Samir AMIN: LA CRISIS DEL SISTEMA
TREINTA AÑOS DE CRÍTICA
DEL SOVIETISMO (1960-1990)
(...)
Porque, a lo largo de estos treinta años, el propio sistema soviético ha
evolucionado y buscado dar respuestas a su crisis y ha pasado por diferentes
fases:
(...)
Estas evoluciones y fases sucesivas deben ser articuladas en base a las
que se han sucedido a nivel mundial, tanto en el plano de la expansión
capitalista (y principalmente en lo concerniente a la evolución de la
construcción de la Europa de la CEE, la competencia entre Estados
Unidos-Japón-Europa; las nuevas formas de mundialización económica, etc.),
como en el de los equilibrios militares entre las dos superpotencias y las
respuestas políticas asociadas a la carrera armamentista (y, principalmente
en la época de Breznev, las iniciativas soviéticas hacia el Tercer Mundo o
en el conflicto con China, así como las estrategias americanas de guerra
fría- hasta la carrera de la "guerra de las galaxias" puesta en marcha en
1980 por Reagan). De hecho las opciones interiores y las políticas
internacionales se entrelazan a lo largo de estos 30 años.
(...)
1.- Sin duda a partir de 1960, incluso desde 1957, dejé de considerar que
la sociedad soviética pudiera ser calificada como socialista, y el poder
como obrero, aunque estuviera "deformado por la burocracia" según la célebre
expresión trotskista. De entrada califiqué a la clase (y digo bien,
la clase) dirigente y explotadora como burguesía. Considero que esta
clase (la "nomenklatura") se miraba, en todas sus aspiraciones, en el espejo
de "Occidente" cuyo modelo ansiaba reproducir. Esto es lo que Mao formuló
perfectamente en una frase pronunciada en 1963, al dirigirse a los cuadros
del P.C. chino: "Vosotros (es decir, vosotros, cuadros del P.C. chino, como
en la URSS) habéis construido una burguesía. No lo olvidéis; la burguesía no
desea el socialismo, quiere el capitalismo."
Saqué las conclusiones lógicas de este análisis, en lo relativo al
partido y a la actitud de las clases populares en relación a ese poder. Para
mí estaba claro que las clases populares no se reconocían en ese poder (a
pesar de que continuara proclamándose socialista), al que consideraban, por
el contrario, como su adversario social real, de una manera correcta. En
estas condiciones, el partido era un "cadáver en descomposición desde hace
mucho", convertido, de hecho, en instrumento de control social de las clases
populares por las clases dirigentes explotadoras.
(...)
Para mí el socialismo implica más que la abolición de la propiedad
privada (una definición en clave negativa), implica, de manera positiva,
otras relaciones con respecto al trabajo que las que definen el estatuto de
asalariado, otras relaciones sociales que permitan a la sociedad en su
conjunto (y no a un aparato que opere en su nombre) dominar su devenir
social, que a su vez implica una democracia avanzada, más avanzada que la
mejor democracia burguesa. En ninguno de estos temas se diferenciaba la
sociedad soviética de la sociedad burguesa industrializada, y cuando se
diferenciaba era para peor, su práctica autocrática la aproximaba al modelo
dominante en las regiones del capitalismo periférico.
Sin embargo yo rehusaba calificar a la URSS de capitalista, a pesar del
hecho de que su clase dirigente era -en mi opinión- burguesa. Mi argumento
era que el capitalismo implica la parcelación de la propiedad del capital,
fundamento de la concurrencia, y que la centralización estatal de esta
propiedad ordena una lógica de la acumulación diferente. Además, en el
terreno político, mi argumento era que la revolución de 1917 no fue una
revolución burguesa, tanto por el carácter de las fuerzas sociales que
fueron los actores, como por la ideología y el proyecto social de sus
fuerzas dirigentes, realidad esta que no podía desdeñarse.
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Las dos tesis que me parecían importantes en el análisis de la evolución
soviética, y sigo compartiendo (con, es cierto, una minoría de la izquierda
comunista) son las siguientes.
La sociedad de transición larga se vio confrontada a exigencias
contradictorias: por un lado, le era preciso "alcanzar" en una cierta
medida, en el sentido más sencillo y banal de que le era necesario
desarrollar las fuerzas productivas; por otro lado se proponía -en su
tendencia al socialismo- "hacer algo diferente", es decir, construir una
sociedad liberada de la alienación economista que, por su propia naturaleza,
sacrifica "las dos fuentes de riqueza": el ser humano (reducido a fuerza de
trabajo) y la naturaleza (considerada como inagotable objeto de la
explotación humana).
(...)
Siempre he rechazado (y lo sigo haciendo) los análisis del sistema
propuesto por los aparatos de propaganda del capitalismo, popularizados por
los medios de comunicación:
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Hasta los años 60 el sistema soviético ha estado relativamente aislado y
en posiciones defensivas. El juicio que realizaba en aquella época me sigue
pareciendo correcto -incluso con el paso del tiempo. En ese marco adelanté
algunas tesis sobre las que no me extenderé aquí, pero que recuerdo
brevemente:
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(...)
3.- La bipolaridad que caracteriza los veinte años que preceden al
hundimiento soviético de 1989-91 es asimétrica, dado que la URSS no era una
superpotencia más que por su dimensión militar, sin que, en el plano de la
capacidad de intervención económica, haya podido competir con los
imperialismos occidentales.
Por otro lado, nunca hubo simetría entre las acciones de las dos
superpotencias y su alcance. Los Estados Unidos, y tras ellos Europa y
Japón, desplegaron una diplomacia cuyo objetivo era claro y sus métodos
conocidos: asegurarse el dominio de las periferias (el acceso a las materias
primas, a los mercados, a las bases militares, etc.). A través de esta
estrategia común, los Estados Unidos establecieron su hegemonía,
posteriormente, cuando su ventaja, en el plano económico, sobre sus aliados
comenzó a ser erosionada, la utilizaron para mantener esta hegemonía en
declive. (La guerra del Golfo es el capítulo más reciente de esta
estrategia).
Los objetivos de la intervención soviética más allá de Yalta son más
difíciles de definir.
He mantenido que el objetivo principal de estas intervenciones era
aflojar la tenaza occidental, esto es, en última instancia, romper la
alianza atlantista, separando a los europeos de los Estados Unidos. El medio
por excelencia para este fin era el apoyo a los movimientos de liberación
del Tercer Mundo y a los gobiernos del nacionalismo radical (Palestina y
mundo árabe, Cuerno de África, Angola y Mozambique, estados "socialistas"
africanos). Al recordar a Europa su vulnerabilidad (amenaza potencial a su
abastecimiento petrolífero, por ejemplo), la URSS le invitaba a separarse de
Estados Unidos y negociar. Sin embargo el objetivo estratégico no era
debilitar a Europa para invadirla a continuación, sino llevarla a una
coexistencia pacífica activa, susceptible de apoyar el desarrollo económico
de la URSS (un desarrollo basado en opciones de derecha).
(...)
En mi opinión, las intervenciones de la URSS no expresaban una voluntad
agresiva de "exportar la revolución" e imponer de esa forma su dominio, sino
más bien una estrategia defensiva en una posición de relativa debilidad, a
pesar del empate alcanzado en materia de disuasión nuclear.
(...)
El hundimiento del sistema soviético -aunque era previsible desde hacía
mucho- es ciertamente un acontecimiento principal de nuestra época. Todos
los razonamientos y esquemas en torno al futuro deben, sin duda, ser
repensados en las nuevas condiciones surgidas de este acontecimiento.
(...)
Este hundimiento, ¿significa el "fin del socialismo y del marxismo" como
les gusta repetir a los media dominantes, "el fin de la historia", el
triunfo de un consenso monolítico que asegura la perennidad del espíritu
capitalista? Creo que todo esto son despropósitos incluso si, como es
evidente, una época se cierra.
La época del Socialismo I, constituido en el siglo XIX, se cerró en 1914
por la quiebra de los partidos social-demócratas de la II Internacional,
convertidos en cómplices sin tapujos de los imperialismos nacionales.
Correctamente Lenin declaró en ese momento que el Socialismo I había
muerto.
El Socialismo II, que le sucedió, el de la III Internacional y el
leninismo, a su vez ha muerto en la actualidad, después de una larga
enfermedad. Desde 1963 escribí que el progreso del socialismo exigía una
ruptura con el sovietismo tan radical como la que Lenin llevó a cabo en
1914. Es, por otra parte, significativo que en la actualidad el sistema
soviético, en su abierta unión con el capitalismo, se incorpore a las
posiciones "anti-Tercer Mundo" (es decir, ¡anti el 75% de la humanidad!)
dominantes en la cultura occidental.
La muerte del hijo no resucita al padre. Le toca al nieto seguir la obra
de sus antepasados. Viva, pues, el futuro Socialismo III.
¿Cómo se dibujan las líneas directrices de este Socialismo III que hay
que construir ya? Creo y me atrevo a adelantar sobre este terreno las tres
lecciones que he sacado en el curso de los últimos treinta años de mi doble
crítica al sistema soviético y a la mundialización capitalista:
Estas tres condiciones obligan a un renacimiento posible y necesario de
un internacionalismo de los pueblos del planeta entero, capaz de combatir el
"internacionalismo del capital", abriendo de esa manera la perspectiva
-aunque sea lejana- de un socialismo que no puede ser más que mundial -a la
altura del desafío de la mundialización- so pena de degenerar rápidamente y
perecer.
(...)
La construcción de un sistema mundial unificado, que vaya más allá de la
polarización capitalista, pasa por la desagregación del sistema de
centralización capitalista del excedente (surplus?)
(la "desconexión").
¿Dominará la humanidad (aunque sea, en el mejor de los casos, de una
manera relativa) esta transición? No puede hacerlo más que a través del
renacimiento de un movimiento del Socialismo III, mundial y consecuente. En
caso contrario, las presiones objetivas se abrirán paso
(se fraieront la voie?) a través de una
larga decadencia de la sociedad, mediante la redoblada violencia de
conflictos insensatos, es decir, por la barbarie. En una época como la
nuestra, en la que la potencia de los armamentos puede destruir el planeta
entero, donde los medios de comunicación pueden domesticar a las masas con
una eficacia sobrecogedora, en la que el egoísmo a corto plazo -el
individualismo anti-humanista- erigido en valor fundamental amenaza a la
supervivencia ecológica de la Tierra, la barbarie puede ser fatal.
Más que nunca la opción no es: capitalismo o socialismo, sino socialismo o barbarie.
Fragmentos del capítulo VII del libro Itineraire Intellectuel. Regards sur le demi-siécle. 1945-90 de Samir Amin, publicado en 1993 por L'Harmattan, París.Traducido y editado digitalmente para RED VASCA ROJA por José Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria, a 23 de Agosto de 1997.