
E L C A P I T A L
E L C A P I T A L
LIBRO PRIMERO, VOLUMEN 1, SECCION 1.
Libro primero
EL PROCESO DE PRODUCCION
DEL CAPITAL
[43]
SECCION PRIMERA
MERCANCIA Y DINERO
CAPITULO I
LA MERCANCIA
1. Los dos factores de la mercancía:
valor de uso
y valor (sustancia del valor, magnitud del
valor)
La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de
producción capitalista se presenta como un "enorme cúmulo de mercancías", [1] y la mercancía individual como la forma elemental de esa
riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de
la mercancía.
La mercancía es, en primer lugar, un objeto exterior, una cosa
que merced a sus propiedades satisface necesidades humanas del tipo que fueran.
La naturaleza de esas necesidades, el que se originen, por ejemplo, en el
estómago o en la fantasía, en nada modifica el problema [2]. Tampoco se trata aquí de cómo esa cosa satisface la necesidad
humana: de si lo hace directamente, como medio de subsistencia, es decir, como
objeto de disfrute, o a través de un rodeo, como medio de producción.
Toda
cosa útil, como el hierro, el papel, etc., ha de considerarse desde un punto de
vista doble: según su [44] cualidad y con arreglo a su
cantidad. Cada una de esas cosas es un conjunto de muchas propiedades y
puede, por ende, ser útil en diversos aspectos. El descubrimiento de esos
diversos aspectos y, en consecuencia de los múltiples modos de usar las cosas,
constituye un hecho histórico [3]. Ocurre otro tanto con el hallazgo de medidas sociales
para indicar la cantidad de las cosas útiles. En parte, la diversidad en
las medidas de las mercancías se debe a la diferente naturaleza de los objetos
que hay que medir, y en parte a la convención.
La utilidad de una cosa hace
de ella un valor de uso [4]. Pero esa utilidad no flota por los aires. Está condicionada
por las propiedades del cuerpo de la mercancía, y no existe al margen de ellas.
El cuerpo mismo de la mercancía, tal como el hierro, trigo,
diamante, etc., es pues un valor de uso o un bien. Este carácter suyo no
depende de que la apropiación de sus propiedades útiles cueste al hombre mucho o
poco trabajo. Al considerar los valores de uso se presupone siempre su carácter
determinado cuantitativo, tal como docena de relojes, vara de lienzo,
tonelada de hierro, etc. Los valores de uso de las mercancías proporcionan la
materia para una disciplina especial, la merceología [5]. El valor de uso se efectiviza únicamente en el uso o en el
consumo. Los valores de uso constituyen el contenido material de la
riqueza, sea cual fuere la forma social de ésta. En la forma de sociedad
[45] que hemos de examinar, son a la vez los portadores materiales del
valor de cambio.
En primer lugar, el valor de cambio se presenta como
relación cuantitativa, proporción en que se intercambian valores de uso
de una clase por valores de uso de otra clase [6], una relación que se modifica constantemente según el tiempo y
el lugar. El valor de cambio, pues, parece ser algo contingente y puramente
relativo, y un valor de cambio inmanente, intrínseco a la mercancía (valeur
intrinsèque) [7] es exactamente tanto como lo que habrá de rendir."
[27], [8] pues, sería una contradictio in adiecto [contradicción
entre un término y su atributo]. Examinemos la cosa más de cerca.
Una
mercancía individual, por ejemplo un quarter [a] de trigo, se intercambia por otros artículos en las
proporciones más diversas. No obstante su valor de cambio se mantiene
inalterado, ya sea que se exprese en x betún, y seda, z oro, etc.
Debe, por tanto, poseer un contenido diferenciable de estos diversos modos de
expresión [b].
Tomemos otras dos mercancías, por ejemplo el trigo y el
hierro. Sea cual fuere su relación de cambio, ésta se podrá representar siempre
por una ecuación en la que determinada cantidad de trigo se equipara a una
cantidad cualquiera de hierro, por ejemplo: 1 quarter de trigo = a
[46] quintales de hierro. ¿Qué denota esta ecuación? Que existe algo
común, de la misma magnitud, en dos cosas distintas, tanto en 1 quarter
de trigo como en a quintales de hierro. Ambas, por consiguiente, son
iguales a una tercera, que en sí y para sí no es ni la una ni la otra. Cada una
de ellas, pues, en tanto es valor de cambio, tiene que ser reducible a esa
tercera.
Un sencillo ejemplo geométrico nos ilustrará el punto. Para
determinar y comparar la superficie de todos los polígonos se los descompone en
triángulos. Se reduce el triángulo, a su vez, a una expresión totalmente
distinta de su figura visible: el semiproducto de la base por la altura. De
igual suerte, es preciso reducir los valores de cambio de las mercancías a algo
que les sea común, con respecto a lo cual representen un más o un
menos.
Ese algo común no puede ser una propiedad natural --geométrica,
física, química o de otra índole-- de las mercancías. Sus propiedades corpóreas
entran en consideración, única y exclusivamente, en la medida en que ellas hacen
útiles a las mercancías, en que las hacen ser, pues, valores de uso. Pero, por
otra parte, salta a la vista que es precisamente la abstracción de sus valores
de uso lo que caracteriza la relación de intercambio entre las mercancías.
Dentro de tal relación, un valor de uso vale exactamente lo mismo que cualquier
otro, siempre que esté presente en la proporción que corresponda. O, como dice
el viejo Barbon: "Una clase de mercancías es tan buena como otra, si su valor de
cambio es igual. No existe diferencia o distinción entre cosas de igual valor de
cambio" [9]. En cuanto valores de uso, las mercancías son, ante todo,
diferentes en cuanto a la cualidad; como valores de cambio sólo pueden diferir
por su cantidad, y no contienen, por consiguiente, ni un solo átomo de valor de
uso.
Ahora bien, si ponemos a un lado el valor de uso del cuerpo de las
mercancías, únicamente les restará una propiedad: la de ser productos del
trabajo. No obstante, [47] también el producto del trabajo se nos ha
transformado entre las manos. Si hacemos abstracción de su valor de uso,
abstraemos también los componentes y formas corpóreas que hacen de él un valor
de uso. Ese producto ya no es una mesa o casa o hilo o cualquier otra cosa útil.
Todas sus propiedades sensibles se han esfumado. Ya tampoco es producto del
trabajo del ebanista o del albañil o del hilandero o de cualquier otro trabajo
productivo determinado. Con el carácter útil de los productos del trabajo se
desvanece el carácter útil de los trabajos representados en ellos y, por ende,
se desvanecen también las diversas formas concretas de esos trabajos; éstos
dejan de distinguirse, reduciéndose en su totalidad a trabajo humano
indiferenciado, a trabajo abstractamente humano.
Examinemos ahora el residuo
de los productos del trabajo. Nada ha quedado de ellos salvo una misma
objetividad espectral, una mera gelatina de trabajo humano indiferenciado, esto
es, de gasto de fuerza de trabajo humana sin consideración a la forma en que se
gastó la misma. Esas cosas tan sólo nos hacen presente que en su producción se
empleó fuerza humana de trabajo, se acumuló trabajo humano. En cuanto
cristalizaciones de esa sustancia social común a ellas, son valores [c].
En la relación misma de intercambio entre las mercancías,
su valor de cambio se nos puso de manifiesto como algo por entero independiente
de sus valores de uso. Si luego se hace efectivamente abstracción del valor de
uso que tienen los productos del trabajo, se obtiene su valor, tal como acaba de
determinarse. Ese algo común que se manifiesta en la relación de intercambio o
en el valor de cambio de las mercancías es, pues, su valor. El desenvolvimiento
de la investigación volverá a conducirnos al valor de cambio como modo de
expresión o forma de manifestación necesaria del valor [d], al que por de pronto, sin embargo, se ha de considerar
independientemente de esa forma.
Un valor de uso o un bien, por ende, sólo
tiene valor porque en él está objetivado o materializado trabajo
abstractamente humano. ¿Cómo medir, entonces, la magnitud [48] de
su valor? Por la cantidad de "sustancia generadora de valor" --por la
cantidad de trabajo-- contenida en ese valor de uso. La cantidad de trabajo
misma se mide por su duración, y el tiempo de trabajo, a su vez,
reconoce su patrón de medida en determinadas fracciones temporales, tales
como hora, día, etcétera.
Podría parecer que si el valor de una mercancía se
determina por la cantidad de trabajo gastada en su producción, cuanto más
perezoso o torpe fuera un hombre tanto más valiosa sería su mercancía, porque
aquél necesitaría tanto más tiempo para fabricarla. Sin embargo, el trabajo que
genera la sustancia de los valores es trabajo humano indiferenciado, gasto de la
misma fuerza humana de trabajo. El conjunto de la fuerza de trabajo de la
sociedad, representado en los valores del mundo de las mercancías, hace las
veces aquí de una y la misma fuerza humana de trabajo, por más que se componga
de innumerables fuerzas de trabajo individuales. Cada una de esas fuerzas de
trabajo individuales es la misma fuerza de trabajo humana que las demás, en
cuanto posee el carácter de fuerza de trabajo social media y opera como tal
fuerza de trabajo social media, es decir, en cuanto, en la producción de una
mercancía, sólo utiliza el tiempo de trabajo promedialmente necesario, o
tiempo de trabajo socialmente necesario. El tiempo de trabajo socialmente
necesario es el requerido para producir un valor de uso cualquiera, en las
condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado
social medio de destreza e intensidad de trabajo. Tras la adopción en Inglaterra
del telar de vapor, por ejemplo, bastó más o menos la mitad de trabajo que antes
para convertir en tela determinada cantidad de hilo. Para efectuar esa
conversión, el tejedo manual inglés necesitaba emplear ahora exactamente el
mismo tiempo de trabajo que antes, pero el producto de su hora individual de
trabajo representaba únicamente media hora de trabajo social, y su valor
disminuyó por consiguiente, a la mitad del que antes tenía.
Es sólo la
cantidad de trabajo socialmente necesario, pues, o el tiempo de
trabajo socialmente necesario para la producción de un valor de uso, lo que
determina su magnitud de valor [10]. Cada mercancía es considerada aquí, [49] en general,
como ejemplar medio de su clase [11]. Por tanto, las mercancías que contienen cantidades iguales
de trabajo, o que se pueden producir en el mismo tiempo de trabajo, tienen la
misma magnitud de valor. El valor de una mercancía es al valor de cualquier
otra, como el tiempo de trabajo necesario para la producción de la una es al
tiempo de trabajo necesario para la producción de la otra. "En cuanto valores,
todas las mercancías son, únicamente, determinada medida de tiempo de trabajo
solidificado" [12].
La magnitud de valor de una mercancía se
mantendría constante, por consiguiente, si también fuera constante el tiempo de
trabajo requerido para su producción. Pero éste varía con todo cambio en la
fuerza productiva del trabajo. La fuerza productiva del trabajo está
determinada por múltiples circunstancias, entre otras por el nivel medio de
destreza del obrero, el estadio de desarrollo en que se hallan la ciencia y sus
aplicaciones tecnológicas, la coordinación social del proceso de producción, la
escala y la eficacia de los medios de producción, las condiciones
naturales. La misma cantidad de trabajo, por ejemplo, produce 8
bushels [e] de trigo en un buen año, 4 en un mal año. La misma calidad de
trabajo produce más metal en las minas ricas que en las pobres, etc. Los
diamantes rara vez afloran en la corteza terrestre, y de ahí que el hallarlos
insuma, término medio, mucho tiempo de trabajo. Por consiguiente, en poco
volumen representan mucho trabajo. Jacob pone en duda que el oro haya saldado
nunca su valor íntegro [13]. Aun más cierto es esto en el caso de los diamantes. Según
Eschwege [14] el total de lo extraído durante ochenta años [50] de
los yacimientos diamantíferos brasileños todavía no había alcanzado, en 1823, a
igualar el precio del producto medio obtenido durante 18 meses en las
plantaciones brasileñas de caña o de café, aun cuando representaba mucho más
trabajo y por consiguiente más valor. Disponiendo de minas más productivas, la
misma cantidad de trabajo se representaría en más diamantes, y el valor de los
mismos disminuiría. Y si con poco trabajo se lograra transformar carbón en
diamantes, éstos podrían llegar a valer menos que ladrillos. En términos
generales: cuanto mayor sea la fuerza productiva del trabajo, tanto menor será
el tiempo de trabajo requerido para la producción de un artículo, tanto menor la
masa de trabajo cristalizada en él, tanto menor su valor. A la inversa, cuanto
menor sea la fuerza productiva del trabajo, tanto mayor será el tiempo de
trabajo necesario para la producción de un artículo, tanto mayor su valor. Por
ende, la magnitud de valor de una mercancía varía en razón directa a la
cantidad de trabajo efectivizado en ella e inversa a la fuerza
productiva de ese trabajo.
Una cosa puede ser valor de uso y no
ser valor. Es éste el caso cuando su utilidad para el hombre no ha sido
mediada por el trabajo. Ocurre ello con el aire, la tierra virgen, las praderas
y bosques naturales, etc. Una cosa puede ser útil, y además producto del trabajo
humano, y no ser mercancía. Quien, con su producto, satisface su propia
necesidad, indudablemente crea un valor de uso, pero no una
mercancía. Para producir una mercancía, no sólo debe producir valor de
uso, sino valores de uso para otros, valores de uso sociales. {F. E. --Y no
sólo, en rigor, para otros. El campesino medieval producía para el señor feudal
el trigo del tributo, y para el cura el del diezmo. Pero ni el trigo del tributo
ni el del diezmo se convertían en mercancías por el hecho de ser producidos para
otros. Para transformarse en mercancía, el producto ha de transferirse a través
del intercambio a quien se sirve de él como valor de uso.} [15]bis [f] Por último, ninguna cosa [51] puede ser valor
si no es un objeto para el uso. Si es inútil, también será inútil el trabajo
contenido en ella; no se contará como trabajo y no constituirá valor
alguno.
2. Dualidad del trabajo representado en las mercancías
En
un comienzo, la mercancía se nos puso de manifiesto como algo
bifacético, como valor de uso y valor de cambio. Vimos a continuación que
el trabajo, al estar expresado en el valor, no poseía ya los mismos rasgos
característicos que lo distinguían como generador de valores de uso. He sido el
primero en exponer críticamente esa naturaleza bifacética del trabajo contenido
en la mercancía [16]. Como este punto es el eje en torno al cual gira la
comprensión de la economía política, hemos de dilucidarlo aquí con más
detenimiento.
Tomemos dos mercancías, por ejemplo una chaqueta y 10 varas de
lienzo. La primera vale el doble que la segunda, de modo que si 10 varas de
lienzo = V, la chaqueta= 2 V.
La chaqueta es un valor de uso que satisface
una necesidad específica. Para producirla, se requiere determinado tipo de
actividad productiva. Ésta se halla determinada por su finalidad, modo de
operar, objeto, medio y resultado. Llamamos, sucintamente, trabajo útil
al trabajo cuya utilidad se representa así en el valor de uso de su producto, o
en que su producto sea un valor de uso. Desde este punto de vista, el trabajo
siempre se considera con relación a su efecto útil.
Así como la
chaqueta y el lienzo son valores de uso cualitativamente diferentes, son
cualitativamente diferentes los trabajos por medio de los cuales llegan a
existir: el del sastre y el del tejedor. Si aquellas cosas no
fueran valores de uso cualitativamente diferentes, y por tanto productos de
trabajos útiles cualitativamente diferentes, en modo alguno podrían
contraponerse como mercancías. No se cambia una chaqueta por una
chaqueta, un valor de uso por el mismo valor de uso.
[52] A través del
cúmulo de los diversos valores de uso o cuerpos de las mercancías se pone de
manifiesto un conjunto de trabajos útiles igualmente disímiles, diferenciados
por su tipo, género, familia, especie, variedad: una división social del
trabajo. Ésta constituye una condición para la existencia misma de la
producción de mercancías, si bien la producción de mercancías no es, a la
inversa, condición para la existencia misma de la división social del trabajo.
En la comunidad paleoíndica el trabajo está dividido socialmente, sin que por
ello sus productos se transformen en mercancías. O bien, para
poner un ejemplo más cercano: en todas las fábricas el trabajo está dividido
sistemáticamente, pero esa división no se halla mediada por el hcho de que los
obreros intercambien sus productos individuales. Sólo los productos de
trabajos privados autónomos, recíprocamente independientes, se
enfrentan entre sí como mercancías.
Se ha visto, pues, que el valor de
uso de toda mercancía encierra determinada actividad productiva --o trabajo
útil-- orientada a un fin. Los valores de uso no pueden enfrentarse como
mercancías si no encierran en sí trabajos útiles cualitativamente
diferentes. En una sociedad cuyos productos adoptan en general la forma
de mercancía, esto es, en una sociedad de productores de mercancías, esa
diferencia cualitativa entre los trabajos útiles --los cuales se ejercen
independientemente unos de otros, como ocupaciones privadas de productores
autónomos-- se desenvuelve hasta constituir un sistema multimembre, una división
social del trabajo.
A la chaqueta, por lo demás, tanto le da que quien la
vista sea el sastre o su cliente. En ambos casos oficia de valor de uso. La
relación entre la chaqueta y el trabajo que la produce tampoco se modifica, en
sí y para sí, por el hecho de que la ocupación sastreril se vuelva profesión
especial, miembro autónomo de la división social del trabajo. El hombre hizo su
vestimenta durante milenios, allí donde lo forzaba a ello la necesidad de
vestirse, antes de que nadie llegara a convertirse en sastre. Pero la existencia
de la chaqueta, del lienzo, de todo elemento de riqueza material que no
sea producto espontáneo de la naturaleza, necesariamente estará mediada siempre
por una actividad productiva especial, orientada a un fin, la cual asimila a
necesidades particulares del hombre [53] materiales naturales
particulares. Como creador de valores de uso, como trabajo útil, pues, el
trabajo es, independientemente de todas las formaciones sociales, condición de
la existencia humana, necesidad natural y eterna de mediar el metabolismo que se
da entre el hombre y la naturaleza, y, por consiguiente, de mediar la vida
humana.
Los valores de uso --chaqueta, lienzo, etc., en suma, los cuerpos de
las mercancías-- son combinaciones de dos elementos: material natural y
trabajo. Si se hace abstracción, en su totalidad, de los diversos trabajos
útiles incorporados a la chaqueta, al lienzo, etc., quedará siempre un sustrato
material, cuya existencia se debe a la naturaleza y no al concurso humano. En su
producción, el hombre sólo puede proceder como la naturaleza misma, vale decir,
cambiando, simplemente, la forma de los materiales [17]. Y es más: incluso en ese trabajo de transformación se ve
constantemente apoyado por fuerzas naturales. El trabajo, por tanto,
no es la fuente única de los valores de uso que produce, de la riqueza
material. El trabajo es el padre de ésta, como dice William Petty, y la
tierra, su madre. [18]
De la mercancía en cuanto objeto para el uso pasemos
ahora al valor de la mercancía.
Supusimos que la chaqueta valía el
doble que el lienzo. Pero ésta no es más que una diferencia cuantitativa,
y por el momento no nos interesa. Recordemos, pues, que si una chaqueta vale el
doble que 10 varas de lienzo, la magnitud de valor de 20 varas de lienzo
será igual a la de una chaqueta. En su calidad de valores, la chaqueta y
el lienzo son cosas de igual sustancia, expresiones objetivas del
mismo tipo de trabajo. Pero el trabajo del sastre y el [54]
del tejedor difieren cualitativamente. Existen condiciones sociales, no
obstante, en que el mismo hombre trabaja alternativamente de sastre y de
tejedor: en ellas estos dos modos diferentes de trabajo, pues, no son más que
modificaciones del trabajo que efectúa el mismo individuo; no han llegado
a ser funciones especiales, fijas, de individuos diferentes, del mismo modo,
exactamente, que la chaqueta que nuestro sastre confecciona hoy y los pantalones
que hará mañana sólo suponen variedades del mismo trabajo individual. Una simple
mirada nos revela, además, que en nuestra sociedad capitalista, y con arreglo a
la orientación variable que muestra la demanda de trabajo, una porción dada
de trabajo humano se ofrece alternativamente en forma de trabajo de
sastrería o como trabajo textil. Este cambio de forma del trabajo posiblemente
no se efectúe sin que se produzcan fricciones, pero se opera necesariamente. Si
se prescinde del carácter determinado de la actividad productiva y por tanto del
carácter útil del trabajo, lo que subsiste de éste es el ser un gasto de
fuerza de trabajo humana. Aunque actividades productivas cualitativamente
diferentes, el trabajo del sastre y el del tejedor son ambos gasto productivo
del cerebro, músculo, nervio, mano, etc., humanos, y en este sentido uno
y otro son trabajo humano. Son nada más que dos formas distintas de
gastar la fuerza humana de trabajo. Es preciso, por cierto, que la fuerza de
trabajo humana, para que se la gaste de esta o aquella forma, haya alcanzado un
mayor o menor desarrollo. Pero el valor de la mercancía representa trabajo
humano puro y simple, gasto de trabajo humano en general. Así como en la
sociedad burguesa un general o un banquero desempeñan un papel preeminente, y el
hombre sin más ni más un papel muy deslucido [19], otro tanto ocurre aquí con el trabajo humano. Éste
es gasto de la fuerza de trabajo simple que, término medio, todo hombre
común, sin necesidad de un desarrollo especial, posee en su organismo corporal.
El carácter del trabajo medio simple varía, por cierto, según los
diversos países y épocas culturales, pero está dado para una sociedad
determinada. Se considera que el trabajo más complejo es igual sólo a trabajo
simple potenciado o más bien multiplicado, [55] de suerte
que una pequeña cantidad de trabajo complejo equivale a una cantidad mayor de
trabajo simple. La experiencia muestra que constantemente se opera esa
reducción. Por más que una mercancía sea el producto del trabajo más complejo su
valor la equipara al producto del trabajo simple y, por consiguiente, no
representa más que determinada cantidad de trabajo simple [20]. Las diversas proporciones en que los distintos tipos de
trabajo son reducidos al trabajo simple como a su unidad de medida, se
establecen a través de un proceso social que se desenvuelve a espaldas de los
productores, y que por eso a éstos les parece resultado de la tradición. Para
simplificar, en lo sucesivo consideraremos directamente toda clase de fuerza de
trabajo como fuerza de trabajo simple, no ahorrándonos con ello más que
la molestia de la reducción.
Por consiguiente, así como en los valores
chaqueta y lienzo se hace abstracción de la diferencia entre sus valores de
uso, otro tanto ocurre, en el caso de los trabajos que están
representados en esos valores, con la diferencia entre las formas útiles
de esos trabajos: el del sastre y el del tejedor. Así como los
valores de uso chaqueta y lienzo son combinaciones de actividades
productivas orientadas a un fin que se efectúan con paño e hilado, y en cambio
los valores chaqueta y lienzo sólo son mera gelatina homogénea de
trabajo, también los trabajos contenidos en dichos valores no tienen
validez por su relación productiva con el paño y el hilado sino sólo como
gastos de fuerza humana de trabajo. El trabajo sastreril y el textil son
elementos constitutivos de los valores de uso chaqueta y lienzo merced
precisamente a sus cualidades diferentes; son sustancia del
valor chaqueta y del valor lienzo sólo en tanto se hace
abstracción de su cualidad específica, en tanto ambos poseen la misma
cualidad, la de trabajo humano.
La chaqueta y el lienzo, empero,
no son sólo valores en general, sino valores de una magnitud
determinada, y con arreglo a nuestra hipótesis la chaqueta valía el doble
que 10 varas de lienzo. ¿A qué se debe tal disparidad [56] entre sus
magnitudes de valor? Al hecho de que el lienzo sólo contiene la mitad de
trabajo que la chaqueta, de tal manera que para la producción de la última será
necesario gastar fuerza de trabajo durante el doble de tiempo que para la
producción del primero.
Por ello, si en lo que se refiere al valor de
uso el trabajo contenido en la mercancía sólo cuenta
cualitativamente, en lo que tiene que ver con la magnitud de
valor, cuenta sólo cuantitativamente, una vez que ese trabajo se
halla reducido a la condición de trabajo humano sin más cualidad que ésa. Allí,
se trataba del cómo y del qué del trabajo, aquí del cuánto,
de su duración. Como la magnitud de valor de una mercancía sólo representa la
cantidad del trabajo en ella contenida, las mercancías, en cierta proporción,
serán siempre, necesariamente valores iguales.
Si se mantiene inalterada la
fuerza productiva de todos los trabajos útiles requeridos para la producción,
digamos, de una chaqueta, la magnitud de valor de las chaquetas aumentará en
razón de su cantidad. Si una chaqueta representa x días de trabajo, 2
chaquetas representarán 2 x, etc. Pero supongamos que el trabajo
necesario para la producción de una chaqueta se duplica, o bien que disminuye a
la mitad. En el primero de los casos una chaqueta valdrá tanto como antes dos;
en el segundo, dos de esas prendas sólo valdrán lo que antes una por más que en
ambos casos la chaqueta preste los mismos servicios que antes y el trabajo útil
contenido enella sea también ejecutado como siempre. Pero se ha alterado la
cantidad de trabajo empleada para producirlo.
En sí y para sí, una
cantidad mayor de valor de uso constituirá una riqueza material mayor; dos
chaquetas, más riqueza que una. Con dos chaquetas puede vestirse a dos hombres,
mientras que con una sólo a uno, etc. No obstante, a la masa creciente de la
riqueza material puede corresponder una reducción simultánea de su magnitud
de valor. Este movimiento antitético deriva del carácter bifacético
del trabajo. La fuerza productiva, naturalmente, es siempre fuerza productiva de
trabajo útil, concreto y de hecho sólo determina, en un espacio dado de tiempo,
el grado de eficacia de una actividad productiva orientada a un fin. Por
consiguiente, es en razón directa al aumento o reducción de su fuerza
productiva que el trabajo útil deviene fuente productiva más abundante o [57]
exigua. Por el contrario, en sí y para sí, un cambio en la fuerza productiva
del trabajo en nada afecta el trabajo representado en el valor. Como la fuerza
productiva del trabajo es algo que corresponde a la forma útil adoptada
concretamente por el trabajo, es natural que, no bien hacemos abstracción de
dicha forma útil concreta, aquélla ya no pueda ejercer influjo alguno sobre el
trabajo. El mismo trabajo, pues, por más que cambie la fuerza productiva, rinde
siempre la misma magnitud de valor en los mismos espacios de
tiempo. Pero en el mismo espacio de tiempo suministra valores de
uso en diferentes cantidades: más, cuando aumenta la fuerza productiva, y
menos cuando disminuye. Es así como el mismo cambio que tiene lugar en la fuerza
productiva y por obra del cual el trabajo se vuelve más fecundo, haciendo que
aumente, por ende, la masa de los valores de uso proporcionados por éste,
reduce la magnitud de valor de esa masa total acrecentada, siempre
que abrevie la suma del tiempo de trabajo necesario para la producción de
dicha masa. Y viceversa.
Todo trabajo es, por un lado, gasto de fuerza humana
de trabajo en unsentido fisiológico, y es en esta condición de trabajo humano
igual, o de trabajo abstractamente humano, como constituye el valor de la
mercancía. Todo trabajo, por otra parte, es gasto de fuerza humana de trabajo en
una forma particular y orientada a un fin, y en esta condición de trabajo útil
concreto produce valores de uso [21] {F.E. --Agregado a la 4ª edición.-- La lengua inglesa tiene
la ventaja de poseer dos palabras distintas para esos dos diferentes aspectos
del trabajo. El traajo que crea valores de uso y que está determinado
cualitativamente se denomina work, por oposición a labour; el que
crea valor, y al que sólo se mide cuantitativamente, es labour, por
oposición a work. Véase nota a la traducción inglesa, página
14.}.
[58]
3. La forma de valor o el valor de cambio
Las
mercancías vienen al mundo revistiendo la forma de valores de uso o cuerpos de
mercancías: hierro, lienzo, trigo, etc. Es ésta su prosaica forma natural. Sin
embargo, sólo son mercancías debido a su dualidad, a que son objetos de
uso y, simultáneamente, portadoras de valor. Sólo se presentan como mercancías,
por ende, o sólo poseen la forma de mercancías, en la medida en que tienen una
forma doble: la forma natural y la forma de valor.
La objetividad de
las mercancías en cuanto valores se diferencia de mistress Quickly en que no se
sabe por dónde agarrarla [22]. En contradicción directa con la objetividad sensorialmente
grosera del cuerpo de las mercancías, ni un solo átomo de sustancia natural
forma parte de su objetividad en cuanto valores. De ahí que por más que se dé
vuelta y se manipule una mercancía cualquiera, resultará inasequible en cuanto
cosa que es valor. Si recordamos, empero, que las mercancías sólo poseen
objetividad como valores en la medida en que son expresiones de la misma unidad
social, del trabajo humano; que su objetividad en cuanto valores, por tanto, es
de naturaleza puramente social, se comprenderá de suyo, asimismo, que dicha
objetividad como valores sólo puede ponerse de manifiesto en la relación social
entre diversas mercancías. Habíamos partido, en realidad, del valor de cambio o
de la relación de intercambio entre las mercancías, para descubrir el valor de
las mismas, oculto en esa relación. Es [59] menester, ahora, que volvamos
a esa forma en que se manifiesta el valor.
No hay quien no sepa, aunque su
conocimiento se reduzca a eso, que las mercancías poseen una forma común de
valor que contrasta, de manera superlativa, con las abigarradas formas naturales
propias de sus valores de uso: la forma de dinero. De lo que aquí se trata, sin
embargo, es de llevar a cabo una tarea que la economía burguesa ni siquiera
intentó, a saber, la de dilucidar la génesis de esa forma dineraria, siguiendo,
para ello, el desarrollo de la expresión del valor contenida en la relación de
valor existente entre las mercancías: desde su forma más simple y opaca hasta la
deslumbrante forma de dinero. Con lo cual, al mismo tiempo, el enigma del dinero
se desvanece.
La más simple relación de valor es, obviamente, la que
existe entre una mercancía y otra mercancía determinada de especie diferente,
sea cual fuere. La relación de valor entre dos mercancías, pues,
proporciona la expresión más simple del valor de una mercancía.
A.
FORMA SIMPLE O SINGULAR DE VALOR [g]
x mercancía A = y mercancía B,
o bien:
x mercancía A vale y mercancía B
(20
varas de lienzo = 1 chaqueta, o bien:
20 varas de lienzo valen 1
chaqueta)
1. LOS DOS POLOS DE LA EXPRESION DEL VALOR:
FORMA RELATIVA DE
VALOR Y FORMA DE EQUIVALENTE
El secreto de toda forma de valor yace
oculto bajo esta forma simple de valor. Es su análisis, pues, el que
presenta la verdadera dificultad.
Las dos mercancías heterogéneas A y B, en
nuestro ejemplo el lienzo y la chaqueta, desempeñan aquí, obviamente, dos
papeles diferentes. El lienzo expresa su valor en la chaqueta; la
chaqueta hace las veces de material para [60] dicha expresión
del valor. A la primera mercancía le corresponde un papel activo, a la
segunda, uno pasivo. El valor de la primera mercancía queda representado como
valor relativo, o sea, reviste una forma relativa de valor. La
segunda mercancía funciona como equivalente, esto es, adopta una forma
de equivalente.
La forma relativa de valor y la forma de equivalente son
--aspectos interconectados e inseparables, que se condicionan de manera
recíproca pero constituyen a la vez extremos excluyentes o contrapuestos,
esto es, polos de la misma expresión de valor; se reparten siempre entre las
distintas mercancías que la expresión del valor pone en interrelación. No
me es posible, por ejemplo, expresar en lienzo el valor del lienzo. 20 varas
de lienzo = 20 varas de lienzo no constituye expresión alguna de
valor. La igualdad, por el contrario, dice más bien: 20 varas de lienzo no son
otra cosa que 20 varas de lienzo, que una cantidad determinada de ese objeto
para el uso que es el lienzo. El valor del lienzo, como vemos, sólo
se puede expresar relativamente, es decir, en otra mercancía. La
forma relativa de valor del lienzo supone, pues, que otra
mercancía cualquiera se le contraponga bajo la forma de
equivalente. Por lo demás, esa otra mercancía que hace las veces de
equivalente, no puede revestir al mismo tiempo la forma reltiva de
valor. Ella no expresa su propio valor. Se reduce a proporcionar
el material para la expresión del valor de otra mercancía.
Sin duda,
la expresión 20 varas de lienzo = 1 chaqueta, o 20 varas de
lienzo valen 1 chaqueta, implica la relación inversa: 1 chaqueta =
20 varas de lienzo, o 1 chaqueta vale 20 varas de lienzo. Pero lo
cierto es que para expresar en términos relativos el valor de la chaqueta
debo invertir la ecuación, y al hacerlo es el lienzo, en vez de la
chaqueta, el que pasa a ser el equivalente. Por tanto, la misma
mercancía no puede, en la misma expresión del valor, presentarse simultáneamente
bajo ambas formas. Éstas, por el contrario, se excluyen entre sí de
manera polar.
El que una mercancía adopte la forma relativa de valor o la
forma contrapuesta, la de equivalente, depende de manera exclusiva de la
posición que en ese momento ocupe en la expresión del valor, esto es de
que sea la mercancía cuyo valor se expresa o bien en cambio, la mercancía en la
que se expresa el valor.
2. LA FORMA RELATIVA DE VALOR
a)
Contenido de la forma relativa de valor
Para averiguar de qué manera la
expresión simple del valor de una mercancía se encierra en la relación de valor
entre dos mercancías, es necesario, en un principio, considerar esa relación con
total prescindencia de su aspecto cuantitativo. Por regla general se procede
precisamente a la inversa, viéndose en la relación de valor tan sólo la
proporción en que se equiparan determinadas cantidades de dos clases distintas
de mercancías. Se pasa por alto, de esta suerte, que las magnitudes de cosas
diferentes no llegan a ser comparables cuantitativamente sino
después de su reducción a la misma unidad. Sólo en cuanto expresiones
de la misma unidad son magnitudes de la misma denominación, y por
tanto conmensurables [23].
Ya sea que 20 varas de lienzo = 1 chaqueta, ó = 20 ó =
x chaquetas, es decir, ya sea que una cantidad determinada de lienzo
valga muchas o pocas chaquetas, en todas esas proporciones siempre está
implícito que el lienzo y las chaquetas, en cuanto magnitudes de valor son
expresiones de la misma unidad, cosas de igual naturaleza. Lienzo = chaqueta es
el fundamento de la ecuación.
Pero las dos mercancías cualitativamente
equiparadas no desempeñan el mismo papel. Sólo se expresa el valor del lienzo.
¿Y cómo? Relacionándolo con la chaqueta en calidad de "equivalente" suyo u
objeto "intercambiable" por ella. En esta relación, la chaqueta cuenta como
forma de existencia del valor, como cosa que es valor, pues sólo en cuanto tal
es ella lo mismo que el lienzo. Por otra parte, sale a luz o adquiere una
expresión autónoma el propio carácter de ser valor del lienzo, ya que sólo en
cuanto valor se puede relacionar con la chaqueta como [62] equivalente o
intercambiable por ella. El ácido butírico, por ejemplo, es un cuerpo diferente
del formiato de propilo. Ambos, sin embargo, se componen de las mismas
sustancias químicas: carbono (C), hidrógeno (H) y oxígeno (O), y justamente en
proporciones iguales, a saber: C4 H8 O2. Ahora bien, si se igualara el ácido
butírico al formiato de propilo, tendríamos lo siguiente: primero, que en esa
igualdad el formiato de propilo sólo contaría como forma de existencia de C4 H8
O2, y en segundo lugar, con la igualdad diríamos que el ácido butírico se
compone de C4 H8 O2. Al igualar el formiato de propilo con el ácido butírico,
pues, se expresaría la sustancia química de ambos por contraposición a su forma
corpórea.
Si decimos que las mercancías, en cuanto valores, no son más que
mera gelatina de trabajo humano, nuestro análisis las reduce a la abstracción
del valor, pero no les confiere forma alguna de valor que difiera de sus formas
naturales. Otra cosa ocurre en la relación de valor entre una mercancía y otra.
Lo que pone de relieve su carácter de valor es su propia relación con la otra
mercancía.
Por ejemplo: al igualar la chaqueta, en cuanto cosa que es valor,
al lienzo se equipara el trabajo que se encierra en la primera al trabajo
encerrado en el segundo. Ahora bien: el trabajo que confecciona la chaqueta, el
del sastre, es un trabajo concreto que difiere por su especie del trabajo que
produce el lienzo, o sea, de tejer. Pero la equiparación con éste reduce el
trabajo del sastre en realidad, a lo que en ambos trabajos es efectivamente
igual, a su carácter común de trabajo humano. Dando este rodeo, pues, lo que
decimos es que tampoco el trabajo del tejedor, en la medida en que teje valor,
posee rasgo distintivo alguno con respecto al trabajo del sastre; es, por ende,
trabajo abstractamente humano. Sólo la expresión de equivalencia de mercancías
heterogéneas saca a luz el carácter específico del trabajo en cuanto formador de
valor, reduciendo de hecho a lo que les es común, a trabajo humano en general,
los trabajos heterogéneos que se encierran en las mercancías heterogéneas [24](bis) [25].
[63] Sin embargo, no basta con enunciar el
carácter específico del trabajo del cual se compone el valor del lienzo. La
fuerza de trabajo humana en estado líquido, o el trabajo humano, crea valor,
pero no es valor. Se convierte en valor al solidificarse, al pasar a la forma
objetiva. Para expresar el valor de la tela como una gelatina de trabajo humano,
es menester expresarlo en cuanto "objetividad" que, como cosa, sea distinta del
lienzo mismo, y a la vez común a él y a otra mercancía. El problema ya está
resuelto.
Si en la relación de valor del lienzo se considera la chaqueta como
algo que es cualitativamente igual a él, como cosa de la misma naturaleza, ello
se debe a que ésta es un valor. Se la considera aquí, por tanto, como cosa en la
que se manifiesta el valor, o que en su forma natural y tangible representa al
valor. Ahora bien: la chaqueta, el cuerpo de la mercancía chaqueta, es un simple
valor de uso. Una chaqueta expresa tan inadecuadamente el valor como cualquier
pieza de lienzo. Esto demuestra, simplemente, que la chaqueta, puesta en el
marco de la relación de valor con el lienzo, importa más que fuera de tal
relación, así como no pocos hombres importan más si están embutidos en una
chaqueta con galones que fuera de la misma.
En la producción de la chaqueta
se ha empleado, de manera efectiva, fuerza de trabajo humana bajo la forma de
trabajo sastreril. Se ha acumulado en ella, pues, trabajo humano. Desde este
punto de vista, la chaqueta es "portadora de valor", aunque esa propiedad suya
no se trasluzca ni siquiera cuando de puro gastada se vuelve transparente. Y en
la relación de valor del lienzo, la chaqueta sólo cuenta en ese aspecto, esto
es, como valor corporificado, como cuerpo que es valor. Su apariencia abotonada
no es obstáculo para que el lienzo reconozca en ella un alma gemela, afín: el
alma del valor. Frente al lienzo, sin [64] embargo, la chaqueta no puede
representar el valor sin que el valor, simultáneamente, adopte para él la forma
de chaqueta. Del mismo modo que el individuo A no puede conducirse ante
el individuo B como ante el titular de la majestad sin que para A,
al mismo tiempo, la majestad adopte la figura corporal de B y por
consiguiente, cambie de fisonomía, color del cabello y muchos otros rasgos más
cada vez que accede al trono un nuevo padre de la patria.
En la relación de
valor, pues, en que la chaqueta constituye el equivalente del lienzo, la forma
de chaqueta hace las veces de forma del valor. Por tanto, el valor de la
mercancía lienzo queda expresado en el cuerpo de la mercancía chaqueta, el
valor de una mercancía en el valor de uso de la otra. En cuanto
valor de uso el lienzo es una cosa sensorialmente distinta de la chaqueta; en
cuanto valor es igual a la chaqueta, y, en consecuencia, tiene el mismo aspecto
que ésta. Adopta así una forma de valor, diferente de su forma natural. En su
igualdad con la chaqueta se manifiesta su carácter de ser valor, tal como el
carácter ovejuno del cristiano se revela en su igualdad con el cordero de
Dios.
Como vemos, todo lo que antes nos había dicho el análisis del valor
mercantil nos lo dice ahora el propio lienzo, no bien entabla relación con otra
mercancía, la chaqueta. Sólo que el lienzo revela sus pensamientos en el único
idioma que domina, el lenguaje de las mercancías. Para decir que su propio valor
lo crea el trabajo, el trabajo en su condición abstracta de trabajo humano, dice
que la chaqueta, en la medida en que vale lo mismo que él y, por tanto en cuanto
es valor, está constituida por el mismo trabajo que el lienzo. Para decir que su
sublime objetividad del valor difiere de su tieso cuerpo de lienzo, dice que el
valor posee el aspecto de una chaqueta y que por tanto él mismo en cuanto cosa
que es valor, se parece a la chaqueta como una gota de agua a otra. Obsérvese,
incidentalmente que el lenguaje de las mercancías, aparte del hebreo, dispone de
otros muchos dialectos más o menos precisos. La palabra alemana "Wertsein" a
modo de ejemplo, expresa con menos igor que el verbo románico "valere", "valer",
"valoir", la circunstancia de que la igualación de la mercancía B con la
mercancía A [65] es la propia expresión del valor de A.
Paris vaut bien une messe! [¡París bien vale una misa!] [26]
Por intermedio de la relación de valor, pues, la forma
natural de la mercancía B deviene la forma de valor de la mercancía
A, o el cuerpo de la mercancía B se convierte, para la mercancía
A, en espejo de su valor [27]. Al referirse a la mercancía B como cuerpo del valor,
como concreción material del trabajo humano, la mercancía A transforma al
valor de uso B en el material de su propia expresión de valor. El valor
de la mercancía A, expresado así en el valor de uso de la mercancía
B, adopta la forma del valor relativo.
b) Carácter determinado
cuantitativo de la forma relativa de valor
Toda mercancía cuyo valor
debamos expresar es un objeto para el uso que se presenta en una cantidad
determinada: 15 fanegas de trigo, 100 libras de café, etc. Esta cantidad dada de
una mercancía contiene determinada cantidad de trabajo humano. La forma de
valor, pues, no sólo tiene que expresar valor en general, sino
valor, o magnitud de valor, cuantitativamente determinado.
Por consiguiente, en la relación de valor de la mercancía A con la
mercancía B, del lienzo con la chaqueta, no sólo se equipara
cualitativamente la clase de mercancía chaqueta, como corporización del valor en
general, con el lienzo, sino que a una cantidad determinada de lienzo, por
ejemplo a 20 varas de lienzo, se le iguala una cantidad determinada del
cuerpo que es valor o del equivalente, por ejemplo 1 chaqueta.
La
igualdad: "20 varas de lienzo = 1 chaqueta", o "20 varas de lienzo valen 1
chaqueta", presupone que en [66] 1 chaqueta se encierra exactamente tanta
sustancia de valor como en 20 varas de lienzo, por ende, que ambas cantidades de
mercancías insumen el mismo trabajo o un tiempo de trabajo igual. El tiempo de
trabajo necesario para la producción de 20 varas de lienzo o de una chaqueta,
empero, varía cada vez que varía la fuerza productiva en el trabajo textil o en
el de los sastres. Hemos de investigar con más detenimiento, ahora, el influjo
que ese cambio ejerce sobre la expresión relativa de la magnitud del
valor.
I. El valor del lienzo varía [28], manteniéndose constante el valor de la chaqueta. Si
se duplicara el tiempo de trabajo necesario para la producción del lienzo,
debido, por ejemplo, a un progresivo agotamiento de los suelos destinados a
cultivar el lino, se duplicaría su valor. En lugar de 20 varas de lienzo = 1
chaqueta, tendríamos 20 varas de lienzo = 2 chaquetas, ya que ahora 1 chaqueta
sólo contiene la mitad de tiempo de trabajo que 20 varas de lienzo. Si, por el
contrario, decreciera a la mitad el tiempo de trabajo necesario para la
producción del lienzo, digamos que a causa de haberse perfeccionado los telares
el valor del lienzo se reduciría a la mitad. En consecuencia, ahora, 20 varas
de lienzo = ½ chaqueta. Si se mantiene invariable el valor de la mercancía
B, pues, el valor relativo de la mercancía A, es decir, su valor
expresado en la mercancía B, aumenta y disminuye en razón directa al
valor de la mercancía A.
II. El valor del lienzo permanece constante,
pero varía el de la chaqueta. En estas circunstancias, si el tiempo de trabajo
necesario para la producción de la chaqueta se duplica, por ejemplo debido a una
mala zafra lanera, en vez de 20 varas de lienzo = 1 chaqueta, tendremos: 20
varas de lienzo = ½ chaqueta. Si en cambio el valor de la chaqueta baja a la
mitad, entonces 20 varas de lienzo = 2 chaquetas. Por consiguiente,
manteniéndose inalterado el valor de la mercancía A, su valor relativo,
expresado en la mercancía B, aumenta o disminuye en razón inversa al
cambio de valor de B.
[67] Si comparamos los diversos casos
comprendidos en I y II, tendremos que el mismo cambio de magnitud
experimentado por el valor relativo puede obedecer a causas absolutamente
contrapuestas. Así, de que 20 varas de lienzo = 1 chaqueta, se pasa
a: 1) la ecuación 20 varas de lienzo = 2 chaquetas, o porque aumentó al
doble el valor del lienzo o porque el de la chaqueta se redujo a la mitad, y 2)
a la ecuación 20 varas de lienzo = ½ chaqueta, sea porque el valor del
lienzo disminuyó a la mitad, sea porque se duplic l de la chaqueta.
III. Las
cantidades de trabajo necesarias para producir el lienzo y la chaqueta pueden
variar al propio tiempo, en el mismo sentido y en idéntica proporción. En tal
caso 20 varas de lienzo seguirán siendo = 1 chaqueta, por mucho
que varíen sus valores. Se descubre el cambio de sus valores al compararlas con
una tercera mercancía cuyo valor se haya mantenido constante. Si los valores de
todas las mercancías aumentaran o disminuyeran simultáneamente y en la
misma proporción, sus valores relativos se mantendrían inalterados. El
cambio efectivo de sus valores lo advertiríamos por el hecho generalizado de que
en el mismo tiempo de trabajo se suministraría ahora una cantidad mayor o menor
de mercancías que antes.
IV. Los tiempos de trabajo necesarios para la
producción del lienzo y la chaqueta, respectivamente, y por ende sus valores,
podrían variar en el mismo sentido, pero en grado desigual, o en sentido
opuesto, etc. La influencia que ejercen todas las combinaciones posibles de este
tipo sobre el valor relativo de una mercancía se desprende, sencillamente, de la
aplicación de los casos I, II y III.
Los cambios efectivos en las magnitudes
de valor, pues, no se reflejan de un modo inequívoco ni exhaustivo en su
expresión relativa o en la magnitud del valor relativo. El valor relativo de una
mercancía puede variar aunque su valor se mantenga constante. Su valor relativo
puede mantenerse constante, aunque su valor varíe, y, por último, en modo alguno
es inevitable que coincidan en volumen las variaciones que se operan,
simultáneamente, en las magnitudes del valor de las mercancías y en la expresión
relativa de esas magnitudes del valor [29] Con el mismo derecho, el señor Broadhurst podría decir:
Examinemos las fracciones 10/20, 10/50, 10/100, etc. El guarismo 10 permanece
inalterado, y sin embargo su magnitud proporcional, su magnitud con respecto a
los denominadores 20, 50, 100, decrece de manera constante. Se desmorona, por
consiguiente, la gran tesis según la cual la magnitud de un número entero, como
por ejemplo el 10, se "regula" por el número de las unidades que
contiene..
3. LA FORMA DE EQUIVALENTE
Como hemos visto, cuando la
mercancía A (el lienzo) expresa su valor en el valor de uso de la
mercancía heterogénea B (la chaqueta), imprime a esta última una forma
peculiar de valor, la del equivalente. La mercancía lienzo pone a la luz su
propio carácter de ser valor por el hecho de que la chaqueta, sin adoptar una
forma de valor distinta de su forma corpórea, le sea equivalente. El lienzo,
pues, expresa efectivamente su propio carácter de ser valor en el hecho de que
la chaqueta sea intercambiable directamente por él. La forma de equivalente que
adopta una mercancía, pues, es la forma en que es directamente intercambiable
por otra mercancía.
El hecho de que una clase de mercancías, como las
chaquetas, sirva de equivalente a otra clase de mercancías, por ejemplo el
lienzo --con lo cual las chaquetas adquieren la propiedad característica de
encontrarse bajo la forma de intercambiabilidad directa con el lienzo--, en modo
alguno significa que esté dada la proporción según la cual se pueden
intercambiar chaquetas y lienzos. Como está dada la magnitud del valor del
lienzo, esa proporción [69] dependerá de la magnitud del valor de la
chaqueta. Ya sea que la chaqueta se exprese como equivalente y el lienzo coma
valor relativo o, a la inversa, el lienzo como equivalente y la chaqueta como
valor relativo, la magnitud del valor de la chaqueta quedará determinada, como
siempre, por el tiempo de trabajo necesario para su producción,
independientemente, pues, de la forma de valor que revista. Pero no bien la
clase de mercancías chaqueta ocupa, en la expresión del valor, el puesto de
equivalente, su magnitud de valor en modo alguno se expresa en cuanto tal. En la
ecuación de valor dicha magnitud sólo figura, por el contrario, como determinada
cantidad de una cosa.
Por ejemplo: 40 varas de lienzo "valen"... ¿qué? 2
chaquetas. Como la clase de mercancías chaqueta desempeña aquí el papel de
equivalente; como el valor de uso chaqueta frente al lienzo hace las veces de
cuerpo del valor, basta con determinada cantidad de chaquetas para expresar una
cantidad determinada de lienzo. Dos chaquetas, por ende, pueden expresar la
magnitud de valor de 40 varas de lienzo, pero nunca podrán expresar su propia
magnitud de valor, la magnitud del valor de las chaquetas. La concepción
superficial de este hecho, o sea que en la ecuación de valor el equivalente
revista siempre, únicamente, la forma de una cantidad simple de una cosa, de un
valor de uso, ha inducido a Bailey, así como a muchos de sus precursores y
continuadores, a ver en la expresión del valor una relación puramente
cuantitativa. La forma de equivalente de una mercancía, por el contrario,
no contiene ninguna determinación cuantitativa del valor.
La primera
peculiaridad que salta a la vista cuando se analiza la forma de
equivalente es que el valor de uso se convierte en la forma en que se
manifiesta su contrario, el valor.
La forma natural de la
mercancía se convierte en forma de valor. Pero obsérvese que ése quid
pro quo [tomar una cosa por otra] sólo ocurre, con respecto a una mercancía
B (chaqueta o trigo o hierro, etc.), en el marco de la relación de
valor que la enfrenta con otra mercancía A cualquiera (lienzo,
etc.); únicamente dentro de los límites de esa relación. Como ninguna
mercancía puede referirse a sí misma como equivalente, y por tanto
tampoco puede convertir a su propia corteza natural en epresión de su propio
valor, tiene que referirse a otra mercancía como equivalente,
[70] o sea, hacer de la corteza natural de otra mercancía su
propia forma de valor.
El ejemplo de una medida que se aplica a
los cuerpos de las mercancías en cuanto tales cuerpos de mercancías, esto es,
en cuanto valores de uso, nos dará una idea clara sobre el particular.
Por ser un cuerpo, un pan de azúcar gravita y por tanto tiene determinado
peso, pero no es posible ver o tocar el peso de ningún pan de azúcar.
Tomemos diversos trozos de hierro cuyo peso haya sido previamente
determinado. La forma corpórea del hierro, considerada en sí, de ningún modo es
forma de manifestación de la pesantez, como tampoco lo es la forma del
pan de azúcar. No obstante, para expresar el pan de azúcar en cuanto
peso, lo insertamos en una relación ponderal con el hierro. En esta
relación el hierro cuenta como cuerpo que no representa nada más que
peso. Las cantidades de hierro, por consiguiente, sirven como medida
ponderal del azúcar y en su contraposición con el cuerpo azúcar, representan una
mera figura de la pesantez, una forma de manifestación de la
pesantez. El hierro desempeña ese papel tan sólo dentro de esa relación en
la cual se le enfrenta el azúcar, o cualquier otro cuerpo cuyo peso se trate de
hallar. Si esas dos cosas no tuvieran peso, no podrían entrar en dicha
relación y una de ellas, por ende, no estaría en condiciones de servir
como expresión ponderal de la otra. Si las echamos en la balanza, veremos
que efectivamente ambas en cuanto pesos son lo mismo, y por tanto que,
en determinadas proporciones, son también equiponderantes. Así
como el cuerpo férreo, al estar opuesto en cuanto medida ponderal al pan
de azúcar, sólo representa pesantez, en nuestra expresión de valor
el cuerpo de la chaqueta no representa frente al lienzo más que
valor.
No obstante, la analogía se interrumpe aquí. En la expresión ponderal
del pan de azúcar el hierro asume la representación de una propiedad naural
común a ambos cuerpos: su pesantez, mientras que la chaqueta, en la expresión
del valor del lienzo, simboliza una propiedad supranatural de ambas cosas: su
valor, algo que es puramente social.
Cuando la forma relativa del valor de
una mercancía, por ejemplo el lienzo, expresa su carácter de ser valor como algo
absolutamente distinto de su cuerpo y de las propiedades de éste, por ejemplo
como su carácter de ser [71] igual a una chaqueta, esta expresión denota,
por sí misma, que en ella se oculta una relación social. Ocurre a la inversa con
la forma de equivalente. Consiste ésta, precisamente, en que el cuerpo de una
mercancía como la chaqueta, tal cual es, exprese valor y posea entonces por
naturaleza forma de valor. Esto, sin duda, sólo tiene vigencia dentro de la
relación de valor en la cual la mercancía lienzo se refiere a la mercancía
chaqueta como equivalente [30]. Pero como las propiedades de una cosa no surgen de su
relación con otras cosas sino que, antes bien, simplemente se activan en esa
relación, la chaqueta parece poseer también por naturaleza su forma de
equivalente, su calidad de ser directamente intercambiable, así como posee su
propiedad de tener peso o de retener el calor. De ahí lo enigmático de la forma
de equivalente, que sólo hiere la vista burguesamente obtusa del economista
cuando lo enfrenta, ya consumada, en el dinero. Procura él, entonces, encontrar
la explicación que desvanezca el carácter místico del oro y la plata, para lo
cual los sustituye por mercancías no tan deslumbrantes y recita, con regocijo
siempre renovado, el catálogo de todo el populacho de mercancías que otrora
desempeñaron el papel de equivalente mercantil. No vislumbra siquiera que la más
simple expresión del valor, como 20 varas de lienzo = 1 chaqueta, ya nos
plantea, para que le demos solución, el enigma de la forma de equivalente.
El
cuerpo de la mercancía que presta servicios de equivalente, cuenta siempre como
encarnación de trabajo abstractamente humano y en todos los casos es el producto
de un trabajo determinado útil, concreto. Este trabajo concreto, pues, se
convierte en expresión de trabajo abstractamente humano. Si a la chaqueta, por
ejemplo, se la considera como simple efectivización, al trabajo de sastrería que
de hecho se efectiviza en él se lo tiene por mera forma de efectivización de
trabajo abstractamente humano. Dentro de la expresión del valor del lienzo, la
utilidad del trabajo sastreril no consiste en que produzca ropa, y por tanto
también seres humanos, sino en que confeccione un [72] cuerpo que se
advierte que es valor, y por consiguiente una gelatina de trabajo humano,
absolutamente indistinguible del trabajo objetivado en el valor del lienzo. Para
crear tal espejo del valor, el propio trabajo de los sastres no debe reflejar
nada más que su propiedad abstracta de ser trabajo humano.
Tanto bajo la
forma del trabajo sastreril como bajo la del trabajo tetil, se gasta fuerza de
trabajo humana. Uno y otro trabajo, pues, poseen la propiedad general de ser
trabajo humano y por consiguiente, en casos determinados como por ejemplo el de
la producción de valores, sólo entran en consideración desde ese punto de vista.
Nada de esto es misterioso. Pero en la expresión de valor de la mercancía, la
cosa se invierte. Por ejemplo, para expresar que no es en su forma concreta como
tejer que el tejer produce el valor del lienzo, sino en su condición general de
trabajo humano, se le contrapone el trabajo sastreril, el trabajo concreto que
produce el equivalente del lienzo, como la forma de efectivización tangible del
trabajo abstractamente humano.
Es, pues, una segunda peculiaridad de la
forma de equivalente, el hecho de que el trabajo concreto se convierta en la
forma en que se manifiesta su contrario, el trabajo abstractamente humano.
Pero en tanto ese trabajo concreto, el de los sastres, oficia
de simple expresión de trabajo humano indiferenciado, posee la forma de la
igualdad con respecto a otro trabajo, al que se encierra en el lienzo, y es por
tanto, aunque trabajo privado --como todos aquellos que producen mercancías--,
trabajo en forma directamente social. Precisamente por eso se representa en un
producto directamente intercambiable por otra mercancía. Por ende, una
tercera peculiaridad de la forma de equivalente es que el trabajo privado
adopta la forma de su contrario, del trabajo bajo la forma directamente
social.
Las dos peculiaridades de la forma de equivalente
analizadas en último lugar se vuelven aun más inteligibles si nos remitimos al
gran investigador que analizó por vez primera la forma de valor, como tantas
otras formas del pensar, de la sociedad y de la naturaleza. Nos referimos a
Aristóteles.
Por de pronto, Aristóteles enuncia con claridad que la forma
dineraria de la mercancía no es más que la figura [73]
ulteriormente desarrollada de la forma simple del valor, esto es, de la
expresión que adopta el valor de una mercancía en otra mercancía cualquiera.
Dice, en efecto:
"5 lechos = una casa"
(texto en griego)
"no difiere"
de
"5 lechos = tanto o cuanto dinero"
(texto en griego)
Aristóteles
advierte además que la relación de valor en la que se encierra esta
expresión de valor, implica a su vez el hecho de que la casa se
equipare cualitativamente al lecho, y que sin tal igualdad de esencias no
se podría establecer una relación recíproca, como magnitudes conmensurables,
entre esas cosas que para nuestros sentidos son diferentes. "El intercambio",
dice, "no podría darse sin la igualdad, la igualdad, a su vez, sin la
conmensurabilidad" (texto en griego). Pero aquí se detiene perplejo, y
desiste de seguir analizando la forma del valor. "En verdad es imposible"
(texto en griego) "que cosas tan heterogéneas sean conmensurables", esto es,
cualitativamente iguales. Esta igualación no puede ser sino algo extraño
a la verdadera naturaleza de las cosas, y por consiguiente un mero "arbitrio
para satisfacer la necesidad práctica". [31]
El propio Aristóteles nos dice, pues, por falta de qué se
malogra su análisis ulterior: por carecer del concepto de valor. ¿Qué es
lo igual, es decir, cuál es la sustancia común que la casa representa
para el lecho, en la expresión del valor de éste? Algo así "en verdad no puede
existir", afirma Aristóteles. ¿Por qué? Contrapuesta al lecho, la casa
representa un algo igual, en la medida en que esto representa en ambos
--casa y lecho-- algo que es efectivamente igual. Y eso es el trabajo
humano.
Pero que bajo la forma de los valores mercantiles todos los
trabajos se expresan como trabajo humano igual, y por tanto como
equivalentes, era un resultado que no podía alcanzar Aristóteles
partiendo de la forma misma del valor, porque la sociedad griega se fundaba en
el trabajo esclavo y por consiguiente su base natural era la
desigualdad de los hombres y de sus fuerzas de trabajo. El secreto de la
expresión de valor, la igualdad y la validez igual de todos [74]
los trabajos por ser trabajo humano en general, y en la medida en
que lo son, sólo podía ser descifrado cuando el concepto de la igualdad humana
poseyera ya la firmeza de un prejuicio popular. Mas esto sólo es posible en una
sociedad donde la forma de mercancía es la forma general que adopta el
producto del trabajo, y donde, por consiguiente, la relación entre unos y otros
hombres como poseedores de mercancías se ha convertido, asimismo, en la
relación social dominante. El genio de Aristóteles brilla precisamente por
descubrir en la expresión del valor de las mercancías una relación de
igualdad. Sólo la limitación histórica de la sociedad en que vivía le
impidió averiguar en qué consistía, "en verdad", esa relación de
igualdad.
4. LA FORMA SIMPLE DE VALOR, EN SU CONJUNTO
La forma
simple de valor de una mercancía está contenida en su relación de valor con otra
mercancía de diferente clase o en la relación de intercambio con la misma. El
valor de la mercancía A se expresa cualitativamente en que la mercancía
B es directamente intercambiable por la mercancía A.
Cuantitativamente, se expresa en el hecho de que una determinada cantidad de la
mercancía B es intercambiable por la cantidad dada de la mercancía
A. En otras palabras: el valor de una mercancía se expresa de manera
autónoma mediante su presentación como "valor de cambio". Si bien al comienzo de
este capítulo dijimos, recurriendo a la terminología en boga, que la mercancía
es valor de uso y valor de cambio, esto, hablando con precisión, era falso. La
mercancía es valor de uso u objeto para el uso y "valor". Se presenta como ese
ente dual que es cuando su valor posee una forma de manifestación propia --la
del valor de cambio--, distinta de su forma natural, pero considerada
aisladamente nunca posee aquella forma: únicamente lo hace en la relación de
valor o de intercambio con una segunda mercancía de diferente clase. Si se tiene
esto en cuenta, ese modo de expresión no hace daño y sirve para
abreviar.
Nuestro análisis ha demostrado que la forma de valor o la expresión
del valor de la mercancía surge de la naturaleza del valor mercantil, y que, por
el contrario, el valor y la magnitud del valor no derivan de su forma de
expresión [75] en cuanto valor de cambio. Es ésta, sin embargo, la
ilusión no sólo de los mercantilistas y de quienes en nuestros días quieren
revivirlos, como Ferrier, Ganilh, etc. [32], sino también de sus antípodas, los modernos
commis-voyageurs [agentes viajeros] librecambistas del tipo de Bastiat y
consortes. Los mercantilistas otorgan el papel decisivo al aspecto cualitativo
de la expresión del valor, y por ende a la forma de equivalente adoptada por la
mercancía, forma que alcanza en el dinero su figura consumada; los modernos
buhoneros del librecambio, obligados a desembarazarse de su mercancía al precio
que fuere, subrayan por el contrario el aspecto cuantitativo de la forma
relativa del valor.
Para ellos, por consiguiente, no existe el valor ni la
magnitud del valor de la mercancía si no es en la expresión que adopta en la
relación de intercambio, o sea: solamente en el boletín diario de la lista de
precios. El escocés Macleod, quien ha asumido el papel de engalanar con la mayor
erudición posible las caóticas ideas de Lombard Street, [33] constituye la lograda síntesis entre los supersticiosos
mercantilistas y los ilustrados mercachifles del librecambio.
Al examen más
en detalle la expresión de valor de la mercancía A, expresión contenida
en su relación de valor con la mercancía B, vimos que dentro de la misma
la forma natural de la mercancía A sólo cuenta como figura del valor de
uso, y la forma natural de la mercancía B sólo como forma o figura del
valor. La antítesis interna entre valor de uso y valor, oculta en la mercancía,
se manifiesta pues a través de una antítesis externa, es decir a través de la
relación entre dos mercancías, en la cual una de éstas, aquella cuyo
valor ha de ser expresado, cuenta única y directamente como valor de uso,
mientras que la otra mercancía, aquella en la que se expresa valor,
cuenta única y directamente como valor de cambio. La forma simple de valor de
una mercancía es, pues, la forma simple en que se manifiesta la antítesis,
contenida en ella, entre el valor de uso y el valor.
Bajo todas las
condiciones sociales el producto del trabajo es objeto para el uso, pero sólo
una época de desarrollo históricamente determinada --aquella que presenta
[76] el trabajo gastado en la producción de un objeto útil como atributo
"objetivo" de este último, o sea como su valor-- transforma el producto del
trabajo en mercancía. Se desprende de esto que la forma simple de valor de la
mercancía es a la vez la forma mercantil simple adoptada por el producto del
trabajo, y que, por tanto, el desarrollo de la forma de mercancía coincide
también con el desarrollo de la forma de valor.
Se advierte a primera vista
la insuficiencia de la forma simple de valor, de esa forma embrionaria que tiene
que padecer una serie de metamorfosis antes de llegar a su madurez en la forma
de precio.
La expresión del valor de la mercancía A en una mercancía
cualquiera B no hace más que distinguir el valor de esa mercancía
A de su propio valor de uso y, por consiguiente, sólo la incluye en una
relación de intercambio con alguna clase singular de mercancías diferentes de
ella misma, en vez de presentar su igualdad cualitativa y su proporcionalidad
cuantitativa con todas las demás mercancías. A la forma relativa simple de
valor adoptada por una mercancía, corresponde la forma singular de
equivalente de otra mercancía. La chaqueta, por ejemplo, en la
expresión relativa del valor del lienzo, sólo posee forma de equivalente
o forma de intercambiabilidad directa con respecto a esa clase
singular de mercancía, el lienzo.
La forma singular de valor, no
obstante, pasa por sí sola a una forma más plena. Es cierto que por intermedio
de ésta, el valor de una mercancía A sólo puede ser expresado en una
mercancía de otra clase. Sin embargo, para nada importa la clase a que
pertenezca esa segunda mercancía: chaqueta, hierro, trigo, etc. Por tanto, según
aquella mercancía entre en una relación de valor con esta o aquella clase
de mercancías, surgirán diversas expresiones simples del valor de una y
la misma mercancía [34](bis) El número de sus posibles expresiones de valor
no queda limitado más que por el número de clases de mercancías que difieren de
ella. Su expresión singular aislada del valor se transforma, por
consiguiente, en la serie, siempre prolongable, de sus diversas expresiones
simples de valor.
B. FORMA TOTAL O DESPLEGADA DE VALOR
z
mercancía A = u mercancía B, o = v mercancía
C,
o = w mercancía D, o = x mercancía E, o
= etcétera
(20 varas de lienzo = 1 chaqueta, o = 10 libras de té,
o = 40
libras de café, o = 1 quarter de trigo,
o = 2 onzas de oro, o = ½
tonelada de hierro.
0 = etcétera)
1. LA FORMA RELATIVA DE VALOR
DESPLEGADA
El valor de una mercancía, por ejemplo el lienzo, queda
expresado ahora en otros innumerables elementos del mundo de las mercancías.
Todo cuerpo de una mercancía se convierte en espejo del valor del lienzo [35]. Por primera vez este mismo valor se manifiesta
auténticamente como una gelatina de trabajo humano indiferenciado. El
trabajo que lo constituye, en efecto, se ve presentado ahora expresamente
como trabajo equivalente a cualquier otro trabajo humano, sea cual fuere
la forma natural que éste posea, ya se objetive en chaqueta o trigo o hierro u
oro, etc. [78] Mediante su forma del valor, ahora el lienzo ya no
se halla únicamente en relación social con una clase singular de
mercancías, sino con el mundo de las mercancías. En cuanto mercancía, el
lienzo es ciudadano de ese mundo. Al propio tiempo, en la serie infinita
de sus expresiones está implícito que el valor de las mercancías sea
indiferente con respecto a la forma particular del valor de uso en que se
manifiesta.
En la primera forma, 20 varas de lienzo = 1
chaqueta, puede ser un hecho fortuito el que esas dos mercancías sean
intercambiables en determinada proporción cuantitativa. En la segunda
forma, por el contrario, salta enseguida a la vista un trasfondo esencialmente
diferente de la manifestación fortuita, a la que determina. El valor del lienzo
se mantiene invariable, ya se exprese en chaqueta o café o hierro, etc., en
innumerables y distintas mercancías, pertenecientes a los poseedores más
diversos. Caduca la relación fortuita entre dos poseedores individuales de
mercancías. Se vuelve obvio que no es el intercambio el que regula la magnitud
de valor de la mercancía, sino a la inversa la magnitud de valor de la mercancía
la que rige sus relaciones de intercambio.
2. LA FORMA PARTICULAR DE
EQUIVALENTE
En la expresión de valor del lienzo, toda mercancía
--chaqueta, té, trigo, hierro, etc.-- oficia de equivalente y, por lo
tanto, de cuerpo de valor. La forma natural determinada de cada
una de esas mercancías es ahora una forma particular de equivalente,
junto a otras muchas. De igual modo, las múltiples clases de trabajos
útiles, concretos, determinados, contenidos en los diversos cuerpos de
las mercancías, hacn ahora las veces de otras tantas formas particulares
de efectivización o de manifestación de trabajo humano puro y
simple.
3. DEFICIENCIAS DE LA FORMA TOTAL O DESPLEGADA DE
VALOR
En primer lugar, la expresión relativa del valor de la
mercancía es incompleta, porque la serie en que se representa no reconoce
término. El encadenamiento en que una [79] ecuación de valor se eslabona
con la siguiente, puede prolongarse indefinidamente mediante la inserción de
cualquier nuevo tipo de mercancías que proporcione la materia para una nueva
expresión de valor. En segundo lugar, constituye un mosaico abigarrado de
expresiones de valor divergentes y heterogéneas. Y a la postre, si el valor
relativo de toda mercancía se debe expresar en esa forma desplegada --como
efectivamente tiene que ocurrir--, tenemos que la forma relativa de valor de
toda mercancía será una serie infinita de expresiones de valor, diferente
de la forma relativa de valor que adopta cualquier otra mercancía. Las
deficiencias de la forma relativa desplegada de valor se reflejan en la
forma de equivalente que a ella corresponde. Como la forma natural de
cada clase singular de mercancías es aquí una forma particular de
equivalente al lado de otras innumerables formas particulares de
equivalente, únicamente existen formas restringidas de equivalente, cada
una de las cuales excluye a las otras. De igual manera, el tipo de
trabajo útil, concreto, determinado, contenido en cada equivalente
particular de mercancías, no es más que una forma particular, y por tanto
no exhaustiva, de manifestación del trabajo humano. Éste posee su
forma plena o total de manifestación, es cierto, en el conjunto global de
esas formas particulares de manifestarse. Pero carece, así, de una forma
unitaria de manifestación.
La forma relativa desplegada del
valor sólo se compone, sin embargo, de una suma de expresiones de valor
relativas simples o ecuaciones de la primera forma, como:
20 varas de
lienzo = 1 chaqueta
20 varas de lienzo = 10 libras de té, etcétera.
Pero
cada una de esas igualdades también implica, recíprocamente, la ecuación
idéntica:
1 chaqueta = 20 varas de lienzo
10 libras de té = 20 varas de
lienzo, etcétera
Efectivamente, cuando un hombre cambia su lienzo por otras
muchas mercancías, y por ende expresa el valor de aquél en una serie de
otras mercancías, necesariamente los otros muchos poseedores de mercancías
también intercambian éstas por lienzo y, con ello, expresan los valores
de sus diversas mercancías en la misma tercera mercancía, [80] en
lienzo. Si invertimos, pues, la serie: 20 varas de lienzo = 1
chaqueta, o 10 libras de té, o = etc., es decir, si expresamos la
relación inversa, que conforme a la naturaleza de la cosa ya estaba contenida en
la serie, tendremos:
C. FORMA GENERAL DE VALOR
1 chaqueta =
10
libras de té =
40 libras de café =
1 quarter de trigo =
2
onzas de oro = 20 varas de lienzo
½ tonelada de hierro=
x
mercancía A =
etc. mercancía =
1. CARACTER MODIFICADO DE LA
FORMA DE VALOR
Las mercancías representan ahora su valor 1) de manera
simple, porque lo representan en una sola mercancía, y 2) de
manera unitaria, porque lo representan en la misma mercancía. Su forma de
valor es simple y común a todas y, por consiguiente, general.
Las
formas I y II únicamente lograban expresar el valor deuna
mercancía como un algo diferente de su propio valor de uso o de su cuerpo.
La
primera forma sólo daba lugar a ecuaciones de valor como, por ejemplo: 1
chaqueta = 20 varas de lienzo, 10 libras de té = ½ tonelada de hierro, etc. El
valor de la chaqueta se expresa como algo igual al lienzo; el valor del té como
algo igual al hierro, etc., pero lo que es igual al lienzo y lo igual al hierro
--esas expresiones del valor de la chaqueta y del té-- difieren tanto entre sí
como el lienzo y el hierro. Es obvio que esta forma, en la práctica, sólo se da
en los más tempranos comienzos, cuando los productos del trabajo se convierten
en mercancías a través de un intercambio fortuito y ocasional.
La
segunda forma distingue más cabalmente que la primera entre el valor de
una mercancía y su propio valor de uso, ya que el valor de la chaqueta, por
ejemplo, se contrapone aquí a su forma natural en todas las formas [81]
posibles: como igual al lienzo, al hierro, al té, etc.; como igual a todas las
otras, pero nunca la chaqueta misma. Por otra parte, queda aquí directamente
excluida toda expresión de valor común a las mercancías, puesto que en la
expresión del valor de cada mercancía todas las demás sólo aparecen bajo la
forma de equivalentes. La forma desplegada de valor ocurre de manera efectiva,
por primera vez, cuando un producto del trabajo, por ejemplo las reses, ya no se
intercambia excepcionalmente, sino de modo habitual, por otras mercancías
diversas.
La última forma que se ha agregado expresa los valores del
mundo mercantil en una y la misma especie de mercancías, separada de las demás,
por ejemplo en el lienzo, y representa así los valores de todas las mercancías
por medio de su igualdad con aquél. En cuanto igual al lienzo, el valor de cada
mercancía no sólo difiere ahora de su propio valor de uso, sino de todo valor de
uso, y precisamente por ello se lo expresa como lo que es común a ella y a todas
las demás mercancías. Tan sólo esta forma, pues, relaciona efectivamente las
mercancías entre sí en cuanto valores, o hace que aparezcan recíprocamente como
valores de cambio.
Las dos formas precedentes expresan el valor de cada
mercancía, ora en una sola mercancía de diferente clase con respecto a aquélla,
ora en una serie de muchas mercancías que difieren de la primera. En ambos casos
es, por así decirlo, un asunto privado de cada mercancía singular la tarea de
darse una forma de valor, y cumple ese cometido sin contar con el concurso de
las demás mercancías. Éstas desempeñan, con respecto a ella, el papel meramente
pasivo de equivalentes. La forma general del valor, por el contrario, surge tan
sólo como obra común del mundo de las mercancías. Una mercancía sólo alcanza la
expresión general de valor porque, simultáneamente, todas las demás mercancías
expresan su valor en el mismo equivalente, y cada nueva clase de mercancías que
aparece en escena debe hacer otro tanto. Se vuelve así visible que la
objetividad del valor de las mercancías, por ser la mera "existencia social" de
tales cosas,únicamente puede quedar expresada por la relación social omnilateral
entre las mismas, la forma de valor de las mercancías, por consiguiente, tiene
que ser una forma socialmente vigente.
[82] Bajo la forma de lo igual
al lienzo, todas las mercancías se manifiestan ahora no sólo como
cualitativamente iguales, como valores en general, sino, a la vez, como
magnitudes de valor comparables cuantitativamente. Como aquéllas ven reflejadas
sus magnitudes de valor en un único material, en lienzo, dichas magnitudes de
valor se reflejan recíprocamente, unas a otras. A modo de ejemplo: 10 libras de
té = 20 varas de lienzo, y 40 libras de café = 20 varas de lienzo. Por tanto, 10
libras de té = 40 libras de café. O sea: en 1 libra de café sólo está encerrado
¼ de la sustancia de valor, del trabajo, que en 1 libra de té.
La forma de
valor relativa general vigente en el mundo de las mercancías confiere a la
mercancía equivalente segregada por él, al lienzo, el carácter de equivalente
general. Su propia forma natural es la figura de valor común a ese mundo, o sea,
el lienzo, intercambiable directamente por todas las demás mercancías. Su forma
corpórea cuenta como encarnación visible, como crisálida social general de todo
trabajo humano. Tejer, el trabajo particular que produce la tela, reviste a la
vez una forma social general, la de la igualdad con todos los demás trabajos.
Las ecuaciones innumerables de las que se compone la forma general de valor,
igualan sucesivamente el trabajo efectivizado en el lienzo al trabajo contenido
en otra mercancía, convirtiendo así el tejer en forma general de manifestación
del trabajo humano, sea cual fuere. De esta suerte, el trabajo objetivado en el
valor de las mercancías no sólo se representa negativamente, como trabajo en el
que se hace abstracción de todas las formas concretas y propiedades útiles de
los trabajos reales: su propia naturaleza positiva se pone expresamente de
relieve. Él es la reducción de todos los trabajos reales al carácter, que les es
común, de trabajo humano; al de asto de fuerza humana de trabajo.
La forma
general de valor, la cual presenta a los productos del trabajo como simple
gelatina de trabajo humano indiferenciado, deja ver en su propia estructura que
es la expresión social del mundo de las mercancías. Hace visible, de este modo,
que dentro de ese mundo el carácter humano general del trabajo constituye su
carácter específicamente social.
[83] 2. RELACION DE DESARROLLO
ENTRE LA FORMA RELATIVA
DE VALOR Y LA FORMA DE EQUIVALENTE
Al
grado de desarrollo de la forma relativa del valor corresponde el grado de
desarrollo de la forma de equivalente. Pero conviene tener en cuenta que el
desarrollo de la segunda no es más que expresión y resultado del desarrollo
alcanzado por la primera.
La forma relativa simple, o aislada, del
valor de una mercancía convierte a otra mercancía en un equivalente singular. La
forma desplegada del valor relativo, esa expresión del valor de una mercancía en
todas las demás mercancías, imprime a éstas la forma de equivalentes
particulares de diferentes clases. Finalmente, una clase particular de
mercancías adopta la forma de equivalente general, porque todas las demás
mercancías la convierten en el material de su forma de valor general y
unitaria.
Pero en el mismo grado en que se desarrolla la forma de valor en
general, se desarrolla también la antítesis entre sus dos polos:
la forma relativa de valor y la forma de equivalente.
Ya la
primera forma --20 varas de lienzo = 1 chaqueta-- contiene esa antítesis, pero
no la establece como algo fijo. Según se lea esa ecuación de adelante hacia
atrás o de atrás hacia adelante, cada una de las mercancías que ofician de
términos, el lienzo y la chaqueta, se encuentra igualmente ora en la forma
relativa de valor, ora en la forma de equivalente. Aquí todavía cuesta trabajo
fijar la antítesis polar.
En la forma II, sólo una clase de
mercancía puede desplegar plenamente su valor relativo, o, en otras
palabras, sólo ella misma posee una forma relativa de valor desplegada,
porque, y en cuanto, todas las demás mercancías se le contraponen bajo la forma
de equivalente. Ya no es factible aqí invertir los términos de la ecuación de
valor --como 20 varas de lienzo = 1 chaqueta, o = 10 libras de té, o = 1
quarter de trigo, etc.-- sin modificar su carácter de conjunto,
convirtiéndola de forma total del valor en forma general del mismo.
La última
forma, la III, ofrece finalmente al mundo de las mercancías la forma
relativa social-general de valor porque, y en cuanto, todas las
mercancías pertenecientes a ese mundo, con una sola excepción, se ven
excluidas [84] de la forma general de equivalente. Una
mercancía, el lienzo, reviste pues la forma de intercambiabilidad directa por
todas las demás mercancías, o la forma directamente social, porque, y en cuanto,
todas las demás no revisten dicha forma [36] acude justo a tiempo una palabra". [[[38]]]. [37] [38] [39]
A la inversa, la mercancía que figura como equivalente
general queda excluida de la forma de valor relativa unitaria, y por
tanto general, propia del mundo de las mercancías. Si el lienzo, esto es,
cualquier mercancía que se encuentre en la forma general de equivalente, hubiera
de participar a la vez en la forma relativa general de valor, tendría que
servir ella misma de equivalente. Tendríamos entonces que 20 varas de
lienzo = 20 varas de lienzo, una tautología que no expresa valor ni magnitud de
valor. Para expresar el valor relativo del equivalente general, antes
bien, hemos de invertir la forma III. Dicho equivalente general no
comparte con las demás mercancías la forma relativa de valor, sino que su
valor se expresa relativamente en la serie infinita de todos los
demás cuerpos de mercancías. De este modo, la forma relativa desplegada
de valor, o forma II, se presenta ahora como la forma relativa y
específica de valor que es propia de la mercancía
equivalente.
[85] 3. TRANSICION DE LA FORMA GENERAL DE
VALOR
A LA FORMA DE DINERO
La forma de equivalente
general es una forma de valor en general. Puede adoptarla, por
consiguiente, cualquier mercancía. Por otra parte, una mercancía sólo se
encuentra en la forma de equivalente general (forma III) porque todas
las demás mercancías la han separado de sí mismas, en calidad de
equivalente, y en la medida en que ello haya ocurrido. Y tan sólo a partir
del instante en que esa separación se circunscribe definitivamente a una
clase específica de mercancías, la forma relativa unitaria de
valor propia del mundo de las mercancías adquiere consistencia objetiva y
vigencia social general.
La clase específica de mercancías con cuya
forma natural se fusiona socialmente la forma de equivalente, deviene
mercancía dineraria o funciona como dinero. Llega a ser su
función social específica, y por lo tanto su monopolio social,
desempeñar dentro del mundo de las mercancías el papel de equivalente
general. Históricamente ese sitial privilegiado lo conquistó una mercancía
determinada, una de las que en la forma II figuran como equivalente
particular del lienzo y en la forma III expresan conjuntamente su
valor relativo en el lienzo: el oro. Por consiguiente, si en la
forma III remplazamos la mercancía lienzo por la mercancía oro, tendremos
lo siguiente:
D. FORMA DE DINERO
20 varas de lienzo =
1
chaqueta =
10 libras de té =
40 libras de café = 2 onzas de oro
1
quarter de trigo =
½ tonelada de hierro=
x mercancía
A =
En el tránsito de la forma I a la II, de la forma
II a la III tienen lugar variaciones esenciales. La forma
IV, por el contrario, no se distingue en nada de la III, si no es
en que ahora, en vez del lienzo, es el oro el que reviste la [86] forma
de equivalente general. En la forma IV el oro es lo que en la III
era el lienzo: equivalente general. El progreso consiste tan sólo en que
ahora la forma de intercambiabilidad general directa, o la forma de
equivalente general, se ha soldado de modo definitivo, por la
costumbre social, con la específica forma natural de la mercancía
oro.
Si el oro se enfrenta a las otras mercancías sólo como
dinero, ello se debe a que anteriormente se contraponía a ellas como
mercancía. Al igual que todas las demás mercancías, el oro funcionó también
como equivalente, sea como equivalente singular en actos de
intercambio aislados, sea como equivalente particular junto a
otras mercancías que también desempeñaban ese papel. Poco a poco, en
ámbitos más restringidos o más amplios, comenzó a funcionar como equivalente
general. No bien conquista el monopolio de este sitial en la expresión
del valor correspondiente al mundo de las mercancías, se transforma en
mercancía dineraria, y sólo a partir del momento en que ya se ha
convertido en tal mercancía dineraria, la forma IV se distingue de la
III, o bien la forma general de valor llega a convertirse en la
forma de dinero.
La expresión relativa simple del valor de una
mercancía, por ejemplo del lienzo, en la mercancía que ya funciona como
mercancía dineraria, por ejemplo en el oro, es la forma de precio.
La "forma de precio", en el caso del lienzo será, por consiguiente:
20
varas de lienzo = 2 onzas de oro
o bien, si la denominación
monetaria de dos onzas de oro es dos libras esterlinas,
20
varas de lienzo = 2 libras esterlinas
La dificultad que presenta
el concepto de la forma de dinero se reduce a comprender la forma de equivalente
general, o sea la forma general de valor, la forma III. Ésta se resuelve
a su vez en la II, la forma desplegada del valor, y su elemento
constitutivo es la forma I: 20 varas de lienzo = 1
chaqueta, o x mercancía A = y mercancía B. La forma siple de
la mercancía es, por consiguiente, el germen de la forma de
dinero.
[87] 4. El carácter fetichista de la mercancía y su
secreto
A primera vista, una mercancía parece ser una cosa
trivial, de comprensión inmediata. Su análisis demuestra que es un objeto
endemoniado, rico en sutilezas metafísicas y reticencias teológicas. En cuanto
valor de uso, nada de misterioso se oculta en ella, ya la consideremos
desde el punto de vista de que merced a sus propiedades satisface necesidades
humanas, o de que no adquiere esas propiedades sino en cuanto producto
del trabajo humano. Es de claridad meridiana que el hombre, mediante su
actividad, altera las formas de las materias naturales de manera que le sean
útiles. Se modifica la forma de la madera, por ejemplo, cuando con ella se hace
una mesa. No obstante, la mesa sigue siendo madera, una cosa ordinaria,
sensible. Pero no bien entra en escena como mercancía, se trasmuta en
cosa sensorialmente suprasensible. No sólo se mantiene tiesa apoyando sus patas
en el suelo, sino que se pone de cabeza frente a todas las demás mercancías y de
su testa de palo brotan quimeras mucho más caprichosas que si, por libre
determinación, se lanzara a bailar [40]. [41]
El carácter místico de la mercancía no deriva, por tanto,
de su valor de uso. Tampoco proviene del contenido de las determinaciones de
valor. En primer término, porque por diferentes que sean los trabajos
útiles o actividades productivas, constituye una verdad, desde el punto de vista
fisiológico, que se trata de funciones del organismo humano, y que
todas esas funciones, sean cuales fueren su contenido y su forma, son en esencia
gasto de cerebro, nervio, músculo, órgano sensorio, etc., humanos.
En segundo lugar, y en lo tocante a lo que sirve de fundamento para determinar
las magnitudes de valor, esto es, a la duración de aquel gasto o a la
cantidad del trabajo, es posible distinguir hasta sensorialmente la
cantidad del trabajo de su calidad. En todos los tipos de sociedad
necesariamente hubo de interesar al hombre el tiempo de trabajo que
insume la producción de los medios de subsistencia, aunque ese interés no fuera
uniforme en los diversos [88] estadios del desarrollo [42] [h]. Finalmente, tan pronto como los hombres trabajan unos para
otros, su trabajo adquiere también una forma social.
¿De dónde brota,
entonces, el carácter enigmático que distingue al producto del trabajo no bien
asume la forma de mercancía? Obviamente, de esa forma misma. La igualdad
de los trabajos humanos adopta la forma material de la igual objetividad de
valor de los productos del trabajo; la medida del gasto de fuerza de trabajo
humano por su duración, cobra la forma de la magnitud del valor que alcanzan los
productos del trabajo; por último, las relaciones entre los productores, en las
cuales se hacen efectivas las determinaciones sociales de sus trabajos, revisten
la forma de una relación social entre los productos del trabajo.
Lo
misterioso de la forma mercantil consiste sencillamente, pues, en que la misma
refleja ante los hombres el carácter social de su propio trabajo como caracteres
objetivos inherentes a los productos del trabajo, como propiedades sociales
naturales de dichas cosas, y, por ende, en que también refleja la relación
social que media entre los productores y el trabajo global, como una relación
social entre los objetos, existente al margen de los productores. Es por medio
de este quid pro quo [tomar una cosa por otra] como los productos del
trabajo se convierten en mercancías, en cosas sensorialmente suprasensibles o
sociales. De modo análogo, la impresión luminosa de una cosa sobre el nervio
óptico no se presenta como excitación subjetiva de ese nervio, sino como forma
objetiva de una cosa situada fuera del ojo. Pero en el acto de ver se proyecta
efectivamente luz desde una cosa, el objeto exterior, en otra, el ojo. Es una
relación física entre cosas físicas. Por el contrario, la forma de mercancía y
la relación de valor entre los productos del trabajo en que dicha forma
[89] se representa, no tienen absolutamente nada que ver con la
naturaleza física de los mismos ni con las relaciones, propias de cosas, que se
derivan de tal naturaleza. Lo que aquí adopta, para los hombres,la forma
fantasmagórica de una relación entre cosas, es sólo la relación social
determinada existente entre aquéllos. De ahí que para hallar una analogía
pertinente debamos buscar amparo en las neblinosas comarcas del mundo religioso.
En éste los productos de la mente humana parecen figuras autónomas, dotadas de
vida propia, en relación unas con otras y con los hombres. Otro tanto ocurre en
el mundo de las mercancías con los productos de la mano humana. A esto llamo el
fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo no bien se los produce
como mercancías, y que es inseparable de la producción mercantil.
Ese
carácter fetichista del mundo de las mercancías se origina, como el análisis
precedente lo ha demostrado, en la peculiar índole social del trabajo que
produce mercancías.
Si los objetos para el uso se convierten en mercancías,
ello se debe únicamente a que son productos de trabajos privados ejercidos
independientemente los unos de los otros. El complejo de estos trabajos
privados es lo que constituye el trabajo social global. Como los productores no
entran en contacto social hasta que intercambian los productos de su trabajo,
los atributos específicamente sociales de esos trabajos privados no se
manifiestan sino en el marco de dicho intercambio. O en otras palabras: de
hecho, los trabajos privados no alcanzan realidad como partes del trabajo social
en su conjunto, sino por medio de las relaciones que el intercambio establece
entre los productos del trabajo y, a través de los mismos, entre los
productores. A éstos, por ende, las relaciones sociales entre sus trabajos
privados se les ponen de manifiesto como lo que son, vale decir, no como
relaciones directamente sociales trabadas entre las personas mismas, en sus
trabajos, sino por el contrario como relaciones propias de cosas entre
las personas y relaciones sociales entre las cosas.
Es sólo en su
intercambio donde los productos del trabajo adquieren una objetividad de valor,
socialmente uniforme, separada de su objetividad de uso, sensorialmente diversa.
Tal escisión del producto laboral en cosa útil y cosa de valor sólo se
efectiviza, en la práctica, cuando [90] el intercambio ya ha alcanzado la
extensión y relevancia suficientes como para que se produzcan cosas útiles
destinadas al intercambio, con lo cual, pues, ya en su producción misma se tiene
en cuenta el carácter de valor de las cosas. A partir de ese momento los
trabajos privados de los productores adoptan de manera efectiva un doble
carácter social. Por una parte, en cuanto trabajos útiles determinados, tienen
qe satisfacer una necesidad social determinada y con ello probar su eficacia
como partes del trabajo global, del sistema natural caracterizado por la
división social del trabajo. De otra parte, sólo satisfacen las variadas
necesidades de sus propios productores, en la medida en que todo trabajo privado
particular, dotado de utilidad, es pasible de intercambio por otra clase de
trabajo privado útil, y por tanto le es equivalente. La igualdad de trabajos
toto cælo [totalmente] diversos sólo puede consistir en una
abstracción de su desigualdad real, en la reducción al carácter común que
poseen en cuanto gasto de fuerza humana de trabajo, trabajo
abstractamente humano. El cerebro de los productores privados refleja ese
doble carácter social de sus trabajos privados solamente en las formas que se
manifiestan en el movimiento práctico, en el intercambio de productos: el
carácter socialmente útil de sus trabajos privados, pues, sólo lo refleja bajo
la forma de que el producto del trabajo tiene que ser útil, y precisamente serlo
para otros; el carácter social de la igualdad entre los diversos trabajos, sólo
bajo la forma del carácter de valor que es común a esas cosas materialmente
diferentes, los productos del trabajo.
Por consiguiente, el que los hombres
relacionen entre sí como valores los productos de su trabajo no se debe
al hecho de que tales cosas cuenten para ellos como meras envolturas
materiales de trabajo homogéneamente humano. A la inversa. Al equiparar
entre sí en el cambio como valores sus productos
heterogéneos, equiparan recíprocamente sus diversos trabajos como trabajo
humano. No lo saben, pero lo hacen [43]. El valor, en consecuencia, no lleva escrito [91] en
la frente lo que es. Por el contrario, transforma a todo producto del
trabajo en un jeroglífico social. Más adelante los hombres procuran descifrar el
sentido del jeroglífico, desentrañar el misterio de su propio producto social,
ya que la determinación de los objetos para el uso como valores es
producto social suyo a igual título que el lenguaje. El descubrimiento
científico ulterior de que los productos del trabajo, en la medida en que son
valores, constituyen meras expresiones, con el carácter de cosas, del trabajo
humano empleado en su producción, inaugura una época en la historia de la
evolución humana, pero en modo alguno desvanece la apariencia de objetividad que
envuelve a los atributos sociales del trabajo. Un hecho que sólo tiene vigencia
para esa forma particular de producción, para la producción de mercancías --a
saber, que el carácter específicamente social de los trabajos privados
independientes consiste en su igualdad en cuanto trabajo humano y asume la forma
del carácter de valor de los productos del trabajo--, tanto antes como después
de aquel descubrimiento se presenta como igualmente definitivo ante quienes
están inmersos en las relaciones de la producción de mercancías, así como la
descomposición del aire en sus elementos, por parte de la ciencia, deja
incambiada la forma del aire en cuanto forma de un cuerpo físico.
Lo que
interesa ante todo, en la práctica, a quienes intercambian mercancías es saber
cuánto producto ajeno obtendrán por el producto propio; en qué proporciones,
pues, se intercambiarán los productos. No bien esas proporciones, al madurar,
llegan a adquirir cierta fijeza consagrada por el uso, parecen deber su origen a
la naturaleza de los productos del trabajo, de manera que por ejemplo una
tonelada de hierro y dos onzas de oro valen lo mismo, tal como una libra de oro
y una libra de hierro pesan igual por más que difieran sus propiedades físicas y
químicas. En realidad, el carácter de valor que presentan los productos del
trabajo, no se consolida sino por hacerse efectivos en la práctica como
magnitudes de valor. Estas manitudes cambian de manera constante,
independientemente de la voluntad, las previsiones o los actos de los sujetos
del intercambio. Su propio movimiento social posee para ellos la forma de un
movimiento de cosas bajo cuyo control se encuentran, en lugar de controlarlas.
Se requiere [92] una producción de mercancías desarrollada de manera
plena antes que brote, a partir de la experiencia misma, la comprensión
científica de que los trabajos privados --ejercidos independientemente los unos
de los otros pero sujetos a una interdependencia multilateral en cuanto ramas
de la división social del trabajo que se originan naturalmente-- son
reducidos en todo momento a su medida de proporción social porque en las
relaciones de intercambio entre sus productos, fortuitas y siempre
fluctuantes, el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de
los mismos se impone de modo irresistible como ley natural reguladora,
tal como por ejemplo se impone la ley de la gravedad cuando a uno se le cae la
casa encima [44]. La determinación de las magnitudes de valor por el tiempo
de trabajo, pues, es un misterio oculto bajo los movimientos manifiestos que
afectan a los valores relativos de las mercancías. Su desciframiento borra la
apariencia de que la determinación de las magnitudes de valor alcanzadas por los
productos del trabajo es meramente fortuita, pero en modo alguno elimina su
forma de cosa.
La reflexión en torno a las formas de la vida humana, y por
consiguiente el análisis científico de las mismas, toma un camino opuesto al
seguido por el desarrollo real. Comienza post festum [después de los
acontecimientos] y, por ende, disponiendo ya de los resultados últimos del
proceso de desarrollo. Las formas que ponen la impronta de mercancías a los
productos del trabajo y por tanto están presupuestas a la circulación de
mercancías, poseen ya la fijeza propia de formas naturales de la vida social,
antes de que los hombres procuren dilucidar no el carácter histórico de esas
formas --que, más bien, ya cuentan para ellos como algo inmutable-- sino su
contenido. De esta suerte, fue sólo el análisis de los precios de las mercancías
lo que llevó a la determinación de las magnitudes del valor; sólo la expresión
colectiva de las mercancías en dinero, lo que indujo a fijar su carácter de
valor. Pero es precisamente esa forma acabada del mundo de las mercancías
[93] --la forma de dinero-- la que vela de hecho, en vez de revelar, el
carácter social de los trabajos privados, y por tanto las relaciones sociales
entre los trabajadores individuales. Si digo que la chaqueta, los botines, etc.,
se vinculan con el lienzo como con la encarnación general de trabajo humano
abstracto, salta a la vista la insensatez de tal modo de expresarse. Pero cuando
los productores de chaquetas, botines, etc., refieren esas mercancías al lienzo
--o al oro y la plata, lo que en nada modifica la cosa como equivalente general,
la relación entre sus trabajos privados y el trabajo social en su conjunto se
les presenta exactamente bajo esa forma insensata.
Formas semejantes
constituyen precisamente las categorías de la economía burguesa. Se trata
de formas del pensar socialmente válidas, y por tanto objetivas, para las
relaciones de producción que caracterizan ese modo de producción social
históricamente determinado: la producción de mercancías. Todo el
misticismo del mundo de las mercancías, toda la magia y la fantasmagoría que
nimban los productos del trabajo fundados en la producción de mercancías, se
esfuma de inmediato cuando emprendemos camino hacia otras formas de
producción.
Como la economía política es afecta a las robinsonadas [4546], hagamos primeramente que Robinsón comparezca en su isla.
Frugal, como lo es ya de condición, tiene sin embargo que satisfacer diversas
necesidades y, por tanto, ejecutar trabajos útiles de variada índole:
fabricar herramientas, hacer muebles, domesticar llamas, pescar, cazar,
etcétera. De rezos y otras cosas por el estilo no hablemos aquí, porque a
nuestro Robinsón esas actividades le causan placer y las incluye en sus
esparcimientos. Pese a la diversidad de sus funciones productivas sabe que no
son más que distintas formas de actuación del mismo Robinsón, es [94]
decir, nada más que diferentes modos del trabajo humano. La necesidad
misma lo fuerza a distribuir concienzudamente su tiempo entre sus
diversas funciones. Que una ocupe más espacio de su actividad global y la otra
menos, depende de la mayor o menor dificultad que haya que superar para obtener
el efecto útil propuesto. La experiencia se lo inculca, y nuestro Robinsón, que
del naufragio ha salvado el reloj, libro mayor, tinta y pluma, se pone, como
buen inglés, a llevar la contabilidad de sí mismo. Su inventario incluye una
nómina de los objetos útiles que él posee, de las diversas operaciones
requeridas para su producción y por último del tiempo de trabajo que,
término medio, le insume elaborar determinadas cantidades de esos diversos
productos. Todas las relaciones entre Robinsón y las cosas que configuran su
riqueza, creada por él, son tan sencillas y transparentes que hasta el mismo
señor Max Wirth, [47] sin esforzar mucho el magín, podría comprenderlas. Y, sin
embargo, quedan contenidas en ellas todas las determinaciones esenciales del
valor.
Trasladémonos ahora de la radiante ínsula de Robinsón a la
tenebrosa Edad Media europea. En lugar del hombre independiente nos encontramos
con que aquí todos están ligados por lazos de dependencia: siervos de la gleba y
terratenientes, vasallos y grandes señores, seglares y clérigos. La dependencia
personal caracteriza tanto las relaciones sociales en que tiene lugar la
producción material como las otras esferas de la vida estructuradas sobre dicha
producción. Pero precisamente porque las relaciones personales de dependencia
constituyen la base social dada, los trabajos y productos no tienen por qué
asumir una forma fantástica diferente de su realidad. Ingresan al mecanismo
social en calidad de servicios directos y prestaciones en especie. La forma
natural del trabajo, su particularidad, y no, como sobre la base de la
producción de mercancías, su generalidad, es lo que aquí constituye la forma
directamente social de aquél. La prestación personal servil se mide por el
tiempo, tal cual se hace con el trabajo que produce mercancías, pero ningún
siervo ignora que se trata de determinada cantidad de su fuerza de trabajo
personal, gastada por él al servicio de su señor. El diezmo que le entrega al
cura es más diáfano que la bendición del clérigo. Sea cual fuere el juicio que
nos merezcan las máscaras que aquí se ponen los hombres al [95]
desempeñar sus respectivos papeles, el caso es que las relaciones sociales
existentes entre las personas en sus trabajos se ponen de manifiesto como sus
propias relaciones personales y no aparecen disfrazadas de relaciones sociales
entre las cosas, entre los productos del trabajo.
Para investigar el trabajo
colectivo, vale decir, directamente socializado, no es necesario que nos
remontemos a esa forma natural y originaria del mismo que se encuentra en los
umbrales históricos de todos los pueblos civilizados [48]. Un ejemplo más accesible nos lo ofrece la industria
patriarcal, rural, de una familia campesina que para su propia subsistencia
produce cereales, ganado, hilo, lienzo, prendas de vestir, etc. Estas cosas
diversas se hacen presentes enfrentándose a la familia en cuanto productos
varios de su trabajo familiar, pero no enfrentándose recíprocamente como
mercancías. Los diversos trabajos en que son generados esos productos --cultivar
la tierra, criar ganado, hilar, tejer, confeccionar prendas-- en su forma
natural son funciones sociales, ya que son funciones de la familia y ésta
practica su propia división natural del trabajo, al igual que se hace en la
producción de mercancías.
Las diferencias de sexo y edad, así como las
condiciones naturales del trabajo, cambiante con la sucesión de las estaciones,
regulan la distribución de éste dentro de la familia y el tiempo de trabajo de
los diversos miembros de la misma. Pero aquí el gasto de fuerzas individuales de
trabajo, medido por la duración, se pone de manifiesto desde un primer momento
como determinación social de los trabajos mismos, puesto que las fuerzas
individuales de trabajo sólo actúan, desde su origen, como órganos de la fuerza
de trabajo colectiva de la familia.
[96] Imaginémonos finalmente, para
variar, una asociación de hombres libres que trabajen con medios de producción
colectivos y empleen, conscientemente, sus muchas fuerzas de trabajo
individuales como una fuerza de trabajo social. Todas las determinaciones
del trabajo de Robinsón se reiteran aquí, sólo que de manera social, en
vez de individual. Todos los productos de Robinsón constituían su
producto exclusivamente personal y, por tanto, directamente objetos de uso
para sí mismo. El producto todo de la asociación es un producto
social. Una parte de éste presta servicios de nuevo como medios de
producción. No deja de ser social. Pero los miembros de la asociación consumen
otra parte en calidad de medios de subsistencia. Es necesario, pues,
distribuirla entre los mismos. El tipo de esa distribución variará
con el tipo particular del propio organismo social de producción y según el
correspondiente nivel histórico de desarrollo de los productores. A los meros
efectos de mantener el paralelo con la producción de mercancías, supongamos que
la participación de cada productor en los medios de subsistencia esté
determinada por su tiempo de trabajo. Por consiguiente, el tiempo de
trabajo desempeñaría un papel doble. Su distribución, socialmente planificada,
regulará la proporción adecuada entre las varias funciones laborales y las
diversas necesidades. Por otra parte, el tiempo de trabajo servirá a la vez como
medida de la participación individual del productor en el trabajo común, y
también, por ende, de la parte individualmente consumible del producto común.
Las relaciones sociales de los hombres con sus trabajos y con los productos de
éstos, siguen siendo aquí diáfanamente sencillas, tanto en lo que respecta a la
producción como en lo que atañe a la distribución.
Para una sociedad de
productores de mercancías, cuya relación social general de producción consiste
en comportarse frente a sus productos como ante mercancías, o sea
valores, y en relacionar entre sí sus trabajos privados, bajo esta fora
de cosas, como trabajo humano indiferenciado, la forma de
religión más adecuada es el cristianismo, con su culto del hombre
abstracto, y sobre todo en su desenvolvimiento burgués, en el protestantismo,
deísmo, etc. En los modos de producción paleoasiático, antiguo, etc., la
transformación de los productos en mercancía y por tanto la existencia de los
hombres como productores de [97] mercancías, desempeña un papel
subordinado, que empero se vuelve tanto más relevante cuanto más entran las
entidades comunitarias en la fase de su decadencia. Verdaderos pueblos
mercantiles sólo existían en los intermundos del orbe antiguo, cual los dioses
de Epicuro [49], o como los judíos en los poros de la sociedad polaca. Esos
antiguos organismos sociales de producción son muchísimo más sencillos y
trasparentes que los burgueses, pero o se fundan en la inmadurez del hombre
individual, aún no liberado del cordón umbilical de su conexión natural con
otros integrantes del género, o en relaciones directas de dominación y
servidumbre. Están condicionados por un bajo nivel de desarrollo de las fuerzas
productivas del trabajo y por las relaciones correspondientemente restringidas
de los hombres dentro del proceso material de producción de su vida, y por tanto
entre sí y con la naturaleza. Esta restricción real se refleja de un modo ideal
en el culto a la naturaleza y en las religiones populares de la Antigüedad. El
reflejo religioso del mundo real únicamente podrá desvanecerse cuando las
circunstancias de la vida práctica, cotidiana, representen para los hombres, día
a día, relaciones diáfanamente racionales, entre ellos y con la naturaleza. La
figura del proceso social de vida, esto es, del proceso material de producción,
sólo perderá su místico velo neblinoso cuando, como producto de hombres
libremente asociados, éstos la hayan sometido a su control planificado y
consciente. Para ello, sin embargo, se requiere una base material de la sociedad
o una serie de condiciones materiales de existencia, que son a su vez, ellas
mismas, el producto natural de una prolongada y penosa historia.
evolutiva.
Ahora bien, es indudable que la economía política ha analizado,
aunque de manera incompleta [50], el valor y [98] la magnitud de valor y descubierto
el contenido oculto en esas formas. Sólo que nunca llegó siquiera a plantear la
pregunta de por qué ese contenido adopta dicha forma; de por qué, pues, el
trabajo se representa en el valor, de a qué se debe que la medida del
trabajo conforme a su duración se represente en la magnitud del valor
alcanzada por el producto del trabajo [51] Para dejarlo en claro de una vez por todas, digamos que
entiendo por economía política clásica toda la economía que, desde William
Petty, ha investigado la conexión interna de las relaciones de producción
burguesas, por oposición a la economía vulgar, que no hace más que
deambularestérilmente en torno de la conexión aparente, preocupándose sólo de
ofrecer una explicación obvia de los fenómenos que podríamos llamar más bastos y
rumiando una y otra vez, para el uso doméstico de la burguesía, el material
suministrado hace ya tiempo por la economía científica. Pero, por lo demás, en
esa tarea la economía vulgar se limita a sistematizar de manera pedante las
ideas más triviales y fatuas que se forman los miembros de la burguesía acerca
de su propio mundo, el mejor de los posibles, y a proclamarlas como verdades
eternas.. A formas que llevan escrita en la [99] frente su pertenencia a
una formación social donde el proceso de producción domina al hombre, en vez de
dominar el hombre a ese proceso, la conciencia burguesa de esa economía las
tiene por una necesidad natural tan manifiestamente evidente como el trabajo
productivo mismo. De ahí que, poco más o menos, trate a las formas preburguesas
del organismo social de producción como los Padres de la Iglesia a las
religiones precristianas [52] Aprovecho la oportunidad para responder brevemente a una
objeción que, al aparecer mi obra "Zur Kritik der politischen Ökonomie" (1859),
me formuló un periódico germano-norteamericano. Mi enfoque --sostuvo éste--
según el cual el modo de producción dado y las relaciones de producción
correspondientes al mismo, en suma, "la estructura económica de la sociedad es
la base real sobre la que se alza una superestructura jurídica y política, y a
la que corresponden determinadas formassociales de conciencia", ese enfoque para
el cual "el modo de producción de la vida material condiciona en general el
proceso de la vida social, política y espiritual", sería indudablemente
verdadero para el mundo actual, en el que imperan los intereses materiales, pero
no para la Edad Media, en la que prevalecía el catolicismo, ni para Atenas y
Roma, donde era la política la que dominaba. En primer término, es sorprendente
que haya quien guste suponer que alguna persona ignora esos archiconocidos
lugares comunes sobre la Edad Media y el mundo antiguo. Lo indiscutible es que
ni la Edad Media pudo vivir de catolicismo ni el mundo antiguo de
política. Es, a la inversa, el modo y manera en que la primera y el segundo se
ganaban la vida, lo que explica por qué en un caso la política y en otro el
catolicismo desempeñaron el papel protagónico. Por lo demás, basta con conocer
someramente la historia de la república romana, por ejemplo, para saber que la
historia de la propiedad de la tierra constituye su historia secreta. Ya Don
Quijote, por otra parte, hubo de expiar el error de imaginar que la caballería
andante era igualmente compatible con todas las formas económicas de la
sociedad..
[100] Hasta qué punto una parte de los economistas se deja
encandilar por el fetichismo adherido al mundo de las mercancías, o por la
apariencia objetiva de las determinaciones sociales del trabajo, nos lo
muestra, entre otras cosas, la tediosa e insulsa controversia en torno al
papel que desempeñaría la naturaleza en la formación del valor de cambio.
Como el valor de cambio es determinada manera social de expresar el trabajo
empleado en una cosa, no puede contener más materia natural que, por ejemplo, el
curso cambiario.
[101] Como la forma de mercancía es la
más general y la menos evolucionada de la producción burguesa --a lo cual se
debe que aparezca tempranamente, aun cuando no de la misma manera dominante y
por tanto característica que adopta en nuestros días-- todavía parece
relativamente fácil penetrarla revelando su carácter de fetiche. Pero en las
formas más concretas se desvanece hasta esa apariencia de sencillez. ¿De dónde
proceden, entonces, las ilusiones del sistema monetarista? [53] Éste no veía al oro y la plata, en cuanto dinero, como
representantes de una relación social de producción, sino bajo la forma de
objetos naturales adornados de insólitos atributos sociales. Y cuando trata del
capital, ¿no se vuelve palpable el fetichismo de la economía moderna, de
esa misma economía que, dándose importancia, mira con engreimiento y desdén al
mercantilismo? ¿Hace acaso mucho tiempo que se disipó la ilusión fisiocrática de
que la renta del suelo surgía de la tierra, no de la sociedad?
Sin embargo,
para no anticiparnos, baste aquí con un ejemplo referente a la propia forma de
mercancía. Si las mercancías pudieran hablar, lo harían de esta manera: Puede
ser que a los hombres les interese nuestro valor de uso. No nos incumbe en
cuanto cosas. Lo que nos concierne en cuanto cosas es nuestro valor.
Nuestro propio movimiento como cosas mercantiles lo demuestra. Unicamente nos
vinculamos entre nosotras en cuanto valores de cambio. Oigamos ahora cómo el
economista habla desde el alma de la mercancía: "El valor" (valor de
cambio) "es un atributo de las cosas; las riquezas" (valor de uso), "un atributo
del hombre. El valor, en este sentido, implica necesariamente el intercambio; la
riqueza no" [54]. "La riqueza" (valor de uso) "es un atributo del
hombre, el valor un atributo de las mercancías. Un hombre o una
comunidad son ricos; una perla o un diamante son valiosos... Una
perla o un diamante son valiosos en cuanto tales perla o diamante" [55]. Hasta el presente, todavía no hay químico [102] que
haya descubierto en la perla o el diamante el valor de cambio. Los descubridores
económicos de esa sustancia química, alardeando ante todo de su profundidad
crítica, llegan a la conclusión de que el valor de uso de las cosas no depende
de sus propiedades como cosas, mientras que por el contrario su valor les es
inherente en cuanto cosas. Lo que los reafirma en esta concepción es la curiosa
circunstancia de que el valor de uso de las cosas se realiza para el hombre
sin intercambio, o sea en la relación directa entre la cosa y el hombre,
mientras que su valor, por el contrario, sólo en el intercambio, o sea en
el proceso social. Como para no acordarse aquí del buen Dogberry, cuando ilustra
al sereno Seacoal: "Ser hombre bien parecido es un don de las
circunstancias, pero saber leer y escribir lo es de la naturaleza"
[56]. [57]
[1]
Karl Marx, "Zur Kritik der politischen Ökonomie", Berlín, 1859, p. 3.
[2] "El deseo implica necesidad; es el apetito del espíritu, y tan
natural como el hambre al cuerpo... La mayor parte (de las cosas) derivan su
valor del hecho de satisfacer las necesidades del espíritu." (Nicholas Barbon,
"A Discourse on Coining the New Money Lighter. In Answer to Mr. Lighter. In
Answer to Mr. Locke's. Considerations...", Londres, 1696, pp. 2, 3.)
[3] "Las cosas tienen una virtud intrínseca" (es éste [vertue], en
Barbon, el término específico para designar el valor de uso); "en todas partes
tienen la misma virtud, tal como la de la piedra imán de atraer el hierro."
(Ibídem, p. 6.) La propiedad del imán de atraer el hierro sólo se volvió
útil cuando por medio de ella, se descubrió la polaridad magnética.
[4] "El wortk [valor] natural de cualquier cosa consiste en
su aptitud de satisfacer las necesidades o de servir a la comodidad de la vida
humana." (John Locke, "Some Considerations on the Consequences of tke Lowering
of Interest", 1691 en "Works", Londres, 1777, vol. II, p. 28.) En los escritores
ingleses del siglo XVII suele encontrarse aún la palabra "worth" por
valor de uso y "value" por valor de cambio, lo cual se ajusta en un todo,
al genio de una lengua que se inclina a expresar en vocablos germánicos la cosa
directa, y en latinos la refleja.
[5] En la sociedad burguesa prevalece la fictio iuris
[ficción jurídica] de que todo comprador de mercancías tiene un conocimiento
enciclopédico acerca de las mismas.
[6] "El valor consiste en la relación de intercambio que media
entre tal cosa y cual otra, entre tal medida de un producto y cual medida de
otro." (Le Trosne, "De l'intérêt social", en "Physiocrates", ed. por Daire,
París, 1846, p. 889.)
[7] "Ninguna cosa puede tener un valor intrínseco" (N. Barbon, op.
cit., p. 6), o, como dice Butler:
"El valor de una cosa,
[8] [27] Marx cita la epopeya burlesca de Samuel Butler,
"Hudibras". En ésta, sin embargo, los versos citados no dicen 'The value, of a
thing / is just as much as it will bring", sino: "For what is Worth in any
thing, / but so much Money as 'twill bring" ("porque qué es lo que vale en
cualquier cosa, sino justamente el dinero que habrá de rendir"). (Hudibras parte
II, canto I, versos 465-6.)-- 45; 973.
[a] Medida de capacidad equivalente a 290,79 litros.
[b] " El texto de este párrafo es como sigue en la 3ª y 4ª
ediciones: "Determinada mercancía, por ejemplo un quarter de trigo, se
cambia por x betún o por y seda o por z oro, etc., en suma,
por otras mercancías, en las proporciones más diversas. El trigo, pues,
tiene múltiples valores de cambio, en vez de uno solo. Pero como x betún,
y del mismo modo y seda o z oro, etc., es el valor de cambio de un
quarter de trigo, forzosamente x betún, y seda, z
oro, etcétera, tienen que ser valores de cambio sustituibles entre sí o de igual
magnitud. De donde se desprende, primero, que los valores de cambio vigentes de
la misma mercancía expresan un algo que es igual. Pero, segundo, que el valor de
cambio únicamente puede ser el modo de expresión, o «forma de
manifestarse», de un contenido diferenciable de él"
[9] "one Sort of wares are as good as another, if the value be
equal. There is no difference or distinction in things of equal value... One
hundred pounds worth of lead or iron, is of as great a value as one hundred
pounds worth of silver and gold". [Cien libras esterlinas de cuero o de hierro
tienen un valor de cambio exactamente igual al de cien libras esterlinas de
plata y oro.] (N. Barbon, op. cit., pp. 53 y 7.)
[c] En la 3ª y 4ª ediciones se agrega: "valores
mercantiles".
[d] 3ª y 4ª ediciones: "valor mercantil".
[10] Nota a la 2ª edición. --"The value of them (the necessaries
of life) when they are exchanged the one for another, is regulated by the
quantity of labour necessarily required, and commonly taken in producing them."
"El valor de los objetos para el uso, cuando se los intercambia, se regula por
la cantidad de trabajo requerida de manera necesaria y empleada por lo común
para producirlos." ("Some Thoughts on the Interest of Money in General, and
Particularly in the Public Funds"..., Londres, pp. 36, 37.) Este notable escrito
anónimo del pasado siglo carece de fecha. De su contenido se infiere, sin
embargo, que se publicó en el reinado de Jorge II, hacia 1739 ó 1740.
[11] "Todos los productos de un mismo género no forman, en
realidad, más que una masa, cuyo precio se determina de manera general y
haciendo caso omiso de las circunstancias particulares." ("Le Trosne", op. cit.,
p. 893.)
[12] K. Marx, "Zur Kritik"..., p. 6.
[e] 291 litros, aproximadamente.
[13] [28] (W) William Jacob, "An Historical Inquiry into
the Production and Consumption of the Precious Metals, Londres, 1831.-- 49;
976.
[14] [29] El autor, que no se remite a ninguna fuente, toma
la cita de Herman Merivale, "Lectures on Colonization and Colonies, Londres,
vol. 1, 1841, p. 52, nota. Eschwege dirigió la entidad que explotaba las minas
de oro brasileñas y fue presidente de la Cámara Imperial de Minerales en Río.--
49; 976.
[15] (F. E. --Nota a la 4ª edición.-- He insertado el texto entre
paréntesis (f) porque su omisión motiva el frecuentísimo error de creer
que, para Marx, es mercancía todo producto consumido por quien no sea su
productor.)
[f] Entre llaves en la presente edición.
[16] K. Marx, op. cit., pp. 12, 13 y ss.
[17] "Todos los fenómenos del universo, los haya producido la mano
del hombre o las leyes universales de la física, no dan idea de una creación
real, sino únicamente de una modificación de la materia. Juntar y
separar son los únicos elementos que encuentra el ingenio humano cuando
analiza la idea de la reproducción, y tanto estamos ante una reproducción de
valor" (valor de uso, aunque aquí el propio Verri, en su polémica contra
los fisiócratas, no sepa a ciencia cierta de qué valor está hablando) "y de
riqueza si la tierra, el aire y el agua de los campos se transforman en
cereales, como si, mediante la mano del hombre, la pegajosa secreción de un
insecto se transmuta en terciopelo o bien algunos trocitos de metal se organizan
para formar un reloj de repetición." (Pietro Verri, "Meditazioni sulla economia
politica" --la edición príncipe es de 1771--, col. "Scrittori classici italiani
di economia politica", dir. por Custodi, parte moderna, t. XV, pp. 21,
22.)
[18] [30] (W) William Petty, "A Treatise on Taxes and
Contributions, Londres, 1667, p. 47.-- 53.
[19] Cfr. Hegel, "Philosophie des Rechts", Berlín, 1840, § 190,
página 250.
[20] Ha de advertir el lector que aquí no se trata del
salario o valor que percibe el obrero por una jornada laboral, sino del
valor de la mercancía en que su jornada laboral se objetiva. En la
presente fase de nuestra exposición, la categoría del salario aún no existe, en
modo alguno.
[21] Nota a la 2ª edición. --Para demostrar "que sólo el trabajo
[...] es la medida definitiva y real con arreglo a la cual en todos los tiempos
puede estimarse y compararse el valor de todas las mercancías", dice Adam Smith:
"cantidades iguales de trabajo en todo tiempo y lugar han de tener el mismo
valor para el trabajador. En su estado normal de salud, fuerza y dinamismo, y
con el grado medio de destreza que posea, el trabajador debe siempre renunciar a
la misma porción de su descanso, libertad y felicidad". ("Wealth of Nations,
lib. I, cap. V [ed. por E. G. Wakefield, Londres, 1836, vol. I, pp. 104-105].)
De una parte, Adam Smith confunde aquí (no en todos los casos) la determinación
del valor por la cantidad de trabajo gastada en la producción de la
mercancía, con la determinación de los valores mercantiles por el
valor del trabajo, y por eso procura demostrar que cantidades iguales de
trabajo tienen siempre el mismo valor. De otra parte, entrevé que el trabajo, en
la medida en que se representa en el valor de las mercancías, sólo cuenta como
gasto de fuerza de trabajo, pero sólo concibe ese gasto como sacrificio del
descanso, la libertad y la felicidad, no como actividad normal de la vida. Sin
duda, tiene en vista aquí al asalariado moderno. Mucho más certero es el anónimo
precursor de Adam Smith citado en la nota 9, cuando dice: "un hombre se ha
ocupado durante una semana en producir este artículo necesario... y quien te dé
a cambio de él algún otro objeto, no podrá efectuar mejor evaluación de lo que
es su equivalente adecuado, que calculando qué le cuesta a él exactamente el
mismo labour [trabajo] y tiempo; lo cual, en realidad, no es sino el
cambio entre el labour que un hombre empleó en una cosa durante
determinado tiempo, y el trabajo gastado en otra cosa, por otro hombre, durante
el mismo tiempo". ("Some Thoughts"..., página 39.)
[22] [31] En Henry IV, de Shakespeare (parte I, acto III,
escena 3), Mistress Quickly rechaza con indignación la queja de Falstaff, según
el cual ella es como la nutria: "No es carne ni pescado; un hombre no sabe por
dónde agarrarla".-- 53; 979.
[g] En la 3ª y 4ª ediciones: "Forma simple, singular o contingente
de valor".
[23] Los raros economistas que, como Samuel Bailey, se dedicaron
al análisis de la forma de valor, no podían alcanzar resultado alguno,
primeramente porque confunden la forma de valor y el valor mismo, y en segundo
término porque, sometidos al tosco influjo del burgués práctico, desde un primer
momento tenían presente exclusivamente la determinación cuantitativa. "La
posibilidad de disponer de la cantidad... es lo que constituye el
valor." ("Money and its Vicissitudes", Londres, 1837, p. 11. El autor es
Samuel Bailey.).
[24] Nota a la 2ª edición. --Uno de los primeros economistas que,
después de William Petty, sometió a examen la naturaleza del valor, el célebre
Franklin, dice; "Como el comercio, en general, no es otra cosa que el
intercambio de un trabajo por otro trabajo, [32] de la manera en que se
medirá mejor el valor de todas las cosas... es en trabajo". ("The Works of B.
Franklin"..., ed. por Sparks, Boston, 1836, vol. II, p. 267.) Franklin no es
consciente de que al estimar "en trabajo" el valor de todas las cosas, hace
abstracción de la diferencia entre los trabajos intercambiados, reduciéndolos
así a trabajo humano igual. No lo sabe, pero lo dice. Se refiere primero a "un
trabajo", luego al "otro trabajo" y por último al "trabajo", sin más
especificación, como sustancia del valor de todas las cosas
[25] [32] Franklin no habla, en rigor, de "intercambio de
un trabajo por otro trabajo" (subrayados nuestros), sino de "intercambio de
trabajo por trabajo" (TI 51). Véase el comentario con que cierra Marx la nota.--
63.
[26] [33] Paris vaut bien une messe! (¡París bien
vale una misa!)-- La frase se atribuye a Enrique IV de Francia, quien la habría
pronunciado en 1593 para justificar su conversión del calvinismo al catolicismo,
o a Maximilien de Béthune, más tarde duque de Sully, que habría sintetizado con
ella, frente al rey, las conveniencias políticas de dicha conversión
religiosa.-- 65.
[27] En cierto modo, con el hombre sucede lo mismo que con la
mercancía. Como no viene al mundo con un espejo en la mano, ni tampoco
afirmando, como el filósofo fichtiano, "yo soy yo", el hombre se ve reflejado
primero sólo en otro hombre. Tan sólo a través de la relación con el hombre
Pablo como igual suyo, el hombre Pedro se relaciona consigo mismo como hombre.
Pero con ello también el hombre Pablo, de pies a cabeza, en su corporeidad
paulina, cuenta para Pedro como la forma en que se manifiesta el genus
[género] hombre
[28] El término "valor" se emplea aquí --como, dicho sea de paso,
ya lo hemos hecho antes en algunos pasajes-- para designar el valor
cuantitativamente determinado, y por tanto la magnitud del valor.
[29] Nota a la 2ª edición. --Con su tradicional perspicacia, la
economía vulgar ha sacado partido de esa incongruencia entre la magnitud del
valor y su expresión relativa. A modo de ejemplo: "una vez que se reconoce que
A baja porque B, con la cual se cambia, aumenta, aunque en el
ínterin no se haya empleado menos trabajo en A, el principio general del
valor, propuesto por ustedes, se desmorona... Si él [Ricardo] reconoce que
cuando aumenta el valor de A con respecto a B, mengua el valor de
B en relación con A, queda minado el fundamento sobre el que
asentó su gran tesis, a saber, que el valor de una mercancía está determinado
siempre por el trabajo incorporado a ella; en efecto, si un cambio en el costo
de A no sólo altera su propio valor con respecto a B, a la
mercancía por la cual se cambia, sino también el valor de B en relación
con A, aun cuando no haya ocurrido cambio alguno en la cantidad de
trabajo requerida para producir a B, en tal caso no sólo se viene al
suelo la doctrina según la cual la cantidad de trabajo empleada en un artículo
regula el valor del mismo, sino también la que sostiene que es el costo de
producción de un artículo lo que regula su valor". (J. Broadhurst, "Political
Economy", Londres, 1842, pp. 11, 14.)
[30] Con estas determinaciones reflejas ocurre algo peculiar. Este
hombre, por ejemplo, es rey porque los otros hombres se comportan ante él como
súbditos; éstos creen, al revés, que son súbditos porque él es rey.
[31] [34] El autor cita la "Ética a Nicómaco" (libro V,
capítulo VIII) según "Aristotelis opera ex recensione Immanuelis Bekkeri", t.
IX, Oxford, 1837, p. 99. Este mismo pasaje, aproximadamente, es comentado por
Marx en el capítulo II de la "Contribución a la crítica de la economía
política".-- 73; 1028.
[32] Nota a la 2ª edición. --F.L.A. Ferrier (sous-inspecteur des
douanes [subinspector de aduanas]), "Du gouvernement considéré dans ses rapports
avec le commerce", París, 1805, y Charles Ganilh, "Des systèmes d'économie
politique, 2ª ed., París, 1821.
[33] [35] Como lo explica Marx en la versión francesa (TFA
61). Lombard Street es "la calle de los grandes banqueros de Londres". Los
banqueros lombardos (como en Inglaterra la mayor parte de los banqueros y
prestamistas eran nativos de Lombardía la palabra "lombard" pasó a designar a
cualquiera que se ocupara de negocios dinerarios) dieron su nombre a la calle;
Lombard Street es sinónimo, actualmente, del mercado del dinero o de la banca.--
75.
[34] Nota a la 2ª edición. --A modo de ejemplo: en Homero el valor
de una cosa se ve expresado en una serie de objetos diferentes.
[35] De ahí que cuando el valor del lienzo se representa en
chaquetas, se hable de su valor en chaquetas; de su valor en trigo, cuando se lo
representa en trigo, etc. Cada una de esas expresiones indica que su valor es el
que se pone de manifiesto en los valores de uso chaqueta, trigo, etc. "Como el
valor de toda mercancía denota su relación en el intercambio, podemos hablar de
él como... valor en trigo, valor en paño, según la mercancía con que se lo
compare, y de ahí que existan mil distintos tipos de valor, tantos tipos de
valor como mercancías hay en existencia, y todos son igualmente reales e
igualmente nominales." ("A Critical Dissertation on the Nature, Measure, and
Causes of Value; Chiefly in Reference to the Writings of Mr. Ricardo and his
Followers. By the Author of Essays on the Formation... of Opinions", Londres,
1825, p. 39.) Samuel Bailey, autor de esta obra anónima, que en su época provocó
gran revuelo en Inglaterra, se imagina haber destruido, mediante esa referencia
a las múltiples y diversas expresiones relativas del valor de una misma
mercancía, toda definición del valor. Que Bailey, por lo demás, y pese a su
estrechez, acertó a encontrar diversos puntos débiles de la teoría de Ricardo,
lo demuestra el encono con que la escuela ricardiana lo hizo objeto de sus
ataques, por ejemplo en la "Westminster Review".
[36] En realidad, la forma de intercambiabilidad directa general
de ningún modo revela a simple vista que se trate de una forma mercantil
antitética, tan inseparable de la forma de intercambiabilidad no directa como el
carácter positivo de un polo magnético lo es del carácter negativo del otro
polo. Cabría imaginarse, por consiguiente, que se podría grabar en todas las
mercancías, a la vez, la impronta de ser directamente intercambiables, tal como
cabría conjeturar que es posible convertir a todo católico en el papa. Para el
pequeño burgués, que ve en la producción de mercancías el nec plus ultra
[extremo insuperable] [[[36]]] de la libertad humana y de la
independencia individual, sería muy apetecible, naturalmente, que se subsanaran
los abusos ligados a esa forma, y entre ellos también el hecho de que las
mercancías no sean directamente intercambiables. La lucubración de esta
utopía de filisteos constituye el socialismo de Proudhon, a quien, como he
demostrado en otra parte, [[[37]]] ni siquiera cabe el mérito de la
originalidad, ya que dicho socialismo fue desarrollado mucho antes que él, y
harto mejor, por Gray, Bray y otros. Lo cual no impide que esa sabiduría, bajo
el nombre de "sciencie" [ciencia], haga estragos en ciertos círculos. Ninguna
escuela ha hecho más alardes con la palabra "science" que la prudoniana,
pues
"cuando faltan las ideas,
[37] [36] Nec plus ultra (extremo insuperable).-- La
expresión, que se cita más frecuentemente bajo la forma de non plus ultra
(literalmente, "no más allá"), se remonta a los "Cánticos triunfales de Nemea,
de Píndaro: "No más allá de las columnas de Hércules débese navegar por el
intransitable mar".-- 84; 594; 1002.
[38] [37] En Karl Marx, "Misère de la philosophie. Réponse
à la Philosophie de la misère de M. Proudhon", París-Bruselas, 1847. En la
versión francesa de "El capital" Marx atemperó aquí, como en otros pasajes, sus
críticas a Proudhon.-- 84; 1002.
[39] [38] Goethe, "Faust", parte I, "Estudio". Sin que se
modifique el sentido, el orden de las palabras está ligeramente alterado en el
segundo verso (es posible que en materia de citas literarias Marx confiara más
de lo conveniente en su memoria): "da stellt zur rechten Zeit ein Wort sich ein"
en vez de "da stellt ein Wort zur rechten Zeit sich ein".-- 84; 1002.
[40] Recuérdese que China y las mesas comenzaron a danzar cuando
todo el resto del mundo parecía estar sumido en el reposo... pour encourager les
autres [para alentar a los demás]. [[[39]]]
[41] [39] Marx se refiere, de una parte, al auge
experimentado en Europa por el espiritismo después de la derrota de la
revolución de 1848-49, y de otra parte a las insurrecciones de los campesinos
del sur de China (1850-1864) conocidas como revolución de los tai-ping. Los
tai-ping ("gran paz") luchaban por la abolición de las instituciones feudales y
la expulsión de los manchúes.-- 87; 1007.
[42] Nota a la 2ª edición. --Entre los antiguos germanos la
extensión de un Morgen (h) de tierra se calculaba por el trabajo
de una jornada, y por eso al Morgen se lo denominaba Tagwerk
[trabajo de un día] (también Tagwanne [aventar un día]) (jurnale o
jurnalis, terra jurnalis, jornalis o diurnalis),
Mannwerk [trabajo de un hombre], Mannskraft [fuerza de un hombre],
Mannsmaad [siega de un hombre], Mannshauet [tala de un hombre],
etc. Véase Georg Ludwig von Maurer, "Einleitung zur Geschichte der Mark-, Hof-,
usw. Verfassung", Munich, 1854, p. 129 y s.
[h] De 25 a 30 áreas.
[43] Nota a la 2ª edición. --Por eso, cuando Galiani dice: el
valor es una relación entre personas-- "la richezza è una ragione tra due
persone"-- habría debido agregar: una relación oculta bajo una envoltura de
cosa. (Galiani, "Della moneta", col. Custodi cit., Milán, 1803, parte moderna,
t. III, p. 221.)
[44] "¿Qué pensar de una ley que sólo puede imponerse a través de
revoluciones periódicas? No es sino una ley natural, fundada en la
inconciencia de quienes están sujetos a ella." (Friedrich Engels, "Umrisse
zu einer Kritik der Nationalökonomie", en Deutsch-Französische Jahrbücher, ed.
por Arnold Ruge y Karl Marx, París, 1844.)
[45] Nota a la 2ª edición. --Tampoco Ricardo está exento de
robinsonadas. "Hace que de inmediato el pescador y el cazador primitivos cambien
la pesca y la caza como si fueran poseedores de mercancías, en proporción al
tiempo de trabajo objetivado en esos valores de cambio. En esta ocasión incurre
en el anacronismo de que el pescador y el cazador primitivos, para calcular la
incidencia de sus instrumentos de trabajo, echen mano a las tablas de
anualidades que solían usarse en la Bolsa de Londres en 1817. Al parecer, la
única forma de sociedad que fuera de la burguesa conoce Ricardo son los
«paralelogramos del señor Owen»." [[[40]]] (K. Marx, "Zur Kritik"..., pp.
38, 39.)
[46] [40] (W) Los paralelogramos del señor Owen son
mencionados por Ricardo en su obra "On Protection to Agriculture", 4ª ed.,
Londres, 1822, p. 21. En sus planes utópicos de reforma social, Owen procuró
demostrar que tanto desde el punto de vista económico como desde el de la vida
hogareña, lo más adecuado era que las viviendas estuvieran ordenadas formando
paralelogramos o cuadrados.-- 93.
[47] [41] Max Wirth era un economista vulgar; en la versión
inglesa (TI 77) Engels lo sustituye por nuestro conocido Sedley Taylor.-- 94;
1008.
[48] Nota a la 2ª edición --"Es un preconcepto ridículo, de muy
reciente difusión, el de que la forma de la propiedad común naturalmente
originada sea específicamente eslava, y hasta rusa en exclusividad. Es la
forma primitiva cuya existencia podemos verificar entre los romanos, germanos,
celtas, y de la cual encontramos aun hoy, entre los indios, un muestrario
completo con los especímenes más variados, aunque parte de ellos en ruinas. Un
estudio más concienzudo de las formas de propiedad común asiáticas, y
especialmente de las índicas, demostraría cómo de las formas diversas de la
propiedad común natural resultan diferentes formas de disolución de ésta. Así,
por ejemplo, los diversos tipos originarios de la propiedad privada romana y
germánica pueden ser deducidos de las diversas formas de la propiedad común en
la India." (Ibídem, p. 10.)
[49] [42] "Cual los dioses de Epicuro".-- Según el
filósofo griego los dioses residían en los intermundos (metakosmia) o espacio
existente entre los astros, y no se interesaban por el destino de los hombres ni
se inmiscuían en el gobierno del universo; el sabio, por ende, debía honrarlos,
pero no temerlos. Marx solía servirse de aquella comparación: véase
"Grundrisse...", Berlín, 1953, pp. 741 y 922, el tomo III de "El capital"
capítulos XX y XXXVI, etcétera.-- 97; 1012.
[50] Las insuficiencias en el análisis que de la magnitud del
valor efectúa Ricardo --y el suyo es el mejor-- las hemos de ver en los
libros tercero y cuarto de esta obra. En lo que se refiere al valor en
general, la economía política clásica en ningún lugar distingue explícitamente y
con clara conciencia entre el trabajo, tal como se representa en el valor, y ese
mismo trabajo, tal como se representa en el valor de uso de su producto.
En realidad, utiliza esa distinción de manera natural, ya que en un momento dado
considera el trabajo desde el punto de vista cuantitativo, en otro
cualitativamente. Pero no tiene idea de que la simple diferencia
cuantitativa de los trabajos presupone su unidad o igualdad
cualitativa, y por tanto su reducción a trabajo abstractamente
humano. Ricardo, por ejemplo, se declara de acuerdo con Destutt de Tracy
cuando éste afirma: "Puesto que es innegable que nuestras únicas riquezas
originarias son nuestras facultades físicas y morales, que el empleo de dichas
facultades, el trabajo de alguna índole, es nuestro tesoro primigenio, y que es
siempre a partir de su empleo como se crean todas esas cosas que denominamos
riquezas [...]. Es indudable, asimismo, que todas esa cosas sólo representan
el trabajo que las ha creado, y si tienen un valor, y hasta dos valores
diferentes, sólo pueden deberlos al del" (al valor del) "trabajo del
que emanan". (Ricardo, "On the Principles of Political Economy", 3ª ed.,
Londres, 1821, p. 334.) Limitémonos a observar que Ricardo atribuye erróneamente
a Destutt su propia concepción, más profunda. Sin duda, Destutt dice por una
parte, en efecto, que todas las cosas que forman la riqueza "representan el
trabajon que las ha creado", pero por otra parte asegura que han obtenido
del "valor del trabajo" sus "dos valores diferentes" (valor de uso
y valor de cambio). Incurre de este modo en la superficialidad de la economía
vulgar, que presupone el valor de una mercancía (en este caso del
trabajo), para determinar por medio de él, posteriormnte, el valor de las demás.
Ricardo lo lee como si hubiera dicho que el trabajo (no el valor
del trabajo) está representado tanto en el valor de uso como en el de cambio.
Pero él mismo distingue tan pobremente el carácter bifacético del
trabajo, representado de manera dual, que en todo el capítulo
"Value and Riches, Their Distinctive Properties" [Valor y riqueza, sus
propiedades distintivas] se ve reducido a dar vueltas fatigosamente en torno a
las trivialidades de un Jean-Baptiste Say. De ahí que al final se muestre
totalmente perplejo ante la coincidencia de Destutt, por un lado, con la propia
concepción ricardiana acerca del trabajo como fuente del valor, y, por el
otro, con Say respecto al concepto de valor.
[51] Una de las fallas fundamentales de la economía política
clásica es que nunca logró desentrañar, partiendo del análisis de la mercancía y
más específicamente del valor de la misma, la forma del valor, la forma misma
que hace de él un valor de cambio. Precisamente en el caso de sus mejores
expositores, como Adam Smith y Ricardo, trata la forma del valor como cosa
completamente indiferente, o incluso exterior a la naturaleza de la mercancía.
Ello no sólo se debe a que el análisis centrado en la magnitud del valor absorba
por entero su atención. Obedece a una razón más profunda. La forma de valor
asumida por el producto del trabajo es la forma más abstracta, pero también la
más general, del modo de producción burgués, que de tal manera queda
caracterizado como tipo particular de producción social y con esto, a la vez,
como algo histórico. Si nos confundimos y la tomamos por la forma natural eterna
de la producción social, pasaremos también por alto, necesariamente, lo que hay
de específico en la forma de valor, y por tanto en la forma de la mercancía,
desarrollada luego en la forma de dinero, la de capital, etc. Por eso, en
economistas que coinciden por entero en cuanto a medir la magnitud del valor por
el tiempo de trabajo, se encuentran las ideas más abigarradas y contradictorias
acerca del dinero, esto es, de la figura consumada que reviste el equivalente
general. Esto por ejemplo se pone de relieve, de manera contundente, en los
análisis sobre la banca, donde ya no se puede salir del paso con definiciones
del dinero compuestas de lugares comunes. A ello se debe que, como antítesis,
surgiera un mercantilismo restaurado (Ganilh, etc.) que no ve en el valor más
que la forma social o, más bien, su mera apariencia, huera de sustancia.
[52] "Los economistas tienen una singular manera de proceder. No
hay para ellos más que dos tipos de instituciones: las artificiales y las
naturales. Las instituciones del feudalismo son instituciones artificiales; las
de la burguesía, naturales. Se parecen en esto a los teólogos, que distinguen
también entre dos clases de religiones. Toda religión que no sea la suya es
invención de los hombres, mientras que la suya propia es, en cambio, emanación
de Dios... Henos aquí, entonces, con que hubo historia, pero ahora ya no la
hay." (Karl Marx, "Misére de la philosophie". "Réponse à la Philosophie de la
misère de M. Proudhon", 1847, p. 113.) Realmente cómico es el señor Bastiat,
quien se imagina que los griegos y romanos antiguos no vivían más que del
robo. Pero si durante muchos siglos sólo se vive del robo, es necesario
que constantemente exista algo que robar, o que el objeto del robo se
reproduzca de manera continua. Parece, por consiguiente, que también los griegos
y romanos tendrían un proceso de producción, y por tanto una economía que
constituiría la base material de su mundo, exactamente de la misma manera en que
la economía burguesa es el fundamento del mundo actual. ¿O acaso Bastiat quiere
decir que un modo de producción fundado en el trabajo esclavo constituye
un sistema basado en el robo? En tal caso, pisa terreno peligroso. Si un
gigante del pensamiento como Aristóteles se equivocaba en su apreciación del
trabajo esclavo, ¿por qué había de acertar un economista pigmeo como
Bastiat al juzgar el trabajo asalariado?
[53] [43] Sistema monetarista.-- En la versión francesa
(TFA 75), "système mercantile". Como dice Marx en otro lugar, el "sistema
monetarista, del cual el sistema mercantilista no es más que una variante", veía
en el oro y la plata, esto es, en el dinero, la única riqueza. Los portavoces de
ese sistema "declararon con acierto que la misión de la sociedad burguesa era
hacer dinero", si bien "confundían el dinero con el capital" (K. Marx, "Zur
Kritik"... II, C, en MEW, Berlín, t. XIII, pp. 133 y 134).-- 101.
[54] "Value is a property of things, riches of man. Value in this
sense, necessarily implies exchanges, riches do not." (Observations on Some
Verbal Disputes on Political Economy, Particularly Relating to Value, and to
Supply and Demand, Londres, 1821, p. 16.)
[55] "Riches are the attribute of man, value is the attribute of
commodities. A man or a community is rich, a pearl or a diamond is valuable... A
pearl or a diamond is valuable as a pearl or diamond." (S. Bailey, "A
Critical Dissertation"..., p. 165 y s.)
[56] El autor de las "Observations" y Samuel Bailey inculpan a
Ricardo el haber hecho del valor de cambio, que es algo meramente
relativo, algo absoluto. Por el contrario, Ricardo ha reducido la
relatividad aparente que esas cosas --por ejemplo, el diamante, las
perlas, etc.-- poseen en cuanto valores de cambio, a la verdadera
relación oculta tras la apariencia, a su relatividad como meras
expresiones de trabajo humano. Si las réplicas de los ricardianos a Bailey son
groseras pero no convincentes, ello se debe sólo a que el propio Ricardo no les
brinda explicación alguna acerca de la conexión interna entre el valor y
la forma del valor o valor de cambio.
[57] [44] Shakespeare, "Much Ado about Nothing; acto III,
escena 3: "To be a well-favoured man is the gift of fortune [es cosa de suerte,
es un don de la fortuna], but to write and read comes by nature".-- 102; 1016.
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