo hubiera
dicho un materialista! Cuántas bromas chabacanas se habrían soltado a
propósito del "materialismo etéreo", etc. Pero el fundador del novísimo
empiriosimbolismo nos asegura cinco páginas después: "Todo lo que no sea
pensamiento es la pura nada; puesto que nosotros no podemos pensar más que el
pensamiento". . . (276). Se equivoca usted, señor Poincaré: sus obras prueban
que hay personas que no pueden pensar más que contrasentidos. Una de ellas es
George Sorel, confusionista bien conocido, quien afirma que las "dos primeras
partes" del libro de Poincaré sobre el valor de la ciencia "están escritas en
el espíritu de Le Roy", y que, por consiguiente, ambos filósofos pueden
"reconciliarse" en cuanto a lo siguiente: el intento de establecer identidad
entre la ciencia y el universo es una ilusión, no hay necesidad de preguntarse
si la ciencia puede conocer a la naturaleza, basta que la ciencia armonice con
los mecanismos que creamos (Georges Sorel:
pág. 378
Les préoccupations métaphysiques des physiciens modernes, París,
1907, págs. 77, 80, 81).
Pero si basta con sólo mencionar la "filosofía" de Poincaré y
pasarla por alto, es necesario detenerse con detalle en las obras de A. Rey.
Hemos indicado ya que las dos direcciones fundamentales de la física
contemporánea calificadas por Rey de "conceptualista" y de "neo-mecanista", se
reducen a la diferencia que existe entre la gnoseología idealista y la
materialista. Veamos ahora cómo el positivista Rey resuelve un problema
diametralmente opuesto al del espiritualista J. Ward y de los idealistas H.
Cohen y E. Hartmann, a saber: no recoger los errores filosóficos de la nueva
física, su desviación hacia el idealismo, sino corregir esos errores y
demostrar la ilegitimidad de las conclusiones idealistas (y fideístas) de la
nueva física.
El leitmotiv de toda la obra de A. Rey es el reconocimiento
del hecho de que la nueva teoría física de los "conceptualistas" (machistas)
ha sido explotada por el fideísmo (págs. II, 17, 220, 362 y otras) y
por el "idealismo filosófico " (200), por el escepticismo en relación a
los derechos de la razón y a los derechos de la ciencia (210, 220), por el
subjetivismo (311), etc. Y por eso hace A. Rey, con absoluta razón, del
análisis "de las opiniones de los físicos sobre el valor objetivo de la
física" el centro de su trabajo (3).
¿Cuáles son los resultados de tal análisis?
Tomemos el concepto fundamental, el concepto de experiencia.
Rey asegura que la interpretación subjetivista de Mach (al que, para
simplificar y abreviar, tomaremos como representante de la escuela llamada por
Rey conceptualista) no es más que una equivocación. Cierto es que uno de los
"nuevos rasgos principales de la filosofía de fines del siglo XIX" es que "el
empirismo, cada vez más afinado, cada vez
pág. 379
más rico en matices, conduce al fideísmo, al reconocimiento de la
supremacía de la fe, cuando antes había sido la gran arma de combate en la
lucha del escepticismo contra las afirmaciones de la metafísica. ¿No ha
ocurrido esto porque, en el fondo, se ha deformado por insensibles
gradaciones, poco a poco, el sentido real de la palabra 'experiencia'? En
realidad, la experiencia, si la tomamos en las condiciones de existencia, en
la ciencia experimental que la precisa y afina, la experiencia nos lleva a la
necesidad y a la verdad" (398). ¡No se puede dudar que toda la doctrina de
Mach, en el amplio sentido de la palabra, sea más que una deformación, por
medio de insensibles gradaciones, del sentido real de la palabra
"experiencia"! Pero Rey, que no acusa de dicha deformación más que a los
fideístas, y no al mismo Mach, ¿cómo corrige esta deformación? Escuchad: "La
experiencia es, por definición, conocimiento del objeto. En la ciencia física,
esta definición es más adecuada que en cualquiera otra. . . La experiencia es
aquello sobre lo que nuestra inteligencia no manda, aquello que nuestros
deseos, nuestra voluntad, no pueden modificar, lo que nos es dado, lo que
nosotros no creamos. La experiencia es el objeto frente (en face du) al
sujeto" (314).
¡He aquí un ejemplo típico de la defensa de la doctrina de
Mach por Rey! Engels dio pruebas de una perspicacia genial al definir como
"materialistas vergonzantes" al tipo más moderno de partidarios del
agnosticismo filosófico y del fenomenismo. Rey, positivista y fenomenista
celoso, es un ejemplar sobresaliente de este tipo. Si la experiencia es
"conocimiento del objeto", si la "experiencia es el objeto frente al sujeto",
si la experiencia consiste en que "algo de fuera (quelque chose du dehors)
existe y existe necesariamente" [se pose et en se posant s'impose, pág. 324],
¡esto, evidentemente, no es otra cosa que materialismo! El fenomenismo de Rey,
pág. 380
su celo en afirmar que nada existe fuera de las sensaciones, que lo
objetivo es lo que tiene una significación universal, etc., etc., todo ello no
es más que disimulo, velo verbal echado sobre el materialismo, puesto que se
nos dice:
"Es objetivo lo que nos es dado de fuera, impuesto (imposé)
por la experiencia, lo que no hacemos, pero está hecho independientemente de
nosotros y en cierto modo nos hace a nosotros" (320). ¡Rey defiende el
"conceptualismo", destruyendo el conceptualismo! No llega a refutar las
conclusiones idealistas de la doctrina de Mach más que interpretándola en el
sentido del materialismo vergonzante. Al reconocer la diferencia de las dos
direcciones de la física contemporánea, Rey se esfuerza con el sudor de su
frente en borrar todas las diferencias, en favor de la dirección materialista.
Por ejemplo, hablando de la escuela del neomecanismo, Rey dice que ésta no
admite "ninguna duda, ninguna incertidumbre", en cuanto a la objetividad de la
física (237): "aquí [es decir, sobre la base de las doctrinas de dicha
escuela] os sentís lejos de los rodeos que os veíais obligados a dar
examinando las cosas desde el punto de vista de las otras teorías de la
física, para llegar a fijar esa misma objetividad".
Esos "rodeos" de la doctrina de Mach, Rey precisamente los
disimula, los encubre con un velo a lo largo de su exposición. El rasgo
fundamental del materialismo consiste precisamente en que parte de la
objetividad de la ciencia, del reconocimiento de la realidad objetiva
reflejada por la ciencia, mientras que el idealismo tiene necesidad de
"rodeos" para "deducir" la objetividad, de un modo u otro, del espíritu, de la
conciencia, de lo "psíquico". "La escuela neomecanista [es decir, la escuela
dominante] de la física -- escribe Rey -- cree en la realidad de la
teoría física, en el mismo sentido en que la humanidad cree en la
realidad del mundo exterior" (pág.
pág. 381
234, §22: tesis). Para esta escuela, "la teoría pretende ser la copia (le
décalque) del objeto" (235).
Esto es justo. Y ese rasgo fundamental de la escuela
"neomecanista" no es otra cosa que la base de la gnoseología
materialista. Este hecho capital no puede ser atenuado ni por la
negación que Rey hace del materialismo, ni por las afirmaciones de este autor
según las cuales los neomecanistas son también, en el fondo, fenomenistas,
etc. La diferencia esencial entre los neomecanistas (materialistas más o menos
vergonzantes) y los machistas consiste precisamente en que estos últimos se
apartan de esa teoría del conocimiento y, al apartarse, caen
inevitablemente en el fideísmo.
Considerad la actitud de Rey hacia la doctrina de Mach sobre
la causalidad y la necesidad natural. Sólo a primera vista -- afirma Rey --
Mach "se acerca al escepticismo" (76) y al "subjetivismo" (76); tal "equívoco"
(équivoque) (pág. 115) se disipa así que se considera en su totalidad la
doctrina de Mach. Y Rey la considera en su totalidad, cita diversos textos
sacados de la Teoría del calory del Análisis de las sensaciones,
deteniéndose especialmente en el capítulo dedicado, en la primera de esas
obras, a la causalidad; ¡pero . . . pero se guarda de citar el párrafo
decisivo, la dedaración de Mach de que no hay necesidad física,
no hay más que necesidad lógica! Sobre esto puede decirse solamente que
no es una interpreta ción, sino un aderezo del pensamiento de Mach, una
tentativa de borrar la diferencia entre el "neomecanismo" y la doctrina de
Mach. Conclusión de Rey: "Mach continúa el análisis y acepta las conclusiones
de Hume, de Mill y de todos los fenomenistas, según los cuales la causalidad
no tiene en sí nada de sustancial y no es más que una costumbre del
pensamiento. Mach acepta la tesis fundamental del fenomenismo, en relación con
la cual la teoría de la causalidad es una simple conse-
pág. 382
cuencia, a saber: que no existe nada, excepto las sensaciones. Pero Mach
añade, en una dirección claramente objetivista: la ciencia, al analizar las
sensaciones, encuentra en ellas elementos permanentes y comunes que,
abstraídos de las sensaciones, tienen la misma realidad que ellas, puesto que
de ellas provienen por vía de la observación sensible. Y esos elementos
comunes y permanentes, a saber: la energía y sus transformaciones, son el
fundamento de la sistematización de la física" (117).
¡De modo que Mach adopta la teoría subjetiva de la causalidad
de Hume y la interpreta en un sentido objetivista! Rey esquiva el asunto, al
defender a Mach haciendo referencias a la inconsecuencia de este último y al
llevar a la conclusión de que en la interpretación "real" de la experiencia
esta experiencia conduce al reconocimiento de la "necesidad". Pero la
experiencia es lo que nos es dado desde fuera, y si la necesidad natural, si
las leyes naturales también son dadas al hombre desde fuera, desde la
naturaleza objetivamente real, en tal caso, naturalmente, toda diferencia
entre el machismo y el materialismo desaparece. Rey defiende el machismo
contra el "neomecanismo", capitulando en toda la línea ante este último,
limitándose a justificar la palabra fenomenismo, y no la esencia de esta
dirección.
Poincaré, por ejemplo, plenamente en el espíritu de Mach,
deduce las leyes naturales -- incluso que el espacio tiene tres dimensiones --
de la "comodidad". Rey se apresura a "aclarar" que esto no significa, en modo
alguno, "arbitrariedad"; no, "comodidad" expresa en este caso "adaptación
al objeto " (subrayado por Rey, pág. 196). ¡Maravillosa diferenciación de
las dos escuelas y bonita "refutación" del materialismo; nada hay que decir! .
. . "Si la teoría de Poincaré se separa lógicamente por un infranqueable
abismo de la interpretación
pág. 383
ontológica de la escuela mecanista" [es decir, del reconocimiento que esta
escuela hace de que la teoría es la copia del objeto] . . . "si la teoría de
Poincare es propia para servir de apoyo al idealismo filosófico, a lo menos en
el terreno científico concuerda muy bien con la evolución general de las ideas
de la física clásica y con la tendencia a considerar la física como un
conocimiento objetivo, tan objetivo como la experiencia, es decir, como las
sensaciones de las que la experiencia emana" (200).
Por una parte, no se puede menos que admitir; por otra, hay
que convenir. Por una parte, un abismo infranqueable separa a Poincaré del
neomecanismo, a pesar de que Poincaré está situado en el centro entre
el "conceptualismo" de Mach y el neomecanismo, y ningún abismo separa, al
parecer, a Mach del neomecanismo. Por otra parte, Poincaré es plenamente
compatible con la física clásica, que, según las palabras del propio Rey, se
mantiene por completo en el punto de vista del "mecanismo". De un lado, la
teoría de Poincaré puede servir de apoyo al idealismo filosófico; de otro
lado, es compatible con la interpretación objetiva de la palabra experiencia.
De una parte, esos malos fideístas han tergiversado, con ayuda de
imperceptibles desviaciones, el sentido de la palabra experiencia,
retrocediendo del punto de vista justo que dice que la "experiencia es
objeto"; de otra parte, la objetividad de la experiencia significa únicamente
que la experiencia es sensación, -- ¡lo que aprueban plenamente tanto Berkeley
como Fichte!
Rey ha caído en un embrollo porque se ha propuesto solucionar
un problema insoluble: "conciliar" la oposición entre la escuela materialista
y la escuela idealista en la nueva física. Intenta atenuar el materialismo de
la escuela neomecanista, refiriendo al fenomenismo las ideas de los físicos,
que consi-
pág. 384
deran su teoría como copia del objeto*. E intenta debilitar el idealismo de
la escuela conceptualista, suprimiendo de ella las afirmaciones más
categóricas de sus adeptos e interpretando las restantes en el sentido de un
materialismo vergonzante. Por ejemplo, la apreciación dada por Rey del valor
teórico de las ecuaciones diferenciales de Maxwell y de Hertz demuestran hasta
qué punto es ficticia su renunciación laboriosa del materialismo. El hecho de
que estos físicos limiten su teoría a un sistema de ecuaciones es a los ojos
de los ma-
pág. 385
chistas una refutación del materialismo: aquí todo son ecuaciones, ninguna
materia, ninguna realidad objetiva, nada más que símbolos. Boltzmann refuta
este punto de vista, comprendiendo que refuta la física fenomenológica. ¡Rey
lo refuta, creyendo defender el fenomenismo! "No se puede -- dice -- renunciar
a clasificar a Maxwell y Hertz entre los 'mecanistas', por el hecho de que se
hayan limitado a unas ecuaciones, semejantes a las ecuaciones diferenciales de
la dinámica de Lagrange. Ello no quiere decir que, a juicio de Maxwell y de
Hertz, no podamos construir, sobre elementos reales, una teoría mecánica de la
electricidad. Muy al contrario: el hecho de ser representados los fenómenos
eléctricos por una teoría cuya forma es idéntica a la forma general de la
mecánica clásica, demuestra su posibilidad" (253) . . . La falta de precisión
que hoy observamos en la solución de este problema, "disminuirá a medida que
se precise la naturaleza de las unidades cuantitativas, es decir, de
los elementos que entran en las ecuaciones". El hecho de que tales o cuales
formas del movimiento material aún no se hayan estudiado, no justifica, para
Rey, la negación de la materialidad del movimiento. "La homogeneidad de la
materia" (262), concebida no como postulado, sino como resultado de la
experiencia y del desarrollo de la ciencia; la "homogeneidad del objeto de la
física", es la condición que permite aplicar las medidas y los cálculos
matemáticos.
Citemos la apreciación, formulada por Rey, del criterio de la
práctica en la teoría del conocimiento: "A la inversa de los postulados del
escepticismo, tenemos derecho a decir que el valor práctico de la ciencia se
deriva de su valor teórico" (368) . . . Rey prefiere callar que Mach, Poincaré
y toda su escuela suscriben sin la menor ambiguedad esos postulados del
escepticismo . . . "Uno y otro valor son los dos aspectos in-
pág. 386
separables y rigurosamente paralelos de su valor objetivo. Decir que una
ley de la naturaleza tiene un valor práctico . . . viene a decir en el fondo
que esa ley de la naturaleza tiene una significación objetiva. Ejercer una
acción sobre el objeto implica una modificación de dicho objeto, una reacción
del objeto conforme a nuestros cálculos o previsiones, en virtud de los cuales
hemos emprendido esta acción. Por consiguiente, estos cálculos o estas
previsiones encierran elementos controlados por el objeto y por nuestra
acción . . . Luego hay en esas diversas teorías una parte de objetividad"
(368) Esta teoría del conocimiento es completamente materialista,
exclusivamente materialista, pues los demás puntos de vista y en particular la
doctrina de Mach, niegan la significación objetiva del criterio de la
práctica, es decir, su significación independiente del hombre y de la
humanidad.
En resumen: abordando la cuestión de una manera enteramente
diferente de la de Ward, Cohen y Cía., ha llegado Rey a los mismos resultados:
a reconocer las tendencias materialista e idealista como la base de la
división de las dos escuelas principales de la física moderna.
En virtud de ciertas condiciones fastidiosas de mi trabajo
casi no he podido conocer la literatura rusa sobre el asunto de que se trata.
Me limitaré, pues, a la exposición de un artículo, muy importante para mi
tema, debido a la pluma de nuestro conocido filósofo ultrarreaccionario
señor Lopatin. Este artículo, titulado "Un físico idealista",
apareció en las Cuestiones de Filosofía y de Psicología [61] el año pasado (1907,
septiembre-octubre). Filósofo idealista ruso de pura cepa, el señor Lopatin
mantiene con respecto a los idealistas europeos contem-
pág. 387
poráneos aproximadamente la misma actitud que la "Unión del Pueblo ruso"
respecto a los partidos reaccionarios de la Europa occidental. Pero por lo
mismo es tanto más instructivo ver cómo se manifiestan unas tendencias
filosóficas similares en unos medios completamente diferentes en cuanto a la
cultura y a las costumbres. El artículo del señor Lopatin es, como dicen los
franceses, éloge, un panegírico del difunto físico ruso N. I. Shishkin
(fallecido en 1906). 'Al señor Lopatin le ha entusiasmado que ese hombre
instruido, que tanto se ha interesado por Hertz y por la nueva física en
general, no solamente haya pertenecido a la derecha del partido kadete (pág.
339), sino que haya sido también profundamente creyente, admirador de la
filosofía de V. Soloviev, etc., etc. Sin embargo, a pesar de su predominante
"tendencia" hacia los dominios en que lo filosófico linda con lo policiaco, el
señor Lopatin ha sabido dar algún material para la característica de las
concepciones gnoseológicas del físico idealista. "Fue -- escribe el
señor Lopatin -- un autentico positivista en su aspiración constante a la más
amplia crítica de los procedimientos de investigación, de las hipótesis y de
los hechos científicos, para determinar su valor como medios y materiales de
construcción de una concepción del mundo integral acabada. En este sentido, N.
I. Shishkin era el antípoda de un gran número de sus contemporáneos. En mis
artículos publicados en esta revista con anterioridad, he procurado ya
reiteradas veces demostrar de qué materiales heterogéneos y con frecuencia
frágiles se forma la llamada concepción científica del mundo: en ella se
encuentran hechos demostrados, generalizaciones más o menos audaces, hipótesis
convenientes en un momento dado para tal o cual dominio de la ciencia, e
incluso ficciones científicas auxiliares, y todo ello elevado a la categoría
de verdades objetivas irrebatibles, desde el punto de vista de las cuales
deben
pág. 388
ser juzgadas todas las demás ideas y creencias de orden filosófico y
religioso, depurándolas de todo lo que encierran ajeno a dichas verdades.
Nuestro incomparablemente talentudo pensador naturalista, el profesor V. I.
Vernadski ha demostrado con ejemplar claridad todo lo que hay de hueco y de
inoportuno en esas pretensiones de transformar los puntos de vista científicos
de una época histórica dada en un sistema dogmático inmutable y obligatorio.
De esta transformación no sólo son culpables amplios círculos del público que
leen (Nota del señor Lopatin: "Se ha escrito para estos círculos toda
una serie de obras populares destinadas a convencerles de la existencia de un
catecismo científico que contuviese respuestas para todas las preguntas. Son
obras típicas de este género: Fuerze y materia de Büchner o los
Enigmas del universo de Haeckel") y no sólo ciertos sabios
especializados en diversas ramas de las ciencias naturales; lo que es mucho
más extraño, incurren con frecuencia en dicho pecado los filósofos oficiales,
en los que todos los esfuerzos no tienden a veces más que a demostrar que sólo
dicen lo que con anterioridad a ellos han dicho los representantes de las
diversas ciencias especiales, aunque lo dicen con su propio lenguaje.
"N. I. Shishkin no tenía ningún dogmaticismo preconcebido.
Fue un convencido defensor de la explicación mecanista de los fenómenos de la
naturaleza, pero tal explicación no era para él más que un método de
investigación . . ." (341). ¡Hum, hum . . . canciones muy sabidas! . . . "No
pensaba de ningún modo que la teoría mecanista descubriese el fondo mismo de
los fenómenos estudiados; no veía en ella más que el modo más cómodo y fecundo
de agrupar los fenómenos y de fundamentarlos para fines científicos. Por eso
la concepción mecanista de la naturaleza y la concepción materialista de la
misma estaban muy lejos de coincidir, a su juicio . . ."
pág. 389
¡Exactamente como en los autores de los Ensayos "sobre" la
filosofía del marxismo! . . . "Le parecía, por el contrario, que la teoría
mecanista debería adoptar, en las cuestiones de un orden superior, una
posición rigurosamente crítica y hasta conciliadora".
En el lenguaje de los machistas eso se llama "superar" la
oposición "anticuada, estrecha y unilateral" entre el materialismo y el
idealismo. . . "Las cuestiones sobre el primer principio y el fin último de
las cosas, sobre la esencia interna de nuestro espíritu, sobre el libre
albedrío, sobre la inmortalidad del alma, etc., planteadas en toda su
amplitud, no pueden ser de su incumbencia, por el mero hecho de que, como
método de investigación, está encerrada en los límites naturales de su
aplicación exclusiva a los hechos de la experiencia física" (342) . . . Las
dos últimas líneas constituyen, sin discusión, un plagio del
Empiriomonismo de A Bogdánov.
"La luz puede ser considerada como sustancia, como
movimiento, como electricidad, como sensación" -- escribía Shishkin en su
artículo "Sobre los fenómenos psicofísicos desde el punto de vista de la
teoría mecanista" (Cuestiones de Filosofía y Psicología, libro I, pág
127).
Es indudable que el señor Lopatin ha clasificado con entera
justeza a Shishkin entre los positivistas y que este físico pertenecia sin
reservas a la escuela machista de la nueva física. Al hablar de la luz, quiere
decir Shishkin que las diferentes formas de tratar la luz representan
diferentes métodos de "organización de la experiencia" (según la terminología
de A. Bogdánov), igualmente legitimos desde uno u otro punto de vista, o
diferentes "conexiones de elementos" (según la terminología de Mach); y que,
en todo caso, la teoría física de la luz no es una copia de la realidad
objetiva. Pero Shishkin razona todo lo mal que puede. "La luz puede ser
considerada
pág. 390
como sustancia, como movimiento". . . La naturaleza no conoce ni sustancia
sin movimiento, ni movimiento sin sustancia. La primera "oposición" de
Shishkin está, pues, falta de sentido. . . "Como electricidad". . . La
electricidad es un movimiento de la sustancia; luego Shishkin tampoco aquí
tiene razón. La teoría electro-magnética de la luz ha demostrado que la luz y
la electricidad son formas de movimiento de una sola y misma sustancia (el
éter). . . "Como sensación". . . La sensación es una imagen de la materia en
movimiento. Nada podemos saber ni de las formas de la sustancia ni de las
formas del movimiento, si no es por nuestras sensaciones; las sensaciones son
suscitadas por la acción de la materia en movimiento sobre nuestros drganos de
los sentidos. Tal es el punto de vista de las ciencias naturales. La sensación
de luz roja refleja las vibraciones del éter, de una velocidad aproximada de
450 trillones por segundo. La sensación de luz azul refleja las vibraciones
del éter de una velocidad aproximada de 620 trillones por segundo. Las
vibraciones del éter existen independientemente de nuestras sensaciones de
luz. Nuestras sensaciones de luz dependen de la acción de las vibraciones del
éter sobre el órgano humano de la vista. Nuestras sensaciones reflejan la
realidad objetiva, o sea, lo que existe independientemente de la humanidad y
de las sensaciones humanas. Tal es el punto de vista de las ciencias
naturales. Los argumentos de Shishkin contra el materialismo se reducen a la
más ordinaria sofística.
Hemos visto que el problema de las conclusiones gnoseológicas
deducidas de la novísima física está planteado en la literatura inglesa,
alemana y francesa y es discutido desde los
pág. 391
más diferentes puntos de vista. No puede caber la menor duda de que estamos
en presencia de cierta corriente ideológica internacional, que no depende de
un sistema filosófico dado, sino que proviene de ciertas causas generales
situadas fuera del terreno de la filosofía. Las argumentaciones que acabamos
de examinar demuestran indudablemente que la doctrina de Mach "está
relacionada" con la nueva física, y al mismo tiempo demuestran también que la
idea de esa relación, difundida por nuestros machistas, es radicalmente
falsa. Al igual que en filosofía, también en física los machistas siguen
servilmente la moda, sin ser capaces de hacer, desde su propio punto de
vista marxista, un examen general de corrientes determinadas y de valorar el
puesto que éstas ocupan.
Una doble mentira pesa sobre todas las divagaciones acerca de
que la filosofía de Mach es "la filosofía de las ciencias naturales del siglo
XX", "la novísima filosofía de las ciencias naturales", "el novísimo
positivismo naturalista", etc. (Bogdánov, en el prólogo al Análisis de las
sensaciones, págs. IV, XII¡ v. también a Iushkévich, Valentínov y Cia.).
En primer lugar, la doctrina de Mach está relacionada ideológicamente sólo con
una escuela de una rama de las ciencias naturales contemporáneas; en segundo
lugar, y eso es lo más importante, está relacionada con dicha escuela
no por lo que la distingue de todas las demás direcciones y sistemas de la
filosofía idealista, sino por lo que tiene de común con todo el
idealismo filosófico en general. Basta lanzar una ojeada sobre toda la
tendencia ideológica en conjunto que examinamos, para que no pueda
quedar ni sombra de duda en cuanto a la justeza de esta tesis. Ved a los
físicos de esa escuela: el alemán Mach, el francés Henri Poincaré, el belga P.
Duhem, el inglés K. Pearson. Muchas cosas les son comunes; tienen la misma
base y la misma dirección, como cada uno de ellos reconoce con justo motivo,
pero
pág. 392
ni la doctrina del empiriocriticismo, en general, ni la doctrina de los
"elementos del mundo" de Mach, en particular, forman parte de ese patrimonio
común. Los tres últimos físicos citados ni siquiera conocen ni una ni otra
doctrina. Lo que les es común, es "únicamente" el idealismo filosófico, al
cual todos, sin excepción, propenden de un modo más o menos consciente,
más o menos resuelto. Fijaos en los filósofos que se basan en esa
escuela de la nueva física, esforzándose por buscarle una fundamentación
gnoseológica y por desarrollarla, y veréis una vez más que son los
inmanentistas alemanes, los discípulos de Mach, los neocriticistas e
idealistas franceses, los espiritualistas ingleses, el ruso Lopatin, más el
único empiriomonista A. Bogdánov. Todos ellos tienen de común una sola cosa, a
saber: que de un modo más o menos consciente, de un modo más o menos resuelto,
bien con una inclinación brusca y precipitada al fideísmo, bien con una
personal repugnancia respecto de él (A. Bogdánov), todos ellos profesan el
idealismo filosófico.
La idea fundamental de la escuela de la nueva física que
analizamos es la negación de la realidad objetiva que nos es dada en la
sensación y es reflejada por nuestras teorías, o bien la duda sobre la
existencia de dicha realidad. Esta escuela se aparta en el punto indicado del
materialismo (impropiamente llamado realismo, neo-mecanismo,
hylocinética, y que los mismos físicos no desarrollan siquiera sea un poco
conscientemente), que, según confiesan todos, prevalece entre los
físicos, y se aparta de él como escuela del idealismo "físico".
Para explicar este último término, que suena de un modo tan
peregrino, es preciso recordar un episodio de la historia de la novísima
filosofía y de las novísimas ciencias naturales. L. Feuerbach atacaba en 1866
a Johann Müller, el célebre fundador de la novísima fisiología, y lo
clasificaba entre los "idealistas fisiológicos" (Obras, X, pág. 197).
El idealismo de este
pág. 393
fisiólogo consistía en que, al investigar la función del mecanismo de
nuestros órganos de los sentidos en sus relaciones con las sensaciones y al
precisar, por ejemplo, que la sensación de luz puede ser obtenida por diversas
excitaciones del ojo, propendía a inferir de ello la negación de que nuestras
sensaciones sean imágenes de la realidad objetiva. Esta tendencia de una
escuela de naturalistas al "idealismo fisiológico", es decir, a la
interpretación idealista de ciertos resultados de la fisiología, la discernió
L. Feuerbach con mucha sagacidad. La "relación" entre la fisiología y el
idealismo filosófico, del género kantiano principalmente, fue luego explotada
durante mucho tiempo por la filosofía reaccionaria. F. A. Lange especuló sobre
la fisiología en su defensa del idealismo kantiano y en refutación del
materialismo; entre los inmanentistas (a los que A. Bogdánov coloca tan
erróneamente en la línea media entre Mach y Kant), J. Rehmke especialmente se
alza en 1882 contra la pretendida confirmación del kantismo por la
fisiología*. Que una serie de grandes fisiólogos hayan estado en aquella época
indinados al idealismo y al kantismo, es tan indudable como la
inclinación hacia el idealismo filosófico manifestada en nuestros días
por una serie de físicos eminentes. El idealismo "físico", o sea el idealismo
de cierta escuela de físicos de fines del siglo XIX y principios de XX,
"refuta" tan poco el materialismo y demuestra asimismo tan poco la relación
entre el idealismo (o empiriocriticismo) y las ciencias naturales como lo
hicieron en otro tiempo, con análogos esfuerzos, F.A. Lange y los idealistas
"fisiológicos". La desviación hacia la filosofía reaccionaria que en estos dos
casos se ha manifestado en una sola escuela naturalista de una
pág. 394
sola rama de las ciencias naturales, es un zig-zag temporal, un pasajero
período doloroso en la historia de la ciencia, una enfermedad de crecimiento,
debida sobre todo al brusco resquebrajamiento de las viejas nociones
establecidas.
La relación entre el idealismo "físico" contemporáneo y la
crisis de la física actual están generalmente reconocidas, como hemos señalado
antes. "Los argumentos de la crítica escéptica dirigidos contra la física
moderna -- escribe A. Rey, teniendo menos en cuenta a los escépticos que a los
partidarios declarados del fideísmo, tales como Brunetiére -- se reducen, en
esencia, al famoso argumento de todos los escépticos: a la diversidad de
opiniones" (entre los físicos). Pero estas divergencias "no pueden probar nada
contra la objetividad de la física". "Pueden distinguirse en la historia de la
física, como en cualquier historia, grandes períodos que se diferencian por la
forma y por el aspecto general de las teorías. . . En cuanto llega uno de esos
descubrimientos que repercute en todas las partes de la física, porque
establece un hecho capital hasta entonces desconocido o parcialmente conocido,
todo el aspecto de la física se modifica; empieza un nuevo período. Eso es lo
que ha sucedido después de los descubrimientos de Newton, después de los
descubrimientos de Joule -- Mayer y Carnot -- Clausius. Eso es lo que parece
en vías de producirse desde el descubrimiento de la radioactividad. . . Al
historiador que mire las cosas a la necesaria distancia, le costará poco
trabajo comprobar que continúa una evolución donde los contemporáneos ven tan
sólo conflictos, contradicciones, escisiones en escuelas diferentes. Parece
ser que la crisis que ha atravesado la física en estos últimos años (a pesar
de las conclusiones que ha deducido de dicha crisis la crítica filosófica) no
es otra cosa que esto. Es una típica crisis de crecimiento (crise de
croissance), originada por los grandes descu-
pág. 395
brimientos modernos. Es indiscutible que la crisis lleva a la
transformación de la física -- sin esto no habría evolución ni progreso --,
pero no modificará el espíritu científico" (loc cit., págs. 370-372).
¡El conciliador Rey se esfuerza en coligar contra el fideísmo
a todas las escuelas de la física contemporánea! Es una falsedad
bienintencionada, pero una falsedad al fin, puesto que la inclinación de la
escuela de Mach -- Poincaré -- Pearson al idealismo (es decir, al fideísmo
refinado) es indudable. En cuanto a la objetividad de la física, que está
relacionada con los principios del "espíritu científico", a diferencia del
espíritu fideísta, y que Rey defiende con tanto ardor, no es otra cosa que una
formulación "vergonzante" del materialismo. El esencial espíritu materialista
de la física, así como de todas las ciencias naturales contemporáneas, saldrá
vencedor de todas las crisis posibles, a condición tan sólo de que el
materialismo metafísico deje el sitio al materialismo dialéctico.
El conciliador Rey se esfuerza muy a menudo por velar el
hecho de que la crisis de la física contemporánea viene de que ha dejado de
reconocer franca, resuelta e irrevocablemente el valor objetivo de sus
teorías, pero los hechos son más fuertes que todas las tentativas
conciliadoras. "Los matemáticos -- escribe Rey --, acostumbrados a tratar de
una ciencia en la que el objeto -- por lo menos en apariencia -- se crea por
la inteligencia del sabio, o en la que, en todo caso, los fenómenos concretos
no intervienen en la investigación, tienen de la ciencia física un concepto
por demás abstracto: procurando acercarla cada vez más a la matemática, han
llevado la concepción general de la matemática a la física. . . Todos los
experimentadores señalan que hay una invasión del espíritu matemático en los
procedimientos discursivos y en la comprensión de la física. ¿Y no será a esta
influencia, no por oculta menos
pág. 396
preponderante, a la que es debida, a veces, la inseguridad, la
incertidumbre del pensamiento en cuanto a la objetividad de la física, y los
rodeos que hay que dar, o los obstáculos que hay que superar para alcanzarla?
. . ." (227).
Esto está muy bien dicho. El fondo del idealismo "físico" en
boga consiste en la "incertidumbre del pensamiento" en la cuestión de la
objetividad de la física.
". . . Las ficciones abstractas de la matemática parecen
haber interpuesto una pantalla entre la realidad física y la manera como los
matemáticos comprenden la ciencia acerca de esta realidad. Sienten
confusamente la objetividad de la física. . . quieren ser ante todo objetivos,
cuando se aplican a la física, tratan de apoyarse en la realidad y mantener
este apoyo, pero siguen influenciados por las costumbres anteriores. Y hasta
en la energética, que quería construir el mundo más sólidamente y con menos
hipótesis que la vieja física mecanista -- que había procurado calcar
(décalquer) el mundo sensible, y no reconstruirlo --, nos encontramos siempre
con teorías de los matemáticos. Los matemáticos todo lo han intentado para
salvar la objetividad de la física, pues sin objetividad -- esto lo comprenden
muy bien -- no se puede hablar de física . . . Pero la complicación de sus
teorías, los rodeos dejan un sentimiento de malestar. Esto resulta demasiado
hecho, demasiado rebuscado, artificioso (édifié); un experimentador no
encuentra aquí la espontánea confianza que el contacto continuo con la
realidad física le infunde. . . Esto es lo que dicen, en esencia, todos los
físicos -- y son legión -- que son ante todo físicos o que no son más que
físicos; esto es lo que dice toda la escuela neomecanista. La crisis de la
física consiste en la conquista del dominio de la física por el espíritu
matemático. Los progresos de la física, por un lado, y los progresos de las
matemáticas, por otro, condujeron en el siglo XIX a una estre-
pág. 397
cha fusión entre esas dos ciencias. . . La física teórica llegó a ser la
física matemática. . . Entonces comenzó el período de la física formal, es
decir, de la física matemática, puramente matemática, la física matemática no
como rama de la física, sino como rama de la matemática. En esta nueva fase,
el matemático, habituado a los elementos conceptuales (puramente lógicos), que
constituyen el único material de su trabajo, y abrumado por los elementos
groseros, materiales, que hallaba poco maleables, hubo de ir propendiendo a
hacer de ellos la mayor abstracción posible, a representárselos de un modo
enteramente inmaterial, puramente lógico, e incluso a prescindir de ellos por
completo. Los elementos, como datos reales, objetivos, es decir, como
elementos físicos, desaparecieron del todo. No quedaron más que
relaciones formales representadas por las ecuaciones diferenciales. . . Si el
matemático no se engaña por este trabajo constructivo de su mente. . . , sabrá
encontrar la relación entre la física teórica y la experiencia, pero a primera
vista y para un espíritu no prevenido, se cree estar frente a una constrúcción
arbitraria de la teoría. . . El concepto, la noción pura ha reemplazado a los
elementos reales . . . Así se explica históricamente, por la forma matemática
que ha tomado la física teórica. . . el malestar (le malaise), la crisis de la
física y su alejamiento aparente de los hechos objetivos" (228-232).
Tal es la primera causa del idealismo "físico". Las
tentativas reaccionarias nacen del mismo progreso de la ciencia. Los grandes
avances de las ciencias naturales, la aproximación a elementos homogéneos y
simples de la materia cuyas leyes de movimiento son susceptibles de una
expresión matemática, hacen olvidar la materia a los matemáticos. "La materia
desaparece", no subsisten más que ecuaciones. Esta nueva etapa de desarrollo
parece retrotraernos mediante la nueva forma a la
pág. 398
antigua idea kantiana: la razón dicta sus leyes a la naturaleza. Hermann
Cohen, entusiasmado, como hemos visto, por el espíritu idealista de la nueva
física, llega a recomendar la enseñanza de las matemáticas superiores en las
escuelas medias, con objeto de hacer penetrar en la inteligencia de los
estudiantes el espíritu idealista, suplantado por nuestra época materialista
(A. Lange, Geschichte des Materialismus [Historia del materialismo
], 5a ed., 1896, t. II, pág. XLIX). Es, naturalmente,
el sueño absurdo de un reaccionario; en realidad, no hay ni puede haber en
ello más que un apasionamiento pasajero por el idealismo por parte de un
reducido grupo de especialistas. Pero es altamente característico que los
representantes de la burguesía instruida recurran -- como náufragos en peligro
a una tabla de salvación -- a los procedimientos más refinados para hallar o
guardar artificialmente un modesto sitio al fideísmo, que es engendrado en las
capas inferiores de las masas populares por la ignorancia, el embrutecimiento
y el absurdo salvajismo de las contradicciones capitalistas.
Otra causa que originó el idealismo "físico" es el principio
del relativismo, del carácter relativo de nuestro conocimiento,
principio que se impone a los físicos con singular vigor en este período de
brusco resquebrajamiento de las viejas teorías y que, unido a la ignorancia
de la dialéctica, lleva fatalmente al idealismo.
Este problema de la correlación entre el relativismo y la
dialéctica es acaso el más importante para la explicación de las desventuras
teóricas del machismo. Rey, por ejemplo, no tiene, como todos los positivistas
europeos, ninguna idea de la dialéctica marxista. No emplea la palabra
dialéctica más que en el sentido de especulación filosófica idealista. Por
eso, dándose cuenta de que la nueva física ha tropezado en el relativismo,
dicho autor se debate importante, intentando
pág. 399
distinguir entre el relativismo moderado y el relativismo inmoderado.
Cierto es que el "relativismo inmoderado confina lógicamente, si no en la
práctica, con el verdadero escepticismo" (215), pero a Poincaré, como han
visto, no se le puede acusar de relativismo "inmoderado". ¡Qué ilusión! ¡Con
una balanza de boticario se puede pesar un poco más o un poco menos
relativismo, creyendo salvar así la causa del machismo!
En realidad, el único planteamiento teóricamente justo de la
cuestión del relativismo es el hecho por la dialéctica materialista de Marx y
de Engels, y el desconocer ésta conducirá indefectiblemente del
relativismo al idealismo filosófico. La incomprensión de esta circunstancia
es, entre otras cosas, suficiente para privar de todo valor al libelo absurdo
del señor Berman La dialéctica a la luz de la teoría moderna del
conocimiento : el señor Berman ha repetido unas viejas, muy viejas
absurdidades sobre la dialéctica, de la que no comprende ni una palabra. Hemos
visto ya que tal incomprensión la demuestran todos los machistas a
cada paso en la teoría del conocimiento.
Todas las antiguas verdades de la física, incluso las que
eran consideradas como fuera de discusión e inmutables, se han revelado como
verdades relativas; -- es decir, no puede haber ninguna verdad objetiva
independiente de la humanidad. Así razona, no sólo todo el machismo, sino todo
el idealismo "físico" en general. De la suma de verdades relativas en el curso
de su desarrollo se forma la verdad absoluta; las verdades relativas son
imágenes relativamente exactas de un objeto independiente de la humanidad;
tales imágenes llegan a ser cada vez más exactas; cada verdad científica
contiene, a despecho de su relatividad, elementos de verdad absoluta: todas
estas
pág. 400
tesis, que son evidentes para cualquiera que haya reflexionado en el
Anti-Dühring de Engels, están en chino para la teoría "moderna" del
conocimiento.
Obras tales como la Teoría de la física de P.
Duhem[*] o los Conceptos y
teorías de le física moderna de Stallo**, especialmente recomendadas por
Mach, demuestran con extraordinaria nitidez que esos idealistas "físicos"
atribuyen la mayor importancia precisamente a la demostración de la
relatividad de nuestros conocimientos, oscilando, en el fondo, entre el
idealismo y el materialismo dialéctico. Los dos autores citados, que
pertenecen a diferentes épocas y abordan la cuestión desde distintos puntos de
vista (Duhem, físico, tiene una experiencia de más de veinte años; Stallo,
antiguo hegeliano ortodoxo, se avergonzaba de haber publicado en 1848 una
filosofía de la naturaleza concebida en el viejo espíritu hegeliano), combaten
con energía sobre todo la concepción mecano-atomista de la naturaleza. Se
esfuerzan en demostrar el carácter restringido de dicha concepción, la
imposibilidad de ver en ella el extremo limite de nuestros conocimientos, el
anquilosamiento de muchas nociones en los autores que a ella se atienen. Ese
defecto del viejo materialismo es indudable; la incomprensión de la
relatividad de todas las teorías científicas, la ignorancia de la dialéctica,
la exageración del punto de vista mecanista, son reproches que Engels dirigió
a los viejos materialistas. Pero Engels supo (al contrario que Stallo)
desechar el idealismo hegeliano y comprender el germen verdaderamente genial
que había dentro de la dialéctica hegeliana. Engels renunció al viejo
materialismo, al materialismo metafísico para adoptar el
pág. 401
materialismo dialéctico y no el relativismo que va a parar al
subjetivismo. "La teoría mecanista -- dice Stallo, por ejemplo -- hipostasia,
juntamente con todas las teorías metafísicas, unos grupos parciales, ideales y
quizás puramente convencionales de atributos, o atributos aislados, y los
trata como variedades de la realidad objetiva" (pág. 150). Esto es cierto,
siempre que no renunciéis al reconocimiento de la realidad objetiva y
combatáis la metafísica, como antidialéctica. Stallo no se da clara cuenta de
eso. No habiendo comprendido la dialéctica materialista, le ocurre
frecuentemente escurrirse por el relativismo al subjetivismo y al idealismo.
Lo mismo ocurre con Duhem. Duhem demuestra con gran trabajo,
con ayuda de una serie de ejemplos interesantes y preciosos, tomados de la
historia de la física -- semejantes a los que a menudo se encuentran en Mach
-- que "toda ley física es provisional y relativa, puesto que es aproximada"
(280). ¿Para qué forzar unas puertas que están abiertas?, piensa el marxista
al leer las extensas disertaciones sobre ese tema. Pero la desgracia de Duhem,
de Stallo, de Mach, de Poincaré, consiste precisamente en no ver la puerta que
ha abierto el materialismo dialéctico. Por no saber dar una justa formulación
del relativismo, ruedan desde éste al idealismo. "Una ley física no es,
hablando con propiedad, ni verdadera ni falsa, sino aproximada", dice Duhem
(pág. 274). Este "sino" encierra ya un germen de falsedad, un comienzo de
eliminación de límites entre la teoría científica, que refleja
aproximado el objeto, es decir, que se aproxima a la verdad objetiva, y
una teoría arbitraria, fantástica, puramente convencional, como, por ejemplo,
la teoría de la religión o la teoría del juego de ajedrez.
Esta falsedad toma en Duhem tales proporciones que este autor
llega a calificar de metafísica la cuestión de si corres-
pág. 402
ponde a los fenómenos sensibles la "realidad material" (pág. 10): Abajo el
problema de la realidad; nuestros conceptos y nuestras hipótesis son simples
símbolos (signes) (pág. 26), construcciones "arbitrarias" (27), etc. De ahí al
idealismo, a la "física del creyente" predicada por Pierre Duhem en el
espíritu del kantismo (v. Rey, pág. 162; V. pág. 160) no hay más que un paso.
Y este bonachón Adler (Fritz) -- ¡otro machista más que pretende ser marxista!
-- no ha encontrado otra cosa más inteligente que "corregir" así a Duhem:
Duhem no niega las "realidades ocultas tras los fenómenos más que en calidad
de objetos de la teoría, pero no como objetos de la realided ". Esto es la ya conocida crítica del kantismo desde el punto de
vista de Hume y Berkeley.
Pero ni cabe hablar, en lo que a Duhem se refiere, de ningún
kantismo consciente. Duhem, como Mach, titubea sencillamente, no
sabiendo en qué basar su relativismo. En toda una serie de pasajes se acerca
mucho al materialismo dialéctico. Conocemos el sonido "tal como es en relación
a nosotros y no tal como es en sí, en los cuerpos sonoros. Esta realidad de la
que nuestras sensaciones no nos descubren más que lo externo y lo superficial,
nos la hacen conocer las teorías de la acústica. Ellas nos enseñan que allí
donde nuestras percepciones solamente recogen aquella apariencia que llamamos
sonido, hay en realidad un movimiento periódico muy pequeño y muy rápido" etc.
(pág. 7). Los cuerpos no son símbolos de las sensaciones, sino que las
sensaciones son símbolos (o más bien imágenes) de los cuerpos. "El desarrollo
de la física provoca una lucha continua entre la naturaleza, que no se cansa
de suministrar material, y la razón, que no se cansa de conocer"
pág. 403
(pág. 32). La naturaleza es infinita, como es infinita la más pequeña de
sus partículas (comprendido también el electrón), pero la razón transforma de
la misma manera infinita las "cosas en sí" en "cosas para nosotros". "La lucha
entre la realidad y las leyes de la física se prolongará indefinidamente; a
toda ley que la física formule, la realidad opondrá, tarde o temprano, el
brutal mentís de un hecho; pero la física, infatigable, retocará, modificará,
complicará la ley desmentida" (290), Tendríamos ahí una exposición de
irreprochable exactitud del materialismo dialéctico, si el autor se atuviese
firmemente a la existencia de esta realidad objetiva, independiente de la
humanidad. ". . . La teoría física no es en ningún modo un sistema puramente
artificial, cómodo hoy y mañana desechable; es una clasificación cada vez más
natural, un reflejo cada vez más claro de las realidades que el método
experimental no podría contemplar de una manera directa" (literalmente: cara a
cara: face à face, pág 445).
El machista Duhem coquetea en esta última frase con el
idealismo kantiano: ¡como si hubiese un camino que fuera a otro método que al
método "experimental", como si no pudiéramos conocer inmediatamente,
directamente, cara a cara, las "cosas en sí"! Pero si la teoría física va
siendo cada vez más natural, eso quiere decir que, independientemente de
nuestra conciencia, existe una "naturaleza", una realidad "reflejada" por
dicha teoría, y ése es precisamente el punto de vista del materialismo
dialéctico.
En una palabra, el idealismo "físico" de hoy, exactamente
como el idealismo "fisiológico" de ayer, no significa sino que una escuela de
naturalistas en una rama de las ciencias naturales ha caído en la filosofía
reaccionaria, a falta de haber sabido elevarse directa e inmediatamente del
materialismo metafísico
pág. 404
al materialismo dialéctico*. Este paso lo dará -- ya lo está dando -- la
física contemporánea, pero se encamina hacia el único buen método, hacia la
única filosofía justa de las ciencias naturales, no en línea recta, sino en
zig-zag, no conscientemente, sino espontáneamente, no viendo con claridad su
"objetivo final", sino acercándose a él a tientas, titubeando y a veces hasta
de espaldas. La física contemporánea está atravesando los
pág. 405
dolores del alumbramiento. Esta para dar a luz el materialismo dialéctico.
Alumbramiento doloroso. . . El ser viviente y viable viene inevitablemente
acompañado de algunos productos muertos, residuos destinados a ser evacuados
con las impurezas. Todo el idealismo físico, toda la filosofía
empiriocriticista, con el empiriosimbolismo, el empiriomonismo, etc., etc.,
son parte de dichos residuos impuros.
pág. 406
Los machistas rusos, como ya hemos visto, se dividen en dos
campos: el señor V. Chernov y los colaboradores de Rússkoie Bogatstvo
[62] son, tanto en Filosofía como
en Historia, íntegros y consecuentes adversarios del materialismo dialéctico.
El otro grupo de machistas, que es el que más nos interesa en este momento,
pretende ser marxista y se esfuerza por todos los medios en asegurar a sus
lectores que la doctrina de Mach es compatible con el materialismo histórico
de Marx y Engels. Verdad es que estas afirmaciones, en su mayor parte, no
siguen siendo otra cosa que afirmaciones: ni un solo machista deseoso de ser
marxista ha hecho la menor tentativa para exponer con algo de sistema, por
poco que sea, las verdaderas tendencias de los fundadores del
empiriocriticismo en el terreno de las ciencias sociales. Nos detendremos en
esta cuestión brevemente; examinaremos primero las declaraciones hechas en
publicaciones sobre esta materia por los empiriocriticistas alemanes, y
después las de sus discípulos rusos.
pág. 407
"El propósito de este estudio -- escribe F. Blei -- es
demostrar que toda la economía política contemporánea opera, para explicar los
fenómenos de la vida económica, con postulados metafísicos: las 'leyes' de la
economía las 'deduce' de la naturaleza' de la misma, y el hombre no aparece
más que como un algo fortuito en relación a esas 'leyes'. . . Con todas sus
teorías modernas la economía política descansa sobre una base metafísica;
todas sus teorías son extrañas a la biología y, por lo tanto, no científicas y
sin ningún valor para el conocimiento. . . Los teóricos ignoran sobre qué
edifican sus teorías, de qué terreno son fruto estas teorías. Se creen
realistas operando sin postulados de ninguna clase, puesto que se ocupan de
'sencillos' (nüchterne), 'prácticos', 'evidentes' (sinnfällige) fenómenos
económicos. . . Y todos ellos tienen con numerosas
pág. 408
tendencias de la fisiología aquel parecido familiar que pone de manifiesto
en los hijos -- en este caso los fisiólogos y los economistas -- una misma
ascendencia paternal y maternal, a saber: la metafísica y la especulación. Una
escuela de economistas analiza los 'fenómenos' de la 'economía' (a Avenarius y
a los autores pertenecientes a su escuela les agrada poner entre comillas los
términos más ordinarios, a fin de subrayar que los filósofos auténticos como
ellos, se dan muy bien cuenta del "carácter metafísico" del uso vulgar de
términos no depurados por el "análisis gnoseológico") sin relacionar lo que
encuentra (das Gefundene) en ese camino con la conducta de los individuos: los
fisiólogos excluyen de sus investigaciones la conducta del individuo, por ser
'acciones del alma' (Wirkungen der Seele); los economistas de esta corriente
declaran que no tiene importancia (eine Negligible) la conducta de los
individuos ante 'las leyes inmanentes de la economía' (378-379). En Marx la
teoría constataba las 'leyes económicas' derivadas de procesos construidos;
además, las 'leyes' se encontraban en la parte inicial (Initialabschnitt) de
la serie vital dependiente, y los procesos económicos figuraban en la parte
final (Finalabschnitt). . . La 'economía' se ha convertido para los
economistas en categoría transcendental en la que descubrieron todas las
'leyes' que ellos querían descubrir: las 'leyes' del 'capital' y del
'trabajo', de la 'renta', del 'salario', de la 'ganancia'. El hombre está
reducido, para los economistas, a las nociones platónicas de 'capitalista', de
'obrero', etc. El socialismo ha atribuido al 'capitalista' el 'ansia de la
ganancia'; el liberalismo ha declarado 'exigente' al obrero, siendo explicadas
ambas leyes por la 'acción de las leyes del capital' (381-382).
"Marx abordó el estudio del socialismo francés y de la
economía política ya con una concepción socialista del mundo, a fin de dar a
ésta una 'fundamentación teórica' en el terreno del
pág. 409
conocimiento, para 'asegurar' su valor inicial. Marx había hallado en
Ricardo la ley del valor, pero. . . las deducciones sacadas de Ricardo por los
socialistas franceses no pudieron satisfacer a Marx en su esfuerzo por
'asegurar' su valor E, llevado hasta la diferencia vital, es decir, su
'concepción del mundo', porque dichas deducciones ya eran parte integrante de
su valor inicial, bajo la forma de la 'indignación suscitada por la
expoliación de los obreros', etc. Tales deducciones fueron rechazadas como
'falsas en el sentido económico y formal', puesto que se reducían a una
sencilla 'aplicación de la moral a la economía política'. 'Pero lo que es
falso en el sentido económico formal puede ser cierto en el sentido
histórico-universal. Si la conciencia moral de las masas declara que un
determinado hecho económico es injusto, ello prueba que tal hecho no tiene ya
razón de ser, que han aparecido otros hechos económicos que le hacen
intolerable e imposible de sostener. Una inexactitud económica formal puede,
pues, tener un contenido económico real' (Engels en el prefacio a la
Miseria de la Filosofía )."
"En esta cita -- continúa F. Blei, refiriéndose a la cita de
Engels -- está eliminada [abgehoben -- término técnico de Avenarius en el
sentido: llegó hasta la conciencia, quedó separada] la parte media
(Medialabschnitt) de la serie dependiente que nos interesa en este caso.
Después de 'conocer' que un 'hecho económico' debe estar oculto tras la
'conciencia moral de la injusticia', viene la parte final. . .
[Finalabschnitt: la teoría de Marx es un juicio, es decir, un valor E,
o sea, una diferencia vital que pasa por tres estadios, tres partes: comienzo,
medio y fin, Initialabschnitt, Medialabschnitt, Finalabschnitt] . . . es
decir, el 'conocimiento' de este 'hecho económico'. 0 en otros términos: el
problema consiste ahora en 'volver a encontrar' 'el valor inicial' o sea, 'la
concepción del mundo' en los 'hechos económicos' para 'asegurar' tal valor
pág. 410
inicial. -- Esta definida variación de la serie dependiente contiene ya la
metafísica de Marx, cualquiera que sea lo 'conocido' en la parte final
(Finalabschnitt). La concepción socialista del mundo como valor E
independiente, como 'verdad absoluta', está fundamentada 'a posteriori' por
medio de una teoría 'especial' del conocimiento, esto es: por medio del
sistema económico de Marx y la teoría materialista de la historia. . . Por
medio del concepto de plusvalía, lo 'subjetivamente' 'verdadero' en la
concepción del mundo de Marx encuentra su 'verdad objetiva' en la teoría del
conocimiento de las 'categorías económicas'; el valor inicial está
completamente asegurado, la metafísica ha recibido a posteriori su crítica del
conocimiento" (384-386).
El lector probablemente estará indignado contra nosotros por
haber citado tan extensamente este galimatías de una increíble trivialidad,
esta bufonada seudocientífica revestida con la terminología de Avenarius.
Pero, wer den Feind will verstehen, muss im Feindes
Lande gehen: si quieres comprender a tu enemigo, vete al campo
enemigo [63]. y la revista
filosófica de R. Avenarius es verdaderamente campo enemigo para los marxistas.
Invitamos al lector a sobreponerse por un momento al legítimo asco que
inspiran los payasos de la ciencia burguesa y a analizar la argumentación del
discípulo y colaborador de Avenarius.
Primer argumento: Marx es un "metafísico" que no ha
comprendido la gnoseológica "crítica de los conceptos", que no ha elaborado
una teoría general del conocimiento y ha introducido directamente el
materialismo en su "teoría especial del conocimiento".
En este argumento no hay nada que pertenezca personalmente a
Blei y solamente a Blei. Hemos visto ya decenas y centenares de veces cómo
todos los fundadores del empirio-
pág. 411
criticismo y todos los machistas rusos acusan al materialismo de
"metafísico", es decir, más exactamente, repiten los gastados argumentos
tomados de los kantianos, de los discípulos de Hume y de los idealistas contra
la "metafísica" materialista.
Segundo argumento: el marxismo es tan metafísico como las
ciencias naturales (la fisiología). -- También de este argumento son
"responsables" Mach y Avenarius, y no Blei, puesto que ellos son los que
declararon la guerra a la "metafísica de las ciencias naturales", denominando
así a la teoría espontáneamente materialista del conocimiento profesada por la
inmensa mayoría de los naturalistas (a confesión propia y según opinión de
todos los que conocen un poco siquiera la cuestión).
Tercer argumento: el marxismo declara al "individuo" magnitud
prescindible, quantité négligeable, considera al hombre como algo "fortuito",
sometido a unas "leyes económicas inmanentes", se abstienc de analizar des
Gefundenen: lo que hallamos, lo que nos es dado, etc. -- Este argumento repite
íntegramente el ciclo de ideas de la "coordinación de principio"
empiriocriticista, es decir, el subterfugio idealista de la teoría de
Avenarius. Blei tiene completa razón al decir que no se puede encontrar en
Marx y Engels ni sombra de una admisión de tales absurdidades idealistas y que
es preciso, al admitir dichos embustes, rechazar necesariamente el marxismo
en bloque, comenzando por sus orígenes, por sus postulados filosóficos
fundamentales.
Cuarto argumento: la teoría de Marx es "no biológica", nada
quiere saber de las "diferencias vitales" ni de otros semejantes juegos a
términos biológicos que forman la "ciencia" del profesor reaccionario
Avenarius. -- El argumento de Blei es justo desde el punto de vista del
machismo, pues el abismo que separa la teoría de Marx de las tonterías
"biológi-
pág. 412
cas" de Avenarius salta, efectivamente, en seguida a la vista. Bien pronto
veremos cómo los machistas rusos que pretenden ser marxistas han seguido en
realidad las huellas de Blei.
Quinto argumento: el espíritu de partido, la parcialidad de
la teoría de Marx, el carácter preconcebido de su solución. Blei no es, ni
mucho menos, el único que pretende la imparcialidad en filosofía y en ciencias
sociales: el empiriocriticismo entero la pretende. Ni socialismo ni
liberalismo. Nada de diferenciación de las direcciones fundamentales e
inconciliables de la filosofía: el materialismo y el idealismo, sino una
aspiración a elevarse por encima de ellas. Hemos seguido esta tendencia
del machismo a través de una larga serie de cuestiones referentes a la
gnoseología, y no nos puede extrañar hallarla también en sociología.
Sexto "argumento": la ridiculización de la verdad "objetiva".
Blei se ha dado cuenta en seguida, y se ha dado cuenta con entera justicia, de
que el materialismo histórico y toda la doctrina económica de Marx están
profundamente penetrados de la admisión de la verdad objetiva. Y Blei ha
expresado muy bien las tendencias de la doctrina de Mach y de Avenarius
repudiando "de buenas a primeras" el marxismo precisamente por su idea de la
verdad objetiva y proclamando al punto que la doctrina marxista no contiene en
realidad más que las ideas "subjetivas" de Marx.
Y si nuestros machistas reniegan de Blei (lo que, sin duda,
harán), nosotros les diremos: No hay que enfadarse con el espejo si . . . etc.
Blei es un espejo en el que se reflejan rasgo por rasgo las tendencias
del empiriocriticismo, y la retractación de nuestros machistas no demuestra
más que sus buenas intenciones y su absurda aspiración ecléctica de combinar a
Marx con Avenarius.
pág. 413
Pasemos de Blei a Petzoldt. Si el primero es un simple
discípulo, el segundo está considerado como un maestro por empiriocriticistas
tan notorios como Lesévich. Si Blei plantea sin rodeos la cuestión del
marxismo, Petzoldt -- que no se rebaja hasta tomar en consideración a un tal
Marx o Engels -- expone en forma positiva los puntos de vista del
empiriocriticismo en sociología, permitiendo así confrontarlos con el
marxismo.
El tomo II de la Introducción e la filosofía de la
experiencia pura de Petzoldt, se titula "Hacia la estabilidad" ("Auf dem
Wege zum Dauernden"). El autor funda sus investigaciones en la tendencia a la
estabilidad. "El estado de estabilidad definitiva (endgültig) de la humanidad
puede ser revelado, en grandes líneas, en su aspecto formal. Así adquiriremos
las bases de la ética, de la estética y de la teoría formal del conocimiento"
(pág. III). "El desarrollo humano lleva en sí mismo su objetivo"; tiende a un
"estado perfecto (vollkommenen) de estabilidad" (60). Los síntomas de esto son
numerosos y diversos. Por ejemplo, ¿habrá muchos furibun dos radicales que no
se vuelvan más "prudentes", que no se vuelvan más serenos con la edad? Verdad
es que esta "estabilidad prematura" (pág. 62) es propia de los filisteos.
¿Pero acaso los filisteos no forman la "compacta mayoría"? (pág. 62).
La conclusión de nuestro filósofo, impresa en cursiva: "La
estabilidad es el rasgo más esencial de todos los objetivos de nuestro
pensamiento y de nuestra obra creadora" (72). Aclaración: mucha gente "no
puede soportar" un cuadro ladeado en la pared o una llave mal puesta sobre la
mesa. Estas personas "no son necesariamente pedantes, ni mucho menos" (72).
Tienen la "sensación de que algo no está en orden " (72; cursiva de
Petzoldt). En una palabra, la "tenden-
pág. 414
cia a la estabilidad es una aspiración al estado más definitivo, ultimo por
su naturaleza" (73). Sacamos todos estos textos del capítulo V del tomo II,
capítulo titulado: "La tendencia psíquica a la estabilidad". Las pruebas de
esta tendencia son de lo más convincentes. Un ejemplo: "Los hombres a quienes
les gusta escalar las montañas siguen la tendencia a lo más definitivo, a lo
más elevado, en el sentido primitivo y espacial del término. El deseo de
contemplar vastos horizontes y de entregarse al ejercicio físico, el deseo de
respirar al aire puro en el seno de la gran naturaleza, no es siempre el único
móvil que les impulsa a subir a las cumbres; también hay en ello el instinto,
profundamente arraigado en todo ser orgánico, de perseverar, hasta alcanzar un
fin natural, en la dirección dada a su actividad, una vez que ha sido decidida
tal dirección" (73). Otro ejemplo: ¡Cuánto dinero no se invertirá para formar
una colección completa de sellos! "Da vértigo recorrer la lista de precios de
un comerciante en sellos de correo . . . Nada hay, sin embargo, más natural y
comprensible que esta tendencia a la estabilidad" (74).
Las personas desprovistas de instrucción filosófica no
comprenden toda la amplitud de los principios de la estabilidad o de la
economía del pensamiento. Petzoldt desarrolla minuciosamente, para los
profanos, su "teoría". "La compasión es la expresión de una necesidad
espontánea del estado de estabilidad", leemos en el § 28 . . . "La compasión
no es una repetición, una duplicación del sufrimiento observado, sino un
sufrimiento motivado por él . . . El carácter espontáneo de la compasión debe
ser vigorosamente destacado. Si lo admitimos, reconocemos que el bien ajeno
puede interesar al hombre de una manera tan espontánea y directa como su
propio bien. De tal manera, rechazamos así toda fundamentación utilitarista o
eudemonista de la moral. La naturaleza
pág. 415
humana, precisamente a consecuencia de su tendencia a la estabilidad y al
reposo, no es mala en el fondo, antes bien está penetrada de la predisposición
a prestar ayuda.
"El carácter espontáneo de la compasión se manifiesta a
menudo por la espontaneidad de la ayuda. Se tira uno al agua sin la menor
reflexión para salvar al que se ahoga. La vista de un hombre en lucha con la
muerte es intolerable: hace olvidar al salvador todos sus demás deberes,
incluso arriesgar su propia vida y la de sus familiares por salvar una vida
inútil, la vida de cualquier borracho empedernido; es decir, que la compasión
puede, en determinadas circunstancias, arrastrar a actos injustificables desde
el punto de vista moral". . .
¡Y de semejantes inefables vulgaridades están llenas decenas
y centenares de páginas de filosofía empiriocriticista!
La moral está deducida del concepto de "estado de estabilidad
moral" (segunda parte del tomo II: "Los estados estables del alma", capítulo
1: "Del estado moral estable"). "El estado de estabilidad no contiene, por su
propio concepto, ninguna condición de cambio en ninguno de sus componentes. De
donde se deduce, sin otras reflexiones, que dicho estado no deja subsistir
ninguna posibilidad de guerre " (202). "La igualdad económica y social
se deriva del concepto de estado de estabilidad definitiva (endgültig)" (213).
Tal "estado de estabilidad" viene de la "ciencia" y no de la religión. No será
realizado por la "mayoría", como se imaginan los socialistas; no será el poder
de los socialistas el que venga en "ayuda de la humanidad" (207), no: será el
"desarrollo libre" el que nos lleve al ideal. ¿Acaso no disminuyen, en efecto,
los beneficios del capital; no aumentan sin cesar los salarios? (223). Todas
las afirmaciones concernientes a la "esclavitud asalariada" son falsas (229).
A los esclavos se les rompía impunemente las piernas, ¿y ahora? No; el
"progreso moral"
pág. 416
es indiscutible: echad una ojeada sobre las colonias universitarias en
Inglaterra, sobre el Ejército de Salvación (230), sobre las "asociaciones
éticas" alemanas. El "romanticismo" es abandonado en nombre del "estado
estético estable" (capítulo 2° de la segunda parte). Y al romanticismo se
adscriben todas las variedades de una desmesurada extensión del YO, el
idealismo, la metafísica, el ocultismo, el solipsismo, el egoísmo, la "forzada
mayorización de la minoría por la mayoría" y "el ideal social-democrático de
la organización de todo el trabajo por el Estado" (240-241)[*].
Las excursiones sociológicas de Blei, Petzoldt y Mach se
reducen al ilimitado cretinismo del filisteo, satisfecho de sí mismo por
mostrar, al abrigo de la "nueva" sistematización y de la "nueva" terminología
"empiriocriticista", las más absurdas antiguallas. Pretenciosa indumentaria de
subterfugios verbales, torpes sutilezas silogísticas, escolástica refinada; en
una palabra, nos es ofrecido el mismo contenido reaccionario bajo la misma
enseña abigarrada, tanto en gnoseología como en sociología.
Veamos ahora a los machistas rusos.
En su artículo "Desarrollo de la vida en la naturaleza y en
la sociedad" (1902. Véase De la psicología de la sociedad,
pág. 417
pág. 35 y siguientes), Bogdánov cita el célebre trozo del prólogo a Zur
Kritik [64], donde el "más grande
sociólogo", es decir, Marx, expone los fundamentos del materialismo histórico
Bogdánov declara, después de haber citado a Marx, que la "antigua formulación
del monismo histórico, sin dejar de ser cierta en cuanto al fondo, no nos
satisface ya por completo" (37), El autor quiere, por consiguiente, corregir o
desarrollar la teoría, partiendo desde sus mismas bases. La conclusión
fundamental del autor es la siguiente:
"Hemos demostrado que las formas sociales pertenecen al vasto
género de las adaptaciones biológicas. Pero con ello aún no hemos
determinado la región de las formas sociales: para hacerlo, hay que establecer
no solamente el género, sino también la especie . . . En su
lucha por la existencia, los hombres no pueden asociarse más que por medio de
la conciencia: sin conciencia no hay relación social. Por eso, la
vida social es en todas sus manifestaciones una vida psíquica consciente. .
. La sociabilidad es inseparable de la conciencia. El ser social y la
conciencia social, en el sentido exacto de ambos términos, son
idénticos " (50, 51. Cursiva de Bogdánov).
Que esta conclusión no tiene nada de común con el marxismo,
ya lo dijo Ortodox (Ensayos de filosofía, San Petersburgo, 1906, pág.
183 y precedentes). A lo cual sólo ha contestado Bogdánov con palabras
gruesas, limitándose a explotar un error en una cita: Ortodox había escrito en
el "sentido completo" en vez de "en el sentido exacto de ambos términos". La
falta existe, en efecto, y nuestro autor estaba en su derecho al corregirla,
pero pregonar con dicho motivo la "tergiversación del texto", su
"suplantación", etc. (Empiriomonismo, libro III, pág. XLIV), no es más
que disimular bajo ruines palabras el fondo de la discrepancia.
Cualquiera que sea el sentido "exacto" dado por Bogdánov a los términos "ser
social"
pág. 418
y "conciencia social", sigue siento indudable que su tesis, citada por
nosotros, es falsa. El ser social y la conciencia social no son
idénticos, exactamente lo mismo como no lo son el ser en general y la
conciencia en general. De que los hombres, al ponerse en contacto unos con
otros, lo hagan como seres conscientes, no se deduce de ningún modo que
la conciencia social sea idéntica al ser social. En todas las formaciones
sociales más o menos complejas -- y sobre todo en la formación social
capitalista --, los hombres, cuando entran en relación unos con otros, no
tienen conciencia de cuáles son las relaciones sociales que se establecen
entre ellos, de las leyes que presiden el desarrollo de estas relaciones, etc.
Por ejemplo, un campesino, al vender su trigo, entra en "relación" con los
productores mundiales de trigo en el mercado mundial, pero sin tener
conciencia de ello, sin tener conciencia tampoco de cuáles son las relaciones
sociales que se forman a consecuencia del cambio. La conciencia social
refleja el ser social: tal es la doctrina de Marx. El reflejo puede ser
una copia aproximadamente exacta de lo refléjado, pero es absurdo hablar aquí
de identidad. Que la conciencia en general refleja el ser, es una tesis
general de todo materialismo. Y no es posible no ver su conexión
directa e indisoluble con la tesis del materialismo histórico que dice:
la conciencia social refleja el ser social.
La tentativa que hace Bogdánov de corregir y desarrollar de
un modo imperceptible a Marx, "dentro del espíritu de sus propios principios",
es una tergiversación evidente de esos principios materialistas en el
espíritu del idealismo. Sería ridículo negarlo. Recordemos la
exposición del empiriocriticismo hecha por Basárov (¡no la del empiriomonismo,
ni hablar de ello, porque hay que ver la diferencia tan enorme, tan enorme que
existe entre esos dos "sistemas"!): "la re-
pág. 419
presentación sensible es precisamente la realidad existente fuera de
nosotros". Idealismo manifiesto, teoría manifiesta de la identidad de la
conciencia y el ser. Recordad, además, la formulación de W. Schuppe,
inmanentista (quien, al igual que Basárov y Cía., juraba por lo más sagrado
que no era idealista, y quien, lo mismo que Bogdánov, insistía de manera tan
resuelta en el sentido particularmente "exacto" de sus palabras): "El ser es
la conciencia". Confrontad ahora con estos textos la refutación del
materialismo histórico de Marx por el inmanentista Schubert-Soldern: "Todo
proceso material de producción es siempre un fenómeno de conciencia por lo que
respecta a su observador. . . En sentido gnoseológico no es el proceso
exterior de producción lo primario (prius), sino el sujeto o sujetos;
en otras palabras: ni el proceso puramente material de producción [nos] lleva
fuera de la conexión de la conciencia (Bewusstseinszusammenhangs). V. la obra
citada: D. menschl. Glück u. d. s. Frage, págs. 293 y 295-296.
Bogdánov puede maldecir cuanto quiera a los materialistas por
"deformar sus ideas", pero ninguna maldición cambiará este hecho sencillo y
claro: la corrección y el desarrollo de Marx, supuestamente en el espíritu de
Marx, por el "empiriomonista" Bogdánov no se distinguen en nada
esencial de la refutación de Marx por Schubert-Soldern, idealista y
solipsista en gnoseología. Bogdánov afirma que no es idealista;
Schubert-Soldern afirma que es realista (Basárov hasta lo ha creído). En
nuestra época no podría un filósofo no declararse "realista" y "enemigo del
idealismo". ¡Ya va siendo hora de entenderlo, señores machistas!
Los inmanentistas, los empiriocriticistas y el empiriomonista
discuten sobre particularidades, sobre detalles, sobre la formulación del
idealismo ; en cambio, nosotros repudiamos desde el primer
momento todas las bases de su filosofía co-
pág. 420
munes a esta trinidad. Sea que Bogdánov, en el mejor sentido y con las
mejores intenciones, suscribiendo todas las deducciones de Marx,
propugne la "identidad" entre el ser social y la conciencia social; nosotros
diremos: Bogdánov menos "empiriomonismo" (menos machismo, más
justamente) es igual a marxista. Porque esa teoría de la identidad entre el
ser social y la conciencia social es, de punta a cabo, una
absurdidad, es una teoría incuestionablemente reaccionaria. Si
ciertas personas la concilian con el marxismo, con la actitud marxista,
forzoso nos es reconocer que estas personas valen más que sus teorías; pero
las tergiversaciones teóricas flagrantes que se hacen del marxismo no las
podemos justificar.
Bogdánov concilia su teoría con las conclusiones de Marx,
sacrificando en aras de éstas la consecuencia elemental. Todo productor
aislado en la economía mundial, tiene conciencia de introducir alguna
modificación en la técnica de la producción; todo propietario tiene conciencia
de que cambia ciertos productos por otros, pero esos productores y esos
propietarios no tienen conciencia de que con ello modifican el ser
social. Setenta Marx no bastarían para abarcar la totalidad de estas
modificaciones con todas sus ramificaciones en la economía capitalista
mundial. Todo lo más, se han descubierto las leyes de estas
modificaciones, se ha demostrado en lo principal y en lo fundamental la lógica
objetiva de estas modificaciones y de su desarrollo histórico,
objetiva, no en el sentido de que una sociedad de seres conscientes, de seres
humanos, pueda existir y desarrollarse independientemente de la existencia de
los seres conscientes (y Bogdánov con su "teoría" no hace más que
subrayar estas bagatelas), sino en el sentido de que el ser social es
independiente de la conciencia social de los hombres. Del hecho
de que vivís, que tenéis una actividad económica, que procreáis, que fabricáis
productos, que los cambiáis, se forma
pág. 421
una cadena de sucesos objetivamente necesaria, una cadena de desarrollos
independiente de vuestra conciencia social, que no la abarca jamás en
su totalidad. La tarea más alta de la humanidad es abarcar esta lógica
objetiva de la evolución económica (de la evolución del ser social) en sus
trazos generales y fundamentales, con objeto de adaptar a ella, tan
clara y netamente como le sea posible y con el mayor espíritu crítico, su
conciencia social y la conciencia de las clases avanzadas de todos los países
capitalistas.
Todo eso lo reconoce Bogdánov. ¿Qué quiere esto decir? Quiere
decir que, en realidad, él mismo tira por la borda su teoría de la
"identidad entre el ser social y la conciencia social", dejándola convertida
en una adición escolástica vacía de sentido, tan vacía, tan muerta, tan
insignificante como la "teoría de la substitución universal", o la doctrina de
los "elementos", de la "introyección" y todas las demás zarandajas machistas.
Pero "lo muerto se agarra a lo vivo", la muerta adición escolástica de
Bogdánov, contra la voluntad e independientemente de la conciencia de
Bogdánov, hace de su filosofía un instrumento al servicio de los
Schubert-Soldern y demás reaccionarios, que, desde lo alto de centenares de
cátedras profesorales, propagan, bajo millares de formas, esto mismo
muerto en lugar de lo vivo, contra lo vivo, a fin de asfixiar a lo vivo
Bogdánov, personalmente, es enemigo jurado de cualquier reacción, y en
particular de la reacción burguesa. La "substitución" de Bogdánov y de su
teoría de la "identidad entre el ser social y la conciencia social" presta
un servicio a dicha reacción. El hecho es triste, pero es así.
El materialismo en general reconoce la existencia real y
objetiva del ser (la materia), independiente de la conciencia, de las
sensaciones, de la experiencia, etc. de la humanidad. El materialismo
histórico reconoce el ser social independiente de
pág. 422
la conciencia social de la humanidad. La conciencia, tanto allí como aquí,
no es más que un reflejo del ser, en el mejor de los casos su reflejo
aproximadamente exacto (adecuado, ideal en cuanto a precisión). No se puede
arrancar ningún postulado fundamental, ninguna parte esencial a esta filosofía
del marxismo, forjada en acero, de una sola pieza, sin apartarse de la verdad
objetiva, sin caer en brazos de la mentira burguesa reaccionaria.
He aquí unos cuantos ejemplos más de cómo el idealismo
filosófico muerto se agarra al marxista Bogdánov vivo.
Artículo: "¿Qué es el idealismo?", 1901 (loc cit., pág. 11 y
siguientes): "Llegamos a esta conclusión: que tanto en el caso en que los
hombres coinciden en sus apreciaciones del progreso como en los casos en que
difieren, el sentido fundamental de la idea de progreso es el mismo:
plenitud y armonía crecientes de la vida de la conciencia. Tal es el
contenido objetivo del concepto de progreso. . . Si comparamos ahora la
expresión psicológica por nosotros obtenida de la idea de progreso con la
expresión biológica que antes dimos ("biológicamente se llama progreso al
acrecentamiento de la suma total de vida ", pág. 14), fácil nos será
convencernos de que la primera coincide enteramente con la segunda y puede
deducirse de ella. . . Puesto que la vida social se reduce a la vida psíquica
de los miembros de la sociedad, también aquí el contenido de la idea de
progreso sigue siendo el mismo: crecimiento de la plenitud y de la armonía de
la vida; sólo es preciso añadir las palabras: de la vida social de los
hombres. Y, naturalmente, la idea del progreso social nunca tuvo ni puede
tener ningún otro contenido" (pág. 16).
"Hemos hallado . . . que el idealismo expresa la victoria en
el alma humana de las tendencias más sociales sobre las tendencias menos
sociales, y que el ideal progresivo es un
pág. 423
reflejo de la tendencia social progresiva en la psicología idealista" (32).
Ni que decir tiene que en todo este juego a la biología y a
la sociología no se contiene ni un grano de marxismo En Spencer y
Mijailovski, se encontrarán tantas definiciones como se quiera que en nada
ceden a las anteriores, que no definen más que las "buenas intenciones" del
autor y no demuestran más que su incomprensión completa de "lo que es
el idealismo" y de lo que es el materialismo.
Libro III del Empiriomonismo, artículo "La selección
social" (los fundamentos del método), 1906. El autor comienza por rechazar
"las tentativas eclécticas social-biológicas de Lange, Ferri, Woltmann y otros
muchos" (pág. 1), pero en la página 15 expone ya la siguiente conclusión de
sus "investigaciones": "Podemos formular como sigue la relación esencial entre
la energética y la selección social:
"Todo acto de selección social constituye un aumento o una
disminución de la energía del complejo social a que se refiere. Tenemos en el
primer caso una 'selección positiva' y en el segundo una 'selección negativa'
" (subrayado por el autor).
¡Y se pretende hacer pasar por marxismo esas patrañas
incalificablesl ¿Puede uno representarse cosa más estéril, más muerta, más
escolástica que semejante sarta de términos biológicos y energéticos que no
significan ni pueden significar absolutamente nada en el terreno de las
ciencias sociales? Esas frases no contienen ni sombra de una investigación
económica concreta, ni la menor alusión al método de Marx, al método de
la dialéctica y a la concepción materialista del mundo; no son más que una
invención de definiciones, tentativas de ajustarlas a las conclusiones
hechas del marxismo. "El rápido crecimiento de las fuerzas productivas de la
sociedad capitalista es, sin duda, un aumento de la energía del
pág. 424
todo social. . . ": el segundo miembro de esta frase es, indudablemente,
una simple repetición del primero, expresada en términos insustanciales que
parecen "profundizar" la cuestión, ¡pero que no se distinguen en realidad
ni un ápice de las eclécticas tentativas biológico-sociológicas de
Lange y Cía.!; "pero el carácter inarmónico de este proceso conduce a que
culmine en una 'crisis', en un inmenso derroche de las fuerzas productivas, en
una brusca disminución de la energia: la selección positiva deja el sitio a la
selección negativa" (18).
¿No os parece leer a Lange? A unas conclusiones hechas de
antemano sobre las crisis, sin añadir ningún hecho concreto, sin aclarar en lo
más minimo la naturaleza de las crisis, se las pega una etiqueta
biológica-energética. Todo ello con excelentes intenciones, porque el autor
quiere confirmar y profundizar las conclusiones de Marx, pero en realidad las
diluye en una escolástica insoportablemente pesada, muerta. Ahí no hay
de "marxista" más que la repetición de una conclusión conocida con
anterioridad, y toda la "nueva" justificación de esa conclusión, toda esa
"energética social " (34) y "selección social", no son más que una
simple sarta de palabras y una continua burla del marxismo.
Bogdánov no se dedica a ninguna investigación marxista, sino
a revestir con una terminología biológica y energética los resultados
anteriores de la investigación marxista. Tentativa completamente inútil,
puesto que la aplicación de los conceptos de "selección", de "asimilación y
desasimilación" de la energía, de balance energético, etc., etc. a las
ciencias sociales no es más que una frase hueca. En realidad no se
puede llegar a ninguna investigación de los fenómenos sociales, a
ningún esclarecimiento del método de las ciencias sociales recurriendo a tales
conceptos. No hay nada más fácil que aplicar una etiqueta "energética" o
"biológico-sociológica" a unos fenóme-
pág. 425
nos tales como las crisis, las revoluciones, la lucha de clases, etc., pero
tampoco hay nada más estéril, más escolástico y más muerto que dicha
ocupación. Lo importante no es que, al hacer eso, Bogdánov ajuste todos
o "casi" todos sus resultados y conclusiones a la teoría de Marx (ya hemos
visto la "corrección" que aporta a la cuestión de las relaciones entre el ser
social y la conciencia social); lo importante es que los procedimientos
de ese ajustamiento, de esa "energética social" son falsos de cabo a rabo y no
se distinguen en nada de los procedimientos de Lange.
"El señor Lange -- escribía Marx el 27 de junio de 1870 a
Kugelmann -- (La cuestión obrera, etc. 2a ed.) me
prodiga grandes elogios . . . con objeto de darse a si mismo la apariencia de
un gran hombre. Pero el asunto es que el señor Lange ha hecho un gran
descubrimiento. Toda la historia puede ser condensada en una sola gran ley
natural. Dicha ley natural se resume en la frase : 'Struggle for life',
lucha por la existencia (así aplicada, la expresión de Darwin no es más que
una frase vacía), y el contenido de dicha frase es la ley malthusiana de la
población, o más bien, de la superpoblación. Por consiguiente, en lugar de
analizar ese 'Struggle for life', como se ha manifestado históricamente en las
diver sas formaciones sociales, no queda, pues, más que convertir toda lucha
concreta en la frase 'Struggle for life', y esta frase en la fantasia
malthusiana sobre la población. Convengamos en ello, este método
es muy convincente . . . para la ignorancia enfática, pseudo-científica,
presuntuosa, y para la pereza intelectual"[65].
Lo fundamental de la crítica de Lange hecha por Marx no
estriba en que Lange introduzca especialmente el malthusianismo en sociología,
sino en que la aplicación de las nociones biológicas en general a las ciencias
sociales es una frase.
pág. 426
Por el hecho de que tal aplicación obedezca a unas "buenas" intenciones o
al deseo de confirmar unas erróneas conclusiones sociológicas, la frase no
deja de ser una frase. Y la "energética social" de Bogdánov, la incorporación
que él hace de la doctrina de la selección social al marxismo, es precisamente
una frase de esa especie.
Así como Mach y Avenarius no han desarrollado en gnoseología
el idealismo, sino que han recargado los viejos errores idealistas con
una terminología bárbara y pretenciosa ("elementos", "coordinación de
principio", "introyección", etc.), así también en sociología el
empiriocriticismo, aun cuando simpatizase sinceramente con las conclusiones
del marxismo, lleva a mutilar el materialismo histórico por medio de una
pretenciosa y hueca fraseología energética y biológica.
La circunstancia siguiente constituye una particularidad
histórica del machismo ruso contemporáneo (o más bien de la epidemia machista
reinante entre una parte de los socialdemócratas rusos). Feuerbach fue
"materialista por abajo e idealista por arriba"; y lo mismo sucede, en cierto
modo, con Büchner, Vogt, Moleschott y Dühring, con la diferencia esencial de
que todos estos filósofos, comparados con Feuerbach, no han sido más que unos
pigmeos y unos miserables chapuceros.
Marx y Engels, habiendo superado a Feuerbach y tras haber
adquirido la madurez en la lucha contra los chapuceros, pusieron naturalmente
su máxima atención en la terminación del edificio de la filosofía del
materialismo, es decir, en la concepción materialista de la historia y no en
la gnoseología materialista. Debido a eso, en sus obras Marx y Engels
subrayaron más el materialismo dialéctico que el materialismo
dialéctico, insistieron más en el materialismo histórico que en el
materialismo histórico. Nuestros machistas que pretenden
pág. 427
ser marxistas, han abordado el marxismo en un período histórico diferente
por completo, lo han abordado en un momento en que la filosofía burguesa se ha
especializado sobre todo en la gnoseología y, habiéndose asimilado bajo una
forma unilateral y deformada ciertas partes constitutivas de la dialéctica (el
relativismo, por ejemplo), ha prestado su atención preferente a la defensa o
la restauración del idealismo por abajo y no del idealismo por arriba. Por lo
menos, el positivismo en general y el machismo en particular, se han
preocupado sobre todo de falsificar sutilmente la gnoseología, simulando el
materialismo, ocultando el idealismo bajo una terminología aparentemente
materialista, y han consagrado relativamente poca atención a la filosofía de
la historia. Nuestros machistas no han comprendido el marxismo, porque les
tocó abordarlo, por decirlo así, del otro lado, y han asimilado -- a
veces no tanto asimilado como aprendido de memoria -- la teoría económica e
histórica de Marx, sin haber distinguido claramente sus fundamentos, o sea el
materialismo filosófico. El resultado es que Bogdánov y Cía. deben ser
llamados los Büchner y los Dühringrusos al revés. ¡Quisieran ser materialistas
por arriba y no pueden deshacerse de un confuso idealismo por abajo! En
Bogdánov se ve "por arriba" el materialismo histórico ciertamente vulgar y muy
averiado por el idealismo, y "por abajo" el idealismo, disfrazado de términos
marxistas, ajustado al vocabulario marxista. "Experiencia socialmente
organizada", "proceso colectivo del trabajo", ésas son palabras marxistas,
pero no son más que unas palabras disimuladoras de la filosofía
idealista, para la cual los objetos son complejos de "elementos", de
sensaciones, para la cual el mundo exterior es la "experiencia" o el
"empiriosímbolo" de la humanidad, y la naturaleza física una "derivación" de
"lo psíquico", etc., etc.
pág. 428
Una falsificación cada vez más sutil del marxismo y un
disfraz cada vez más sutil de las doctrinas antimaterialistas presentadas como
marxismo: tal es lo que caracteriza al revisionismo moderno, tanto en el campo
de la economía política, como en los problemas de táctica y en el campo de la
filosofía en general, lo mismo en gnoseología que en sociología.
Los Enseyos "sobre" la filosofía del marxismo,
que terminan con el referido artículo del camarada S. Suvórov, son de un
bouquet de extraordinario efecto, precisamente en razón al carácter colectivo
de la obra. Cuando veis tomar la palabra sucesivamente a Basárov afirmando
que, según Engels, la "representación sensible es precisamente la realidad
existente fuera de nosotros"; a Berman afirmando que la dialéctica de Marx y
de Engels es mística; a Lunacharski, que ha llegado hasta la religión; a
Iushkévich introduciendo el "Logos en el torrente irracional de lo dado"; a
Bogdánov calificando el idealismo de filosofía del marxismo; a Helfond
purificando a J. Dietzgen del materialismo; y para acabar, a S. Suvórov con su
artículo titulado "Las bases de la filosofía social", os dais cuenta del
"espíritu" de la nueva línea. La cantidad se ha trocado en calidad. Los
"buscadores", que hasta ahora investigaban aisladamente en artículos y libros
diversos, han realizado un verdadero pronunciamiento. Las divergencias
parciales existentes entre ellos se borran por el hecho mismo de su
intervención colectiva contra (y no "sobre") la filosofía del marxismo,
y los rasgos reaccionarios del machismo como tendencia se hacen evidentes.
El artículo de Suvórov es tanto más interesante, en estas
condiciones, cuanto que este autor no es ni un empiriomonista,
pág. 429
ni un empiriocriticista; es, sencillamente, un "realista"; lo que le acerca
al resto de la compañía, no es, por consiguiente, lo que distingue a Basárov,
Iushkévich y Bogdánov como filósofos, sino lo que todos tienen de común
contra el materialismo dialéctico. La comparación de las reflexiones
sociológicas de este "realista" con las reflexiones de un empiriomonista nos
facilitará la descripción de su tendencia común.
Suvórov escribe: "En la gradación de las leyes que rigen el
proceso universal, las leyes particulares y complejas se reducen a leyes
generales y simples, y todas ellas obedecen a la ley universal del desarrollo,
a la ley de la economía de las fuerzas. La esencia de esta ley consiste
en que todo sistema de fuerzas se conserva y desarrolla tanto más cuanto
menos gasta, cuanto más acumula y cuanto mejor contribuyen los gastos a
la acumulación. Las formas del equilibrio dinámico que de antiguo hacían
nacer la idea de una finalidad objetiva (sistema solar, periodicidad de los
fenómenos terrestres, proceso vital), se constituyen y desarrollan justamente
en virtud del ahorro y acumulación de la energía que les es propia, en virtud
de su economía interior. La ley de la economía de las fuerzas es el principio
que unifica y rige todo desarrollo: el inorgánico, el biológico y el social"
(pág. 293, cursiva del autor).
¡Con qué maravillosa facilidad confeccionan las "leyes
universales" nuestros "positivistas" y "realistas"! Sólo hay que deplorar que
tales leyes no tengan más valor que las que confeccionaba con tanta facilidad
y rapidez Eugen Dühring. La "ley universal" de Suvórov es una frase tan hueca
y tan enfática como las leyes universales de Dühring. Intentad aplicar esta
ley al primero de los tres campos indicados por el autor: al desarrollo
inorgánico. Veréis que fuera de la ley de la conservación y de la
transformación de la energía no podréis aplicar en este caso, y además aplicar
"universalmente", ninguna
pág. 430
"economía de fuerzas". Pero el autor ya ha clasificado aparte la ley de la
"conservación de la energía" (pág. 292), como una ley especial*. ¿Qué ha
quedado, fuera de dicha ley, en el terreno del desarrollo inorgánico? ¿Dónde
están los complementos, o las complicaciones, o los nuevos descubrimientos, o
los hechos nuevos que han permitido al autor modificar ("perfeccionar") la ley
de la conservación y de la transformación de la energía en ley de la
"economía de las fuerzas"? No hay hecho ni descubrimiento de tal género
y Suvórov no ha dicho nada acerca de eso. Lo que ha hecho buenamente -- para
imponer más, como diría el Basárov de Turguénev** -- es trazar sobre el papel,
de una plumada, una nueva "ley universal" "de la filosofía real-monista" (pág.
292). ¡Ya veis cómo las gastamosl ¿Es que somos peores que Dühring?
Considerad el segundo campo del desarrollo, el biológico.
¿Qué ley universal observamos en el desarrollo de los orga-
pág. 431
nismos mediante la lucha por la existencia y mediante la selección: la ley
de la economía de las fuerzas o la "ley" del derroche de las fuerzas? ¡Qué
importa! La "filosofía real-monista" permite interpretar el "sentido "
de la ley universal diferentemente, en un terreno de una manera, en otro
terreno de otra, por ejemplo, como el desarrollo de los organismos inferiores
en organismos superiores. Poco importa que la ley universal llegue
entonces a ser una frase vacía; el principio del "monismo" está, en cambio,
salvado. En cuanto al tercer campo (el campo social) se puede interpretar en
él la "ley universal" en un tercer sentido, como desarrollo de las fuerzas
productivas. Para eso es "ley universal", para que se pueda cubrir con ella
todo lo que se quiera.
"Aunque la ciencia social es todavía joven, está ya en
posesión de una base sólida y de acabadas generalizaciones; en el siglo XIX,
se ha elevado a las alturas teóricas y este es el mayor mérito de Marx. Ha
elevado la ciencia social al grado de una teoría social. . ." Engels dijo que
Marx había elevado el socialismo de la utopía a la ciencia, pero eso no le
bastó a Suvórov. Será más fuerte si, además, de la ciencia (¿pero
existía la ciencia social antes de Marx?) distinguimos la teoría. ¿Que
esta distinción no tiene sentido? tQué importa!
". . . estableciendo la ley fundamental de la dinámica
social, en virtud de la cual la evolución de las fuerzas productivas es el
principio determinante de todo el desarrollo económico y social. Pero el
desarrollo de las fuerzas productivas corresponde al acrecentamiento de la
productividad del trabajo, a la relativa disminución de los desgastes y al
aumento de la acumulación de energía . . . (Aquí se ve toda la fecundidad de
la "filosofía real-monista": ¡Ha sido dada una nueva fundamentación del
marxismo, la fundamentación energética!). . . Este es un principio económico.
Marx, de tal forma, puso
pág. 432
en la base de la teoría social el principio de la economía de las fuerzas".
. .
Este "de tal forma" es verdaderamente incomparable. ¡Ya
que Marx trata de economía política, rumiemos, pues, la palabra
"economía", y llamemos al producto de este rumiar "filosofía real-monista"!
No, Marx no puso en la base de su teoría ningún principio de
economía de las fuerzas. Esas patrañas han sido inventadas por individuos a
quienes los laureles de Eugen Dühringno dejan dormir tranquilos. Marx dio una
definición completamente precisa del concepto del crecimiento de las fuerzas
productivas y estudió el proceso concreto de tal crecimiento Suvórov, en
cambio, ha inventado un terminajo nuevo -- por lo demás muy impropio,
engendrando la confusión -- para designar el concepto analizado por Marx ¿Qué
es, en efecto, la "economía de las fuerzas"? ¿Cómo medirla? ¿Cómo aplicar este
concepto? ¿Qué hechos precisos y definidos comprende? Suvórov no lo explica, y
no puede ser explicado, puesto que es un embrollo. Sigamos oyéndole:
". . . Esta ley de la economía social no es solamente el
principio de la unidad interior de la ciencia social [¿comprendéis algo de
esto, lectores?], sino que es también el eslabón de enlace entre la teoría
social y la teoría universal del ser" (294).
Bien. Bien. La "teoría general del ser" es descubierta una
vez más por S. Suvórov después que numerosos representantes de la escolástica
filosófica la han descubierto numerosas veces bajo las más variadas formas
¡Felicitemos a los machistas rusos con ocasión del descubrimiento de una nueva
"teoría general del ser"! ¡Esperamos que su próxima obra colectiva sea
consagrada por entero a la fundamentación y al desarrollo de este gran
descubrimiento!
pág. 433
Un ejemplo va a demostrarnos qué forma reviste la teoría de
Marx bajo la pluma de nuestro representante de la filosofía realista o
real-monista "Las fuerzas productivas de los hombres forman, en general, una
gradación genética [¡uf!], y se componen de su energía de trabajo, de las
fuerzas naturales sometidas, de la naturaleza modificada por la cultura y de
los instrumentos de trabajo que constituyen la técnica productora . . . Esas
fuerzas realizan, respecto al proceso del trabajo, una función puramente
económica; ahorran la energía del trabajo y elevan el rendimiento de los
desgastes de la misma" (298). ¡Las fuerzas productivas realizan respecto al
proceso del trabajo una función económica! Es como si dijésemos que las
fuerzas vitales realizan respecto al proceso de la vida una función vital. Eso
no es una exposición de la teoría de Marx, es abrumar al marxismo con una
inverosímil basura retórica.
De esa basura se encuentra lleno el artículo de Suvórov. "La
socialización de una clase se expresa por el crecimiento de su poder colectivo
tanto sobre los hombres como sobre su propiedad" (313). . . "La lucha de
clases tiende al establecimiento de formas de equilibrio entre las fuerzas
sociales" (322). . . Las discordias sociales, la hostilidad y la lucha son, en
el fondo, fenómenos negativos, antisociales. "El progreso social es
esencialmente el desarrollo de la sociabilidad, de los lazos sociales entre
los hombres" (328). Se puede llenar varios tomos coleccionando tales
trivialidades, y eso es lo que hacen los representantes de la sociología
burguesa; pero es demasiado fuerte pretender hacerlas pasar por filosofía del
marxismo. Si el artículo de Suvórov fuese un ensayo de popularización del
marxismo, no se le podría juzgar muy severamente; todo el mundo convendría en
que las intenciones del autor eran buenas, pero que el ensayo había
constituido
pág. 334
un fracaso; y nada más. Pero cuando un grupo de machistas no sirven esas
cosas bajo el título de "Bases de la filosofía social" y cuando volvemos a
encontrar los mismos procedimientos del "desarrollo" del marxismo en los
libros filosóficos de Bogdánov, se llega por fuerza a la conclusión de que
existe un lazo indisoluble entre la gnoseología reaccionaria y los esfuerzos
de la reacción en el terreno de la sociología.
Nos falta examinar la cuestión de la actitud que adopta el
machismo ante la religión. Pero esta cuestión se amplía hasta llevarnos a la
cuestión de si, en general, existen partidos en filosofía, y qué importancia
tiene la no pertenencia a un partido determinado en filosofía.
En el transcurso de toda la exposición anterior hemos
observado, en cada una de las cuestiones de gnoseología que hemos tocado, en
cada cuestión filosófica planteada por la nueva física, la lucha entre el
materialismo y el idealismo. Siempre, sin excepción, tras el
fárrago de artificios de la nueva terminología, tras la basura de la
escolástica erudita, hemos encontrado dos líneas fundamentales, dos
direcciones fundamentales en la manera de resolver las cuestiones filosóficas:
¿Tomar o no como lo primario la naturaleza, la materia, lo físico, el mundo
exterior, y considerar la conciencia, el espíritu, la sensación (la
experiencia, según la terminología en boga de nuestros días), lo
psíquico, etc., como lo secundario? Tal es la cuestión capital que de
hecho continúa dividiendo a los filósofos en dos grandes campos. La
fuente de millares y millares de errores y confusiones en esta materia,
estriba pre-
pág. 435
cisamente en el hecho de que, bajo la apariencia de los términos, de las
definiciones, de los subterfugios escolásticos, de las sutilezas verbales,
se dejan pasar inadvertidas estas dos tendencias fundamentales
(Bogdánov, por ejemplo, se niega a confesar su idealismo, pues ha sustituido
las nociones "metafísicas" de "naturaleza" y "espíritu" por las nociones
"experimentales" de lo físico y lo psíquico. ¡Se ha trocado una palabreja!).
El genio de Marx y Engels consiste precisamente en que
durante un período muy largo, de casi medio siglo, desarrollaron el
materialismo, impulsaron una dirección fundamental de la filosofía y no se
detuvieron a repetir las cuestiones gnoseológicas ya resueltas, sino que
aplicaron consecuentemente y demostraron cómo debe aplicarse este
mismo materialismo a las ciencias sociales, barriendo de un modo
implacable, como si fueran inmundicias, los absurdos, el galimatías enfático y
pretencioso, las innumerables tentativas de "descubrir" una "nueva" línea en
filosofía, de inventar una "nueva" dirección, etc. El carácter verbal de
semejantes intentos, el juego escolástico a nuevos "ismos" filosóficos, el
oscurecimiento del fondo de la cuestión por medio de sutilezas rebuscadas, la
incapacidad de comprender y de exponer con claridad la lucha de las dos
direcciones fundamentales de la gnoseología: he aquí lo que Marx y Engels
persiguieron y combatieron en el transcurso de toda su actividad.
Hemos dicho: casi medio siglo. En realidad, ya en 1843,
cuando Marx no hacía más que empezar a ser Marx, es decir, el fundador del
socialismo como ciencia, el fundador del materialismo contemporáneo,
infinitamente más rico en con tenido e incomparablemente más consecuente que
todas las formas anteriores del materialismo, ya entonces Marx bos-
pág. 436
quejó, con diafanidad sorprendente, las líneas esenciales de
la filosofía. K. Grün cita una carta de Marx a Feuerbach, fechada el 20 de
octubre de 1843[66], en la que Marx
invita a Feuerbach a que escriba en Deutsch-Französische Jahrbucher
[67] [Anales Franco-Alemanes
] un artículo contra Schelling. El tal Schelling -- escribe Marx -- no es
más que un fanfarrón que pretende abarcar y sobrepasar todas las anteriores
direcciones filosóficas. "Schelling dice a los románticos y a los místicos
franceses: yo soy la síntesis de la filosofía y de la teología, a los
materialistas franceses: yo soy la síntesis de la carne y de la idea; a los
escépticos franceses: yo soy el destructor del dogmatismo. . ."* Marx veía ya
entonces que los "escépticos", llámense partidarios de Hume o de Kant (o, en
el siglo XX, de Mach), se alzaban contra el "dogmatismo" tanto del
materialismo como del idealismo y, sin dejarse distraer por ninguno de los mil
miserables y pequeños sistemas filosóficos, supo tomar directamente, a través
de Feuerbach, el camino del materialismo contra el idealismo. Treinta años más
tarde, en el epílogo a la segunda edición del primer tomo de El
Capital, oponía Marx, con la misma claridad y precisión, su
materialismo al idealismo de Hegel, es decir, al más consecuente y más
desarrollado idealismo, descartando con desprecio el "positivismo" de
Comte y calificando de ruines epígonos a los filósofos contemporáneos que
creían haber derribado a Hegel cuando, en realidad, no habían hecho más que
repetir los errores anteriores a Hegel de Kant y de Hume. En una carta a
Kugelmann, fechada el 27 de junio de 1870, trata Marx
pág. 437
con igual desprecio a "Buchner, Lange, Dühring, Fechner y otros" por no
haber sabido comprender la dialéctica de Hegel y por haber despreciado a
éste[*]. Ved, en fin, las
diferentes observaciones filosóficas hechas por Marx en El Capital y
otras obras y hallaréis en ellas, invariable, una misma idea
fundamental: la afirmación continua del materialismo y despectivas
burlas contra todo oscurecimiento, contra toda con fusión, contra todo
retroceso hacia el idealismo. Todas las observaciones filosóficas de
Marx gravitan en torno a estas dos principales tendencias opuestas, y la
"estrechez" y el "carácter unilateral" de aquéllas constituyen precisamente
los defectos que la filosofía profesoral le reprocha. En realidad, semejante
desprecio a los híbridos proyectos de conciliación entre el materialismo y el
idealismo, es el mayor de los méritos de Marx, que marchaba hacia
adelante, siguiendo una senda filosófica claramente determinada.
Identificado absolutamente con el espíritu de Marx y en
colaboración estrecha con él, Engels opone también, clara y brevemente, en
todas sus obras filosóficas, y sobre todas las cuestiones,
la línea materialista a la línea idealista, sin tomar en serio, ni en 1878, ni
en 1888, ni en 1892[70], los
innumerables esfuerzos por "superar" el carácter "unilateral" del materialismo
y del idealismo, por proclamar una nueva línea, ya sea "positivismo",
"realismo" o cualquier otro charlatanismo profesoral. Toda la lucha contra
Dühringla llevó a cabo Engels por entero bajo el lema de la aplicación
consecuente del materialismo, acusando al materialista Dühringde entur-
pág. 438
biar la esencia de la cuestión con palabras, de cultivar la verborrea, de
usar unas formas de razonar que implican una concesión al idealismo, el paso a
las posiciones del idealismo. O el materialismo consecuente hasta el fin, o
las mentiras y la confusión del idealismo filosófico: así es como plantea
Engels la cuestión en cade parágrafo del Anti-Dühring, y las
personas de cerebro obstruido por la filosofía profesoral reaccionaria son las
únicas que no han podido apercibirse de ello. Y hasta 1894, fecha en que
escribió su último prólogo al Anti-Dühring, que acababa de revisar y
completar por última vez, Engels, que continuaba estando al corriente de la
nueva filosofía y de los nuevos progresos de las ciencias naturales, siguió
insistiendo con igual resolución en sus claras y firmes posiciones, desechando
la basura de los nuevos sistemas y sistemillas.
Por su Ludwig Feuerbach, se ve claramente que Engels
estaba al corriente de la filosofía moderna. En el prólogo escrito en 1888,
habla incluso de un fenómeno tal como el renacimiento de la filosofía clásica
alemana en Inglaterra y Escandinavia, mientras que con respecto al neokantismo
y a la doctrina de Hume en boga, Engels no tiene (tanto en el prólogo como en
el texto mismo) otras palabras que las del más profundo de los desprecios. Es
del todo evidente que Engels, al observar la repetición hecha por la filosofía
alemana e inglesa en moda de los viejos errores anteriores a Hegel de
las escuelas de Kant y de Hume, estaba dispuesto a esperar algún bien incluso
de una vuelta a Hegel (en Inglaterra y Escandinavia), confiando en que
el gran idealista y dialéctico contribuiría a hacer ver los pequeños errores
idealistas y metafísicos.
Absteniéndose de examinar la inmensa cantidad de matices del
neokantismo en Alemania y de la doctrina de Hume en
pág. 439
Inglaterra, Engels condena desde el primer momento su desviación
fundamental del materialismo. Engels califica de "retroceso científico" a
toda la dirección de una y otra escuela. ¿Cómo apreciaba la tendencia
indiscutiblemente "positivista", desde el punto de vista de la corriente de
terminología, indiscutiblemente "realista", de estos neokantianos y de estos
humistas, entre los que no podía ignorar, por ejemplo, a Huxley? Engels
consideraba e n e l m e j o r d e l o s c a s
o s el "positivismo" y el "realismo", que sedujeron y aún seducen a
un número infinito de confusionistas, como un procedimiento filisteo de
introducir subrepticiamente el materialismo, ¡mientras que en público lo
tiran por los suelos y reniegan de él! Basta reflexionar un segundo en
esta apreciación formulada acerca de Huxley, aquel gran naturalista que
era un realista incomparablemente más realista y un positivista
incomparablemente más positivo que Mach, Avenarius y Cía., para comprender el
desprecio que causaría a Engels el entusiasmo actual de un puñado de marxistas
por el "novísimo positivismo" o el "novísimo realismo", etc.
Marx y Engels, que eran en filosofía, desde el principio
hasta el fin, unos hombres de partido, supieron descubrir las desviaciones con
respecto al materialismo y las condescendencias con el idealismo y el fideísmo
en todas y cada una de las "novísimas" direcciones. Por eso, valoraban a
Huxley exclusivamente desde el punto de vista de su firmeza con
respecto al materialismo. Por eso, reprocharon a Feuerbach el no haber
aplicado hasta el fin el materialismo, el haber renunciado al materialismo a
causa de los errores de ciertos materialistas: el haber combatido la religión
para renovarla o para inventar otra y el no haber sabido deshacerse en
sociología de la fraseología idealista y llegar a ser materialista.
pág. 440
Esta tradición, la más grande y preciada de sus maestros, la
ha valorado y la ha seguido en un todo J. Dietzgen, cualesquiera que hayan
sido sus errores parciales en la exposición del materialismo dialéctico.
Dietzgen pecó mucho con sus torpes desviaciones del materialismo, pero nunca
intentó, en principio, separarse de él, enarbolar una "nueva" bandera; en los
momentos decisivos, declaró siempre de un modo firme y categórico: yo soy
materialista, nuestra filosofía es materialista. "El más despreciable de todos
los partidos -- decía con razón nuestro Joseph Dietzgen -- es el partido del
término medio. . . Así como en política los partidos se agrupan cada vez más
sólo en dos campos. . . , así también las ciencias se dividen en dos clases
fundamentales (Generalklassen); allí los metafísicos*, aquí los físicos o
materialistas. Los elementos intermedios y los charlatanes conciliadores,
cualquiera que sea su rótulo, ya se trate de espiritualistas, de sensualistas,
de realistas, etc., etc., en su camino caen bien en una o bien en otra
corriente. Nosotros exigimos decisión, queremos claridad. Los oscurantistas
reaccionarios (Retraitebläser) se llaman a si mismos idealistas**; y todos los
que aspiran a emancipar el espíritu humano del galimatias metafísico deben
llamarse materialistas. . . Si comparamos a ambos partidos con un cuerpo
sólido y otro líquido, el término medio entre ambos será algo así como una
papilla"***.
pág. 441
¡Es verdad! Los "realistas" y demás, entre ellos los
"positivistas", los machistas, etc., todo esto es papilla miserable, el
despreciable partido del término medio en filosofía, que confunde en
toda cuestión las direcciones materialista e idealista. Las tentativas de
salir de estas dos direcciones fundamentales en filosofía no son más que
"charlatanería conciliadora".
J. Dietzgen no tenía la menor duda de que el "clericalismo
científico" de la filosofía idealista es sencillamente la antesala del
clericalismo escueto. "El 'clericalismo científico' -- escribía Dietzgen -- se
esfuerza muy seriamente en venir en ayuda del clericalismo religioso" (loc.
cit., pág. 51). "Particularmente el dominio de la teoría del conocimiento, la
incomprensión del espíritu humano es el nido de piojos" (Lausgrube) en que
ambas variedades del clericalismo "depositan sus huevos". . . "Lacayos
diplomados que con sus discursos acerca de la 'felicidad ideal' embrutecen al
pueblo con ayuda de su idealismo alambicado" (geschraubter) (53). Eso es lo
que son los profesores de filosofía a los ojos de J. Dietzgen. "Así como el
antipoda del buen Dios es el diablo, el materialista lo es del profesor
clerical" (Kathederpfaffen). La teoría materialista del conocimiento es "un
arma universal contra la fe religiosa" (55) --, y no solamente contra "la
religión conocida, auténtica, ordinaria, la de los curas, sino también contra
la religión purificada, elevada, profesoral, de los enajenados (benebelter)
idealistas" (58).
Dietzgen hubiese preferido de buen grado la "honradez
religiosa" a la "indecisión" de los profesores librepensadores (60); por lo
menos, en aquélla "hay un sistema", hay unos hombres integros que no separan
la teoría de la práctica. Para los señores profesores, "la filosofía no es una
ciencia sino un medio de defensa contra la socialdemocracia" (107).
pág. 442
"Profesores y agregados, todos los que se titulan filósofos, a pesar de su
condición de librepensadores, están más o menos hundidos en los prejuicios, en
el misticismo. . . , todos forman en relación a la socialdemocracia . . . una
sola masa reaccionaria" (108). "Para seguir el buen camino, sin dejarse
desviar por ninguno de los absurdos (Welsch) religiosos y filosóficos, hace
falta estudiar el incierto de los caminos inciertos (der Holzweg des Holzwege)
-- la filosofía" (103).
Examinad ahora a Mach, Avenarius y su escuela desde el punto
de vista de los partidos en la filosofía. ¡Oh!, esos señores se jactan de
no pertenecer a ninguno de los partidos, y si tienen un antípoda, es sólo
y exclusivamente . . . el materialista. A través de todos los
escritos de todos los machistas, aparece como hilo conductor la necia
pretensión de "elevarse sobre" el materialismo y el idealismo, de superar esta
"anticuada" contraposición; pero, en realidad, toda esta camarilla cae
a cada instante en el idealismo, sosteniendo contra el materialismo una
guerra sin tregua ni cuartel. Los refinados subterfugios gnoseológicos de un
Avenarius siguen siendo invenciones profesorales, intentos de fundar "su
pequeña secta filosófica; pero, de hecho, en las condiciones generales de
lucha de las ideas y de las tendencias en el seno de la sociedad
contemporánea, el papel objetivo de estas sutilezas gnoseológicas se reduce
única y exclusivamente a una cosa: a desbrozar el camino al idealismo y al
fideísmo y a servirles fielmente. ¡En efecto, no es una casualidad el que la
pequeña escuela de los empiriocriticistas haya llegado a ser igualmente
apreciada tanto por los espiritualistas ingleses del tipo de Ward, como por
los neocriticistas franceses que alaban a Mach con motivo de su lucha contra
el materialismo, y por los inmanentistas alemanes! La fórmula de J. Dietzgen:
"lacayos diplomados
pág. 443
del fideísmo" alcanza de lleno a Mach, a Avenarius y a toda su escuela*.
La desgracia de los machistas rusos que se proponían
"conciliar" la doctrina de Mach con el marxismo, consiste precisamente en
haberse fiado de los profesores reaccionarios de filosofía y, una vez hecho
esto, haber resbalado por la pendiente. Sus diversas tentativas de desarrollar
y completar a Marx se fundaban en procedimientos de una gran simplicidad.
Leían a Ostwald, creían a Ostwald, parafraseaban a Ostwald y decían: esto es
marxismo. Leían a Mach, creían a Mach, parafraseaban a Mach y decían: esto es
marxismo. Leían a Poincaré, creían a Poincaré, parafraseaban a Poincaré y de-
pág. 444
cían: ¡esto es marxismo! Pero, cuando se trata de filosofía, no puede
ser creída ni une sola palabra de ninguno de esos profesores, capaces de
realizar los más valiosos trabajos en los campos especiales de la química, de
la historia, de la física. ¿Por qué? Por la misma razón por la que, tan pronto
se trata de la teoría general de la economía política, no se puede creer ni
una sola palabra de ninguno de los profesores de economía política,
capaces de cumplir los más valiosos trabajos en el terreno de las
investigaciones prácticas especiales. Porque esta última es, en la sociedad
contemporánea, una ciencia tan de partido como la gnoseología.
Los profesores de economía política no son, en general, más que sabios
recaderos de la clase capitalista, y los profesores de filosofía no son otra
cosa que sabios recaderos de los teólogos.
La misión de los marxistas, tanto aquí como allá, es la de
saber asimilar y reelaborar las adquisiciones de esos "recaderos" (no daréis,
por ejemplo, ni un paso en el estudio de los nuevos fenómenos económicos sin
tener que recurrir a los trabajos de estos recaderos) y saber rechazar
de plano su tendencia reaccionaria, saber seguir una línea propia y
luchar contra toda la línea de las fuerzas y clases que nos son enemigas. Eso
es lo que no han sabido hacer nuestros machistas, que siguen
servilmente la filosofía profesoral reaccionaria. "Tal vez nos
equivoquemos, pero indagamos", escribía Lunacharski en nombre de los autores
de los Ensayos. No sois vosotros los que buscáis, sino que es
a vosotros a quienes se busca, ¡ésa es la desgracia! No sois vosotros los
que abordáis, desde vuestro punto de vista marxista (puesto que queréis ser
marxistas), cada viraje de la moda en la filosofía burguesa; es esta moda la
que os aborda, la que os impone sus nuevas mixtificaciones al gusto del
idealismo, a lo Ostwald hoy, a lo Mach mañana, a lo Poincaré pasado mañana.
Los necios artificios
pág. 445
"teóricos" (a propósito de la "energética", de los "elementos", de la
"introyección", etc.) en los que ingenuamente creéis, siguen sin salir de los
límites de una estrecha y minúscula escuela, pero la tendencia
ideológica y social de estos artificios es captada inmediatamente por
los Ward, los neocriticistas, los inmanentistas, los Lopatin, los
pragmatistas, y les presta un buen servicio. El apasionamiento por el
empiriocriticismo y el idealismo "físico" pasará tan rápidamente como el
apasionamiento por el neokantismo y el idealismo "fisiológico", pero el
fideísmo saca su botín de cada uno de esos apasionamientos, modificando de mil
maneras sus artificios en provecho del idealismo filosófico.
La actitud ante la religión y la actitud ante las ciencias
naturales ilustra a maravilla esta utilización verdaderamente clasista
del empiriocriticismo por la reacción burguesa.
Tomad la primera cuestión. ¿Creéis que es casual el que
Lunacharski, en un trabajo colectivo contra la filosofía del marxismo,
haya llegado a hablar hasta de la "divinización de las potencias humanas
superiores", del "ateísmo religioso"*, etc.? Si tal es westro parecer, es
debido exclusivamente a que los machistas rusos han dado al público una
información falsa sobre toda la tendencia machista en Europa y sobre la
actitud de esta tendencia ante la religión. Tal actitud no sólo no tiene
ninguna semejanza con la de Marx, Engels, J. Dietzgen e incluso Feuerbach,
sino que es directamente contraria, empezando por la declaración de
Petzoldt: el empiriocriticismo "no está en contradicción ni con el teísmo ni
con el ateísmo"
pág. 446
(Einf. i. d. Philosophie der reinen Erfahrung, I, 351), O por la de
Mach: "las opiniones religiosas son asunto privado" (trad. franc., pág. 434) y
acabando por el fideísmo declarado, por el ultrarreaccionarismo
declarado tanto de Cornelius, que ensalza a Mach y que, a su vez, es ensalzado
por éste, como de Carus y todos los inmanentistas. La neutralidad del
filósofo en esta cuestión es ya servilismo respecto al fideísmo,
y tanto Mach como Avenarius no se elevan ni pueden elevarse por encima de tal
neutralidad, debido a los puntos de partida de su gnoseología.
Una vez que negáis la realidad objetiva, que nos es dada en
la sensación, habéis perdido ya toda arma contra el fideísmo, puesto que
habéis caído ya en el agnosticismo o en el subjetivismo, y el fideísmo no os
pide más. Si el mundo sensible es una realidad objetiva, no queda lugar para
cualquier otra "realidad" o quasi-realidad (acordaos de que Basárov creía en
el "realismo" de los inmanentistas, que declaraban que Dios era un "concepto
real"). Si el mundo es materia en movimiento, se la puede y se la debe
estudiar infinitamente en las infinitamente complicadas y menudas
manifestaciones y ramificaciones de este movimiento, del movimiento de
esta materia, pero nada puede haber fuera de tal materia, fuera del
mundo "físico", del mundo exterior, a todos familiar. La fobia al materialismo
y la multitud de calumnias acumuladas contra los materialistas están a la
orden del día en la Europa civilizada y democrática. Y todo esto continúa. Y
todo esto lo están ocultando al público los machistas rusos, que no han
intentado ni una sola vez comparar tan siquiera sencillamente las
salidas de Mach, de Avenarius, de Petzoldt y Cía. contra el materialismo con
las afirmaciones de Feuerbach, Marx, Engels y J. Dietzgen en favor del
materialismo.
pág. 447
Pero no servirá de nada el "encubrir" la actitud de Mach y de
Avenarius respecto al fideísmo. Los hechos hablan por sí mismos. No hay fuerza
en el mundo capaz de arrancar a estos profesores reaccionarios de la picota en
que los clavaron los abrazos de Ward, de los neocriticistas, de Schuppe, de
Schubert-Soldern, de Leclair, de los pragmatistas y otros. Y la influencia de
las personas mencionadas, como filósofos y profesores, la difusión de sus
ideas entre el público "instruido", es decir, burgués, la literatura especial
que han creado, son diez veces más ricas y más amplias que la escuelucha
especial de Mach y Avenarius. Esta escuelucha sirve a los que debe servir y de
esta escuelucha se sirven del modo debido.
La verguenza a que ha llegado Lunacharski no es una
excepción; es el fruto del empiriocriticismo, tanto ruso como alemán. No es
posible defenderla alegando las "buenas intenciones" del autor, ni el "sentido
particular" de sus palabras: si se tratase de un sentido directo y corriente,
es decir, de un sentido francamente fideísta, no nos tomaríamos ni siquiera la
molestia de dialogar con el autor, puesto que, indudablemente, no se
encontraría ni un solo marxista que, a consecuencia de estas afirmaciones,
no pusiera sin reserva a Anatoli Lunacharski en el mismo plano que a
Piotr Struve. Si ello no es así (y todavía no lo es), se debe
exclusivamente a que vemos un sentido "particular", y combatimos
amistosamente en tanto que nos quede terreno para una lucha amistosa. La
ignominia de los asertos de Lunacharski estriba precisamente en que haya
podido ligarlos con sus "buenas" intenciones. Lo nocivo de su "teoría" es
que admite medios tales o conclusiones tales con buenos fines Lo
malo es justamente que las "buenas" intenciones siguen siendo, en el mejor
de los casos, el asunto subjetivo de José, Juan y Pedro, mientras que
el alcance social de las afirmaciones
pág. 448
de tal género es innegable e indiscutible y no puede ser debilitado ni por
reservas ni por explicaciones de ninguna clase.
Hace falta estar ciego para no ver el parentesco ideológico
que existe entre la "divinización de las potencias humanas superiores" de
Lunacharski y la "substitución universal" que hace Bogdánov al colocar como
base de toda la naturaleza física lo psíquico. El pensamiento es el mismo; en
un caso, expresado principalmente desde el punto de vista de la estética, y en
otro, desde el punto de vista de la gnoseología. La "substitución", abordando
la cuestión tácitamente y desde otro aspecto, diviniza ya las
"potencias humanas superiores", separando "lo psíquico" del hombre y colocando
"lo psíquico general" inmensamente ampliado, abstracto y divinamente muerto
como base de toda la naturaleza física. ¿Y el "Logos" de Iushkévich
introducido "en el torrente irracional de lo dado"?
Basta con meter un pie en el pantano para hundirse en él por
completo Y nuestros machistas están todos enfangados en el idealismo, esto es,
en el fideísmo atenuado, refinado; se enfangaron a partir del preciso momento
en que empezaron a considerar la "sensación", no como una imagen del mundo
exterior, sino como un "elemento" particular. Sensación de nadie, psíque de
nadie, espíritu de nadie, voluntad de nadie: hasta esto se rueda
ineluctablemente, si no se reconoce la teoría materialista, según la cual la
conciencia del hombre refleja el universo exterior objetivamente real.
Examinemos la actitud del machismo, como corriente
filosófica, hacia las ciencias naturales. Todo el machismo combate
desde el principio hasta el fin la "metafísica" de las
pág. 449
ciencias naturales, nombre que aplica al materialismo de las ciencias
naturales, es decir, a la convicción espontánea, no reconocida, difusa,
filosóficamente inconsciente, que la mayoría aplastante de los naturalistas
abrigan, en el sentido de que el mundo exterior reflejado por nuestra
conciencia es la realidad objetiva. Nuestros machistas callan hipócritamente
este hecho, velando o embrollando los vínculos indisolubles del
materialismo espontáneo de los naturalistas con el materialismo
filosófico, como dirección conocida de antiguo y confirmada centenares de
veces por Marx y Engels.
Ved a Avenarius. Ya en su primera obra: La filosofía,
como concepción del mundo según el principio del mínimo es fuerzo,
publicada en 1876, combate la metafísica de las ciencias naturales[*], es decir, el materiálismo de las
ciencias naturales, y lo combate, como él Mismo confesó en 189I (¡sin que, por
lo demas, haya "rectificado" su criterio!) desde el punto de vista del
idealismo gnoseológico.
Ved a Mach. Desde 1872, o aún antes, hasta 1906, no deja de
combatir la metafísica de las ciencias naturales; aunque, al hacerlo, tiene la
buena fe de reconocer que le siguen yendo del brazo con él "toda una serie de
filósofos" (los inmanentistas entre ellos), pero "muy pocos
naturalistas" (Análisis de las sensaciones, pág. 9). En 1906, Mach
también confiesa de buena fe que "la mayoría de los naturalistas se atienen al
materialismo" (Conocimiento y error, 2a ed., pág.
4).
Ved a Petzoldt. En 1900 declara que "las ciencias naturales
están enteramente (ganz und gar) penetradas de metafísica". "Su experiencia
tiene que ser todavía depurada" (Einf. i.d. Ph. d. r. Erf., t. I, pág.
343). Sabemos que Avenarius y Petzoldt "depuran" la experiencia de cualquier
admisión de la
pág. 450
realidad objetiva que nos es dada en la sensación. Petzoldt declara en
1904: "La concepción mecanista del mundo del naturalista moderno no es, en el
fondo, de un valor superior a la de los antiguos hindúes". "Es absolutamente
indiferente pensar que el mundo reposa sobre un elefante fabuloso o sobre
moléculas y átomos, concebidos como reales desde el punto de vista de la
gnoseología, y no sólo como metáforas (bloss bildlich) usuales" (nociones) (t.
II, pág. 176).
Ved a Willy, el único machista que ha sido lo bastante
honrado para avergonzarse de su parentesco con los inmanentistas. Por su parte
declara en 1905: . . ."También las ciencias naturales, en fin de cuentas,
constituyen en muchos aspectos una autoridad de que debemos desembarazarnos"
(Geg. d. Schulweisheit, pág. 158).
Pero todo ello no es más que oscurantismo completo, la
más pura reacción. Considerar los átomos, las moléculas, los elec trones,
etc., como unas imágenes aproximadamente exactas, formadas en nuestro cerebro,
del movimiento objetivamente real de la materia, es lo mismo que ¡creer
que un elefante sos tiene el universo! Se comprende que los inmanentistas se
hayan agarrado con las dos manos a los faldones de este
oscurantista vestido con los burlescos guiñapos del positivista en
boga. No hay ni un solo inmanentista que no ataque con saña la
"metafísica" de las ciencias naturales, el "materialismo" de los naturalistas
precisamente porque estos últimos reconocen la realidad objetiva
de la materia (y de sus partículas), del tiempo, del espacio, de las leyes
naturales, etc., etc. Mucho antes de los nuevos descubrimientos de la física,
que dieron nacimiento al "idealismo físico", combatió Leclair, apoyándose en
Mach, "la dirección materialista dominante (Grundzug) de las ciencias
naturales modernas" (título del § 6 en Der Realismus u. s.
pág. 451
w., 1879); Schubert-Soldern guerreó contra la metafísica de las
ciencias naturales (título del capítulo II en Grdl. einer
Erkenntnistheorie [Fundamentos de la teoría del conocimiento ],
1884); Rehmke arremetió contra el "materialismo" de las ciencias naturales,
esa "metafísica de la calle " (Phil. u. Kantian. [Filosofía y
kantismo ], 1882, pág. 17), etc., etc.
Los inmanentistas sacaban con justo derecho unas conclusiones
directa y abiertamente fideístas de esa idea machista acerca del
"carácter metafísico" del materialismo de las ciencias naturales. Si las
ciencias naturales no nos dan en sus teorías la realidad objetiva, sino
sólo metáforas, símbolos, formas de la experiencia humana, etc., es
absolutamente indiscutible que la humanidad tiene derecho a crearse, en otro
terreno, unos "conceptos" no menos "reales", como el de Dios y otros.
La filosofía del naturalista Mach es a las ciencias naturales
lo que el beso del cristiano Judas fue a Cristo. Aliándose, en el fondo, al
idealismo filosófico, entrega Mach las ciencias naturales al fideísmo. La
renuncia de Mach al materialismo de las ciencias naturales es un fenómeno
reaccionario en todos los sentidos: lo hemos visto bastante claramente al
tratar de la lucha de los "idealistas físicos" contra la mayor parte de
los naturalistas, que siguen sustentando el punto de vista de la vieja
filosofía. Lo veremos con más claridad aún si comparamos al célebre
naturalista Ernst Haeckel con el célebre filósofo (célebre entre los filisteos
reaccionarios) Ernst Mach.
La tempestad levantada en todos los países civilizados por
Los enigmas del universo de E. Haeckel ha hecho resaltar con singular
relieve el carácter de partido de la filosofía en la sociedad
contemporánea, de una parte, y el verdadero aícance social de la lucha del
materialismo contra el idealismo y el
pág. 452
agnosticismo, de otra. La difusión de centenares de millares de
ejemplares de ese libro, inmediatamente traducido a todas las lenguas y
propagado en ediciones baratas, asevera con evidencia que dicha obra "ha
entrado en el pueblo", y que su autor, Haeckel, ha conquistado de un golpe
innumerables lectores. Ese librito popular ha llegado a ser un arma en
la lucha de clases. Los profesores de filosofía y de teología de todos los
países del mundo se han puesto a desprestigiar y a pulverizar a Haeckel de mil
maneras diferentes. El famoso físico inglés Lodge se lanzó a defender a Dios
de los ataques de Haeckel. El físico ruso señor Jvolson se trasladó a Alemania
para publicar allí un vil libelo ultrarreaccionario contra Haeckel y
certificar a los honorabilísimos señores filisteos que no todos los
naturalistas profesan el "realismo ingenuo"*. Son innumerables los teólogos
que han declarado la guerra a Haeckel. No hay injuria aleve que no le hayan
dirigido los profesores de la filosofía oficial**. Es regocijante ver a esas
momias desecadas por una muerta escolástica animándoseles los ojos y
coloreándoseles las mejillas -- puede ser que por primera vez en la vida --,
bajo los bofetones que les ha distribuido Ernst Haeckel. Los pontífices de la
ciencia pura y de la teoría más abstracta, al parecer, lanzan clamores de
rabia, y en esos bramidos de los bisontes de la filosofía (el idealista
Paulsen, el inmanentista Rehmke, el kantiano Adickes y tantos otros, cuyos
nombres sólo tú sabes, ¡Señor!) distingue el oído este motivo
pág. 453
dominante: contra la "metafísica" de las ciencias natuarles, contra el
"dogmatismo", contra la "exageración del valor y de la importancia de las
ciencias naturales", contra el "materialismo de las ciencias
naturales". ¡Ese es materialista! ¡Sus y a él! ¡Sus y al materialista! Engaña
al público al no calificarse abiertamente de materialista. He ahí lo que
exaspera por encima de todo a los honorabilísimos señores profesores.
Lo más característico en toda esta tragicomedia[*], es que el mismo Haeckel abjura
del materialismo, rechaza la denominación de materialista. Más aún: lejos
de repudiar toda religión, inventa una religión suya (algo así como la "fe
ateísta" de Bulgakov o el "ateísmo religioso" de Lunacharski) y de fiende
en principio ¡la unión de la religión y de la ciencia! ¿Pero qué ha
pasado? ¿A causa de qué "fatal equivocación" se ha desencadenado tal alboroto?
El asunto estriba en que la ingenuidad filosófica de E.
Haeckel, la ausencia en él de objetivos determinados de partido, su deseo de
respetar el prejuicio filisteo dominante contra el materialismo, sus
personales tendencias a la conciliación y sus proposiciones concernientes a la
religión no han hecho más que acentuar el espíritu general de su libro,
la indestructibilidad del materialismo de las ciencias naturales y su
intransigencia con toda la filosofía y la teología profesoral
oficial. Personalmente no quiere romper Haeckel con los filisteos; pero lo que
expone con tan ingenua como inquebrantable convicción es absolutamente
inconciliable con ninguno de los ma-
pág. 454
tices del idealismo filosófico dominante. Todos estos matices, empezando
por las más burdas teorías reaccionarias de un Hartmann y acabando por el
positivismo de Petzoldt, que presume ser novísimo, progresivo y avanzado, o
por el empiriocriticismo de Mach, todos coinciden en que el
materialismo de las ciencias naturales es una "metafísica", que la admisión de
la realidad objetiva de las teorías y de las conclusiones de las ciencias
naturales atestigua el más "ingenuo realismo" etc. Y esta "sagrada" doctrina
de toda la filosofía profesoral y de la teología es abofeteada
por cada página del libro de Haeckel. Este naturalista, que indudablemente
expresa las opiniones, disposiciones de ánimo y tendencias más arraigadas,
aunque insuficientemente cristalizadas, de la aplastante mayoría de los
naturalistas de fines del siglo XIX y principios del XX, demuestra de golpe,
con facilidad y sencillez, lo que la filosofía profesoral pretendía ocultar al
público y a sí misma, a saber: que existe una base, cada vez más amplia y
firme, contra la cual vienen a estrellarse todos los esfuerzos y afanes de las
mil y una escueluchas del idealismo filosófico, del positivismo, del realismo,
del empiriocriticismo y demás confusionismos. Esa base es el materialismo
de las ciencias naturales. La convicción de los "realistas ingenuos" (es
decir, de la humanidad entera) de que nuestras sensaciones son imágenes del
mundo exterior objetivamente real, es la convicción sin cesar creciente, sin
cesar afirmada de un gran número de naturalistas.
La causa de los fundadores de nuevas escueluchas filosóficas,
la causa de los inventores de "ismos" gnoseológicos nuevos está bien perdida,
irrevocablemente perdida. Podrán agitarse dentro de sus pequeños sistemas
"originales", podrán afanarse por divertir a unos cuantos admiradores con
ayuda de inte resantes discusiones sobre si el primero que dijo "¡Eb!" fue
pág. 455
el empiriocriticista Bobchinski, o ha sido el empiriomonista
Dobchinski[*]; incluso podrán crear
una vasta literatura "especial", como han hecho los "inmanentistas"; pero a
pesar de todas sus oscilaciones y vacilaciones, a pesar de toda la
inconsciencia del materialismo de los naturalistas, a pesar del apasionamiento
de ayer por el "idealismo fisiológico" en boga, o del de hoy por el "idealismo
físico" de moda, el desarrollo de las ciencias naturales arroja fuera
todos los pequeños sistemas y todas las sutilidades, haciendo resaltar una y
otra vez la "metafísica" del materialismo de las ciencias naturales.
He aquí la prueba de ello, en un ejemplo tomado de Haeckel.
El autor confronta en las Maravillas de la vida las teorías monista y
dualista del conocimiento; citaremos los puntos más interesantes de dicha
comparación:
NATURALES Y EL
IDEALISMO FILOSOFICO
* L. Houllevigue, L'évolution des
sciences (La evolución de las ciencias ) París (A. Collin), 1908,
págs. 63, 87, 88. Véase su artículo "Les idées des physiciens sur la matiere"
("Ideas de los físicos sobre la materia") en Année Psychologique [59] (Anales de Psicología ), 1908.
* Oliver Lodge, Sur les électrons
(Sobre los electrones ), Paris, 1906, pág. 159: "La teoría eléctrica de
la materia", el reconocimiento de la electricidad como la "sustancia
fundamental", constituye un "hallazgo teórico muy cercano de aquello a lo que
tendieron siempre los filósofos, es decir, de la unidad de la materia". Véase
también Augusto Righi, Über die Struktur der Materie (De la
estructura de la materie ), Leipzig, 1908; J. J. Thomson,
The Corpuscular Theory of Matter (Teoría corpuscular de la materia
), Londres, 1907; P. Langevin, "La physique des électrons" en
Revue générale des Sciences [60] ("Física de los electrones" en Revista General
de las Ciencias ), 1905, págs. 257-276.
* Wilhelm Ostwald, Vorlesungen über
Naturphilosophie (Conferencias sobre filosofía de la naturaleza ),
2a ed., Leipzig, 1902, pág. VIII.
* J. Gr. Hibben, The Theory of
Energetics and its Philosophical Bearings (La teoría de la energética y
su lugar en la filosofía ), The Monist, vol. XIII, núm. 3, 1903,
abril, págs. 329-330.
y el
espiritualismo inglés
* The British Association at Glasgow. 1901.
Presidential Address by Prof. Arthur W. Rücker en The Scientific American.
Suplement, 1901, núms, 1345 y 1346.
* James Ward, Naturalism and
Agnosticism (Naturalismo y agnosticismo ), vol. I, 1906, pág. 303.
y el idealismo
alemán
* Archiv für syst. Phil., vol. V.
1898-1899, págs. 169-170.
** Heinrich Hertz,
Gesammelte Werke (Obras Completas ), vol. 3, Leipzig, 1894,
particularmente págs. 1, 2, 49.
*** Kantstudien, t.
VIII, 1903, pág. 309.
**** The Monist, vol. XVI, 1906,
núm. 2, pág. 164; artículo sobre el "monismo" de Mach.
* Ludwig Boltzmann, Populäre
Schriften (Artículos populares ), Leipzig, 1905, pág.
187.
** Siegmund Günther, Geschichte der anorganischen
Naturwissenschaften im 19. Jahrhundert, (Historia de las ciencias sobre
la naturaleza inorgánica en el siglo XIX ), Berlín, 1901, págs. 942 y 941.
* Boltzmann quiere decir que el autor no intenta
concebir el movimiento sin materia. Hablar aquí del "dualismo" es ridiculo. El
monismo y el dualismo en filosofía consisten en la aplicación consecuente o
inconsecuente del materialismo o del idealismo.
* El trabajo de Erich Becher sobre las Premisas
filosóficas de las ciencias naturales exactas (Erich Becher,
Philosophische Voraussetzungen der exakten Naturwissenschaften,
Leipzig, 1907), que yo conoci después de terminado este libro, confirma lo que
acabo de decir en este parágrafo. Estando lo más próximo al punto de vista
gnoseológico de Helmholtz y de Boltzmann, es decir, al materialismo
"vergonzante" y no pensado por completo, el autor consagra su trabajo a la
defensa e interpretación de los postulados fundamentales de la física y de la
química. Esta defensa se convierte, naturalmente, en lucha contra la dirección
machista en física, dirección que está de moda, pero que provoca una
resistencia cada vez mayor (v. pág. 91 y otras). Con justeza caracteriza E.
Becher esta dirección como un "positivismo subjetivista" (pág. III) y
hace gravitar toda la lucha contra ella alrededor de la demostración de la
"hipótesis" del mundo exterior (cap. II-VII), de la demostración de su
"existencia independientemente de las percepciones humanas" (von
Wahrgenommenwerden unabhängige Existenz). La negación de esta "hipótesis" por
los machistas los lleva con frecuencia al solipsismo (págs. 78-82 y otras).
"La concepción de Mach según la cual 'las sensaciones y sus complejos y no el
mundo exterior' representan el único objeto de las ciencias naturales" (pág.
138), Becher la llama "monismo de las sensaciones" (Empfindungs- [cont. en pág. 375. -- DJR] monismus) y la
relaciona a las "direcciones puramente conciencialistas". Este término pesado
y absurdo viene del latín conscientia, conciencia y no significa otra
cosa que el idealismo filosófico (v. pág. 156). En los dos últimos capítulos
de su libro, E. Becher compara bastante bien la vieja teoría mecánica de la
materia y el viejo cuadro del mundo con la nueva teoría eléctrica de la
materia y el nuevo cuadro del mundo (concepción "cinético-elástica" y
"cinético-eléctrica" de la naturaleza, siguiendo la terminología del autor).
La última teoría, fundada en la doctrina de los electrones, es un paso
adelante en el conocimiento de la unidad del mundo; para ella, "los elementos
del mundo material son cargas eléctricas" (Ladungen) (pág. 223). "Toda
concepción puramente cinética del mundo no conoce nada más que cierto número
de cosas en movimiento, llámense éstas electrones o de otra manera; el estado
de movimiento de estas cosas en cada momento sucesivo de tiempo cstá
rigurosamente determinado, en virtud de leyes fijas, por su situación y su
estado de movimiento en el momento precedente" (225). El defecto principal del
libro de E. Becher es debido a su ignorancia absoluta del materialismo
dialéctico. Esta ignorancia a menudo le induce a confusiones y absurdos sobre
los cuales no nos es posible detenernos aquí.
y el fideísmo
francés
* El "conciliador" A. Rey no sólo ha echado un
velo sobre el planteamiento de la cuestión por el materialismo filosófico,
sino que ha pasado también en silencio las más expresivas afirmaciones
materialistas de los físicos franceses. No ha hecho mención, por ejemplo, de
Alfred Cornu, que murió en 1902. Este físico acogió la "destrucción (o
superación, Überwindung) del materialismo científico" por Ostwald con una
observación despreciativa sobre la manera pretenciosa y ligera con que Ostwald
había tratado la cuestión (v. Revue générale des sciences, 1895. págs.
1030-1031). En el Congreso internacional de los físicos celebrado en París en
1900, A. Cornu decía: ". . . Cuanto mas conocemos los fenómenos naturales, más
se desarrolla y se precisa la audaz concepción cartesiana relativa al
mecanismo del universo: en el mundo físico no hay más que materia y
movimiento. El problema de la unidad de las fuerzas físicas . . . ocupa de
nuevo el primer plano después de los grandes descubrimientos con que se han
señalado los últimos años del siglo XIX. La preocupación fundamental de
nuestros modernos corifeos de la ciencia -- Faraday, Maxwell, Hertz (para no
hablar más que de ilustres físicos desaparecidos ya) -- consiste en precisar
la naturaleza y llegar a ver las propiedades de la materia imponderable
(matière subtile), portadora de la energía universal . . . La vuelta a las
ideas cartesianas es evidente . . ." (Rapports présentés au Congrès
International de Physique, París, 1900, t. 4, pág. 7). Lucien Poincaré
anota con razón en su Fisica moderna que esta idea cartesiana fue
adoptada y desarrollada por los enciclopedistas del siglo XVIII (Lucien
Poincaré, La physique mod erne, París, 1906, pág. 14), pero ni este físico, ni
A. Cornu saben cómo los materialistas dialécticos Marx y Engels habían
depurado este postulado fundamental del materialismo de la unilateralidad del
materialismo mecanicista.
* Johannes Rehmke, Philosophie und
Kantianismus (Filosofía y kantismo ), Eisenach, 1882, pág. 15 y
siguientes.
* P. Duhem, La théorie physique,
son objet et sa structure, París, 1906.
** J. B.
Stallo, The Concepts and Theories of Modern Physics, Londres, 1882.
Hay traducciones en francés y en alemán.
* "Nota del traductor" a la versión alemana del
libro de Duhem, Leipzig, 1908, J. Barth.
* El célebre químico William Ramsay dice: "Se me
ha preguntado frecuentemente: ¿La electricidad no es una vibración? ¿Cómo
explicar, pues, la telegrafía sin hilos por el desplazamiento de pequeñas
partículas o corpúsculos? La respuesta es la siguiente: la electricidad es una
cosa ; ella es [subrayado por Ramsay] estos pequeños corpúsculos, pero
cuando estos corpúsculos se desprenden de algún objeto, una onda análoga a la
onda luminosa se propaga en el éter y esta onda se utiliza para la telegrafía
sin hilos" (William Ramsay. Essays, Biographical and Chemical
[Ensayos biográficos y químicos ], Londres, 1908, pág. 126). Después de
haber expuesto el proceso de la transformación del radio en helio, Ramsay
observa: "Por lo menos, un llamado elemento no puede ser ya mirado ahora como
la materia última; él mismo se transforma en una forma más sencilla de la
materia" (pág. 160). "Es casi indudable que la electricidad negativa es una
forma particular de la materia; y la electricidad positiva es materia, privada
de electricidad negativa, es decir, es materia menos esta materia eléctrica"
(176). "¿Qué es la electricidad? Antes se creía que había dos clases de
electricidad: una positiva y otra negativa. En tonces hubiera sido imposible
responder a la cuestión planteada. Pero las investigaciones recientes hacen
probable la hipótesis de que esto que se acostumbraba a llamar electricidad
negativa, es en realidad (really) una sustancia. En efecto, el peso relativo
de su partícula ha sido medido; esta partícula equivale, aproximadamente, a
una setecientosava parte de la masa del átomo del hidrógeno . . . Los átomos
de la electricidad se llaman electrones" (196). Si nuestros machistas autores
de libros y artículos sobre temas filosóficos supieran pensar, comprenderían
que las frases: "la materia desaparece", "la materia se reduce a la
electricidad". etc., no son más que manifestación gnoseológicamente impotente
de aquella verdad que dice que se logra descubrir nuevas formas de la materia,
nuevas formas del movimiento material, reducir las viejas formas a estas
nuevas, etc.
EL MATERIALISMO HISTORICO
al campo
de las ciencias sociales
* Vierteljahrsschrift für wissenschaftliche
Philosophie, 1895, t. XIX. F. Blei, "Die Metaphysik in der
Nationalökonomie", págs. 378-90.
* Mach, imbuido del mismo espíritu, se pronuncia
por el socialismo burocrático de Popper y de Menger, que garantiza "la
libertad del individuo", mientras que la doctrina de los socialdemócratas "que
difiere con desventaja" de este socialismo, amenaza, según Mach, con llevarnos
a una "esclavitud mas general y más penosa todavía que la del Estado
monárquico u oligárquico", Véase Conocimiento y error, 2a ed., 1906, págs. 80-81.
* Es característico que el descubrimiento de la
ley de la conservacion y de la transformación de la energía sea calificado por
Suvórov como "el establecimiento de las tesis fundamentales de la
energética " (292). ¿Nuestro "realista", que pretende ser marxista, no
ha oido decir que tanto los materialistas vulgares Büchner y Cía. como el
materialista dialéctico Engels veían en esta ley el establecimiento de las
tesis fundamentales del materialismo? ¿Ha pensado nuestro "realista" en
lo que significa esa diferencia? ¡No! Sencillamente ha seguido la moda, ha
repetido a Ostwald y nada más. La desgracia es justamente que los "realistas"
de este género se rinden ante la moda, mientras que Engels, por ejemplo,
asimiló el término, nuevo para él, de energía y se sirvió de él en 1885
(prefacio a la 2a ed. del Anti-Dühring ) y en 1888
(L. Feuerbach ), pero se sirvió de él al igual que de los términos
"fuerza" y "movimiento", indistintamente; Engels supo enriquecer su
matetialismo , asimilando una terminología nueva. Los "realistas" y los
otros embrolladores que recogieron el nuevo término, ¡no se apercibieron de la
diferencia entre el materialismo y la energética! ** Personaje
de la novela de I. S. Turguénev Padres e hijos. (N. del T.)
los filósofos acéfalos
* Karl Grün, Ludwig Feuerbach in seinem
Briefwechsel und Nachlass, sowie in seiner philosophischen
Charakterentwicklung (Ludwig Feuerbach en su correspondencia y en su
herencia literaria, así como en su evolución filosófica ), t. I,
Leipzig, 1874, pág. 361.
* En una carta del 13 de diciembre de 1870, Marx
dijo del positivista Beesley: "como partidario de Comte, no puede menos que
recurrir a subterfugios (crotchets)[68] de toda especie". Comparad estas líneas con la
apreciación de los positivistas a lo Huxley formulada por Engels en 1892[69].
* Aquí también recurre a una expresión inhábil,
imprecisa: en lugar de "metafísicos" hubiera debido decir "idealistas". El
mismo J. Dietzgen opone, en otros sitios, los metafísicos a los
dialécticos.
** Observad que J. Dietzgen ha rectificado ya y
explica en téminos más precisos cuál es el partido de los enemigos del
materialismo.
*** Ved el artículo: "Filosofía
socialdemócrata", escrito en 1876. Kleinere philosophischen Schriften,
1903, pág. 135.
* He aquí un ejemplo más de la forma en que las
corrientes ampliamente difundidas de la filosofía burguesa reaccionaria
explotan de hecho la doctrina de Mach. El "pragmatismo" (de la palabra griega
"pragma": acto, acción: filosofía de la acción) es quizá el "último grito de
la moda" de la novísima filosofía americana. Las revistas filosóficas hablan
tal vez más que nada de pragmatismo. El pragmatismo se mofa tanto de la
metafísica del materialismo, como de la metafísica del idealismo, exalta la
experiencia y sólo la experiencia, considera la práctica como el unico
criterio, se basa en la corriente positivista en general, se apoya
especialmente en Ostwald, Mach, Pearson, Poincaré,
Duhem, en el hecho de que la ciencia no es una "copia absoluta de la
realidad", y . . . deduce con toda felicidad, de todo lo anterior, un Dios
para fines prácticos, sólo para la práctica, sin la menor metafísica, sin
traspasar de ninguna manera los límites de la experiencia (Ver a William
James: Pragmatism. A new name for some old ways of thinking [El
pragmatismo, Nueva denominación para algunas formas antiguas de pensar
], Nueva York y Londres, 1907, sobre todo, páginas 57 y 106). La
diferencia entre la doctrina de Mach y el pragmatismo es, desde el punto de
vista del materialismo, tan mínima, tan insignificante, como la diferencia
entre el empiriocriticismo y el empiriomonismo. Comparad aunque sólo sea la
definición de la verdad, formulada por Bogdánov, con la de los pragmáticos:
"la verdad es para el pragmático una concepción genérica que designa, en la
experiencia, toda clase de determinados valores eficientes" (working-values)
(loc. cit., pág. 68).
* Ensayos, págs. 157-159. Este autor trata
también en la Zagranichnaia Gazeta [71] (Periódico Extranjero ) del "socialismo
científico en su significado religioso" (núm. 3, pág. 5), y en Obrazovanie
[72] (Instrucción ) 1908,
núm. I, pág. 164, escribe francamente: "Hace tiempo que matura en mí una nueva
religión". . .
* §§ 79, 11 y otros.
* O. D. Chwolson, Hegel,
Haeckel, Kossuth und das zwölfte Gebot (Hegel,
Haeckel, Kossuth y el duodécimo mandamiento ), 1906, v. pág.
80.
** El opúsculo de Henri Schmidt, La lucha
alrededor de "Los enigmas del universo" (Bonn, 1900), da un cuadro
bastante logrado de la campaña de los profesores de filosofía y teología
contra Haeckel. Pero este folleto ha envejecido ya.
* El elemento trágico consistió en el atentado
cometido contra Haeckel en la primavera de este año (1908). Después de haber
recibido una serie de cartas anónimas, en las que el sabio era tratado de
"perro", "impio", "mono", etc., un alemán de pura cepa arrojó en el gabinete
de trabajo de Haeckel, en Jena, una piedra de considerables dimensiones.
|
TEORIA MONISTA . . . . . . . .
. . . |
TEORIA DUALISTA . . . . . . . .
. . . |
pág. 456
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5. El fronema es una máquina |
5. El fronema, como órgano de |
Este típico fragmento de las obras de Haeckel demuestra que el autor no entra en el análisis de las cuestiones filosóficas y no sabe oponer una a otra la teoría materialista y la teoría idealista del conocimiento. Se burla de todas las sutilezas idealistas, más bien: de todas las sutilezas específicamente filosóficas desde el punto de vista de las ciencias naturales, no admitiendo ni aun el pensamiento de que pueda haber una teoría del conocimiento distinta a la del materialismo de las ciencias naturales. Se burla de los filósofos desde el punto de vista de un materialista, ¡sin apercibir que él se coloca en el punto de vista de un materialista!
Se comprenderá la rabia impotente de los filósofos contra
este materialismo todopoderoso. Citábamos antes la opinión del "ruso de pura
cepa" Lopatin. Veamos ahora la del señor Rudolf Willy, el "empiriocriticista"
más avanzado, irreductiblemente hostil (¡bromas aparte!) al idealismo:
"Caótica mezcla de algunas leyes de las ciencias naturales, tales como
pág. 457
la ley de la conservación de la energía, etc., y de diversas tradiciones
escolásticas sobre la sustancia y la cosa en sí" (Geg. d. Schulw., pág.
128).
¿Qué es lo que ha encolerizado al honorabilísimo "novísimo
positivista"? ¡Pardiez! ¡¿Cómo no había de enfadarse, habiendo visto de buenas
a primeras que todas las grandes doctrinas de su maestro Avenarius -- como,
por ejemplo: el cerebro no es el órgano del pensamiento, las sensaciones no
son imágenes del mundo exterior, la materia ("sustancia") o la "cosa en sí" no
es la realidad objetiva, etc. -- son, desde el punto de vista de Haeckel,
un galimatías idealista de cabo a rabo?! Haeckel no lo ha dicho, puesto
que no se dedicaba a la filosofía y no conocía el "empiriocriticismo" como
tal. Pero R. Willy no puede dejar de ver que los cien mil lectores de
Haeckel equivalen a cien mil escupitajos arrojados contra la filosofía
de Mach y de Avenarius. Y R. Willy se enjuga la cara con anticipación, a la
manera de Lopatin. Pues el fondo de los argumentos del señor
Lopatin y del señor Willy contra todo materialismo en general y contra el
materialismo de las ciencias naturales en particular, es absolutamente
idéntico. Para nosotros, marxistas, la diferencia entre el señor Lopatin y los
señores Willy, Petzoldt, Mach y Cía. no es mayor que la diferencia entre un
teólogo protestante y un teólogo catódico.
La "guerra" contra Haeckel ha probado que este nuestro
punto de vista corresponde a la realidad objetiva, es decir, a la
naturaleza de clase de la sociedad contemporánea y de sus tendencias
ideológicas de clase.
He aquí otro pequeño ejemplo. El machista Kleinpeter ha
traducido del inglés al alemán el libro de Karl Snyder: Cuadro del universo
según las ciencias naturales modernas (Das Weltbild der modernen
Naturzwssenschaft, Leipzig,
pág. 458
1905), obra muy difundida en América. Este libro expone con claridad, en
forma adecuada a la popularización, toda una serie de descubrimientos más
recientes de la física y de las otras ramas de las ciencias naturales. Y el
machista Kleinpeter ha tenido que proveer a Snyder de un prefacio en el que
hace reservas por el estilo de ésta: la gnoseología de Snyder "no es
satisfactoria" (pág. V). ¿Por qué? Porque Snyder no duda ni por un momento que
el cuadro del mundo es el cuadro de cómo se mueve y cómo "píensa la materia
" (pág. 228, loc. cit.). En su libro siguiente: La máquina del
universo (Lond. and N. Y., 1907; Karl Snyder: The World Machine ),
aludiendo al hecho de que su libro está dedicado a la memoria de Demócrito de
Abdera, que vivió aproximadamente en los años 460 a 360 antes de Jesucristo,
Snyder dice: "Se ha llamado a menudo a Demócrito el padre del materialismo.
Esa escuela filosófica no está muy de moda en nuestros días; no es superfluo
observar, sin embargo, que todo el progreso novísimo de nuestras ideas sobre
el mundo se ha fundado en realidad en los postulados del materialismo.
Prácticamente (practically speaking), los postulados del materialismo son
simplemente inevitables (unescapable) en las investigaciones de las
ciencias naturales" (pág. 140).
"Ciertamente, si agrada, se puede soñar con el buen obispo
Berkeley en aquel tema de que todo es sueño. Pero por agradables que sean las
prestidigitaciones del idealismo etéreo, se encontrarán pocas personas que
pongan en duda -- a pesar de la diversidad de opiniones sobre el problema del
mundo exterior -- su propia existencia. No hay necesidad alguna de correr tras
los fuegos fatuos de los Y O y de los No-Y O diversos para
convencerse de que, al admitir nuestra propia existencia, abrimos las seis
puertas de nuestros sentidos a toda una serie de apariencias. La hipótesis de
las
pág. 459
nebulosas, la teoría de la luz como movimiento del éter, la teoría de los
átomos y todas las otras doctrinas parecidas pueden ser declaradas
sencillamente cómodas 'hipótesis de trabajo'; pero en tanto que esas doctrinas
no sean refutadas, descansan más o menos, bueno es recordarlo, sobre la misma
base que la hipótesis que dice que el ser que llamáis 'YO', querido
lector, es el que recorre estas líneas en este momento" (págs. 31-32).
¡Figuraos la suerte infortunada del machista que ve que sus
queridas y refinadas construcciones reduciendo las categorías de las ciencias
naturales a simples hipótesis de trabajo, son ridiculizadas, como puro
absurdo, por los naturalistas de ambos lados del océano! ¿Cabe acaso
extrañarse de que Rudolf Willy combata en 1905 a Demócrito como a un
enemigo viviente, lo que demuestra admirablemente el carácter de partido de
la filosofía y revela una vez más la verdadera posición de este autor en
esta lucha de los partidos en filosofía? "Sin duda -- dice Willy --, Demócrito
no tiene ni la me nor idea de que los átomos y el espacio vacío no son más que
unos conceptos ficticios, útiles a título de auxiliares (blosse
Handlangerdienste), y adoptados por razones de conveniencia mientras son
útiles. Demócrito no era bastante libre para comprenderlo; pero nuestros
naturalistas contemporáneos no son tampoco libres, con pocas excepciones. La
fe del viejo Demócrito es también la fe de nuestros naturalistas" (loc. cit.,
pág. 57).
¡No es esto desolador? Ha sido demostrado enteramente de un
"modo nuevo", "empiriocriticista", que el espacio y los átomos son "hipótesis
de trabajo", ¡y los naturalistas, burlándose de este berkeleyismo,
marchan sobre las huellas de Haeckel! ¡No somos idealistas, de ningún modo, es
una calumnia, no hacemos más que trabajar (juntamente con los
pág. 460
idealistas) en refutar la línea gnoseológica de Demócrito, trabajamos en
ello desde hace ya más de 2.000 años, y sin resultado! No le queda más a
nuestro jefe, a Ernst Mach, que dedicar su última obra, compendio de su vida y
de su filosofía, Conocimiento y error, a Wilhelm Schuppe, y
advertir en ella, con pesar, que la mayor parte de los naturalistas son
materialistas, y que "nosotros también" simpatizamos con Haeckel. . .
por su "librepensamiento" (pág. 14).
Este ideólogo del filisteísmo reaccionario, que marcha
sobre las huellas del oscurantista W. Schuppe y "simpatiza " con el
librepensamiento de Haeckel, queda aquí retratado de cuerpo entero. Así son
todos ellos, todos esos humanitarios filisteos de Europa, con sus simpatías a
la libertad, y al mismo tiempo prisioneros de las ideas (políticas y
económicas) de Wilhelm Schuppe*. La no pertenencia a ningún partido no es en
filosofía más que servilismo miserablemente disimulado respecto al idealismo y
al fideísmo.
Como conclusión comparad la apreciación sobre Haeckel
formulada por Franz Mehring, que no se limita a querer ser marxista, sino que
sabe serlo. En cuanto aparecieron Los enigmas del universo, a fines de
1899, hizo observar Mehring que "el libro de Haeckel, tanto por sus puntos
flacos como por sus puntos fuertes, es extremadamente valioso para ayudar a
aclarar las opiniones que han llegado a ser un tanto confusas en nuestro
Partido sobre lo que representa para éste el materialismo histórico,
por una parte, y el materialismo histórico, por
pág. 461
otra"[*]. El defecto de Haeckel
es no tener la menor idea del materialismo histórico, llegando a
afirmar toda una serie de flagrantes absurdos, tanto sobre la política como
sobre la "religión monista", etc., etc. "Haeckel es materialista-monista, pero
no profesa el materialismo histórico, sino el materialismo de las
ciencias naturales" (loc. cit.).
"Todo aquel que quiera ver de modo palpable esa incapacidad
(la incapacidad del materialismo de las ciencias naturales ante las cuestiones
sociales) y tener plena conciencia de la imperiosa necesidad de ampliar el
materialismo de las ciencias naturales hasta el materialismo histórico, a fin
de hacer de él un arma verdaderamente invencible en la gran lucha de la
humanidad por su emancipación, que lea el libro de Haeckel.
"Pero no es ésa la única razón para leer ese libro de
Haeckel. Su punto extremadamente flaco está indisolublemente ligado a su punto
extremadamente fuerte: a la exposición clara, brillante, del desarrollo de las
ciencias naturales en este siglo (el XIX), la cual constituye la parte
incomparablemente mayor del libro -- tanto por su volumen como por su
importancia --, o, en otros términos, a la exposición de la marcha triunfal
del materialismo de las ciencias naturales" **.
pág. 462
* Utilizo la traducción francesa: Les
merveilles de la vie, París, Schleicher. Cuadros I y XVI.
* Plejánov en sus notas contra el machismo no se
preocupó tanto de refutar a Mach como de causar un daño fraccional al
bolchevismo. Por esta mezquina y miserable utilización de las controversias
teóricas fundamentales, fue castigado como merecía con dos libritos[73] de los mencheviques machistas.
* Fr. Mebring, Die Welträtsel
[Los enigmas del universo ], N. Z. [Tiempo Nuevo ],
1899-1900, 18, 1, 418.
** Loc. cit., pág. 419.
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Apuntos sobre |
pág. 474
[58] Véase F. Engels, Op. Cit. [pág. 323]
[59] Année Psychologique (Anales de Psicología ), órgano del
grupo de psicólogos idealistas franceses; se publicó en París desde 1894.
[pág. 332]
[60] Revue générale des Sciences pures et appliquées (Revista
General de Ciencias Puras y Aplicadas ), revista francesa que se publicó
en París de 1890 a 1940. [pág. 335]
[61] Cuestiones de Filosofía y de Psicología, revista de tendencia
idealista; apareció el año 1889, y a partir de 1894 la Sociedad de Psicología
de Moscú se encargó de su publicación. Colaboraron en la revista los
"marxistas legales" P. B. Struve y S. N. Bulgákov, y durante los años de la
reacción stolypiniana publicó artículos filosóficos de A. A. Bogdanov
pág. 475
y otros machistas; a partir de 1894 la revista fue redactada por el
filósofo centurionegrista L. M. Lopatin. Esta publicación dejó de aparecer en
abril de 1918. [pág. 386] [62] Rússkoie Bogatstvo (La Riqueza Rusa ), revista mensual
que apareció de 1876 hasta mediados de 1918. A partir de la década del 90, la
revista se convirtió en el órgano de los populistas liberales, bajo la
redacción de S. N. Krivenko y N. K. Mijailovski. La revista preconizaba la
conciliación con el gobierno zarista y el abandono de toda lucha
revolucionaria contra éste; realizó una lucha encarnizada contra el marxismo y
los marxistas rusos. [pág. 406]
[63] La expresión wer den Feind . . . es una paráfrasis de un
distico de Goethe, que Lenin ha tomado de la novela de I. S. Turguénev
titulada Nov (Tierras vírgenes ); véase I. S. Turguénev,
Obras Completas, t. XXVII. [pág. 410]
[64] Zur Kritik, comienzo del título del libro Zur Kritik der
politischen Öekonomie (1859). (Obras Completas de Marx y Engels, t.
XIII.) [pág. 417]
[65] Véase la carta de C. Marx a L. Kugelmann del 27 de junio de 1870,
Cartas Escogidas de Marx y Engels. [pág. 425]
[66] Véase "carta de C. Marx a Ludwig Feuerbach, del 3 de octubre de 1843",
Obras Completas de Marx y Engels, t. XXVII. [pág. 436]
[67] Deutsch-Französische Jahrbucher (Anales Franco-Alemanes
), revista que se publicó en 1844 en Paris bajo la redacción de C. Marx y
A. Ruge. Sólo apareció un número (doble). [pág. 436]
[68] Véase la carta de C. Marx a L. Kugelmann del 13 de diciembre de 1870,
Cartas Escogidas de Marx y Engels. [pág. 437]
[69] Véase F. Engels, "Prólogo a la edición inglesa Del socialismo
utópico al socialismo científico ". (Obras Completas de Marx y
Engels, t. XXII.) [pág. 437]
[70] A estos años pertenecen los siguientes trabajos de Engels:
Anti-Dühring (1878), Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica
alemana (1888) y Sobre el materialismo histórico (1892).
[pág. 437]
[71] Zagraníchnaia Gazeta (Periódico Extranjero ), periódico
semanal publicado en idioma ruso, editado por el grupo de emigrados en Ginebra
desde el 16 de marzo hasta el 13 de abril (nuevo calendario) de 1908.
Bogdánov, Lunacharski y otros otzovistas colaboraron en este periódico.
[pág. 445]
pág. 476
[72] Obrazovanie (Instrucción ), revista mensual literaria,
científico popular y político social; se publicó en Petersburgo de 1892 a
1909. Los marxistas colaboraron en la revista de 1902 a 1908.
[pág. 445]
[73] Lenin alude a dos libros de mencheviques machistas publicados en 1908:
1) Estructura filosófica del marxismo, de N. Valentínov, y 2)
Materialismo y realismo crítico, de P. Iushkévich. [pág. 460]
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